Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

lunes, 28 de julio de 2008

El último refugio (XI)



Es aún muy temprano cuando escucho ruidos en la casa, me levanto y me asomo por la ventana, abajo está aparcado el coche de Ernesto. Ya que estoy despierta me doy una ducha y bajo a desayunar. Al pasar por el antiguo despacho de papá oigo voces que hablan bajito, casi en un susurro y se silencian cuando golpeo suavemente con los nudillos.

- ¿Si? ¿Quién es?
- Eva

Es Ernesto quien abre la puerta. La habitación está casi en penumbra, sentados alrededor de la mesa cubierta de documentos están Pin y Pon, como yo me he acostumbrado a llamarles.

- Perdona ¿te hemos despertado?
- No, no importa. He bajado a desayunar… ¿Queréis alguna cosa o desayunas conmigo?
- Sí, voy enseguida, en cuanto terminemos de repasar unos papeles.
- Te espero.

Me dirijo a la cocina y pongo la cafetera en el fuego, mientras en una bandeja voy sacando tostadas, mantequilla, mermelada y zumo de manzana.

- Buenos días, rapacina, has madrugado mucho.
- Antón… qué susto me has dado ¿por qué eres siempre tan silencioso?
- Debe ser que no uso tacones – dice bromeando.
- Ha llegado Ernesto, estoy preparando el desayuno ¿nos acompañas?
- No, debe tener cosas que contarte, yo tomaré un café aquí mismo.
- Está bien, como quieras.

Espero en el salón. He notado a Ernesto cansado, con ojeras, no ha debido dormir en toda la noche. Estoy segura de que algo grave está pasando, quizá los disturbios están cobrando más importancia de la que imaginaban…

- Ya estoy aquí, me muero por un café.
- Ven, siéntate, come algo… no tienes buen aspecto.
- Eva… verás, no puedo quedarme, tengo que volver a Madrid. Todo se está saliendo de madre, se nos escapa de las manos. Aquí hay disturbios y sublevaciones pero allá hay heridos y muertos. El gobierno en pleno está reunido y tengo órdenes que no puedo desobedecer.
- Ya, bien, bien, no te preocupes, pero… yo no quiero irme, Ernesto. No quiero volver ahora. Hacía muchos años que no me sentía tan bien. No me obligues a volver, por favor, no lo hagas.

Me mira en silencio unos minutos que a mí se me hacen eternos.

- Está bien, sí, creo que estarás mejor en esta casa. De todas formas no podría permanecer mucho tiempo a tu lado. Pero… no te muevas de aquí, quiero que me estés esperando cuando vuelva a buscarte.

Hago un esfuerzo para que no perciba mi suspiro de alivio.

- Aquí estaré… ¿Cuándo tienes que irte?
- Enseguida.
- Voy a recoger tus cosas.
- Eva.
- ¿Qué?
- Te quiero, no lo olvides.

Salgo sin responder.

Me siento como aquella jovencita que venía aquí a pasar el verano: libre y feliz. No quiero saber nada de lo que está pasando, no quiero. Yo ya hice mi revolución y tuve mi castigo, ahora que sean otros los que luchen, los que se indignen, los que griten en las calles. No sé, no tengo esperanza en que se logre algo positivo, no sé, no quiero pensar en eso. Las únicas personas a las que amo, mis padres, hace dos o tres años que se marcharon a Londres, siempre les gustó esa ciudad en la que pasaron grandes temporadas por los negocios de papá. Antón está aquí. No tengo a nadie más.

(Continuará)

viernes, 25 de julio de 2008

El último refugio (X)


(Imagen: Philippe Pache)

Lo dice en su susurro y yo despego mi cabeza de su pecho para mirarle a los ojos.

- ¿Cómo se te ocurre que pudiera contárselo? Ojalá no vuelva nunca. No sabes lo que es vivir allí, Antón, no, no lo sabes, siempre fingiendo, rodeada de estúpidos títeres sin cerebro ni corazón ni entrañas. A veces, a veces tengo ganas de coger un cuchillo y abrirlos en canal sólo para ver qué coño tienen allí dentro. Odio a ese hijo de puta que los maneja a su antojo…
- Cálmate, rapacina, cálmate.
- ¿Sabes hasta qué punto le obedecen? Ernesto… él mataría a cualquiera, incluso a mí, si recibe la orden de ese cabrón de presidente.
- No, no digas eso, Ernesto te quiere, él no te haría daño… ¿o sí?... vamos, cuéntame eso que te hace odiarle tanto, algo hay ahí adentro que te está matando.
- Una noche Ernesto organizó en casa una gran cena. Invitados ilustres, altos cargos de la política, manipuladores de los medios de comunicación, los más importantes mandos del ejército… el poder en pleno. Ese hombre, el hombre de tan alta moral, el presidente… no dejó de mirarme durante toda la velada. Había algo en su mirada que a mí me helaba por dentro. Todo se arrastraban ante él como gusanos babosos, me hubiera gustado crecer y crecer como Alicia en el País de las Maravillas y aplastarlos en el suelo, pisar sus cuerpos repugnantes, notar su crujido bajo mis pies, clavarles los tacones en los sesos…pero, en lugar de eso, tenía que estar allí sonriente, pero no demasiado, atenta, pero con elegancia. Me dolían las mejillas de mantener esa pose forzada. Estábamos tomando el café cuando ese cabrón le hizo una seña a Ernesto que corrió a su lado babeante y ansioso. El otro le susurró algo al oído que por un momento cambió la expresión de mi marido. Ambos me miraron y noté una arcada amarga que me subía desde el estómago a la garganta. Al cabo de un rato los invitados salieron al jardín con sus copas de licor y sus cigarros. Hacía una hermosa noche, el cielo estaba plagado de estrellas, aunque creo que sólo yo las vi, los demás se habían olvidado de la emoción que se siente mirándolas. Ernesto se acercó a mí y me cogió suavemente por el codo llevándome con él al interior de la casa. Subimos a su habitación. Y cuando abrió la puerta, allí estaba él, sentado en la cama, intentando mantener una pose de hombre interesante y atractivo cuando sólo era un payaso. Ernesto se marchó y cerró la puerta.

o Acércate ¿quieres?... esta noche estás guapísima.
o ¿Qué quieres?
o Jajajajaja!! Tienes carácter, creo que en aquella clínica no consiguieron domarte, y mira, eso me gusta. Eres mucha mujer para el fantoche con el que te casaste.

- Se había levantado de la cama y lo tenía a mí lado, hablándome muy cerca del oído. Con un rápido movimiento me cogió fuerte del pelo con una mano, mientras con la otra me apretaba contra su cuerpo. Intenté soltarme pero él me tenía bien agarrada por el pelo haciendo que echase la cabeza hacia atrás, su cara frente a la mía.

o Ahora te vas a portar bien y harás lo que yo te diga. Tú aún tienes ese punto salvaje que me excita, seguro que ya se te empapó el coño… a lo mejor prefieres que llame a tu marido para que te sujete… Ernesto… Ernesto.

- Y Ernesto se asomó a la puerta. Estaba allí todo el tiempo, pero no para entrar a salvarme, no, si no para asegurarse de que yo hiciera lo que tenía que hacer. En ese momento me sentí una mierda, menos que una mierda. Dejé de forcejear y me dispuse a hacer cualquier cosa que a aquel cabrón se le antojase. Me puse de rodillas y le saqué la polla del pantalón. Se la mamé con ansia, gemí y grité para que Ernesto me oyese desde el otro lado de la puerta. Me tragué su asqueroso semen y se la limpié con la lengua hasta dejarla reluciente. Luego le desnudé y me desnudé. Le rogué que me follara, que follase a su puta, que me metiera su polla hasta partirme en dos. Abrí mi coño para él: cómetelo, cómetelo… es tuyo, mete la lengua, muérdelo. Y ahora llama al cornudo de mi marido, llámalo, quiero que vea cómo me haces gozar, cómo te follas a su mujer, llámalo para que me corra y grite de placer contigo – le gritaba excitándole. Le llamó con voz ronca y Ernesto asomó la cabeza. Me dio asco, asco y pena, creo que ya no podía albergar tanto odio, lo notaba saliéndome por los poros de la piel. Fingí el más maravilloso orgasmo imaginable, clavé las uñas en su asquerosa espalda hasta hacerle gritar. Cayó sobre mí exhausto y satisfecho.
- Díos mío, Eva, jamás imaginé a Ernesto capaz de algo así.
- Tampoco yo podía creerlo, pero te aseguro que cualquier otro hubiese hecho lo mismo. Sólo piensan en escalar y escalar peldaños de poder y por eso venderían su alma al mejor postor. Así que si se trata de vender a la mujer, la hija o la madre… no tiene importancia.
- ¿Qué pasó después?
- Nada, me levanté y me marché a mi habitación. A Ernesto no le ví en los días siguientes. Una mañana llamó a mi puerta, teníamos una recepción en casa de alguien importante y debía acompañarle. Como si nada hubiese pasado. Me vestí a la hora prevista y salimos hacia allá. En el camino le dije: Si se te ocurre hacerlo otra vez, me clavo un cuchillo allí mismo, delante de todos. No me respondió, pero nunca más volvió a pedirme nada igual.
- Nunca tenías que haber salido de aquí.
- Si me lo hubieses pedido no lo habría hecho.

Calla. Y yo sé que no debo insistir. Buenas noches, le digo, mientras le beso suavemente en los labios.

(continuará)


lunes, 21 de julio de 2008

El último refúgio (IX)



- Menos mal que has llegado, rapacina ¿dónde te has metido? ¿qué es eso de la frente? ¿te caíste?
- No es nada, Antón, no es nada. La yegua se asustó con una serpiente o no se con qué, se encabritó y salió al galope, en la carrera choqué contra un árbol y caí al suelo ¿Y Ernesto?
- Ha llamado hace una media hora, tuve que decirle que estabas dándote un baño, no sabía si le sentaría mal que salieses a pasear a caballo. No tardará en llamar de nuevo, dijo algo de que igual no subía hasta mañana.
- ¡Uf! Mejor.
- Ven aquí, rapacina, agáchate que te mire esa herida… ¡qué susto me has dado! No vuelvas a hacerlo.
- Si todos los golpes recibidos fueran como éste… voy a darme un buen baño, ahora de verdad, y hoy cenamos juntos, tienes que contarme algunas cosas.

Estaba entrando en la casa cuando oí el timbre del teléfono. Era Ernesto. Parecía que tenían problemas allá abajo. Había recibido órdenes directas del presidente de no moverse del centro de operaciones hasta que las cosas se calmasen un poco. Que lo sentía, le hubiera gustado pasar unos días tranquilos en mi compañía. Mentiroso. Era un jodido mentiroso. Él sabía muy bien a qué venía, pero tenía que traerme con él, esa era la única forma de mantenerme vigilada, qué equivocado estaba, me había traído justamente al único lugar de la tierra en el que me sentía otra vez libre, al único sitio en el que podía pensar y actuar como la Eva de entonces, como la Eva que siempre estuvo ahí, escondida en lo más profundo. Sin darse cuenta me había conducido al camino por el que quizá podría huir de su lado para siempre.

- No temas, cariño – le dije con mi voz más neutral – estoy bien. Quédate el tiempo que necesites, debes cumplir con tu deber. Estaré aquí… esperándote.
- Te quiero, Eva.

Eso era nuevo, hacía años que no escuchaba esas palabras de sus labios. Que no mentía al decirlo, también lo sabía, pero no era suficiente.

Cuando bajé al comedor Antón ya estaba esperándome. Esa noche disfrutaríamos de una cena tranquila, solos. Él se había encargado de decirle al servicio que podían irse a casa, el señor no estaba y nosotros dos podíamos apañarnos sin ellos. Las fuentes con los alimentos estaban dispuestas en una esquina de la mesa. Tomé asiento a su lado y serví un poco de ensalada para cada uno.

- ¿Quién es Mario?

La pregunta le pilló desprevenido.

- ¿Mario?... no, no conozco a ningún Mario.
- Vamos, Antón, que ya no soy una niña. Un hombre me recogió en el camino, me llevó a su casa y me curó la herida. Se llama Mario y está viviendo en una casa, en el monte, que yo jamás había visto. Y además se parece mucho a ti. Quiero saber quien es y qué hace aquí.
- Está bien. Lo siento, no merecía la pena hablarte de él porque no pensé que algo así podría ocurrir, que la casualidad te hiciese encontrarte con él. Mario es mi hermanastro.
- ¿Qué?
- Habían pasado más o menos dos años desde que pasaste aquí aquel último verano cuando apareció preguntando por mí, aún estaba bien tu abuela. Al parecer su madre era una de esas mujeres con las que mi padre intentó consolarse, una de las que más le duró. Mario nos contó que vivieron juntos algunos años y que ella le quería mucho. Un día mi padre despareció, como hacía siempre, y la mujer sacó al muchacho adelante como pudo. Cuando le pareció el momento adecuado le contó quien era su padre y que tenía un hermano mayor. No paró hasta que consiguió localizarme. A tu abuela le cayó en gracia y dijo que se quedase con la condición de que tenía que seguir estudiando… ya sabes como era ella. Lo mandamos a la Universidad donde estudió Biología…
- Mis padres… ¿lo saben?
- No, cuando vinieron al entierro de tu abuela, Mario estaba estudiando y sólo venía en vacaciones y vosotros ya no aparecisteis más por aquí. Luego se enteró que necesitaban un guardabosque y pidió la plaza. Aquella parte del monte donde hicimos la casa fue la que me dejó tu abuela en herencia. Le gusta la naturaleza, no sale de allí más que para ir a comprar una o dos veces al mes a la ciudad. Y una vez al año, a principios de otoño, cuando ya no hay peligro de incendio y los animales empiezan a prepararse para la hibernación, se va de viaje. África es su destino preferido.
- ¿Qué sientes por él?

Se queda un momento pensativo… carraspea.

- Al principio sentí una especie de rencor, no sé cómo explicarlo ¿qué cojones venía a buscar ese niñato? Si esperaba sacar tajada, iba listo. Me enfurecí y traté a su madre de furcia. Él me dejó desahogarme y luego me miró, sólo me miró con esos ojos grises, sin decir nada, aguantando mis insultos y mis gritos. Allá, en el fondo gris de sus pupilas había un enorme desamparo. Tu abuela lo había visto antes que yo y ya había tomado su decisión, como siempre acertada. Y luego… luego me salvó la vida.
- ¿Cuándo el accidente?
- Sí. Él fue quien me encontró tirado en aquel barranco, ni sé cómo pudo bajar por esas peñas gigantes y afiladas. No quiso tocarme al darse cuenta que tenía la columna destrozada. Volvió arriba, a su casa, a por una manta. Cuando me dejó tapado marchó al galope a buscar ayuda. Me sacaron de allí en helicóptero… y ya sabes el resto de la historia.

Lo dice mirando la silla de ruedas sobre la que está sentado. En ese momento sólo tengo ganas de abrazarle. Y lo hago. Me arrodillo entre sus piernas y me aprieto contra él aspirando el aroma de su piel, dejando que ese calor tibio que desprende me caliente los huesos. Él deposita suaves besos en mi pelo.

- No dejes que se entere tu marido, no le cuentes nada.

(Continuará)

miércoles, 16 de julio de 2008

El último refugio (VIII)


(Imagen: Gauguin)
- ¿Dónde estoy? ¿Quién eres? ¿Por qué me has traído aquí?
- Estás en mi casa. Soy Mario. No tenía otro sitio más cerca donde llevarte. Y ahora si has terminado de hilvanar una pregunta tras otra, te miraré ese golpe de la frente. Toma este calmante, en cuanto te haga efecto hablaremos despacio.
- Ey!... eso duele.
- Ya lo sé, por eso te di el calmante. Si eres capaz de estarte quieta un momento y dejar de quejarte te limpiaré la herida.

Al momento, unos dedos suaves rozan apenas mi frente. La palma de su mano a escasos centímetros de mi nariz huele a hierba, a verde, a montaña. Cierro los ojos y espero pacientemente a que termine.

- Bien, esto ya está. No ha sido nada pero te saldrá un buen morado. Intenta incorporarte… déjame que te ayude.
- Ya me siento mejor… gracias.

Me quedo sentada en la cama esperando a que la cabeza deje de latir. Le observo: es un hombre alto, grande, de una edad aproximada a la mía. Tiene el cabello claro, tirando a rubio, y lo lleva recogido atrás en una especie de coleta, una barba rala y corta en plan descuidado. La boca es pequeña con labios no muy gruesos pero tampoco demasiado finos. Sus ojos grises me dejan un momento sin respiración. Son idénticos a los ojos de Antón: grandes, con largas pestañas, y de una profundidad que llega a producir algo de miedo si los miras detenidamente.

- ¿Qué pasó? ¿Viste lo que ocurrió?
- Vi que la yegua se asustó y salió al galope. Yo iba a caballo por un sendero que queda un poco más arriba. Cuando caíste al suelo bajé en tu ayuda. No había nada extraño que hiciera espantar al animal, quizá fue una serpiente que se escondió luego entre la maleza.
- ¿Dónde estoy?
- En mi casa.
- Sí, pero… ¿Dónde está exactamente?
- Un poco más arriba del camino por el que paseabas.
- Nunca antes la había visto.
- Bueno, me parece que se hizo después del último verano que pasaste en la casa, y además está algo escondida. No es fácil encontrarla para alguien que no conozca bien estas tierras.
- ¿Me conoces?
- Claro, señorita… bueno, en realidad no te conocía, pero oí hablar de ti.
- Ah! ¿y la yegua?
- No te preocupes, cuando caíste se quedó allí quieta, esperando. No fue difícil traerla hasta aquí. Está fuera pastando.
- ¿Trabajas aquí? Quiero decir si trabajas para la casa.
- No, no, soy una especie de guardabosques: vigilo que no se produzca ningún incendio, controlo el número de osos pardos que viven allá arriba en el monte, me cuido de las distintas especies de animales… esas cosas.
- Debo irme, si mi marido ha vuelto estará preocupado.
- Te acompaño.
- No, no, no hace falta, estoy bien.
- Déjame que vaya contigo hasta que estés cerca de la casa, puede darte un mareo o alguna cosa.
- Está bien… vamos.

Es verdad, aún no me sentía demasiado bien, el golpe había sido muy fuerte. Cabalgamos en silencio por el estrecho sendero. Yo notaba tras de mí su presencia, sus ojos clavados en mi espalda. En cuanto tuviera un momento hablaría con Antón, debía contestar muchas preguntas. Cuando llegamos a la casa ya estaba oscureciendo.

- Bien, creo que aquí ya estás a salvo.
- Sí, gracias, has sido muy amable… Mario… dijiste.
- Mario
- Eva

Alargué la mano y él la estrechó con suavidad pero con firmeza mientras nos mirábamos fijamente. Después dio media vuelta y se alejó a buen paso en su caballo.

Afortunadamente Ernesto aun no había llegado, pero Antón estaba esperándome en las cuadras, visiblemente preocupado.
(Continuará)

jueves, 10 de julio de 2008

Pamplona... allá voy.



Imagen: Miguel Ángel Antoñanzas

Siento dejaros a medias con la historia que estaba contando, pero me voy unos días a disfrutar de las fiestas de San Fermín y a visitar a algunos buenos amigos navarros a los que hace tiempo que no veo.

Hasta el próximo lunes. Sed felices.

miércoles, 9 de julio de 2008

El último refugio (VII)


La comida transcurre tranquila, escucho atentamente a mi marido que se empeña en contarme punto por punto las gestiones que le han llevado a la ciudad. Al parecer están apareciendo focos de rebeldía y resistencia al gobierno, sobre todo en las cuencas mineras. Éstos han visto mermados muchos de los derechos que les costó años de lucha conseguir y no están dispuestos a perderlos por los caprichos del presidente y su pandilla de ministros. Los universitarios están empezando también a alzar sus voces de protesta. Lo que me extraña es que hayan aguantado tanto, no son la clase de gente que se doblega ante la estupidez de unos pocos mandamases, el miedo llega un momento en que deja de ser efectivo porque uno se acostumbra a vivir con él y empieza a cuestionarse si vale la pena vivir así o pasar de una vez todo el terror, como un mal trago, e intentar acabar con el que lo provoca. Ahora comprendo su empeño en venir a pasar unos días a la casa de la abuela. Dice que después de comer tiene que volver a una importante reunión con las autoridades y yo me alegro de esos ratos de libertad que disfruto sin su presencia.

He decidido salir a dar un paseo a caballo. Antón empezó a poner excusas: que si igual me pierdo, que si la yegua no me conoce… creo que no quería que saliera sola, pero no le hice caso, ensillé la yegua y marché hacia el monte.

No recordaba la belleza de estas tierras, su grandiosidad. Las enormes montañas allá arriba como grandes colosos custodiando los bosques exuberantes, frondosos, plagados de árboles gigantes que en algunos momentos tapan completamente el cielo. Un olor a verde se extiende por doquier penetrando por la nariz hasta inundar los pulmones. De vez en cuando una inmensa pradera con algunas vacas, o un par de caballos pastando tranquilamente como si el tiempo se hubiese detenido hace cientos de años en esos parajes. Se escucha el fluir del agua fresca y cristalina de cualquiera de los muchos manantiales esparcidos por la montaña. Siempre pensé que esto debió ser el paraíso.

El relinchar de la yegua me saca del estado de éxtasis en que me había sumergido.

- Ehhhhh!!! Quieta bonita, tranquila, tranquila ¿qué ocurre?
Ella vuelve a relinchar al tiempo que se encabrita alzando las patas delanteras. Tengo que sujetarme fuerte a las riendas para no acabar en el suelo. Y menos mal, porque en el momento que vuelve a poner las pezuñas en la tierra sale galopando a una velocidad de vértigo por el estrecho sendero por el que paseábamos. De nada sirven mis esfuerzos para frenar su enloquecido galope. Pasamos rozando las ramas de los árboles y temo que va a acabar perdiéndome en su loca carrera. Un golpe seco en la frente y caigo en medio del camino… inconsciente.

Me duele la cabeza. Abro los ojos e intento moverme pero un dolor intenso en medio de la frente me impide hacerlo. Todo está oscuro y en silencio. Palpo mi cuerpo despacio por ver si tengo algo roto, alguna herida… pero no, parece que todo está en su sitio, sólo ese palpitar de la cabeza. Estoy sobre una cama o algo parecido. Es entonces cuando una pequeña franja de luz ilumina la habitación. Acaba de abrirse la puerta.

- ¿Estás bien? Quieta, quieta, no te muevas, te has dado un buen golpe.

Es una voz de hombre, una voz que no conozco.

(continuará)

lunes, 7 de julio de 2008

El último refugio (VI)



Me acerco a él despacio y me siento sobre sus piernas, a horcajadas. Busco su boca desesperadamente, necesito el sabor de sus besos. Él me besa como entonces, no ha perdido ni un ápice de su atractivo. Me remuevo apretando mi sexo sobre el suyo y me extraño al no sentir que algo se despierta entre sus piernas.

- No, rapacina, no te esfuerces, el accidente me dejó muerto algo más que las piernas, ahí ya no hay nada más que un aparato para mear.
- Lo siento, Antón, lo siento. Supe del accidente pero no podía venir a verte, no me sentía con fuerzas. ¡Vaya! Yo que pensaba aprovecharme de ti ahora que estás ahí sentado y no puedes moverte – lo digo riendo intercalando entre cada una de las palabras besos y jugueteos con la lengua e intentando quitarle hierro al asunto.

Él ha empezado a acariciarme entre las piernas y sus hábiles dedos apartan a un lado las bragas. Mi sexo está húmedo. Me incorporo un poco dejando que introduzca los dedos en él y me dejo resbalar otra vez hacia abajo mientras siento como me penetra profundamente. No deja de mirarme mientras mi respiración se agita con cada movimiento. Me separo de él y le veo llevarse la mano empapada de mis jugos a la boca y lamer uno a uno los dedos.
Detrás de nosotros hay una gran mesa de piedra. Doy la vuelta a la silla de forma que Antón queda de cara a ella y a continuación me tumbo de espaldas sobre la fría superficie al tiempo que alzo las piernas y las apoyo en sus hombros. Al momento siento su lengua abriéndose camino entre los labios rojos de mi sexo. Mete las manos por debajo de mis nalgas y me atrae hacia él hundiendo su rostro entre mis piernas. Me muerdo los puños para no gritar de placer. Así, bajo la frondosidad de los árboles que nos protegen de miradas ajenas me diluyo en su boca… como entonces.
Ya recuperado el aliento, me incorporo y me quedo allí sentada con Antón apoyado en mis rodillas.

- Nunca te dije que te quería ¿verdad?
- No, rapacina, no hacía falta… ¿de qué nos hubiera servido eso? Tú estabas hecha para vivir otra vida, claro que no podías imaginar lo que pasaría luego.
- Hubiera sido feliz aquí contigo, lo sé… ¿me echaste alguna vez de menos?
- Todos los días de mi vida.

No se qué decir y me quedo un rato en silencio. Un leve crujir de hojas y ramas secas nos hace levantar a ambos la cabeza.

- ¿Oíste eso?
- Shhhhhhhhhh.
- No han podido llegar ellos, hubiésemos visto los coches por la carretera.
- No, no temas, sería alguna rabosa, últimamente merodean por aquí.
- Anoche, antes de bajar a cenar, me pareció escuchar ruido fuera y algo como una sombra en el espejo.
- Imaginaciones tuyas, rapacina, estate tranquila, aquí nadie te hará daño. Y ahora volvamos a la casa, tu marido no tardará en volver.

Emprendemos el camino de regreso en silencio, cada uno enfrascado en sus pensamientos. Tengo la sensación de que algo está preocupando a Antón, pero le conozco lo suficiente para saber que no me lo va a contar. Debo concentrarme en aparentar delante de Ernesto y sus muñecos, tengo que matar mi corazón cuando ellos están cerca.

(Continuará)

viernes, 4 de julio de 2008

El último refugio (V)


Antón me escucha en silencio, asintiendo de vez en cuando.

- Entonces apareció “el elegido”… ya sabes, con su férrea dictadura, llena de leyes y prohibiciones. Había que cortar el mal de raíz. Y el mal era pensar, sentir. Se trataba de educar o reeducar convirtiéndonos en una especie de robots sin sentimientos, porque ese era el pecado. Comenzó la limpieza. Había que andarse con cuidado porque no sabías quien podía denunciarte, un simple rumor era más que suficiente para estar en el punto de mira de los que todo lo vigilan. Yo era joven y soñadora, rebelde. Había sido educada para pensar por mi misma, para hacer uso de mi libertad siempre que no inflingiese daño alguno. Me metí de lleno en uno de los grupos de lucha, minúsculos grupos de resistencia hacia aquella forma de vida. No hacíamos mucho, no podíamos, pero nos negábamos a vivir bajo sus normas. Un día me cazaron. A mí y a un amigo. Habíamos ido a un pequeño apartamento que él tenía en el barrio viejo, herencia de su abuela. Acabábamos de salir de una asamblea clandestina y estábamos los dos excitados y eufóricos. Follamos. Follamos con tanta vehemencia que los gritos debieron escucharse en todo el edificio. Algún hijo de puta nos denunció al tiempo que se la cascaba, seguramente envidioso de no ser el dueño de la polla que yo mamaba en el momento en que se abrió la puerta y aparecieron cuatro o cinco polis apuntándonos con sus pistolas.

- Jajajajajajaja!!! Ya sé, ya sé que no es para reírse, pero me imagino sus caras de sorpresa.

- No te imaginas cómo me miraban, si no hubiera sido por el miedo que tenían de las mutuas denuncias que se practicaban, me habrían pasado por la piedra uno tras otro. Pero en lugar de eso nos esposaron, después de ordenarnos con esas voces frías y metálicas que nos vistiéramos, y nos llevaron ante el juez. No volví a saber de aquel muchacho. Yo fui a parar a una de esas clínicas de reeducación. No te quiero contar lo que me hicieron en los pocos meses que estuve allí encerrada. Pero peor que sus técnicas para convertirme en poco más que una piedra, la infinidad de pastillas que me obligaban a ingerir, las porquerías que me inyectaban, era el sentirse vigilada cada segundo. Recuerdo una vez que estaba dormida y soñaba, uno de esos sueños tan reales que te hace gemir sin darte cuenta, cuando un chorro de agua helada me despertó de golpe…

- Sigue, continúa…

- Nada pudieron hacer mis padres por sacarme de allí, ellos eran muy liberales, ya sabes, y sus antiguas amistades les daban la espalda por miedo a que fuesen considerados igual. El miedo, el miedo era el dueño de cada minuto de nuestra existencia. Yo sólo deseaba terminar de una vez, terminar con mi vida como fuese, pero ni para eso era libre. Mi vida no era mía, no es mía, todo les pertenece. Hubieran podido acabar conmigo en cualquier momento, como hicieron con muchos, pero no, por algún motivo que yo no lograba adivinar se empeñaron en llevarme por el “buen camino”. Aquel motivo no era otro que Ernesto. Nos conocíamos desde niños, no teníamos demasiada relación pero habíamos coincido en algunos eventos a los que habían acudido ambas familias. Resultó que Ernesto se enamoró de mí en una de esas ocasiones y sin yo saberlo había estado siempre pendiente de mi vida, de lo que hacía, de mis amistades.

Llegó un momento, allá encerrada, en que les obligaba a castigarme cada día. Pensaba que esa era la única forma de sacarles de sus casillas y así conseguir que acabasen conmigo. Un error en la dosis inyectada, un castigo inflingido algo más de lo debido… y yo sería libre. Me negué a comer, a beber, me hacía mis necesidades encima, me provocaba vómitos cuando me obligaban a ingerir alimento, y me masturbaba, me masturbaba a todas horas. Cuando me ataron las manos lo hacía boca abajo sobre la almohada, o en el suelo frotándome con la pata de la cama, hasta aprendí a hacerlo abriendo y cerrando las piernas con la simple presión de los músculos. Me ponía ante la cámara… provocándoles. También me ataron las piernas. Tumbada sobre el colchón con correas que me inmovilizaban, supe que no podía vencerles. Y sentí pánico intentando imaginar que harían luego conmigo. Había visto a jóvenes como yo que caminaban por los pasillos como autómatas, no, por nada del mundo quería verme así. No podía consentir que me quitasen la libertad que guardaba en mi cabeza, ese era mi mayor tesoro. Estaba desesperada y apareció Ernesto.

Entró solo en mi habitación. No le reconocí hasta que él me contó quien era y como había estado siempre ahí, muy cerca, sin que yo le dirigiese jamás una mirada. Me hablaba con voz suave, me dijo que me amaba. Él podía sacarme de allí si yo empezaba a comportarme bien, se haría responsable de mí ante las autoridades. Debía hacerlo por mí, por él, por mis padres… me convenció. Y así acabé casada con él que ya entonces ostentaba un cargo de responsabilidad en las filas de nuestro loco presidente.

- Vaya, tengo que agradecerle que te salvase. Pensé que no te volvería a ver… nunca más.

- Antón… ¿viste si pusieron cámaras por la casa?No, quédate tranquila, nadie puso cámaras en ninguna parte, aquí estás a salvo.

(Continuará)

miércoles, 2 de julio de 2008

Labios dulces, garras afiladas.


(Imagen: Man Ray)


Ella se merece algo más que un enlace en mi lista de blogs amigos. Se lo merece por buena escritora y tremenda poetisa, pero sobre todo y por encima de su buen hacer en materia de literatura, se lo merece por su calidad humana. Marien es ante todo una gran amiga, yo diría que junto con mi Bruja Mim, es MI gran amiga, y estoy orgullosa y feliz de darle la bienvenida al mundo de la globosfera.
Por fín están al alcance de un click sus maravillosos poemas. Ella se mueve con exquisita y elegante soltura entre sonetos, redondillas, liras, coplas, romances o versos libres. Y lo hace de forma sencilla, sin necesidad de frases rebuscadas. Escribe con pasión, de dentro afuera. Es dificil no sentirse identificado con alguno de sus poemas. Es dificil no pensar que eso que ella escribe es precisamente lo que quisiéramos nosotros expresar así de bien, y de bonito.
Hoy nos trae sus poemarios y espero que muy pronto nos acerque también sus maravillosos cuentos.
Disfrutadla, no os arrepentiréis.
Te quiero, morena.


martes, 1 de julio de 2008

El último refugio (IV)



(Imagen: Joven echada - Angel Arias)

Me visto y bajo a desayunar a la cocina. Parece que la casa está desierta.

- Buenos días, señora ¿quiere que le sirva el desayuno? – esta mañana la joven criada parece más alegre y sonriente. Y yo supongo que es porque no está delante mi marido.
- No, gracias, sigue con lo que estabas haciendo. Ya me preparo cualquier cosa.

Ella desaparece y la oigo subir las escaleras. Imagino que irá a arreglar mi habitación. Destapo un puchero y me envuelve el dulce aroma del chocolate recién hecho. Me sirvo un buen tazón y rebusco por la despensa, llena a rebosar de variados botes de esos de hojalata en los que siempre te encuentras galletas o ricas magdalenas. Me siento a la mesa donde tantas veces desayuné con la abuela en aquellas mañanas, a veces soleadas, otras lluviosas, al calor de la cocina de carbón y acompañadas por el rítmico tintineo de los cencerros y algún que otro mugido de las vacas. Perdida en mis ensoñaciones no me di cuenta de la presencia de Antón, allí, en la puerta.

- Buenos días, rapacina, ¿dormiste bien?
- Hacía tiempo que no lo hacía así de bien.
- Cuando acabes ese tazón de chocolate te invito a dar un paseo, tienes muchas cosas qué contarme.
- ¿Sabes dónde está mi marido?
- Le vi salir temprano, supongo que iría a la ciudad.
- ¿Y Pin y Pon?
- ¡Jajajajajajaja! - la carcajada se le escapa de forma espontánea – supongo que te refieres a esos dos que parecen su sombra.
- Sí, esos mismos, creo que cuando va a cagar se pelean por limpiarle el culo.
- Pero… ¿qué modales son esos para una señora distinguida?
- Mejor no te contesto, anda… vamos.

Hago ademán de coger su silla, pero él me dice que no, que camine a su lado, se basta y sobra para manejarla él sólo y no quiere hablar sin poder mirarme a la cara. Sobre todo no quiere escuchar, pero eso no lo dice él, lo pienso yo. Caminamos en silencio un buen trecho, tengo la impresión de que quiere alejarse de la casa, hacía un lugar tranquilo. Llegamos a una pequeña explanada bajo un castaño… allí pasaba yo tardes enteras leyendo, desde donde podemos divisar todo el camino, resultando a la vez invisibles para cualquier observador. Está bien pensado, allí no podrán cogernos por sorpresa. Antón se queda un rato mirándome en silencio, parece que ninguno de los dos quisiéramos romperlo.

- Eva, Eva… ¿cómo fue que acabaste casada con ese fantoche?
- Me gusta oírte pronunciar mi nombre, siempre me llamas rapacina y ya ves, ya soy algo mayor para que sigas haciéndolo. Es una fea y larga historia.
- Cuéntamela.

Me acomodo a su lado y permanezco un rato en silencio intentando hallar el principio del ovillo para, como en un juego, ir desenredando la madeja de mi vida desde el último verano que pasé en la casa.

Aquellos tres o cuatro veranos después de mi estancia en Francia fueron los mejores de mi vida, Antón y yo seguíamos con nuestros encuentros furtivos en que él me enseñaba a gozar de mi cuerpo. Pasaba todo el tiempo excitada, con ganas, esperando con expectación poder estar a solas con él. Recuerdo una vez que le abordé en la cocina y cuando andaba con la mano metida bajo mi falda, nos pilló mi padre. Se enfadó e intentó mandarme de vuelta a casa, pero yo guardaba un as en la manga: estaba enterada de sus devaneos con la doncella de mamá, los había espiado más de una vez en el pajar. Se lo solté a bocajarro y le sometí a un chantaje descarado. Yo ya era mayor de edad y hacía lo que me daba la gana con quien me salía del coño. La verdad es que no tuvo mucho que decir y tampoco le daba excesiva importancia a las cosas del sexo.

- Vamos, rapacina ¿a qué esperas?
- Estaba saboreando recuerdos, Antón, desde que estoy aquí me asaltan todos de golpe… ¿sabes lo feliz que me hiciste? ¿lo pensaste alguna vez?

Me mira de esa forma que me quema el alma, como si abriera un inmenso boquete en el centro del corazón.

- No era sólo sexo, Antón, era esa necesidad permanente de ti, de escuchar tu voz, de mirarte, de saberte cerca… ver pasar tu sombra por la puerta ya era suficiente para provocarme.
- No podía ser, Eva, no podía ser. Yo era sólo un sirviente casi veinte años mayor que tú. No debía dejar que ninguna esperanza hiciese nido en mi pensamiento. Eso sí, no podía resistirme a tu hechizo, al deseo que me roía las entrañas… no podía. Pero, deja esa historia, déjala, quiero que me cuentes que pasó después.


- Está bien. Cuando salí de aquí ese último verano no pensaba que tardaría tantos años en volver. Seguí con mis estudios universitarios, me quedaban tres años para licenciarme en arquitectura y disfrutaba con lo que hacía. Fue un curso con mucha tensión, ya sabes todo lo que pasó en aquella época, aunque supongo que aquí no fue tan grave como en las grandes ciudades. Teníamos un gobierno blando y fácilmente coaccionable que se empeñaba en sacarse de la manga leyes inútiles en lugar de hincarles el diente a los graves problemas que empezaban a aquejar al país. En poco tiempo todo se salió de madre. La violencia aumentaba día a día: robos, asesinatos, secuestros, violaciones, terrorismo, tráfico de mujeres, de niños... Las ciudades fueron asaltadas por inmigrantes de todas las nacionalidades sin ningún tipo de control, éramos el paraíso para toda clase de delincuencia. Claro que había muchos de ellos que venían a trabajar, a forjarse un futuro, pero la vaca se estaba quedando sin leche que ordeñar y todos tenían hambre. Proliferaron las bandas callejeras armadas que se liaban a tiros por cualquier motivo. Los políticos se lanzaban insultos a todas horas, incluso hubo quien llegó a las manos, las autonomías se peleaban entre ellas por ver quien sacaba mejor tajada. Y luego vino la crisis económica, empresas que se declaraban en quiebra, cargos públicos que hacían su agosto, desempleo, huelgas, manifestaciones…

(Continuará)


lunes, 30 de junio de 2008

Un hombre bueno


Fue un hombre bueno.

Esa sería, sin lugar a dudas, la frase que mejor le definía. Fue un hombre bueno, de esos con los que te tropiezas en la vida y sabes que puedes confiar en él, que siempre te dará buenos consejos, que te deseará lo mejor, que te hablará con total sinceridad.
Le conocí hace años por motivos profesionales. Era un gran ejecutivo, trabajador incansable, amable, humilde, educado, con un gran sentido del humor. Su locura era la informática, siempre al día de los últimos avances tecnológicos. Creo que fue la primera persona a la que vi utilizar una PDA.
Ahora estaba feliz con su recién estrenada jubilación… tenía tantos planes, le quedaban tantas cosas por hacer, tanta vida por delante. Eso era lo que todos pensábamos.
Pero hoy se ha marchado sin despedirse y ha dejado un vacío en muchos corazones.
Mi más cariñoso recuerdo, Vicente.
Descansa en paz.

¡¡¡¡CAMPEONES!!!!!



Y está todo dicho.
F E L I C I D A D E S

domingo, 29 de junio de 2008

viernes, 27 de junio de 2008

Robert Graves



¡Ten valor, amante!
¿Puedes soportar tanto dolor
de manos distintas de las suyas?

(Robert Graves)


jueves, 26 de junio de 2008

"La Roja" lo consiguió


Aunque hoy vistió de amarillo y negro... lo consiguió.
No soy una gran aficionada al fútbol, de esos que lo dejan todo para ver un partido. Si me pilla en casa, sentada en el sofá, sin nada mucho más importante que hacer, lo disfruto.
Pero esto del fútbol tiene un mérito que nadie puede negarle. El domingo pasado y esta misma noche: gallegos, asturianos, cántabros, vascos, catalanes, maños, castellanos, manchegos, valencianos, murcianos, extremeños, andaluces, madrileños, canarios, baleares o navarros... por una vez, y sin que sirva de precedente, se sintieron ESPAÑOLES.
Todo un éxito díficil de conseguir en un país en que la idiosincrasia de las distintas autonomías que lo componen, en lugar de complementarnos nos envuelve en luchas sin sentido, en las que cada una de ellas quiere ser más y mejor que su vecina.
El próximo domingo sucederá de nuevo.
PD. Tenía que hacer un inciso en la historia que estaba contando y felicitar a "La Roja" por su victoria.

El último refugio (III)



(Imágen: Verónica Risalde)

No, no corren buenos tiempos. Y yo no debería haber vuelto. Si ya me resulta difícil vivir esta situación allí, entre los fríos e inalterables ciudadanos muertos en vida ¿cómo me las voy a apañar en esta casa llena de recuerdos de otros tiempos?

- Cariño ¿te has dormido? En media hora está lista la cena ¿vienes?
- Sí, sí, Ernesto, me visto y bajo enseguida.

En cuanto me vuelva a poner la máscara de indiferente frialdad estoy contigo – pienso mirándome al espejo.

Estoy terminando de peinarme cuando tengo la sensación que algo como una fugaz sombra acaba de reflejarse en el espejo. Siento una extraña congoja. Me acerco al ventanal, lo abro, y miro hacia fuera. Las ramas de los árboles se mueven con el viento. Eso debió ser, pienso, el viento.

La gran mesa del comedor está ya preparada y mi marido me espera sentado a su cabecera. Seremos sólo dos comensales: él y yo, y una joven criada a la que no conozco sirviendo la cena. ¡Vaya! Estás muy guapa, me dice cuando tomo asiento a su lado, parece que te sentará bien pasar aquí unos días. Asiento levemente: sí, será el viento del norte y este olor a hierba… tengo hambre. Cenamos casi en silencio, sólo alguna frase de cumplido por la exquisitez de la carne o la calidad del vino. Cuando casi hemos terminado Ernesto le pide a la joven que haga el favor de llamar a Antón por si quiere tomar el café en nuestra compañía. Al cabo de un momento se oye el sonido característico de las ruedas sobre la vieja madera encerada. Mi marido aparta la silla a su izquierda para dejar sitio a Antón que le da las gracias con un movimiento de cabeza. Conversan sobre la casa, las tierras y yo sigo atenta sus palabras intentando no pensar en otra cosa, siento sobre mí la mirada de Ernesto, a la vez que me doy cuenta que Antón no me ha mirado ni una sola vez. Sé que lo hace por mí, y quizá también por él.

Me levanté temprano, afortunadamente hace ya tiempo que mi marido y yo no compartimos lecho ¿para qué? Desde que ese loco y sus fanáticos seguidores se hicieron con el país todo ha cambiado: el sexo está prohibido, perseguido, castigado. Las emociones, los sentimientos son el mal de la humanidad, la perdición, por ellos pecábamos, robábamos, matábamos, engañábamos… ahora todo es frío, aséptico, organizado. El acto sexual sólo se realiza para procrear y única y exclusivamente entre un hombre y una mujer unidos legalmente en matrimonio. Y para que así se cumpla existen miles, millones de cámaras esparcidas por todas las casas, ciudades y pueblos. Y lo que es aun peor: los ciudadanos se vigilan unos a otros para encontrar cualquier atisbo de desobediencia que pueda ser denunciado y recibir así su premio. Al “pecador” se le interna de inmediato en una de las clínicas de cura y rehabilitación, donde le realizan un intenso lavado de cerebro a base de drogas o métodos aun peores del que salen como seres totalmente incapacitados para sentir emociones. En las escuelas los niños aprenden como autómatas: no ríen, ni juegan, no lloran, no se pelean, ni se enamoran. Me alegro, me alegro tanto de no haber podido tener hijos con Ernesto. Él lo intentó una y otra vez, sin querer darse por vencido. Todas las noches se acercaba a la cama y me destapaba. Yo abría las piernas y dejaba que me follase conteniendo la respiración. Al principio cuando pensé que le amaba, hacia esfuerzos para que no se notase mi deseo… está prohibido ¿recuerdas?... luego me esforzaba tan solo por no morirme de asco. Un día dejó de hacerlo y yo respiré tranquila. Y él se dedicó a medrar en política hasta convertirse en la mano derecha del puto loco que nos gobierna y que amenaza hacerse con el poder en media Europa.

(Continuará)

sábado, 21 de junio de 2008

El último refugio (II)



(Imagen: John Singer Sargent)


Lo siguiente que recuerdo es el olor de Antón. Me llevaba en volandas hacia la casa y yo abrazada a su cuello deseaba que el camino se hiciese interminable. Mi torpeza hizo que me hiciese una brecha en la cabeza y perdiese el conocimiento, por lo que él tuvo que agarrarme a toda prisa y llevarme a la casa para curarme aquella herida. Se había puesto unos pantalones pero aún lucía el torso desnudo. Me subió a la habitación y me tumbó sobre la cama.

- ¡Ay! Rapacina, tienes que mirar dónde pones los pies.
- Estaba mirando algo más interesante – le contesté descarada.
- Parece que la señorita aprendió algunas cosas en estos años que no vino a visitarnos.
- A lo mejor puedo enseñártelas…
- Vamos a curar primero esta herida o tu abuela nos matará… aunque… nos matará de todas formas si se entera de esto.

Me curó. Luego empezó a deslizar la yema de sus dedos por mi rostro, dibujándolo: la frente, las cejas, los párpados, las mejillas, la nariz, la boca… Mi boca se abría deseando besar aquellos dedos, lamerlos, morderlos… él seguía despacio, despacio, despacio, con una lentitud que me exasperaba. Quise ponerme en pie de un salto y quitarme de un tirón la poca ropa que llevaba puesta, pero él me inmovilizó con un solo brazo.

- Quieta, tranquila ¿no te enseñaron en Francia a ir despacio? Disfruta, rapacina, disfruta…
- Vendrá mi abuela… y yo…quiero follar contigo.
- Chssssssssssssss!!!! Esas cosas no las dice una señorita como tú – y volvió a posar sus dedos sobre mis labios.

Me desnudó despacio, paseando sus dedos por cada milímetro de mi piel. Mi cuerpo ardía de deseo. Cuando por fin posó sus labios sobre los míos creí morir. Sus besos eran húmedos, profundos, suaves y apasionados a un tiempo. Estábamos de pie y yo notaba la dureza de su sexo contra mí, me puse de puntillas buscando su contacto cuando él posó su mano sobre mi pubis, suavemente. Con un dedo abrió mi sexo mojado y empezó a acariciarlo muy despacio. Sentía como el clítoris se hinchaba y toda yo temblaba apoyada en su pecho. Entonces se separó de mí y se dirigió a la bañera. Me quedé allí con una enorme sensación de abandono. Cuando el baño estuvo preparado, me cogió en brazos y me colocó de pie dentro del agua. Empezó a enjabonarme, sus manos se deslizaban por mi cuerpo al tiempo que él me iba dando la vuelta para no dejar un solo rincón sin acariciar. Yo esperaba con los ojos cerrados el momento en que su mano se volviese a posar sobre mi sexo. Un dedo, dos, tres, jugaban con el vello, internándose de cuando en cuando en el interior de sus pliegues. Cuando me penetró con ellos, entreabrí las piernas para sentirlos más adentro al tiempo que bajaba hacia su mano. Los metía y los sacaba mientras masajeaba mi clítoris con el dedo pulgar y mis caderas seguían sus movimientos haciendo que me penetrasen un poco más cada vez. Cuando llegó el orgasmo las piernas no podían sostenerme y me agarré a él que suavemente me deslizó dentro del agua sin sacar su mano de mi sexo. Luego salió de la habitación dejándome a solas.

He cerrado los ojos… recordando. Estoy excitada. Tengo que tranquilizarme, concentrarme, Ernesto no puede verme así. Él, ni ninguno de sus esbirros, esa especie de robots andantes que anotan en sus obtusos cerebros cualquier atisbo de sentimiento. Antón, Antón… cuánto te eché de menos. Ningún hombre con sus hermosas pollas me hizo gozar como tus manos. Nunca consintió en follar conmigo, ni me dejó siquiera acariciar, besar, lamer su sexo. Su placer consistía en hacerme gozar a mí. “Rapacina, puedo ser tu padre” me decía. “Pero no lo eres” replicaba yo. Y me lanzaba a morder su boca. Pero él me paraba con sus brazos fuertes. Y volvía a empezar su ronda de caricias, o metía su cabeza entre mis piernas hasta hacerme morir de puro placer.

Antón no era un sirviente más de la gran casa, era el hijo del mejor amigo del abuelo, un hijo algo tardío, heredero de una buena fortuna si su padre no la hubiese dilapidado en pos de una felicidad que le era negada. Su madre, una mujeruca amarillenta y apergaminada, casi invisible, murió en el parto de la criatura, y el hombre enorme y lleno de vida que era su padre, se hundió en un pozo del que no supo salir. Yo había vistos fotos de ambos en los tiempos de novios y cuando se casaron, en las tardes en que a la abuela le daba por la nostalgia. Nunca entendí como aquel hombretón guapo y bien plantado se había podido enamorar de ella, pero así fue, la amaba hasta la locura. Supe que Antón había ido a la Universidad, pero a él no le gustaba hablar sobre sí mismo así que no pude enterarme de hasta donde había llegado en sus estudios. Cuando su padre murió, el abuelo lo tomó a su cargo, pero no pudo convencerle para que continuase con su formación, se negó en redondo a volver a la ciudad. En poco tiempo se hizo cargo de la administración y buen funcionamiento de las propiedades del abuelo, y éste encontró por fin a la persona de confianza que le hacía falta ya que ninguno de los hijos mostraba ningún interés por aquellas tierras.
(Continuará)

miércoles, 18 de junio de 2008

El último refugio (I)


(Imagen: Roberto Montenegro)
- No corren buenos tiempos, rapacina.

Pensaba en ese escueto saludo que me prodigó Antón cuando llegamos a la casona hace un par de horas. Esas pocas palabras que dejó caer en un susurro cuando me acerqué a abrazarle de forma fría y calculada, sin emociones, como mandaban las normas. Durante unas décimas de segundo descubrí allá, en el fondo de sus ojos grises, la chispa de antaño, una mezcla de ironía y dulzura. Luego, al dirigir su mirada hacia Ernesto que entraba unos pasos detrás de mí, seguido por dos de sus sirvientes, se tornaron opacos e inescrutables.

- Buenos días, Don Ernesto, espero que hayan tenido buen viaje – le dijo, extendiendo la mano.
- Gracías, Antón, sí ha sido un viaje agradable sobre todo después de pasar los calores de Castilla, y tú ¿cómo estás?
- Muy bien, señor, gracias. Las habitaciones están preparadas por si quieren descansar un rato. Ahora, si me disculpa voy a ver como va todo por la cocina… quizá tengan hambre.
- De acuerdo, Antón, luego bajaremos a tomar algo.

Al darse la vuelta en su silla de ruedas, me dirigió una fugaz mirada, otra vez la chispa luciendo allá dentro. Seguía siendo un hombre hermoso, fuerte, recio, a pesar de los años…

No, no corren buenos tiempos. Y desde que llegué aquí, a la vieja casona de la abuela, me cuesta mucho más controlar mis emociones. Tengo miedo. Le dije a Ernesto que estoy cansada, que quería darme un baño y quizá dormir un poco. He mirado por toda la casa y creo que no hay cámaras instaladas, pero de todas formas le preguntaré a Antón, quizá vinieron a colocarlas antes de que llegásemos. Aunque no creo, el viaje ha sido un poco precipitado y mi marido estuvo demasiado ocupado para pensar en ese pequeño detalle.

He cerrado la puerta de la habitación con llave y empiezo a llenar la bañera. Cuando nos hicimos cargo de la casa no quise que se tocase su decoración. La alcoba está situada en el primer piso, tiene un gran ventanal desde el que se puede ver el extenso valle, cubierto de árboles y vegetación, y el discurrir del río trazando caprichosas curvas por entre una inmensa gama de verdes casi pecaminosos. Arrimada a una de las paredes está la cama, enorme, alta, con cuatro columnas de madera tallada y un dosel. Casi en el centro de la habitación una bañera antigua, de porcelana, con patas como garras de oso. Un armario con grandes lunas, una cómoda con cajones y espejo, y un arcón de madera conforman el resto del mobiliario.

No he podido resistir la tentación de desnudarme mirándome en la luna del armario y una especie de cosquilleo casi olvidado me recorrió entera. Me meto en la bañera lentamente dejándome llevar por la agradable sensación del agua caliente. Fue aquí mismo, hace ya tantos años…acabábamos de estrenar un nuevo siglo.

Hacía tres o cuatro veranos que no los pasaba en casa de la abuela, ya que mi madre se había empeñado en mandarme a Francia a uno de esos estúpidos colegios que yo no soportaba. Debía aprender el idioma y algunas buenas normas de señorita de la sociedad burguesa. Regresé doctorada en “lenguas” y perdí la virginidad con un gabacho de lacia melena y manos largas, que a diario ejercía de panadero y el fin de semana tocaba el saxo en un garito de dudosa reputación. En los ratos libres que le dejaban una y otra actividad, cambiaba el saxo por el sexo, follábamos y practicábamos lengua en un destartalado desván lleno de polvo y goteras. Yo tenía entonces diecisiete años. Y por fin ese verano estaba otra vez allí, en la vieja casona, sin mis padres, que andaban en uno de esos cruceros por el Mediterráneo.

Era una tarde calurosa y la abuela estaba en el pueblo asistiendo al velatorio de una amiga. Aburrida de escuchar música tirada sobre la cama decidí acercarme al río, no era la primera vez que me daba un baño en aquellas aguas frescas y cristalinas. Cuando estaba acercándome a la pequeña ensenada donde solía bañarme me pareció oír como un chapoteo, así que me escondí entre los árboles sin hacer ruido. Aquel cuerpo desnudo con la piel húmeda y brillante tenía la apariencia de un dios… era Antón. Hasta ese momento no me había fijado en su belleza. La verdad es que casi nunca le miraba, me daba un poco de miedo, siempre tan serio, adusto, con aquella voz tan grave. Sin darme cuenta había ido acercándome poco a poco maravillada ante su desnudez, me temblaban las piernas. Él se había tumbado sobre la pradera y se acariciaba el sexo sin ningún pudor. Luego supe que desde el primer momento se había percatado de mi presencia y lo hacía a propósito. Yo no podía apartar los ojos de aquel miembro que iba tomando consistencia y se erguía como el mástil de una bandera. Y así fue como tropecé con una mata, una raíz… que se yo, y caí de bruces allí mismo.
(Continuará)

domingo, 15 de junio de 2008

Si el destino viene de frente... cambia de carril.


Era un hombre solitario. Nadie sabía muy bien si vivía feliz con su soledad o le venía impuesta, ya que él no dejaba que nadie se inmiscuyera en sus sentimientos. Nunca había querido comprometerse en una relación, disfrutaba conquistando, enamorando, y luego... perdía el interés por la persona que poco tiempo antes había ocupado todas sus energías. Así, fue dejando desperdigados por doquier: sentimientos heridos, rencores y desilusiones. No le importaba demasiado ni sentía remordimientos, sabía que siempre podía encontrar corazones a los que enamorar.

Aquella tarde, Tomás, se sentía inquieto, quizá por la falta de actividad sexual y de conquista en la que se debatía últimamente. Echó una ojeada a su agenda y eligió al azar a una, de entre las tres o cuatro mujeres a las que tenía en su punto de mira. Cogió el móvil y marco un número. Una voz desconocida contestó al otro lado:

- Diga.
- Perdón, ¿Sara?
- No, lo siento, te has equivocado.
- Eso me había parecido al escuchar tu voz, no me sonaba conocida. Perdona.
- Nada, tranquilo, estás perdonado.

María cortó la comunicación con un mohín de disgusto. "Número equivocado... mierda" dijo en voz alta. Por un momento al escuchar el sonido del móvil pensó que era Alfredo, ese cabrón ¡cómo lo odiaba! Después de diez años de convivencia el muy hijo de puta le dice que se enamoró de otra mujer: "te quiero mucho, María, yo no lo busqué te lo juro, pero así son las cosas". Y ella se quedó echa una mierda, sin ganas de vivir. Llevaba una semana sin salir de casa, mintiendo en el trabajo. Depresión, diagnosticó el doctor. ¡Malditos hombres! todos eran iguales.

Tomás se quedó mirando el teléfono, y comprobó el número marcado. Efectivamente, se había equivocado en la última cifra. Esa voz dulce y sensual se le había metido en el cerebro. Volvió a mirar el número que había marcado por error y se dispuso a guardarlo en la agenda "¿cómo te llamaré? -pensó. Tecleó: DESTINO, y se felicitó por la ocurrencia.

Al cabo de unos días, y sin haber podido olvidar la voz de la mujer, marcó el número de nuevo y desplegó todas sus dotes de conquistador.

María necesitaba que alguien la sacase de su apatía, y cuando recibió la llamada de aquel desconocido no lo pensó mucho y se dejó llevar por la agradable sensación de interesar a alguien.

Empezaron mandándose e-mails, hablando por teléfono, intercambiando fotografías. Descubrieron que vivían relativamente cerca, así que decidieron que había llegado el momento de conocerse.

Fue una tarde de primavera y los dos se sintieron a gusto juntos, como si hubiesen nacido el uno para el otro. Esa misma noche tuvieron un inolvidable encuentro sexual del que salieron exhaustos y satisfechos.

Tomás estaba confundido, jamás había sentido nada igual por otra mujer y por primera vez en su vida, no se aburría. Pensaba en ella a todas horas ansiando el momento para escuchar su voz o esperando verla. Se levantaba a las siete de la mañana para mirar el correo antes de acudir al trabajo, y así empaparse con sus palabras.

María sonreía satisfecha pensando en su venganza. Tomás iba a pagar todo el daño que le había causado Alfredo. Vale, igual eso no era justo, pero tampoco él era un santo. Le había contado todos los amoríos que había tenido y no pareció importarle el sufrimiento que causó a esas mujeres. Pues bien, ahora probaría de su propia medicina.

Esa mañana Tomás abrió el correo temblando de ilusión, esperaba que ella le confirmase la cita para esa noche. El día antes le había comprado un anillo para pedirle que se casara con él. Sí, tenía una carta. Empezó a leer y su rostro comenzó a quedarse pálido a la vez que le faltaba la respiración. María le decía que no sentía nada por él, se burlaba de un modo cruel de sus palabras, sus caricias, sus besos. Se mofaba de él como hombre y como amante haciéndole saber que fingía sus orgasmos, que le daba asco su cuerpo. No podía seguir leyendo. Desesperado marcó su número de teléfono y una voz metálica le contestó que el abonado había cambiado de número. Se vistió a toda prisa y salió de casa. Tenía que ser una broma cruel, no podía ser verdad. Ella le había dado una dirección, pero cuando llegó, vio con horror que le había mentido, no era allí donde vivía. La buscó por todas partes, pero todo fue inútil.

Ha pasado un mes desde esa fatídica mañana. Tomás no sale de casa y no quiere ver a nadie. Se pasa los días frente al monitor de su pc, con el teléfono encima de la mesa... esperando. Los primeros días terminó con las reservas de alcohol y tabaco que tenía en casa, pero ni siquiera el "mono" de nicotina lo sacó de su letargo. Los ojos enrojecidos y resecos ya no lloran, y se ven rodeados de grandes ojeras oscuras. Sucio, sin afeitar, demacrado, sin comer apenas, deja pasar las horas esperando que suceda el milagro. Por su cabeza pasaron todos los pensamientos imaginables, hasta que hoy, al fin, una idea ha venido a ocupar por completo su mente.

Se levanta de la silla y con ella en la mano se dirige a la terraza de su apartamento. La acerca a la barandilla y sube. Empieza a amanecer y la ciudad comienza a desperezarse. Cierra los ojos y abre los brazos, imaginando por un momento que son dos enormes alas que brillan bañadas por las primeras luces del sol. Sonríe y echa a volar. Sabe que va a encontrarse con su DESTINO.

(Junio 2005)

viernes, 13 de junio de 2008

Una noche más


Una noche más acudo a tu encuentro. Me esperas impaciente entre las cuatro paredes de tu pequeño apartamento. Paseas arriba y abajo, mirando el reloj a cada instante. La llave en la cerradura. Ya llego, amor, no desesperes. Me cuesta tanto robarle unas horas a mi otra vida.

El abrazo es largo, está lleno de ausencias y duele. Mi piel reconoce tu tacto y se emociona. Un ligero temblor sube por mis piernas y me recorre entera. Las bocas desesperadas se buscan. Se encuentran. El deseo se apodera de las lenguas, de los labios, de los dientes que mordisquean golosos. Tus manos rodean mi cintura, pegándome a tu cuerpo. Como en un juego de magia, nos despojamos de la ropa, sin que las bocas se separen. Tú ardes, yo me quemo.

Con una coreografía perfecta, nos poseemos. Ningún movimiento superfluo. Cada mirada, cada caricia, cada beso recibe la respuesta esperada. Tu boca en mi sexo. Tu sexo en mi boca. De nuevo las lenguas se encuentran. Se mezclan sabores, sudores, olores, fluidos. Las palabras huyeron, no hay sitio para ellas. Solo los gemidos, los gritos de placer, se hacen eco en la habitación. Ellas volverán más tarde, cuando se tranquilicen nuestros cuerpos y reposen satisfechos.

Estás en mí. Danzamos. El ritmo suave va ganando intensidad. Se vuelve rápido, potente. Te hundes en mi carne, que te atrapa y te succiona. Quiero seguir mirándote, guardar tu imagen en mi retina. Me invade el placer y los párpados se cierran. Mientras, de nuestras gargantas nace un grito que se ahoga con los besos.

¿Duermes?- me susurras al oído. Tu aliento me hace cosquillas y me eriza el vello de la nuca. No, no duermo- te respondo. Me acurruco, amoldándome a tu cuerpo. ¡Qué se pare el reloj, que se pare!- pienso. Como una niña cuando pide un deseo y cree que si pone todo su empeño acabará cumpliéndose. Tengo que irme- lo he dicho tan bajito que casi no me has oído. Pero lo intuyes, lo sabes. No te vayas, quédate conmigo- no quieres decirlo, pero las palabras escapan de tus labios. Y yo deseo morir, allí mismo, en ese preciso instante.

Me visto lentamente. Y lloro. Lloramos. Yo, por mi cobardía y mis miedos. Tú, por la rabia y la impotencia de no ser capaz de retenerme. Los dos, por este amor adúltero, silencioso y secreto. Condenado a vivir en las sombras sin ver la luz del día. Un amor que, poco a poco, va ganando terreno al otro. Al que está hecho de costumbre y rutina, de manso cariño, de debes y haberes.

Te beso. Me abrazas. Escapo de ti. Salgo a la calle oscura y solitaria. Camino rápido con la cara mojada. No hay luna, ella también se esconde- pienso. En un banco, una pareja se besa. Los miro y no se dan cuenta, están en otro mundo, en su mundo. Durante un momento, estoy parada a su lado, sin verlos. Desando el camino recorrido. Vuelvo.

Otra vez ante tu puerta, noto tu respiración al otro lado. Tiemblo. Voy a acariciar la madera, segura de que a través de ella sentiré tu calor. Abres, me miras un instante y te haces a un lado. Un paso cambiará mi vida. Vuelvo la mirada atrás, como en cámara lenta. Corto el hilo invisible que estira de mí. Entro y cierro la puerta. Y si se acaba el mundo ahí afuera...

miércoles, 11 de junio de 2008

¿No estuvisteis allí?

No me lo puedo creer. Pero... está bien, para aquellos que se perdieron la Ciclonudista Madrileña, la quinta, he traído algunas fotos. Sólo para que os déis cuenta de lo que os perdisteis. Allá van:







Bien ¿no? ¿Habéis visto la cara de felicidad que tienen todos?
En la Bici Crítica madrileña tienen colgado un video de la Ciclonudista 2006 que me ha parecido muy interesante a la par que divertido:
Y oye, si eres de los que no les gusta enseñar su cuerpo serrano pero te apetece pasear en bicicleta por la ciudad en buena compañía, puedes también unirte a estos chicos y chicas amantes de este estupendo y saludable medio de transporte y ocio. Que sí, que también organizan salidas periódicas en las que van vestidos y todo. Si no me crees entra en su página y compruébalo.

martes, 10 de junio de 2008

Rayas


No puede soportarle. Sabe que no podrá soportarle por mucho tiempo. Ella le quiere, tiene que quererle, llevan toda una vida juntos. Y es bueno. Y la cuida, la mima, incluso le deja su trocito de libertad. No, no se entienden. En realidad nunca se entendieron, siempre miraron la vida con distintos ojos. Sólo comparten los hijos, la casa, los gastos y las cosas que lleva consigo la convivencia. Pero jamás se contaron esos íntimos pensamientos que hacen que dos almas se encuentren, se conozcan. Ni los sueños, los anhelos, los deseos secretos.

Desde hace algún tiempo, él se muestra a veces irascible, grita sin motivo, hace un desierto de un grano de arena. Ella sabe el motivo, esas rayas de coca que se mete por la nariz de vez en cuando, están haciendo de él otro hombre. No quiere hablar de ello, incluso niega hacerlo, pero ella se lo nota en la cara nada más verle. No la engaña. Lo huele. No sabe si ese polvo blanco huele a algo, pero cambia el olor de su piel y de su aliento. Y se niega a besarle, esconde su boca cuando él lo intenta. Le dan arcadas. Él siempre tiene ganas de follar, pero a veces no consigue que se le ponga dura. Y otras, tarda tanto en correrse que ella se cansa de aguantar sus embestidas. Y tiene miedo que un día se le pare el corazón mientras la folla. Así que le rechaza y se inventa excusas, y entonces él la acusa de que ya no le quiere. Y ella está empezando a odiarle.

A veces, cuando surge una disputa, ella calla, no tiene ganas de pelear, y además sabe que no es él, es esa mierda que hace que pierda los estribos. Pero hoy cuando él se puso a gritar por una tontería, ella gritó más fuerte y después se largó dando un portazo.

No sabe ya qué hacer para acabar con esa situación, no puede convencerle de que es un enfermo.
No puede. No entiende qué placer puede sacarle a eso. Y aunque sabe que lo hace de tarde en tarde, tiene miedo que empiece a depender de ello y su vida se convierta en un infierno.
Y no, aunque le quiera, no va a arder con él en esa hoguera.

Nunca deseó ser una mártir, ni va a ofrecer su vida a ese dios al que llaman amor. Da igual lo que digan de ella, no le importa. Ya no le importa nada.

Está llegando al límite. Falta apenas algún pequeño roce para que se le haga insoportable, como cuando un dolor que padecemos va aumentando en intensidad tan débilmente que no nos damos cuenta y de pronto un horrible pinchazo nos lo hace notar. Falta sólo una fina raya para que ella se marche. Y será para siempre.

domingo, 8 de junio de 2008

Aguas Negras


Tengo frío, mucho frío. Ya no siento mi cuerpo. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Tengo la boca reseca, sin saliva. Hace horas que no bebo. Ya no siento dolor en mi hambriento estómago, sólo un vacío inmenso, como si tuviese las tripas pegadas. La mujer que yace a mi lado se remueve, con su bebé apretado contra el pecho. Intento percibir la respiración del pequeño y no lo consigo. Quizá esté muerto y ella no se ha dado cuenta. Estamos hacinados, pegados unos a otros; pero el calor de nuestros cuerpos no es suficiente para atenuar este frío en los huesos. Tiemblo. ¡Cuánto silencio! Ya no se escuchan murmullos, ni quejidos. Nada. Todo está negro y helado. Tengo miedo. Debe ser de noche, pero no estoy seguro: he perdido la noción de los días. Han abierto la puerta. ¿Estaremos llegando a nuestro destino? Quieren que salgamos fuera, pero nos cuesta levantarnos. Las piernas no me responden: están anquilosadas. Debo hacer un esfuerzo. Pronto estaré bien: a salvo. El bebé ha empezado a llorar y eso me tranquiliza: no está muerto. Comenzamos a salir lentamente, apretujados, intentando respirar aire puro. Voces alteradas, gritos, empujones. ¿Qué está ocurriendo? Es noche cerrada: todo está oscuro. Me empujan. No, no me voy a tirar al agua. Dicen que estamos cerca de la playa, que aquí se termina el viaje. Oigo chapoteos. El llanto del bebé se eleva por encima de nosotros. Miro hacia abajo y no veo nada: una profunda oscuridad lo inunda todo. Gritos de socorro, súplicas, lloros, lamentos. Voces ásperas que ordenan y amenazan. Estoy al borde del abismo y tengo miedo. Un fuerte golpe en la espalda me hace perder el equilibrio y caigo al mar que, con sus fauces abiertas, espera para tragarme. Tengo miedo.

El juguete

Ya entra el sol por la ventana de tu habitación cuando empiezas a desperezarte. Aun tardarás un rato en salir de la cama. Lo sé. Porque te observo cada día. Me gusta ver tu cuerpo desnudo surgir de entre las sábanas. Bostezas, te rascas un poco entre las piernas, estiras los brazos y te enfundas esos viejos pantalones que usas para andar por casa. Mientras tanto, yo permanezco inmóvil, esperando a que te fijes en mí, a que te apetezca hacerme algunos mimos. Sí, ya sé que últimamente estás algo apático, perezoso, desganado. No temas, esperaré, tampoco tengo ningún otro sitio adonde ir.

Has salido de mi campo de visión, pero escucho tus pasos y adivino tus movimientos. Vas al baño. Me duermo un rato. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando siento en mí tu mirada. Me avergüenzo un poco, estoy sucia y con la ropa llena de polvo. Me coges y me depositas suavemente sobre tu cama que aun guarda tu olor.

Empiezas a desnudarme lentamente ¡cuidado! No me dobles así el brazo, me haces daño. Anda, lava esa ropa está que da asco, huele a humedad... ¡qué bien me siento así, desnuda! Me metes en el baño. Coges un poco de gel y empiezas a enjabonarme muy despacio. Tus dedos me acarician levemente y yo quiero seguir así eternamente. Me viene a la mente esa canción: “dicen que tienes veneno en la piel, y es que estás hecha de plástico fino, dicen que tienes un tacto divino, y el que te toca se queda con él....”

Quisiera que sintieras mi deseo, pero no tengo pezones que se yergan altaneros, ni sexo que segregue excitantes jugos. A ti parece no importarte, y pasas una y otra vez tus dedos por entre mis piernas, y yo deseo que se queden ahí por siempre. Cuando crees que estoy suficientemente limpia, me enjuagas y me secas con cuidado, apretándome contra tu pecho.

Ya sobre tu cama, empiezas a vestirme y yo sé que cuando termines volveré a mi rincón de siempre hasta que te fijes nuevamente en mí. Pero antes de que eso ocurra, deslizaré a tu oído un “te quiero”. Y tú te quedarás un momento pensativo mirándome fijamente sin saber si fue el murmullo del viento o te volviste loco de repente. Y yo sonreiré por dentro sin que ningún movimiento me delate.

Es lo que tiene ser una muñeca.

lunes, 2 de junio de 2008

Los Simpson en Madrid


- Frena, Bart, frena, que hay un charco y vas a mojar a tu padre.
- Yujuuuuuuuuuuu!!! Moooola.
- Bien, ya estamos aquí.
- ¡Eh! Marge ¿dónde estamos? ¿qué hacéis Bart y tú subidos en ese tandem?
- Yujuuuuuuuuuuuuu!!!! Multiplícate por cero, Homer.
- Homy, estamos en Madrid.
- Mira Marge, esa señora está subida a un carro tirado por leones ¿por qué no tengo yo un carro con leones?
- Es La Cibeles, Homer.
- ¿La qué?
- La Cibeles, papá, una diosa.
- Ya habló la listilla.
- ¿Vamos a visitar Madrid, mamá?
- Si, Lisa, pero además tu padre y yo vamos a asistir a una manifestación.
- ¡Oh! ¡mosquis! Marge, no me gustan las manifestaciones, apretujado entre la gente, cargado con pancartas ¿por qué no nos sentamos en aquella terraza a tomar una cerveza? Cerveza…. Hummmmm.
- Esta es una manifestación muy especial.
- ¿Sí? ¿y que tiene de especial? ¿eh? ¿qué tiene de especial?
- Es una Ciclonudista, la gente va desnuda en bicicleta.
- ¿Qué? ¿has dicho desnuda? ¿yo voy a ir denudo? ¿tú vas a ir desnuda?
- Moooooooooola!!!
- ¡Bart! Desnudarse es un simbolismo.
- Simbo… ¿qué?
- Simbolismo, papá. Un símbolo es la representación de una realidad.
- ¿Sabes por qué se manifiestan desnudos, Lisa?
- No, mamá.
- Pues para representar la indefensión en que nos encontramos los usuarios de la bicicleta ante el tráfico en las ciudades. Se manifiestan por una ciudad más armoniosa, con menos humos y ruido, en donde las personas tengan su espacio, para que los gobernantes tomen conciencia de la situación. Ya verás, Homer, será un paseo divertido los dos juntos en el tàndem. Como no hemos traído más bicicletas los niños pueden visitar El Retiro, dicen que es precioso… ¡Homer! ¿qué haces?
- Desnudarme ¿no has dicho que había que quitarse la ropa?
- Sí, Homer, pero hoy no, la Ciclonudista es el próximo sábado, el día 7 de Junio, a las 12 de la mañana. Y ahora ¿qué os parece si visitamos la ciudad y nos tomamos esa cervecita bien fría?
- Yujuuuuuuuuuuuuu!!!!
- ¿Qué haces Bart?
- Escribir:
Día 7 de Junio, a las 12, Ciclonudista en Madrid.
Día 7 de Junio, a las 12, Ciclonudista en Madrid.
Día 7 de Junio, a las 12, Ciclonudista en Madrid….
¡¡¡¡Mooooooooooola!!!!
-

Señora mía (Final)


Estaba tan hermosa. No podía apartar mis ojos de aquel sexo palpitante que se me ofrecía en todo su esplendor. Sentí de nuevo la presión de sus pies en mi espalda atrayéndome y al fin mi boca se hundió entre sus pliegues húmedos y cálidos. Mi lengua se perdió en su interior, mis labios apresaban su clítoris inflamado, succionándolo. Ella, la cabeza hacia atrás, gemía de placer, movía sus caderas empujando su sexo hacía mi rostro. Luego, flexionó las rodillas y apoyó los zapatos contra mi pecho. Me empujó con ellos de modo que parecía querer apartar mi boca de su sexo. Yo sentía sus tacones clavándose en la carne, y el placer que eso me provocaba desbocaba mis deseos haciendo que me hundiese más en ella. Al fin sentí que sus piernas se relajaban, que todos sus sentidos estaban concentrados en el estallido de un inminente orgasmo. Un ronco gemido de placer salió de sus garganta al tiempo que sus jugos inundaban mi boca.

Durante un rato permaneció inmóvil, desfallecida, con los ojos cerrados. Sus piernas descansaban otra vez sobre mis hombros y sus brazos se apoyaban, lánguidos, en el sillón. Abrió los ojos y nuestras miradas quedaron un momento prendidas, hablándose en silencio. Acuéstate, dijo suavemente. Me tendí en el suelo, boca arriba, con mi sexo empinado. Colocó un pie encima de mi estómago, con cuidado, buscando el equilibrio, apoyó un instante todo su peso en él y subió el otro. Se quedó quieta, sobre mí, escrutando mi rostro. Mis ojos se cerraban ante el placer de tenerla allí, de pie sobre mi cuerpo. Entonces ella empezó a caminar despacio, subiendo hacia el pecho, deshaciendo el camino hasta las piernas, presionando mis muslos. Con cada paso sus huellas se marcaban en mi carne dejando pequeñas marcas rojas. Y mi sexo se endurecía cada vez más, palpitando con movimientos incontrolados. La miré. Y la visión de su cuerpo desnudo, erguido sobre el mío, como una diosa cazadora dominando a su presa, fue suficiente para que un chorro de semen saliera despedido y salpicase mi estómago y sus piernas.

Se sentó entonces sobre mí con las piernas abiertas y empezó a besarme. Besos suaves, ligeros, rozando apenas su boca con la mía, entreabriéndola un poco, asomando la lengua sonrosada, para fundirse luego en un beso profundo bebiendo con ansía mi saliva. Luego siguió lamiendo cada una de las marcas sembradas por mi cuerpo, limpiando con la lengua las gotas de semen esparcidas por mi piel. De vez en cuando, volvía otra vez a mi boca, para beber de ella como si de una fuente se tratase. Después se acostó sobre mí y nos quedamos dormidos en el suelo.

Cuando la conocí, hace tres años, no pensé que se convertiría en el Ama más cotizada de la ciudad. Sigue viviendo en el barrio que la vio nacer y cada día, después de dejar recogida la cocina y la cena preparada para la noche, atraviesa la ciudad en metro y se transforma. Yo estoy siempre a su lado, esperando sus órdenes, dispuesto a complacerla, deseando servirla. Soy su esclavo y ella, mi señora.