Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

lunes 6 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Uno)


Ésta es una historia que comencé a escribir allá por el año 2006 (cómo pasa el tiempo) y que por alguna razón dejé sin concluir. Rescatada de mi disco duro, me propongo retomarla y llegar hasta la palabra: "Fin". Aunque es un poco larga y está escrita como una especie de diario personal de la protagonista, espero que no os aburra. Estaré encantada si decidís acompañarme.



Viernes, 03 de marzo de 2006

Hoy es el primer día de mi nueva vida. En realidad podría decir que no fue hoy el principio, pero hasta esta mañana estaba sedada, así que para mí no cuentan esas horas. Desde el momento en que entré en el quirófano hasta que por fin abrí los ojos no estaba viviendo, era un ser inanimado. Ni siquiera soñaba.

La mañana ha empezado con murmullos, por primera vez en muchos días escuchaba voces que me llegaban lejanas, como si estuvieran rodeadas de una niebla espesa. Me tranquilizaban. También sentía que manos expertas me manipulaban, me daban la vuelta en la cama o me ponían algo frío bajo la axila. Otras manos, éstas tiernas, me acariciaban el rostro o me apartaban un mechón de cabello de la frente.

He tardado en abrir los ojos. Tenía miedo y no sé el motivo. Y cuando lo hice me quedé mirando fijamente hacia la ventana. Las hojas de las persianas dejaban entrar la luz del sol que formaba un dibujo de rayas horizontales en la habitación. Las ramas de un árbol se movían con el viento y me quedé largo rato observándolas. Mientras, las voces nerviosas y emocionadas que se alzaron en el silencio de la habitación al ver mis ojos abiertos: “se ha despertado” “cariño, cariño… estoy aquí” “hija mía, gracias Dios mío, gracias””voy a llamar al doctor” “enfermera, por favor, llame al doctor Benavent”… se fueron apagando poco a poco, expectantes.

Yo sentía una fuerte opresión en el pecho y no me atrevía a mirarlos, hasta que la voz del doctor Benavent me llegó clara y cercana: “Eugenia ¿cómo te encuentras?” Me obligué a mirarle y creo que sonreí. Era todo tan extraño, me sentía rara, como si yo no fuese la misma que había entrado hace unos días en el hospital llena de esperanza.

Entonces me fijé en las personas que acompañaban al doctor. Estaba mi madre que no podía reprimir la emoción y tenía los ojos brillantes y húmedos, y Enrique, mi marido, que se acercaba a coger mi mano. Tenía grandes ojeras oscuras alrededor de los ojos y se le veía cansado. Yo me sentía como un astronauta o un buzo, toda llena de cables y tubos por todas partes. Ellos llevaban la boca tapada con mascarillas blancas y el cuerpo cubierto con batas verdes y todo me recordaba a una película de ciencia ficción.

“Bueno, Eugenia, dijo el doctor, lo peor ya ha pasado. Ahora vamos a ver como se comporta ese nuevo corazón que te hemos puesto”.

Y yo sentí una extraña desazón.

Antes de la operación pensaba que si llegaba a superarla, si despertaba, la alegría sería inmensa. Me imaginaba embargada de una enorme felicidad y que desearía abrazar y besar a mis seres queridos. Pero por alguna razón que no alcanzaba a entender, no era así como me sentía. Estaba feliz, sí, pero al mismo tiempo esas personas: mi madre y mi marido, las sentía distintas. Les reconocía y les quería, pero no con la intensidad que yo creía quererles hasta entonces. Quizá era yo que había cambiado o posiblemente sería algo pasajero debido a la tremenda presión soportada antes de la operación.

Ahora tenía que sosegarme y hacer todo lo posible por recuperarme lo antes posible.

Apreté ligeramente la mano de Enrique y cerré los ojos. Estaba muy cansada. De momento había logrado superar lo más dificil y podía albergar esperanzas de empezar a vivir. Y esta vez, sin miedos, sin pasar por la vida de puntillas, sin tantos cuidados…

Eso era, al menos, lo que yo deseaba…


jueves 2 de julio de 2009

Post-etapa: Santiago-Valencia (La vuelta a casa)


(Imagen: Subida a O Cebreiro)


Miércoles, 17 de Junio de 2009

Son las cinco y veinticinco de la madrugada cuando bajo con sigilo las escaleras de Hospedajes Santa Cruz. El taxista, puntual como yo, acaba de aparcar ante la puerta. Es un chico joven y vamos charlando de camino al aeropuerto, me pregunta mis impresiones, me habla de Santiago, de Galicia, se nota que le gusta su ciudad. Se me hace corto el viaje con la cháchara.

Me acerco al mostrador y le entrego mi reserva a la chica que lo atiende. Me da los billetes Santiago-Madrid y Madrid-Valencia. Facturo la mochila directa hasta Valencia para no tener que andar con ella cuando llegue a Madrid. Desayuno algo en la cafetería del aeropuerto y compro un libro de bolsillo para ir leyendo.

Me gusta volar y siempre pido asiento de ventanilla, esta vez no podía ser menos. A las siete de la mañana salgo rumbo a Madrid, con la cara pegada prácticamente al cristal de la ventana, observo como nos elevamos y todo va reduciéndose de tamaño. Es precioso el mosaico de colores que se ve allá abajo. Cuando sobrevolamos las nubes dejo mi observación y me pongo a leer un rato.

Son las ocho cuando mi avión aterriza en la T4, es enorme este aeropuerto. Tengo unas cuantas horas por delante pues el que me lleva a Valencia no sale hasta las dos y media, así que decido coger el metro y dar un paseo por la ciudad. Del aeropuerto sólo sale la línea que va a Nuevos Ministerios, pues allá voy. No se qué tiene Madrid, pero me gusta. Paseo un rato por la Castellana, miro escaparates, observo sus grandes torres, visito los jardines de Nuevos Ministerios, y me encuentro con la señora ministra Carme Chacón que rodeada de los miembros de seguridad y con dos coches oficiales, para ante la puerta de El Corte Inglés y entra a comprar algo ¿un bikini quizá para lucir este verano? Cuando vuelve a salir lleva un paquete pequeño, lo que yo decía: un bikini, y me fijo que anda subida a unos taconazos increíbles, si tropieza y se cae se arma la marimorena. Y digo yo ¿no estamos en horario laboral? ¿qué hace aquí comprando y además con todo su sequito?...

Me siento en un terraza a comer algo y cuando se hace la hora cojo de nuevo el metro rumbo al aeropuerto.

Suena aburrido, lo se. Puedo contar que al salir del avión (ahora ya no se baja, con lo bien que quedaban las escalerillas), me espera un viejo amigo que me lleva a recorrer las calles de su mano mientras recordamos otros tiempos. O mejor aún, planeo una cita con un antiguo amante y en un parque escondido nos miramos a los ojos dulcemente, evocando otros encuentros jalonados de besos y caricias. O ¿por qué no? Me ligo al comandante de vuelo y escapamos juntos hacia un hotel cualquiera para dar rienda suelta a nuestros más bajos instintos y aprovechar al máximo las horas. Pero seamos realistas, eso sólo pasa en el cine o en la literatura. O no ( y no es una pregunta).

Vuelvo a la realidad y me peleo con el “aduanero” o como quiera que se llame el tío del escáner. Se me olvidó que no se pueden llevar líquidos en el equipaje de manos y pensando en que no se rompieran en la mochila, llevo en el bolso los regalos para mi familia, entre ellos una botella pequeña, muy pequeña, de orujo para mi marido. Nada, no puedo convencerle, y veo impotente, como la tiran en un contenedor. No me engañan, alguno se la beberá a mi salud, ojalá le siente como un tiro de escopeta…

El viaje a Valencia se hace corto, me lo paso leyendo el libro que compré y que resulta ser interesante. Cuando aterrizo me toca esperar un rato por la mochila. Me llama al teléfono mi hija, han venido los tres a recibirme y están impacientes. Cuando salgo y me planto a su lado, mi marido y mi hijo no me reconocen, sólo se levantan de la silla cuando ven que mi hija viene a abrazarme, me parto de risa. El enano me mira extrañado: “mamá, pareces una guiri”… otro que tal, debe ser mi sino.

No paran de preguntar, quieren que les cuente, y nos pasamos charlando todo el trayecto que me lleva a casa. Ellos fueron lo que más eché de menos estos días, ellos y mi perra Chica que es un miembro importante de esta familia.

Buen camino.

Etapa 8: Santa Irene-Santiago de Compostela


(Imagen: Catedral de Santiago de Compostela)

Martes, 16 de Junio de 2009

Me despierto dos o tres veces durante la noche, y a partir de las cinco de la mañana ya no puedo dormir, pero me quedo quieta metida en mi saco hasta que mis compañeros de habitación empiezan a dar muestras de despertarse.

Salgo sobre las siete de la mañana tras los italianos. Intento disfrutar del paisaje porque se que pronto llegaré al asfalto y se perderá esa magia de los caminos que ahora me rodea. Mi estado de ánimo es variable: a ratos me siento embargada por una especie de tristeza, hasta que viene a reemplazarla la nostalgia de los míos, hay otros en que me entra la prisa y quisiera plantarme en Santiago con un chasquear de dedos. Me obligo a tener calma y canturreo, sólo para centrarme en algo y dejar de lado el caos de pensamientos que me revolotean.

Necesito en café de forma urgente, hoy no he tomado nada, así que aligero el paso saboreando mentalmente una rica tostada con un chorrito de aceite de oliva, y un café bien cargado. Llego a San Paio y por fin un bar a la orilla del camino. Creo que todos los peregrinos del albergue de Santa Irene y alguno más, nos hemos dado cita allí. Me siento en una mesa de la calle y vuelvo a encontrarme con la perrita cocker y sus dueños, nos saludamos… ya queda menos.

Luego, poco a poco, empiezo a adentrarme en el tramo más aburrido. Cuando paso al lado del aeropuerto donde hay una especie de focos altos, pasa un avión, es impresionante verlo tan de cerca, con ese ruido atronador. Me cruzo con un peregrino que está haciendo el Camino en dirección contraria y calculo que esas flechas azules con una especie de espiral que me he ido encontrando últimamente son, quizá, las señales que va siguiendo. Le deseo buen camino y él me anima: “Ya estás llegando” me dice sonriente.

Voy directa al Monte do Gozo, un poco asustada por los comentarios de la tremenda subida que me lleva hasta allí. Desde luego impresiona cuando te acercas por la recta, pero creo que es cosa de la perspectiva porque luego no me supone un gran esfuerzo llegar hasta lo alto, es como si una vez empiezas a subir, la pendiente se fuese suavizando. Me decepciona un poco, hasta ahora he visto sitios más bonitos y la escultura no me agrada en exceso. Entro en la Ermita de San Marcos y luego me siento un rato en un murete a la sombra a fumarme un cigarro. Aprovecho para llamar a las chicas y tranquilizar a Mariví que le tenía terror a la dichosa cuesta. Le digo que no es lo que parece y que seguro que estará arriba sin apenas darse cuenta.

Allá en el fondo, está Santiago. La zona por la que se llega a la ciudad es como la de cualquier ciudad moderna, aún sin adentrarme mucho en ella, paro en una terraza a tomar algo fresco. Tengo la impresión de haber perdido mi “status” de peregrina, y hasta parece que la gente me mira de otra manera. Seguro, pienso, son manías mías, las ciudades en soledad son mucho más frías que cualquiera de los pequeños pueblos por los que he pasado, aquí no te acompaña el trino de los pájaros, ni el murmullo del agua, aquí sólo hay coches y semáforos, como en cualquier parte.

Se me antoja que llevo mucho tiempo caminando y no hay manera de vislumbrar la zona antigua, se me hacen pesadísimos estos últimos pasos. Y por fin llegan las callejuelas, me fijo en los carteles y creo que acelero. Ahí está, la Plaza del Obradoiro con toda su grandeza. Me planto en el centro y voy girando lentamente queriendo dejar grabado en mis pupilas ese momento, luego voy directa a las escaleras que suben a la Catedral. Hay mucha gente, una excursión de niños arman escándalo mientras la profesora intenta poner orden. Me cuelo entre ellos y busco un refugio allá dentro. Cargada con la mochila me paseo admirando tanta maravilla. Visito el sepulcro y me dirijo luego a darle el abrazo al Santo, pero ya está cerrado, abren a las cuatro, así que lo dejaré para más tarde. Me siento un rato en un banco sin pensar en nada, disfrutando el momento.

Cuando salgo de la catedral me acerco a la oficina del peregrino, me extraña que no hay nadie esperando después de oír que se formaban tan tremendas colas. Recojo la Compostela y voy a ver si encuentro algún sitio donde dormir. Pregunto en dos o tres hoteles por allí cerca, me piden un huevo por dormir y no, oye, no estoy dispuesta a pagar ese precio. Camino por la Rua do Vilar cuando veo un cartel “Hospedaje Santa Cruz” y a un hombre que está fregando la escalera.

- ¿Tiene habitación?

- ¿Usted sola?

-

- ¿Para una noche?

-

- Pues sí, tengo una libre.

- ¿Qué precio?

- 20 €uros.

- ¿Me la enseña?

La habitación tiene cama de matrimonio, y un enorme ventanal que se abre sobre la Rua, llena a reventar de gente que pasea o come algo sentada en las terrazas. Es sencilla y limpia. El baño está en el pasillo. Me la quedo. Después de darme una ducha y ponerme ropa limpia salgo a pasear por la ciudad, antes le pregunto al hombre si hay alguna parada de taxis por allí cerca, me indica que siga la calle en dirección contraria a la catedral y la veré enseguida. Me dirijo hacia allí y al primer taxista que veo le pregunto si puede pasar mañana a recogerme a las cinco y media de la mañana, concertamos el precio y quedamos de acuerdo.

Después de comer un poco, vuelvo a la Catedral. Quiero ver cada rincón, tomarme mi tiempo. Me acerco a darle el abrazo al Santo y aprovecho que no hay mucha gente. No tengo nada que pedirle, agradecer en todo caso lo que tengo: una familia que me quiere, un pequeño gran puñado de amigos, buena salud y un trabajo para ir viviendo. Nada más necesito. Le agradezco también que me haya dado la fuerza necesaria para llegar hasta aquí.

Paso el resto de la tarde caminando por la ciudad y comprando algún pequeño recuerdo para llevar a mi marido y a mis hijos. Me encuentro con Toni y Pepe que llegaron también esta mañana, charlamos un momento, los dos se marchan esta noche hacia Valencia, quedamos en hablarnos y nos despedimos con un abrazo. No me apetece cenar y me tomo un gran helado que paladeo sentada en la terraza, frente a mi habitación.

Cuando me acuesto pienso que no voy a poder dormir con el jaleo que hay en la calle, pero casi sin darme cuenta me vence el sueño. A las cinco tengo levantarme.

miércoles 1 de julio de 2009

Etapa 7: Melide-Santa Irene


(Imagen: Ermita de Santa Irene)

Lunes, 15 de junio de 2009

Ya no falta nada, mañana llegaré a Santiago. Hoy, en Arzúa me separo de mis compañeros peregrinos y seguiré sola hasta Santa Irene. Lo estuvimos hablando anoche, ellos no regresan a casa hasta el viernes así que estas últimas etapas las harán más cortas. Yo tengo billete de avión Santiago-Valencia para el miércoles temprano. Barajo la posibilidad de perderlo ya que fue uno de esos chollos que encuentras en la red, tanta es la tristeza que me da separarme de ellos, pero no, lo que me queda puedo hacerlo sin demasiado esfuerzo en dos etapas y me esperan en casa, sobre todo el pequeño al que ya le voy notando una pizca de morriña cuando llamo por teléfono.

Desayunamos en el mismo restaurante en el que paramos anoche a tomar los chupitos. Esta mañana es una mujer la que está sirviendo y al principio nos parece un poco brusca en el trato, habla con un tono un tanto “mandón”, pero nunca te puedes fiar de las apariencias y acaba preocupándose de que no nos olvidemos nada o de si llevamos suficiente agua.

Volvemos a disgregarnos y vamos variando de vez en cuando de pareja, llevamos un buen ritmo, las primera horas de la mañana son las mejores para caminar. Me gusta hacerlo entre la niebla. El flujo de peregrinos ya es continuo pero todavía hay momentos en los que parece que estás sola. Me emparejo un rato con Tere, esta mujer lleva un ritmo endemoniado pero vamos charlando y casi sin darme cuenta me acoplo a él sin problemas. En estos días de convivencia han ido saliendo a la palestra detalles de nuestras vidas personales, y me sorprendo pensando cuánto se puede conocer a alguien en tan poco tiempo.

En Santiago de Boente hacemos una parada y visitamos la Iglesia que está abierta. Hay una pequeña imagen de Santiago muy bonita, y cogemos algunas estampas de recuerdo. Nuria lleva colgada una de las bolsas que cogimos en Melide para ir recogiendo las basuras que encontramos desperdigadas en el Camino. Es vergonzoso: botellas, plásticos, botes… cada vez que se llena la vaciamos en alguno de los contenedores que vamos encontrando, y vuelta a empezar.

- Joder, Nuria, nos quejamos Mariví y yo (que somos las que solemos ir con ella) que cuesta un montón agacharse con la mochila.

- Se lo prometimos a Maria José – es su respuesta.

Sin duda esta chica es mujer de palabra.

Descanso en Ribadiso tomando algo fresquito, y estamos en Arzúa. Son las doce y media y el albergue aún está cerrado. Ante la puerta una fila de mochilas esperando que abran. Las chicas, y Alberto, las dejan también allí y vamos al restaurante que hay enfrente a comer algo. Se llama “La Huella” y el techo está lleno de huellas de manos y de leyendas. Almorzamos y llega el momento fatal, tengo que despedirme. Les abrazo, uno a uno, y ya empiezo a echarles de menos. Me cuelgo la mochila y echo a andar antes de que empiece a llorar sin remedio.

Camino a buen paso disfrutando otra vez de mi soledad. Es raro esto, o no, no lo se, los primeros días extrañaba a veces el andar en compañía, luego con Alberto y las chicas, las etapas se me hicieron cortas, me gustaba la charla, las bromas y las risas. Ahora estoy como empecé, pero con un montón de recuerdos de buenos momentos y con los ánimos reforzados.

En algún sitio del camino me encuentro con un homenaje a un peregrino que falleció antes de llegar a Santiago: Guillermo Wat, 69 años, murió un 25 de agosto de 1993. Hay una pequeña losa con una inscripción y la escultura de unas zapatillas. Allí mismo me paro un momento a descansar y pienso que tampoco es una mala manera de morir, al fin y al cabo estaba haciendo seguramente lo que más le gustaba. ¿Qué mejor que morir caminando en lugar de hacerlo postrado en una cama víctima de una larga enfermedad? Es mi vieja obsesión ante la pérdida de calidad de vida, ante el deterioro físico y mental de las personas. Buen camino, Guillermo, buen camino, le digo en un susurro antes de irme.

En medio de un sendero precioso, rodeada de árboles que dejan pasar apenas algunos rayos de sol, me quito la mochila y no me puedo resistir a hacer una foto con el móvil y mandar un mensaje masivo a todos mis amigos, que rabien un poquito. Al poco rato me sale al encuentro un hombre que por todo saludo me aconseja “en el segundo bar hay buena empanada”. Apenas entiendo el mensaje y sigo caminando pensativa hasta que al entrar en un pequeño pueblo se hace la luz. Hay un restaurante con unas cuantas mesas fuera, en la terraza, donde descansan varios grupos de peregrinos, y una gran pancarta en la que se lee algo así como: “No dejes que te digan dónde debes parar”. Pido un Aquarius y me siento en una mesa. Casi enfrente hay un grupo de chicas jóvenes riendo y bromeando, van tan monas que parece que acudan a un desfile de moda, se remangan los pantalones para tomar el sol… con la que está cayendo. Me llama la atención una pareja que acaba de ocupar la mesa contigua, y que llevan con ellos a una perrita, una cocker. La observo y me parece que está perfectamente, su dueño sale del bar con un recipiente de agua fresca y otro con el pienso.

- Hola, le saludo, ¿lleva bien el camino la perrita?

- Sí, estupendamente.

- ¿No ha tenido problemas en las patas?

- No, que va, venimos desde Roncesvalles, ella ha recorrido más kilómetros que nosotros porque cuando la llevamos suelta, va y viene sin parar. Por tramos de carretera le ponemos la correa.

Me acuerdo de que se ha comentado en el foro esto de los perros, pero está visto que siempre hay excepciones. Le hago unas carantoñas a la perrita y antes de que me de cuenta se me planta encima un enorme perrazo que estaba tumbado un poco apartado de las mesas, casi me tira de la silla. Le doy cuatro almendras y le rasco la cabeza, sólo quería mimitos, y una vez satisfecho se vuelve a su sitio.

Apenas un kilómetro antes de llegar a Santa Irene, paro en un bar al lado de la carretera a refrescarme. Podría continuar hasta Arco do Pino donde se que encontraré a Toni y a Pepe, pero después de pensarlo, decido terminar hoy aquí. Por un camino asfaltado y después de cruzar la nacional, llego al albergue. Está apartado de todo, no hay bar (me acuerdo de Toroastur) ni casas, ni nada. Está equipado con comedor, salón y cocina, pero desgraciadamente no se me ocurrió parar a comprar algo para hacerme la cena. La hospitalera, una chica joven, me indica la habitación en el piso de arriba. Tiene ocho literas, cinco de ellas están ocupadas por italianos y las otras dos por dos chicas americanas.

Uno de los italianos habla también español, así que hace de intérprete. Después de saludarles y charlar un rato, me disculpo para ir a darme una ducha. El albergue tiene una especie de jardín o parque con varios sitios tranquilos en los que sentarse. Busco un lugar apartado y hago varias llamadas: a casa, a la compañía aérea para confirmar mi pasaje y a las chicas para que sepan que he llegado.

Cuando vuelvo al albergue hay un coche en la puerta, en el que suben las nenas monísimas que me encontré esta tarde en el bar. Parecen enfadadas, al parecer la hospitalera quería hacerlas esperar por si llegaba algún peregrino rezagado. Y tenía razón porque después de eso, aún aparecieron tres o cuatro más, desfallecidos. Le pregunto a la hospitalera si hay algún sitio cerca para cenar algo, me indica el restaurante en el que paré esta tarde antes de llegar. No es que me ilusiones caminar casi un kilómetro hacia atrás, pero tengo hambre y no me apetece irme a la cama sin cenar.

- Puedes ir por la carretera, me dice, o por un camino asfaltado que te lleva allí directamente, pero es muy solitario.

- ¿Solitario? – hace que me sonría – no te preocupes por eso. Soledades a mí, a estas alturas.

Me acerco hasta allí paseando y me como una buena ensalada, gigante diría yo, estos gallegos hasta para hacer una ensalada son exagerados.

Es hora de dormir, mañana llego.

lunes 29 de junio de 2009

Etapa 6: Hospital de la Cruz-Melide


(Imagen: Sendero)

Domingo, 14 de junio de 2009

Hoy emprendemos antes el camino, queremos llegar a Melide así que la etapa es algo más larga. Aún está un poco oscuro por lo que nos colgamos las linternas del cuello más que nada por prevención en algún tramo en que vamos por carretera. Y además no hay desayuno, el estreñido del único restaurante cercano al albergue no abre hasta las ocho y media de la mañana, cosa poco habitual por aquí pues los dueños de los bares saben que los peregrinos solemos desayunar temprano, antes de emprender la marcha.

Pronto nos disgregamos: Eva y Tere que suelen llevar un ritmo más rápido van delante, detrás Nuria, Mariví y yo, y luego viene Alberto. De vez en cuando Nuria, que es la monda, grita:

- Marichalar ¿cómo va eso? Ánimo que ya queda poco – es como un grito de apoyo pues sabemos que la rodilla le molesta bastante, sobre todo en las bajadas.

Paramos a desayunar en Eirexe-Ligonde. Como siempre, las primeras que llegan van esperando al resto. El paisaje, aunque nos vamos acercando a Santiago, sigue siendo impresionante: bosques de eucaliptos, castaños, senderos que parecen sacados de un cuento de duendes y brujas, pequeñas y encantadoras aldeas, riachuelos. Casi toda la etapa es una sucesión de cuestas arriba y abajo no demasiado pronunciadas.

Descansamos unas cuantas veces y aprovechamos para descalzarnos y mimar un poco los pies, Mariví lleva alguna que otra ampolla. Tere que desde el principio del camino se quejaba de la espalda, descubre que llevaba la mochila mal acoplada, gracias a que Eva y Nuria se la colocan en su sitio ya no siente molestias. Acuñamos la frase: “es lo que hay”, que es lo que siempre le dice Tere a Mariví cuando se queja por las cuestas. Da gusto oírselo decir, ayudándose de unos ademanes muy característicos: “Mariví, esto es el Camino, y es lo que hay… es… lo que hay”.

En Palas del Rei nos hacemos unas cuantas fotos y visitamos su Iglesia hasta la siguiente parada que es en Coto, en los dos alemanes, donde ocupamos una mesa en la calle, delante del bar. Allí se despide Enriqueta que quiere adelantar Camino. Se empeña en invitarnos a una ronda y nos intercambiamos las direcciones de correo electrónico. Nos da pena tener que decirle adiós, nos abrazamos y la vemos marchar a buen paso mientras nos dice adiós con la mano y nos deseamos mutuamente “Buen camino”.

Llegamos a Melide sobre las dos de la tarde, Toni y Pepe ya hace un buen rato que llegaron, tanto que les ha dado tiempo a comer su primera ración de pulpo, acompañándose de un buen vinito. En el albergue nos recibe María José, otra hospitalera simpática y amable. La convencemos para que abra una habitación en el piso más alto para nosotros y así poder estar juntos, el único inconveniente es que tenemos que bajar a los servicios de cualquiera de los otros pisos. Le prometemos que si no llena las otras habitaciones nos cambiaremos de sitio y además cogemos bolsas para ir recogiendo la basura que algunos irrespetuosos van tirando por el camino.

Al poco rato llega a nuestra habitación una mujer chiquitina, parece un pequeño duende, poco educado eso sí, porque entra y no nos dirige la palabra. Creo yo que un “hola” “buenos días” “buenas tardes” “buen camino” en cualquier idioma no hace daño a nadie. Llegué a pensar si sería muda porque no la oí hablar en ningún momento.

Nos toca la parte de la ventana y cada uno elige litera. Después de darnos una ducha, salimos a dar una vuelta por Melide y a tomar algo. Aprovechamos para llenar el botiquín en una farmacia cercana, el ibuprofeno va que vuela y Alberto compra una buena crema para después del sol, lleva las pantorillas rojas como gambas, parece el pupas.

Melide está en fiestas, y ante la iglesia del convento de Santi Spiritus han hecho una especie de alfombra de flores, hay gaiteros esperando para acompañar la procesión. Esperamos un rato para escucharlos pero se está haciendo tarde para cenar, así que nos vamos hacia el restaurante. Mariví dice que se queda, que vayamos pidiendo por ella.

Cenamos juntos: Toni, Pepe, la pareja de novios (no recuerdo su nombre), Tere, Mariví, Nuria, Eva, Alberto y yo. Pedimos, como no, pulpo con cachelos, pimientos del padrón y vino del país, que entra casi sin que te enteres. A última hora se nos une una pareja de argentinos que conocen Toni y Pepe, y con ellos se quedan cuando nosotros nos vamos al albergue.

Antes de ir a dormir, tomamos unos chupitos de orujo en un bar que hay en la misma calle. En la habitación a Tere y Alberto les entra la risa floja. Me preocupa molestar a la mujer-duende, que está metida en el saco y tapada hasta la cabeza, pero a aquellos dos no hay quien los pare. Por fin, Mariví se pone seria y les hace callar.

Entonces a Nuria le vibra el teléfono:

- Nuria, soy Pepe.

- ¿Qué pasa?

- Que no puedo con Toni.

- ¿Dónde estáis?

- En la cocina, estamos entrando por la ventana.

Imposible imaginar cómo pueden entrar por una ventana dos hombretones de alrededor de 100 kilos de peso y grandes como armarios… son como niños.

Antes de quedarme dormida pienso que mañana hace ya una semana que salí de mi casa y el tiempo se me pasó casi sin darme cuenta. Siento que tengo ganas de llegar y al mismo tiempo una enorme tristeza porque esto se acaba. Una frase me viene a la cabeza: “es lo que hay… es… lo que hay”.

domingo 28 de junio de 2009

Etapa 5: Mirallos-Hospital de la Cruz


(Imagen: Enriqueta y yo entre la niebla)

Sábado, 13 de junio de 2009

Nos levantamos contentos esta mañana y la señora Julia nos agasaja con un estupendo desayuno: tostadas gigantes y mermelada de manzana que elabora su hija Natalia. Mientras Toni, Nuria, Eva, Enriqueta y yo, damos buena cuenta de las viandas, llegan del albergue, Juan, que pasa a desearnos “buen camino” y Tere y Mariví, que han olido el desayuno. Son dos amigas también madrileñas, y aunque aún no lo se, acabaré divirtiéndome mucho con ellas. Tere es extrovertida, toda nervios, a veces se conecta los auriculares y la ves bailar por los caminos, Mariví es más tranquila, con un puntito de humor que te alegra la vida.

Nos despedimos de la señora Julia y emprendemos la marcha poco a poco. Enriqueta y yo salimos juntas y pronto cogemos el ritmo de los pasos.

- Yo piensa que tu es alemana, chapurrea.

- A ver, Enriqueta, escucha. Yo, Enriqueta, tu Justi ¿ok? – me pongo en su lugar para que no se arme un lío con los pronombres.

- Yo pensaba que tu eras alemana.

- ¿Pensaba?

- Sí, “yo pienso que tu eres alemana”… ahora, now – nos ayudamos de alguna palabra en inglés. “yo pensaba que tu eras alemana”… antes, before, past..

- ¡Ah! Yes, yes.

Y repite la frase con un chasquido que yo traduje por “perfecto, estupendo”. Así, sin darnos cuenta, caminamos mientras aprende palabras en español. Enriqueta es una chica dulce, con voz melodiosa (no en vano canta en dos coros) y una preciosa sonrisa. Todo lo observa con ojos de niña que empieza a descubrir el mundo y tiene una curiosidad abrumadora por lo que le rodea. Admiro su tesón, tuvo que hacer dos etapas en autobús por una lesión en el pie, me cuenta con una mezcla de gestos y palabras, y aquí está, caminando a mi lado. Me señala lo que vamos viendo y yo le digo su nombre en español: “pájaro” “árbol” “bosque”.

- ¿Yo enseño español? Pregunta

- No. Yo aprendo español – y la señalo. Tú me enseñas español – me golpeo el pecho como Jane con Tarzán.

- Siiiiiii, yo aprendo, tu me enseñas… chasquea la lengua.

En Mercadoiro vemos un albergue que le gusta a Enriqueta, tiene ganas de tomar un té, yo pido un café y nos sentamos. Al rato llega un chico cojeando, se acerca a la mesa, saluda a Enriqueta y se sienta con nosotros, se llama Alberto y anda bastante fastidiado con la rodilla. Volvemos a emprender la marcha, pero no tardamos mucho en parar en una pequeña tienda que descubrimos en mitad del camino. Es de esas medio hippies, medio artesanas, afuera hay pañuelos colgados, bolsos de tela, colgantes, pulseras. No podemos resistir la tentación y nos colamos dentro, como niñas pequeñas lo miramos y tocamos todo. Compramos un pañuelo cada una, el mío en verde y el de ella en tonos azules. Enriqueta promete acordarse de mí cada vez que se lo ponga, y yo hago lo mismo. Charlamos un ratito con el chico de la tienda y seguimos el camino. Casi sin darnos cuenta avistamos Portomarín.

Nada más atravesar el río Miño nos topamos con una caravana famosa en el camino, es de una alemana que ofrece café a los peregrinos mientras espera a su marido que hace el camino en bicicleta. Rechazamos amablemente su ofrecimiento y Enriqueta les hace unas fotos. Desde lo alto de la escalinata avistamos a una chica alemana y mientras Enriqueta se queda esperándola, yo sigo caminando hasta un parque cercano, allí me siento un rato y aprovecho para llamar a casa. Como es sábado les pillo a todos aún dormidos, les tomo un poco el pelo y arremeto la cuesta que me lleva hasta la plaza de la Iglesia de Portomarín.

Allí vuelvo a encontrarme con Enriqueta y su joven amiga alemana, también saludo a Tere y Mariví, que pensaban quedarse allí pero han decidido continuar, y a Nuria y Eva. Me siento con las alemanas a comer algo, y voy luego a hacer algunas compras: por fin me hago con otra toalla, ésta pesa un poco más, pero ¿qué le voy a hacer? Lo tengo merecido por mi mala cabeza.

Al salir de Portomarín me despisto con una flecha y sigo por la carretera. Hace calor y hay unas buenas cuestas, a pleno sol. Empiezo a figurarme que he metido la pata cuando veo una de las señales que indican el camino al peregrino, es uno de esos cruces en que el sendero se junta en algún momento por la carretera. Rectifico y continúo mi camino. Un poco antes de llegar a Hospital de La Cruz me encuentro con Tere, Mariví y Alberto que están sentados tranquilamente a la puerta de un bar. Ellas han pedido algo para comer y Alberto una cerveza fresquita, pido un Aquarius y me siento con ellos. Piensan quedarse en Hospital y decido hacer lo mismo.

El albergue de Ventas de Narón es un edificio moderno y muy bien equipado. Nos recibe la hospitalera que es un mujer atenta y amable. Nos entrega funda para el colchón y la almohada. Ya están por allí Nuria, Eva, Toni y también Pepe, y una pareja de novios, los tres de Valencia. Más tarde llegarán Enriqueta y su amiga. Nos duchamos y hacemos la colada. Después nos acercamos al restaurante que hay por allí cerca y nos sentamos a tomar una cerveza.

Tere y Mariví aún no tienen hambre, pero a Alberto y a mí empiezan a rugirnos las tripas, así que vamos a comer un poco. Alberto es un chico de Valladolid, con un sentido del humor extraordinario. Por algún motivo, al principio confundimos su nombre con el de Álvaro, y después empezamos a llamarle Marichalar, en plan cariñoso, más que nada por el movimiento que hace al andar debido a su rodilla. También a mí, Tere y Mariví me llaman Marisol, porque según dicen tienen una amiga a la que me parezco. Al fin y al cabo, el nombre es casi lo de menos.

El dueño del restaurante es un tipo antipático al que también ponemos nombre: el estreñido, que además se toma la libertad de tratar a la camarera, una chica boliviana, de forma despectiva. Después de comer volvemos al albergue a descansar un rato, pero no tardamos en acudir de nuevo al restaurante, sentarnos en la terraza a refrescarnos y jugar al chinchón.

Cenamos todos juntos: Toni, Eva, Nuria, Tere, Mariví, Alberto y yo. Y tardan horas en servirnos cada plato. El estreñido no pega palo al agua y la pobre camarera va de cabeza. Cuando estamos casi terminando llegan dos jovencitas francesas y se abre un debate sobre si lo que fuman es un porro o tabaco liado. Son un poco hippies, altas y muy delgadas, allí se quedan cuando volvemos al albergue para acostarnos. A la hora de cerrar, la hospitalera, nos encarga decirles a las francesas que cierren cuando lleguen, se les ha hecho un poco tarde cenando.

Pepe y Toni descubrieron que son almas gemelas, ambos paracaidistas, y se han echado al coleto varias cervezas y algún que otro orujo. Van contentos y arman un poco de revuelo en el albergue, yo que estoy abajo en los lavabos oigo risas en la habitación. Cuando subo están en el pasillo riendo como locos.

Cuando por fin se calman y ya estamos acostándonos, llegan las francesitas. Van a darse una ducha y cuando suben llevan sólo una toalla alrededor del cuerpo. Algunos no les quitan ojo por si hay suerte y alguna toalla se desprende. Intentamos dormir pero hoy hay alguien que empieza a roncar. Pregunto a Alberto, acostado a mi lado, si es el que tenemos arriba, me dice que no que es el hombre que tiene a su derecha. De vez en cuando le hace ese sonido de arrear un caballo a ver si consigue que deje de roncar, pero nada. Es entonces cuando se oye: “Pepe, date la vuelta”. Es el otro chico de Valencia y Pepe, el roncador. Obediente, se da la vuelta en la litera y se hace el silencio. Ahora puedo dormir.

viernes 26 de junio de 2009

Etapa 4: Samos-Mirallos


(Imagen: Convento de la Magdalena)

Viernes, 12 de junio de 2009

Mientras acabo de colocar mis pertenencias en la mochila, anoto mentalmente la necesidad de comprar una toalla, ayer cuando iba a ducharme me di cuenta, la olvidé en La Laguna. Maldigo mi despiste, era una de esas de fibra, que ni pesan ni ocupan nada de espacio. Tuve que apañarme para secarme con un pareo que, afortunadamente, metí a última hora.

Antes de salir converso un rato con Juan y la suiza, piensan llegar a Ferreiros, así que posiblemente allí nos vemos. También me despido del hospitalero y le doy las gracias por su acogida, me dice que esta mañana tengo mejor aspecto, y me hace reír.

Desayuno tranquilamente en el bar de enfrente, creo que allí hay también un albergue privado. Me atiende una chica muy simpática y me tomo mi tiempo para disfrutar de la tostada y el café. Como todas las mañanas el día amanece con niebla y lo agradezco, son las mejores horas para caminar, hasta las 11, más o menos, en que el sol empezará a despuntar hasta brillar en todo su esplendor.

Hago unas cuantas fotos del Monasterio, que se alza entre la niebla, y a la salida de Samos me entretengo otro rato con un grupo de peregrinos en piedra muy logrados. Camino a buen ritmo, aunque siento molestias en la rodilla derecha, me puse un poco de pomada que llevaba en el botiquín, pero en cuanto llegue a Sarria buscaré una farmacia y compraré una rodillera.

Aún vuelvo a parar en una taberna de Aguiada, como algo, tomo otro café y sello. Y de ahí, de un tirón hasta Sarria. Me encuentro con las parejas de novios que en La Faba buscaron un taxi para las chicas. Serán sobre las 11 y media y dicen que se quedan allí, en el albergue. Nos deseamos mutuamente “buen camino” y sigo. Encuentro una farmacia y le explico a la chica que me atiende lo que me pasa en la rodilla. Me aconseja una pomada anti-inflamatoria y que para caminar me ponga una rodillera. Cuando salgo me siento en una escalinata y paso un buen rato masajeando la rodilla. Luego me coloco la rodillera y… listo, mano de santo, me siento como nueva.

Saliendo de Sarria paro un momento en un bonito mirador, allá en lo alto, corre una brisa fresca y hago un poco de tiempo fumando un cigarrito. Veo pasar a la chinita que levanta la mano en señal de saludo y luego a dos chicas que me pareció ver en Samos y con las que he ido coincidiendo en algunos bares en los que fui repostando estos días. Echo a andar tras ellas. Me llama la atención, antes de emprender el camino que me saca definitivamente del pueblo, un gran edificio a mi derecha. Dudo entre acercarme a verlo o seguir el camino. Finalmente puede más mi curiosidad y me acerco a admirar su fachada.

En eso estaba cuando se abre la puerta y aparece un hombrecito delgado y muy pequeño “¿Quieres ver la Iglesia?” me pregunta “¿Puedo?” Contesto un poco sorprendida, pues pensaba que no estaría abierta. “Sí, hasta la una”. Antes de entrar miro el reloj de mi teléfono, pasan unos minutos de las doce y media, y me fijo en el nombre, es el convento de la Magdalena. Cuando abro la puerta me quedo boquiabierta: ante mí un precioso claustro, o así creo que se llama, cuadrangular, en el centro una fuente y un bonito jardín, rodeado de precioso arcos. El suelo es un magnífico empedrado formando dibujos circulares que hace que abra la boca aún más si cabe. Camino muy despacio dejando a mi izquierda puertas con carteles en los que se prohíbe la entrada, hasta que llego a una puerta entreabierta, es la Iglesia.

Se me escapa en voz alta: “Díos mío, es preciosa”, y no tengo ojos suficientes para mirarlo todo. Está en penumbra y se siente tal frescura dentro que noto como se me eriza la piel. El techo está trabajado en madera. En la parte de atrás, arriba, un bonito órgano se alza majestuoso. Creo que allí dentro deben estar todos los santos, por la cantidad de imágenes que hay por todas partes, me acerco a mirarlos, uno a uno. Y frente al altar, de pie, con la mochila a cuestas, empiezo a llorar como una Magdalena, nunca mejor dicho. No entiendo por qué las lágrimas empezaron de pronto a brotar de esta manera, no lo entiendo. Y empiezo una especie de discusión conmigo misma: pero ¡qué tonta eres! Y ahora ¿por qué lloras? Ante la falta de alguna respuesta congruente, opto por sentarme en un banco y dejar que el llanto pare por sí sólo. Cuando consigo calmarme un poco, me paro un momento ante una pequeña imagen de Santiago y le beso.

Cuando voy a enfilar el camino nuevamente aún secándome las lágrimas, aparece otro peregrino, un hombretón grande que me mira extrañado “¿va bien el Camino?” me pregunta. Sí, va muy bien, contesto, y como buscando una excusa le cuento que acabo de visitar una preciosa Iglesia. Me dice que si es tan bonita quiere verla y se dirige hacia allí.

Llevo unos quince minutos caminando cuando vuelve a alcanzarme, no ha podido verla, me comenta, ya estaba cerrada. Es una pena, si vuelves algún día, no te la pierdas. Seguimos charlando y caminando, se llama Toni y … ¡qué casualidad! es de Valencia, así que la conversación se centra en lugares que ambos conocemos. En el área de descanso de Vilei paramos un momento. No está mal el lugar pero todo son máquinas expendedoras y ninguno de los dos llevamos suelto ni billetes pequeños que podamos cambiar. Toni se queda picando algo de lo que lleva en la mochila, pero yo prefiero seguir a ver si encuentro algún bar, necesito ir al servicio, ese es un handicap que tenemos las mujeres. Nos veremos en Ferreiros.

Voy haciendo fotos, la iglesia de Barbadelo y alguna de pequeñas aldeas cuyo nombre no recuerdo. Me encuentro con un bonito hostal, rodeado de un gran césped, con un hórreo y grandes bancos de piedra. Anuncian comida y cama, pero no veo bar por ninguna parte, aún así me acerco a preguntar si puedo tomar algo fresco y utilizar los lavabos. Una amable jovencita me sirve un aquarius y me dice que puedo tomarlo donde quiera. Elijo el banco de piedra, a la sombra, y aprovecho para descalzarme un rato y posar mis pies sobre la fresca hierba. Después de ir al servicio y agradecer a la chica su simpatía emprendo la última parte del camino hasta el albergue.

Alcanzo a un peregrino venezolano que vive en Francia y caminamos juntos. No se por qué pensaba que iba acompañado de una señora inglesa, algo mayor, con la que lo había visto algunas veces. Me extraña su calzado, son zapatos, y me cuenta que es el segundo par, empezó en Francia y hace tiempo ya que tiró los primeros. Es viernes y quiere llegar el sábado en la noche a Santiago, va a tener que correr, me pregunta si el restaurante que da de comer gratis a los 20 primeros peregrinos que llegan a Santiago estará el domingo abierto. Ni puñetera idea, es la primera vez que oigo algo así. No debe andar sobrado de dinero porque dice que cuando llegue se echará a dormir en la misma puerta para ser el primero. Dicen que “pa gustos se hicieron los colores”.

Llegamos juntos al kilómetro 100, y al poco rato se empeña el chaval en que ya debimos pasar Ferreiros, lleva un mapa, pero por lo visto no lo entiende. Para salir de dudas pregunto a un viejito que encontramos en una aldea. “Un kilómetro y medio” nos dice, y le pregunto ¿de los de verdad o los gallegos? El hombre nos muestra una sonrisa desdentada.

Ahí está Ferreiros. En la puerta del albergue la hospitalera nos dice que está lleno, las últimas literas las cogieron dos chicas de Madrid… maldita sea. Andan por allí Juan y la suiza que han tenido más suerte. Nos dice la mujer que un poco más abajo hay un restaurante que deja dormir en el suelo. Como si tengo que dormir en medio la pradera, pienso, no doy un paso más. El venezolano le pide si le deja ducharse y seguir luego caminando, yo tomo la dirección del restaurante. Deben ser ya casi las 5 de la tarde.

“O Mirallos” se llama, y al acercarme a la puerta una negrita sonriente sale a mi encuentro. Le pregunto si dejan dormir en el suelo, “en colchones, mi niña” me responde. Estoy a punto de soltar un grito como el de Homer Simpson. Pasamos para adentro y cuando abro la puerta de una soleada nave en la parte de atrás del restaurante, me encuentro con Toni y las dos chicas que en Sarria caminaban delante de mí. La nave tiene lavabos y duchas, y un montón de ventanas por la que entra la luz a raudales. Toni me presenta a sus dos compañeras, con las que ya ha coincidido en alguna ocasión, son Nuria y Eva, dos amigas madrileñas. Por su edad podrían ser mis hijas, pero pronto me siento identificada con ellas.

Natalia, la joven dueña del restaurante, coloca los colchones en el suelo y nos da una funda limpia a cada uno. Nuria pregunta a la negrita (no recuerdo su nombre) dónde hacer la colada y ésta le señala una pila que hay fuera, y un tendedero al sol. “Cuidado con el kiko” le dice. No acaba de salir Nuria a lavar su ropa cuando la vemos correr gritando como loca, mientras un gallo pequeño de preciosos colores la persigue revoloteando intentado picarla. Nos partimos de risa. El maldito gallo no nos dejó tranquilas, sólo Toni podía pasear tranquilamente sin que el bicho le mirase siquiera.

Duchaditos y frescos, nos sentamos en la calle, ante el bar, dispuestos a saborear una cerveza. Al momento aparece una chica alemana, blanca como la leche, que al vernos nos pregunta con gestos si se puede dormir. Sí, le gritamos todos a un tiempo y palmotea feliz como una niña. Toni nos cuenta que la conoce pues los dos empezaron el Camino juntos en La Virgen del Camino, en León. Le llamamos Enriqueta, que al parecer es la traducción de su nombre al español.

Hacemos tiempo hasta la hora de la cena, y del albergue se acercan: Juan, y las otras dos madrileñas: Tere y Mariví. Llega la señora Julia, madre de Natalia, que se dedica a perseguir a Kiko que se ha escapado y corretea por la pradera. La mujer consigue atraparlo y mantiene al gallo cogido por las patas, en su regazo, como un niño pequeño. Bromea con soltarlo y saltamos de la silla entre risas, sobre todo Nuria que ya tuvo con el bicho sus más y sus menos.

Cenamos juntos Toni, Nuria, Eva y yo. Toni es un hombre de aspecto fuerte y grande, ya tiene nietos, fue paracaidista, al parecer sufrió un infarto hace algún tiempo, y es por eso que las cuestas las toma con calma, pero en llano y cuesta abajo no hay quien le pille. Me sorprenden las chicas tan distintas y cómo se complementan. Nuria es muy vital, y parece que le gustan los deportes de riesgo: voló en parapente, se tiró en paracaídas y practica el buceo. Eva por su parte parece más tranquila, habla unos cuantos idiomas, entre ellos el japonés. Tienen algo especial que me gusta.

A última hora, llegan dos hombres extranjeros que se mantienen un poco al margen de nosotros. Agotados nos vamos a la cama, felices y contentos, no sin antes prometerle a la señora Julia tocarle a la puerta si por la mañana nos levantamos antes que ella.

Etapa 3: La Laguna-Samos


(Imagen: Monasterio de Samos)

Jueves, 11 de junio de 2009

Aún no son las siete cuando bajamos al bar, y ya está Divina trasteando. Nos prepara un exquisito desayuno: zumo de naranja, tostadas y café, y menuda cantidad de tostadas, creo que con eso voy bien servida hasta la hora de la cena. Les deseo buen camino a los ciclistas franceses, y agradezco la buena compañía al que me cayó del cielo, me quedo haciendo unos estiramientos antes de encarar las últimas cuestas hasta O Cebreiro.

A estas horas estoy descansada y no me cuesta mucho llegar arriba. Visito la Iglesia y me siento un poco a admirar el paisaje que se abre ante mis ojos. Se está tan bien allí con el frescor de la mañana que da pereza continuar caminando. Me tomo un café mientras remoloneo un poco y aprovecho para llamar a casa. Les doy un poco de envidia explicándoles dónde me encuentro y confirmo que ya todo está en orden: sin novedad en el frente.

Y otra vez dos altos maldigo entre dientes. Al de San Roque llego más o menos descansada y vuelvo a hacer una paradita en Hospital de la Condesa. Estoy decidida a parar las veces que haga falta, la etapa de hoy es larga y hay que tomarla con tranquilidad. El Alto del Poio es algo más duro, sobre todo porque el sol ha decidido hacernos compañía y empieza a calentar con ganas. Me encuentro con algunos peregrinos sudando y agotados, unos y otros vamos parando para tomar aliento después de cada cuesta. Puedo distinguir por fin la cumbre, creí que no llegaba.

Me siento en la terraza del bar que hay nada más llegar arriba, al lado de la carretera, y pido un bocadillo de jamón. A mi alrededor la gente bromea y ríe con satisfacción, sus rostros reflejan euforia después del esfuerzo. Un grupo de jóvenes ciclistas gaditanos acaban de tomar asiento muy cerca de mí, la subida por carretera no es una tontería y ellos comentan entre risas y quejas su dureza. Aún no han acabado de pedir sus bocatas cuando aparece una pareja de alemanes algo mayores, ella después confiesa haber cumplido los 72 años y el hombre 74. Saludan alegremente a los de Cádiz y ellos se hacen cruces. “Que no pue ser, me tienen desmoralizao” comenta uno con su gracejo andaluz, “que tienen que llevar un motor o algo”, dice otro. Todos estamos pendientes de ellos, los alemanes no dejan de sonreír y los jovencitos erre que erre: “Tos los días igual con la pareja, les pasamos como una máquina, y en cuanto paramos a descansar… zas, ya nos dieron alcance… mardita sea” Las sonrisas se convierten en puras carcajadas. Los chicos, aunque lo dicen bromeando, creo yo que en realidad se sienten un poquito tocados en su amor propio. Y yo me alegro por la pareja alemana, más que nada porque por edad estoy más cerca de ellos que de los otros, y admiro su tesón.

Mimos a mis pies y emprendo el camino hacia Triacastela. Aflojo un poco el paso para que me pasen otra vez la pareja del carro y su cuñado que como siempre van escandalizando, ahora están poniendo verde a una francesa que según ellos hace el camino mitad andando y mitad en coche, luego resultaría que estaban totalmente equivocados ¿por qué no mantendrán la boca cerrada?

La bajada a Triacastela se me hace algo pesada, el sendero está muy despejado y me da el sol de pleno, por su lado las rodillas se resienten, sobre todo la derecha en la que ya empiezo a sentir alguna molestia. Por fin, allá a lo lejos, distingo el pueblo. Cuando entro, tengo la sensación de que es un lugar turístico cualquiera de la costa, pero sin playa, la calle principal está plagada de terrazas llenas de gente. Sigo sin parar hasta la Iglesia. Allí, justo enfrente, en la sombra hay un banco de piedra. Dejo la mochila y entro en la Iglesia, fresca y en penumbra. A su alrededor, el cementerio está precioso, es la festividad del Corpus y las tumbas están llenas de flores. Me gustan estos cementerios, con su pequeña iglesia en el centro. Yo, que soy partidaria acérrima de la incineración me sorprendo pensando qué tranquilos deben estar aquí los muertos.

Me siento en el banco y me descalzo. Mientras como unas nueces y unas pasas, llamo a mi madre. Desde que me marché no hablé con ella y estaba preocupada porque venía sola. De haberlo sabido antes es capaz de colgarse la mochila a la espalda y venir acompañándome. Se alegra mucho al oírme y me paso más de media hora contándole donde estoy y lo que he hecho. Son las cuatro, podía quedarme hoy aquí, pero no, quiero pasar la noche en Samos, en el Monasterio. Recojo las cosas y me pongo en camino.

No pasa mucho tiempo y me doy cuenta que el dolor en la rodilla derecha se acentúa y empiezo a cojear. El sol calienta de lo lindo y sólo da un respiro cuando entro en algún sendero que lleva a los pueblos que hay en el camino. Hago otra parada en un bar para tomar un Aquarius, y Samos que no llega, se me está haciendo eterno. Llega un momento en que me canso de subir y bajar para pasar por pequeñas aldeas en que sólo me encuentro con algún perro dormitando en mitad del camino, y decido seguir por la carretera. No me doy cuenta de que el sol me da de lleno en la espalda y acabo con las pantorrillas tostadas como muslos de pollo.

Cuando por fin avisto Samos, estoy hecha polvo, quemada y cojeando debo dar lástima a los camioneros que pasan a mi lado a toda velocidad. El Monasterio, se alza imponente ante mis ojos. Me planto en la puerta y el hospitalero se levanta de la silla en que estaba sentado. No puedo más, le digo, y el hombre sonriendo me quita la mochila de la espalda. Tranquila, ya puedes descansar, me dice con voz amable. Y ese gesto, esa sencilla frase hacen que me olvide de un plumazo de todo el cansancio que arrastro. Son las 8 y media de la tarde.

Llevo mi mochila hasta la última litera, junto a una puerta. Debajo de mí está una chinita con la que coincidí en Villafranca, que me recibe con una sonrisa. Me doy una ducha y salgo a dar una vuelta. Saco dinero en un cajero para reponer existencias y ceno algo en un bar cercano. Luego me siento un rato en un banco, al lado del río, admirando el majestuoso Monasterio, mientras me fumo el último cigarrito de hoy.

Cuando estoy ya acostada en la litera, distingo las voces de Juan y la chica suiza de Villafranca. Mañana les saludaré, pienso antes de dormirme. Hoy no hay ronquidos ni ruidos que perturben mi sueño, estoy rendida. Y feliz.

jueves 25 de junio de 2009

Etapa 2: Villafranca del Bierzo-La Laguna


(Imagen: Sendero hacia La Laguna)


Miércoles, 10 de junio de 2009

El día amanece lluvioso. Desayuno en el comedor del albergue, un plátano y un yogur, saco un café de la máquina y salgo fuera, al porche, a tomarlo mientras me fumo un cigarro. Se está bien allí, viendo empezar el día, entre la niebla se distingue apenas la silueta de la Iglesia de Santiago, allá delante. Me apetece quedarme un buen rato, y al mismo tiempo siento la necesidad de empezar a andar cuanto antes, es una mezcla extraña de sentimientos. Charlo un poco con Juan y la de Vallecas, han hecho un pacto para dejar de fumar cuando lleguen a Santiago, no se yo si serán capaces de cumplirlo, yo ni me lo planteo, que no es bueno ya lo sé, pero ¿y lo que disfruto en este momento echando humo?. Hoy van hasta O Cebreiro, yo aún no lo tengo claro. Ayer por la noche comentaban que igual está difícil encontrar plaza en el único albergue que hay allí, al parecer es también punto de partida para algunos peregrinos que llegan en autobús, y la otra opción es seguir o coger una habitación en alguno de los hostales de la zona. Dicen que en La Laguna, dos kilómetros antes de O Cebreiro hay un albergue privado muy recomendable. Ya decidiré sobre la marcha.

La primera parte de esta etapa transcurre al lado de la carretera, por una especie de vía amarilla separada de aquella por un pequeño muro para seguridad del peregrino. Aún así no se hace aburrida pues me acompaña en todo momento el murmullo del río que discurre a mi izquierda. El paisaje también es agradable. Llueve. A veces a lo lejos distingo algún peregrino que, con el chubasquero, se asemeja a un pequeño caracol con la casa a cuestas. En ocasiones toca cruzar la carretera nacional para adentrarte en alguna de las aldeas que salpican el camino. Hago una parada en Trabadelo para visitar su iglesia y ponerme las polainas, pues me he puesto pantalones largos y se han empezado a mojar las perneras. Entro en el albergue a sellar y decido comer algo. En el pequeño comedor han encendido la chimenea y el ambiente es agradable. Pido un Aquarius, medio bocadillo de jamón y un café caliente.

Salgo de allí con fuerzas renovadas. Sigue lloviendo, pero no me molesta demasiado, se camina bien bajo la fina lluvia. Aún haré otra pequeña parada en Ruitelán antes de emprender la subida a La Faba. Me encuentro con un matrimonio que hablan siempre muy fuerte, el hombre arrastra un carro con las mochilas, pues al parecer ella tiene alguna lesión en la espalda, les acompaña su hermano y cuñado, un individuo chiquitín que parece que vaya siempre acelerado haciendo repiquetear sus bastones en el suelo. Cuesta poco forrar el pincho de metal como yo he hecho, me pone nerviosa ese tac,tac,tac, continuo. Hago tiempo para que se vayan mientras compruebo que mis pies, afortunadamente, están perfectos, ni rastro de las temidas ampollas, aún así les prodigo toda clase de cuidados esperando lo agradezcan.

Y empieza la subida a la Faba. Lo mío no son las cuestas, no estoy entrenada para ellas. Y no es por fumar, no es la respiración lo que me falla, son los gemelos que se niegan a tanto estiramiento. Cuando creo que ya he subido bastante y después de esa curva vendrá algún trecho llano, otra cuesta, no voy a poder, me digo, pero puedo. Y luego viene otra, y otra más. El camino es precioso. Subiendo los empinados senderos tengo la sensación de ser la única habitante del planeta, sólo escucho el canto de los pájaros y los crujidos casi imperceptibles de pequeños animales escondiéndose entre los árboles o las plantas. Se que si me siento unos minutos en cualquier piedra del camino aparecerá otro peregrino, lo se, pero la sensación de soledad es inmensa.

Por fin llego a La Faba. Deja de llover y parece que el sol intenta abrirse paso entre las nubes. Me siento en un banco de un pequeño bar que hay allí mismo. Charlo con dos parejas de novios, españoles, que han pedido un taxi para llevar a las chicas a O Cebreiro, están rendidas y no pueden seguir. Al rato llega una señora alemana, grande como un armario, sudorosa y con el rostro encarnado. Pregunta por señas donde queda el albergue, le indicamos el camino… otra que se queda.

Me armo de paciencia y acometo la subida a O Cebreiro. Los caminos están embarrados por la lluvia caída estos dos días y las botas empiezan a pesarme. Hay momentos en los que vuelve a acuciarme la pregunta ¿qué coño hago aquí? pero parece que los pies andan desconectados de mi cabeza y siguen dando un paso tras otro sin importarles lo que yo piense. Entonces, como salido de la nada, al tomar una curva aparece un ciclista arrastrando su bicicleta.

¿Qué haces por aquí? la pregunta me sale casi sin pensarla ¿no deberías subir por la carretera? Un paisano me dijo que podía subir por el sendero y mira, ahora ya no doy la vuelta. Supongo que en condiciones normales hubiera podido hacer ese camino con bicicleta, pero según está de barro resulta del todo imposible. Subimos charlando juntos y casi sin darnos cuenta llegamos a La Laguna. Mentalmente agradezco al hombre que le mando por aquél camino con la bicicleta, llegó como caído del cielo y sin él saberlo me ha sido de gran ayuda, estoy segura de que me hubiese costado mucho más subir sola con lo cansada que estaba. Busco el reloj que guardé en la bandolera, siempre me lo quito para caminar pues empiezo a regirme por lo que me pide el cuerpo: si estoy cansada descanso, si tengo hambre como, independientemente de la hora que sea. Son las cuatro de la tarde, creo que por hoy ya caminé bastante.

A la puerta del albergue Escuela, está Patricia, me dice que tiene camas libres, que ahora sale la dueña, Divina, que hace honor a su nombre por simpática, amable, buena persona y excelente cocinera. Decido quedarme, y conmigo, el ciclista caído del cielo. Es madrileño, no recuerdo si me dijo su nombre. Nos toca dormir en la buhardilla que es una preciosidad. Los techos con vigas inclinadas de madera, ocho camas pequeñas, un cuarto de baño, y una ventana desde la que se puede admirar una preciosa vista. Nos acompañan cuatro franceses, tres más mayores van en grupo y uno más jovencito que va sólo, y otro más que llega algo más tarde que nosotros.

Como parece que vuelve a llover, pregunto a Divina si tiene lavadora. Ella misma se hace cargo de la ropa en su casa, así que le entrego la colada para lavar y secar, después de regalarme una buena ducha de agua caliente. Como ya es media tarde decido esperar un poco y cenar sobre las siete o siete y media, mientras tanto me tomo un orujo tostado que me recomienda Patricia. En el bar, hay un grupo de ciclistas españoles que ocupan otra habitación del albergue.

Mi ciclista y yo cenamos sopas de ajo y un guisadito de carne con patatas, mientras en la mesa contigua lo hacen los franceses entre risas y whiskys, no dejan de fotografiar a Patricia que se esconde como puede tras la barra. El ambiente es distendido y muy agradable.

Cuando nos retiramos a dormir, después de recoger la ropa seca, pienso que menuda noche me espera de ronquidos, después de los chupitos de whisky que mis compañeros de habitación se echaron al “coleto”, eso si no van con ganas de juerga. Pero no, son buenos chicos, y en un momento están todos acostados y en silencio. La lluvia repiquetea en los cristales de la ventana, y yo tengo un sueño erótico. Con nadie en particular, sólo es un sueño, pero por la mañana temo que se me haya escapado algún gemido, no sé, soy incapaz de saber si tuve un orgasmo real o sólo lo soñé. Maldito subconsciente que va a su puta bola.

martes 23 de junio de 2009

Etapa 1: Ponferrada-Villafranca del Bierzo


(Imagen: Colegiata de Villafranca del Bierzo)

Martes, 9 de junio de 2009

Desde el jardín del albergue de Ponferrada, veo el bar en el que cené anoche, está cerrado. Decido, entonces, tomar un café de máquina y desayunar un poco más tarde. Son las 7 de la mañana cuando salgo de allí. Antes de tomar el camino de flechas amarillas quiero acercarme hasta el Castillo y hacer unas fotos. Ayer no tuve demasiado tiempo, si llego a tardar un poco más me encuentro cerrado el albergue. El día está nublado y aún no he salido de Ponferrada cuando empieza a “orbayar”, es una lluvia muy fina pero constante, por lo que paro un momento en un parque cercano y me pongo el chubasquero.

Salgo por Compostilla, el corazón industrial de Ponferrada, y atravieso luego una especie de urbanización. Cuando llego a Columbrianos arrecia la lluvia y decido parar a desayunar en un bar en cuyas puertas ya descansan algunas mochilas, allí empiezo a reconocer algunos rostros de peregrinos que pernoctaron en el albergue de Ponferrada. Ocupo una de las mesas de la calle, bajo un toldo. Estoy frente a la Iglesia y me entretengo observando un nido de cigüeñas. Aprovecho para llamar a casa, antes de que el enano salga para el Instituto. Le doy los buenos días y parece que ya está mucho más tranquilo, lo que hace que me sienta mejor.

Me pongo de nuevo en marcha por el llamado Camino Real. Atravieso Fuentes Nuevas y Camponaraya, camino de Cacabelos. De vez en cuando algunos rayos de sol atraviesan las nubes, pero creo que el día seguirá lluvioso. Allí, en Cacabelos, hago una parada en una de las áreas de descanso que iré encontrando a lo largo del Camino para que los peregrinos nos demos un respiro.

Me quito las botas y los calcetines, y dejo que mis pies descansen y se aireen, mientras picoteo nueces, pasas y algún trocito de chocolate. Luego me embadurno los pies con vaselina y me pongo un par de calcetines limpios, los otros los cuelgo en la mochila. El resto del camino transcurre entre viñas y cerezos por senderos tranquilos y con pocas dificultades.

Son las 13,30 cuando, casi sin darme cuenta y perseguida de nuevo por la lluvia, llego a Villafranca del Bierzo. A la entrada del pueblo está el Albergue Municipal, desde allí se divisan las iglesias de Santiago y San Francisco. Me atiende Nuria, la hospitalera, una chica simpática y amable que hace que me sienta como en casa, me indica la habitación y la litera que me ha tocado en suerte, en el primer piso. Es una habitación de 10 literas, con una gran balcón. Extiendo mi saco sobre la cama e inmediatamente me dirijo a las duchas. Pienso en hacer la colada, pero no tengo mucha ropa sucia y con el día tan malo que hace no tendré tiempo de secarla, así que decido dejarla para el día siguiente.

Salgo del albergue con intención de bajar al pueblo a comer algo. Por el camino me encuentro con una chica alemana con la que coincidí en Ponferrada. Ella busca un supermercado y una panadería, yo un restaurante. Durante todo el Camino tomaré la costumbre de hacer un desayuno completo y una comida de menú diaria, el resto de la jornada picoteo fruta fresca, frutos secos o chocolate, cuando siento que empiezan a fallarme las fuerzas. Tomamos la dirección equivocada y nos damos cuenta de que por allí no encontraremos nada, así que decidimos dar la vuelta y me acerco a preguntar a una chica que vende cerezas. La alemana y yo nos entendemos por señas. La vendedora me recomienda el restaurante “La Compostela” y me informa de que las tiendas abren a las cinco de la tarde, lo que le explico a mi compañera que decide volver al albergue. Ella está en El Ave Fénix, un albergue privado cercano al Municipal.

La Compostela está situada en medio de una plaza y por la afluencia de público parece que deben tener buena cocina. Pido una caldo gallego y costillas a la plancha. La camarera se sorprende cuando le hablo en castellano, me dice que pensaba que era extranjera, algo que me pasará a menudo, aún no entiendo el motivo.

Cuando termino mi comida, exquisita, decido dar un paseo por Villafranca admirando su patrimonio artístico. Me impresiona la Colegiata. Hago tiempo mientras abren un pequeño supermercado donde compro plátanos y unos yogures para la cena. Volviendo al albergue aprovecho para visitar la Iglesia de Santiago, y su puerta del Perdón, llamada así porque el Papa Calixto III concedía a los peregrinos enfermos que pasaban por ella las mismas indulgencias que si hubieran llegado a Santiago. Admiro el Castillo de los Marqueses de Villafranca y la Iglesia de San Francisco.

Dejo mis provisiones en la nevera de la cocina y voy un rato al salón, donde están reunidos algunos peregrinos, al calor de la chimenea que Nuria ha encendido. El ambiente es cálido y acogedor. Allí conozco a Juan, un prejubilado de Zaragoza que viene desde Roncesvalles, y a una chica de Vallecas, simpática y extrovertida, que empezó también ayer en Ponferrada. Se une al grupo otra chica de Suiza que habla bastante bien español, ayudándose de vez en cuando del italiano.

Sobre las siete viene al albergue una fisioterapeuta por si alguien necesita un masaje. Charlamos alrededor del fuego y acabamos haciendo fotos del grupo de sesenta y tantos peregrinos reunidos allí, las quiere Nuria para colgarlas en una especie de tablón que hay en la pared. Después de cenar un plátano y un yogur, me voy a la cama. Como el día anterior, tardo un poco en conciliar el sueño, pero el cansancio por los 23 Kms recorridos vence por fin al insomnio y me quedo dormida.

lunes 22 de junio de 2009

Pre-etapa: Valencia-Ponferrada

(Castillo de Ponferrada)

Lunes, 8 de junio de 2009

He puesto el despertador a las 6 de la mañana, total para nada, no he pegado ojo en toda la noche, como quien dice. A las 5 y media estoy en pie. Me ducho, desayuno y aprovecho para dar un último repaso a la mochila y a lo que llevo en el pequeño bolso de bandolera: documentación, dinero, tarjeta, móvil, cámara de fotos…

Todos en casa se han despertado ya, andan nerviosos, sobre todo mi hijo que tampoco ha dormido bien esta noche, le noto angustiado y no puede contener las lágrimas. No es que él me vaya a echar más de menos que su padre o su hermana, es sólo que aún no sabe controlar las emociones. Tiene catorce años y está en plena efervescencia. Se que les preocupa que pueda pasarme algo, no saben que a donde voy no es frecuente que pase nada. Puedo entenderles, también yo siento un pellizco de temor, quizá, al embarcarme sola en esta aventura.

Me despido de mis hijos, les abrazo, intento tranquilizar al enano. No quiere preocuparme pero es incapaz de contenerse “no puedo evitarlo, mamá” me dice, y le entiendo. Mi marido me lleva a la estación. Esperamos a que llegue el autobús mientras tomamos un café. Nos despedimos y tomo asiento, él se va antes de que se ponga en marcha.

Pensé en coger algún libro o el mp3 para escuchar música, pero lo descarté, en parte por no llevar peso extra en la mochila, y también porque cuando llegue a los albergues prefiero observar, escuchar, charlar con los otros peregrinos. También tenía la intención de escribir cada noche la crónica diaria y tampoco lo hice. En el trayecto que me lleva a Madrid me distraigo mirando el paisaje y perdiéndome en mis pensamientos.

Hacemos una parada de media hora y aprovecho para tomar un café. No acabamos de arrancar cuando a un pasajero le sobreviene una urgencia. Siento lástima del pobre hombre que se acerca abochornado al conductor para pedirle que pare en alguna gasolinera para ir al servicio. La gente murmura, y a alguno se le escapa una protesta ¿qué más les dará llegar cinco minutos antes o después? Me gustaría verles en su lugar.

Llegamos a Madrid y me acerco a consigna para dejar la mochila. Tengo tres horas libres y no me apetece quedarme allí. Las estaciones de autobuses me deprimen, todo lo contrario de lo que me sucede con las de trenes. Una vez libre del peso de la mochila, salgo a la calle. Tampoco puedo ir muy lejos, así que me dirijo por la Avenida Méndez Álvaro arriba sin una dirección determinada. Me siento en el banco de un pequeño parque y llamo a casa. Mi hijo no se encontraba bien y han tenido que ir a recogerle al instituto. Mi hija me dice que no me preocupe: se le pasará. Hablo con él un rato y parece que ya está más tranquilo. Cuando cuelgo el teléfono tengo un nudo en la garganta y unas inmensas ganas de llorar. No puedo evitar preguntarme ¿qué estoy haciendo aquí? Una voz interior me responde: haciendo tu deseo realidad.

Encuentro un pequeño bar que me gusta por su agradable aspecto. La Fuente, se llama. Entro y pido el menú del día: ensalada y rodaballo. No me equivoco en mi apreciación, al poco rato se llena de grupos de trabajadores, la cocina es muy buena y los precios asequibles. Es hora de volver a la estación.

Recojo la mochila y busco el autobús que me llevará hasta Ponferrada. El viaje se hace un poco largo pues tiene paradas en muchos pueblos. Cuando por fin llego a mi destino son casi las nueve de la noche. Ahora tengo que encontrar el albergue de peregrinos, y para ello atravieso toda la ciudad. Cerca del Castillo se encuentra la Parroquia de nuestra Señora de la Encina, y allí mismo está el albergue.

Es un edificio rectangular con un bonito jardín donde conversan algunos peregrinos. Los hospitaleros son alemanes. La mujer me pide la credencial y estampa con mucho cuidado mi primer sello mientras alza el pulgar con una sonrisa. Tiene capacidad para doscientas plazas, así que no tengo problema para dormir allí. El hombre me acompaña a la sala donde se alinean un montón de literas y me indica cual es la mía. Como estoy un poco perdida, hago lo que veo hacer a todo el mundo. Extraigo mi saco de dormir de la mochila y lo extiendo sobre la cama, luego voy a darme una ducha. Después me acerco a un pequeño bar que está casi enfrente y ceno algo antes de volver al albergue a acostarme. A las 10 de la noche se cierran las puertas, y a las 10 y media se apagan las luces.

Tardo un rato en coger el sueño, hasta que poco a poco todo se va quedando en silencio y consigo dormir a trompicones, hasta las 5 de la mañana en que empiezan a verse algunas linternas. Me obligo a quedarme un rato más en la cama, y sobre las 6 comienzo también a prepararme para empezar realmente el Camino. No he necesitado despertador, esa será la tónica habitual de cada día.

sábado 20 de junio de 2009

Olvidados recuerdos


No podía recordar la dulzura de sus besos. Eso es lo que pensaba mientras veía pasar los días, entre conversación y conversación. En los momentos de silencio tras las risas, esos en que inspiramos profundamente para reír de nuevo. Eso es lo que pensaba: no podía recordar la dulzura de sus besos.

Y de pronto, ahí estaba, el ligero aleteo de su boca, el roce perfecto, humedad apenas perceptible en el pequeño resquicio de labios entreabiertos.

Me encontré otra vez prendida de sus ojos, apresada tras sus largas pestañas como rejas, dudando entre el intento de buscar en su mirada respuesta a mis preguntas, o seguir alimentando esa esperanza incierta, ese nervioso afán que de alguna manera me mantiene en volandas, a dos palmos del suelo. Ni vuelo ni aterrizo, planeo cual gaviota buscando su alimento, esquivando los cuerpos de aquellos que caminan hacia una meta cierta.

Recordé, en un momento, cientos, miles de besos, y caricias, y juegos, secretos susurrados, indecentes placeres, el olor del deseo, el sabor de su piel, su tersura, el calor de su abrazo y su voz en mi oído, y su mano en mi sexo.

Tras la puerta cerrada de un lavabo cualquiera, sentada en un rincón, recordé todo eso. Llamaron a la puerta. Ocupado, un momento, respondí con voz trémula. Quizá en el otro lado se escucharon gemidos, quizá pensaron que... estaban en lo cierto.

miércoles 17 de junio de 2009

De vuelta a casa


(Imagen: Botas de Van Gogh)


Estoy de nuevo en casa. La experiencia ha sido dura pero gratificante, muy gratificante. Ante todo un recuerdo y agradecimiento al puñadito de personas que han hecho que estos días hayan sido especiales: Nuria, Eva, Mariví, Tere y Alberto (se que váis a leer esto) y a un gran número de ellos que me acompañaron en algunos momentos de la aventura: Juan, la madrileña de Alcobendas, Toni, Pepe, la pareja de Valencia, el ciclista salido de la nada, Enriqueta la alemana, y decenas y decenas de hombres y mujeres de todas las nacionalidades, con los que compartí albergues y camino, dolores y emociones, a los hospitaleros que supieron dedicarme el gesto amable que necesitaba y la sonrisa cálida... a todo ellos, gracias.
Y a vosotros, que habéis pasado por aquí estos días, manteniendo vivo el Patio.
Iré contando lo acaecido en estos días repletos de sensaciones, despacito... paso a paso.
Una vez más, gracias.

domingo 7 de junio de 2009

Parecía tan lejano ese día...



... que pensaba, a veces, que nunca iba a llegar. Pero el tiempo, que domina el arte de la transformación y tan pronto parece alargarse haciéndonos la espera insoportable, como se vuelve escurridizo y adquiere la velocidad del rayo, permanece inmutable siguiendo su ritmo: segundo a segundo, hora tras horas... hasta que nos damos cuenta de que ya está ahí el momento esperado.

Dentro de poco tiempo, mi calendario de "cuenta atrás" se pondrá a cero. El lunes, a las ocho de la mañana, tomaré un autobús que me llevará hasta Madrid. Allí, estiraré un poco las piernas, buscaré un lugar bonito y tranquilo para comer, y volveré a emprender el viaje hasta Ponferrada. A la mañana siguiente empezaré a caminar en dirección a Santiago de Compostela.

Salgo sola. Esta circunstancia, que es la habitual para los amantes del Camino, causa extrañeza y cierta inquietud entre la familia y las personas que me rodean. También a mí, en un principio, me hacía tener ciertas dudas, e intenté convencer a alguna amiga para que se animase a hacerlo conmigo. Pero según pasaba el tiempo y me iba preparando: leía toda la información en internet, estudiaba etapas, compraba las cosas que pensaba que podría necesitar... empezó a gustarme la idea de caminar sola. Aunque resultará dificil estar sola en una Camino, según dicen, con una ligera masificación, una puede elegir en cada momento si quiere compañía o prefiere gozar de sus pasos en solitario.

No me mueve la religión, ni una promesa, ni una reto. En realidad no sabría explicar muy bien el motivo de mi elección. Quizá el disfrute de un tiempo sólo para mí. Unos días para desconectar de todo aquello que absorve casi por completo mi vida, año tras año. Sea como sea, todo está a punto, y os aseguro que llevo el firme propósito de exprimir cada segundo y disfrutar cada uno de mis pasos.

Espero encontraros aquí a mi vuelta, y amenazo con llegar cargada de historias que contar. Mientras tanto, hacedme el favor de ser felices.

Esta vez, y sin que sirva de precedente, os dejo un montón de besos y otros tantos abrazos.

PD. Gracias a mi hija que se queda de ama de casa y al cargo de esa pareja de "cafres" que son su padre y su hermano... de alguna forma tendré que recompensarla.

miércoles 3 de junio de 2009

Hoy es noche de sombras (AUTOR: CLARIBEL ALEGRÍA)

Dedicado


HOY ES NOCHE DE SOMBRAS

Hoy es noche de sombras
de recuerdos-espada
la soledad me tumba.
Nadie que aguarde mi llegada
con un beso
y un ron
y mil preguntas.
La soledad retumba.
Quiere estallar de rabia
el corazón
pero le brotan alas.



 

Del por qué los recuerdos (Abril 2007)



(Imagen: Lilya Corneli)

Y es entonces, cuando te aferras a él como a tu última esperanza, el recurso contra lo absurdo y monótono de una vida que elegiste o te vino impuesta por las circunstancias. Una vida plana, sin accidentes geográficos, montañas que te obliguen a romperte las uñas agarrándote a las cortantes aristas de las rocas, o suaves valles para recuperar fuerzas tras la dura batalla. Él es el saliente del que pendes, con los pies colgando en el abismo. Un abismo mediocre. Si caes... estás muerta, como antes. Y tienes que alimentar ese amor, ilusión, esperanza, no importa el nombre. Porque él te miro como a una diosa, y fue esa mirada la que te transformó. Y fuiste diosa. Fuiste mujer y fuiste niña. Niña que descubría, con ojos asombrados y curiosos,  nuevos senderos por los que perderse. Mujer sintiendo nuevamente escalofrío y miedo. Sensaciones olvidadas que pensabas perdidas para siempre en una felicidad monótona. 

Y a lo mejor, no es él la pieza clave. No. Quizá hubiera podido ser otro cualquiera. Y lo que de verdad importa es lo que tú sientes. Y de igual modo, no es importante que tú sólo seas una más en su vida, a la que un día recuerde con cariño. Nostalgia, tal vez. Y esa evocación encienda la chispa del deseo y le haga recordar que fue él y no otro, aquel que te miró como a una diosa.

Y es para que no muera ese desasosiego, para seguir despertando cada día con la ilusión intacta, para que la incertidumbre no se vuelva certeza... es por eso que recuerdas. Inventas mil detalles que te hacen evocarle. Como en un juego, le recuerdas en el frío, en el calor, en la noche solitaria, en el día que comienza, en los posos del café, en las canciones, en un libro, en la ventana, en un color, una voz, una silueta. Y a lo mejor, no son eso los recuerdos, porque recordar significa “volver a acordarte”, pero lo que tú haces es una evocación constante. Como en los cines de sesión continua en los que las escenas se repiten una y otra vez. Por un momento, empiezas a pensar si aun existen. Es una de esas ideas tontas que se cuelan sin permiso, con el único objetivo de romper el grupo de círculos concéntricos que se forman en el cerebro y que parecen no tener fin. 

Y es por eso que te despiertas en la madrugada con un desasosiego que no entiendes y te das cuenta que él sigue ahí, en el lugar exacto en que lo dejaste cuando te venció el sueño. Te levantas y enciendes un cigarro, echándole la culpa a la abstinencia, a las ganas de fumar que te despiertan. Y sientes que te hace falta seguir alimentando una quimera, porque si desfalleces, si levantas los hombros y dejas de pensarle, todo volverá a ser como antes. Y eso nunca. No podrás soportarlo. Seguramente si eso sucediese, estallaría tu vida, desintegrándose en miles de partículas ardientes. 

Y piensas que si tuvieras el valor suficiente quizá saldrías corriendo sin destino para empezar de nuevo en otra parte. En el kilómetro cero de tu vida. O a lo mejor es que hay que ser valiente para quedarse. Y luchar sola contra esa voz que te grita que quizá mañana sea tarde, que pienses sólo en ti, en lo que sientes. Y lo otro sea de cobardes. Al fin y al cabo, piensas, eres feliz ¿de qué te quejas? 

Abandona su imagen encerrada dentro del espejo y se da cuenta que ya se le ha hecho tarde. Coge el bolso. Un portazo. Baja corriendo la escalera. Un traspiés. El tacón del zapato derecho que se rompe. Cae rondando. Un chasquido en el cuello. Y un vecino alarmado es testigo casual de la tragedia.

 

martes 2 de junio de 2009

Soñar contigo (ZENET)

Esta noche estoy melancólica... paciencia.


sábado 30 de mayo de 2009

En el mismo "lao" de la cama - Zenet

Una buena compañía para pasar las horas de insomnio.







viernes 29 de mayo de 2009

Vendemos felicidad... presupuesto sin compromiso (AUTOR: MI LECTOR ANÓNIMO K)

(Imagen: Robert Sim)

El anciano siente la ansiedad como una jauría de ratas que le roe los intestinos. Isabel mete un cd con sonidos del bosque y con una voz tan afectuosa como las caricias de un agua termal le dice que se tumbe en el sillón, que cierre los ojos, que visualice un camino de tierra en medio de un bosque, uno de los árboles a los lados y se le acerque y sienta como sus ramas verdes le abrazan. ¿Ramas verdes? Pero si el árbol está seco. El anciano siente las ramas en las clavículas, hincándosele como cuchillos. Isabel insiste que se relaje, que se relaje, y al él le pica la nariz, la oreja, la entrepierna, un ojo… las ratas no paran de roerle y se esfuerza por no rascarse, por no cagarse en todas las vírgenes, por no levantarse y salir de allí. ¡Aquello es una estupidez! Dinero inútil. Además, él ya no quiere que nadie le abrace. Él sólo quiere una pistola. Uno dos y… y luego, cuando él ya no esté ¡Qué importa! Que las ratas y todos los árboles sigan con su trabajo. Ahora el árbol se ha convertido en una persona que le abraza, dice suavemente Isabel y pregunta: ¿quién le gustaría que ahora le abrazase, su mujer? ¡Si está muerta! ¿Su mamá? ¡Y dale! ¿Sus hijos? ¡Joder! El anciano se desespera ¡Qué yo no quiero que nadie…! Entreabre los ojos y ve a Isabel desabrochándole la bragueta, desnuda ¡Cómo se la saca, cómo juega con ella, con sus grandes pechos, con la lengua, con los labios, cómo se la mete hasta el fondo de la boca! El anciano siente como aquel paladar le roza en la punta del glande, está a punto. Se corre. ¿Cuánto hacía que no…? Y ahora, cuando yo cuente tres, dice Isabel con voz pausada, poco a poco, va a empezar a mover sus piernas, sus brazos, sus dedos, va a abrir los ojos y va a volver a la realidad, el camino, el árbol, las ramas, tienen su significado, pero eso se lo explicaré la próxima semana, ahora hay alguien esperando. El anciano paga a la secretaria en recepción, elige con ella el día y la hora de su próxima cita. Isabel aguarda en la puerta y con una tierna sonrisa, le dice, hasta el martes, y usted no se desespere, verá cómo con nosotros logra al fin esa paz interior y esa felicidad que tanto tiempo ha esperado, que tanto anhela, y se despide de él con un beso maternal en la mejilla. El anciano baja las escaleras ensimismado en lo sucedido, se oye una puerta grande, de madera maciza, cerrarse a sus espalda.
K.
PD. Espero que te guste el título. Gracias otra vez. 




martes 26 de mayo de 2009

¿Estáis preparados?

¿No estaréis pensando que se me había olvidado?...¡hombres y mujeres de poca fe!... ¿cómo se me iba a olvidar? lo tengo apuntado en el calendario con letras ASÍ DGRANDEy de colores. Así que ya estáis siguiendo mi ejemplo y cogiendo las PDA, móviles, almanaques, libretitas, posit para pegar en la nevera, cualquiera cosa donde se pueda escribir y que tengamos siempre a mano. En la frente, también ¿por qué no? podremos acordarnos cada vez que nos miremos al espejo, pero eso sí, no os olvidéis de escribirlo al revés, por aquello del reflejo.

¿Qué dices? sí, hablo contigo, el morenazo de las gafas ¿qué no sabes de qué estoy hablando? ¿en qué mundo vives, hombre? Hablo del acontecimiento del año.. ¿qué? no, joder, no, que no es el partido de la champions... ¡manda huevos! A ver, atiende... ¿tienes papel y boli?... escribe:

Sábado, 13 de Junio a las 12 de la mañana
 
en MADRID


Si ya habéis tenido el placer de acudir a alguna de ellas, no tengo nada que deciros porque seguro que repetís, y si nunca lo habéis hecho... ¡ánimo! la Ciclonudista es reivindicativa, ecologista, festiva, pacifica y muy, muy divertida. Es un agradable paseo por Madrid, con vuestra bici, enseñando al mundo esa bella y frágil carrocería que es nuestro cuerpo. Si no me creeis y todavía albergais algunas dudas, entrad aquí y encontraréis algunos consejillos que no tienen desperdicio.

Yo estaré por Portomarín o Palas de Rei, haciendo mi Camino, con los pies cansados y el corazón alegre. Os deseo que sea todo un éxito y que lo disfrutéis a tope... pedalead un poco por mí.

¡Ah! se me olvidaba... ¿no tendréis una bici de sobra? tengo un par de amigas que están ilusionadísimas por participar este año, pero sólo disponen de una bicicleta... mirad, mirad qué carita de pena tienen las muchachas...





(Imagen: "Two standing nudes" Félix-Jacques-Antoine Mouline)
(French 1802-1875)

lunes 25 de mayo de 2009

Dentro de pocos días...



... tenemos una CITA.

¿Estáis preparados? Esta vez no podéis faltar... empezad a quitaros la ropa, la cosa promete.

viernes 22 de mayo de 2009

Teatro: EL SOMRIURE DE M. O'HARA




El somriure de M. O'Hara de Pasqual Alapont
Compañía: La Dependent.
Dirección: Gemma Miralles
Actores: Joan Gadea, Pepa Miralles, Amparo Oltra, Pep Sellés y Abel Zamora.

La realidad nos ahoga, el día a día es rutinario, la certeza de nuestro final nos agobia. Si no fuera por la sonrisa de aquella adolescente que un día nos enamoró, hace veinte, treinta o quien sabe cuantos años, no podríamos seguir adelante.
En lo más hondo de la memoria, todo el mundo tiene una historia que contar, una historia interesante y única. El problema es que todos queremos contarla, y nos importa un rábano la historia de los otros. Queremos contar la nuestra, recordarla, adornarla, deformarla, aunque sea una ficción, una historia de amor con la protagonista de una película que nunca sucedió. O quizá sí, porque como decía aquel filósofo irlandés, no somos más que lo que recordamos, lo que queremos recordar, aunque sea mentira.
Es la paradoja del mundo comteporáneo, incomunicados en la era de la comunicación, y en cambio, como nos sorprenderíamos si, simplemente, fuéramos capaces de poner la oreja y escuchar.

Estupenda interpretación del elenco de actores. A mucho de ellos ya les había visto actuar en otras obras de teatro o en televisión valenciana. Especial mención a Joan Gadea (famoso por su papel en la serie L'Alquería Blanca con gran éxito de audiencia) por su fabulosa interpretación del abuelito al que ya se le va la cabeza, que muchos hemos vivido en el seno de nuestras familias, y que me sorprendió por su buen manejo de los patines en un momento en que asume el papel de Díos en un sueño de su hijo... ¡genial! Y cómo no al joven Abel Zamora, que bordó su papel de joven tímido, nervioso y sensible que ejerce su profesión de cocinero con especial dedicación. 
La obra, que comienza con visos de comedia, repleta de momentos divertidos, se convierte al final en un tragedia producida por la falta de comunicación y la soledad en que viven cada uno de sus protagonistas.
Os la recomiendo.

jueves 21 de mayo de 2009

Teatro: MANS QUIETES!

Hacía tiempo que no colgaba ningún post sobre alguna obra de teatro, y no porque no haya asistido siempre que la ocasión me lo permite, si no porque andaba liada con la historia anterior y no quería cortarla a medias. 
Mi pueblo se está convirtiendo desde hace unos años en el lugar elegido por compañías valencianas para estrenar sus obras, hecho con el que estoy encantada. Entre Abril y Mayo, dos de ellas vinieron a hacer su representación: Albena Teatre y La Dependent.








Título: Mans quietes!
Compañía: Albena Teatre
Dirección: Carles Alberola, sobre un guión de Piti Español.
Actores: Verònica Andrés, Inés Díaz, Sergio Caballero, Inma Sancho y Juanfran Aznar.

No nos han enseñado a educar a nuestros hijos y cada uno hace lo que puede. En un mundo donde la hipocresía es moneda de cambio, ¿hasta que punto estamos dispuestos a prostituirnos con tal de recuperar el trabajo, la familia, la pareja? ¿Qué clase de monstruo  podemos llegar a esconder detrás de nuestro comportamiento diario? ¿Con cuantas heridas de la infancia o de la adolescencia, mal curadas, podemos vivir como si no pasara nada? El texto de Piti Español creo que genera más preguntas que respuestas y ese es uno de sus valores para mí. Si además lo hace con valentía y humor, nos encontramos delante de un regalo, de una comedia negra sobre las relaciones entre hombres y mujeres, donde no hay buenos ni malos. Carles Alberola.

Una tarde de verano, en la fiesta de fin de curso de mi hijo, me encontré en una situación similar a la que se encontraba Manel, el protagonista de Mans Quietes! en la fiesta de su hijo. Aquella noche, cuando volví a casa, pensé que allí estaba el germen de una comedia muy potente. Al día siguiente me puse a escribirla y, enseguida, aquel pequeño incidente se fue convirtiendo en la comedia gamberra sobre la corrección política, sobre cómo se ha de educar a los niños y sobre las diferencias ancestrales entre hombres y mujeres que ha acabado siendo Mans Quietes! ¡Apa! me decía yo mismo, mientras escribía, sorprendido y muriéndome de risa viendo las barbaridades que llegaban a hacer los personajes. Piti Español.

La obra, en valenciano, es exactamente como la describen su director y su autor. Una interpretación ágil y divertida, con situaciones desternillantes, que hacen que el tiempo sentado en la butaca parezca escaso. Es al final, cuando se acaban las risas, que llegan las preguntas de las que nos hablaba Carles Alberola.
Recomendada.

(Mañana el siguiente post sobre teatro con La Dependent.




 

Pecado de juventud (final)


Después de comer unos dulces y beber las copas preparadas por Gonzalo, todo empezó a volverse borroso, parecía que estaba en una nube, sentía mi cuerpo liviano y sin embargo me costaba moverme. Sentí como Gonzalo me desnudaba, veía sus manos pasar como sombras ante mis ojos, intentaba fijarme en ellas pero aparecían y desaparecían casi sin darme cuenta. Escuchaba su voz en mi oído. Una voz que parecía querer tranquilizarme ¿por qué? No estoy nerviosa, pensaba, ni mareada, ni siquiera sabía como me sentía.


Me encontré de pronto acostada sobre algo blando, miré a mi alrededor y comprendí que estaba en la cama. Gonzalo me acariciaba y yo intenté hacer lo mismo, pero él continuaba con la ropa puesta. Sentí algo frío pegado a mi oreja, en la otra, Gonzalo me estaba diciendo algo que yo no comprendía: “Dile que venga, que estás esperándole, Gloria, habla, habla de una puta vez”. Balbuceé un “ven, ven, por favor”.


Debí quedarme dormida un momento. Escuchaba voces, no, seguro que estaba soñando, allí estábamos Gonzalo y yo solos. Me costaba abrir los ojos y permanecí inmóvil intentando aclarar mi cabeza. “¿Qué le has hecho? Cabrón, voy a …. contigo” Risas. “No le …. nada”… “esto… divertido”. Parecía que empezaba a despejarme un poco. Algo frío y metálico rozándome los pechos, los hombros, el cuello. “Quieta, no te muevas, esto te va a gustar” Una mano se mueve entre mis piernas, las separa, y llega hasta mi sexo. Me acaricia. “Gonzalo” digo en un susurro. “Estoy aquí, estoy aquí contigo” y busca con pasión mi boca. La siento luego lamiendo mis pezones y empiezo a notar la humedad entre mis piernas.


Se aparta de mí y abro los ojos. Los cierro de inmediato. No puede ser, debo seguir soñando, estoy segura. Poco a poco, vuelvo a separar los párpados, cuando quiero gritar, una mano me lo impide tapándome la boca, intento levantarme, pero compruebo que no tengo fuerzas para hacerlo y busco con los ojos a Gonzalo, no se qué espero. Delante de mí, de pie, está Rafael, custodiado por dos de los amigos de Gonzalo, éste sonríe mientras juega con una enorme navaja, otros dos de sus incondicionales están al lado de mi cama, uno de ellos es el que me mantiene con la boca cerrada, y un tercero sostiene una cámara de video.

“¿No te dije que nos íbamos a divertir, preciosa? Ten, tómate otra copa, y después harás todo lo que yo te diga” Intento mover la cabeza negando, pero se acerca a mí y me sujeta la cara con violencia. “Déjala en paz, hijo de puta, tenía que haber acabado contigo entonces, eres un cabrón mal nacido” “Con qué pruebas, imbécil, estate quieto o la mato aquí mismo, después de que todos estos se la follen. Me tienes harto y esta vez voy a quitarte las ganas de amenazarme para siempre. Entonces era un crío, pero ahora he aprendido mucho, tengo experiencia, cabrón, y tú y esa puta vais a hacer lo que a mi me salga de los cojones ¿estamos?”


Siento las lágrimas resbalar por mi cara ¿qué está pasando? No entiendo de qué hablan. Gonzalo se acerca a mí con una copa en la mano. Tengo miedo. Abro la boca y dejo que el líquido baje por mi garganta. “Ábrete de piernas, tu querido profesor, te va a hacer un trabajito” Se sienta en la cama, muy cerca de mi cabeza y veo relucir la hoja de acero brillante. La bebida empieza a hacer efecto y me siento otra vez transportada a un mundo extraño y ligero. Unas manos me cogen de las piernas y me arrastran hacia los pies de la cama, me incorporan ligeramente y colocan almohadones en mi espalda. “No me obligues a hacerle daño, empieza a comerle el coño o te arrepentirás, cabronazo, hazla gozar, quiero oírla gritar de placer”. Entreabro los ojos y veo a Rafael arrodillándose y al momento siento el ligero calor de su aliento. El frío de la navaja acaricia mi cuello. Alargo los brazos y cojo su cabeza con las manos atrayéndole hacia mí. No quiero que nos maten. Restriego mi sexo contra su boca, su nariz, su cara. Sólo se escuchan mis gemidos y alguna respiración entrecortada. Ya no me importa la navaja, ni todos los que están mirándome, sólo deseo correrme de placer en esa boca. “Ten cuidado o lo ahogarás entre las piernas, zorra” Carcajadas. Por fin llega el orgasmo. Grito y me retuerzo, luego nada.


Me sacuden. “Vamos, cariño, aún no has terminado”. Tardo en tomar conciencia de lo que pasa. Paso la mano por mis pechos, mi barriga, estoy mojada, pegajosa. “Es bueno para la piel, no seas remilgosa, los has puesto a todos bien calientes, guarra, y se han hecho un paja mientras tú te corrías de gusto. He dejado que te lo echasen encima, se lo merecían, los pobres” “Cerdo” Es todo cuanto consigo decir. “¿Prefieres que te follen? Puedo hacerlo, míralos, están deseando meterte sus pollas por el culo, así que no me jodas” “Arrodíllate” me grita mientras tira de mi brazo. “Arrodíllate y hazle una buena mamada, como tú sabes… empieza”.


Rafael está de pie con la cabeza caída hacia un lado. Me mira un momento, implorante, no lo hagas, parece querer decirme con sus ojos. Pero tengo que hacerlo, no quiero morir ni que le maten, estoy aterrorizada. “Abre esa boquita y empieza a trabajar”. Bajo la cremallera de la bragueta y saco su pene fláccido. Masajeo los testículos como Gonzalo me enseñó, los lamo suavemente, los introduzco en la boca, jugueteo con ellos, mientras con la mano empiezo a masturbarle. Me cuenta que aquello cobre vida, pero poco a poco va tomando consistencia. Paso la lengua una y otra vez por su contorno, con la punta golpeo la punta, se está poniendo dura. “Sigue, zorra, sigue así, lo estás consiguiendo… tú ¿estás grabándolo todo bien?” Levanto la vista y sorprendo a los demás masturbándose de nuevo. Están todo a mi alrededor, con la polla en la mano, sin apartar la vista de mi boca. Tengo que concentrarme. Rodeo el pene con los labios ejerciendo presión mientras empiezo a mover rítmicamente la cabeza. Percibo un ligero movimiento de Rafael intentando apartarse, me aferro a sus nalgas y le empujo hacia mi boca. Le pillo desprevenido y entra tan profundamente que me produce arcadas. Acelero el ritmo de mi movimiento, succiono, golpeo con la lengua el capullo inflamado y siento que ya llega el momento. “No te apartes, trágalo” Las manos de Gonzalo inmovilizan mi cabeza justo cuando un chorro de semen caliente inunda mi boca. “Mira a la cámara, así, con su leche chorreando”. Me quedo en el suelo arrodillada, escucho sollozar a Rafael. Luego, otro trago de aquél licor empalagoso y dulzón. Siento que me estiran de los brazos y me llevan hasta la cama. Una vez más, me duermo.


- ¡Qué cabrón, Díos mío, Gloria! ¿Cómo has podido guardar eso en secreto tanto tiempo? ¿Cómo pudiste soportarlo?

- No lo sé, Xuso. Durante mucho tiempo pasé por un infierno, hasta que un día, no se cómo, había logrado esconder todo aquello en algún sitio muy hondo de mi memoria. Pero, espera, déjame que acabe de contarte la historia.


Cuando desperté permanecí inmóvil un buen rato, no acababa de despejarme y tenía serias dudas sobre si todo aquello no había sido una terrible pesadilla. La habitación, toda la casa, estaba en silencio. Pensé que me habían dejado sola y con dificultad me incorporé en la cama. Desde allí pude ver a Gonzalo sentado en el sofá viendo la televisión tranquilamente. Quizá me emborraché y todo ha sido un mal sueño, me decía intentando convencerme, pero tenía la piel pegajosa y la boca me sabía a sexo. “¡Vaya! ¿ya te has despertado?, será mejor que te duches y te llevo a casa” Algo debió leer en mis ojos porque los suyos se llenaron de rabia en un momento. “¿Qué pasa? No te hagas ahora la remilgada, a mí no me engañas, has disfrutado como una zorra. ¡Levántate! Y, escúchame bien, ni una palabra de esto, o inundaré la ciudad con las copias de esa peli porno de la que eres protagonista”. Deseaba preguntarle qué pasaba con Rafael, qué le habían hecho, pero las palabras se negaban a ser pronunciadas. Obedecí y me metí bajo un chorro de agua hirviendo intentando que toda la pena, la vergüenza, el asco, el miedo… desapareciesen por el desagüe.


Gonzalo me acompañó a casa, con su tan ensayado encanto convenció a mi madre de que algo no me había sentado bien, que lo mejor era que me metiese en la cama y me dejase dormir. Yo deseaba dormir para siempre, no iba a poder vivir después de aquello, jamás podría mirar a la cara a Rafael, ni a todos aquellos hijos de puta que estuvieron presentes, ni a mis padres. Nunca podría recuperar a la antigua Gloria.


Pasé una semana metida en la cama, casi sin comer, sin hablar con nadie. Mi madre, asustada, hizo venir al médico. El hombre no encontró nada físico causante del estado en que me encontraba, me recetó unas vitaminas, y dijo algo de una depresión, me recomendó un tiempo de reposo, quizá alejarme unos días de mi entorno habitual, lo atribuyó quizá a un desengaño amoroso, en la adolescencia cualquier nimiedad puede desencadenar un problema serio. Gonzalo me visitó un par de veces, me negué a verle. Papá decidió que iría unos días al pueblo con la abuela.


Aquella tarde vino María. Quería despedirse de mí. Nada más entrar en mi habitación, me abrazó y rompió a llorar. Traía una mala noticia: Rafael había sufrido un terrible accidente de coche, murió en el acto. Nadie se explica como fue que su coche se despeñó por el barranco, ni que hacía allí, en la montaña, sólo, un domingo por la noche. Lloré todas las lágrimas que no había derramado en muchos días, lloré hasta quedarme vacía por dentro. Después me levanté y les dije a mis padres que no iría con mi abuela, la próxima semana volvería a las clases.


Nunca más le dirigí a Gonzalo una palabra, ni siquiera una mirada, había dejado de existir para mí. Terminé el curso a duras penas, con algunas pendientes para Septiembre, y el resto ya lo sabes, al año siguiente apareciste tú, y no te puedes imaginar cuánto me ayudaste con tu sola presencia.

- Siempre me sentí culpable de la muerte de Rafael, debía haber denunciado lo que ocurrió esa tarde.

- Gloria, eras una niña, no te martirices más con eso.

- ¿Sabes que Gonzalo tenía una hermana gemela?

- ¿En serio? Siempre creí que era hijo único.

- También yo. Cuando estudiaba periodismo antes de que tú volvieses a aparecer aquí en Barcelona, dediqué muchas horas a investigarle. Estaba obsesionada por averiguar que era lo que Rafael sabía, por qué le había amenazado, qué era aquello tan importante que Gonzalo guardaba en secreto. Si supieras las horas que dediqué a indagar quien era antes de llegar al instituto y convertirse en el chico encantador que todos imaginaban que era. Todas las horas, Xuso, todas las horas que me dejaba libre el estudio.

- ¿Qué descubriste?

- No demasiado, tenía una hermana gemela y ambos fueron alumnos de Rafael en un colegio privado de Madrid. Sí, Gonzalo era madrileño. Busqué todas las noticias de años anteriores intentando encontrar algo, y al fin di con ello. Una niña de ocho años había sido encontrada en una casa abandonada en un estado lamentable, la habían atado a una vieja cama, donde la golpearon y la violaron utilizando un palo. Como consecuencia de los golpes recibidos en la cabeza quedó condenada a un estado semi-vegetativo e ingresada en un centro especializado. La busqué y después de muchos meses, pude averiguar donde estaba. Un fin de semana me desplacé hasta el lugar, simulé que era una antigua amiga y me dejaron verla. Era igual que Gonzalo, una chica preciosa con la mirada perdida y la boca babeante. No hablaba, ni una palabra, ni un gesto, sólo me pareció notar un ligero temblor en su cuerpo cuando nombré a Gonzalo.

- ¿Sabes qué ha sido de ella?

- No, después de eso, decidí dedicarme de lleno a mi trabajo y olvidarme de todo.


- Estás espectacular, preciosa, vas a ser la envidia de la fiesta.

- Calla, adulador, tú tampoco estás nada mal.

- ¿Preparada?

- ¡Sí, señor!

- Pues vamos allá, a comernos el mundo.

Cuando llegamos al lugar donde se celebra la fiesta, ya han llegado muchos de los invitados. Es un chalet en las afueras, precioso, con piscina, dicen que lo alquilan para algunos actos como convenciones, cenas de empresa y cosas parecidas. En la entrada hay una mesa con tarjetas de identificación para prendernos en la ropa, con nuestro nombre escrito en cada una de ellas. Me fijo que la de Gonzalo aún está allí, él no ha llegado. Entramos en una gran sala llena de gente, distribuida en corrillos, hay cierto barullo, todos miran primero el nombre en la tarjeta para reconocerse. Cada vez que se abre la puerta cientos de ojos se vuelven a mirar al recién llegado. Ahora somos Xuso y yo, quienes llamamos su atención. Según nos vamos acercando, llegan los abrazos, besos en la mejilla, apretones de manos. Muchos lucen cuerpos metiditos en carne, otros un incipiente calvicie, pero si te fijas bien en sus rostros, en todos queda algo de aquellos adolescentes de hace veinticinco años.


Abrazo a María, está guapa, le sienta bien la madurez, ya no es aquella niña gordita y patosa. No puedo evitar cierta emoción. Se abre la puerta y todas las miradas se centran en el recién llegado. Es un hombre delgado, atractivo, luce una barba recortada, y se apoya en un bonito bastón. Es Gonzalo.

La cena ha terminado, alguien ha puesto música de aquellos años y los altavoces retumban por toda la casa. Salgo por la puerta de la cocina, en la parte de atrás de la casa, allí se encuentra la piscina. Entonces le veo, apoyado en su bastón, al lado mismo del agua, mirándome. Respiro hondo y me acerco.

- Estás preciosa, deslumbrante. No te veía desde que te trasladaste a Barcelona. Me he preguntado muchas veces como sería mi vida si hubiésemos seguido juntos, en serio. Por más mujeres con las que estuve, ninguna como tú, lo juro. La verdad, pensé que no vendrías, intenté indagar entre los compañeros pero nadie supo decirme nada seguro. ¿Por qué has venido? Quizá esperabas encontrarte con la noticia de que había muerto de un infarto, víctima de un cáncer o algo por el estilo… jajajajaja, pues no, lo siento, pero aquí me tienes vivito y coleando. Se te ha comido la lengua el gato, sería una pena, porque sabías hacer buen uso de ella.

- Vete a la mierda.

- Y ahora vives con un maricón, lo que faltaba.

- Ese maricón es mucho más hombre que tú.

- ¿Has visto a esos como bajaban la cabeza? Los muy imbéciles no se atrevían a mirarte ¿crees que no me he dado cuenta? La de veces que se han masturbado pensando en aquella tarde. Me costó frenarles, no creas, se morían de ganas de follarte. Ven, acércate, aquí no pueden vernos.


El barullo de la música llega hasta allí, Miro a mi alrededor, no hay nadie. Me acerco lentamente, “acabo de recordar algo” le digo en un susurro “que no sabes nadar”. Golpeó con el pie su bastón y pierde el equilibrio. Se tambalea durante unos segundos y cae al agua con un chapoteo. Durante un rato observo como bracea y mueve desesperadamente las piernas. Se hunde y vuelve a salir un momento, para volver a hundirse de nuevo. Esto por Rafael y por mí, también por mí.

Vuelvo a la puerta de la cocina y enciendo un cigarrillo.

- ¿Dónde estabas? – es Xuso que acaba de aparecer.

- Estoy aquí, en la cocina todo el tiempo, contigo, y acabo se salir a fumar un cigarrillo ¿no te acuerdas?


Me mira extrañado pero asiente.

- No lo olvidaré, te lo prometo.

lunes 11 de mayo de 2009

Pecado de juventud (Siete)


(Imagen de la película: La teta asustada)
Aquél viernes Gonzalo estuvo pendiente de mí todo el día…

- ¿De qué hablas, gloria?
- De lo que pasó con Gonzalo, Xuso, de eso hablo.
- Oye, no tienes que contármelo, y si en algún momento ha dado la impresión de que quería que lo hicieras… olvídalo.
- Siéntate y escucha. Tengo que hablar de ello y sólo puedo hacerlo contigo. No me interrumpas, porque ni yo misma tengo una idea clara de todo lo que pasó, los recuerdos aparecen como en ráfagas, imágenes fijas, detalles, no se si podré contarlo de forma coherente… ¿me entiendes?

Mueve la cabeza con un gesto afirmativo.

Aquel viernes Gonzalo estuvo pendiente de mí todo el día. No dejó de dedicarme sonrisas, caricias furtivas, suaves besos entre clase y clase… al día siguiente, sábado, me daría su gran sorpresa. Yo me sentía la heroína de aquella película, la chica de la que se enamora perdidamente el protagonista, no podía darme cuenta de las risitas disimuladas de los cinco o seis de sus vasallos principales, que andaban algo nerviosos y pendientes en todo momento de los deseos de su jefe.

Al terminar la clase de literatura, la voz de Rafael se alzó por encima del barullo que formábamos mientras recogíamos los libros y libretas esparcidos por los pupitres: “Chicos, no os olvidéis de hacer el trabajo que os encargué el martes pasado. Gloria… ¿puedes esperar un momento? me gustaría hablar contigo”. Al instante se me hace un nudo en el estómago y un ligero temblor sube por mis piernas. Instintivamente miro a Gonzalo, su rostro ha sufrido una transformación, mantiene las mandíbulas apretadas y mira fijamente al profesor. “Sí, claro”, respondo con un hilo de voz al tiempo que me acerco hacia su mesa. Él se ha puesto en pie esperando que los demás salgan por la puerta, Gonzalo es el último en hacerlo o eso es al menos lo que imagino, porque por alguna razón no me atrevo a mirarle.

- Gloria, quizá no sea asunto mío, pero… estás saliendo con Gonzalo ¿no?
- Sí, bueno, últimamente nos vemos a menudo ¿por qué me lo preguntas? ¿pasa algo?
- No puedo decirte con quien debes relacionarte, sólo quiero advertirte sobre él, ten cuidado, Gloria, algunas personas no son lo que aparentan, y Gonzalo es una de ellas.
- ¿Qué pasa con él? ¿hay algo que debería saber?
- Sólo ten cuidado, no puedo decirte nada más.
- Está bien, lo tendré.

Gonzalo estaba esperándome en la puerta.

- ¿Qué quería ese? – me pregunta.
- Nada importante – le respondo, mientras echo a andar hacía la salida.

Me coge del brazo para detenerme.

- Me haces daño, suelta.
- ¿Qué te ha dicho?
- Que si necesito documentarme para el trabajo, en la biblioteca hay un libro que puede servirme de ayuda – invento sobre la marcha.
- Pues eso debería haberlo dicho para toda la clase, parece que tiene cierta preferencia por ti ¿no crees? A lo mejor espera alguna clase de favor. Le gustas.
- Vete a la mierda.
- No te enfades, perdona, por favor, no quiero que ese gilipollas estropee nuestra cita de mañana.
- Está bien, pero deja de decir tonterías, a ver ¿me vas a contar algo? ¿qué te traes entre manos?
- Es una sorpresa, ya te lo he dicho. Te acompaño a casa y le pido permiso a tu madre para que te deje venir mañana a pasar el día con mis padres.
- ¿Vamos con tus padres?
- ¡Qué ingenua eres! Es una pequeña mentira para poder estar juntos todo el día sin que nadie nos moleste. Te recogeré sobre las doce… ponte guapa.

Por fin llegó el sábado. Estaba arreglada una hora antes de la convenida, con el corazón brincando y el estómago revuelto. A las doce en punto apareció Gonzalo, se deshizo en halagos hacia mi madre, prometió devolverme sana y salva, y nos fuimos subidos en su moto. Nos dirigimos a las afueras de la ciudad, hacia una zona de chalets y pequeñas casitas desperdigadas. Delante de una de ellas, Gonzalo paró la moto y nos apeamos.

- Este es mi escondite secreto – me dijo, mientras metía la llave en la cerradura y la hacía girar.

Me sujetó del codo y me hizo pasar.

Me encontré en una sala bastante grande que parecía un decorado de cine. En la parte derecha, una sofá esquinero y una mesa pequeña delante adornada con un pequeño jarrón de flores. A la izquierda, arrimada también a la esquina, una gran cama cubierta con un dosel en color melocotón subido de tono. Una puerta comunicaba con la pequeña cocina, y otra permanecía cerrada.

- ¿Es tuya?
- Creo que era de mi abuela, o de algún pariente lejano. Mis padres no la utilizan y yo la decoré a mi manera.
- ¿Un picadero? ¿Aquí es donde traes a tus amigas?
- Hum…. Tú estás celosa.
- Eso quisieras.
- Sólo traigo aquí a quien de verdad lo merece.
- Y ¿se puede saber qué he hecho yo para merecer tanto honor?
- Tranquila, cada cosa a su tiempo, ya lo descubrirás por ti misma. Siéntate y ponte cómoda. Voy a preparar algo para picar y tomamos una copa. Tienes que comer y coger fuerzas, vamos a pasarlo muy bien, te lo aseguro.

Se ha ido acercando a mí, me besa el cuello, las orejas, mientras sus manos acarician mis pechos por encima de la blusa y me aprietan contra su cuerpo. No puedo evitar sentirme excitada ante la perspectiva de imaginados placeres.
(Mañana por la noche, si nada lo impide, intentaré colgar el último capítulo. Tengo un mes bastante ocupado, pero eso es otra historia que ya contaré en próximos post. A los que seguís ésta, gracias por vuestra paciencia).

miércoles 29 de abril de 2009

Pecado de juventud (Seis)


Siento cierto malestar cuando acerca su pene a mi boca. Algo desconcertada sólo acierto a abrir la boca para engullirlo, pero Gonzalo que posa suavemente su mano en mi cabeza, me detiene. Empieza con la lengua, no tengas prisa – susurra dulcemente. Obedezco y rozo, no sin cierta aprensión, la piel tersa y brillante con la punta de la lengua. Poco a poco, me voy acostumbrando a su sabor, al tiempo que noto como mi excitación va en aumento. Él guía mis movimientos ejerciendo una suave presión en mi cabeza, en ocasiones acompañadas por frases cortas que me indican lo que debo hacer: rodéala con los labios, ejerce más presión, lame al mismo tiempo, así, un poco más rápido…Pienso todo el tiempo en que de un momento a otro me llenará la boca, tendré arcadas estoy segura, quizá se sienta molesto ¿si se enfada?. Tira hacia atrás de mi cabeza y siento como el semen caliente choca contra mi pecho y se desliza en grandes goterones.

Lo hacemos siempre que tenemos ocasión, y siento que estoy enganchada a Gonzalo. Cada vez que cierro los ojos revivo las sensaciones que experimento cuando me toca. En clase se queda mirándome fijamente y puedo adivinar lo que está pensando. Su mirada recorre mis pechos y noto como mis pezones se endurecen. A veces acabo con las bragas empapadas, muerta de ganas porque me toque. Hoy, al salir, me ha dicho que está preparando una cita muy especial, no he podido sacarle nada más, es una sorpresa, me ha dicho. Quizá piensa que ya estoy preparada para hacerlo de verdad. Y lo estoy, últimamente no deseo otra cosa, sueño con tenerle dentro. Sentir como su polla se hunde con cada embestida, arañarle la espalda, morderle la boca… no se lo que me pasa. Será el próximo fin de semana.
-----------------------------------------------------------------------------------------------

- ¿Qué haces, reina? Estás muy pensativa.
- ¡Ah! Hola Xuso, estaba ojeando esta revista, en la tele no hacen nada que valga la pena.
- La revista la tienes delante, pero me parece que tu cabeza estaba en otra parte.
- No digas tonterías, anda, he tenido un día agotador.

Se sienta a mi lado y por la expresión seria de su rostro, intuyo que quiere hablar de algo importante.

- Mira, Gloria, se que me he puesto muy pesado con lo de la cena del Instituto, pero lo he estado pensando y… tienes razón, no se nos ha perdido nada allí, así que nos olvidamos del tema ¿vale?.
- No se por qué has cambiado de idea, Xuso.
- Pues porque no tengo ganas de verte así. Me hacía ilusión, no puedo negarlo, pero la verdad es que pensaba que a ti te iba a apetecer encontrarte con algunos buenos amigos a los que hace muchos años que no has visto.
- María, Esther, Luis… ¿te acuerdas del buenazo de Luis? Todos se aprovechaban de él. Sí, Xuso, desde que me marché sólo volví a ver a María. Creo que fue cuando estaba en el segundo año de carrera, aún no me había encontrado contigo aquí en Barcelona. Era verano y la invité a pasar unos días conmigo, estuvimos en la casa que mi padre acababa de comprar en la playa. Al principio mi madre me contaba alguna cosa sobre ellos cuando venía a verme, luego también con ella me fui distanciando, ya sabes que no me cae muy bien Alfonso, su pareja.
- Sí, no se qué te ha hecho el pobre hombre. A mí me pareció amable y simpático la última vez que vinieron a visitarte, pero tu estuviste todo el tiempo con cara de perro.
- Será de perra.
- ¡Qué graciosa!
- Igual tienes razón, pero no se me olvida que fue el tercero en discordia, no le importó meterse por el medio y acabar con un matrimonio.
- No seas infantil, anda, monina, ese matrimonio ya estaba más que roto. Y a ti no te vino mal que tu padre pidiese el traslado a Barcelona, para largarte con él a toda prisa.
- Hubiese venido de todos modos, quería estudiar periodismo y quería hacerlo aquí. Y sí, necesitaba imperiosamente salir de allí, me asfixiaba, y te aseguro que estaba deseando perder de vista a la gran mayoría nuestros queridos compañeros, salvo alguna que otra excepción.
- Pues no se hable más, voy a romper la invitación y nos olvidamos del tema.
- No, espera.

Me mira extrañado.

- No la rompas, aún falta una semana, déjame que aclare un poco mis ideas. Últimamente estoy como aturdida, no consigo pensar con claridad y no se muy bien que es lo que quiero hacer realmente. No me mires así, no estoy loca… o casi.
- Está bien, reina, tu mandas.
- ¿Si?... pues mira, ya que estás tan obediente ¿podrías darme un masajito en las piernas? Se bueno, por favor, me pesan como si fuesen de plomo.
- Está bien – suspira- tienes un amigo que no te lo mereces.
- Lo se, Xuso, lo se, aunque no lo demuestre muy a menudo. Anda, dame un abrazo.
- No eres zalamera tú ni nada, cuando te lo propones.

Su abrazo es cálido y prolongado. Parece que ahí, en el hueco de su pecho, nada puede afectarme. Cuando me suelta tienes los ojos brillantes. Se sienta a mi lado y coloca mis piernas sobre las suyas. Sus manos son como pájaros revoloteando ligeras por mis tobillos.

viernes 17 de abril de 2009

Pecado de juventud (Cinco)


No es como los otros chicos con los que he estado, ellos se conformaban con manosearme un poco las tetas, meter la mano bajo la falda o acariciarme el sexo por encima de los pantalones. Cuatro restregones y se corren solos. Gonzalo me besa el cuello y con dedos hábiles me desabrocha el sujetador. Cuando acerca los labios a mis pezones, éstos parecen que se estiran deseando el contacto con su boca.

Mi cuerpo se deja llevar por el deseo que él me provoca, sin embargo, no logro hacer que desaparezca una idea que permanece fija en mi cabeza: no quiero follar con él. Ni yo misma entiendo el por qué, pero se que no voy a hacerlo. Por un momento me paraliza el miedo de que vaya a obligarme, mi cuerpo se tensa y Gonzalo se da cuenta.

- ¿Qué te pasa? – me dice apartándose un poco para poder mirarme.
- Yo…yo… -tartamudeo- no, no quiero hacerlo.
- No quieres hacer ¿qué?... ¿no quieres que te la meta?
- No.
- Bueno, pues no te preocupes, no lo haré… hay formas de pasarlo bien. Dime ¿te gusta esto? – y desliza un dedo por debajo de mis bragas que hace que me retuerza de placer. Relájate, Gloria, te voy a enseñar a disfrutar, tonta, confía en mi, me vuelves loco mi vida, me vuelve loco este coñito caliente, hazme caso, haz lo que yo te diga y lo pasaremos bien… lo pasaremos muy bien.

Sus dedos penetran mi sexo rítmicamente y yo sólo deseo que lo hagan más y más dentro. Ahora podría follarme si quisiera y no encontraría ninguna resistencia por mi parte, pero no lo hace. Confío en él. De pronto me siento vacía y detengo el vaivén de mis caderas. ¿Qué hace? Me pregunto cuando se mueve bajando hacia mis pies, al tiempo que desliza mis bragas por las piernas. Una ligera presión de sus manos entre los muslos y las abro. Nerviosa. No acabo de creer lo que imagino que se dispone a hacer.

Pero allí está, el contacto de su lengua en mi sexo, la punzada de placer, mi clítoris latiendo. Abro las piernas todo lo que puedo. Nadie había metido ahí la boca, nadie. ¿A quién le gusta hacer eso? Pienso. Si al menos acabase de ducharme. Estoy mojada y mi sexo desprende un fuerte olor a excitación que hasta yo puedo percibir, pero a él parece no importarle. Juguetea con su lengua en busca de caminos escondidos, hendiduras, rendijas, recovecos. Con los labios chupetea el clítoris, succiona… se detiene. Me incorporo aturdida y le encuentro sonriente mirándome.

- ¿Te gusta? – me pregunta, con sonrisa maliciosa.
- ¡Ufff! – no tengo fuerza para contestar nada más coherente.
- Pues pídeme que siga.
- ¿Qué?
- Que me lo pidas, pídemelo. Pídeme que te coma el coño, hazlo… ahora.
- Cómeme el coño – digo con un hilo de voz.
- Más fuerte, dilo más fuerte.
- ¡Cómeme el coño!
- Más fuerte.
- ¡Cómeme el coño! ¡Cabrón!

Se mete con furia entre mis piernas. Unos ligeros toques son suficientes para hacerme estallar. Me estiro. Me doblo. Grito. Y poco a poco mis músculos se relajan, tiemblan ligeramente, me siento fláccida, sin fuerzas. Es la primera vez que otra persona me provoca un orgasmo y no es lo mismo que hacértelo tu misma, no, no es lo mismo.

Me besa. Sabe a sexo, mi sexo.

- Es tu turno – dice mientras empieza a desabrocharse la bragueta.

Imagino lo que quiere, y siento una mezcla de deseo, repulsión y miedo. También cierta vergüenza, no se cómo hacerlo. Parece adivinar mis pensamientos.

- Yo te enseño, sólo tienes que hacer lo que te diga.

Asiento ligeramente y no acabo de entender tanta experiencia en un chico de su edad.
...

jueves 9 de abril de 2009

ATMÓSFERAS (100 relatos para el mundo)

Disculpad que haga un inciso en la historia que estoy contando para presentar un libro que muy pronto estará a disposición de todo aquél que quiera comprarlo.

Hace unos meses recibí una invitación de mi amiga Tania Alegría para participar en un proyecto puesto en marcha por Javier Ribas de Escritores en Red. Se trataba de aportar un relato para poder editar un libro (en principio se pensó que fuese de 50 relatos) solidario, cuyos beneficios se destinan a la Fundación Vicente Ferrer

Hoy ese proyecto se ha hecho realidad: ATMÓSFERAS (100 relatos para el mundo) está en la imprenta.

PRIMERA IMPRESIÓN 200 EJEMPLARES NUMERADOS EN IMPRENTA
EDICIÓN COLECCIONISTA
(VENDIDOS)







SEGUNDA IMPRESIÓN 100 EJEMPLARES 
(VENDIDOS)




TERCERA IMPRESIÓN 100 EJEMPLARES 
(A LA VENTA MUY PRONTO))



Los derechos de autor y beneficios de la venta,  se destinan a la creación de becas para el acceso a la Universidad de chicas y chicos de Anantapur, los dálits o intocables, quizá sea una buena razón (además de disfrutar con la lectura de 100 relatos) para comprar un ejemplar. 

A la derecha del blog está el enlace a la página de Escritores en red (y aquí mismo) donde encontraréis cumplida información para reservar el libro, o comprarlo a partir del próximo 1 de Mayo.

También podéis hacer publicidad en vuestros respectivos blogs. Yo, os agradezco de antemano que os hayáis parado un momentito a leerme. Gracias.


martes 7 de abril de 2009

Pecado de juventud (Cuatro)


Desde que Rafael llamó a Gonzalo a su despacho, la tensión que existe entre ellos se hace presente en cada clase. No se qué jodido problema tienen estos dos. La gente no se atreve a hablar de ello, de ese ambiente extraño, de esos silencios que se producen cuando las miradas de ambos se entrecruzan. La mayoría tiene miedo de Gonzalo, de su reacción si se entera que se habla de él a sus espaldas.

Tengo la impresión de ser observada mientras sigo con interés la explicación de Rafael, en realidad estoy embobada mirando el movimiento de sus labios cuando habla, dejando entrever los dientes y esbozando una ligera sonrisa de tanto en tanto. Giro la cabeza buscando la causa de esa extraña sensación y sorprendo a Gonzalo mirándome fijamente. Me siento rara, creo que es la primera vez que sus ojos no me atraviesan como si de un ente invisible se tratase. Como en un reto me obligo a aguantar su mirada estoicamente ¿qué coño mirará este gilipollas? – pienso. Él, inexplicablemente, me sonríe.

Mi cabeza es un torbellino de ideas disparatadas y no consigo concentrarme en nada. No entiendo a qué ha venido esa sonrisa y me siento desbordada por una extraña mezcla de sensaciones. Gonzalo no es la clase de chico que me gusta, pero al mismo tiempo no puedo dejar de sentir un revoloteo en el estómago. Cuando suena el timbre que da la clase por finalizada, recojo mis cosas a toda prisa y salgo corriendo hacia el lavabo.

- ¡Qué coño te pasaba en clase! – es María que entra como un torbellino en el baño.
- ¿De qué estás hablando?
- No te hagas la despistada, he visto como te miraba.
- Yo qué se, tía. Le habrá dado por ahí, anda, vamos a casa, tengo que acabar el trabajo de música o me caerá también este trimestre.

Esperando en la puerta está Gonzalo.

- Gloria, te estaba esperando.

No contesto, sólo le dirijo una mirada interrogante.

- Si quieres te llevo en la moto hasta tu casa.
- No, gracias, voy con María.
- Por mí no te preocupes – dice Maria, que da un respingo al notar el pellizco que acabo de darle en el brazo.
- ¿De verdad no quieres que te lleve? Me apetecía charlar contigo un rato.

Mientras habla pone su mejor expresión de chico bueno, baja la mirada fingiendo timidez e imprime a su voz un tono cariñoso y suplicante.

- Tengo cosas que hacer, Gonzalo, quizá otro día.
- ¿Hablamos mañana? Es viernes. Al salir de clase podríamos ir a algún sitio a tomar algo ¿qué te parece?
- Esta bien, mañana hablamos.

Hace dos semanas que Gonzalo y yo somos poco menos que inseparables. Tengo que reconocer que sabe como conquistar a una chica, y a la madre de la chica, la mía está encantada. El primer día que me vio bajarme de su moto pensé que iba a echarme una buena bronca, todo lo contrario, no podía creer que el chico perfecto estuviese saliendo con su hija, y al parecer iba en serio ¿no?, ya le habían ido con el cuento algunas madres. Quizá no le gustaría tanto si entrase ahora en casa y nos pillase.

Mis padres se han ido a pasar fuera el fin de semana en un último intento por salvar su matrimonio. No se pueden aguantar las dos o tres horas que se ven al cabo del día ¿cómo van a soportarse mutuamente durante un largo fin de semana? Temo que regresen en cualquier momento, aunque sería un desperdicio no aprovechar la habitación del hotelito que ya han pagado.

Aún no acabo de cerrar la puerta y Gonzalo ya ha empezado a besarme. Su lengua en hunde en mi boca, recorre mis dientes y busca enredarse con la mía, mientras las manos se cuelan bajo la blusa y acarician mi espalda. Se me eriza la piel y empiezo a humedecerme…

domingo 29 de marzo de 2009

Pecado de juventud (Tres)


Estoy agotada. Mientras conduzco camino a casa entre un río interminable de coches sólo pienso en tirarme en el sofá. Entraré por la puerta lanzando a puntapiés estos insufribles tacones y me prepararé un buen baño, sí, hoy paso de ahorrar agua dándome una ducha, que una también tiene derecho a ciertos caprichos. Quiero un baño relajante con bolitas de aceite, velas olorosas y escuchar a todo volumen mi mantra preferido…hum, ya lo estoy disfrutando. Ha sido un día estresante a la par que aburrido, lo de cubrir las campañas de los políticos no es para mí, el lunes sin falta hablo con el jefe, quedamos en que sólo serían cuatro o cinco días y llevo así dos semanas, me importa una mierda que no tenga periodistas disponibles, un trato es un trato, ya no aguanto más.

- ¿Qué te parece este conjunto para la cena?

Lo dice sonriendo, parado en la puerta del baño, mientras sujeta una percha con un pantalón y una bonita camisa de seda, justo en el momento en que había conseguido relajarme. Le tiro una chancla que él esquiva con gracia.

- Pero Xuso, otra vez no ¿de verdad estás decidido a ir a esa estúpida reunión?

Está en la cocina preparando una ensalada para los dos y una tabla de delicioso queso.

- Pues claro que estoy decidido, pero sólo si tú me acompañas.
- No me hagas esto, por favor.
- Gloria, no se qué pasó realmente entre Gonzalo y tú, escuché comentarios cuando llegué al Instituto…
- ¿Qué comentarios?
- Chismes de adolescentes, ya sabes.
- ¿Qué comentarios?
- Que parecía que Gonzalo iba en serio contigo, que a pesar de la cantidad de chicas que revoloteaban a su alrededor nunca había salido en pareja con ninguna, esas cosas…Luego a todos les extrañó que después de aquel percance del que todos hablaban en secreto, ya me entiendes, lo del profesor y eso, os convirtierais en dos extraños.
- Y tú ¿qué pensabas?
- Nada ¿qué querías que pensara? No estaba allí, y una vez que quise preguntarte sobre ello ¿recuerdas? me respondiste que si quería seguir siendo tu amigo, me olvidase de ese tema para siempre. Me sorprendió tu reacción y me asustó lo que percibí en tu mirada.
- Recuerdo aquella noche de San Juan, en la playa, nos quedamos solos junto a las brasas de la hoguera que habíamos encendido, recuerdo las confidencias que nos hicimos, pero olvidé que me hablaste de eso, te lo juro.
- Lo hice, pero seguramente, consciente o inconscientemente, lo borraste de tu memoria.

Hablamos sin mirarnos. Yo sentada en un taburete, fumando un cigarro, y él entretenido en trocear los ingredientes de la ensalada en pequeños pedacitos casi idénticos. Deja el cuchillo sobre la mesa y se queda mirándome fijamente.

- Gloria, tienes que enfrentarte a ese miedo de una vez por todas, no puedes seguir arrastrando el recuerdo de lo que quiera que fuese que ocurrió durante toda tu vida ¿no crees que es un buen momento? Mírate, eres una mujer inteligente, una buena profesional del periodismo, independiente, madura… has pasado por momentos difíciles y siempre saliste de ellos victoriosa, con algunas heridas de guerra sí, pero victoriosa. Me duele verte así, de veras.
- No me hace falta enfrentar nada, Xuso, estoy muy bien así ¿por qué coño tengo que volver a ver la puta cara de Gonzalo? ¿qué necesidad tengo? Dime ¿qué gano con eso?
- Nada, Gloría, no voy a insistir más, olvídalo… la cena está lista, anda, vamos a la mesa.

Cenamos en silencio aparentando estar interesados en una película que Xuso puso en el video. Al terminar el café, él se levanta, musita un “buenas noches” y se dirige a la puerta. Se detiene, parece dudar si se va o se queda, finalmente se acerca y me besa.

- Te quiero, Gloria, eres mi mejor amiga, no lo olvides.

Se aleja.
(Abajo podéis escuchar el mantra)


jueves 26 de marzo de 2009

Pecado de juventud (Dos)


Gonzalo es el niño mimado del Instituto, es guapo, su cuerpo pasa casi sin notarlo la típica y casi siempre poco atractiva, etapa de la adolescencia. Es buen deportista y un más que admirable estudiante. Siempre va impecablemente vestido y su cabeza parece recién salida de la peluquería. Forma parte del consejo escolar en representación del alumnado, participa y promueve toda clase de actividades, tanto educativas como lúdicas. El profesorado le consulta y acata de buen grado sus opiniones y propuestas, le profesan gran estima y respeto, un respeto que en ocasiones parece rayar el temor.

Él es el epicentro de una sociedad clasificada por categorías, que van decreciendo en importancia de manera proporcional a la distancia que les separa de su persona. Pegados a sus talones andan siempre media docena de incondicionales que acatan sus órdenes, siempre disfrazadas de simples recomendaciones o encargos, con el orgullo de quien ha sido elegido para llevar a cabo un importante cometido y dispuestos a demostrar que son dignos de su confianza.

Inmediatamente después están los que trabajan duramente para entrar en el círculo de los elegidos, un buen puñado de chicos y chicas que se encargan del trabajo… obrero, podríamos decir. Son los que fotocopian y pegan carteles durante días anunciando una actividad, ya sea una charla, teatro, un campeonato deportivo. Sirven igual para un roto que para un descosido, siempre están disponibles. Luchan a brazo partido con sus contrincantes para ganarse una palmada en la espalda o una simple sonrisa del magnífico, maravilloso y admirable Gonzalo.

Por último, unos pocos apestados, entre los que me encuentro, cuyo nexo de unión es cierta aversión ante tanta perfección. El sentimiento es mutuo, Gonzalo evita cualquier contacto con nosotros, no vayamos a contagiarle alguno de nuestros defectos, por lo que se forma una frontera invisible entre su territorio y el nuestro, que ningún bando osa traspasar. A veces, acogemos a alguno de los suyos caído en desgracia, por pura compasión, y eso nos hace sentir un poco vencedores.

Escucho embobada al nuevo profesor de Literatura. Hace casi dos meses que no asisto a esta clase, a pesar de ser una de las pocas asignaturas que me interesan. La antigua profesora no enseñaba Literatura, la destrozaba. Jamás escuché a nadie leer un texto de la forma tan desastrosa en que ella lo hacía, hubiera podido recitarnos la guía telefónica y no habríamos notado la diferencia. Así que decidí no volver a entrar en su aula y aprovechar ese tiempo con el acompañante de turno, dándole gusto al cuerpo.

Hoy, alguien me ha dicho que la buena mujer estaba depresiva, cosa que no entiendo porque deberíamos ser nosotros los deprimidos, pero el caso es que estará ausente con toda probabilidad hasta final de curso, y deseé con toda mi alma que el sustituto fuese un poco mejor que ella, algo relativamente fácil dadas las circunstancias. Sólo verle entrar por la puerta, siento que me gusta, que este hombre barbudo que se presenta como Rafael es un buen profesor de Literatura. Y no me equivoco, pronto logra captar nuestra atención con su voz grave y cadenciosa que nos adentra en el mundo de las letras de forma sencilla.

Hablamos de una nueva novela cuya lectura nos recomienda, cuando interrumpe Gonzalo que acaba de abrir la puerta. Con su mejor sonrisa se dirige al profesor pidiéndole disculpas por el retraso, que se debe, al parecer, a un asunto urgente que estaba tratando con el jefe de estudios y que le ha retenido más tiempo del previsto. Rafael le mira fijamente, no parece escuchar su explicación, más bien da la impresión de estudiar su rostro como quien observa una fotografía intentando ubicar la imagen en algún lugar de su memoria. Asiente mecánicamente y le hace una seña con la mano para que ocupe su asiento, disponiéndose a continuar con la clase. Pero algo ha cambiado, el profesor parece ausente, se queda a veces pensativo y guarda silencio en mitad de una frase.

Suena el timbre y entre el ruido de sillas y pupitres, se alza la voz del profesor que en tono autoritario se dirige a Gonzalo citándole en su despacho. Se hace el silencio. No es extraño que cualquier docente le emplace al terminar una clase, para comentar con él algún asunto relacionado con los alumnos, pero la forma en que acaba de hacerlo Rafael no es la habitual. También Gonzalo se ha dado cuenta y por un momento parece a punto de responder airadamente, se hinchan las venas de su cuello y aprieta los puños con fuerza. Pero logra controlarse y asiente con sonrisa algo forzada. El resto de la clase suspira aliviada. Antes de salir por la puerta doy una última mirada a Rafael que alza los ojos y sonríe.

PD: Perdón por la tardanza.

lunes 2 de marzo de 2009

Pecado de juventud (Uno)


- ¿No pensarás dejarme ir sólo?

Estoy a punto de decirle que sí, que es exactamente eso lo que estoy pensando, pero al percatarme de su mirada perruna opto por callar. Lleva así desde que recibimos hace quince días la dichosa invitación para la puta cena de antiguos alumnos del instituto. Cuando se lo propone puede llegar a resultar cargante.

- No se por qué no quieres ir ¿de qué tienes miedo? Si es por los años que han pasado, veinticinco exactamente, seguro que a ellos también les pesan. Además, tú estás monísima.

Y al decir “monísima” saca su mejor voz afeminada y se acompaña de gestos que acaban haciéndome sonreír.

- Yo lo que no entiendo es qué se te ha perdido a ti en esa reunión, si sólo estuviste en el último curso.

Ahora soy yo quien contraataca.

- Pues mira, tengo ganas de volver a verles el careto a todos aquellos que se mofaban de mi homosexualidad, quiero comprobar lo mal que les ha tratado la vida, regocijarme con la visión de sus barrigas y sus calvas, porque seguro que todos esos que se las daban de machotes están hechos una birria ¿tú sabes lo que nos podemos divertir?... anda, dime que sí, dime que iremos…

Suspiro, sabiendo que no voy a tener más remedio que claudicar y armarme de valor para ir a esa maldita cena. Xuso es mi mejor amigo, mi compañero de piso desde hace un montón de años, pero no puedo contarle que no quiero encontrarme con Gonzalo, que no se si soportaré verle de nuevo.

- Xuso, no me apetece recordar viejos tiempos, no fueron felices para mí, por eso no quiero ir, fueron años difíciles, de verdad ¿no podríamos olvidarnos de esa invitación?
- Pues que yo recuerde, cuando yo llegué eras una chica preciosa, con carácter, buena estudiante e integrada en un nutrido grupo de buenos amigos. Si no hubiese sido porque me tomaste bajo tu protección, no lo habría soportado.
- Conociste mi mejor versión, la Gloria que se propuso convertirse en una mujer independiente y preparada para afrontar su futuro, después de haber pasado por alguna que otra mala experiencia. Mira, en los primeros años de instituto fui una preadolescente horrorosa, sí, no te rías…
- Pues como todos ¿crees que yo fui siempre así de guapo?

Y sonríe enseñando su magnífica dentadura.

- No. Yo era horrorosa de verdad. Imagínate una chica más bien bajita, con un cuerpo amorcillado, el pelo liso de un rubio ceniza apagado y grasiento, y la cara plagada de granos, granos rojos y grandes. Casi siempre llevaba una coleta porque a las pocas horas de lavarme la cabeza volvía a aparecer la grasa. Se me subía el pavo en cualquier momento, y mira que yo intentaba concentrarme para que no ocurriese, pero bastaba que alguien me dirigiese la palabra, incluso que me mirase, para convertirme en un semáforo… en rojo, claro.
- Sigue, sigue, no conocía esa faceta tuya.
- Si sigues descojonándote, no te cuento nada más.
- Vale, no me río, te lo prometo.
- Así pasé dos o tres años. Contaba con una o dos amigas, parecidas a mí, porque las guays siempre estaban en el otro bando. Luego la naturaleza decidió por fin concederme un respiro, crecí unos cuantos centímetros y dejé de parecer una morcilla. No es que me convirtiese en una modelo de pasarela, pasé a ser una chica normal, delgada sin resultar esquelética, y eso sí, con pocas tetas, pero no se puede tener todo, ya estaba bastante satisfecha con el reflejo que me regalaba el espejo cada mañana. Faltaba arreglar el asunto de los granos.
- Bueno, eso se cura con la edad.
- Sí, pero no estaba dispuesta a sentarme a esperar a que los años cumpliesen su cometido, estaba harta de que mi cara pareciese una paella. Entonces mi madre tomó cartas en el asunto y me llevó a un dermatólogo famoso en la ciudad por un método revolucionario que decían era muy efectivo. Pasé seis meses acudiendo a su consulta para someterme a aquel extraño tratamiento. Me ponían una especie de máscara de metal sobre la cara, y me exponía así a los rayos que lanzaba una enorme máquina que debía costar una fortuna por los cuidados que le prodigaba la enfermera. No se si aquello sería muy recomendable pero el caso es que hizo efecto y los granos y marcas que tenía en el rostro fueron disminuyendo hasta desaparecer por completo.
- Y apareció la nueva Gloria.
- Apareció otra Gloria, pero no precisamente la que tu conociste. Aquella Gloria intentó comerse de un bocado todo lo que había tenido que mirar de reojo sin atreverse siquiera a pensar en probarlo. Empecé a ser popular, los nuevos amigos crecían y se reproducían como las setas, los chicos me andaban detrás constantemente y yo me prodigué con un buen número de ellos, me gustaba sentirme deseada, me dejaba magrear sin demasiada resistencia, era lo que se llama una chica fácil, los pretendientes no me duraban mucho, pero no me importaba, había muchos para elegir. Luego llegó Gonzalo.
- ¿Te enrollaste con Gonzalo? Me parecía que había entre vosotros cierta hostilidad pero no pensé que hubiese por el medio ningún rollo sentimental. Nunca me cayó bien, lo sabes. No me fiaba de él.
- Gonzalo es un mal bicho. Sí, me enrollé con él, más de lo que lo había hecho con cualquier otro. Por eso no quiero ir a esa estúpida cena, no me apetece verle el careto, ni a él, ni a ninguno de los otros con los que tuve aquellos escarceos.
- Pero eso es una tontería de adolescentes, Gloria. Cuando te vean sabrán lo que se han perdido, déjalos que rabien.
- ¡Qué cabezota eres, Xuso! Vamos a dormir, anda, déjame que lo piense.

Le doy un beso de buenas noches y le dejo en el sofá terminando su cola-cao. Con eso del rollo con Gonzalo no tengo esperanzas de acabar convenciéndole, pero no puedo contarle la verdad de lo que ocurrió, aquello aún me sigue atormentando, soy tan culpable como él, me manipuló, me engañó, me utilizó para llevar a cabo su venganza, pero quizá podría haber hecho algo para impedirlo, y no lo hice… no lo hice…

miércoles 18 de febrero de 2009

La negra Azucena



La negra Azucena se lleva prendidas todas las miradas.

La siguen los hombres al ritmo que marcan sus pechos altivos, entreabren la boca casi babeante cuando les saluda camino de casa y ellos se imaginan entre aquellas tetas, lamiendo y mordiendo sus duros pezones. También las mujeres siguen sus andares, esas largas piernas, morenas, brillantes, y bajo la tela suave de su falda se entreveen sus nalgas de carne apretada. Les come la envidia.

Ella anda despacio, subiendo con calma la empinada cuesta que lleva a su calle. Sonríe y camina, camina y sonríe, con el alma rota y los pies cansados. Cuando abre la puerta del pequeño cuarto en el que malvive, el negro Basilio ya se ha levantado. Su nariz percibe un ligero aroma a café caliente entre los olores que inundan el cuarto. Se sirve un tazón mientras que Basilio prepara la manta. Hoy hacen mercado en el barrio nuevo, quizá venda algo. No hablan, se miran. Azucena, de pie ante la mesa, piensa que un día de estos trincan a su negro y no vuelve a casa. Basilio a su espalda le aprieta los pechos, restrega su sexo, le besa en el cuello, le empuja con ganas.

Espera mi negro, espera un momento, susurra Azucena, mientras se separa tapando su boca cuando ya Basilio intenta besarla. Aún nota el sabor que dejó en sus labios la última mamada. Se lava a conciencia con la poca agua que sale del grijo, y luego se deja montar por el negro que exhibe su verga dispuesta y ansiosa. La negra está ausente, hoy no siente nada, se le formó un nudo en medio del pecho, como una gran bola hecha de tristeza, de miseria, de asco. El negro se corre. Después se le queda mirando un momento, le busca la boca, y siente al besarla algo muy extraño, un intenso frío que cala los huesos.

Basilio se viste, se para en la puerta, intenta quitarse un presentimiento. Ella le sonríe y le tira un beso, entonces suspira y sale a la calle.

La negra Azucena rebusca en su bolso y con mucho cuidado saca un envoltorio. Ya va a hacer tres meses que el cuerpo no sangra, y antes de los dos, su amiga Felicia, que es un poco bruja, lo vaticinó: mi negra, no busques otra explicación, te preñaron hija, te jodieron bien. Aún de madrugada, cogidas del brazo, fueron a buscar a la seña Petra, una mulatona grande como un buey que dicen que tiene todos los remedios: ungüentos, pomadas, mejunges, hierbajos, bebedizos dulces… con mucho secreto le vendió a Azucena hierbas milagrosas que la harán sangrar.

En un viejo cazo se prepara el agua y cuando está hirviendo echa un puñadito, y otro, y otro más. Mientras que reposa se pone a rezar, hace tanto tiempo que ya ni se acuerda, pero poco a poco viene a su memoría una retahíla de cortas plegarias que cuando era chica, antes de acostarse, solía enunciar. Se toma el brebaje, se mete en la cama y cierra los ojos. La mata el cansancio de todas las noches pateando la calle y casi sin notarlo se queda dormida.

Un grito de angustia la hace despertarse, es noche cerrada, se encuentra muy mal: le duele la tripa, se agarra, se dobla. ¿Dónde está Basilio? Por entre las piernas empieza a notar algo que se escurre, un líquido tibio que fluye despacio mojando las sábanas. Siente las mordidas de un perro rabioso, allí, en las entrañas, la va a destrozar. Se muere de frío, tirita, está ardiendo, se acurruca aún más. El dolor la rinde, se vuelve a dormir.

El negro Basilio no ha tenido suerte, fallaron las cuerdas, se rompió la manta y él echó a correr, pero ya los polis le echaban el guante, no pudo escapar. Llora por su negra que estará esperando presa de la angustia porque no llegó.

Hombres y mujeres, todos cuchichean cuando en la ambulancia, meten la camilla llevando el cadáver que encontró una noche su amiga Felicia, cuando preocupada porque hacía unos días que no la veía, la vino a buscar. La Felicia llora, sentada en el suelo, luego un gran suspiro, se suena los mocos. Ya saca del bolso un pequeño espejo, retoca los labios, se pinta los ojos, se arregla el escote y estira con fuerza de su minifalda. No es tiempo de penas, hay que trabajar.

La negra Azucena se lleva prendidas todas las miradas.

jueves 12 de febrero de 2009

De principios y finales

Dicen que todo tiene solución menos la muerte, y debe ser verdad porque armándose de un poco de paciencia y con la ayuda del paso inexorable del tiempo, los problemas empiezan a parecer menos graves. A veces porque se encuentra la solución adecuada para ellos, y otras porque acabamos adaptándonos a esas situaciones, sobre todo si contamos con el apoyo y la ayuda de los que nos quieren. Y en eso yo tengo mucha suerte.


Y bien, si alguien estaba frotandose las manos pensando que por fin se había librado de mi, ya puede ir quitándose esa idea de la cabeza, porque será dificil hacerme abandonar este patio y ese vicio de torturar con mis historias a los ingenuos lectores que pasan por aquí.


Para corroborar mi afirmación, os dejo un viejo relato que escribí allá por el 2005 (señor, cómo pasa el tiempo) mientras acabo de escribir el último cuento que mi cabecita anda imaginando.


Sed bienvenidos, de nuevo a mi Patio.




De principio y finales

Esta situación tiene que acabar- fue el primer pensamiento de Merche al despertar aquella mañana de principios de verano. Bueno, lo de despertar era un modo de hablar, porque realmente no había conseguido conciliar el sueño, como casi cada noche, desde hacía algún tiempo.

No llegaba a entender cómo podía mantenerse en pie y acudir al trabajo cada día. No dormía, y comía lo justo para no desmayarse, por lo que la ropa se le quedaba grande por momentos. No podía olvidarle, era del todo imposible. Durante el día, miles de detalles la llevaban a pensar en él, y por la noche, su mente no dejaba de imaginar situaciones en las que volvían a encontrarse.
Permanecía allí, postrada en la cama, sin fuerzas par levantarse y empezar un nuevo día. Evocaba, una y otra vez, aquella noche mágica en que hicieron el amor. Sólo una. Él había sido el amante más experto y el más cándido, al mismo tiempo. Pero no era esa la razón por la que su recuerdo no la abandonaba. No. Ya había tenido antes buenos amantes. Era algo inconcreto, que ella se negaba o no sabía nombrar. Era una especie de posesión, como si se le hubiera metido dentro y anduviera corriendo por la sangre, impregnando todas sus vísceras con una potente droga que la hacía padecer un terrible síndrome de abstinencia.

No hablaron de amor, ni de volverse a ver. No hablaron de seguir con esa extraña relación, ni tampoco de acabar con ella. Todo había quedado en el aire, sin promesas ni despedidas. ¿Y qué podía hacer ahora?.

Durante un tiempo, habían seguido hablando y escribiéndose de vez en cuando. Pero, sin ella conocer el motivo, él fue alejándose poco a poco. Sin explicaciones. No hubo ruptura, continuación, ni reinicio.

No podía echarle nada en cara porque, al fin y al cabo, nada se prometieron. Quizá, solo ella se había hecho ilusiones. Ilusiones sin consistencia, fruto de su deseo. Ilusiones que, como un castillo de naipes, cayeron desparramadas con una pequeña brisa que entró por su ventana.

Se mira en el espejo y casi se asusta de su propio aspecto. Sus ojos ya no tienen el brillo que los caracterizaba, ahora están hundidos y rodeados de negras ojeras. Están vacíos y muertos. En su desmejorado rostro, destaca la nariz afilada entre las hundidas mejillas. Se despoja de la bata que la cubre y continúa con su crítica mirada. Esta vez, está dispuesta a enfrentarse con su imagen. Siempre poseyó un bonito cuerpo, con curvas insinuantes, aunque no exageradas, que hacían la delicia de los hombres. Ahora, la delgadez había hecho mella en él: los pechos, que nunca fueron abundantes, aparecían colgantes y sin atractivo alguno; se le notaban las costillas; y sus piernas, que habían sido su orgullo, se veían delgadas en exceso.

Esta situación tiene que acabar- vuelve a pensar, y a falta de un consuelo mejor, se conforma con esta idea que parece fijarse en su mente por momentos...

Se mete bajo la ducha y deja que el agua se lleve por el desagüe las últimas huellas de sus caricias. Eso se imagina, eso es lo que quiere creer. Si pudiera desprenderse de su recuerdo tan fácilmente. Si pudiera abrir su corazón y rociarlo con gel de aroma de jazmín. Si pudiera, luego, apuntar en su centro el chorro de agua ardiente y acabar con cualquier sentimiento. Si pudiera...
Hoy quiere volver a estar guapa, tiene que recobrar su esencia, volver a vivir. Se maquilla despacio, intentando devolver a su rostro la alegría perdida por algún rincón olvidado, pinta de un rojo indecente sus labios carnosos. Abre el armario y elige un bonito vestido veraniego, lleno de grandes flores. Se sube en lo alto de sus sandalias preferidas, aún a costa de partirse la “crisma” en algún traspiés y sale a la calle.

La recibe una claridad cegadora, que hace que rebusque rápidamente en su bolso, las gafas de sol. Y echa a andar, tranquila y serena, respirando el aire ocioso de la ciudad en una mañana de sábado.

Mira, descarada, a la gente con la que se cruza, amparada tras sus gafas oscuras. Hace tiempo que no practica su juego preferido: observar las caras de los viandantes y adivinar su estado de ánimo. Últimamente siempre iba enfrascada en sus pensamientos, caminando como una autómata sin fijarse en nada. Ve una bonita terraza frente a la Alameda y se dirige hacia allí. Se sienta en una mesa dispuesta a disfrutar de un café bien frío.

Se entretiene observando a un anciano con buena planta que ojea el periódico, una joven mamá con dos niños pequeños que se pelean por su batido de chocolate, un grupo de jovencitas que ríen y charlan en voz alta, y cuya conversación le llega entrecortada por el ruido del tráfico de la ciudad, una pareja de enamorados que se come la boca como si sólo ellos habitasen el planeta. Instintivamente desvía su mirada, no quiere recordar.

Sus ojos se posan en un hombre que toma una cerveza en una mesa cercana. Su rostro le parece conocido y empieza a mirarle insistentemente. ¿De qué le conozco?- piensa. Sabe que jamás se equivoca tiene muy buena memoria para las fisonomías, el problema es que muchas veces no logra asociarlas a las personas que pertenecen. Se da cuenta, que él también la está mirando y empieza a esbozar una sonrisa. Él se está levantando de su asiento y se dirige hacia ella decidido. Entonces le reconoce.

- ¡Merche! ¡cuánto tiempo sin verte! ¿cómo estás?.
- ¡Álvaro! No te había reconocido. Lo siento, habrás pensado qué hacía mirándote con tanta insistencia.

Se besan en las mejillas. Álvaro es un antiguo amigo y amante. Tuvieron una relación no demasiado larga: él se enamoró, ella no. Así que, cuando las cosas empezaron a tomar visos de relación más estable, Merche salió corriendo. Durante algún tiempo, él insistió: la llamaba, quería verla; pero ella se negó de forma tajante.

Empiezan a hablar de viejos tiempos, de cómo les ha ido a cada uno la vida, de que estás muy delgada pero guapísima, de que tú también estás muy bien, de que ninguno de los dos se casó. Y mientras, Merche se pregunta ¿por qué se enamora siempre de quien no debe? ¿por qué no quiso a este hombre o a cualquier otro?. Y hace un repaso mental de su vida amorosa, mientras asiente y contesta a Álvaro, casi de forma automática. Piensa que ha tenido suerte con los hombres que la amaron, y ella se dejó querer, pero no se entregó, jamás se dio plenamente. Y la única vez que se enamora es de la persona equivocada. También tenía que tocarle a ella, y la vida se estaba cobrando ahora su precio. Sólo él, el que no puede olvidar, en una noche, borró de su mente todas las noches pasadas y futuras. Se hizo el dueño de su cuerpo y de su alma, y se siente impotente para echarlo de allí.

Álvaro está feliz por haberla encontrado, y ella decide que quizá es otra oportunidad que le brinda esta puta vida. En su interior, sabe que no es esa la solución, pero quiere sentirse amada, quiere saberse importante para alguien.
Deciden comer juntos y seguir recordando...

Y recuerdan. En el apartamento de Álvaro, ella vuelve a sentir sus suaves caricias, expertas y certeras, vuelve a percibir esos labios, esa boca ya olvidada, recorriendo su cuerpo, adueñándose de nuevo de sus recovecos, de su olor y sus jugos. Se siente recorrida por las corrientes de deseo, que como ríos desbocados confluyen en su centro vital, en el punto en que estalla el placer. La traspasa el amor que ese hombre siente por ella y le embarga la tristeza. No puede, no puede amarle.

Y está tendido a su lado, feliz, ignorante de los pensamientos que cruzan por la mente de Merche, que no ha podido dejar un momento de pensar en él, en el que no la abandona ni por un momento. Sintió miedo de pronunciar su nombre en el momento del orgasmo. Y calló. Se obligó a permanecer muda, jadeando, pero sin pronunciar palabra alguna. Se pregunta si es tanto lo que ella pide. No quiere promesas ni palabras de amor, sólo que le diga lo que siente, que le hable de sus miedos y de sus sueños. ¿Por qué le resulta tan difícil? Es, como cuando le haces a alguien un regalo, ilusionada, y el obsequiado lo abre, lo mira... y calla. Y el obsequiante se queda esperando expectante. Entonces, llegan las cavilaciones y como un detective analiza las pistas: un gesto, una sonrisa, una mueca. A veces, cuando se siente optimista, piensa que sí, que algo sentía por ella, que volverá a dar señales de vida, que la llamará. Otras, en los días grises, pierde toda esperanza y se maldice por capulla y gilipolla, y se pierde por negros túneles donde no luce el sol, mientras deja que la apatía se apodere de su alma.

Merche ha vuelto a casa, después de despedirse de Álvaro y quedar en llamarse. Enciende el ordenador y mira el correo: nada. Tampoco está conectado. Como una tonta vuelve a ojear el teléfono, con la liviana esperanza de no haberlo oído sonar. Se engaña, claro, y ella lo sabe.
Se queda sentada en la silla, con la vista fija en la pantalla, esperando quizá un milagro. Se acabó, piensa, voy a apagar este trasto y olvidarme de él. Le tiembla el pulso, pero está dispuesta a hacer. Y el corazón le da un vuelco cuando el cartelito le anuncia que acaba de conectarse. Al momento la ventana de conversación aparece con un “Hola”. Merche se queda mirando la palabra mágica y sabe que todo empezará de nuevo, mientras por centésima vez escucha una de sus canciones preferidas:

Ya estoy curado, anestesiado,ya me he olvidado de ti...Hoy me despido de tu ausencia, ya estoy en paz...Ya no te espero, ya no te llamo, ya no me engaño.Hoy te he borrado de mi paciencia,hoy fui capaz...Desde aquel día en que te fuiste,yo no sabía que hacer de ti.Ya están domados mis sentimientos.mejor así...Hoy me he burlado de la tristeza,hoy me he librado de tu recuerdo,ya no te extraño, ya me he arrancado,ya estoy en paz...Ya estoy curado, anestesiado,ya me he olvidado.
Te espero siempre, mi amor,cada hora, cada día, cada minuto que yo viva...
Te espero siempre, mi amor...Te quiero... siempre, mi amor...Se que un día... volverás...No me olvido y te quiero...
Te quiero siempre, mi amor

“Hola”, responde. Y sabe que su vida, como la canción, es una total contradicción.


miércoles 28 de enero de 2009

Esta madrugada - Amaral

Sólo un poco de música en una noche triste.

jueves 15 de enero de 2009

Ausencia


(Imagen: La Silla de Van Gogh)
Durante un tiempo, que espero sea corto, asuntos familiares me obligan a ausentarme. Mi deseo es encontraros aquí a la vuelta, mientras tanto podéis ser felices... si os viene de gusto.

domingo 11 de enero de 2009

Siempre puede ser peor (Autor: K)



(Otro desenlace escrito por K, para la historia "Desesperación" Gracias, maestro, por asomarte a este patio y regalarme tus letras)


— ¡Tú, pringao, dame la pasta!

No tendrá más de diecisiete... Sí, un crío, pero no le tiembla la mano, hijo de puta, cómo aprieta ese revolver ¿De dónde…? El níquel del cañón, del tambor, del gatillo montado, brilla con la luz de las farolas. Hijo de puta, un crío pero si doy un paso seguro que me deja seco ¡Seco! ¡Sí, seco! Pues ya que yo no tengo cojones, que sea este mocoso el que haga el trabajo sucio. Entre el arma y él sólo tres pasos. Coge aire. Embiste. El miedo se esconde bajo la rabia. ¡Vamos, chico, vamos! Pero el muchacho no dispara, se desorbitan sus ojos, da un paso atrás, otro, otro, mira hacia los lados. El adulto está como loco ¡Hijo de puta…! ¿Qué haces? ¡Vamos! sólo se fija en el cañón, se le echa encima, le agarra. Forcejean. ¡Serás… tu tampoco tienes cojones… cabrón! Se escucha un disparo. Las convulsiones del chico, ya boca arriba en el suelo, son cada vez menos aparatosas; hasta que queda inmóvil. Sólo conserva la mitad de la cara ¿Y el revolver? El adulto se mira la mano. ¿Pero cómo…? El hueco del cañón aún humea. Lo mira. ¿Cómo…? ¡No puede ser! ¿Cómo…? ¿He sido yo? Se agacha. Pone dos dedos de la mano libre en una de las muñecas del muchacho. Nada. Nada. Se fija, son pequeñas, los dedos suaves, sin callos. Pero si era un crío, un puto crío de diecisiete años, un puto… sin cojones, como... ¿Y yo; en qué estaría pensando yo para…? ¿Y ahora…? ¿Qué hago? Mira a su alrededor. Es tarde, no se ve a nadie. El cielo está raso, a pesar de las luces de la ciudad esta noche se aprecia lleno de estrellas. Lo mira. ¡Dios! ¿Qué hago? Ayúdame. ¡Dios! Mi mujer… ¡Qué lío! ¿Qué disgusto cuándo…? Mi hijo. Y sí… Nadie lo ha visto. Vuelve a mirar. Pero no. No ¿Cómo olvidar…? Mira lo que queda de la cara del muchacho. Mejor… La pistola. Se la acerca a la sien. ¡Vamos, vamos! ¡Cabrón, vamos! ¡Vamos! Pero nada.

— ¡Policía, quieto, deje el arma en el suelo, tranquilo, ponga sus manos en la nuca!

Él obedece y el cañón del revolver rebota contra los cantos del suelo.
Puta vida. Ahora a aguantar lo que caiga. Una última mirada al muchacho mientras un policía le sujeta los brazos atrás y le esposa. Y el recuerdo. Y mi esposa. Y mi hijo. Qué disgusto cuando… A unos pasos de él el revolver sigue tirado en el suelo. Nada. En este puto mundo sólo hay dos, los que son capaces de pegarse un tiro y los que no. Ahora a aguantar lo que caiga. Y con buena cara. Seguro que las cosas aún podrían ir peor.

sábado 10 de enero de 2009

Desesperación


Apoyado en la barandilla de la azotea, deja vagar su mirada por la solitaria avenida por donde, de tarde en tarde, se deja ver algún automóvil a toda velocidad. Son las cuatro de la madrugada y no sabe muy bien por qué ha subido allí, quizá para sentirse más cerca del cielo. Mira hacia arriba, hacia esa oscura inmensidad en la que brillan algunas estrellas. Intenta imaginar al dios en el que le enseñaron a creer desde que era un niño. Y le ve, le ve reírse de él, una risa cruel y despiadada. ¿Por qué? Pregunta en silencio. Él siempre ha sido un buen hombre. Se ha pasado la vida trabajando como un esclavo desde que, con catorce años, murió su padre (es otra de las cosas que tiene pendientes con ese dios), y se convirtió de la noche a la mañana en el padre de todos: de sus cuatro hermanos y hasta de su madre. Él era un chico responsable. Malditos. Trabajó y trabajó sin descanso, por la mañana en un sitio, por la tarde en otro. Estaba ya casado cuando se propuso ir a la Universidad, y sin dejar ninguno de sus trabajos, logró sacar la carrera. Se paso años durmiendo sólo tres o cuatro horas diarias. Y nunca salió de su boca una queja. Mientras, seguía ocupándose de todos. Cuando alguien de su familia tiene un problema acuden a él. A sus cuarenta y siete años acaba de darse cuenta de que su vida ha estado llena de la vida de los otros. Nunca ha hecho nada que le llenase a él plenamente. Ahora tiene una casa, una buena posición social y profesional, un gran coche, y algo de dinero ahorrado. Tiene esposa y dos hijos. Tenía dos hijos. Esta mañana enterró a uno de ellos. Diecisiete años, un golpe tonto y sin sentido con la moto, dos semanas luchando entre la vida y la muerte, y luego… nada.

Tiene ganas de gritar mirando al cielo.

Y no entiende nada. Le han estado engañando siempre. Y él, como un pardillo, ha creído en ese dios justo y todopoderoso al que rezaba. Ahora está perdido porque no tiene ningún punto de apoyo, no sabe de dónde agarrarse. Y no puede pedir ayuda a nadie porque todos dependen de él. Tienes que ser fuerte, eso es lo que le han estado repitiendo todo el día. Pero él ya no es fuerte, está derrotado. Por primera vez se ha dado cuenta de la enorme piedra que lleva sobre las espaldas y lo está aplastando. Sabe que acabará pegado en el suelo como un chicle.

Mira al vacío. La tentación es fuerte. Y por un momento, una sensación de paz le invade. Sería bueno descansar, sentirse ligero… terminar. Pero toda una galería de rostros queridos pasa por delante de sus ojos. Manos que se agarran a su camisa y a sus pantalones, manos que le atrapan.

Malditos.

Lanza la colilla del cigarro que estaba fumando. Ha vuelto otra vez a caer en el vicio. Y vuelve a casa. Su mujer está arrodillada, rezando, llorando. Y él siente un odio salvaje, casi incontrolable. Tiene deseos de estrangularla con sus propias manos.

Coge las llaves del coche y sale sin apenas hacer ruido. Vomita mientras baja corriendo las escaleras, manchándose la camisa y dejando un reguero mal oliente a su paso. Cuando se sienta ante el volante, respira profundamente, arranca, y sale disparado a la avenida.

Está llorando y ya no siente esa opresión en su pecho, ese peso en los hombros. No sabe a dónde va, ni tampoco si volverá.

Quizá esta noche sea un mal hombre y cometa alguno de esos pecados que le lleven directamente al infierno. Quizá se haga merecedor de la ira divina. A ver si ese dios todopoderoso tiene cojones para mandarle un castigo mayor. A ver si puede.

Querido diario (Autores: Kluzkl, Después y Desordenada)

Hoy quiero colgar otro de los cuentos escritos a varias manos. En esta ocasión el pistoletazo de salida lo dio KLUZKL que tantas y tantas veces nos retó haciendo que despertásemos de esa especie de letargo en el que parecía encontrarse nuestra imaginación. Él mismo le puso título:




Querido diario



(Imagen: Ana Chavarri)
Kluzkl escribió:

¿Sabes? Ayer debió de llegar alguien a ocupar la parte de arriba del chalet. He visto ropa tendida. No sé, el mes pasado cuando vino el propietario a cobrar no me dijo nada. Pero es una sensación agradable: saber que hay alguien ahí arriba. Esta casa es tan vieja que cruje todo y parece que rondan fantasmas, y está tan apartada… Te tengo a ti pero... aún así ahora me siento menos rara.

Es una señora, una abuelita muy dulce, ayer cuando vi tendidas las enaguas no me lo podía creer ¿Todavía se usan esas cosas? Hoy hemos coincidido en la puerta. Hola joven, me dijo, es usted muy mona, bien, soy su nueva vecina, esto…no será usted de esas que se traen a sus amigos, o a sus novios, y están haciendo ruidos hasta las tantas, es que… ¿sabe, joven? yo me acuesto temprano, nunca más tarde de las ocho, y tengo el sueño ligero, y...La pobre hablaba con tanto desparpajo que no me dejó ni meter baza. Pero es muy simpática, me cae bien.

Problemas: como ya sabes trabajo en un club y mi turno es de diez de la noche a siete de la mañana. Y lo que no me dijo la ancianita es que ella se levanta al amanecer Dios, y lo primero que hace es poner sus vinilos de Antonio Machín, de Manzanero, de Los Panchos… a todo volumen. Y ahí los tiene todo el día, hasta que se va a dormir, que es cuando yo me preparo para salir de casa.

Hoy subí a hablar con ella antes de acostarme y me dijo ¡Ande usted, joven, no sea exagerada, cómo se va escuchar desde su piso mi tocadiscos! pero está bien, para que luego no diga lo pondré más bajito, y me voy para dentro, que se me están haciendo las lentejas, y tengo que vigilarlas, no sea que se me peguen. No pude pegar ojo.

Si la abuela ha bajado el volumen del tocadiscos, habrá sido tan poco que ni se nota.

Hoy volví a subir y le dije que por favor bajara un momento y vería. Me dirigí a ella llamándola abuela y se enfado mucho, me dijo que ella no era tan joven como yo, pero que no por eso tenía que perder el respeto, que muy al contrario. La pedí disculpas, varias veces, hasta que se calmó. Luego insistí que bajara y ella ¡Hala, hala, joven! Que ustedes los jóvenes lo tienen todo solucionado, pero yo tengo muchas cosas que hacer. Y me dio con la puerta en las narices.

Hoy volví a subir y no me abrió, pero la oí murmurar detrás de la puerta, y mirar por la mirilla. Luego la llamé por teléfono, varias veces, y no lo cogió. Y estaba: su tocadiscos.

Hoy la vieja si me descolgó y, sin esperar a que yo dijera nada, me dijo: joven, estoy en mi parte de la casa, y como siga molestándome voy a llamar al propietario, y luego a la policía. Y me colgó.

Como esto siga así, no tendré más remedio, la que ira al propietario seré yo.

El propietario nunca está en su despacho, o está ilocalizable.

La policía me dijo que ellos ahí no tenían nada que hacer, que siguiera insistiendo a la vieja, con buenas palabras, y a ver si la convencía
¿Convencer a ésa? ¿Cómo?

¿Cómo? ¿Cómo?

Tengo que dormir, si sigo así más tiempo mi salud se resentirá, irreversiblemente.

Voy por la calle, en El Metro, en los autobuses, como sonámbula.

Me empiezo a quedar dormida encima de la barra, menos mal a las otra que me tapan, si se enterará el dueño...

Hoy un cliente me invitó y me dormí alternado. Llamó al dueño. Se lo intenté explicar pero me dio un ultimátum: es tu problema, o lo solucionas, o te abres, tú verás.

A pesar de tomar estimulantes empiezo a no poder con los párpados.

Hoy hubo un momento que las luces de la barra me daban vueltas, tiré la bandeja encima de unos. No sabía dónde estaba.

Me cuesta escribir.

Me cuesta razonar.

El dueño me ha dado un par de semanas de vacaciones y me ha dicho que cuando vuelva si sigo igual a la calle.
Durante estas dos semanas voy a poner a las ocho todo lo que tengo y a todo lo que mi equipo de música de. Se va a enterar la puta vieja esa.
Después escribió:

Dejé todas las persianas bajadas y cerré todas las ventanas cuando llegué a casa hace dos horas. Sabía que no sería suficiente. Hace un momento empezó ha sonar otra vez. Como todos los días. Mi pesadilla se repite y no tengo dónde esconderme. Necesito dormir, voy a volverme loca.

Los pasos de unos zuecos con suela de madera recorren el techo entre acordes de guitarra a todo volumen. Dicen Los Panchos, atronadores, que lo dudan. Yo lo tengo muy claro, no puedo seguir así.

Tumbada en la cama miro al techo, es demasiado fino. Harían falta muchas capas de bovedillas rellenas de fibra para evitar que esa horrible música se colase en mi habitación.

¡Dios mío, necesito dormir! Tengo que volver a subir y pedirle a esa vieja que baje el volumen. Sé que hará como las otras veces, dirá que soy una quejica, que no es para tanto, como ella está sorda no se da cuenta de la que tiene liada. ¿Quién puede ayudarme? Aquel policía creía que yo estaba drogada al ver mis ojeras, que era de día y había más ruido por todas partes, dijo. Subieron a hablar con ella y bajaron comiendo sus galletas.

Tengo que acabar con esto. Pero antes va a saber lo que es bueno, voy a pagarle con la misma moneda. Voy a trepar por la celosía, en cuanto anochezca, seguramente la lejía no le gustará a sus geranios, eso, seguro que aparecerán mustios mañana. Y el periquito… ese puto periquito. Las jaulas se caen por accidente, puede soltarse la alcayata por el peso, incluso se abren cuando llegan al suelo y si hay supervivientes… si hay supervivientes, se escapan y no vuelven. Sí. Y la ropa. La ropa recién tendida se mancha de polvo si el viento sopla con fuerza. Quizá esta tarde empiece a soplar el viento. Quizá yo ayude un poco a ese polvo, si no hay viento, a pegarse en esas blancas sábanas. Tengo que concentrarme y pensar. Malditos Panchos y su bandurria y ese Si tú me dices ven. Tengo que acabar con ella.

...Tengo que pensar la manera de sacarla de aquí de una vez por todas.
Desordenada escribió:

Al fin he podido dormir, y pensar, sobre todo pensar en lo que voy a hacer con la puta vieja. Esta mañana recorrí la ciudad hasta que encontré lo que buscaba, me ha costado lo mío, ya lo creo. Me hice con unos cascos de esos que utilizan en las cabinas de tiro y nada más llegar a casa los probé, me los puse y me tumbe en el sofá. De pronto, desaparecieron los Pachos, Machín y su puta madre, el único problema es que tengo que dormir tendida de espaldas, pero no importa, es sólo temporal hasta que me deshaga de ella. Me he despertado mucho más despejada y así he podido razonar con calma.
Mi madre siempre me decía que para dominar a alguien lo mejor es obtener antes toda su confianza, conocer sus secretos, sus circunstancias, ese es el verdadero poder, la única forma posible de vencer al enemigo. Y ella era una experta… algún día te lo contaré, querido diario.
Anoche puse en marcha mi plan. Subí y llamé a su puerta, la muy puta no quería abrirme, pensaba que iba otra vez a montarle la bronca, pero le dije muy suavemente a través de la puerta que necesitaba un poco de sal, es un recurso muy socorrido. Abrió de mala gana. Señora, le dije, en realidad venía a pedirle disculpas, me he portado muy mal, estaba nerviosa y, compréndame, hace mucho tiempo que vivo sola… perdóneme, por favor, dos vecinas que somos no vamos a estar mátame y te mataré… Yo, mientras, lucía mi más dulce sonrisa, ésa que utilizo para camelar a los clientes del club, la vieja se ablandó y me hizo pasar mientras ella iba a buscar la sal. Estuve dando un vistazo al salón, está todo lleno de fotografías de cuando era joven, ataqué por ahí, me deshice en elogios a su belleza, y mostré una sana curiosidad por la cantidad de cachivaches que tenía desperdigados por todos los muebles. Le tiré bien de la lengua. A lo que se ve, fue vedette de una pequeña compañía, de las del montón porque no consiguió triunfar, pero debía ser algo ligera de cascos porque tuvo unos cuantos amantes a los que les sacó los cuartos, aunque no consiguió que ninguno de ellos la llevase al altar. Está sola. Me ofrecí para cualquier cosa que necesitase, son malos tiempos para las mujeres que vivimos solas, le dije, y siempre viene bien tener cerca de alguien de confianza.
Me he pasado todo el día vigilando sus movimientos, es muy importante conocer sus costumbres. A los viejos les gusta la rutina diaria. Se levanta muy temprano y abre todas las ventanas, la manía de airear la casa... y la música a toda caña. Estuve haciendo tiempo, como una hora, y subí a llevarle un trozo de bizcocho. Se quedó muy sorprendida. Estaba limpiando la jaula del pajarraco y poniéndole la comida, me dijo que después de limpiar un poco la casa, esa era su primera ocupación. Sobre las diez de la mañana salió a comprar, volvió a las doce. Come temprano y se pasa la tarde en casa.
Hoy, cuando la oí salir, la espié por la ventana hasta que desapareció al doblar la esquina, luego subí la escalera y abrí su puerta. Un cliente del club me enseñó a hacerlo con una tarjeta de crédito. Me fui directamente a la jaula del periquito. Ha venido a llamarme, estaba histérica, que si yo había oído algún ruido, que seguro había entrado alguien en casa, que su Fermín había desaparecido. Subí con ella mostrándome preocupada. La puerta de la jaula estaba abierta, encima de la mesa: el paquete de comida, el comedero y el bebedero. Le insinué muy suavemente que a lo mejor se le olvidó terminar de limpiar la jaula y el pobre animal se había escapado. Al principio se puso hecha un basilisco, pero conseguí que empezase a dudar. Es fácil que eso ocurra, le dije, tenemos tantas cosas en la cabeza…
Estoy ganando la batalla y tengo que confesarlo, cada vez me gusta más este juego. La vieja está empezando a parecer una loca o una enferma. Ayer le puse un puchero de agua al fuego y cuando llegó casi le da un ataque pensando en lo que podía haber pasado, le cambio las cosas de sitio, meto en su nevera carne o pescado podrido, tiro a la basura sus medicinas… Se ha puesto tan pesada llamando a la policía para denunciar que entran en su casa, que ya no se molestan en venir a ver qué ocurre. Ya me he encargado yo, cuando me preguntan, de insinuar que la pobre está perdiendo la cabeza.
Kluzkl escribió:

No puedo dormir. Tiene su gracia: ahora no duermo por no dejar de pensar en la vieja. Creo que se me fue la mano. Pobre vieja. Ahora siempre hablando sola, por el día. La oigo por la noche cuando me despierto ¡Eh! Llora. Y no para de llorar. Lleva varios días sin poner el tocadiscos, sin salir a la calle ¿Comerá algo? Mira que si por mi culpa... aunque si ella no hubiera sido tan cabezona... Pero es vieja. Y los viejos se vuelven raros. Muy raros. ¿Quién sabe lo que nos volveremos los demás? Lo mismo... ¡Eh! ¡Es la vieja! Cómo llora esta noche. Ahora preferiría Los Panchos y a Machín que a sus lloros. Sí. Se me ha ido la mano con la vieja ¡Pobre! Es vieja. Y con tan mala leche como mamá cuando joven. Qué carácter tenía mamá de joven. Lo mal que nos llevamos cuando yo era chica... nos pasábamos las temporadas muertas sin hablarnos. Cuántas veces deseé su muerte. Aunque no tantas como deseé la mía propia. Morir. ¿Cuándo empecé a verlo como una salida? No sé, pero sería muy chica. El sol salía, sí, digo yo que saldría, pero... ¿Y la lluvia, y los colores, y los trasluces, cuántos soles me perdí? ¿Cuántos años caminé como por dentro de un asqueroso desagüe? Pobre mamá. En cierto modo ella forjó mi carácter, mis... Ella me hizo así. Sé que sin darse cuenta. Pero me enseñó a desconfiar de todo y de todos. A odiar la vida a través del desprecio que me hizo sentir por mi misma. Sí, mamá, sin querer. Sé que lo hiciste sin querer, pero ahora a ver quién me arregla. Sí, mamá, nunca te lo dije pero sin querer fuiste una hija de puta. Sí. Una hija de puta. Hija de puta… la vida. La puta vida. Mamá ¿Por qué tuvo que venirte el parkinson, la artrosis, el relajo...? Tu risa floja. Al final te reías de todo y todo lo que yo te decía te parecía fantástico. Hijita. Hijita. Con qué cariño al final me decías hijita, y no dejabas de abrazarme, ni de besarme ¿Por qué no lo hiciste cuando yo era una niña? Te necesitaba. Entonces necesitaba tu cariño igual que una bocanada de aire ¿Por qué tuvo que venirte toda esa mierda de la vejez para que me enseñaras a amarte? A amar. A amar… cuando yo ya no podía amar. ¿O fue tu fuerza de voluntad, ver el amor con que cuidabas a papá: él ya casi no se movía, y tú le llevabas de la cama a su sillón y del sillón...? Con qué parsimonia le quitabas la caca, le lavabas, le curabas las pupas, le cubrías luego de agua de colonia. Y por la noche siempre pendiente de si él se despertaba, por si quería orinar, o se cagaba o algo. Siempre pendiente de que a papá no le faltara nada, ése era tu afán. Y no parar de moverte a pesar de tu artrosis, de la perdida de vista... Tú no te preocupes por nosotros, hijita, yo me ocuparé de papá, tu tranquila, tú vete por ahí, disfruta de tu mes de vacaciones, o vete con el novio — ¡Uy, yo novio, acabáramos!— Hijita, vete dónde te tengas que ir, que nosotros estamos bien, vete, yo me encargo de papá ¿Por qué tuvo que venir...? ¡Eh! Y la de arriba no para de llorar. Como siga así va a caer enferma de verdad. Hoy la subiré un caldito. Ayer volví a subir a su casa y aquello empieza a oler a cochiquera y, lo que más me asusta, a ataúd ¡Eh! No para de llorar. Vaya nochecita… la vieja empeora por momentos ¡Eh! Parece la puerta de su terraza. Sí, está en la terraza. Con el frío que hace ¿A dónde ira ahora? Va a coger un enfriamiento. Me voy a levantar. Calentaré un poco de leche y se lo subiré ahora mismo. A ver si la tranquilizo ¡Eh! Y ese golpe. Ha sonado como si algo hubiera caído a la calle, justo delante de la terraza ¡No! ¡Por favor! ¡Por favor, por...! Una maceta. Es sólo la maceta de sus geranios secos. Menos mal. Menos mal. La leche. La le... unas galletas. Sí, sí, unas galletas. Y... ¿Qué más, qué más? ¡Ah sí! ropita limpia para su cama. Jabón. Colonia. No para de llorar. Y sigue en la terraza. Tengo que subir, tengo... Llora. Llora. Perdón, perdón. Pobre vieja. A partir de hoy voy a cuidarla. La cuidaré cómo... va a ser como si aún viviera mi mamá.

jueves 8 de enero de 2009

Ginés, yo y otras circunstancias (Final)

Preparé café bien cargado, no tenía el cuerpo como para ingerir más alcohol, y lo único que me apetecía de verdad era meterme en la cama y dormir. Después de un rato conversando sobre banalidades y cuando empezaba a pensar en echarles de mi casa con cajas destempladas, mamá vino en mi ayuda: deberíamos irnos, ya es muy tarde ¿querrás acercarme a casa, Gines?. Antes de que el interpelado o yo pudiesemos articular palabra, papá se brindó a acompañarla muy gustosamente: yo te acompañaré, querida, deja a los chicos que descansen. No, papá, no te preocupes, le dije intentando devolverle a mi madre el favor, a Ginés no le cuesta nada llevarla. Que no, hija, además quiero hablar con tu madre en privado, debo consultarle algunos asuntos de la casa, cuando quieras podemos irnos, y se levantó galante cogiendo el abrigo de mamá y ofreciéndose para ponérselo. No nos dejó otra opción, imposible inventar alguna excusa creíble, así que nos dimos los besos de rigor y se marcharon. En cuanto cerré la puerta, me encaré con Ginés y apuntándole con el dedo le advertí: Dales diez minutos y ya te estás largando. Vaya, respondió, parece que tengas miedo a quedarte a solas conmigo. No tenía ganas de contestarle, y por toda respuesta me metí en la habitación y cerré la puerta por dentro. Cuando salí con el pijama y el batín puesto, él había cogido uno de los albumes de fotos que llenan todo un estante de la librería. Parecía ensimismado ojeando aquellas fotos y cuando me acerqué vi que se trataba de uno de los que recogían las imágenes de los años del instituto.

Se nos pasó la noche recordando viejos tiempos, riendo ante los rostros adolescentes que nos miraban desde las páginas del álbum. Nunca antes me había dado cuenta, pero Ginés aparecía muy a menudo entre nosotros. ¿Por qué siempre andabas en el medio si no formabas parte de nuestra pandilla? Recuerdo que nos pasábamos la vida echándote de nuestro lado, no te admitíamos en nuestros juegos, ni en nuestros secretos, ni siquiera en nuestras travesuras… no me lo explico. Es muy fácil, me contestó, ¿te acuerdas de Martita? sí, claro que me acuerdo, era una de las más populares del grupo, Marta Cortés, creo que tonteó con medio equipo de futbol y parte del de baloncesto. Pues es mi prima, y además su padre trabajaba a las órdenes del mío, así que mi madre le hacía chantaje a la suya, o Martita me integraba en su grupo de amigos, o de lo contrario mi madre dejaba de invitar a mi tía a las reuniones que organizaban las damas de postín. Yo procuraba pasar desapercibido, prosiguió, sobre todo para no atraer vuestras burlas y ser el blanco de las bromas pesadas del guaperas de turno, pero siempre me las apañaba para merodear a vuestro alrededor.

No, esa noche no hubo sexo, hablando de aquellos años y casi sin darnos cuenta acabamos dormidos en el sofá, mi cabeza apoyada sobre su pecho y los dos en tan mala postura que a la mañana siguiente parecíamos dos viejecitos reumáticos y entumecidos.

Lo mío con Ginés estaba cantado.

Pero no por los enrevasados argumentos de mi psiconalista que sólo pretende sacarme los cuartos como yo muy bien imaginaba, si no por el complot urdido por mis amados progenitores, con el beneplácito de Ginés, y del que me enteré hace apenas unas horas. Sólo pensaban en mí, argumentaron, tenían que hacer algo para que me decidiese de una vez por todas a comprometerme en una relación, y Ginés era el candidato perfecto. Papá estaba convencido de que dándome la oportunidad de conocerle acabaría gustándome y se les ocurrió la brillante idea del falso romance entre él y mi madre. Tengo que admitir que me conocen bien y no se equivocaron, ese hombre ejerce sobre mi un poder de atraccion que hacía mucho tiempo que no sentía. Ellos siguen separados pero mantienen una buena relación, mejor que la que tenían cuando estaban casados, aseguran. Y yo, después de desahogar furiosa la rabia por sentirme engañada y cubrirles a los tres farsantes mentirosos de una nutrida y variada colección de improperios, decidí al fin aceptar que quizá lo mío con Ginés tenga futuro.

Y espero por el bien de papá y mamá que lo tenga, o tendrán que pasarse la vida escuchándome culparles de mi desgracia… malditos entrometidos.

(Hoy el sistema no me dejó subir imágenes, un error del sistema, dice, mañana lo subsano, hoy se queda como está... buenas noches)

viernes 2 de enero de 2009

Ginés, yo y otras circunstancias (Siete)


(Imagen: Ané)

No, mi padre no se había enterado del romance entre la mujer que fue su esposa a lo largo de todos aquellos años, y uno de sus empleados más apreciados. Lo supe el día en que a mis queridos progenitores se les ocurrió la brillante idea de obsequiarme con una visita sorpresa, por separado, claro. Era la víspera de Reyes y fue mamá la que llegó primero, por supuesto acompañada de Ginés. Por pura casualidad esta vez no me sorprendieron con la bata puesta, yo acababa de llegar a casa después de la comida anual de Mujeres Abandonadas Viviendo Tan Ricamente, una asociación sin ánimo de lucro a la que me arrastraron aun en contra de mi voluntad, la traidora amante de mi ex marido y mi ex cuñada también recientemente abandonada. La dichosa comida me había producido un ligero dolor de cabeza, en parte por el vino que había ingerido, y en parte por aguantar durante tres horas las mismas quejas e historias de siempre. Realmente no entendía por qué se empeñaban en recordar una y otra vez la putada perpetrada por sus antiguas parejas en lugar de disfrutar de su nueva situación de independencia.

Llegué a casa dispuesta a relajarme y a pasar la tarde leyendo un interesante libro que tenía a medias, bien acomodada en el sofá, pero aùn no me había quitado los zapatos cuando llamaron a la puerta. No pude reprimir un gesto de fastidio cuando al abrirla me encontré con la pareja. Hija, últimamente parece que estás siempre de mal humor, me dijo mamá al percibirlo, te estás convirtiendo en una solitaria triste y aburrida. Mejor eso que una anciana patética enamorada de un jovencito, pensé con mala baba, y me mordí la lengua para que mis palabras no se escapasen como dardos envenados, era mi madre, al fin y al cabo. Ginés me besó ligeramente en las mejillas y me deseó un feliz año, y los dos tomaron asiento en el sofá sin esperar a que les invitase a hacerlo.

Está bien, me dije, no cuesta nada ser amable, aguántalos un rato e inventa luego cualquier excusa para que se larguen. ¿Os apetece tomar algo? Pregunté con mi mejor sonrisa, y una vez me dijeron lo que querían me marché a la cocina a prepararlo.¿Pensabas salir? Preguntó mamá desde el salón. Me lo puso a huevo, sí mamá, estaba terminando de arreglarme, he quedado con unos amigos para salir a dar una vuelta, luego cenaremos y seguramente iremos al teatro, inventé sobre la marcha.

No acababa de servir las bebidas y sentarme, cuando sonó de nuevo el timbre. ¿Esperas a alguien? Volvió mi madre a preguntar. No, no se quien puede ser, dije mientras me dirigía hacia la puerta. ¡Sorpresa! Gritó papá cuando le abrí. Pero el sorprendido fue él cuando al dirigir la mirada hacia el salón se encontró con mamá allí sentada. Noté como mi padre hinchaba el pecho y metía el estómago, antes de entrar en casa pavoneándose como un perfecto macho.

¡Hombre, Ginés! Esto sí que es una sorpresa, no esperaba encontrarte aquí, en casa de mi hija ¿puedo saber a qué se debe esta agradable coincidencia? Durante unos segundos que a mí me parecieron eternos todos nos quedamos en silencio. Barajé mientras algunas posibilidades: mi padre estaba haciéndose el inocente, o realmente estaba en la inopia. La respuesta de mamá me confirmó que se trataba de lo segundo: Está visto que sigues como siempre, sin enterarte de nada, Ginés es el NOVIO DE TU HIJA ¿no lo sabías? Casí me atragando otra vez con el vino. Instintivamente Ginés y yo nos miramos intentando disimular nuestra sorpresa. A punto estaba de intervenir y echar por tierra la mentira de mamá cuando reparé en la mirada alegre de papá que vino hacía mí y me abrazó con fuerza. Enhorabuena hija mía, decía mientras me estrechaba entre sus brazos, me alegro mucho por ti, te mereces un hombre como Ginés. Yo le aprecio mucho ¿sabes? Y estoy seguro de que sabrá hacerte feliz. Luego, dirigiéndose a mamá y contento como un niño propuso que para celebrarlo nos fuésemos los cuatro a cenar.

La madre que parió a mi madre, en menudo lío nos había metido a todos, pero sobre todo a ella misma que no sabía por dónde salir para rechazar la proposición de papá. Bien, me dije, a ver qué coño te inventas ahora, con lo fácil que hubiese sido decir la verdad. Me parece una idea genial, papá, hace mucho tiempo que no pasamos un rato los tres juntos ¿no te parece mamá? Ginés y yo no teníamos nada previsto para esta noche, dije de forma inocente, regocijándome interiormente al ver los apuros que estaba pasando. Ginés se debatía entre echarle un cable a mamá y la curiosidad por ver cómo terminaba aquello. No se hable más, dijo papá quitándose la chaqueta y sacando del bolsillo su teléfono móvil, voy a llamar al restaurante para reservar una mesa para cuatro ¿me sirves una copa, nena?

Me sorprendió oir a Ginés diciendo que venía a yudarme. No está bien hacerle esto a tu madre, me recriminó en cuanto nos encerramos en la cocina. Ya, respondí, y follar con su hija a sus espaldas, está que te cagas ¿no?. Eso es otra cosa, además eres tú quien me provocas. Serás mamón cabronazo, ya me he dado cuenta que para ti es todo un sacrificio… ¿qué haces ahora manoseándome el culo? Pero me hizo callar metiéndome la lengua hasta la campanilla. A pesar del temblor de piernas que empezaba a sentir, hice acopio de todas mis fuerzas y me lo quité de encima de un empujón, justo cuando mi madre parecía empezar a impacientarse ante nuestra tardanza ¿necesitáis ayuda? le oí preguntar desde el salón y hubiese jurado que su tono de voz estaba cargado de ironía.

La cena no estuvo mal después de todo, parecía que los cuatro nos habíamos identificado con el papel que nos tocaba representar y la pasamos conversando y riendo como cualquier familia en la víspera de Reyes. No era un mal regalo ver a mis padres otra vez juntos, hablando sosegadamente, recordando incluso otros días como aquél y mirándose de vez en cuando con los ojos de antes, de cuando estaban enamorados, de cuando eran un matrimonio feliz, o al menos a mí me lo parecían, a pesar de tía Margarita o de alguna otra conquista de papá. Al salir del restaurante volvimos a mi casa ante la insistencia de Ginés, metido de lleno en su papel de novio de la niña, para tomar la última copa.
(Ya se, ya se que no tengo remedio... las historias se alargan cuando me siento ante el teclado, pero ¿qué puedo hacer? los personajes mandan y juro que me asesinan si no cuento lo que ellos me ordenan... menuda mala leche se gastan)

miércoles 31 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Seis)


Me metí en el baño y en contra de mi costumbre, cerré la puerta por dentro. No acababa de fiarme de él, ni tampoco de mí, así que mejor evitaba tentaciones. Me di una ducha rápida, deleitarme bajo el chorro del agua caliente pensando que Ginés estaba al otro lado de la puerta abría de par en par las puertas de mi imaginación y me colocaba en un estado de excitación continua. Para expulsar de una vez mis lujuriosos pensamientos me puse a canturrear los últimos éxitos de los cuarenta. Luego me enfundé en el albornoz procurando taparme hasta el cuello y en rápida carrera salvé la distancia entre el baño y mi habitación cerrando tras de mí la puerta. Respiré aliviada, había conseguido superar con éxito la primera prueba de fuego.

Tardé casi una hora en arreglarme, inundé la cama con montones de prendas de vestir sin decidirme por ninguna, para acabar vistiéndome precisamente con lo que no debía: un ajustado vestido que marcaba ostensiblemente mis caderas y botas con tacón de vértigo. No pude quejarme cuando al salir, Ginés me obsequió con una mirada de admiración, que recorrió centímetro a centímetro mi cuerpo. Yo me lo había buscado y lo peor es que en mi fuero interno sabía que lo había hecho a propósito con el ánimo de provocarle. La mala conciencia por desear al novio de mi madre empezó a remorderme, pero me la quité de encima con cajas destempladas, una no puede estar siempre reprimiendo sus instintos y al fin y al cabo ¿qué daño le hacía a mamá que me divirtiese un rato con su novio? no iba a desgastárselo.

¿Vamos? Y él se levantó obediente dispuesto a seguirme mientras observaba goloso mi trasero. Pateamos durante horas el centro de la ciudad mirando escaparates sin decidirnos por nada en concreto, barajamos unas cuantas opciones: un bolso, un pañuelo de seda, alguna joya, un perfume, lencería fina, zapatos… pero no acabábamos de convencernos. Estaba cansada y me apetecía tomar algo freso, estábamos ante la puerta de unos grandes almacenes, así que pensé que podíamos entrar a dar un vistazo y de paso tomar alguna cosa en la cafetería de la última planta. Ginés aceptó mi propuesta.

Mientras caminábamos entre el gentío, mirando las estanterías por si en algún momento dábamos con el objeto de nuestro deseo, yo sentía la respiración de Ginés cerca de mi cuello, y la cercanía de su pecho rozando apenas mi espalda. La atraccíón volvía a hacerse dueña de la situación y un cálido cosquilleo subía por mis piernas hasta alcanzar el centro de mi sexo.

Cogí al vuelo un par de pantalones y una blusa de seda, agarré la mano de Ginés, que me miraba sorprendido, y me dirigí decidida hasta los probadores arrastrándole conmigo. Una vez dentro del pequeño cubículo me senté en un estrecho banco adosado a la pared al tiempo que, a estirones, me subía la falda hasta la cintura. Abrí las piernas y le ordené con la mirada la posición que debía adoptar, él, obediente se arrodilló ante mí. Luego dibujé con el dedo la dirección que debía seguir su lengua, desde la punta de mi bota hasta el centro del diminuto tanga que cubría mi sexo. Sus ojos y los míos no dejaron de mirarse un instante mientras la lengua recorría despacio la fina y lustrosa piel de mis botas, continuando después sobre la negra seda de las medias. Cuando su húmeda caricia hizo contacto con la carne desnuda de mis muslos, mi sexo palpitaba de deseo. Él se demoraba dibujando círculos que erizaban mi piel y yo deseaba coger su cabeza entre mis manos y empujarle con fuerza entre mis piernas. Pero me esforcé por controlar aquel impulso pues la espera me mantenía en ese punto de total excitación que hacía que la más ligera caricia me encendiese. Por fín sentí su lengua sobre mi clítoris a través del fino tejido del tanga que estaba ya empapado. El maldito la manejaba bien, tan pronto la aplanaba de forma que de un solo lametazo me cubría por completo el sexo, como la enrollaba de manera que se tornaba puntiaguda y se colaba bajo la tela con un rápido movimiento que golpeaba mi clítoris inflamado dejándolo temblando de puro placer.

Ya no iba a esperar más, aparté a Ginés con la punta de la bota, me desprendí del tanga y volví a abrirme de piernas, invitándole a que terminase lo que había empezado. Sin pensarlo dos veces, hundió la cara entre mis piernas y se dedicó a lamer, chupar, morder y penetrarme con aquella lengua que hacía que mi cuerpo se retorciese como si estuviese poseido por el demonio. Me corrí en su boca entre jadeos que intenté silenciar tapándome la boca. Cuando sentí las piernas en condiciones de sostenerme me puse de pie y le ofrecí mis redondeadas nalgas. No tardo más que unos segundos en buscar con su endurecido pene la entrada de mi sexo. Sus manos sujetaban fuertemente mis caderas mientras empujaba con fuerza. Fue entonces cuando la imagen de papá con tía Margarita me vino a la cabeza ¿qué pensaría mi padre si supiera que estaba follando con el novio de mamá? Igual hasta lo encontraba divertido. Estaba preguntándome si estaría enterado de la nueva relación de su ex esposa, pues aún no habíamos tenido ocasión de vernos y hablar de ello, cuando Ginés aceleró sus embestidas y sentí su semen caliente chocando contra las paredes de mi vagina. Luego, satisfecho y desmadejado apoyó la cabeza suavemente sobre mi espalda.

Estaba visto que lo nuestro eran los lugares públicos y de dimensiones estrechas, era el segundo calentón y si seguíamos así aquello tenía visos de convertirse en una costumbre. Mi parte malvada añadió: “una buena costumbre”.

Al final acabamos comprándole a mamá unas gafas de sol, lo primero que vimos cuando salimos a la calle, sofocados después de aquello…

(Y mañana... el desenlace)




lunes 29 de diciembre de 2008

¡¡Feliz Navidad!!! ... aunque sea con retraso


Ciertos asuntos me han mantenido alejada estos días, pero dicen que "nunca es tarde si la dicha es buena" así que vengo a desearos que hayáis pasado unas muy felices fiestas. Y yo sin más dilación me pongo a la tarea de terminar la historia de Ginés antes de que termine el año para hacer bueno aquello de "Año nuevo... historia nueva".
Recibid mi más cálido abrazo.
Des.

lunes 22 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Cinco)

(Imagen: Alexander Bok)
Me arreglé lo mejor que pude y regresé al comedor donde mi madre esperaba impaciente. Aunque el polvo no había durado más de diez minutos, nuestra ausencia se había alargado un poco, por lo que la mujer llevaba más de veinte minutos de espera, suficiente para acabar con la paciencia de cualquiera. Me saqué de la manga una repentina indisposición y me disculpé con mamá, al tiempo que cogía el bolso y salía a toda prisa. No esperé el regreso de Ginés.

En los días siguientes no dejé de castigarme sin piedad, sobre todo por faltar a algunos de mis más arraigados principios: no ceder a la tentación de un polvo rápido aún cuando el cuerpo me lo pidiese a gritos, y lo más importante, no hacerlo jamás con un hombre ligado sentimentalmente a alguien, lo que incluía por supuesto al novio de mi madre.

Por otro lado, me abstuve de contestar las insistentes llamadas de Ginés que se repetían tres o cuatro veces al día, dejándome grabados en el buzón de voz largos mensajes cargados de insinuaciones que tenían la virtud de hacerme revivir una y otra vez nuestro encuentro.

Habían pasado dos semanas y cuatro sesiones de psicoanálisis, cuando una tarde Ginés se presentó en mi casa. Sin mucho que hacer y desalentada por las bajas temperaturas que sufríamos desde hacía unos días, decidí pasar la tarde del sábado tirada en el sofá, viendo alguna película para pasar el rato y con un enorme bol de palomitas entre las piernas. En ésas estaba cuando sonó el timbre, solté una maldición y fui a ver quién osaba enturbiar la placidez de aquella aburrida tarde. Abrí la puerta y allí estaba él. Parecía que este hombre tenía el don de la oportunidad: siempre me pillaba en bata y zapatillas… maldita sea.

Tengo que hablar contigo, me dijo, y no contestas mis llamadas. Es que yo no tengo nada que decirte, le contesté yo, parapetada tras la puerta, sin dejarle pasar. Por favor ¿qué te cuesta escucharme un momento? insistió con su voz más tierna y lastimera, sólo quiero disculparme y pedirte un favor, necesito que me ayudes. Está bien, me dije, no pasa nada si le escuchas, eres lo suficientemente adulta y responsable para echarle de tu casa si intenta propasarse… ¿lo era? No estaba yo tan segura, el tipo tenía algo que revolucionaba mis hormonas hasta volverlas del todo incontrolables.

Me hice a un lado y dejé la puerta libre. Luego le dí la espalda y volví a ocupar mi sitio en el sofá. Instantes después él me siguió y tomó asiento en uno de los sillones. Está bien, soy toda oídos, a ver qué era eso tan importante que tenías que decirme. Empezó disculpándose por su forma de actuar que desembocó en el incidente de los servicios. ¡Vaya! A cualquier cosa llama incidente, pensé. No quería decir que se arrepentía de lo que había ocurrido, o sí se arrepentía pero le había gustado, lo que pasaba es que se sentía culpable por mi madre. Él la quería, quizá no de la misma forma en que ella le quería a él, pero sentía por ella un gran cariño y no estaba bien lo que habíamos hecho. ¡Vaya! Gracias por recordármelo, volví a pensar. ¿Has venido a proponerme alguna clase de penitencia? Ya me siento culpable por mí misma, no hacía ninguna falta que vinieses tú a hurgar en la herida, le repliqué con bastante mala leche. No, no he venido a eso, contestó haciéndose el afligido, quería que fuésemos los dos a comprarle un regalo para estas navidades. Tú la conoces mejor que yo y seguro que a ella le haría mucha ilusión ver que nos hemos puesto de acuerdo para darle una sorpresa. Ultimamente la encuentro un poco triste.

Le miré intentando adivinar si me estaba mintiendo o realmente le preocupaba la situación anímica de mamá. No se si me alegraba por ella o me sentía decepcionada al darme cuenta de que estaba equivocaba pensando que lo que Ginés se proponía viniendo a mi casa era volver a tener sexo conmigo. Este chico es una caja de sorpresas.

Está bien, accedí, si me esperas me doy una ducha y nos vamos de compras, si es eso lo que quieres. ¿Qué otra cosa iba a querer? Fue su respuesta, pero la sonrisa que se dibujó en su rostro agitó mi respiración...


jueves 18 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Cuatro)


Me quedé inmóvil, petrificada más bien. Mamá observándome en espera de una respuesta, y el otro acariciándome suavemente el muslo, las yemas de sus dedos rozando la línea que marcaba el final, o el principio, del encaje siliconado de la liga. Esa mañana, precisamente esa mañana, se me había ocurrido ponerme falda y medias. Podía haber mascullado alguna clase de disculpa y poner tierra de por medio, o asestarle un buen puñetazo en la nariz al jodido Ginés y contarle a mi madre lo que estaba pasando, pero aún en contra de mi voluntad, me estaba excitando el muy canalla.

Está bien, mamá, respondí con mi mejor sonrisa, lo intentaré, perdona si he sido grosera. Y me acomodé en la silla dejando que los dedos invasores se deslizasen suavemente un poco más arriba, un poco, un poco más. Ginés y yo permanecimos en silencio, fingiendo escuchar el soliloquio de mi madre. Me dije, como disculpa, que de haber sido sincera con ella, probablemente no me habría creído. El amor es ciego, y casi siempre duro de mollera, así que hubiese pensado que lo hacía por despecho, por herirla y tratar de romper su relación. O quizá no le importase, como no le importó la infidelidad de papá con tía Margarita. Entonces puede que fuese por comodidad, por no poner en peligro su forma de vida, y ahora porque quizá ésta fuese su última oportunidad de sentirse joven y enamorada.

Mientras hacía conjeturas, los dedos de Ginés se aventuraban entre mis piernas y se colaban bajo el tanga, rozando mi sexo que notaba completamente húmedo. Tenía que pararle. Haciendo como que me colocaba bien la falda, aparté su mano y crucé las piernas. Noté en su rostro un atisbo de frustración, al tiempo que con el mayor disimulo acercó sus dedos a la nariz para olerlos. Ese gesto contribuyó a aumentar peligrosamente mi excitación. Seguro que Ginés no te ha contado lo popular que era entre las chicas del instituto, dije intentanto atraer la atención de mamá. Él me dirigió una mirada asesina. Cuentáselo, anda, me encanta recordar aquellos tiempos. No sabía cómo empezar, carraspeó, y con gesto compungido empezó a relatar su infeliz vida de estudiante. Pensaba que iba a mentirle, pero el muy cabrón había optado por inspirar lástima. Ahora verás, pensé, y puse mi mano justo encima de su bragueta… ¡díos! menuda erección tenía el cabrito, así que mientras me manoseaba se le había puesto dura, vaya con Ginés.

No pude evitar que por un instante, una idea se colase en mi cabeza: mira por donde mi madre iba a gozar de un buen polvo esa tarde, después de que su novio se empalmase conmigo. Una carcajada involuntaria mientras bebía un poco de vino hizo que me atragantase y acabase escupiendo el trago sobre la camisa de Ginés. No podía parar de reír, mientras mamá intentaba limpiarle y él disimulaba como podía el bulto de sus pantalones. Permítame que le ayude, dijo el camarero, que en un santiamén se había plantado a nuestro lado, y me miraba pensando quizá que me había vuelto loca. Tosía y reía al mismo tiempo, y sentía la mirada de Ginés taladrándome. Él se deshizo como pudo del camarero y se levantó por fin para ir al baño, con la chaqueta colocada de modo estratégico para ocultar su evidencia.

Cuando conseguí calmarme, reparé en mi madre que me miraba enfurruñada. Lo siento mamá, intenté disculparme, no lo hice a propósito, te lo prometo, recordé algo divertido del instituto y me entró la risa, no te enfades, es sólo una camisa manchada de vino. Ella pareció ablandarse. Voy a arreglarme un poco, dije levantándome, dejo tener la cara hecha un estropicio.

Las puertas de los lavabos de hombres y mujeres estaban frente a frente, y Ginés aguardaba ante la suya. Espera aquí, le susurré al oído. En el de las féminas había una señora que estaba retocándose los labios, abrí el grifo para lavarme las manos mientras hacía tiempo hasta que se marchase. En cuanto salió por la puerta, me asomé y le hice una seña a Ginés para que entrase.

Nos metimos a empujones en uno de los aseos y cerramos la puerta. Sentía la urgencia del deseo entre las piernas y en mi mano, bajo la tela de sus pantalones, la dureza de su sexo. Ese polvo me pertenecía, no iba a regalárselo a mi madre. Nos mordimos los labios y la boca, con una mezcla de pasión y rabia, nos desvestimos apenas, lo justo para que él dejase su pene al descubierto, lo justo para dejar libre la entrada de mi sexo. Me senté a horcajadas sobre él, le cabalgué furiosa, mirándole a los ojos, retadora. Su mano tapó mi boca en el momento exacto en que un gemido de placer subía veloz por mi garganta. Le dejé marcada la huella de mis dientes.

...

miércoles 17 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Tres)



Claro que en un primer momento no supe que se trataba de Ginés, de aquél Ginés compañero de instituto, retraído, tímido, solitario, poco agraciado fisicamente, y que parecía vestir con la ropa heredada de su padre, las camisas abrochadas hasta el último botón del cuello, aquellas horribles chaquetas de punto confeccionadas en casa… Ginés era el compañero que todo elegíamos cuando se trataba de hacer un trabajo en grupo, y al que jamás invitábamos a nuestras fiestas. No fue nunca el blanco de nuestras burlas, quizá porque admirábamos su inteligencia y también porque su aspecto era tan lastimoso que hubiese resultado demasiado fácil y cruel herirle. Le ignorábamos, sencillamente.

Pero el Ginés que mamá lucía orgullosa a su lado era un hombre atractivo, delgado y bien vestido, con un perfecto corte de pelo y una encantadora sonrisa.

“Hija, estás horrible” fue el saludo de esa nueva madre de aspecto espectacular mientras me estampaba dos besos, uno por mejilla como la canción de Sabina. Te dije que no estaba para visitas, fue mi agria respuesta. Ella ni me escuchó, en realidad se moría de ganas de presentarme a su novio. Y lo hizo, sin dejar de mirarle con ojos almibarados: “Te presento a Ginés, un amigo muy especial”. Encantada Ginés, le dije mientras le tendía la mano, y ahora mamá, si no te importa quisiera estar sola, si quieres quedamos cualquier otro día para comer. Fue entonces cuando él habló por primera vez: ¿no te acuerdas de mí? Creo que se me puso cara de idiota, que era lo que le faltaba a mi maravilloso aspecto. Y empezó a explicarme quien era mientras yo iba quedándome más y más alucinada.

Al fín me deshice de ellos casi a empujones, aunque no pude quitarme la sensación de que de alguna manera seguían allí, en mi cabeza que no dejaba de dar vueltas y más vueltas a aquella insólita relación. Nunca hubiese imaginado a mi madre con otro hombre, y menos aún con alguien de mi edad, alguien que podía ser su hijo. No es que tuviese nada en contra de las parejas entre las que existía una gran diferencia de años, pero claro, esta vez se trataba de mi madre con un antiguo compañero de clase. Y más tarde me enteré que él individuo trabajaba en el despacho de abogados de papá, y que fue allí precisamente donde se conocieron.

Mamá tuvo que llamarme insistentemente hasta que de puro aburrimiento y con ganas de acabar de una vez con esa situación, acepté su invitación para comer con ellos. Era un viernes y nos citamos en su restaurante favorito, aquél al que iba cada aniversario a cenar con papá, o a comer con toda la familia, incluida tía Margarita, en días especiales. No se si se había vuelto loca, pero desde luego había perdido cualquier atisbo de sensatez y buen gusto.

Cuando llegué ya estaban sentados a la mesa, mientras los camareros se deshacían en halagos y sonrisas no exentas de cierta ironía. Me senté de mala gana saludando con un frío y seco “hola ¿qué tal?” y fingí no reparar en el gesto de mamá que iba a levantarse para darme un beso.

Durante toda la comida me dediqué a picotear un poco mientras el murmullo de la voz de mamá era como música de fondo que se repetía una y otra vez, los tópicos que rodean las nuevas relaciones, estaba feliz e ilusionada, hablaba de lo bien que se sentía con Ginés, que la había hecho rejuvenecer, que estaban hechos el uno para el otro, que ojalá se hubiesen conocido antes… enumeraba la cantidad de proyectos de futuro, ese concepto tan de moda, que tenían juntos.

Nena, me gustaría que os lleváseis bien, que fuéseis amigos, me dijo con su voz más dulce. Y mientras Ginés me miraba con gesto bondadoso, sentí su mano posarse en mi rodilla y escalar hacia arriba, segura del camino que debía seguir...

lunes 15 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Dos)


Ilustración: Ainara G.M. Santurtzi
Llegaron entonces las amigas de toda la vida a consolarme, y a aconsejarme, que si tenía que dejarle más tieso que a una mojama, que si la otra era una guarra, que si debería hacerles pagar por su traición, y un largo etcétera de opiniones que rezumaban odio y venganza por todas partes, menos mal que no eran ellas las engañadas. Yo me limité a cobrar mi mitad de los bienes comunes, coger mis objetos personales y largarme, tan ricamente, a un coqueto apartamento que alquilé lo más lejos posible de mi antiguo domicilio. Pensé en cambiar de ciudad, empezar de nuevo en otra parte, pero me gustaba mi trabajo regentando una pequeña, pero importante, galería de arte y no entraba en mis planes el abandonar esa parte esencial de mi vida.

Claro que no pude menos que alegrarme cuando al cabo de unos meses mi antiguo ex se largó con una jovencita veinteañera, dejando tirada a la traidora. No valió de nada que aquellas que antes me regalaban tan sabios consejos, abogasen ahora por la compasión hacia la que antes tildaban de guarra, me reí bien a gusto el primer día que apareció en la reunión de los jueves toda compungida. Luego me dio un poco de lástima y la consolé contándole todos los defectos, reales e inventados, que adornaban al cabrón que acababa de abandonarla, no en vano yo había pasado diez años soportándole. No sabía bien la suerte que había tenido librándose de él. No le duraría mucho su nueva amante, pero esta vez sería ella quien le abandonase como a una colilla, después de dejarle la cuenta corriente en número rojos... si es que en el fondo no era más que un pobre infeliz y un fantasma.

Me gustaba mi nueva forma de vida. Tenía un bonito apartamento, un trabajo agradable e interesante que me proporcionaba una situación económica holgada, lo suficiente para vivir bien y concederme algún capricho de vez en cuando. En el plano sentimental no tenía ningún compromiso serio, sólo unas cuantas relaciones que iba alternando según mis apetencias. No eran hombres con los que me acostaba, eran ante todo amigos con los que además de compartir gustos y aficiones, practicaba sexo. Me distancié un poco de mi antiguo círculo de amistades y también de mis padres, a los que veía de vez en cuando en las obligadas celebraciones familiares. Fue en una de ellas, precisamente en el cumpleaños de mi madre, cuando apartándome de los demás invitados me confesó que pensaba separarse. Pensé que se había cansado ya de los tejemanejes de papá, pero por qué esperar tanto tiempo, precisamente ahora que el hombre parecía haberse reformado, sobre todo porque ya no estaba en edad de merecer.

Pero no, la buena mujer quería empezar una nueva vida. Yo no supe muy bien a qué se refería, ni como se podía hacer eso a los sesenta años. No se si esperaba mi apoyo, mis objeciones o sólo me anunciaba una decisión ya tomada, así que opté por levantar los hombros y hacer mutis por el foro. Al fin y al cabo, tenían edad suficiente (qué digo suficiente, les sobraban años) para tomar sus propias decisiones.

A mamá no pareció costarle mucho eso que yo consideraba complicado a sus años: una nueva vida. Claro que, si lo analizaba objetivamente, no encontraba ningún cambio significativo en ella, salvo que no tenía que atender y cuidar a su ya añoso marido. Fue ella quien siguió ocupando la casa familiar, mientras que papá se buscó un piso más céntrico cerca del despacho de abogados que dirigía. Recibía una suculenta pensión con la que hubiese podido subsistir una familia numerosa al completo. Continuaba frecuentando las mismas amistades que no se por qué regla de tres, se decantaron por arroparla y consolarla como si hubiese sido ella la abandonada.

Papá tuvo que buscar una asistenta que se ocupase de él y de su nuevo hogar, mamá se buscó un novio.

Y tuvo que presentármelo precisamente el día en que yo empezaba a recuperarme de una horrible gripe que me mantuvo metida en la cama casi una semana entera, entre sudores, toses y fuertes calenturas. Mi coqueto apartamento parecía una leonera, había ropa tirada por todas partes, platos sucios, vasos con restos de leche, frascos de jarabe, dos dedos de polvo, y un olor a sudor que tiraba de espaldas.

Esa mañana en que me disponía a poner en orden todo aquel desbarajuste, hacer una buena limpieza y darme luego un baño relajante, se le ocurrió a mamá llamarme por teléfono anuncíandome su visita. Me disculpé diciéndole que no estaba para nada, aún seguía convaleciente y no me apetecía ver a nadie, ni siquiera a ella. Tenía que haber inventado otro motivo porque al saber que había estado enferma, afloró su sentimiento materno y no hubo manera de convencerla para que nos viésemos al día siguiente. Antes de colgar me anunció una sorpresa.

No había transcurrido ni meda hora desde nuestra conversación cuando sonó el timbre de la puerta. Acudí a abrir arrastrando los pies, ataviada con un viejo pijama, una horrible bata que saqué del arcón de la ropa-basura en los días en que tiritaba de frío metida en la cama, y el pelo revuelto y aplastado en la parte de atrás de la cabeza, como esas ancianas que sólo se peínan la parte que ven en el espejo.

Y allí estaba ella, rejuvenecida gracias a la última intervención quirúrgica a la que se había sometido, enfundada en un espectácular traje de firma, y cogida del brazo de Ginés.
(No, no voy a hacerlo largo, el desenlace en la próxima entrega... aún me dura la resaca)


domingo 14 de diciembre de 2008

¡Ayyyyyyy!

Me pregunto por qué coño voy a la puta cena de navidad....

jueves 11 de diciembre de 2008

Ginés, yo, y otras circunstancias



Lo mío con Ginés estaba cantado.

Al menos eso es lo que dice mi psicoanalista, pero la verdad, no se si creerle. Estoy convencida de que sólo pretende sacarme los cuartos, pero es divertido escuchar sus conclusiones y eso de poder confesar tranquilamente aquello que jamás me atreví a contar a nadie.

El hombre sostiene la teoría de que esa relación es el fruto de una serie de circunstancias cuyo principal desencadenante fue el hecho de, siendo yo aún adolescente, sorprender a mi padre follando con la tía Margarita. ¡Hombre de díos! Si de eso hace ya más de treinta años. Que no importa, dice, que fue ahí donde mi vida sexual empezó a descontrolarse. La verdad, no se a qué vida sexual se refiere porque yo, por aquel entonces, aún no había conocido varón y a lo más que había llegado era a algún toqueteo con el ligón de turno del instituto.

La escena de la que fui testigo involuntario no resultó traumática, bochornosa en todo caso, sobre todo porque mi padre, con los pantalones en los tobillos, golpeando rítmicamente las hermosas nalgas de la tía Margarita, se veía patético y un tanto ridículo. Y no porque fuese una posición extraña, si no porque el acto sexual raramente se realiza de ese forma romántica y sensual que la literatura y el cine se empeñan en enseñarnos. Ni hablar. Esas escenas de besos interminables, ligerísimas caricias, pieles tersas y brillantes, con las que nos deleitan en las películas, nada tienen que ver con la realidad. Las más de las veces te medio desnudan deprisa y corriendo, eso si no tienes que hacerlo tú misma, cuatro besos, dos toqueteos y un “mete y saca” rapidito. Como novedad, quizá el cambio de orificio… y poco más.

Aquello, eso sí, precipitó la caída de la venda de la inocencia que tapaba mi mirada todavía infantiloide, y se llevó de pasada la admiración que sentía por las dos personas que, hasta ese momento, habían sido mis mejores modelos en la vida.

Mi padre era admirable, en algunos aspecto sigue siéndolo, pero menos. Llegó a ser un renombrado abogado que, según él mismo proclamaba, se había hecho a sí mismo a fuerza de sacrificio, tesón, honestidad y sinceridad. Y no digo yo que no fuese honesto y sincero en ciertas parcelas de su vida, pero en otras, desde luego que no, que se lo pregunten a mi madre.

La tía Margarita era la hermana pequeña de mamá, y yo quería ser como ella. La pobre no hace mucho que falleció, víctima de un cáncer galopante que en cuatro días la dejó hecha un guiñapo. Era inteligente, divertida, independiente, practicaba deporte, pintaba… siempre aparecía deslumbrante y glamourosa, y en consecuencia tenía revoloteando a su alrededor un variado número de pretendientes. Cuando le instaban a casarse, ella respondía con su divertida sonrisa: para qué tener un solo hombre para el que tienes que cocinar, lavar, planchar… al que tienes que cuidar, aguantar sus momentos malos y un largo etcétera de inconvenientes ¿para qué? Pudiendo tener todos los que quieras, y sólo para pasar buenos ratos. Así que, en realidad, a ella no tenía nada que reprocharle, pero ¡coño! es que el hombre con el que estaba follando era el marido de su hermana.

Ni que decir tiene que guarde el secreto como una tumba, y durante días me dediqué a observarlos disimuladamente. Pero ningún cambio notable en su comportamiento hacía sospechar lo que se traía entre manos aquella pareja. Mi padre seguía ejerciciendo de marido cariñoso, fiel y amantísimo con mi madre. Y mi tía seguía coqueteando con cualquier hombre que le hiciese tilín y cuchicheando y riendo divertida con su hermana, sentadas en el jardín mientras tomaban café al caer la tarde.

Me sentí en la obligación de solidarizarme con mi madre que, al fin y al cabo, era la víctima de aquél engaño y empecé a pasar más tiempo con ella, haciéndole participe de alguna de mis intimidades, quizá inconscientemente buscaba que a su vez compartiese las suyas. Fue así que debido a pequeños indicios que iba recopilando poco a poco, llegué al convencimiento de que mi madre estaba enterada de lo que ocurría entre su marido y su hermana. No puedo explicar exactamente cómo llegué a esa conclusión, pero al cabo de los años pude constatar que no estaba equivocada.

Empecé a preguntarme cómo una mujer como ella podía quedarse tan tranquila ante aquella traición. Cavilé que quizá estaba cansada de sexo, a mi edad creía a pie juntillas que a los treinta y tantos la actividad sexual debía ser casi inexistente. En cierto modo no iba muy errada, salvo en un pequeño detalle: mi madre no estaba cansada del sexo en general, sólo del sexo con mi padre en particular. Así que los escarceos de su marido con mi tía Margarita le proporcionaban cierto grado de libertad y limpiaban su conciencia de culpa. No digo que ella disfrutase de los favores sexuales de otro hombre, de hecho no tuve ninguna constancia de que así fuese, pero por si acaso, se cubría las espaldas.

Quizá por todo lo acontecido en el seno familiar, no me afectó demasiado sorprender a mi exmarido, cuando aún era sólo marido, retozando en pelota picada con una de mis amigas… y en mi cama. No le monté ninguna escena, no, me limité a cerrar la puerta con suavidad (estaban tan ocupados que ni se percataron de mi presencia) y esperar a que terminasen, sentada en el sofá del salón, mientras pensaba en qué abogado tramitaría mi divorcio.
... (mañana sigue)

martes 9 de diciembre de 2008

Danza Prima - Anabel Santiago

lunes 8 de diciembre de 2008

Jhonny

(Imagen: Río Caudal, Mieres)

Jhonny se desperezó y bostezó ruidosamente cuando despertó de la siesta que acababa de echar, acostado a la sombra de un viejo castaño.
Eran las tres y media de una calurosa tarde de verano y todo a su alrededor permanecía en silencio. Su familia y los demás componentes del circo dormían todavía y los animales descansaban también en sus respectivas jaulas.
Hacía tres días que el circo había llegado a la Villa de Mieres con motivo de las fiestas de San Juan y como cada año habían levantado las carpas en el descampado a la orilla del Río Caudal, aquél río de aguas negras que tanto gustaba a Jhonny.
El chico se lavó un poco y entró en el camión en el que vivía para cambiarse de ropa. Tenía que dar buena impresión, pensó, tenía ante sí una especie de reto que a su edad podía convertirse en toda una aventura.
Siempre que el circo llegaba a una nueva ciudad, Jhonny aprovechaba los ratos libres para darse una vuelta y conocer a los chavales de su edad. Le gustaba convertirse en un momento en el centro de atención de la chiquillería, que admiraba y envidiaba su vida circense, y que él procuraba mantener contando historias y aventuras adornadas con algunas fantasías inventadas por su desarrollada imaginación.
Eso mismo había hecho la tarde anterior. Pasó un rato por el parque Jovellanos, donde dejó boaquiabiertos a los grupos de niños y niñas que olvidaron sus juegos para admirar las piruetas que aquél muchacho realizaba subido en sus patines. Cuando se sintió aburrido, se los colgó de forma displicente sobre el hombro y se fue caminando orgulloso.
Iba de vuelta al descampado cuando la vió. Estaba sentada comiendo pipas en un banco del pequeño parque que había junto al cuartel, mientras escuchaba atentamente a una niña algo más pequeña que estaba a su lado. Jhonny se quedó de pie apoyado en el tobogán observándola con disimulo. Le pareció que ellas no conocían a los niños que jugaban en el parque, reunidos en pequeños grupos y que les lanzaban furtivas miradas de curiosidad de vez en cuando. La niña debía tener algún año menos que Jhonny, diez le echó él a ojo, aunque su rostro reflejaba la seriedad de una persona adulta, tenía el cabello muy rubio que contrastaba con su piel morena bronceada por el sol, y en algún momento en que dirigió su mirada hacía donde él se encontraba, la percibió inquisitiva y fría. La pequeña charlaba sin cesar con expresión risueña y miraba a todas partes con los ojos muy abiertos, como si estuviese contando algo excepcional. No, definitivamente, no eran de allí, no tenían ese acento cantarín de los asturianos, seguramente estarían pasando las vacaciones.
En un momento en que dos columpios quedaron vacíos, ellas se levantaron y fueron a ocuparlos. La mayor ayudó a la pequeña a sentarse en el suyo y empezó a empujarla mientras no le quitaba ojo al otro, preparada para ocuparlo si a alguien se le ocurría venir a quitárselo. Cuando le pareció que había impulsado lo suficiente para que el columpio adquiriese la altura adecuada, le llegó a ella el turno de sentarse. Una idea se abrió paso en la cabeza de Jhonny: se ofrecería a empujarla, como todo un caballero, pero quizá esperaría a que ella le dirigiese una mirada suplicante. Nada de eso sucedió, cuando se dio cuenta, la niña, que había echado hacia atrás el columpio todo lo que podía, con un rápido brinco se colocó en el asiento y empezó a darse impulso estirando y doblando las piernas con fuerza, para alcanzar en un momento una altura considerable. Bien, ahora vería de lo que él era capaz.
Una sóla mirada bastó para desalojar al chaval que ocupaba el tercer columpio, al lado de la muchacha, que se balanceaba sin prestarle apenas atención. Jhonny se impulsó con fuerza una y otra vez hasta que la alcanzó y aún siguió subiendo cada vez más alto, tanto que por un momento creyó que acabaría dando una vuelta de campana. Sintió como se ponía pálido y en un intento por disimular el susto se puso a silbar mientras dirigía una mirada de suficiencia hacía su vecina. Esa vez ella le devolvió la mirada y a Jhonnny le pareció percibir un matiz burlón lleno de malicia.
Luego la niña dio un salto que la apeó del columpio aún en marcha y fue a ayudar a bajar a la pequeña. Se marcharon cogidas de la mano. Él permaneció allí sentado un rato mientras las veía alejarse hasta desaparecer en un portal de una finca cercana.
Hoy iba a ser su revancha, le enseñaría a esa niña quien era Jhonny.
Se miró por última vez al espejo y le gustó la imagen que le devolvía. Se había puesto una camiseta blanca que marcaba sus incipientes músculos, un pantalón vaquero y sus botines de piel bien lustrados con grasa de caballo. Para rematar su atuendo, se puso su cinturón de la suerte hecho con un puñado de monedas de dos reales cosidas en el cuero.
Cuando llegó al parque la frustración se apoderó de él: no había rastro de la muchacha. Quizá era un poco pronto, pensó, y se sentó en un banco sin perder de vista el portal por el que había desaparecido la otra tarde. No había pasado media hora, que a él se le hizo eterna, cuando la vió salir acompañada de la pequeña. Ella también llevaba vaqueros y una camiseta corta que dejaba al aire un trozo de piel morena. Le gustaban las niñas con pantalones, aunque eso le imposibilitase vislumbrar sus braguitas entre los vuelos de la falda cuando aceptaban que las empujase en el columpio.
Al pasar por su lado, la pequeña le dirigió una tímida sonrisa, pero ella ni le miró siquiera, como si fuese invisible. Esta vez se dirigieron a uno de los columpios dobles con forma de barca, y después de acomodar a su hermana, ella se colocó en el medio con las piernas abiertas, un pie apoyado en cada lado y cogiéndose a las cadenas empezó a balancearlo para tomar altura. Jhonny no lo pensó más y de un salto se plantó frente a ella sincronizando sus movimientos para entre los dos impulsar la barca de hierro. Los ojos de la niña echaban chispas cuando se clavaron en los suyos, y él pensó que era capaz de pegarle, pero la pequeña empezó a palmotear alegremente y a reír agarrada con las dos manos para no caerse y la furia que reflejaba su rostro desapareció al instante.
Luego ella se sentó frente a su hermana y Jhonny siguió durante un rato de pie entre las dos, haciendo ostentación de su fuerza, pavoneándose como había visto hacer a los protagonistas de las películas.
¿Te gusta el circo? – le dijo cuando se sentó a su lado. Ella no dijo ni sí, ni no, hizo un gesto que podía significar algo así como “bueno”. Yo trabajo allí – dijo Jhonny orgulloso, seguro de impresionarla. ¿De payaso?- contestó ella, otra vez con aquella sonrisa burlona llena de malicia. Eso era una puñalada trapera, pero él no se amedrantó. No, listilla, mañana por la noche debuto como trapecista con mi familia. ¡Ah!- dijo por toda respuesta, pero a Jhonny le pareció notar un deje de admiración en ese escueto ¡ah!.
Si queréis podéis venir a verme – insistió el muchacho. Y fue la pequeña quien vino en su ayuda. ¡Sí!¡sí! yo quiero ir, anda, di que sí ¿de verdad podemos ir al circo?. El muchacho se mostró ahora orgulloso. Podéis venir mañana por la mañana y os lo enseño, tenemos tigres, leones, elefantes… seguro que os gusta, y os lleváis las entradas para la función de la noche ¿vendréis?. Y se le escapó sin querer cierta urgencia por conocer su respuesta. Iremos, dijo ella. Bien – respiró tranquilo – preguntad por Jhonny, ese es mi nombre.
Si esperaba que ella le dijese el suyo, se equivocó. Se levantó con un “tenemos que irnos, hasta mañana” y cuando llevaba un buen trecho andado, se volvió como quien olvida algo y le gritó: “gracias”. Bueno, no todo había salido mal, pensó el chaval, aunque hubiese preferido algo más de ilusión, o que mostrase un poco de interés o sorpresa ante su nombre: Jhonny... a él le parecía que sonaba a heroe americano. No iba a decirle que en realidad se llamaba Juan Felipe, después de lo que le había costado que su familia aceptase llamarle Jhonny, su nombre artístico. Ahora todos le llamaban así, todos menos su abuela, claro, que era muy cabezota.
Jhonny se acostó temprano deseando que la noche pasase pronto y aunque estaba nervioso tanto por su próximo debut como por la esperada visita de la niña, no tardó en quedarse dormido como un tronco. A la mañana siguiente se levantó temprano y ayudó en lo que pudo para poner a punto todo lo necesario para la sesión de la tarde, luego fue a ensayar por última vez su número. En ésas estaba cuando,desde lo alto del trapecio, las vio entrar en la carpa. Iban acompañadas de su hermana mayor que a sus espaldas ponía los ojos en blanco y se burlaba de él con gestos que Jhonny interpretó como de “tonto enamorado”. ¡Hola!- les gritó- enseguida termino. Y se dispuso a ejecutar el salto mortal que le lanzaría hasta las manos de su padre, colgado boca abajo y balanceándose enganchado con los pies en otro de los trapecios.
Mientras volaba por los aires imaginó a la muchacha con la boca abierta por la admiración y el corazón latiendo con el redoble de los tambores que acompañaban su pirueta.

... Podría terminar así. O no.




sábado 6 de diciembre de 2008

Otro posible final para KATIE (Autor: Anónimo)

Tenía que hacerlo. No podía dejar que tu final de la historia quedase sólo como un comentario. Gracias. A veces (muchas) echo de menos esos cuentos escritos a dos, tres o cuatro manos. Es interesante ver lo que da de sí la imaginación de cada uno, y enriquecedor.


Y mientras la perrita se aleja, una ola de pensamientos:
se acuerda de todas las tumbas que llenó.
—“¿Por qué? ¿Por qué?”
Y desde el charco rojo,
donde queda el cadáver de su dueño,
algo de ella pugna por salir
a la superficie
y seguirla.
La perra sigue adelante, siempre adelante.
—“¡Pero sí una sola gota de sangre le hacía caer redonda al suelo!”
Eso era antes.
Ahora las tripas le vuelven
a crujir:
es la sed y el ansia,
le atraviesan,
chisporroteando como cables eléctricos,
desde la base del rabo hasta el alma.
Entorna los ojos. Sonríe.
Su cuerpo sucio.
La perra se siente la novia
del lodo.
Aunque su alma burbujee
como el alma de un gato hundido.
—“¡No, no, ella ya no rendirá la voz a sentimentalismos! ¡Matar! ¡Tiene que matar! Seguir matando por el resto de sus días amén”
Desde que aquel hombre
de aspecto tan agradable
e inocente,
(era ella ya una perra,
pero aún cachorra)
la violara.

jueves 4 de diciembre de 2008

Katie

(Imagen: Chica, mi perra)


Alfred apagó la cocina y colocó, en un plato, el bistec que se había preparado para la cena. Antes de sentarse a la mesa, cogió un recipiente y lo llenó de croquetas para perro de una conocida marca que, según se aseguraba en el paquete, proporcionaban una gran vitalidad al animal.
Salió al garaje. No encendió la luz ya que por la puerta de la cocina se filtraba la claridad suficiente para darle la cena a Katie, su perra desde hacía dos meses.
- Katie –llamó suavemente- ven, bonita, aquí te traigo la cena.
Desde un rincón la vio acercarse, moviendo la cola. Cada vez se la veía más fuerte y recuperada. ¡Pobrecita! Cuando la encontró andaba perdida por el bosque, malherida y muerta de hambre. Desde entonces, él, que nunca antes había tenido perro, le había ido tomando cariño y ahora ya no se encontraba tan solo.
- Ven, toma, aquí tienes tus croquetas – le decía suavemente, mientras acariciaba su lomo, ahora fino y lustroso.
Cuando se levantó para volver a la cocina, percibió, durante una milésima de segundo, un brillo malicioso en los ojos de Katie. En ese momento, unos afilados colmillos se clavaron en su cuello. Quiso gritar, pero su voz se tornó un gorgoteo de sangre caliente que se escapaba por su garganta. Se quedó sentado en el cobertizo, al lado de las croquetas, con una mirada de estupor y sorpresa fija en sus pupilas.
Katie, con la boca ensangrentada, entró en la cocina y devoró el bistec todavía caliente. Aulló levantando su cabeza hacia la luna. Después, con paso cansado y expresión desvalida, se dirigió al bosque. Quien sabe, quizá encontrase a otro humano que se apiadase de una indefensa perra abandonada.

miércoles 3 de diciembre de 2008

Carmen


Carmen, es una mujer cansada: a sus setenta años se da cuenta que se le escapó la vida, y ninguno de sus sueños se hizo realidad. Yace en una cama de hospital y sabe que se muere. Aunque sus hijos y nietos se esfuercen en mentirle, ella lo siente en lo más hondo de su ser. Las lágrimas surcan sus mejillas, empezaron solas a brotar, sin darse apenas cuenta, suavemente. No está triste por dejar este mundo, puede contar con los dedos de la mano los momentos de felicidad que ha vivido, así que supone que, si su alma va a parar a algún otro sitio, no puede ser mucho peor. Sus lágrimas son de impotencia, desilusión y rabia por las circunstancias que marcaron su destino. Llora porque fue cobarde y no luchó por la vida que ella quería vivir, por no ser dueña de sus decisiones, porque ahora ya es demasiado tarde.

Cuando era niña su sueño más inmediato era estudiar, aprender, conocer. Era la más aplicada de clase, pero no por obligación, no. Su mente y su espíritu necesitaban el alimento diario del aprendizaje, y siempre estaba preguntando, quería saber todas las respuestas. Esos fueron años felices, a pesar de las penurias que pasaban en casa, de los vestidos remendados, del hambre. Era la menor de seis hermanos, todos varones. Antes de ir a la escuela tenía que ayudar a madre y preparar los almuerzos de los hombres que salían muy temprano a trabajar en las minas y echar la comida a los animales, pues en casa había gallinas, una o dos vacas, y algún cerdo para la matanza, además de la yegua del padre. Luego, cuando volvía, hacía a toda prisa todo lo que la madre mandaba, para poder sentarse y empezar con las tareas de la escuela. Después de cenar, cuando todos se acostaban, ella, a la luz del candil, leía los libros que la maestra le prestaba. Los miraba como un tesoro, con veneración. Se preguntaba si algún día podría comprar alguno, como los que había en la librería de la ciudad. Cuando bajaba con su madre, tres o cuatro veces al año, se quedaba hipnotizada delante del escaparate, hasta que recibía algún cachete que la espabilaba y la sacaba de su ensoñación.

Pero esos años felices pronto terminaron; ahora que los recordaba, le parecía que habían sido como cuando comía una manzana de caramelo en las fiestas del pueblo: quería hacerla durar y la lamía despacito pero, inevitablemente, se acababa, como su tiempo en la escuela. Cuando cumplió doce años, su madre la puso a "servir" de criada en una de las casa ricas del pueblo. Trabajaba doce horas diarias, sin descanso. Y cuando llegaba a casa todavía quedaban cosas por hacer, así que por la noche no tenía fuerzas para leer, y caía rendida por el cansancio. Y -como su madre decía- a una mujer para casarse y parir a los hijos no le hacía falta tanta lectura. Ya tenía bastante con saber leer y escribir, y las "cuatro reglas" para defenderse con las cuentas. Todas esas fantasías de los libros no servían para nada, más que para llenar la cabeza de pájaros, y de estos ya tenía demasiados.

En el silencio de la habitación oye la respiración de su hija, sentada al lado de la cama, y nota cómo, con sumo cuidado, le enjuga las lágrimas que siguen fluyendo mansamente, mientras a su mente acuden los recuerdos.

Trabajando de criada en el pueblo pasó unos años... Mientras, algunos de sus hermanos mayores se casaron y otros emigraron a la ciudad en busca de un futuro mejor. Pero para ella la vida seguía igual, como siempre, trabajando de sol a sol, sin posibilidad de cambio, y ya ni siquiera se atrevía a soñar: ¿para qué?

Acababa de cumplir los dieciséis años cuando se casó la hija de la señora, a la que habían buscado un buen marido: un abogado de Madrid, buen partido. Un día, cuando llegó a casa, su madre le dijo que cuando se celebrase la boda, se iba a Madrid con la nueva señora que necesitaba una criada. A Carmen se le abrió una luz de esperanza: allí había oportunidades, y quién sabe si quizás podría seguir estudiando por las noches; había oído decir que existían academias nocturnas. Pero también sintió que no era nadie: no le habían preguntado, ni habían pensado en ella, y parecía que para todos era como un animal que traían y llevaban a su antojo. Los hombres tomaban sus propias decisiones, pero ella no podía hacerlo pues su destino era callar y obedecer, ya que así se lo habían enseñado desde pequeña.

Cuando llegó a la gran ciudad se encontró sola y perdida, y a pesar de las penurias del pueblo, echaba de menos a sus padres. Su vida transcurría en casa de la señora, trabajando sin parar, con solo unas horas libres a la semana. Al principio, aprovechaba ese tiempo para salir y deambular por Madrid: paseaba, miraba las gentes en las calles e iba conociendo poco a poco el carácter de las personas con las que convivía. Su ilusión por poder seguir estudiando se fue debilitando, no tenía tiempo y no podía pedir permiso para salir unas horas diarias y acudir a una academia, además su sueldo tampoco se lo permitía. Cobraba una miseria y aún mandaba dinero a su casa. Pero, por lo menos, encontró una biblioteca donde empezó a acudir en su tiempo libre. Los primeros días se quedaba extasiada mirando tantos y tantos libros, y no sabía por dónde empezar, hasta que le pidió ayuda al bibliotecario que le aconsejó algunas novelas de lectura sencilla y entretenida. Ese era el sitio donde mejor se encontraba, donde se le pasaban las horas sin sentir hasta que tenía que volver a casa; luego se llevaba algún libro y lo devolvía la semana siguiente.

Un día al salir de la biblioteca, en el autobús que la llevaba de regreso a casa, conoció a Damián, que con los años, se convertiría en su marido. Él era un chico sencillo, no demasiado agraciado, pero con una mirada llena de bondad. Se quedó tan extasiado mirándola que pasó de largo su parada de autobús y ella, al darse cuenta, a duras penas contuvo la risa. Desde ese día Damián esperaba el autobús a la misma hora, hasta que supo con exactitud cuándo encontrarla. Al principio sólo la miraba, pero luego empezó a saludarla, y así, poco a poco, se fueron haciendo amigos. Ella no sentía esa fuerte pasión que siempre había soñado que sería el amor, pero se encontraba bien en su compañía y sabía que él la quería, así que, una vez más, olvidó sus sueños y se acopló a las circunstancias.

Durante unos años fueron novios. Damián trabajaba como mecánico en un taller, había empezado como aprendiz y le gustaba su oficio, así que entre los dos comenzaron a ahorrar y en cuanto pudieron alquilaron un piso diminuto en una de las zonas obreras de Madrid y decidieron casarse. Fue una boda sencilla, a la que tan sólo acudió la familia más allegada. No disponían de dinero para celebrar un gran banquete, y se tuvieron que contentar con celebrar una pequeña comida familiar en el bar de un conocido de Damián. No pudieron ir de viaje de bodas, el presupuesto no daba más de sí, pero se fueron contentos a su pequeño piso para disfrutar de su intimidad.

Carmen, muy a su pesar, dejó su trabajo de criada. Ella hubiera preferido seguir trabajando, pero en aquellos tiempos, todo hombre que se preciara de serlo debía ser capaz de mantener una familia, y ella no quería herir los sentimientos de su marido. Se dedicó de lleno a su hogar, arregló lo mejor que pudo aquel sencillo piso, en el que solo disponía de los cuatro muebles más esenciales, pero que ella mantenía limpio y perfectamente ordenado.

Al poco tiempo tuvieron a su primer hijo, Damián, como su padre, y ella, no tardó nada en volver a quedar preñada de su hija, Lucia. Se encontró con dos niños pequeños que ocupaban todo su tiempo, además de atender a su marido y cuidar de la casa. Lo peor era hacer "malabares" con el sueldo para poder llegar a final de mes; había que ser una perfecta economista, pero Carmen se las apañaba bien, y gracias a Dios, a Damián le iba bien en su trabajo.

Fueron pasando los años, y las cosas no les iban mal, pudieron dar la entrada para un piso un poco mayor, que empezaron a pagar con grandes sacrificios. Y entonces nació su hijo pequeño, Enrique. Fue un despiste ya que entonces el único método que utilizaban era la "marcha atrás", así que en un descuido les vino una boca más para alimentar. Bueno, ya se apañarían no era cuestión de ahogarse por algo que ya no tenía remedio; ni que decir tiene, que no pasó por su imaginación la idea de un aborto, algo impensable en aquella época.

Para entonces, Carmen se había olvidado de todos sus sueños, ya ni siquiera podía ir a la biblioteca, aunque había disfrutado mucho enseñando a sus hijos a leer y ayudándoles con las tareas escolares mientras fueron pequeños. Le hacían recordar su infancia: ¡cómo le hubiera gustado ser maestra! Se podía decir que era relativamente feliz, su marido era un buen hombre, trabajador, buen padre. Aunque no era demasiado cariñoso, tampoco la había tratado nunca mal, también es verdad que ella no le había dado motivos, pero a algunos maridos no les hacía falta nada para descargar la frustración y la rabia con sus mujeres.

Sus dos hijos mayores no le daban problemas. Damián no había querido estudiar, pero empezó a trabajar con su padre en el taller, que había prosperado mucho, y no lo hacía mal, sentía pasión por los coches. Lucía seguía estudiando, Carmen estaba orgullosa de ella, era muy buena estudiante y se juraba que su hija tendría las oportunidades que nunca tuvo ella. El problema era Enrique, un adolescente rebelde al que no le gustaba estudiar, ni trabajar; y por si eso fuera poco empezó a frecuentar unas amistades nada recomendables. Carmen sabía que muchas veces no acudía al Instituto, continuamente la llamaban los profesores, pero se encontraba perdida y no sabía qué hacer. Sospechaba que había empezado a fumar "porros"; ella no entendía de eso, pero se lo notaba en los ojos enrojecidos. Y las pocas veces que podía hablar con él, lo negaba todo descaradamente, para luego largarse de casa dando un portazo.

Carmen callaba, y no le contaba nada a su marido. Bastante tenía el pobre con trabajar y últimamente lo notaba preocupado y de muy mal humor. Se hablaba que en el taller querían hacer un recorte en el personal, y se temía lo peor. Y lo peor llegó: un día Damián se presentó en casa con la carta de despido, estaba desmoralizado. ¿Qué iba a hacer ahora a sus cincuenta años?, ¿qué iba a ser de su familia?

Tiene la boca reseca, sin saliva. Entreabre los ojos y distingue la silueta de Lucía dormitando en el sillón, al lado de su cama. No quiere despertarla, debe estar muy cansada después de tantos días allí, sin moverse apenas de su lado. Se remueve en la cama y su hija acude al instante. La mira sin hablar, y se ve que lee en su mirada, porque le acerca un vaso con agua en la que apenas moja los labios. Vuelve a cerrar los ojos, está a punto de dejarse llevar por el cansancio y dormir para no despertarse, pero quiere seguir hurgando en su memoria. Necesita encontrar en su vida un solo momento en que haya sentido la felicidad plena, esa que percibe en las telenovelas, o en las películas, en la soledad de su pequeña sala.

Sí, Damián había perdido su trabajo y con ello su dignidad y su autoestima. Al principio salía todas las mañanas dispuesto a buscar otro empleo, y con el periódico debajo del brazo recorría la ciudad. Iba ilusionado, confiaba en su experiencia pues sabía de coches y de motores casi más que de su familia. Pero cada día venía un poco más decaído: en todas partes era lo mismo, buscaban gente más joven. Al poco tiempo, dejó de patear las calles, bajaba al bar de la esquina y allí olvidaba sus penas entre vasos de vino.

Carmen había empezado a fregar escaleras y oficinas, y miraba en silencio cómo su marido se iba transformando, cómo iba cayendo poco a poco en un pozo de amargura. Intentaba darle ánimos, pero para un hombre que no había hecho en su vida otra cosa nada más que trabajar, se habían acabado las esperanzas y las ilusiones. Estaba taciturno, triste y no hablaba, sólo miraba con ojos como de pez muerto que a ella le partían el alma.

Por si no tenía bastante, Enrique, su hijo pequeño, estaba cada vez más alejado de casa. Ella sabía que andaba por mal camino. Aparecía, de cuando en cuando, para pedirle dinero, había adelgazado mucho, y siempre iba sucio y con ropa vieja y rota. Unas veces parecía adormilado, y otras estaba inquieto y tartamudeaba como si no le salieran las palabras. Carmen había empezado a esconder el dinero y las pocas cosas que tenía de valor, porque en más de una ocasión, después de que él hubiera estado en casa, echaba en falta lo poco que llevaba en la cartera.

Recuerda aquel día en que volvía cansada y rota, las rodillas destrozadas por las muchas horas que se pasaba fregando. Había llegado a casa pensando en que todavía tenía tiempo de sentarse un momento en el sofá y tomarse un café con leche caliente -¡hacía tanto frío!-. El teléfono estaba sonando y a ella, sin querer, se le encogió el corazón. Pensaba en su hijo. ¿En que lío se habría metido esta vez? Se equivocaba, una voz de mujer le decía algo que ella se negaba a creer: habían encontrado a Damián colgado de un árbol en un parque cercano.

Su marido no aguantó la desgracia, y la había dejado sola. Se sentía cansada de luchar: toda la vida igual, no le quedaban sueños ni esperanzas, ya no le quedaba nada. Se preguntaba qué sentido tenía una existencia como la suya; no sabía por qué seguía aguantando día tras día, pero lo hacía.

No había pasado mucho tiempo desde que enviudó, cuando murió su hijo Enrique. Lo encontraron en el mismo parque que a su padre, pero a él con una jeringuilla clavada en el brazo. Ella, a pesar del dolor inmenso que sentía, recuerda que tenía una sensación de alivio, de paz, y se avergonzaba por eso.

Gracias a Dios sus otros hijos habían resuelto bien su vida. Cuando Damián se casó, ¡qué orgullosa se había sentido! Era un hombre trabajador, como su padre, y gracias a su esfuerzo había conseguido salir de aquel barrio, cada vez más degradado. Tenía un taller de su propiedad y se había enamorado de una buena chica con la que formó una familia.

Lucía, Lucía, Lucía. Ella siempre había sido su niña, trabajó durante años con todas sus fuerzas para que su hija pudiera cumplir sus sueños, para darle todas las oportunidades que la vida le ofrecía. Y había valido la pena, ¡vaya que sí!: era una mujer independiente, y ejercía como pediatra, lo que siempre había deseado desde chiquitina. No se había casado todavía, pero Carmen sabía que estaba enamorada, se lo había visto en los ojos brillantes, la sonrisa en los labios y la alegría reflejada en su rostro. Lo intuyó la última vez que Lucía había ido a comer a casa. Ella ya empezaba a encontrarse enferma, pero no le había dicho nada, no quería preocuparla y estropear aquellos instantes de complicidad entre ambas.

La habitación está en penumbra y ella se esfuerza en abrir los ojos, quiere mirar a su hija por última vez. Quiere decirle tantas cosas, contarle de su vida y sus sueños, pedirle que luche por la felicidad, que no la dominen las circunstancias, que no se deje llevar de acá para allá. Pero está tan cansada que no le quedan fuerzas ya. Lucía se ha sentado en la cama y le coge la mano entre las suyas. Nota como, con un suave pañuelo, alguien le limpia el sudor frío que baña su frente: es Damián que está al otro lado de la cama. Abre los ojos y les sonríe ; y piensa que, después de todo, su vida tuvo algún sentido.

Deja caer los párpados despacio, queriendo guardar en su memoria esa última imagen. Ya no siente ningún dolor, nota su cuerpo liviano y una paz que la inunda por completo. En la boca, una sensación de frescura como cuando acercaba sus labios a las aguas puras y cristalinas que manaban de la fuente del pueblo. Y respira, respira por última vez el aire que entra por la ventana de su habitación en la vieja casa donde nació.

lunes 1 de diciembre de 2008

La conoció en un bar

En los enlaces que figuran en la parte derecha del blog figura "El desorden de tu nombre". Se trata de un grupo de msn que cree hace algún tiempo y en el que compartí ratos y letras con buenos amigos y mejores escritores. Como ya sabréis, porque en la red las noticias vuelan, msn ha decidido cerrar esos grupos gratuitos, vete a saber por qué. El caso es que en El Desorden existe un panel que dimos en llamar "Retos" en el que cada mes se proponía precisamente eso: un reto. Alguna vez fueron historias que se escribieron conjuntamente entre varios participantes. Una de ellas es ésta que traigo aquí, un poco para que no se pierda en el olvido pues creo sinceramente que fue un buen trabajo. Es un poco larga y cada fragmento aparece precedido del "nick" de quien lo escribió. Espero que os guste y aprovecho para agradecer una vez más a ese puñado de amigos los felices ratos que pasé junto a ellos. Gracias, de corazón.

Como no le pusimos título, me pareció buena la frase con la que comienza la historia:


La conoció en un bar



Cari-Sum

La conoció en un bar. Era una mujer de las que quitan el hipo, rotunda y explosiva. De curvas peligrosas y aire de misterio. Se hacía llamar Feroz, un nombre que a él le resultaba excitante. Le hacía imaginar escenas de pasión, momentos lúbricos, sexo, mucho sexo. Cada noche se acercaba al local para verla actuar. La observaba desde la barra, la veía moverse sobre el escenario, sensual, desgarrando canciones con su voz rota, entre el humo de los cigarrillos y el olor a alcohol. Al final de cada actuación ella se acercaba a la barra con su caminar cadencioso, ese bamboleo de caderas que da una vida sobre unos tacones afilados. En el instante en que un cigarrillo quedaba apresado entre los labios rojos, una docena de encendedores iluminaban el local. Entornaba los ojos para encenderlo, y daba unas gracias escuetas antes de exhalar el humo, coger su copa y desaparecer por unas cortinas de terciopelo ajado y descolorido. Noche tras noche el mismo ritual. Noche tras noche el deseo latiendo en cada mirada, en cada hombre, en cada rincón del bar. Él intentaba sonsacar al camarero, le ofrecía billetes arrugados para que le hablase de ella. Billetes que el camarero le devolvía con mirada triste, repitiéndole cada noche la misma frase…-Olvídela, no es para usted. Ella es Feroz y… está maldita. Pero esas palabras no hacían mella en él, volvía cada noche para desearla, para que ella le mirase siquiera un instante y hablarle con los ojos, elevar su copa en dirección al escenario y beber a su salud. Fueron semanas de sueños inquietos entre la nebulosa del alcohol, de deseos insatisfechos. Semanas en las que dejó de pensar en nada que no fuese ella. Maldita… Dicen que está maldita. ¿Acaso no lo estamos todos? Volvió, una vez más, dispuesto a perder el tiempo a sabiendas que ella no se dignaría a intercambiar dos palabras con él. Al entrar la vio en la barra, ella le miró fijamente mientras el camarero cuchicheaba algo junto a su oído...

Después

…Joseph se acercó a la Juke Box y seleccionó un disco. En seguida Joss Stone empezó a cantar su Dirty Man quejumbrosamente mientras Feroz se acercaba a aquel desconocido que se estaba convirtiendo en el habitual de sus noches, en el lejano hombre de ojos tristes que la miraba a través de las volutas de humo del local mientras ella entonaba esta canción y muchas otras.
Se acercó a él, lenta, pisando esa línea recta que hace a una mujer caminar como un felino y le tendió una mano. Sonrió al mirar su cara de asombro y le dijo -¿Bailas?.
Él la siguió hasta un hueco entre las mesas y la tomó de la cintura. Aquello era mucho más de lo esperado y se dejó llevar por la música aspirando el aroma de su cabello contra su mejilla. Se balancearon lentos, en silencio, dueños de esas manos con miedo de invadir lo desconocido que se van afianzando poco a poco, rozando un trocito de cuello, un hombro, el filo de la cadera.
La melodía terminó y se detuvieron reparando en un sujeto parado junto a ellos.
- Harry ¿qué haces aquí?

Desordenada

Joseph estuvo a punto de echarse a reír al mirar al individuo al que se dirigía Feroz. Y no era para menos. Ante ellos se erguía un enorme cuerpo de pollo de plumas amarillas, por encima del cual asomaba una gran cabeza de hombre con gesto compungido y ojos brillantes. Bajo el brazo sujetaba una cabeza de pico naranja.
- Harry ¿qué haces aqui? - insistió Feroz.
El hombretón hizo pucheros.
- Tenía que marcharme de allí, sabía que pasaba algo, lo sabía. El encargado quería que caminase hasta la tienda de flores. Y eso no está en mi ruta, no está en mi ruta - le dije, pero él insistía. Y yo estaba muy nervioso, ya sabes que las flores me ponen nervioso. No podía ir hasta allí... ¿qué...? ¿qué haces bailando?... tú, tú nunca bailas con nadie.
- Deja eso ahora, Harry, escúchame ¿qué le has hecho al encargado? ¿le has hecho algo?.
Joseph, un poco apartado, observaba al hombre. Sí, le había visto alguna vez, unas calles más abajo, ante la tienda de pollos asados. Se había fijado en su rostro, siempre mostrando una expresión ausente, con aquella enorme nariz aplastada que le daban aspecto de boxeador.
Y no se equivocaba, Harry fue un gran campeón de los pesos pesados hasta que su cabeza no pudo resistir más golpes.
- No, le he hecho nada... me gritaba, me gritaba mucho y yo estaba nervioso, yo... sabía que debía venir aqui. No, no le he hecho nada, te lo prometo, le empujé, le empujé sólo un poco. No quería que me gritase más, quería decirle que la tienda de flores no era mi ruta, que no podía ir allí. Me llamó estúpido retrasado, así "estúpido retrasado" muy cerca de mi cara, me salpicó de saliva. Y yo le empujé... sólo un poco.
- Tranquilízate, Harry...
- Y este tipo... ¿te gusta este tipo? estábais bailando, os he visto... muy juntos. No me gustan los tipos que aprietan a las chicas cuando bailan...
Un borracho se acercaba tambaleándose hacia ellos, la sonrisa torcida con gesto burlón, el dedo estirado señalando al pollo gigante...

Después

- ¡Eeeehhh! ¡tú!! ¡pollo!!! ¡¡¡Eeehhh, míiirame!! .- Hablaba con la lengua pegada al paladar y arrastrando un poco las vocales, inequívoca señal de que estaba bebido.- Quierrro que te poongasss la cabeza de gallina y que nos cacareess un poco. Quierro que cruuces la sala, talmente clueca y nos poongash el huefo.
Y brúscamente le dió un empujón a la mole amarilla, lanzándolo contra una de las mesas que se encontraban vacías.
Harry se levantó ágilmente, muy rápido para un hombre de su tamaño y avanzó hacia el borracho.

Kluzkl

Joseph observaba a Harry y se preguntaba ¿Qué es lo que debía de hacer Harry? Él, Joseph, se las daba de conocerse bien: podía ser apasionado, a la vez que reflexivo y frío, nada visceral si al contexto le interesaba. ¿Qué hubiera hecho él? No todos los momentos son iguales, ni tan siquiera el cuerpo ni los ánimos dan para comportarse de igual forma. Y luego estaba lo del libre albedrío. ¿Existía de verdad eso que llaman el libre albedrío, la libertad de, realmente, poder comportarse uno como le viniera la gana? ¿O los momentos se subordinan a los contextos, mandan? ¿Qué hubiera hecho él? ¿Cómo se hubiera comportado? Pero no, no era de él, sino de Harry, de sus comportamientos, de lo que a Joseph le apetecía ahora reflexionar. Harry era, al menos se lo parecía a Joseph, vehemente y visceral, y ahora le acababan de tirar al suelo de un empujón, con burla, quizá, se podría considerar, de manera insultante.
A Harry le asistía el derecho de no dejarse intimidar por el otro tipo, pero el otro estaba borracho, era evidente.Hablaríamos entonces —seguía Joseph con sus deliberaciones, mientras Harry ya estaba muy cerca del tipo ebrio— de la incidencia real del alcohol en los reflejos, sobre la incidencia, especial y determinante, del alcohol en los comportamientos. El alcohol podía definir, y de qué forma decidir, optimizar, el agravamiento de los conflictos.¿Harry se debería abandonar a los instintos y golpear al borracho hasta pelarse los nudillos? O, por el contrario, Harry se debería permitir la oportunidad de una evaluación sistemática y compleja de forma que así evitara el enorme despilfarro de energía que supondría la desconformación entre las ideas, su ego y su autoestima. Cómo parecían indicar diferentes corrientes científicas y psicológicas que habían estudiado el problema —Joseph recordó un artículo periodístico que aún estaba fresco en su memoria— la formación amplia y flexible, inspirada y en consonancia con las inquietudes e intereses de las personas, suele derivar de una estrategia global en el marco de una planificación de las actuaciones, y de la concepción integral que siempre o, al menos, la mayoría de las veces, les es preciso desarrollar teórica y prácticamente…Pero ¿para qué seguir divagando? —interrumpió Joseph sus reflexiones— ahora interesaba ser prácticos: lo que tenga que suceder sucederá, por más vueltas que le demos, antes de no más de un par de segundos.Harry ya estaba a menos de un paso del borracho.

Desordenada

- No soy un gallina - dijo Harry cogiendo al borracho por las solapas y alzándolo dos palmos del suelo - no soy un gallina, soy un pollo ¿verdad Feroz que soy un pollo?, díselo, dile que soy un pollo.
- Está bien, Harry, está bien, suéltale, suéltale por favor, sólo es un pobre borracho. Y tú, desgraciado - gritó dirigiéndose al beodo que pataleaba buscando un punto de apoyo para los pies - te aconsejo que te largues por donde has venido, si no quieres ver tus putos dientes esparcidos por el suelo.
Mientras, Joseph parecía haberse quedado traspuesto. No dejaba de mirar a aquella mole humana que hablaba como un niño. Pensó que el hombre, si no se le enfurecía, era incapaz de matar una mosca, pero... cuidado con molestarle, porque podría matar a cualquiera de un golpe. No sabía muy bien cual era su papel en todo ese lío, así que optó por quedarse quieto contemplando cómo se desarrollaba la situación. Parecía que Feroz era capaz de manejar al hombre y desde luego, más capaz aún de asustar al imbécil borracho y hacerle salir por pies.
Harry miró durante un rato al pelele que tenía entre las manos como si se tratase de un insecto al que estuviese estudiando, decidiendo si le rompía una patita o le dejaba marchar sano y salvo. Volvió a mirar a Feroz y lentamente le depositó en el suelo.
-Uh! - le gritó como si jugase a asustarle, y el tipo salió trastabilleando hacia la puerta sin atreverse a mirar atrás...

Peonpalante

Todas esas escenas bailoteaban en la mente de Joseph, como si de un guión cinematográfico se tratara, mientras se embebía contemplando absorto el fondo del vaso que contenía el whisky de dudosa procedencia que servían en aquel antro, y se quemaba los dedos, apurando hasta la brasa cada uno de los cigarrillos que le arruinaban los pulmones.Por supuesto que no existía Harry, cualquiera sabe que los boxeadores sonados, peligrosos pero cándidos, son una leyenda urbana; por supuesto que no existen los pollos parlantes. Imposible que Feroz lo invitase a bailar. De todas sus elucubraciones tan sólo eran ciertas la presencia insidiosa del borracho (tal vez él mismo) y… Feroz.Feroz existía, era tan real que le dolía su presencia. Tan destructora que ya había perdido la voluntad por ella. Acodado en la barra, noche tras noche, las canciones de Feroz le atormentaban. Por lo que decían y por cómo las cantaba.No era ingenuo. Sabía que Feroz no era tan glamorosa, que tras el maquillaje y las engañosas luces del tugurio se escondía una mujer torturada, renacida del mil cenizas, y eso era lo que la hacía irresistible para él.Si tuviera el valor de hablarle…

Kluzkl

Alguien apretó un botón y empezaron a caer burbujas del techo, Harry primero se asustó, e hizo ademán como de quitárselas de encima, luego se quedó quieto, mirándolas, con una sonrisa leve, de boxeador sonado. Joseph se decidió, se acercó a Feroz y se pegó a su espalda, la rodeó con los brazos, entrelazo las manos a la altura de su vientre, la presionó hacia así. Feroz dio un respingo, parecía que iba a resistirse pero se abandonó al juego. Joseph la embestía, muy sutilmente.Ella movía sus caderas, presionaba con las nalgas, levantaba los brazos, desnudos, y jugaba con su melena, se acariciaba los pechos; sus pezones cantaban ya a voces su ánimo.
Concupiscente pistola frágil, translúcida, erotismo ungido de balas, grandeza, esplendor, ceremonia o entierro solemne que hace honor al difunto, forma rellena de aire sometida por un líquido, frenéticamente, milagrosa piel de agua y jabón con gotas de esencias compradas en Egipto, arena, alcohol y cien noches, a partes iguales, frasco tan pequeño, o tan mayúsculo, como el cariño por los perros, prueba de acíbar, de derrota, sobrecillo de azúcar imposible para el mozo, Par naso o Helicón presidido por el Eros amable de palabras llenas de sicalipsis, pornografía, gran capacidad de deslizamiento, lujuria pordiosera pidiendo limosna en la calle de aromas y sonidos exóticos, mojadas fuertes, infinita saliva, besos, tiros de sílice palatizados contra el paladar.
Joseph, la bisbiseaba a la oreja.

Peonpalante

¡Qué no, qué no! Que si se dejaba arrastrar por el delirium tremens estaba perdido. Después de Harry el Pollo, difuminado entre burbujas, ¿qué sería lo siguiente?¿Un conejo blanco de tres metros de alto, con una pajarita roja, bailando claqué? ¿O alguna aberración de la naturaleza, como un ciempiés de cuatro patas?Debía zafarse de sus alucinaciones y centrarse en Feroz, aunque ella fuese la mayor alucinación de todas.Soñaba con olerla, con enterrar la cara entre sus muslos y asfixiarse voluntariamente con su acre aroma de mujer fatal.Soñaba con decirle que le había desgarrado el alma, que le había robado el corazón, que no podía dormir por su culpa. Y todo sin ni siquiera haber cruzado una palabra. Vivía con carne y sangre las letras de las canciones que ella esculpía desde el escenario.Y ahora lo estaba mirando, seguro que el camarero le había contado su interés por ella.El caso es que de cerca no parecía tan impresionante...

Desordenada

Santos arrugó la hoja que estaba escribiendo. No había manera: la inspiración le había abandonado. La historia que intentaba escribir era una mierda, giraba, daba vueltas sobre sí misma sin llegar a ningún lado. Y eso de ponerles nombres ingleses a los protagonistas era de un cutre que echaba para atrás.
Se recostó en la silla desperezándose mientras daba un vistazo a su alrededor. Toda la habitación estaba en completo desorden, la mesa desaparecía bajo un número incontable de aviones, pajaritas, barcos... de papel. Todo el papel que había desperdiciado intentado escribir esa estúpida historia: primero había pensado en algo un tanto erótico con una pizca de suspense, luego intentó darle un giro detectivesco, intercalando algunos pasajes casi surrealistas, de nuevo volvió al eje central de la historia, pero no, no le gustaba.
Suspiró hondo. En momentos así echaba de menos un cigarrillo, pero no iba a caer en esa tentación. Se levantó para acercarse a la ventana a ver si se despejaba un poco. Tenía las piernas entumecidas de las horas que había pasado sentado. Iría a mear.
El baño también necesitaba una buena limpieza, pensó mientras miccionaba sin fijarse mucho en las salpicaduras que iba dejando en el inodoro. Luego, se dirigió a la ventana.
Era una noche fría, pero no demasiado. Las calles aparecían desiertas de viandantes, sólo algunos coches, pocos, circulaban por la avenida. Frente a su ventana un parque inaugurado por el ayuntamiento hacía unos meses mostraba unos raquíticos árboles demasiado jóvenes para dar un poco de sombra en las calurosas tardes de verano. Fue entonces cuando la vió. Estaba sentada, de forma indolente, en uno de los bancos, mostrándole su mejor perfil. Parecía que no tenía otra cosa que hacer que permanecer allí sentada precisamente en Nochebuena, cuando lo lógico era hallarse ante una gran mesa rodeada de la familia.
Aunque precisamente a él no debíera parecerle extraño. Estaba sólo, intentando empezar una novela. Su familia... mejor ni pensar en ello, eso sí que daría para contar una novela. Pero no, jamás, nunca en los cuatro libros publicados había hecho una sóla mención a su vida íntima, nada autobiográfico, ni siquiera de sus pocos grandes amores.
Sus amores... Susi, ella había sido el último. Y cuando se marchó se llevó con ella su inspiración. No había podido escribir nada coherente desde entonces.
Volvió a fijarse en la desconocida del banco. Tenía ganas de bajar a la calle, cruzar la avenida y sentarse a su lado. No, mejor, sacaría su vieja bicicleta y se iría al parque, era una buena excusa para pasar por allí. Y era una noche estupenda para eso, al menos hasta que las cenas terminasen y las gentes volviesen a asaltar la calle.
Al coger la bicicleta de la habitación del trastero volvió a acordarse de Susi, de los largos paseos que solían dar juntos. Vamos, Santos, deja de pensar en ella - se dijo en voz alta - y se dirigió a la puerta con paso firme...

Desordenada

Cuando salió a la calle se sentía invadido por una extraña urgencia, deseaba pasar lo antes posible por delante de aquella mujer que seguía sentada en el banco, impasible, parecía talmente una estatua o uno de esos mimos que a veces se paraba a observar con curiosidad. Se obligó a serenarse un poco y a adoptar una aptitud sosegada, como el que va sencillamente a dar un paseo en bicicleta. Mientras esperaba a que el semáforo cambiase a verde para poder atravesar la avenida, disfrutó del silencio de la noche, de la ausencia casi total de vehículos, observó las ventanas iluminadas de los edificios e imaginó que detrás de una gran mayoría de ellas, habría familias enteras sentadas a la mesa. No sentía envidia, él ya había tenido de eso y no lo echaba de menos.Santos pasó al otro lado de la calzada y pedaleó despacio al enfilar el pequeño sendero donde se hallaba el banco ocupado por la desconocida. La observó atentamente mientras se iba acercando a ella, ya que no podría hacerlo justo cuando pasase por delante. Iba enfundada en un largo abrigo gris y permanecía sentada con las piernas cruzadas, una encima de la otra, que asomaban por la abertura del abrigo. A pesar del frío, ella llevaba medias negras y unos zapatos de tacones afilados, parecía que se hubiese escapado de una fiesta. El pelo, de un bonito color caoba, brillaba a la luz de una farola situada al lado del banco. Lo llevaba en una corta melena, que tapaba justo las orejas, peinado con raya en medio y la nuca más corta que la parte de delante. A Santos le resultó familiar.El hombre se disponía a pasar por delante y ya iba a agachar la cabeza cuando percibió un ligero movimiento, la miró y en ese mismo instante ella alzó los ojos. La impresión que le causó aquella mirada fue tan fuerte que tartamudeó al decir un casi inaudible: “buenas noches” y aceleró el pedaleo.¡Qué idiota soy! Parezco un estúpido niñato, me he puesto a temblar como un flan cuando ella me ha mirado. Tengo que dar la vuelta, ahora mismo, sí, ahora mismo voy a ir allí y sentarme a su lado, da igual si tengo excusa o no, siempre puedo hablar del tiempo. Santos no lo pensó más y empezó a desandar el camino. Tenía que mirarla de nuevo, porque no era posible, había sido una alucinación, seguro, pues no le había parecido que esa mujer que estaba allí sentada era exactamente igual que el boceto que él había hecho de la protagonista de su novela. Feroz, esa mujer era idéntica a Feroz. Él tenía la tonta costumbre de imaginar físicamente a cada uno de los personajes de sus novelas y como el dibujo no se le daba mal, se entretenía haciéndoles una especie de retratos. Siempre había sido así y tenía una buena colección de ellos.Ahí seguía ella sentada y parecía dispuesta a pasar toda la noche…

Desordenada

Visto y no visto, antes de tener tiempo de arrepentirse Santos estaba frente a la mujer del banco. Ella le miró con cierto reproche al tiempo que le preguntaba: "¿por qué te has ido como si hubieras visto un fantasma? la primera persona conocida que encuentro y te largas, así, tan tranquilo". Él se había quedado con la boca abierta por la sorpresa. Su mente era un torbellino de pensamientos contradictorios y no lograba salir del estado de estupefacción en que se hallaba. "¿Me conoces" - acertó a balbucear. Ahora era ella la sorprendida. Estás de broma. Pues mira, yo no tengo ganas de bromear, estoy asustada, muy asustada. Hace un rato bailaba contigo en el "Asfalto ardiente", bajo una lluvia de burbujas, tú bisbiseándome la oreja y Harry queriendo matar a un puto borracho y aparecí de pronto aqui sentada en este banco solitario, en un parque que no conozco de una ciudad extraña. Dime ¿te parece que tengo ganas de bromear?.
Santos la miraba extasiado. Feroz, o quien quiera que fuese aquella desconocida, se ponía más y más guapa conforme crecía su enfado. Le brillaban los ojos que parecían lanzar chispas de fuego. No sabía lo que hacer, así que optó por dejarse llevar y seguir con aquel juego. Pronto la calle se llenaría de gente con ganas de fiesta, así que decidió llevarla a algún sitio para intentar calmarla y entender, de paso, aquella extraña situación.
Vamos, tranquilizate, será mejor que vayamos a mi casa y tomes algo caliente, hace mucho frío esta noche - le dijo en tono conciliador - está aqui al lado. Cuando alzó sus ojos hacia él, Santos se encontró con la mirada más suplicante que jamás había visto. Tengo que buscar a Harry, tienes que ayudarme a buscarle, él se encuentra perdido sin mí, es como un niño, un niño pequeño, puede cometer una locura, por favor, por favor, tienes que ayudarme - y rompió a llorar.
El hombre la rodeó con sus brazos, consolándola, mientras le hablaba suavemente al oído. No temas, iremos a buscarle, le encontraremos, te lo prometo, pero antes debes sosegarte y descansar un poco. Algo le contestó ella en voz baja, pero él no llegó a escucharla porque en ese momento la sirena de una ambulancia rompía el silencio de la noche...
Santos dió un respingo cuando una ambulancia pasó por delante de su ventana haciendo ulular la sirena. Estaba aturdido y durante un momento no acertaba a darse cuenta de donde se encontraba. ¡Uf! le dolía enormemente la espalda y los brazos. Se había quedado dormido sobre la mesa en la que estaba escribiendo. ¡Joder, joder, joder! menudo sueño he tenido, mierda, eso me pasa por comer esas porquerías precocinadas, bueno, y la botella de vodka también habrá tenido algo que ver. Se desperezó, al tiempo que meneaba la cabeza en un intento de desterrar aquellas estúpidas imágenes que aun rondaban allá dentro.
Tenía las piernas entumecidas cuando se dirigió al baño a mear, rascándose la entrepierna. ¡Coño! un día tengo que limpiar todo esto, pensó. Volvió sobre sus pasos y se dirigió a la ventana. Enfrente, en un banco solitario del parque se sentaba una mujer con gesto indolente... esperando. La lacia melena le tapaba el rostro.
Santos cogió su bicicleta y salió de casa.

Cari-sum

-Baila conmigo una vez más, Feroz...
Enmedio del parque, Santos asió de nuevo la cintura de aquella misteriosa mujer. Ella, flexible como un junco, se dejaba llevar al ritmo de unos músicos invisibles.Giraban sobre sí mismos bajo la luz de la luna, abrazados, cuando de entre las sombras de la noche un movimiento llamó la atención de Santos. Fijó la vista en aquel punto y, sorprendido, vio aparecer un numeroso grupo de enormes pollos amarillos que avanzaban, hacia ellos, caminando de forma ridícula y piando bajo las estrellas.
-¡¡¡Dios mío... Feroz... El pollo!!!Pi... Pi... Pi...-¡¡¡Son pollos, cientos de pollos!!!Pi... Pi... Pi...
Feroz le miraba divertida mientras iba transformándose en otro enorme pollo saltarín.
-Mira Santos, soy un pollo, jajaja, soy el pollo ferozzzzzz y tu eres san pollo, jajaja... Pi... Pi...

Santos...Santos...

¡Santos!¡¡¡Santos... Joder... Apaga el despertador!!!
Santos abrió los ojos sin entender nada, y una punzada de dolor se le clavó entre los ojos al recibir la bocanada de luz intensa que entraba por la ventana.
-Te juro que es la última nochebuena que cenamos en casa de tu hermano. Cada año lo mismo, te pones ciego de anís del mono y me das la noche. Santos no hacía más que mirar a su alrededor, bajo las sábanas, dentro de su pijama.
-¿Y el pollo, Mari?
Mari resopló mientras buscaba las zapatillas bajo la cama.
-El pollo... Menuda perra te ha dado esta noche con el pollito de las narices. Si Santos, sí, tu cuñada te dio pollo para cenar, el mismo pollo reseco e infumable de cada nochebuena, pero como eres un ansioso te pusiste hasta las trancas. Y claro, entre el empacho, la borrachera y el concurso anual de "a ver quién hace más el ridículo con el karaoke", te has pasado la noche dando saltos en la cama y sin callar.
Santos se pasó la mano por la frente cubierta de sudor frío y volvió a arrebujarse bajo las mantas. Mari, mientras tanto, rezongaba de camino a la cocina.
-El pollo feroz... Si es que no se puede ser más tonto. Que harta estoy, madre mía...
-Jo Mari...

Y este cuento se acabó.

Gracias a los escritores por orden de aparición:

Cari-sum, Después, Desordenada, Kluzkl y Peonpalante.

miércoles 26 de noviembre de 2008

Regalo


No soportaba ser sólo yo la que amaba. Me negaba a seguir esperando sus palabras de amor. Y una noche decidí abandonarle, no sin antes escupir con rabia mi último adiós: “No tienes corazón” al tiempo que cerraba furiosa la puerta tras de mí.
No esperaba que viniese a buscarme, no esperaba disculpas, no esperaba palabras de amor… por eso resultó tan extraño recibir su regalo tres días después.
Era una caja bonita y pequeña, azul, con un lazo. Dentro, sobre un blanco impoluto, yacía inerte un corazón.
A su lado una nota: “Te equivocas, sí tengo corazón. Tenía”.

martes 25 de noviembre de 2008

El último refugio (FINAL)



Al verle allí, despeinado y sudoroso, con una expresión de sorpresa en el rostro, los ojos brillantes de rabia y la mandíbula apretada, un escalofrío recorre mi cuerpo. A duras penas controlo el temblor de mis piernas y me dirijo a la cocina con la intención de comprobar el estado en que se encuentra Antón. Le oigo bajar las escaleras con rapidez mientras estoy agachada junto al cuerpo malherido. Sólo pienso en que tiene que verle un médico y en ganar tiempo para que los hombres de Ignacio lleguen a tiempo. Un fuerte tirón en el brazo me obliga a levantarme.

- ¿Dónde estabas? – me dice con rabia – te dije que te quedases aquí, esperándome, coge lo imprescindible y vámonos, no tenemos tiempo que perder.

Mientras habla yo permanezco mirando tercamente la garra que me sujeta el brazo, luego levanto los ojos hacia él intentando transmitir con ellos todo el odio que siento.

- ¿Qué le has hecho a Antón? Si le pasa algo juro que lo pagarás muy caro.
- No estás en disposición de jurar nada, y no te preocupes por ese viejo inválido, cuando estemos lejos de aquí puedes avisar a una ambulancia para que vengan a socorrerle, o ya le encontrará mañana la criada. No le hubiese pasado nada si me hubiera dicho donde encontrarte.
- Eres un hijo de puta. No voy a ir contigo a ninguna parte, a ninguna, Ernesto, vas a tener que matarme o aprovechar el tiempo y largarte antes de que te echen el guante.

Sin casi darme cuenta he dejado de temblar, no tengo miedo, una inmensa tranquilidad me embarga.

- Estás loca ¿qué estás diciendo? ¿crees que me he arriesgado a venir hasta aquí para irme ahora sin ti? Eres mi mujer, me debes la vida, desgraciada.
- Te debo la humillación, la agonía, el asco de lo que he vivido estos años a tu lado. Te debo el sufrimiento de mis padres, los castigos a los que sometieron mi cuerpo y mi mente, el engaño, la mentira. Lo único por lo que merece la pena seguir viviendo está aquí: es ese hombre que yace en el suelo, esta casa y mis recuerdos. Puedes llevarme a la fuerza contigo y vigilarme cada minuto de tu vida, porque en cuanto bajes la guardia me escaparé, me mataré, te denunciaré a la justicia o te pegaré un tiro. Puedes coger todo lo que poseemos y largarte para no volver jamás. O puedes matarme ahora, en este momento. Tú eliges.

Se ha quedado un instante en silencio, dudando, como si no acabase de creer lo que está oyendo. Del cinturón saca una pistola, me mira, y me apunta con ella. Mis ojos se cruzan con los suyos un instante, tan solo un segundo, luego los cierro lentamente.

Un fuerte estampido retumba en mis oídos y cuando abro los ojos Ernesto está en el suelo, herido, y tres hombres uniformados le apuntan con sus armas.

- Eva, Eva ¿estás bien?

Es Mario que viene corriendo hacia mí con los brazos abiertos.
------------------------------------------------------------------------------------------------
Han pasado ocho meses desde aquella horrible noche. No hace mucho que acabaron los juicios contra los responsables de tanto sufrimiento. Ernesto era uno de los juzgados y condenados por los crímenes y las injusticias cometidas, pasará el resto de su vida en la cárcel junto con otros muchos inculpados. El Presidente se encuentra desaparecido, posiblemente consiguió escapar, pero la justicia no cejará en el empeño de encontrarle. Tras las elecciones, el nuevo gobierno intenta que el país vuelva a la normalidad.

- ¿Se puede saber que estás haciendo, rapacina?
- Siempre igual, te voy a comprar unos cascabeles y ponerlos en la silla, a ver si así te oigo llegar… ¿tu qué crees que estoy haciendo? – le digo mientras acaricio a Cándida y le paso el cepillo sobre el pelo reluciente.
- Deberías reposar un poco, con esa barriga no se cómo puedes andar de acá para allá todo el día.

Me acaricio lentamente la panza y noto los suaves movimientos de mi hijo, ya sólo falta un mes para que nazca, se llamará Mario, como su padre.

En ese momento llegan Fidel y Tomás, dos trabajadores que hemos contratado, con el camión en el que transportan al nuevo semental que hemos comprado. Saber que estaba embarazada me dio las fuerzas que necesitaba para empezar una nueva vida, decidimos dedicarnos a la cría de caballos y el ejemplar que están descargando es el comienzo.

- Ven, entra en casa – me dice Antón sonriendo.
- Espera un poco ¿a qué vienen tantas prisas?
- Anda, ven un momento, quiero enseñarte algo.
- Está bien… Fidel, llévalo a la cuadra, luego voy a darle la bienvenida.

Antón y yo nos dirigimos a la casa. Al llegar ante la puerta me hace señas para que entre primero y al cruzar el umbral un aroma casi olvidado despierta en mí una extraña sensación. Con paso rápido y olfateando sigo el rastro de aquel perfume mientras cientos de recuerdos se agolpan de pronto en mi cabeza. Me asomo a la puerta de la cocina y allí están mi padre y mi madre, con los ojos llenos de lágrimas y la alegría iluminando su rostro.

Tras ellos Mario exhibe esa pícara sonrisa del niño que acaba de cometer una travesura. Ahora entiendo por qué estos días andaban los dos con tanto secretito. Es mi madre la primera que me abraza, envolviéndome con su olor, y las dos nos echamos a reír cuando ella tropieza en mi barriga, luego mi padre se une a nosotras entre risas y lágrimas. Es lo único que me faltaba para senti