Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

jueves 19 de noviembre de 2009

Algo más que un adulterio


– Ese maldito golpeteo otra vez, así no hay quien duerma.

– ¿Qué te pasa, Antonia?

– ¿Que qué me pasa? ¿que qué me pasa? ¿no lo oyes? Lleva tres noches paseando arriba y abajo dándole al bastón, el viejo de las narices.

– Déjalo ya, mujer, y duérmete.

– Claro, como a ti no hay nada que te quite el sueño. Si no tenía bastante con tu sinfonía de ronquidos, me faltaba el toc, toc, del vecino de arriba.

– Oye, que yo no tengo la culpa de que tengas un sueño tan ligero, cuenta ovejitas, o tócame el pito un rato así no me duermo yo tampoco.

– ¡Los cojones!

– ¡Ah! Si te empeñas, por mi encantado.

– Vete a la mierda, Ramón.


Lo hace a propósito, lo se. Se está vengando porque hace cinco días que no subo. Si es que no se puede hacer una buena obra, no se cómo pude enredarme de esa forma. Aquél día cuando oí el golpetazo, tenía que haberme quedado quietecita en casa, pero me asusté, pensé que igual se había caído el pobre hombre y estaba tirado en el suelo sin que nadie acudiese en su ayuda. Y no me equivoqué mucho porque cuando me abrió la puerta iba cojeando el infeliz. No se había roto nada pero llevaba un buen moratón en la rodilla. No pensaba que pasara lo que pasó. Pero cuando empecé a curarle y no apartaba los ojos de la regata de mi escote, no se, me sentí atractiva otra vez, aunque fuese un viejo. Pero es que el viejo se conserva bien. Militar retirado, esos no trabajan mucho que se diga y luego bien jóvenes ya están jubilados. Sin hijos, sin problemas, así ya se puede vivir bien.


Y la gracia que tiene para camelar, el jodío. Que si estás muy guapa Antonia, que si seguro que aún te piropean por la calle, que si ya quisieran algunas con tetas de silicona tener una delantera como la tuya. Una no es de piedra y ya casi tenía olvidados esos requiebros. Me quitó años de encima, y kilos, y me subió el orgullo y las ganas de coquetear. Calle, calle, Don Matías, le decía sonrojándome, que una ya no está para esas cosas. Y él, erre que erre. Y una cosa trajo la otra, que si un roce, una caricia. Dale una alegría a este viejo, sácate una teta Antonia, que me gusta mirártelas. Y me subía el jersey, me bajaba el sostén y se la enseñaba. Me entraban ganas, sí, me entraban ganas de que me las tocara. Poquito a poco iba pidiéndome un poco más. Yo me bajaba a casa toda mojada y sofocada antes de que llegase Ramón del trabajo, y al día siguiente subía corriendo escaleras arriba.


Tiene autoridad el viejo, pero sin que se note. Después de las tetas, vino lo otro. Deja que te huela un poco, Antonia, que me gusta ese olor a hembra que desprendes. ¡Ay! cómo me ponía yo entonces, él me pasaba los dedos por la cosa y se los arrimaba a la nariz. Y yo no quería que quitase los dedos de allí, lo que quería es que los metiese dentro, él se daba cuenta, ya lo creo, y me dejaba con las ganas muchas veces ¡qué cabrón! Me fijaba en sus pantalones y dura, dura, no se le ponía, pero gorda, sí.


El día que me sacó el abrigo de pieles de su difunta mujer para que me lo probase ¡uf! tenía que haberle dicho que ni hablar cuando me pidió que me lo pusiera sin nada debajo y me dejó sola en la habitación. No se, yo creo que me volví loca. Me había dejado bien a la vista una medias de seda, de esas que ya no se encuentran por ahí, unos zapatos de tacón, un collar de perlas y el abrigo. De piel de zorro, nada más y nada menos… el muy canalla. ¡Qué suave! Cuando me miré en el espejo parecía la Marlen Dietrich. Me sentía tan sexy como esas de la tele. Me descontrolé. Ese día me comporté como una verdadera zorra, me moría de ganas por follar ¡qué vergüenza, Señor! El viejo se portó como un jabato, es un diablo con las manos y la lengua. Y tranquilo ¿eh? Sin prisas, casi me deja sin aliento, venga dale que te pego con la cabeza entre mis piernas. No como Ramón que pim, pam, pum, y a roncar, que ya no es lo que era, yo creo que lo hacemos por costumbre o porque de vez en cuando hay que dar salida al instinto, que si no… de qué. Y yo me empleé a fondo para ponérsela a tono, para luego cabalgarlo como un yegua salvaje. El viejo… ¡qué cabrón! que antes de morirse me regala las pieles, antes de que se las lleve alguna sobrina, mejor que las tenga yo. ¿Qué le iba a decir yo a Ramón si vengo a casa con eso? Ese día casi me pilla, en la ducha estaba cuando entré con el corazón en un puño. Que estaba de charla con la vecina, me inventé.


Se está vengando porque al día siguiente le dije que no podía subir más, si se entera Ramón me mata y últimamente lo encuentro muy raro, parece que anda siempre cavilando. No tengo ganas de líos, no estamos ya para estas cosas, Matías, le dije. Se enfurruñó un poco pero parecía que lo había tomado bien. Qué cándida eres, Antonia, me respondió, ándate con ojo con tu Ramón, que no es oro todo lo que reluce. ¡Anda! ¿y ahora? ¿qué quieres decir con eso? ¿no estarás celoso? No te enfades, mujer, no me hagas caso, manías de viejo. Si cambias de opinión ya sabes que te estaré esperando.


– ¡La madre que lo parió! Ya está otra vez… toc, toc, toc, toc.

– ¡Joder! Antonia, no me des esos sustos.

– Me voy a volver loca, así no hay forma de descansar. Yo le mato, le mato y le meto el bastón por el culo.

– ¡Qué bruta eres! No digas tonterías. En el botiquín puse unas pastillas para dormir, tómate una, o dos mejor.

– ¿Pastillas? ¿Desde cuándo tomas pastillas para dormir?

– No son mías, se las dejó Arturo en mi coche hace unos días, el compañero del curro que tenía depresión, y las subí a casa por si hacían falta.

– ¿Me harán efecto?

– Siiiiiiií, anda tómate dos y verás cómo te duermes.


– Antonia, el asunto es complicado. Confía en mí y cuéntame lo que pasó, soy tu abogado y tengo que saber la verdad.

Ya te lo he dicho, yo no maté a D. Matías ¿por qué iba a hacerlo? Esa noche me tomé dos pastillas para dormir y por la mañana me tuvo que llamar mi marido porque ni siquiera oí el despertador.

– En la casa hay huellas tuyas por todas partes, hasta algún que otro vello púbico han encontrado, y el ADN no miente.

– Sí, estuve allí otros días, te lo confesé, fue una locura, pero no le maté, dormí toda la noche.

– Tu marido dice que sobre las cuatro de la mañana se despertó y no estabas en la cama, pero pensó que te habías levantado al baño.

– ¡Díos mío! ¿ha dicho eso? no recuerdo haberme levantado.

– Y luego está lo de que ibas a matarle y meterle el bastón por el culo.

– ¿También te lo ha contado? Pero… pero… son cosas que se dicen pero nunca se hacen. Estaba nerviosa, no me dejaba dormir con sus paseos.

– Sí, Antonia, pero es que el viejo tenía el bastón metido por el culo.

– ¿Crees que soy capaz de matar a alguien porque no me deja dormir? ¿Eh? ¿Qué motivos tenía yo para matar a ese pobre viejo?

– Tranquilízate, quizá tuviste miedo de que se lo contase a Ramón, no se, igual lo hiciste bajo los efectos de esas pastillas.

– Esas pastillas me dejaron grogui.

– Mira, te voy a ser sincero, creo que deberíamos estudiar el declararte culpable y conseguir algún trato con el fiscal. Dentro de unos días te traigo la propuesta y hablamos.


– ¿Cómo estás Ramón? Lo siento, lo siento mucho, se me cae la cara de vergüenza, no se lo que me pasó, perdóname por favor. Insúltame, dime lo que quieras, pero perdóname.

– No hablemos ahora de eso, mujer, lo importante es que te pongas bien.

– ¿Qué me ponga bien? ¿Qué quieres decir?

– Pues no se, yo creo que quizá perdiste la cabeza, llevabas tres días sin dormir, los nervios por… bueno… por tus visitas a su casa, igual las pastillas te hicieron alguna reacción.

– ¿También tú crees que yo le maté? ¿Me ves capaz de hacer daño a alguien?

– Tampoco te creía capaz de comportarte como una puta, que disfruta follando con un viejo baboso… y mira. Deberías haber sido más cuidadosa, ni siquiera cambiaste las sábanas de la cama, aún olían al perfume ese que usas.

– ¿Cómo lo sabes?... cabrón. Eres un asesino, hijo de puta, te voy a matar, cabrón.

– Guardías, guardías por favor, no se lo que le pasa a mi mujer, se ha vuelto loca, llamen a un médico… ¡rápido! Necesita un tranquilizante.


Ahí va, cogido del brazo de su amante. Ha venido a verme sólo para joderme, se ha asegurado bien de que me encierren por una larga temporada. No es oro todo lo que reluce, qué razón tenías Matías. Y lo que más me jode es ver a esa zorra con tu abrigo.





El reloj (AUTOR: EDU)


Sabía que aquello sería mi perdición, y sin embargo… acepté el trato que me proponía el viejo anticuario, dueño de una pequeña tienda , al final de la calle Misterio, repleta de los objetos más antiguos y extraños que jamás se hayan visto. A mí me gustaba husmear, de vez en cuando, entre los trastos llenos de polvo y los viejos libros de páginas amarillentas, por eso acudí allí a ver si podía convencerle para que me comprase mi reluciente y apreciada armónica.


Tenía que haberme negado a cambiársela por este antiguo reloj y eso es lo que pensaba hacer siguiendo los consejos de una voz interior que parecía avisarme del peligro, pero mi cuerpo no me obedecía y mis ojos seguían el vaivén del reloj que se balanceaba ante ellos. Pero será mejor que empiece a contar mi historia por el principio, como debe ser.


Se acercaba el día de mi cumpleaños y esta vez mi madre se había negado a celebrarlo invitando a mis amigos, como castigo por mi mal comportamiento. Estaba enfadada conmigo por lo que todas las madres se enfadan: no estudiaba lo suficiente, no me esforzaba demasiado en hacer los trabajos del instituto, sólo pensaba en salir con mis amigos, y para acabarlo de arreglar me había metido en una pelea con un compañero de clase, a pesar de que ella me repetía constantemente que a golpes no es como se arreglan las diferencias.


Aprovechando que no iba a tener fiesta con los amigos, pensé en invitar a una chica que me gustaba, a cenar en un burguer o en una pizzería, ya veríamos qué me inventaba para poder salir una noche. Pero el mayor problema lo tenía con el dinero, si me ponían boca abajo no caía ni un céntimo, y en la hucha sólo había un par de telarañas. De pronto tuve una idea brillante: vendería mi armónica. Seguro que por ella me daban algo de “pasta”, era de nácar rojo y a pesar de que hacía varios años que me la habían regalado, parecía nueva.


Me acordé del viejo anticuario y una tarde entré en la tienda a ofrecérsela. Él con una sonrisa maliciosa me dijo que iba a enseñarme algo que me gustaría, y apareció con aquel reloj danzando ante mis ojos. No pude resistirme y lo cogí a cambio de mi preciosa y querida armónica.


Ahí empezó mi desgracia. Cuando llegué a casa, subí a mi habitación maldiciéndome por la tontería que acababa de hacer. Me senté en mi cama y saqué el reloj de su caja. Era de esos antiguos con cadena y una tapa que se abre al apretar un pequeño botón. Cuando lo abrí noté que le ocurría algo extraño y entonces me di cuenta de que las agujas se movían al revés, iban hacia atrás en lugar de ir adelante y corrían demasiado rápido. Maldije al viejo que me había engañado obligándome a coger aquel trasto que además no funcionaba bien. Enfadado lo tiré en un cajón del escritorio.


En los días siguientes empecé a notar en mí extraños cambios: la ropa comenzaba a quedarme demasiado grande, se me caían los pantalones y los que antes me llegaban por la rodilla empezaron a taparla por completo, la mochila del colegio me pesaba cada día más y me parecía que estaba creciendo, me costaba subirme a la bicicleta y tuve que mover el sillín para poder llegar a los pedales, cuando me sentaba a comer notaba que cada día me quedaba más bajito y me costaba llegar al plato…


Así se fueron sucediendo estos extraños cambios día tras día. Ya se me han caído algunos dientes y creo que he empezado a pensar y actuar como un niño pequeño. Estoy muerto de miedo porque se que es ese maldito reloj el que ha dado marcha atrás a mi vida y no se lo que pasará cuando sea un bebé y vuelva a la barriga de mi madre, y después me convierta en un óvulo y… dejaré de existir.


Por las noches no puedo dormir pensando en cómo me levantaré al día siguiente y me ha dado por rezar para que todo esto sea sólo una pesadilla. Ayer fui hasta la calle Misterio dispuesto a rogarle a aquel hombre que me ayudase, le devolvería el reloj y ya nunca más volveré a hacer nada a escondidas de mi madre, pero la tienda de antigüedades había desaparecido, parecía que se la había tragado la tierra. Pregunté por ella a una mujer que venía de hacer la compra y me miró extrañada: “Esa tienda hace muchos años que se cerró, estaba ahí, donde está el videoclub”.


Y lo más extraño de todo es que nadie parece darse cuenta de lo que me pasa y me tratan como siempre, incluso mi madre hace unos días cuando salí de mi habitación con una camiseta que me llegaba a los pies me miró un momento y me dijo “Vaya estirón que has dado, tendré que comprarte ropa nueva, esa camiseta se te ha quedado pequeña”.


Quizá todo sea fruto de mi imaginación. O no.


(Este es un cuento que escribió mi "cachorro" para un trabajo del instituto, con algunas corrección de mamá)




martes 17 de noviembre de 2009

Chica lista



ENCONTRAD UNA CURA...
ANTES DE QUE ME CREZCAN LAS TETAS

(En algún lugar de la red)

lunes 9 de noviembre de 2009

Y si amanece por fin (Joaquin Sabina)

Siempre, siempre amanece... aunque a veces duela.







Feliz semana.

lunes 2 de noviembre de 2009

Hasta el fin del amor



Estaba navegando por youtube, sólo por pasar el tiempo antes de irme a dormir, y me encontré con un vídeo de Leonard Cohen, la canción es la archiconocida "Dance me to the end of love", pero no había visto antes esas imágenes. De hecho, no puedo insertarlo porque está desactivada esa opción, pero sí puedo poner el enlace. Esas parejas ancianas bailando con su foto de juventud al fondo me han recordado a mi padre, sobre todo aquellas en las que uno de ellos ya no está. Tenía que ser hoy.
Algún día seguirán bailando los pasodobles que tanto le gustaban, porque para ellos el amor no tiene fin.
Buenas noches, papá.

sábado 31 de octubre de 2009

PERFECTA

Hasta ayer formaba parte de esa gran mayoría que piensa que la perfección no existe. Afortunadamente soy capaz de rectificar ante los errores y hoy, por fin, he descubierto que estaba equivocada: SOY PERFECTA.

No, si la modestia se encontrase entre mis ¿virtudes? dejaría de ser perfecta.








Buen fin de semana.

miércoles 28 de octubre de 2009

Hombres al natural (AUTORA: MARÍA SANZ)



HOMBRES AL NATURAL

(Poema de MARÍA SANZ)


Son seres grises,
inequívocamente masculinos,
que lo mismo me envían
algún ramo de rosas
con cuatro plenilunios de retraso,
que intentan sorprenderme
al llegar en su lata
(léase coche) último modelo
donde se sienten mágicos.

Seres brillantes,
portadores de un agua de colonia
que anuncia su presencia
con cuatro primaveras de adelanto;
hombres al natural, de calle y riesgo,
que buscan evadirse
llevándome a cenar. Puedo ingerirlos
antes de que caduquen,
pero se me indigestan
media hora después, y no merece
la pena estropear esa velada.

Madre Naturaleza,
los pones a mi alcance, y agradezco
tus sabias intenciones.
Pero yo siempre he sido
inequívocamente femenina,
y declaro ante ti que cada vez
es mayor la distancia que nos une.


viernes 23 de octubre de 2009

Bricolaje



Si hay algo que me provoque una cochina y malsana envidia hacia mis congéneres femeninas, es que tengan en casa a un manitas. Sí, un manitas, ese tipo de hombre que igual te arregla un roto que un descosido: el grifo que gotea, la lámpara que no funciona, la cortina que se cae, una puerta que chirría, y una serie indeterminada de pequeñas averías que van surgiendo en el hogar, debido sobre todo al uso y al paso del tiempo, ese tiempo que, como en las personas, hace verdaderos estragos en las casas.

Ya se que muchas mujeres defenderán el que somos tan autosuficientes que no necesitamos de nadie que venga a arreglarnos los estropicios, que podemos hacerlo igual de bien que ellos. Lo se, entre otras cosas porque no me queda otro remedio. Pero digo yo, que para una cosa que histórica y tradicionalmente les corresponde hacer a los varones ¿también vamos a cargar nosotras con esa responsabilidad? Me niego. O al menos tengo derecho al pataleo. El caso es que si estuviese en el trance de decidir el comenzar a convivir con alguien, en mi caso alguien del sexo opuesto, le haría antes pasar un prueba de aptitud al bricolaje.

Ante la aptitud de negación del hombre de la casa a efectuar los trabajos de reparación necesarios, no nos queda otra alternativa que hacerlo nosotras o encargar la faena a un profesional del ramo, a cambio, claro está, de que te cueste un riñón y parte del otro. Y eso ahora que estamos en crisis, que hace unos años te ponían en lista de espera como si tuviesen que operarte de una hernia. Me jode pagar por estas cosas, sobre todo si pienso que esa pasta me iría al pelo para: ir a la peluquería (nunca mejor dicho), comprarme unos zapatos, darme un homenaje en un spa, o surtir al enano de pantalones, que no para de crecer el muy cabrito.

También podemos hacer como la del chiste.

– Cariño, tienes que cambiar el grifo de la cocina que gotea.

El hombre, que acaba de llegar del trabajo y va directo al sofá con su bote de cerveza en la mano, le dice muy serio:

– ¿Tengo yo cara de fontanero?

A los pocos días, cuando llega a casa se cruza en la puerta con un hombre ataviado con un mono azul.

– ¿Quién era ese? – le pregunta a la mujer.

– El vecino de arriba que ha venido a cambiar el grifo.

– ¿Si? ¿Cuánto te ha cobrado?

– Me ha dicho que podía hacerle un pastel o acostarme con él.

– ¿De qué le has hecho el pastel?

– ¿Tengo yo cara de pastelera?

Donde las dan las toman. Desgraciadamente también tengo un grifo que gotea y lo que es peor, no tengo un vecino de buen ver para que venga a arreglarlo.

Ante tan desesperada situación, ni corta ni perezosa, decidí ir a Leroy Merlín, en busca del dichoso grifo, y de paso a por unas bisagras para cambiar las de los armarios de la cocina, que se caen a trozos, y algo para arreglar los cajones que también se caen.

Esos sitios me hacen sentir una ignorante. ¿Cómo pueden existir tantas clases de clavos? ¿Y tornillos, tuercas, llaves, perfiles, ruedas, bisagras? ¡Qué se yo! Para un amante del bricolaje aquello debe ser el mismísimo paraíso, pero para una neófita como yo, es un laberinto. Y para más INRI, ves a todo el mundo con su libreta de notas, su bolígrafo, y el metro. ¡Claro, estúpida! Me dije dándome una palmada en plena frente ¿cómo puedes olvidarte de traer el metro? Y ahora ¿cómo se yo el diámetro que tiene que tener el agujero donde pongo la bisagra? y si la puerta tiene que abrir 90º, y si va sobre el armario o al lado o dentro... para volverse loca.

Al final, pillé el primer grifo que me pareció que podía servir, las bisagras que más se parecían a las viejas, para puertas que van sobre el armario y abren 90º, menos mal que recordaba eso. Me hice con un maletín precioso con más de 40 clases de clavos, tornillas, tuercas, arandelas, enganches, alcayatas, de todos los tamaños y formas… una gozada. Y una masilla para tapar los agujeros.

Ahora me falta ponerme manos a la obra: ligar a un manitas que me ponga, aunque sea un poquito.

jueves 22 de octubre de 2009

¿Diga?


Todos los días lo mismo. A las doce y diecisiete minutos suena el teléfono. Ya lleva un mes así sin faltar una sola noche. Ella ya no sabe si se siente molesta, irritada, acosada o ha empezado a gustarle. A las doce en punto se sienta en el sillón y mira fijamente el aparato. Cada minuto que pasa se le va acelerando el corazón y le palpita el sexo. Al principio pensó en denunciarle, ahora ni se le pasa por la cabeza. Su vida ha empezado a girar alrededor de esas llamadas, la aterroriza pensar que alguien pueda llamarla un minuto antes y él se encuentre el teléfono ocupado, ya no sale de noche, y si lo hace siempre está de vuelta antes de las doce, como la cenicienta. Ni se te ocurra irte de vacaciones, le dijo hace dos días, si una noche no contestas al teléfono, jamás te volveré a llamar. Y esa es la peor amenaza, la más terrible. Porque está enganchada a su voz, a la forma en que la obliga a tocarse, a la autoridad con que le ordena meterse cosas o pellizcarse, al tono aterciopelado con que la insta a decirle lo que siente, a que gima y grite cuando llega al orgasmo. Si la insultase o le dijese que iba a matarla o a hacerle mil porquerías, le mandaría a tomar por el culo, además de ir a la policía y no volver a coger el teléfono. Pero él sabe cómo excitarla, está atrapada. ¿Qué haré si algún día se cansa de mí, si ya no le divierto? No quiere ni pensar en ello. Intenta convencerse de que él también necesita esas llamadas. No, no quiere conocerle, sólo que siga llamando cada noche. Las doce y diecisiete. Suena el teléfono. Descuelga y conecta el manos libres. Le cosquillea el sexo ¿Diga?.

lunes 19 de octubre de 2009

Ufffffffff!!!!!




Y este...


Y éste también...



¡Ay! (suspiro)

domingo 18 de octubre de 2009

Difícil decisión

Que voy a hacerme otro tatuaje lo tengo claro. La duda está en el qué y el dónde. Me muevo entre la nuca y el pie. Después de horas de búsqueda he encontrado algunos que no me disgustan, pero no es cuestión de precipitarse, esto de tatuarse es más duradero que un matrimonio, así que lo tomaré con calma. Del que llevo, va a hacer lo menos siete años, aún no me he cansado, todo lo contrario, estoy encantada. A ver si acierto de nuevo.







Creo que por hoy ya tengo bastante, segura estoy que soñaré con dragones, calaveras, flores, mariposas, hadas, duendes, perros, leones, caballos, lagartos, dragones, indios, plumas, cristos, corazones, estrellas, letras chinas... me da vueltas la cabeza.




Felices sueños y buen fin de semana.

lunes 12 de octubre de 2009

Sorolla: Visión de España.


Estoy segura de que habrá muy pocos lectores que a estas alturas no hayan oído hablar de la exposición de esos lienzos gigantescos que componen "Visión de España", y que están nuevamente en Valencia, hasta el próximo mes de Enero.


Anteriormente, por distintas razones, no pude ir a verla. Pero esta vez me dije que no podía perdérmerla, era la última oportunidad. Así que el domingo pasado me levanté temprano y me acerqué a la ciudad. Me acompañaban mi hija y una amiga. Había hecho la reserva por internet pensando en las largas colas de las que oía hablar por televisión. Y haberlas, hailas, pero no a esas horas tan tempranas. Eran las nueve y media de la mañana cuando dejé el coche en un parking cercano y me fui andando hasta el edificio de la Obra Social de Bancaja. Me gustan las ciudades en esas horas en que parecen desiertas, y sobre todo en mañanas de domingo soleadas, las grandes avenidas casi vacías de tráfico rodado. A esas horas el sonido es distinto, se respira tranquilidad.


Entramos nada más llegar, sin esperas. Nos armamos de las correspondientes PDA's y sus auriculares, un nuevo método en sustitución de la visita guiada, y nos adentramos en las salas en penumbra.


No entiendo nada de pintura, ni es el cometido de este post hacer una crítica de los cuadros expuestos, pretendo tan sólo transmitir la sensación que me produjo esta obra. Espectaculares, pienso que es el adjetivo que mejor describe los cuadros que forman esta colección, y como no, dotados de ese colorido y esa luz en la que Sorolla era especialista y cuya diversidad queda muy bien reflejada en los distintos paneles dependiendo de la región que se trate.


Me quedé admirada, pero ninguno de ellos me emocionó, seguramente porque no están pintados para emocionar, si no para representar las características, tópicos en su mayoría, de las distintas regiones que quiso plasmar en sus lienzos. No acabé de entender por qué faltan algunas, es el caso de Asturias, Baleares o Canarias, y otras están representadas varias veces, como Andalucia.


Aunque el motivo principal de la exposición son los lienzos de "Visión de España", también se incluyen otros, tanto de la colección de Bancaja como de los fondos de la Hispanic Society of America. Entre ellos, uno me gustó especialmente: Triste Herencia. Y digo me gustó porque sentí al mirarlo que me transmitía un sentimiento. Los cuerpos de los niños enfermos, delgados y blanquísimos, con ese color de piel de aquellos que viven recluidos sin posibilidad de gozar de la luz y el aire, la oscuridad del mar, tan distinto a como Sorolla suele pintarlo. El espectador percibe al contemplarlo la tristeza que emana el conjunto.





En resumen, que vale la pena acercarse para verlo. Por mi parte, volveré el próximo domingo en compañía de mi hijo que parece que, en contra de lo que pensé en un principio por la poca predisposición de los "catorceañeros" a los eventos de este tipo, le "molaría" verla. Por una vez me alegra haberme equivocado en mi prematuro juicio sobre el gusto del "enano".




Apariencias



– Me marcho.


Miraba al techo o a las volutas de humo que despedían los cigarrillos post-coito que fumábamos, tumbados sobre la cama de su habitación juvenil, apurando el poco tiempo de que disponíamos antes de que llegasen sus padres.


– Me marcho.


Recordé la cantinela de mi madre: “si quieres conquistar a un hombre nunca demuestres que te interesa, aparenta indiferencia, que no piense que te tiene en el bote, no se lo pongas fácil”. Y ahogué en saliva las palabras que tenía prendidas en la punta de la lengua, una tras otra, en fila india.


Cuando quise arrepentirme ya era tarde. Nos vestimos con prisa antes de que nos pillasen infragantis. Pensé que no lo haría, que lo pensaría mejor, y si persistía en esa idea no tomaría una decisión sin decírmelo otra vez. Me equivoqué. Partió sin darme otra oportunidad. Y no le culpo, aunque entonces cayeron sobre él mil maldiciones.


Y luego, se me fue la vida en apariencias. Aparenté indiferencia, y algo más tarde: amor, felicidad, orgasmos, aparenté normalidad, ignorancia, inocencia… y lo hice de forma tan perfecta que hasta yo misma llegué a creer que no eran apariencias.


Ha vuelto.


Hoy, de camino a casa, le vi en el parque. Llevaba de la mano a una pequeña que le llamaba abuelo. Apenas me miró pendiente como iba de la niña. En un momento me volvieron a subir por la garganta las palabras que yo creía ahogadas: y yo contigo, no importa donde vayas.


Nos cruzamos por el estrecho sendero que pasa junto al árbol, donde aún permanecen grabados nuestros nombres, dentro de un corazón con un flecha torcida traspasándolo. Viéndole venir pensé en pararme, que me alegro de verte, ¿no te acuerdas de mi? ¿y cómo estamos?, qué sorpresa, no esperaba encontrarte, y esta niña tan guapa ¿es tu nieta?...


Y al pasar por su lado aparenté tan sólo una fría indiferencia.

viernes 9 de octubre de 2009

De nuevo, la vida (Final)


Esta mañana, mientras nos dirigíamos a la casa, no dejaba de pensar en el extraño sueño de anoche, en el que Dolores y yo manteníamos una lucha intensa y silenciosa, intercambiando sentimientos. A ratos conseguía anteponer mis razonamientos a las sensaciones que me azotaban provocadas probablemente por ella, sin embargo fueron muchos los momentos en que consiguió meterse en mi piel y hacer míos sus pensamientos. Me desperté agotada y sudorosa, como si hubiese pasado la noche en una dura batalla, pero me pareció que mi lucha no había sido en vano y que había empezado a liberarme de su influencia. Al menos esa era mi esperanza.

Después de un baño reparador y un buen desayuno disfrutando del frescor matinal en el jardín del hotel, salimos en dirección a la casa de Paul, no sin antes dejar preparadas las maletas, ya que nuestra intención era marcharnos esa misma tarde.

Él nos estaba esperando sentado en el cenador en el que nos vimos por primera vez. Parecía tranquilo y relajado mientras observaba a Igor que estaba de pie pintando. Al vernos, Paul se levantó y se acercó a saludarnos.

– Buenos días, por su aspecto parece que se encuentra mejor, Eugenia.

– Sí, gracias, estaba un poco cansada, eso es todo.

– ¿Nos quedamos aquí sentados o prefieren que pasemos dentro?

– Aquí está bien – dice Mari Cruz mientras toma asiento en el cenador.

Igor se acerca a nosotros quitándose una vieja camiseta manchada de pintura que lleva encima de otra limpia, nos da tres besos y toma asiento al lado de Paul. Por un momento todos guardamos silencio. Siento la mirada de los dos hombres pendiente de mí, y me decido por fin a hablar.

– Paul, ¿cree que es conveniente que Igor oiga lo que tengo que decirle?

– Puede estar tranquila, ayer estuvimos hablando, ya sabe que Dolores murió en el accidente. La escucho.

– Esta bien. Tengo que confesarle que no fue el reportaje lo que me trajo hasta usted, vamos a publicarlo, por supuesto, pero eso era tan sólo una tapadera para conocerle…

– Estaba seguro de que me ocultaba algo, llamé a su revista y efectivamente me confirmaron lo del reportaje, pero no acababa de convencerme.

– Verá, vine aquí por Dolores. Se que le parecerá extraño pero fue ella la que me trajo hasta aquí.

La expresión de su rostro era de sorpresa e incredulidad.

– Paul, te dije que conocía a Dolores, me lo contó cuando vino a verme.

– No, Igor, te mentí, lo siento, no quería hacerlo. No conocí a Dolores, en realidad no sabía nada de ella hasta que…

– ¿Qué? Hable de una vez.

– Hasta que me pusieron su corazón.

– ¿Cómo? ¿qué está diciendo?

– Soy la persona que recibió el corazón de Dolores. La operación se realizó a la mañana siguiente de su muerte.

– ¿Cómo puede estar tan segura? ¿Quién se lo ha dicho? La identidad del donante es secreta, jamás se desvela la procedencia de los órganos trasplantados.

– Nadie me lo dijo, Paul. Me resulta muy difícil contarle esto, y posiblemente no pueda convencerle de que lo que digo es cierto, pero a raíz de esa operación empezaron a ocurrirme cosas muy extrañas.

– ¿Qué cosas? ¿qué le ocurrió?

– Tenía sueños en los que aparecían usted e Igor. Empecé a cantar en francés, cambió mi forma de hablar, usted mismo se dio cuenta de que lo hago como ella. Viví aquella noche de viento y lluvia, conduje su coche y sentí como caía por ese horrible precipicio. Viví una verdadera pesadilla hasta que empecé a investigar y decidí venir a verle. Tenía que descubrir que ocurrió realmente aquella noche o no podría vivir en paz. Ahora se que eso era lo que Dolores quería que hiciese y que no pararía hasta conseguirlo.

– No se qué decir, nunca he creído en esas cosas sobrenaturales y no acabo de comprender los motivos que podría tener Dolores para hacerla venir aquí.

– ¿Está seguro? ¿No tuvo nada que ver con su muerte? No quiero decir que usted mismo la despeñase, pero quizá fue el detonante de la tragedia de aquella noche.

– ¿Qué está intentando decirme? Claro que no tuve nada que ver, amaba a mi mujer, pero en los últimos años había perdido totalmente la razón, tomaba tranquilizantes y bebía, se imaginaba cosas, estaba empezando a volverme loco… usted no sabe de eso, no sabe del infierno que viví, y se atreve a venir a mi casa a acusarme de su muerte. Está loca.

– Créame que tengo motivos para dudar de usted. Encontré notas de Dolores, de su puño y letra, en las que cuenta cosas terribles sobre usted. Sabía de su… relación con Igor, y eso le hizo mucho daño. Se que se apropió de las obras de Igor haciéndolas pasar por suyas, y le confieso que ver ayer sus cuadros me sorprendió y tiró por tierra muchas de mis conclusiones. Pero esos papeles de Dolores son tajantes, en ellos cuenta como apareció aquí con Igor, lo oscuro de su procedencia, la tarde que les sorprendió en la habitación… no se si es conveniente que él siga aquí, no quisiera hacerle daño, es el único inocente de esta historia.

– Espere, espere, Eugenia ¿de qué relación habla? ¿a qué tarde se refiere?

– ¿Tengo que explicárselo?

– Sí, se lo exijo, no puedo responderle a algo que no entiendo.

– Dolores le sorprendió manteniendo relaciones sexuales con… Igor.

– ¿Qué? ¿se ha vuelto loca? ¿qué clase de persona cree que soy? Igor es mi hijo.

Ahora soy yo quien se sorprende. No estoy segura de haberle entendido bien ¿su hijo? ¿cómo que su hijo? Una inmensa rabia empieza a crecerme por dentro. Algo me empuja a gritarle que miente, que es un maldito cabrón mentiroso, que no va a convencerme. Hago un tremendo esfuerzo para controlar lo que sea que intenta manipularme. Basta, grito interiormente, basta. La voz de Paul me saca de golpe de esa especie de ensueño.

– Eugenia ¿me oye?

Mari Cruz me dirige una mirada inquieta, coge mi mano con fuerza mientras susurra a mi oído: Eugenia, estoy aquí contigo, no me asustes por Díos.

– Perdone, Paul, lo siento ¿qué decía?

– Escúcheme atentamente, por favor, le juro que no miento. Igor es mi hijo, aunque yo no lo supe hasta hace unos años. Verá, cuando empecé a estudiar Bellas Artes en contra de los deseos de mi padre, tuve que irme de casa, y me refugié en la de una hermana de mi madre, soltera, que vivía en una vieja casona cerca de Paris. En el último año de carrera conocí a Estela, era una chica preciosa, de padre español y madre rusa, que vino a París tras serle concedida una beca por un año. Nos enamoramos, y pronto se vino a vivir conmigo y con mi tía. Fueron unos meses maravillosos en los que por primera vez en mi vida me sentía completamente feliz. Cuando terminó el curso ella volvió a Rusia, no sin antes prometernos que nos escribiríamos y que volvería tan pronto lograse convencer a sus padres y ahorrar algo de dinero. Entonces yo tampoco estaba en posición de ayudarla económicamente pues tenía que desempeñar trabajos de todo tipo para costear mis estudios. Durante unos meses la correspondencia entre nosotros fue fluida, hasta que un buen día dejé de recibir sus cartas. Yo seguí todavía escribiéndole pero sin obtener respuesta. Pasó el tiempo y pronto empezó a despuntar mi carrera. Trabajé mucho y muy duro dedicándome de lleno a mi trabajo. Después llegó Dolores. No niego que de vez en cuando me acordaba de Estela y de aquellos años en París, pero amaba a mi esposa y era muy feliz con ella.

Una noche en que Dolores y yo acudíamos a una cena de etiqueta, estábamos ya en el coche cuando ella me pidió que subiese a su habitación en busca de un abrigo pues parecía que iba a hacer algo de frío. En un rincón del armario, en el suelo, encontré un sobre doblado, que seguramente habría caído del bolsillo de alguno de sus abrigos. Me pudo la curiosidad y decidí mirar a quien iba dirigido. El corazón me dio un vuelco cuando descubrí la letra de Estela. El matasellos estaba fechado un año antes, aproximadamente y la dirección a la que se había remitido era la de la vieja casona de mi tía, que recibí en herencia al morir ella y a la que hacía años que no iba. Recordé entonces que la última que había pasado por allí había sido Dolores para recoger un antiguo jarrón que ahora adornaba su habitación. Del interior del sobre extraje una carta.

En ella, Estela me pedía perdón por no haber cumplido su promesa, obligada por circunstancias adversas tanto familiares como políticas. Me hacía saber de la existencia de Igor, fruto de nuestra relación, y después de informarme sobre la enfermedad que padecía y cuyo fatal desenlace no se iba a hacer esperar, me imploraba fervientemente que me hiciese cargo de nuestro hijo, aquejado de una enfermedad mental que no le impedía sin embargo el que pudiera destacar como pintor. Era una carta extensa llena de intimidades, de alusiones, recuerdos. Una carta que revelaba un intenso amor por su hijo y la enorme preocupación que sentía por su futuro, una vez ella no estuviese para ocuparse de él.

Observé a Igor, cuyos ojos estaban anegados en lágrimas. Y otra vez parecía despertarse la fiera que me revolvía las tripas y cuya voz, llena de rabia, resonaba en mi cabeza: “¡Mentiroso! No tienes derecho, no puedes hacerme eso. No puedes tener un hijo. No quiero. ¡Cerdo! Querías follar con él. Me prefirió a mí, a mí, a mí…” ¡Basta!

– Continúe, Paul, por favor.

– Aquella noche, cuando volvimos a casa, le pregunté a Dolores por la carta. Fue la primera gran pelea que tuvimos en todos los años que llevábamos casados. Parecía que se había vuelto loca. Intenté tranquilizarla, ella sabía de mi relación con Estela, yo mismo se lo había contado, era un amor de juventud, mi primer amor, pero ahora era a ella a quien amaba. Pero no era lo de Estela lo que la exaltaba de esa forma, era el hecho de que yo tuviese un hijo. Ese siempre había sido su sueño, nuestro sueño, y no habíamos podido conseguirlo. Creo que en su interior pensaba que era yo el culpable de esa imposibilidad para engendrar un hijo, a pesar de que las pruebas a las que nos habíamos sometido no encontraban anomalías en ninguno de los dos. Quizá todo se debía a que no éramos compatibles. Durante un tiempo insistí para que adoptásemos, si tanto necesitaba un hijo, pero se negó, quería que fuese nuestro. Y como eso parecía que no podía realizarse, prefería no tenerlo. Cuando le dije que iba a Rusia para intentar averiguar lo que había sido de ella y de mi hijo, intentó suicidarse. Afortunadamente llegué a tiempo de impedirlo y la llevé al hospital donde le hicieron un lavado de estómago. Se había tomado un frasco entero de tranquilizantes. Pero no desistí de mi decisión, la dejé al cuidado de Eloïse que no se movió de su lado mientras estuve fuera, y regresé trayendo a Igor conmigo. Por desgracia, Estela había fallecido unos meses antes, y el muchacho deambulaba por las calles vendiendo sus cuadros a cambio de comida. Vivía aún en un pequeño piso que su madre tenía alquilado, y que había dejado pagado durante un año.

– ¿Qué pasó a su regreso?

– Al principio volvió a sufrir una fuerte crisis, pero luego pareció que por fin lo aceptaba y pasamos un tiempo tranquilos. Es muy difícil, casi imposible, no querer a Igor, es como un niño, un niño necesitado de cariño. Aquí se siente protegido.

– ¿Por qué firmó sus cuadros?

– ¿Por qué? Eso es de lo único que me arrepiento. Fue idea de Dolores, jamás debí aceptar, no se cómo me convenció. Cuando me di cuenta de que Igor tenía mucho talento, me sentí dichoso y muy orgulloso de él, quería darle a conocer al mundo, que todos supieran que era mi hijo. Ella no quiso ni oír hablar de eso, me amenazó con marcharse para siempre o matarse, le daba lo mismo, me recordó de una forma cruel la mala etapa profesional por la que estaba pasando. No, no se cómo lo hizo, era muy persuasiva cuando se lo proponía. No intento disculparme, debí negarme tajantemente, pero una vez firmé el primer cuadro ya no había marcha atrás.

– ¿Qué me dice del internamiento de Igor? ¿Por qué le llevó a esa clínica?

– Lo hice para protegerle.

– ¿A Igor? ¿de quién?

– De ella, intentó matarle.

– No puedo creerle, no haría algo así. Le quería, lo pone en sus notas.

– No se lo que cuenta en esas notas, ni se por qué las escribió. Sólo se me ocurre pensar que lo hizo pensando en culpabilizarme de lo que planeaba, o que su misma locura le hacía creer lo que ella misma inventaba.

– Cuénteme qué pasó.

– Espere, será mejor que vea lo que tengo que enseñarle. Pasemos a mi despacho, por favor. Igor ¿te importa esperarnos aquí?

El muchacho hizo un gesto de asentimiento, se levantó y se acercó al lienzo en el que estaba trabajando cuando llegamos. Mari Cruz y yo seguimos a Paul al interior de la casa. Una vez en su despacho y después de acomodarnos en sendas butacas, abrió un pequeño cajón de su escritorio cerrado con llave, extrajo una cinta de video y la insertó en el reproductor. Encendió la televisión que ocupaba un hueco de la estantería y se sentó en el sillón. En la película se veía a Dolores sentada en una silla posando para el cuadro que Igor estaba pintando. Al cabo de unos diez minutos ella se levantaba y se acercaba lentamente a él con una clara actitud provocadora. Sin mediar palabra dejaba caer al suelo el sencillo vestido marrón que la cubría, quedándose completamente desnuda. A Igor se le veía visiblemente nervioso y asustado.

– ¿Te gustó? ¿Has estado con una mujer alguna vez?

Él reculaba y bajaba la mirada.

– Ven aquí, mírame. Deja de comportarte como un estúpido, quieres follarme ¿a qué sí? Si haces lo que te digo, nadie se va a enterar, nadie, nadie, te lo prometo. Pero si no me obedeces, si no lo haces – y su voz iba adquiriendo un tono amenazante – le contaré a Paul que has intentado violarme, y te echará de aquí a patadas… hum…. Pobrecito ¿qué harías tú solo y abandonado? ¿eh? ¿dime? Acabarías con tus huesos en un manicomio y eres tan guapo que todos los locos babosos acabarían dándote por el culo. ¡Deja de llorar! Me pones enferma. Vamos, vamos, no llores, yo te quiero, te quiero mucho y esto te va a gustar, ya lo verás tontín.

Mientras hablaba había empezado a desnudarle. La mirada de Igor dolía, era la de un niño implorante y temeroso, la hermosura de su cuerpo dejaba sin respiración.

Dolores se había agachado para bajarle los pantalones y miraba con lascivia el bulto que se marcaba bajo su ropa interior. Cuando acabó de desnudarle se arrodilló ante él y empezó a manosearle.

– Seguro que te tocas cuando estás solo. ¿Has follado alguna vez? ¡contesta!

Igor asintió en silencio.

– Yo te enseñaré a gozar con una mujer de verdad. Te gustará, sí, me desearás, me querrás con todo tu alma, más que a él, me querrás sólo a mí, sólo a mí.

Durante más de media hora la película mostraba a Dolores en plena lujuria sexual. Igor obedecía sus instrucciones sin rechistar, pero saltaba a la vista que aunque físicamente respondía a la excitación, no disfrutaba de aquella situación que para él resultaba perturbadora.

Después Dolores desaparecía de la escena y volvía al poco tiempo portando dos copas de vino, una de las cuales se la ofreció a Igor que la bebió bajo su atenta mirada. La película se cortaba en ese instante. Al momento se reanudaba con Igor dormido sobre la cama. Luego el rostro de Dolores ocupaba la pantalla. Su sonrisa me heló la sangre. Se acercaba hasta el cuerpo del muchacho, volviéndose de vez en cuando hacía la cámara en un gesto que parecía decir “no te pierdas esto”. Entendí lo que pretendía cuando vi el cuchillo que portaba en la mano derecha. Creo que grité y me tapé la cara con las manos, cuando miré de nuevo, dos manchas rojas empezaban a extenderse a ambos lados de las muñecas de Igor.

– ¿Le cortó las venas?

Paul se había quedado callado y esperé su respuesta durante unos minutos que se me hicieron eternos.

– Cuando volví a casa, me estaba esperando. Aparecía radiante, bellísima, hacía tiempo que no la encontraba tan guapa. Pregunté por Igor y me contestó que dormía. Sentémonos a cenar, me dijo, te he preparado tu plato favorito. Tengo que darme una ducha, me disculpé, vuelvo enseguida. No se qué fue lo que me hizo entreabrir la puerta de su habitación, pero de no ser así ahora estaría muerto. Llamé a una ambulancia y me fui con él al hospital. Pensé que había intentado suicidarse y no podía entender qué motivos tenía para hacerlo. Cuando recobró el conocimiento se negó a contestar a mis preguntas, no pude sacarle ni una sola palabra. No hacía falta, al volver a casa pasados dos o tres días, Dolores me enseñó la película, tranquilamente, con una frialdad que daba miedo. ¿Se imagina, Eugenia, lo que sentí viendo a mi mujer, a la mujer que amaba, obligando a mi hijo, un retrasado mental, a mantener relaciones sexuales con ella? ¿Se lo imagina? Aún siento el dolor que me produjo la visión del cuchillo penetrando en la carne. Afortunadamente los cortes no fueron demasiado profundos, eso quizá le hubiese impedido volver a pintar. Fue entonces cuando decidí llevarme a Igor a la clínica, en secreto. Lo más importante era ponerle a salvo, luego me encargaría de llevar a Dolores a algún sitio donde, tal vez, pudiesen curarla.

Se levantó del sillón y salió del despacho. Mari Cruz y yo le seguimos en silencio. Igor volvió a sentarse con nosotros en el cenador y no pude evitar mirar sus muñecas. Allí estaban las cicatrices, era cierto.

– Lo supo, de algún modo se enteró. Iba a ir a buscarle y no pararía hasta acabar con él. Aquella noche salió en su busca, cegada por la rabia, borracha. Fui corriendo tras ella, quería que volviese a casa, quería que se curase, que volviésemos a ser felices como antes. Cogí el coche y la seguí, me coloqué a su lado gritándole que parase, ella se acercaba peligrosamente intentando empujarme y volvía a su sitio bordeando el precipicio. Una de las veces perdió el control del coche y… ya conoce el resto.

No se qué fue más rápido, si sentir en mi interior que lo que me había contado Paul era cierto, o el rugido ensordecedor que me hizo llevar las manos a los oídos. De pronto todo se oscureció, nubes amenazadoras cubrieron el cielo y del centro del jardín emergió una especie de torbellino que empezó a arrancar las rosas a su paso. En un momento cientos de pétalos volaban alocados. Me dolía el corazón como si me estuviesen clavando agujas, notaba tal presión que parecía que me iba a explotar en el pecho. Iba a morir, a morir sin remedio. Las rosas destrozadas apestaban y me envolvían impidiéndome respirar. Grité, grité con todas mis fuerzas ¡Vete! ¡márchate! No te creo, no te creo, mentirosa ¡vete! ¡te odio! ¡odio tu asqueroso corazón! ¡vete al infierno y llévatelo contigo!

Mari Cruz me abrazaba cuando recuperé la conciencia, tenía el rostro pálido bañado en lágrimas. El cielo presentaba el mismo aspecto azulado y las rosas seguían luciendo espléndidas en el jardín. Pero yo no era la misma, o sí, en realidad ahora empezaba a ser yo, y aquél corazón que sentía latir en mi pecho, al fin me pertenecía por completo.


A quienes hayáis seguido esta historia... gracias por vuestra paciencia.

Buen fin de semana.


miércoles 23 de septiembre de 2009

De nuevo, la vida (Dieciocho y penúltimo)


Lunes, 17 de Abril de 2006


Hago la maleta de forma automática, sin apenas darme cuenta de lo que voy metiendo en ella, amontono la ropa, no puedo cerrarla, la deshago y vuelvo a empezar. No puedo dejar de pensar en lo que pasó ayer en la exposición y en mi conversación de esta mañana con Paul. No se si creerle.


Ayer, Mari Cruz y yo pasamos la mañana paseando por París, hacía mucho tiempo que no visitaba esta hermosa ciudad. Durante esas horas, ambas nos olvidamos del motivo principal de nuestro viaje y nos dedicamos a disfrutar como un par de viejas amigas que han decidido hacer un paréntesis en su rutina diaria para gozar de unos días de nuestra mutua compañía. Saboreamos una deliciosa comida en el Ritz y después nos acercamos caminando hasta la sala en la que tenía lugar la exposición.


Cuando llegamos había ya cierta afluencia de público. Presentamos nuestra invitación a la persona situada en la puerta y pasamos a un pequeña sala en la que se concentraban algunos invitados charlando alrededor de cinco o seis mesas que se alzaban casi hasta su altura y sobre las que se habían dispuestos bandejas con dulces variados y copas llenas de champagne.


Pasamos de largo sorteando personas y mesas, y nos encontramos en un gran estancia en cuyas paredes colgaban un buen número de lienzos, iluminados por focos estratégicamente colocados. Antes de acercarme para observarlos con más detenimiento, me di cuenta de que aquellas pinturas no eran de Igor. Me había equivocado. Mari Cruz estaba tan sorprendida como yo, a juzgar por la mirada que cruzó conmigo. Estaban firmados por Paul, aunque realmente eran de un estilo muy distinto a lo que había pintado hasta la fecha. Recorrí la sala con la mirada esperando encontrarle, pero no se le veía por ninguna parte.


Durante un buen rato, fuimos recorriendo las paredes observando cada uno de los cuadros y aunque no soy entendida en arte, me parecía que eran buenos. Miré a Mari Cruz, cuyo rostro reflejaba la admiración que las pinturas le producían. Toqué su brazo para indicarle que fuésemos a la sala contigua. Cuando entramos en ella volví a sorprenderme. Allí se encontraban expuestos una veintena de cuadros que nada tenían que ver con los que acabábamos de ver. Eran las pinturas de Igor en la clínica, y así lo corroboraba la firma que aparecía en todo ellos Igor Montcour.


Creo que palidecí, sentí un vacío en el estómago que amenazaba con provocarme un desmayo. Respiré hondo intentando que mi corazón recobrase su ritmo regular mientras me apoyaba en el hombro de Mari Cruz que me miraba asustada. Escuché su voz a mis espaldas mientras sus manos firmes sujetaban mi cintura.


– ¿Se encuentra bien, Eugenia?

– Sí, estoy bien, gracias. Ha sido un ligero mareo, seguramente he estado trabajando mucho estos días.

– Debería tener cuidado, la salud es lo más importante que tenemos. Y bien ¿qué les parece la exposición?

Por un momento, me quedé paralizada sin saber qué responder, y fue Mari Cruz quien tomó la palabra.

– ¿Cuál de las dos? No esperábamos encontrarnos con la obra de otro pintor.

– Nadie lo esperaba, era una sorpresa… Eugenia, si se encuentra mejor me gustaría acompañarlas mientras acabamos de ver todas las obras de esta sala.


Me cogió suavemente del brazo y fuimos parándonos ante cada una de las pinturas expuestas. La última de ellas, reproducía el lago en el que había encontrado a Igor, y justo en medio de los árboles que vi aquella mañana aparecía la figura de una mujer de cabellera rizada y rojiza que sonreía al pintor. No había duda, esa mujer era yo, el parecido no admitía réplica y la ropa era la misma con la que iba vestida esa mañana.


Mientras observaba la escena, sentía sobre mí la mirada escrutadora de Paul, sin recato ni disimulo. Mi rostro pasaba de la palidez al rubor alternativamente, mientras que en mi cabeza daban vueltas, sin orden ni concierto, las palabras escritas de Dolores, mis conversaciones con el pintor, los sueños y todas las extrañas cosas que me habían estado ocurriendo desde la operación.


– Igor, te estábamos esperando. Ven, creo que ya conoces a Madame Eugenia, acércate a saludarla – la voz de Paul me devolvió a la realidad – Igor, tiene memoria fotográfica, literalmente – me susurró.


Casi sin darme cuenta, me encontré ante el muchacho que me regalaba su hermosa sonrisa antes de tomar mi mano y besarla como haría un caballero de antaño.


– Tengo que atender a mis invitados ¿me disculpan? Eugenia, creo que deberíamos hablar antes de que regresen a España ¿no cree?

– Sí, por supuesto – acerté a decir– tenemos pendiente una conversación.

– Una larga conversación que espero que a ambos nos satisfaga ¿Les parece que nos veamos mañana por la mañana? ¿A las diez le vendría bien? Les espero en mi casa.

– A las diez, allí estaremos.


Igor continuaba con mi mano entre las suyas, sin apartar de mi rostro esa mirada suya tan especial, encantadora e inocente.


– Cuánto me alegra que hayas venido ¿te gustan los cuadros?

– Son muy buenos, Igor, me gustan mucho ¿cómo has podido reflejar tan fielmente mi imagen? Sólo estuvimos juntos un rato.

– No se, se me queda todo grabado aquí, en la cabeza. Cuando te marchaste pensé que estabas muy guapa mirándome entre los árboles. No te molesta ¿verdad?

– En absoluto, es todo un honor para mí. Y ahora será mejor que vayas con Paul, Mari Cruz y yo tenemos que marcharnos, estoy un poco cansada.

– ¿Volveremos a vernos? ¿regresas pronto a España? Me prometiste que me contarías cosas de Dolores ¿lo has olvidado?

– ¿Cómo voy a olvidarlo? Intentaré verte antes de marcharme… siempre cumplo mis promesas.


El viaje de vuelta a casa lo hicimos en silencio, Mari Cruz parecía concentrada en la carretera y yo no dejaba de hacerme preguntas para las que no hallaba respuesta. Tenía que dejar de pensar en ello. Me daría un buen baño y tomaría algo para poder conciliar el sueño. Y eso hice, me dormí con una sensación de incertidumbre ante lo que me depararía el próximo amanecer.

viernes 4 de septiembre de 2009

De nuevo, la vida (Diecisiete)


El paseo es reparador, en este lugar se respira serenidad, es como estar en paz con uno mismo. No se si es eso lo que hace que haya desaparecido la intranquilidad que tenía antes de venir, pero el caso es que no puedo evitar sentirme confundida. Desde que llegué, esa… llamémosle posesión de Dolores sobre mis actos, apenas se ha manifestado, salvo en circunstancias especiales, como la primera vez que me entrevisté con Paul, o cuando pasé por el lugar del accidente, o en nuestra visita a Igor. Y tampoco las sentí de forma tan intensa como cuando estaba convaleciente: aquellos sueños tan reales, el olor de las rosas, las imágenes que me asaltaban continuamente… no se qué explicación darle a todo esto.

Cualquiera en su sano juicio me diría que me obsesioné, que todo ha sido fruto de mi imaginación, que es imposible que alguien que ha muerto sea capaz de transmitir todas esas sensaciones por el simple hecho de donar uno de sus órganos vitales, que el corazón no es más que un músculo, que no tiene sentimientos. Nada que yo no sepa. Y sin embargo no pude inventarme la historia de su muerte, no pude adivinar por mi misma que era Dolores la dueña del corazón que colocaron en lugar del mío, no hubiese podido hacerlo sin su ayuda. Y ahora me encuentro perdida, sin saber qué espera de mi.

Transcribo al disco duro de mi ordenador una de las últimas notas de Dolores. Ella también estaba desorientada y en cierto modo asustada por lo que había pasado.

“No se si podré mirarle a los ojos cuando vuelva, pero tampoco puedo arrepentirme por lo que sucedió. Si no me hubiese mirado como lo hizo, si yo no me hubiese sentido tan especial al ver plasmada mi imagen en el lienzo, a través de sus ojos, si no fuese tan bello e inocente. Ahora me doy cuenta de que él entrega todo su cariño y gratitud a través del sexo, es su forma de demostrar el amor que siente hacia la otra persona. Claro que se excita y disfruta del placer, tiene el cuerpo de un hombre, con sus necesidades biológicas, pero su pensamiento es puro como el de un niño. Me recuerda a Christine, el bebé de Rose que con apenas tres años se masturbaba con aquél peluche que le regalé. Su madre no sabía cómo reaccionar al ver a su niña con las piernas aferrando el muñeco y aquella expresión de gozo en su carita sonrosada. El médico le explicó que la pequeña no era consciente de que aquello fuese nada censurable, ella sólo sabía que le gustaba lo que sentía y lo hacía con total naturalidad, es bastante frecuente en los bebés.

Quizá por eso, por la serenidad que transmitían sus ojos, no me moví cuando empezó a acariciarme la cara, dibujándola palmo a palmo con sus dedos suaves, rozando mis mejillas y mi frente, rodeando mis ojos, mi nariz, dibujando mis labios entreabiertos. Luego siguió bajando hacia el cuello, acarició mis hombros deslizando lentamente los finos tirantes del vestido, el vestido que él mismo eligió para pintarme. Después fue un torbellino de deseo y placer que me envolvió por completo y ya no pude parar, no quise hacerlo. Quizá pensé en algún momento que también yo podía ser su amante, quizá durante un instante, sólo un instante, volvieron a mi mente las imágenes de él y Paul gozando con sus cuerpos, quizá, no lo recuerdo. Su boca por mis pechos, su lengua explorándome el ombligo, sus dedos en mi sexo, me impidieron pensar en nada que no fueran besos, caricias, pieles, sudores y saliva.

Cuando su lengua explorando los senderos sinuosos y húmedos, abajo entre mis piernas, encontró el lugar exacto dónde debía posarse deseé que se parase el tiempo, que aquello no acabase nunca, o sí, porque la urgencia se hizo dueña y señora de todos mis sentidos haciendo que olvidase todo lo que no fuesen nuestros cuerpos. Sujeté su cabeza con mis manos haciendo deslizar su boca por mi sexo, que palpitaba preso de incontrolables espasmos de placer.

Su cuerpo vigoroso bajo el mío, moviéndose a la par, en sintonía. Mi sexo, como una boca húmeda y hambrienta, envolviendo su falo endurecido. Y otra vez la locura, que se tornó en ternura al mirar su sonrisa, y le besé la boca, mientras sentía como me llenaba, me vaciaba, y me volvía a llenar, como su sexo palpitaba allí dentro, desbordándose al fin entre gemidos.

No quería que me viese nerviosa, no quería que pensase que es malo lo que hicimos. Él no debe ensuciar sus pensamientos, no puedo permitir que nadie perturbe su inocencia. Estuve a punto de decirle que no le contase a nadie lo ocurrido, que era nuestro secreto, pero me arrepentí en el último momento, por si entendía que era algo que debía ocultarse. Sólo le dije cuánto le quería. Y sonrió feliz”.

También yo sonrío cuando termino de escribir. No deja de sorprenderme lo ocurrido, aún más si cabe que la relación entre Igor y Paul. Todo se desbordó cuando éste se enteró de lo que había ocurrido, o eso es al menos lo que transmiten las escuetas notas de Dolores: “No le he dicho que les vi aquella tarde, he aguantado en silencio sus gritos. No se si le duele por mí o por François” “Me pregunto ¿cómo es capaz de reprocharme con toda naturalidad mi infidelidad? ¿cómo se puede ser tan cínico?” “Pretende alejarle de mi para siempre, no voy a consentirlo. Intenta convencerme de que estará mejor en esa clínica donde piensa internarle. Si lo hace el secreto de su éxito verá la luz, se lo he prometido”.

Y nada más. A partir de ahí tendrá que ser Paul el que me cuente que ocurrió. De otra forma, como escribe Dolores, el secreto de su éxito se hará público.

viernes 28 de agosto de 2009

De nuevo, la vida (Dieciséis)


(Imagen: Romero)

– ¿Ya estás despierta? – es Mari Cruz que se asoma a la puerta de mi habitación.

– Sí, hace ya un buen rato, no podía dormir. Pasa, siéntate aquí, a mi lado.

– ¿Te encuentras bien?

– Me encuentro bien, no te preocupes, aproveché mi insomnio para poner un poco de orden a esta historia.

– ¿Qué vamos a hacer ahora?

– No lo se, Mari Cruz, no paro de darle vueltas a la cabeza. Tengo que saber lo que pasó realmente esa noche. En el fondo de mi corazón creo que Paul no la mató, quizá salió tras ella para evitar que cogiese el coche, no se ¿crees que pudo haber despeñado su coche a propósito? ¿por celos? ¿para que no dijese a nadie que los cuadros que se le atribuían no eran suyos? Estoy muy confundida. ¿Qué es lo que querría Dolores que hiciese? ¿qué busca? ¿venganza?

– Antes que nada vamos a desayunar, con el estómago lleno seguro que se nos ocurre algo.

– Está bien, me doy un ducha y bajo en un momento.

Mari Cruz me espera sentada en la terraza. La mañana es magnífica, el sol se filtra entre las hojas de los árboles, y sopla una ligera brisa que ha hecho que me ponga un chal sobre los hombros. El aroma de café recién hecho se eleva sobre el de las flores y las plantas, haciendo que se me abra el apetito.

– Y bien ¿te has despejado con la ducha? Parece que tienes hambre por la forma en que te has lanzado a por los bollos.

– Sí, es el café de Clarisse que hace revivir a los muertos.

– ¿Qué quieres que hagamos hoy? ¿Vamos a ver a nuestro pintor?

– No, cuando terminemos el desayuno quiero acabar de revisar las notas y luego, si te apetece, podemos dar un paseo y comer en ese restaurante que se ve arriba, en la montaña.

– Por mi estupendo, entonces mañana vamos a la exposición y dejamos nuestra última entrevista para el lunes ¿no?

– Sí, antes de hablar con él tenemos que ver esa exposición. Estoy segura de que sigue firmando los cuadros de Igor, pero no entiendo por qué sigue metido en esa clínica ¿es un castigo por lo que hizo?

– Quizá, desde luego es mucho más lógico que muerta Dolores, Igor viviese con él en la casa ¿crees que contestará a nuestras preguntas? ¿y si lo niega todo?

– Espero, por su bien, que colabore. Después de comer transcribiré la historia en el ordenador y copiaré palabra por palabra las notas más importantes de Dolores, le mandaré el archivo a Enrique con un correo electrónico. Anoche hablé con él y ya está avisado. El lunes, antes de nuestra entrevista iremos a correos y enviaremos los originales en un sobre certificado a mi casa. Si no nos cuenta lo que pasó aquella noche o si nos ocurriese cualquier cosa…

– No creo que se atreviese a hacernos ningún daño.

– Tampoco yo lo creo, pero tenemos que ponernos en lo peor. En ese caso la historia saldrá publicada y las pruebas enviadas a la policía francesa.

Dejamos de hablar cuando oímos unos pasos que se acercan y voces conversando en francés. Al momento aparece en la puerta del jardín Madame Clarisse que acompaña a Paul hasta nuestra mesa.

– Buenos días, Paul ¿qué le trae por aquí? – le saludo intentando aparentar normalidad.

– Buenos días.. Eugenia, Mari Cruz, quería traerles la invitación para la exposición, es mañana ¿se acuerdan?

– Sí, no lo habíamos olvidado, muchas gracias.

– Será a las cinco de la tarde, en Paris. Si les apetece puedo enviar a alguien a recogerlas, me gustaría hacerlo personalmente pero tengo que estar allí desde primera hora de la mañana para organizar los últimos detalles.

– Gracias, Paul, no se moleste, a Mari Cruz le encanta conducir, iremos en su coche. Si no nos levantamos muy perezosas quizá vayamos a comer al Ritz.

– Buena elección. En la tarjeta tienen la dirección y mi teléfono por si necesitan cualquier cosa.

– Gracias otra vez, es muy amable ¿le apetece tomar un café? ¡qué tonta soy! Le tenemos ahí, de pie, sin invitarle siquiera a sentarse… disculpe.

– Gracias, pero tengo algunos asuntos que resolver y acabo de desayunar en casa. Madame Eloïse se molesta si salgo sin haberlo hecho.

– Bien, como quiera, mañana nos vemos. Mucha suerte.

– Gracias, les dejo disfrutando de esta hermosa mañana.

– Au revoir.

– Au revoir.

– Parece muy tranquilo ¿no crees? – dice Mari Cruz cuando Paul desaparece.

– Estoy segura de que no sabía nada de las notas de Dolores ¿por qué iba a estar nervioso?

– Tienes razón, creo que al principio albergó ciertas dudas sobre lo del reportaje pero ¿cómo imaginar que veníamos a investigar la muerte de su esposa? Y mucho menos va a pensar que fue precisamente ella quien nos trajo aquí ¿le contarás que llevas su corazón?

– No lo se, Mari Cruz, no tengo idea de lo que le diré, ni cómo, pero confío en saberlo cuando llegue el momento. ¿Nos vamos a dar un paseo? Me apetece estirar las piernas.

– ¿Y la revisión de las notas?

– Cuando volvamos. Tengo un lío en la cabeza que seguro que desenredo mucho mejor andando.

– Vamos pues, disfrutemos los pocos días que nos quedan de vacaciones.

sábado 22 de agosto de 2009

Tenía trece años y estaba enamorada


Una historia antigua mientras llega el próximo capítulo...



(Imagen: Jim Goldberd)


Tenía trece años y estaba enamorada, locamente enamorada. Lo había olvidado.

Esta mañana me desperté temprano, demasiado para un domingo. No se si por culpa del insomnio o por ese extraño sueño que tuve justo antes de abrir los ojos. Siempre sueño historias tan surrealistas que no se de qué me sorprendo.


Decidí que antes de ir a desayunar saldría a pasear un rato con la perra. La calle estaba desierta y tranquila. Me fui con ella a un campo cercano para que corriese un rato y se desfogase de estar todo el día en el piso. En algún momento se metió bajo un naranjo y empezó a escarbar, la llamé y vino hacia mí llevando algo entre los dientes. Cuando conseguí que lo soltase vi que se trataba de una pequeña figurita tallada en piedra de unos cinco centímetros aproximadamente. Parecía una especie de ángel o de hada. Pensé que podría ser algún amuleto perteneciente a cualquiera de los inmigrantes que deambulan por esta zona. La guardé en el bolsillo pensando que quizá hoy era mi día de suerte. Una extraña sensación de algo parecido a la felicidad me cosquilleó el estómago.


Cuando entré en la cafetería le vi.


Estaba solo. Leía atentamente un periódico abierto sobre la mesa. Ni siquiera lo pensé: me dirigí hacia allí y, sin pedir permiso, me senté a su lado, al tiempo que apretaba con fuerza la piedra en mi bolsillo. Él me miró apenas un momento - ¿un café? – preguntó. Asentí.


Tenía trece años y estaba enamorada, recordé con nostalgia.


Sus ojos, rodeados ahora de pequeñas arrugas, tenían la misma profundidad de entonces. ¿Por qué no se extrañaba de mi presencia allí, a su lado? Apenas nos saludábamos cuando alguna vez coincidíamos, incluso intentábamos no mirarnos. Pero esta mañana todo era distinto, algo me empujaba a comportarme de esa forma que parecía que él encontraba del todo normal. No hablábamos, sólo nuestras miradas se cruzaban de tanto en tanto, como queriendo asegurarnos de que el otro seguía allí.


Cuando terminé mi café eché una ojeada al reloj y me levanté dispuesta a marcharme. Él cerró su periódico, dejó unas monedas sobre la mesa y salió tras de mí. Llegamos hasta mi coche, subimos y arranqué sin saber hacia dónde ir. Mientras conducía me sentía desazonada y tranquila, alternativamente. Él parecía sereno, aunque cuando le miraba de reojo podía percibir cierto temblor en la comisura de sus labios.


Tenía trece años y lo hubiese dado todo porque me besara.


Camino de la montaña, llegamos a una zona apartada y solitaria. Metí el coche bajo las ramas de un viejo árbol y apagué el motor. Imposible reprimir un intenso suspiro de alivio, como quien termina una engorrosa tarea y se siente profundamente satisfecho y tranquilo. Salimos del coche.


Y de pronto me encontré entre sus brazos que me apretaban fuerte, con mi nariz hundida en su cuello y un nudo en la garganta que amenazaba con hacerme llorar. Me besaba una y otra vez por toda la cara: las mejillas, los párpados, la nariz, la barbilla, la boca. Me quemaba su boca. Mi cuerpo ardía. Estaba segura de que mis piernas temblorosas acabarían por no poder sostenerme. Sus manos se perdieron bajo el jersey y sentí como mis pechos crecían con su contacto. Me apreté contra la dureza de su sexo, de puntillas, buscando el acople perfecto con el mío, palpitante. La ausencia de palabras, nuestras respiraciones entrecortadas, los gemidos, la premura del deseo mutuo, el peligro de que alguien nos sorprendiese en aquel paraje solitario, hacían que cada gesto, cada caricia, multiplicase por mil su efecto. Sentía mi sexo inflamado y húmedo. Me desprendí de los pantalones y al momento le tenía ante mí, arrodillado, con la boca metida entre mis piernas, provocando oleadas de placer que mojaban su rostro. Le cogí del pelo echándole hacia atrás. Se levantó al tiempo que se desabrochaba el pantalón. Me penetró con fuerza, de pie, abrazados. Lo hicimos como quien quiere en un momento resarcirse de todos esos años deseándonos, como quien salda una deuda postergada durante largo tiempo, como quien piensa que va a morir al día siguiente.


Después de vestirnos nos besamos largamente, con dulzura. Paré cerca de la cafetería, nos miramos por última vez y se apeó del coche. Recordé la pequeña figura que llevaba en el bolsillo. Parecía palpitar. La saqué del bolsillo y la metí en la guantera.


Tenía trece años y estaba enamorada.


(Del libro "Humedad Relativa")


Un regalito para que disfrutéis el fin de semana ¡Increible Shuarma! ahora en solitario, sin Elefantes, sorprende con una canción diferente llena de ritmo y en francés... me gusta este hombre.




viernes 21 de agosto de 2009

De nuevo, la vida (Quince)


Sábado, 15 de abril de 2006

Me desperté muy pronto, antes de amanecer. Intenté volver a coger el sueño, pero parecía que hubiese dormido diez horas seguidas y me encontraba totalmente despejada. Opté, entonces, por revisar otra vez todas las notas de Dolores y aprovechar para escribir de forma coherente, las conclusiones a las que habíamos llegado hasta ese momento.

Igor llegó a la vida de Dolores, hacía cinco años aproximadamente. Paul debió encontrarle en su último viaje a Moscú, al parecer en unas pésimas condiciones de vida según se desprendía por las notas de Dolores y por lo que el propio Igor me contó en nuestra conversación. Cómo le sacó Paul del país ni ella misma lo sabía pues su marido no respondía claramente sus preguntas. Al principio a Dolores le disgustaba su presencia, no porque el pobre muchacho fuese una molestia para ella, lo que la incomodaba es que Paul hubiese tomado la decisión de traerle a vivir con ellos sin haberla consultado, ella no dejaba de preguntarse el motivo real de su acción. La compasión, la caridad eran sólo excusas.

“No se por qué le ha traído, y se niega a responder a mis preguntas. Es un buen chico, inocente como un niño, hermoso como un Dios, pero…”, escribía en un trozo de papel amarillento. “Quizá se aburre, siempre los dos solos. Debía haber sido más insistente con lo de adoptar un niño, o una niña. Siempre se ha negado, que estábamos muy bien así, decía” ahora en el revés de un envoltorio de regalo. “Notaba algo extraño en François, el doctor me lo ha corroborado. Le hablé del hijo de una amiga española, le expliqué su comportamiento. Es retrasado, tiene la mentalidad de un niño en un cuerpo de hombre. Sin embargo algunos de estos enfermos, me ha dicho, tienen cierto talento para algunas cosas” se leía en una servilleta.

Dolores siempre se refería a Igor llamándole François. Sólo había dos hojas de cierta extensión. La primera debía ser aproximadamente de un año después de la llegada de Igor. Hasta entonces las pequeñas notas que aparecían daban a entender que Dolores empezaba a sentir cariño por él, no pasaban solos mucho tiempo porque Paul atravesaba una época poco productiva profesionalmente, parecía que la inspiración le había abandonado y lo poco que pintaba parecía no satisfacerle, pero cuando por diferentes circunstancias compartían algunas horas, se sentían bien juntos. Dolores le enseñaba francés y él le ayudaba con las rosas. Ella se sorprendía a veces riendo como una niña, mientras Igor la observaba con esa expresión de felicidad que sólo su rostro podía reflejar.

“Tenía que haberlo imaginado. No, estoy mintiendo, nunca, nunca podría pensar algo así de él, de Paul. Es mi marido, le conozco hace años ¡cómo he podido estar tan ciega! Ahora que estoy más calmada tengo que escribir lo que ha pasado, no puedo contárselo a nadie y ésta es la única forma de desahogarme. Dije que no volvería hasta la noche, aprovechaba mi revisión anual en el hospital para comer con Florence, en París. Pero una urgencia de última hora hizo que ella no pudiese acudir a nuestra cita. Compré los dulces preferidos de Paul en una pastelería famosa por la calidad de sus productos, y volví a casa. En el camino pensaba que se llevarían una sorpresa. Eran más de las tres cuando llegué. Eloïse ya se había marchado. El absoluto silencio que reinaba en la casa tenía que haberme extrañado. Estarán reposando la comida, pensé, pero no entré diciendo “He llegado, Paul ¿dónde estás?” Algo me obligaba a caminar casi de puntillas. Y fue así como subí las escaleras hacía mi habitación. En la de invitados la puerta estaba entornada, y me acerqué sigilosamente. No debí hacerlo. François estaba de pie, desnudo. Me tapé la boca con la mano, Dios mío, qué hermosura, estuve a punto de exclamar. Permanecía con la cabeza gacha mirando hacia sus pies. Pero no eran sus pies lo que observaba, su mirada estaba posada en la cabeza de Paul, arrodillado ante él, lamiendo su pene hinchado y erecto. También él estaba desnudo y la excitación se hacía patente entre sus piernas. Quería irme de allí, pero parecía que las suelas de mis zapatos se hubiesen quedado pegadas en el suelo. Paul le acariciaba los testículos, cubiertos por un vello rizado y rubio, mientras François echaba su cabeza hacia atrás con inequívocas muestras del placer que estaba experimentando. Cuando Paul rodeó su pene con los labios y empezó a engullirlo lentamente, él empezó a gemir. Comenzaron un movimiento rítmico, las manos de Paul apretaban los tensos glúteos de François, y él le sujetaba la cabeza al tiempo que sus caderas oscilaban, adelante y atrás, adelante y atrás. En el momento del orgasmo un gruñido de placer salió de su garganta, pero mis ojos miraban fijamente la boca de Paul que se afanaba por tragar el chorro de semen que se escapaba por la comisura de sus labios. Temía moverme. Si lo hacía podían darse cuenta de mi presencia. En ningún momento se me pasó por la cabeza abrir la puerta y montar una escena. Estaba como fascinada, hipnotizada, incluso excitada por lo que acababa de presenciar. Pero parecía que aquello no había terminado. Paul, después de lamer hasta la última gota de semen, se puso en pie. Permanecieron los dos frente a frente durante unos segundos hasta que se besaron en la boca. Hacía mucho tiempo que Paul no me besaba así, y sentí una dolorosa punzada de celos. No hablaban, parecía que se entendían perfectamente con sólo mirarse, lo que me hizo pensar que no era la primera vez que ocurría. Sólo hizo falta un ligero gesto de Paul para que François se apoyase en la cama ofreciéndole su trasero. Nunca había visto sodomizar a un hombre, y a Paul jamás se le había ocurrido hacérmelo a mi, quizá habría aceptado con gusto aunque sólo fuese porque me producía cierta morbosidad. Paul empezó acariciando con suaves movimientos rotatorios el ano del muchacho e introduciendo poco a poco uno de sus dedos. El otro empinaba sus caderas cada vez más con ansias de ser penetrado. Paul seguía preparándole y excitándole, y luego fue su boca la que desapareció entre las nalgas e imaginé su lengua puntiaguda introduciéndose por aquella oscura gruta, mientras con las manos separaba los glúteos para poder alcanzar con más facilidad su objetivo. Luego cogió su pene con la mano y lo deslizó a lo largo de la raja del trasero de François, dos, tres veces, hasta que lo colocó en la entrada del ano. Realizó pequeños movimientos de empuje que poco a poco fueron ganando en intensidad mientras aferraba las caderas de François, acercándolas y alejándolas de él. De golpe una fuerte embestida los dejó a ambos pegados, piel con piel. Un pequeño grito de François hizo que Paul girase la cabeza en dirección a la puerta, al mismo tiempo que yo me pegaba a la pared y mi corazón amenazaba con salirme por la boca. Cuando volví a mirar por la rendija, las embestidas de Paul contra las nalgas de François eran profundas y rápidas, estaba a punto de correrse dándole por el culo al que él llamaba su protegido. Lo hizo tras una última y larga acometida que le dejó tendido sobre aquél hermoso cuerpo en cuyo rostro, ahora vuelto hacia la puerta, se dibujaba una dulce sonrisa”.

Después de eso, seguían una variada cantidad de notas de distinta extensión por las que se deducía que Paul había empezado a dar clases de pintura a Igor, y que éste resultó ser un alumno aventajado con cierto talento artístico. Mientras, Dolores, pensaba muchas veces en la escena que había presenciado, incluso llegó a masturbarse recordándola. “Paul y François están pintando en el estudio. No puedo dejar de imaginarlos follando entre pinturas. Estoy mojada y he empezado a acariciarme, mis dedos se deslizan suavemente entre los pliegues húmedos, me penetran. Cierro los ojos. Pienso que aparecen de repente, se excitan al verme así, con mi mano entre las piernas. Lo hago con los dos” escribe en una hoja arrugada. Descubre, después de mucho tiempo, que Paul está firmando los cuadros pintados por Igor y pretende exponerlos como suyos. Tienen una fuerte pelea en la que Dolores le acusa de fracasado y de aprovecharse de un pobre retrasado mental. Está a punto de confesarle lo que sabe de sus relaciones sexuales que está segura sigue manteniendo, pero se contiene, ni ella misma entiende por qué no se lo escupe a la cara. Le quiere, no ha dejado de quererle, pero al mismo tiempo siente una profunda repulsa por lo que está haciendo. Le duele más que sea capaz de servirse del talento de Igor que el hecho de que esté follando con él.

Paul le pide perdón e intenta convencerla. No está en su mejor momento, necesita volver al sitio que le corresponde como artista o se volverá loco. A Igor no le importa, tiene todo lo que puede desear, si ella supiera cómo malvivía en Moscú, lo entendería. Él es feliz pintando, lo hace por puro placer y no entiende nada de fama. Se encontraría perdido en ese mundo, quizá empezasen a investigar en un pasado que él no quiere recordar siquiera, o aparecerían parientes hasta de debajo de las piedras, que sólo buscarían sacar tajada. Era mayor de edad, pero cualquier juez le declararía no apto para ocuparse de administrar lo que ganase con las ventas de sus cuadros ¿creía que les iban a dejar a ellos la facultad de hacerlo? No, si existían familiares a los que les correspondía por derecho. Finalmente, accede, no sin antes hacerle prometer que hará las gestiones necesarias para asegurarle un futuro sin preocupaciones.

Durante un tiempo, las notas escasean, hasta que volvemos a encontrar la otra hoja extensa de un suceso ocurrido pocas semanas antes de su muerte.


martes 18 de agosto de 2009

Vosotros diréis...



Sí, sí, ya se que diréis que no tengo palabra y que aquí estáis esperando el dichoso final de la historia. Vosotros, y mi hija que no para: "mamá ¿quieres acabar de una vez? ¡joder! que estoy intrigada, ponte a escribir y no seas perezosa"... perezosa ¡ja! lo que pasa es que no me dejan parar.

Agosto y currando. Vale, ya se que disfruté mis vacaciones apenas despuntaba el verano (cualquiera se va al Camino en este mes, dicen que es un rallye para pillar cama en los albergues), pero hay que ver lo que se sufre viendo largarse a todo bicho viviente mientras te quedas con cara de boba haciendo guardia en la oficina.

Luego en casa, bregando con un adolescente "catorceañero" que me lleva frita y refrita. Castigado anda, día sí y día también, y no se si el castigo es para él o para mi que me toca aguantarlo en casa, y por si eso fuera poco , capeando a su hermana, que es un sargento primero, y no para de machacarle. Y tiene razón la chavalita, pero es que el niño está en la edad tonta, con las hormonas aceleradas que no hay forma de frenar. Anda respondón, desordenado, despistado, perezoso, enamorado. Cree que ya es un hombre pero espera en la cama a que le arrope y le de un beso de buenas noches. Que no hay por donde cogerle... vamos. Afortunadamente, el tiempo todo lo cura, o eso dicen, y tratándose de algo tan pasajero como la juventud, con más razón... habrá que armarse de paciencia.

También me voy de "picos pardos" de vez en cuando, no voy a pintarlo todo tan negro, atendiendo a las visitas procedentes de la Villa y Corte que vienen ansiosos por zambullirse en el Mare Nostrum. Y con eso disfruto, para qué negarlo, aunque cada vez que planeamos pasar el día de excursión tenga que meterme en la cocina hasta las tres de la mañana. Y es que con esto de la crisis la cosa no está para ir de restaurante, así que hay que llenar la fiambrera y la nevera hasta los topes, que hay que ver como comen los muy...

Todo esto para decir que a "De nuevo, la vida" le quedan dos telediarios, y que calculo que para el jueves vuelvo a la normalidad (a ver si es verdad y me dejan), me pongo frente al teclado y la termino.

Cambiando de tema. Quiero agradecer vuestras sugerencias para el título del nuevo libro. A saber y por orden de aparición: Oliver, Tania, Pau, Blount, Rumba Lolailo y Anónimo. De verdad, muchas gracias por colaborar, podéis estar seguros que las guardo como oro en paño para próximas ediciones.

Para éste que nos ocupa ya elegí un título. No es original, rebuscado o metafórico. No lleva la palabra intimidad y sin embargo habla de ella. Es una frase sencilla y que solemos utilizar de forma habitual. Y aunque no es imprescindible que el título de un libro guarde relación con la imagen de la portada, creo que en este caso (si uno lo piensa un poco) sí que lo hace.

No me alargo más, mi próximo libro con la imagen que ya conocéis se llamará:

"Ahora que estamos solos"

Si os apetece, me gustaría conocer opiniones. Vosotros diréis...

domingo 16 de agosto de 2009

Yo, éste y aquél.


YO me he levantado con un pedazo de algo atascado en el pecho. Un bocado de angustia que no se desplaza hacia adelante ni hacia atrás, que no me deja beber, comer, ni apenas respirar.

ESTE sólo piensa en follar, argumentando que es una buena terapia contra la ansiedad. Quizá. Me dejo hacer.

Mientras, sueño que en algún lugar debe habitar AQUÉL que no se cansa de prodigar caricias en cualquier punto elegido al azar de la geografía de mi piel. Movimientos circulares y repetitivos que hacen que mi pensamiento se concentré en la calidez de la yema de sus dedos y me invitan al sueño.

Y antes de que cuente diez, me habré dormido.

PD. No he olvidado la historia, mañana sigo.



viernes 7 de agosto de 2009

De nuevo, la vida (Catorce)


Viernes, 14 de Abril de 2006

Salimos del hotel sobre las nueve de la mañana. Si no nos encontrábamos con alguna dificultad, teníamos tiempo más que sobrado para sentarnos en algún café hasta la hora de nuestra cita. El marido de Clarisse nos había indicado el camino de forma muy detallada por lo que no tuvimos ningún problema en encontrar la clínica. La “Clinique Père Antoine” debía su nombre a un monje doctorado en medicina y estudioso de la mente humana que un buen día decidió dedicar la gran casa heredada de sus padres para atender a los desdichados deficientes mentales que, según la costumbre de aquella época, eran repudiados por las familias o encerrados de por vida en algún sótano oculto como si se tratase de simples animales.

Ahora era una hermosa mansión con una planta central cuadrada de la que sobresalía en el centro una especie de torre. Seguramente por necesidades de espacio, se habían ido añadiendo a lo largos de los años, distintos edificios que la rodeaban de modo que el conjunto parecía un pequeño pueblo con sus casas pegadas unas a las otras. Alrededor, un inmenso jardín salpicado de árboles con altas y anchas copas a cuya sombra apetecía cobijarse. Por la parte de atrás de la edificación, el jardín lindaba con un lago de tamaño considerable por el que se paseaban tranquilamente algunos patos. Un cuidado seto rematado en la parte delantera por una verja cerrada, rodeaba el jardín, protegiendo a los enfermos de la mirada de cualquier curioso.

Cuando llegamos ante la verja de hierro pensaba que mis piernas no iban a poder dejar de temblar. Me horrorizaba la idea , quizá extravagante, de encontrarnos con Paul, deseaba con todas mis fuerzas ver a Igor, y al mismo tiempo, temía ese momento. No sabía cómo iba a reaccionar “ella”. Es verdad que en los dos últimos días no sentía nada extraño, pero presentía que ese encuentro podía ser diferente. Al fin, nos armamos de valor y presionamos un timbre acoplado a una cámara de vigilancia, preparadas para la inspección visual de la que íbamos a ser objeto antes de que nos abriesen la puerta.

- ¿Qué desean? – preguntó un voz algo distorsionada por el altavoz.

- Soy Madame Andrade, me acompaña mi amiga Madame Montcada, tengo una cita a las diez de la mañana.

- Pasen por favor – contestó la voz, al tiempo que se abría la verja.

El camino hacia la entrada del edificio era corto, pues el jardín se extendía hacia los lados y la parte posterior. Algunos residentes salían por una de las puertas laterales seguramente a dar su paseo diario o a sentarse en alguno de los bancos que se desperdigaban por el césped. Una mujer con bata blanca nos hizo pasar a un despacho donde nos esperaba el Doctor Honoré Daguer. Una vez hechas las presentaciones nos invitó a tomar asiento. Mientras Mari Cruz desplegaba todo su encanto y hacía gala de su buen francés, yo pensaba en buscar alguna excusa para salir de allí y poder quizá, encontrar a Igor.

- Disculpe – dije dirigiéndome al doctor.

- Sí, dígame.

- Si no le importa, me gustaría salir a tomar el aire y beber un poco de agua, a ser posible.

- ¿Se encuentra mal?

- No, estoy un poco cansada por el viaje, todavía estoy convaleciente de una operación y realmente sólo he venido en calidad de acompañante.

- En ese caso creo que le sentará bien pasear por el jardín, a estar horas de la mañana es una delicia. Pídale el agua a la enfermera de recepción. Intentaremos no hacer esta entrevista demasiado larga.

- No se preocupe, estaré bien. Mari Cruz tómate el tiempo que necesites – le dije en español – te espero fuera.

Sí, realmente se estaba bien allí afuera. Una suave brisa todavía fresca armonizaba con la calidez del sol de aquella mañana de primavera. Paseé despacio fijándome en las docena de personas que pululaban por el jardín. Había dos pequeños grupos sentados en distintos rincones bajo los árboles, otros que buscaban la soledad algo más apartados, y algunos más que caminaban pensativos. Fui rodeando el edificio al tiempo que escudriñaba las ventanas. Parecía estar dividido en zonas o pabellones, como me explicó luego Mari Cruz, las cocinas, el comedor, una biblioteca, salas comunes, las habitaciones, los baños… casi sin darme cuenta llegué hasta el lago, solitario y silencioso.

Cuando me acercaba hacia una cerca de madera que lo separaba del jardín, me pareció percibir un movimiento en una especie de claro entre los árboles, delante y a mi izquierda. Allí debía haber alguien. Volví sobre mis pasos y me dirigí hacia el lugar, cuidando de acercarme sin ser vista. Parapetada tras uno de los árboles presencié una escena que quedaría grabada para siempre en mi memoria.

Un hombre joven de cabello castaño que le llegaba a los hombros, delgado y de una altura considerable, pintaba ensimismado. Desde allí no podía distinguir los detalles del lienzo pero de la forma en que se aceleró mi corazón, tenía que ser él “el hombre hermoso”. Me acerqué muy despacio.

- Hola – dije casi en un susurro.

La sonrisa que sus labios dibujaron, cuando se volvía para mirarme iluminó por un instante todo lo que encontró a su paso, borrándose en el mismo momento en que me miró.

- Hola – contestó visiblemente decepcionado.

- ¿Esperabas a alguien? Me ha dado la impresión de que te alegraste mucho cuando te saludé.

- Sí, yo… lo siento, te confundí con otra persona.

Hablaba como un niño que ha hecho alguna tontería.

- ¿Con Dolores?

- ¿Le conoce? ¿Le ha visto? – otra vez aquella sonrisa, los ojos abiertos como platos, la ilusión prendida en el rostro.

- Bueno, sí, podríamos decir que somos buenas amigas.

- ¿De veras? ¿Es usted española? – jeje, se nota en su acento – dijo con timidez.

- ¡Vaya! ¿Quieres decir que no hablo un buen francés?

- Sí, sí, no… no, quería decir eso. ¿Ve? Siempre me pasa, creo que he metido la pata.

- No, hombre, era una broma – le dije sonriendo, mientras él suspiraba de alivio – Me llamo Eugenia. ¿Y tú? ¿Igor?.

- Mucho gusto Madame Eugenia.

- Eugenia, sólo Eugenia.

- ¿Igor? Sí, es mi nombre, pero Dolores siempre me llama François, dice que Igor es demasiado… “rude pour moi”. ¿Por qué no viene a verme? ¿Lo sabe usted? ¿Está enfadada conmigo?... yo la quiero, la quiero tanto.

Definitivamente, Igor no sabía nada de lo ocurrido, mirarle expectante me arañaba el alma. Era como un niño abandonado que piensa que le están castigando por algo que ha hecho mal.

- No, no está enfadada, no has hecho nada malo. En realidad, Dolores me ha pedido que venga a verte, ha tenido que salir a un largo viaje…

- ¿A España?

- Sí, un asunto familiar. Pero te quiere mucho, lo se, me lo ha contado y me ha hecho prometer que te lo diría.

La felicidad que transmitía su rostro era el mejor regalo que podía desear.

- A ver, enséñame que estás pintando.

- El lago. Me gusta pintarlo a distintas horas del día, porque es como si no fuese el mismo.

- Es precioso, Igor ¿sólo pintas el lago?

- Nooooo, que va, a veces pinto los árboles, el edificio, grupos de gente, algunos posan para mi ¿sabes?

- ¡Vaya! Lo haces muy bien ¿te enseñó alguien?

- Bueno, a veces pintaba en las calles de mi pueblo, cerca de Moscú, en cartones o lo que encontraba. Luego los vendía a cambio de comida. Cuando Paul me encontró y me trajo con él, me dio algunas clases ¿de verdad te gustan?

Iba a contestarle cuando me di cuenta de que Mari Cruz y el doctor se dirigían hacia nosotros.

- Sí, Igor, claro que me gustan, eres un gran pintor. Oye ¿viene Paul a verte a menudo?

- Me gustaría que viniese todos los días, pero dice que no puede, está muy ocupado. Casi siempre me trae lienzos nuevos y se lleva los cuadros que tengo pintados.

- Ya. Oye… ¿puedes guardar un secreto?

- ¿Nuestro? – sus ojos chispeaban como los de un niño ante un juego apasionante.

- Sólo nuestro, bueno, y de Dolores. Cuando Paul venga a verte, no le digas que he estado aquí. No me conoces, no me has visto jamás.

- No me gusta mentirle.

- No tienes que hacerlo, él no te preguntará por mi porque no sabe que he venido. Si alguien le cuenta que una mujer estuvo hablando contigo, le dices que era una visita y que no me conocías ¿lo harás? Es muy importante.

- Lo haré, te lo prometo. Dile a Dolores que… quiero estar con ella, por favor, díselo.

- Nos vemos pronto, espera sólo unos días.

Mari Cruz, de alguna forma, había conseguido entretener al doctor mientras yo terminaba de conversar con Igor. Cuando llegué hasta ellos, le prometía estudiar detenidamente la posibilidad de traer a su sobrina lo antes posible, muy pronto tendrían noticias. Seguidamente nos despedimos y salimos en dirección al coche. Cuando volví la cabeza, Igor levantó una mano en señal de saludo y volvió a ensimismarse en su pintura.

De camino al hotel le conté a Mari Cruz nuestra conversación. Ahora conocíamos la historia casi en su totalidad. Faltaba lo más complicado, escuchar la versión de nuestro querido pintor. Mañana pensaríamos en la estrategia a seguir, pero cualquier cosa que hiciésemos no sería antes del lunes, el domingo se celebraba en París la exposición y no queríamos perdérnosla por nada del mundo. Estaba segura de saber qué cuadros iba a encontrar allí, colgados de las paredes.

Dentro de tres o cuatro días, volveríamos a casa. Con ese pensamiento me dormí.


lunes 3 de agosto de 2009

De nuevo, la vida (Trece)


Antes de leer el siguiente capítulo de la historia ¿por qué no pasas por el post anterior y dejas tu sugerencia?... vamos, no seas tímido, hazlo y no te arrepentirás.



Jueves, 13 de Abril de 2006

Nos dieron las tres de la mañana ordenando todo el material que había en la bolsa. Resultó difícil adivinar el orden en el que habían sido escritos, ninguno de ellos tenía fecha, así que tuvimos que utilizar la lógica para poder ir descifrando la historia.

Había algo importante que debíamos hacer antes de dar crédito a todo lo que habíamos leído. Según la información que pudimos extraer de las últimas notas de Dolores, Igor debía encontrarse en una especie de residencia para personas con problemas mentales ubicada en un pueblo a unos diez kilómetros de Saint Cirque. Nos sorprendió leer que ese hombre cuya belleza resultaba casi dolorosa a la vista podía sufrir una retraso mental elevado sin que nada en su apariencia física lo delatase. Pero así lo afirmaban aquellos papeles.

Nos encontrábamos con un grave problema ¿cómo íbamos a hacer para poder hablar con Igor? Según Dolores fue Paul quien le internó y casi con total seguridad el personal de la clínica no iba a dejarnos visitarle sin una autorización suya, así que teníamos que inventarnos alguna historia creíble para poder entrar allí, y si teníamos la suerte de que Igor no estuviese recluido en alguna habitación, quizá podríamos localizarle.

Me obligué a estar en la cama hasta las diez, aunque permanecía despierta desde las ocho. Mari Cruz y yo habíamos quedado en tomarnos el día con calma, ocuparíamos la mañana en buscar en internet todo lo que pudiésemos encontrar sobre la clínica y documentarnos sobre el complicado mundo de las enfermedades mentales. Por la tarde, si la mañana había sido fructífera, llamaríamos por teléfono a la clínica para concertar una cita para el día siguiente.

Después de ducharme y antes de ir al comedor a desayunar, llamé a Enrique para ponerle al día de los últimos descubrimientos. Me echaba de menos, me dijo, y yo me sentí egoísta por estar allí, husmeando en una historia ajena, cuando debía estar a su lado haciendo todas esas cosas que antes me estaban vetadas. Él pareció darse cuenta de mi estado de ánimo y me bombardeó a preguntas sobre el tesoro que habíamos encontrado en el jardín. Eso me hizo olvidarme de esa sensación de malestar y le conté punto por punto lo que Mari Cruz y yo pensábamos que había ocurrido durante los años en que Igor convivió con el matrimonio, y que llevó al desenlace final que conocíamos, y por el que, quizá, yo seguía con vida. Luego escuché atentamente y sin rechistar todas las recomendaciones de Enrique, como una niña que ha sido pillada en falta, y prometí seguirlas al pie de la letra.

Mari Cruz estaba sentada en la terraza del jardín dando buena cuenta de un exquisito desayuno. Si seguíamos comiendo la deliciosa bollería que nos preparaba Clarisse, volveríamos a España con unos cuantos kilos de más. Con el café empezamos el trabajo, de la clínica no había mucha información en la red, no tenía página web y sólo pudimos encontrar alguna referencia de poca importancia. Decidimos preguntar a Clarisse si había oído hablar de ella. Nos dijo que hacía dos años un huésped del hotel le comentó que iba a hacer una visita a un familiar que tenía allí recluido, creía recordar que padecía algún tipo de esquizofrenia. Aquello no nos servía de nada, teníamos que echar mano de nuestra imaginación y confiar en la suerte.

Buceando en Internet se nos hizo la hora de comer y dejamos el trabajo aparcado durante un rato. Para olvidarnos momentáneamente de aquel asunto, nos pusimos a recordar viejos tiempos. Me parecía que había pasado mucho tiempo desde aquellos días en que cualquier esfuerzo podía acabar con mi vida, el cuidado que debía tener para no enfermar, no emocionarme, no andar demasiado, no disgustarme, no, no, no… La muerte de Dolores había sido mi salvación, y debía estar contenta porque los sueños habían dejado de importunarme y salvo en contadas ocasiones, en las que me parecía que era ella la que gobernaba aquél músculo que le pertenecía, no había sentido nada extraño. Perduraba mi especial forma de hablar, la costumbre de tararear aquella canción francesa y el olor de las rosas que parecía haberse pegado en mi piel. Sin embargo, sentía una amarga tristeza por la suerte de aquella mujer a la que había empezado a estimar, seguramente en el mismo momento en que recibí su corazón como un póstumo regalo.

Volvimos al trabajo. Después de desechar algunas de las ideas que se nos iban ocurriendo, acordamos que lo mejor era que llamásemos para concertar una cita alegando buscar información para el posible internamiento de un familiar de Mari Cruz aquejado de alguna de las enfermedades mentales de las que habíamos encontrado amplia información. Ante el hecho que pudiese parecer extraño elegir esa clínica siendo nosotras españolas, alegaríamos que el familiar en cuestión, podía ser una prima hermana, vivía desde hacía varios años en París y no tenía más parientes que la propia Mari Cruz.

Así lo hicimos, y después de una corta conversación telefónica quedamos citadas a las diez de la mañana del día siguiente. Pude comprobar una vez más la capacidad de improvisación de mi querida amiga que capeó de forma inteligente las formalidades que la persona que atendió la llamada le exigía para concertar la cita, sobre todo en lo referente a la presentación de los informes de los médicos que habían tratado al supuesto paciente. Mari Cruz, argumentó que habíamos acudido de forma precipitada al recibir una llamada de un compañero de trabajo de Carine, que así se llamaba la hipotética prima, avisándonos de la crisis que padecía, y antes de tomar una decisión quería asegurarse de que el lugar en cuestión contase con los medios más adecuados para que la estancia allí de un familiar querido fuese lo más agradable posible. Si quedaba satisfecha presentaría toda la documentación necesaria en el momento oportuno.

Antes de cenar, dimos un paseo por la orilla del río, admirando un cielo estrellado que parecía estar casi al alcance de la mano. Pensé que bien podía pedir un deseo a alguna de aquellas estrellas luminosas, pero Mari Cruz me distrajo con su cháchara y sólo me dio a tiempo a pensar que ojalá a Paul no se le ocurriese visitar a Igor a su vuelta de París.


viernes 31 de julio de 2009

Solicito vuestra colaboración


¡¡¡¡Noooooooo!!!! espera, sigue leyendo, no voy a pediros dinero, ni que sigáis ninguna cadena, ni siquiera que me votéis en alguno de esos concursos de la red, no. Es algo mucho más sencillo y de gran importancia para mí: NECESITO UN TÍTULO PARA MI PRÓXIMO LIBRO.
Os cuento: he decidido publicar mi segundo libro de relatos. El primero, de cuyo resultado final estoy muy orgullosa, es "Humedad Relativa"
El que está ahora en proceso consta de treinta y una historias, no demasiado extensas (ésas 4 ó 5 larguísimas las dejo para el tercero) que tienen como característica común algún toque de erotismo. Aunque tengo algún título en mente, no acaban de convencerme.
Veréis, busco un título que no sea demasiado explícito, que sugiera al lector lo que se encontrará al leerlo, pero sin decirlo claramente, algo que consiga despertar su curiosidad. "Humedad Relativa" cumplía esas premisas. No me vale: "Historias de sexo" "Relatos eróticos" "Placeres ocultos" "Secretos indecentes"... ya sabéis a lo que me refiero. Siempre podría poner el socorrido "Humedad Relativa II". Pero estoy segura, queridos lectores, que podéis ayudarme.
Justo aquí debajo está la imagen central de la portada del libro. Eso no tiene discusión, será esa, sí o sí, a falta de elegir el color del fondo (el que hay no es el definitivo, o sí) y la tipografía, que aún está en estudio.


¿Y qué gano yo con todo esto? se preguntará alguno de vosotros. Pues si hay suerte y alguna de vuestras sugerencias es la elegida, me comprometo a enviar a su autor un ejemplar dedicado con mi más sincera gratitud.
Bien, estáis todos invitados a participar, tanto los lectores habituales como aquellos que vienen a parar a éstas páginas por pura casualidad.
Vamos... podemos intentarlo.

De nuevo, la vida (Doce)



Miércoles, 12 de abril de 2006

A las 9 de la mañana íbamos de camino hacia la casa. Me había levantado poco animosa, tenía la impresión de que no íbamos a encontrar nada que nos diese alguna posibilidad de vislumbrar, al menos, qué había ocurrido aquella noche en que Dolores salió corriendo de su casa sin regresar jamás. No tenía ganas de hablar e imaginaba que a Mari Cruz debía pasarle lo mismo, porque caminaba cabizbaja con la cámara al hombro.

Al llegar ante la verja del jardín vimos a Eloïsse que estaba abriendo las ventanas de par en par. Seguramente nos esperaba porque la puerta no estaba cerrada. Cuando nos acercábamos a la casa siguiendo el camino empedrado, la mujer nos miró un momento y continuó con lo que estaba haciendo sin hacer caso de nuestra presencia. Mejor, pensé, no tengo ganas de tenerla merodeando tras nuestros pasos. Estaba convencida de que era tan leal al pintor que jamás conseguiríamos que nos contase algo interesante de lo que pasaba entre aquellas paredes.

Antes de adentrarnos en la casa, nos sentamos en el cenador mientras Mari Cruz se fumaba un cigarrillo que acaba de encender.

- ¿Estás pensando lo mismo que yo? – me dijo mientras miraba hacia la ventana en la que se distinguía la silueta de Eloïsse.

- Seguramente sí, las dos tenemos la misma expresión de impotencia. ¿Qué vamos a hacer si no aclaramos nada?

- Volver a casa y olvidarnos de todo este asunto, eso haremos. Y ahora, manos a la obra… ¡vamos! ¡mueve el culo!

Mari Cruz se echó la cámara a la cara y en pocos minutos el sonido característico del disparo y de arrastre del carrete rompía el silencio de la casa. Mientras, yo deambulaba observando paredes, muebles, rincones, sin una idea clara de lo que buscábamos. Desperdigados por las distintas habitaciones se podían admirar diversos óleos cuya figura central era, sin duda alguna, Dolores. Pero ninguno de ellos tenía nada que ver con el del salón. Eran bonitos, pintados en tonos alegres, y en los que la mujer aparecía en actitud retadora, muy sensual. Nada que ver con la imagen casi casta, recatadamente sentada en la silla, ataviada con un sencillo vestido oscuro, que sin embargo resultaba tan atractiva.

Estaba ensimismada observando aquel cuadro, cuando llegó hasta mis oídos un suave rumor que parecía proceder de la planta superior. Subí las escaleras despacio guiándome por lo que parecía una voz tarareando una canción. Debía proceder de una habitación cuya puerta estaba entornada. Me quedé tras ella, con la oreja pegada a la madera. Era la letra de una canción española y la mujer que estaba cantándola no era otra que nuestra enigmática Eloïsse. Por un momento me quedé quieta escuchando sin saber qué hacer.

Abrí la puerta sin hacer ruido y observé unos minutos a la mujer que con sumo cuidado arreglaba una habitación decorada con numerosos pbjetos de origen claramente español. Debía ser, sin duda, de Dolores.

- ¿Puedo pasar?

Eloïsse dio un respingo.

- Lo siento, no quería asustarla.

- Descuide, no importa.

- No sabía que hablaba mi idioma – le dije , aunque acababa de hablarme en francés.

Se quedó pensativa un instante.

- ¿Me ha oído?

- Sí, llevo un rato ahí afuera, escuchándola.

- Ya. Madame Dolores (dijo Dologues) me enseñó un poco con mucha paciencia.

- La quería usted mucho ¿verdad?

- Todo el mundo la quería, y … pasábamos mucho tiempo las dos solas.

- ¿Conoce mi país, España?

- No, Madame Dolores prometió llevarme en su próximo viaje, luego… pasó, bueno, usted ya lo sabe.

- ¿Por qué se sorprendió usted la primera vez que escuchó mi voz?

- Pues verá, Madame…

- Eugenia, llámeme Eugenia.

- Verá, Eugenia, tiene usted una forma de hablar muy parecida a la de Madame, a lo mejor es porque las dos son españolas, pero estaba desprevenida y por un momento me pareció escucharla a ella.

- Eloïsse, voy a ser sincera con usted, conozco muchas cosas sobre Dolores y se que algo terrible ocurrió la noche de su muerte, no me pregunte cómo estoy tan segura porque eso no puedo decírselo, pero créame, es muy importante para mí averiguar que pasó. Necesito su ayuda.

- Lo siento, Madame, no se a qué se refiere, no puedo ayudarle. No pasó nada esa noche ni ninguna otra noche, un terrible accidente, eso fue lo que ocurrió.

- Está bien, Eloïsse, no volveré a molestarle. Gracias. Y si alguna vez quiere visitar España estaré encantada en ser su anfitriona.

- Merci, Madame, merci. Si me permite voy a continuar con mi trabajo.

Bien, al menos lo había intentado, aunque sabía que sería casi imposible sacarle cualquier información a esta mujer. Bajé las escaleras y salí al jardín. No veía a Mari Cruz por ningún lado. En aquella parte de la casa, el sol había empezado a calentar, así que la rodeé buscando alguna sombra bajo la que refugiarme. Al llegar a la parte de atrás me encontré con un muro de piedras medio derruido que quizás fuesen los restos de alguna parte de la antigua casa. En la esquina que formaba el muro se alzaba un frondoso árbol y a su lado una especie de banco de madera cuyo asiento era como una caja con tapa. Recordaba haber visto alguno así en casa de mi abuela, en la cocina y en el patio. En su interior se guardaba todo tipo de cosas, el del patio solía estar lleno de ovillos de lana, agujas de tricotar, un costurero, las gafas de la abuela. Era su lugar preferido para sentarse a coser o a tejer alguna bufanda y en aquél banco tenía todo lo que necesitaba.

Mientras me acercaba mi corazón empezó a latir con rapidez. Levanté la tapa y me encontré con diversos utensilios para el cuidado del jardín: guantes, tijeras, algunas bolsitas con semillas y varias herramientas cuya utilidad no conocía. Me vine abajo, literalmente. Me arrodillé ante el banco intentando recuperarme de la decepción que acababa de sufrir. Maquinalmente cogí una de las herramientas, deseaba descargar mi frustración golpeando cualquier cosa que estuviese al alcance de mi mano. Cuando la arrojé con rabia al interior del asiento, me pareció percibir un sonido extraño. Saqué precipitadamente parte de su contenido y golpeé con los nudillos la madera que, en teoría, debía ser la base del banco. Efectivamente, mi percepción no era errónea, allí había algo extraño. Busqué algo plano que pudiese introducir por la ranura que acababa de descubrir en uno de los lados e hice palanca.

Había un doble fondo, y en aquél receptáculo encontré una bolsa de tela repleta de papeles y fotografías. Eran hojas sueltas, trozos pequeños y grandes, hojas de calendario escritas por la parte de atrás. Daba la impresión de que Dolores, porque estaba segura que aquello le pertenecía, hubiese utilizado cualquier papel en blanco para escribir. “No se por qué le trajo aquí. No me importa porque es tan dulce, tan inocente…pero tengo miedo” “No lo consentiré, no quiero que le llevé a… ese lugar, no quiero. Iré a buscarle y si se niega le contaré al mundo lo que hace” “Nos ha visto, yo no quería que ocurriese, se lo he jurado, pero no se si me cree”… esos y otros fragmentos saltaban ante mis ojos, de tal forma que parecían querer llamar mi atención.

Miré a mi alrededor temiendo que alguien pudiese estar observándome, antes de rebuscar entre la ingente cantidad de fotos que había guardadas. Allí estaba “el hombre hermoso”, allí estaba su imagen, plasmada en muchas de aquellas fotografías. No era producto de mi imaginación, Igor existía y había vivido en aquella casa.

Aparté la bolsa y metí en el banco todo lo demás. Desde allí podía ver el cenador donde habíamos dejado nuestros bolsos, afortunadamente el mío era enorme. Caminé hasta allí obligándome a fingir que paseaba y de espaldas a la casa, introduce aquél tesoro en el bolsón de paja que me acompañaba a todas partes. Luego fui en busca de Mari Cruz. La encontré charlando en la cocina con Eloïse, sólo tuvo que mirarme para darse cuenta de qué algo ocurría. Se miró el reloj y fingió sorprenderse de la hora, debíamos irnos, Madame Clarisse nos esperaba para comer, y aquella mujer se ponía como una fiera si dejábamos que se enfriase.

Cuando llegamos al hotel nos metimos rápidamente en mi habitación y vaciamos el contenido de la bolsa sobre mi cama. Sólo hemos descansado un momento para comer, y estamos otra vez enfrascadas intentando encajar las piezas de este puzzle.

martes 28 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Once)



(Sigue del Martes, 11 de Abril de 2006)

La comida transcurrió en silencio. Los exquisitos platos de Eloïse no merecían ninguna clase de distracción. Cuando nos sirvió el café, acompañado de unos deliciosos dulces, decidí preguntar a nuestro anfitrión las dudas que desde hacía rato me rondaban por la cabeza:

- Paul ¿siempre han vivido solos usted y su esposa?

La pregunta pareció pillarle por sorpresa, aunque no tardó en responder, no se me escapó la mirada dirigida a Eloïse que estaba dejando sobre la mesa una jarra con leche caliente que le había pedido Mari Cruz. La mujer no levantó la mirada, pero se quedó un instante inmóvil sin saber muy bien qué hacer.

- Sí – me respondió – a excepción de Eloïse que está con nosotros desde que nos instalamos aquí. A Dolores y a mí, nos gustaba la soledad y la tranquilidad que se respira y por desgracia no llegamos a tener hijos.

- La familia de Dolores ¿no les visitaba?

- En dos o tres ocasiones pasaron aquí algunos días sus padres, ella era hija única, pero no se acostumbraban a esto, ni entendían el idioma. Dolores prefería hacerles una visita de vez en cuando, aprovechando las ocasiones en que yo tenía que viajar por asuntos profesionales.

Permanecimos un rato en silencio.

- Perdone que le haga esta pregunta, pero siento curiosidad y no encontré información en ningún medio. Discúlpeme si le parece demasiado personal.

- Dígame qué quiere saber.

- Su esposa ¿murió en el acto?

- No, cuando consiguieron sacarla del coche aún respiraba, desgraciadamente falleció en el hospital. Ella siempre había dicho que deseaba donar sus órganos, así que di mi autorización cuando los médicos me preguntaron, pensé que quizá podía salvar algunas vidas y que de alguna forma ella no habría desaparecido para siempre.

Tuve que esforzarme para que ningún gesto delatase el nudo que se me había acabado de formar en el pecho, aunque resultaba difícil con aquellos ojos grises que no se apartaban de mi rostro. No sabía si iba a ser capaz de hablar de nuevo, cuando Mari Cruz salió en mi auxilio.

- ¿Está enterrada aquí, en el cementerio?

- No, fue incinerada y sus cenizas se esparcieron entre los rosales.

Quizá por eso el aroma de las rosas no me había abandonado desde que, en el hospital, recuperé la conciencia. Me había acostumbrado tanto a él que parecía que estaba conmigo toda la vida.

- Bien, gracias por responder a estas preguntas que nada tenían que ver con el trabajo que nos ocupa, muchas gracias, Paul.

- No tiene importancia ¿volvemos al trabajo?

Las hora siguientes las ocupamos en hablar sobre técnicas artísticas y la inminente exposición que Paul estaba preparando en París. Sería el próximo fin de semana y el pintor tenía puestas en ella muchas esperanzas. El estilo y la técnica de sus nuevos lienzos era toda una innovación en su carrera y no sabía cómo se lo iba a tomar el público y los críticos de arte. Nos pidió que acudiésemos a la inauguración como sus invitadas, y después de cruzar entre nosotras una breve mirada, aceptamos gustosas a acompañarle.

El trabajo estaba hecho, pero yo no dejaba de pensar en alguna excusa para poder husmear por allí con algo de más de libertad. Cuando Paul dijo que mañana tenía que viajar a Paris para ultimar algunos detalles de la exposición, casi empecé a palmotear de alegría. Busqué con la mirada a Mari Cruz, algo se nos tenía que ocurrir.

- Vaya – dijo ella – me hubiese gustado hacer algunas fotos más del interior de la casa, hay algunos cuadros que quisiera fotografiar pero con esta luz me temo que no saldrían como quiero… ¿le importaría que viniésemos un rato por la mañana? Estará Madame Eloïse ¿no? He sido una tonta entreteniéndome tanto por el jardín, pero pensaba que no terminaríamos tan rápido la entrevista.

Mari Cruz sabía ser muy convincente cuando se lo proponía, la expresión de su rostro y sus hermosos ojos azules eran la inocencia personificada.

- Esta bien – dijo Paul – puede hacer las fotos que guste, Eloïse estará aquí a partir de las nueve, vengan cuando quieran.

Cuando bajo al jardín del hotel, Mari Cruz está recostada en un sillón con la cabeza sobre el respaldo.

- ¿Qué haces?

- Mirando las estrellas ¿te has dado cuenta cómo brillan? Este lugar es mágico, no me extraña que a Dolores le gustase tanto vivir aquí. ¿Estás bien?

- Sí, sólo necesitaba un poco de soledad ¿qué vamos a hacer mañana?

- No lo se, Eugenia, quizá encontremos algo que nos de alguna pista sobre… ¿cómo dijiste que se llamaba? ¿Igor?

- Sí, eso me dijo Madame Clarisse. No entiendo por qué Monsieur Montcour quiere guardarlo en secreto ¿qué tiene de malo? ¿quién es Igor? ¿no lo encuentras muy extraño?

- No se qué pensar, es encantador y parece realmente apenado por la muerte de su esposa. No puedo creer que fuese él quien sacó el coche de la carretera.

- También a mí me resulta difícil creerlo, pero fue lo que soñé Mari Cruz.

- Bueno, no le demos más vueltas, mañana iremos allí y dejaremos que el destino siga su curso. Toma una copa y disfrutemos de esta preciosa noche antes de irnos a dormir. Brindemos… por mi querida amiga Eugenia y su nueva vida.

- Por nosotras… gracias Dolores.

Y las dos miramos hacia el cielo alzando nuestras copas.


viernes 24 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Diez)



(sigue el Martes, 11 de Abril de 2006)


No terminó la frase y yo fingí no haberle escuchado mientras me atareaba sacando de mi bolso una grabadora. Le miré interrogante por si ponía alguna objeción, pero si la había no lo demostró.

- Bien, cuando quiera podemos empezar, Paul.

Se limitó a asentir.

Empezamos hablando de sus comienzos. Era el hijo menor de una familia de posición media-baja que habitaba en un pequeño piso en las afueras de París. Su padre, pasante en un bufete de abogados soñaba con que su hijo lograse doctorarse en leyes para dedicarse a la abogacía, estaba convencido que si se lo proponía podía llegar a ser un buen letrado, fiscal o juez. Estaba muy unido a su madre, que en su juventud había hecho sus pinitos como bailarina clásica, hasta que contrajo matrimonio y se dedicó de pleno a cuidar de su familia y de su casa. Tenía una hermana mayor con la que apenas se relacionaba, debido seguramente a la diferencia de edad pues era trece años mayor que él. Era todavía un niño cuando ella contrajo matrimonio y emigró a Chile junto con su recién estrenado marido. Desde entonces sólo había vuelto a verla en tres ocasiones, cuando fallecieron sus progenitores y en su luna de miel, pues él y Dolores fueron a visitarla.

Ya en el colegio despuntaba en dibujo y fue uno de sus profesores el que le animó a seguir con aquello para lo que parecía tener buenas dotes. No hubo manera de convencer a su padre de que lo que quería era dedicarse a la pintura, aún cuando su madre estaba de su lado y no perdía ocasión para presionar a su marido, que se negó rotundamente a costearle los estudios de Bellas Artes. Para poder seguirlos Paul tuvo un sinfín de trabajos que combinaba con las clases de la Universidad. Fue nuevamente aquél profesor el que le ayudó en sus comienzos, moviendo algunos hilos para conseguirle su primera exposición, con la que obtuvo un gran éxito. Después, aunque con esfuerzo, todo vino rodado.

Cuando conoció a Dolores, Paul era un soltero cotizado que había desistido de encontrar a una mujer capaz de enamorarle, pero se equivocó, pues la atracción que sintió por ella fue casi instantánea. A pesar de la diferencia de edad existente, Dolores era una mujer madura y responsable, que sin embargo conservaba un punto de alegría, sinceridad, ternura e inocencia incluso, de una niña. Se casaron muy pronto y de mutuo acuerdo decidieron instalarse en este bonito pueblo que a los dos les enamoró. Dolores nunca pareció echar de menos su profesión. Le gustaba tocar el violín para él, en alguna de las fiestas que organizaban en contadas ocasiones con un grupo reducido de amigos, o en actos benéficos en que la invitaban a colaborar.

Mientras hablábamos Mari Cruz fotografiaba todo aquello que le parecía interesante, incluidos Paul y yo, desde diferentes ángulos. Paul tenía una manera de hablar pausada, y aunque no hacía muchos gestos con las manos, su rostro reflejaba las emociones que le provocaban algunos recuerdos.

Cuando llevábamos algunas horas de conversación, en las que habíamos pasado de las preguntas y respuestas, a una especie de monólogo, interrumpido apenas por pequeñas aclaraciones o puntualizaciones que yo le solicitaba, Paul después de guardar silencio unos minutos, propuso un descanso para comer, almorzar dijo él. Aunque yo hubiese preferido continuar pues sabía que no resultaría fácil volver a retomar la complicidad que habíamos conseguido, tuve que reconocer que a los tres nos vendría bien ese paréntesis.

Mientras Madame Eloïse preparaba la mesa, Paul me invitó a conocer la casa que todavía no había tenido ocasión de visitar. Toda la vivienda estaba decorada de forma muy sencilla, algunos de los muebles eran verdaderas antigüedades restauradas por Dolores. Según me contó su viudo al ver mi gesto de sorpresa, ella era un ferviente admiradora de los muebles de madera antiguos y dedicaba buena parte de su tiempo a devolverles el esplendor que el paso del tiempo les había robado. Fue al entrar en un enorme salón que parecía casi inmenso debido a la escasez de su mobiliario, cuando me quedé boquiabierta contemplando un precioso cuadro que presidía la pared principal, encima de una gran chimenea. Era Dolores, pero no parecía la misma Dolores que ví en muchas de las pinturas que había examinado, una y otra vez, mientras preparaba el reportaje. No sólo era el estilo, los colores e incluso la pose de la modelo lo que hacía que fuesen tan diferentes, se trataba más bien de lo que el pintor había visto en aquella mujer, era la mirada del artista lo que le hacía parecer distinta. Al mismo tiempo, yo había empezado a notar una especie de angustia presionándome el pecho que me desconcertaba. No era capaz de acostumbrarme a aquellos sentimientos que no entendía porque en realidad, y cada vez estaba más segura, no me pertenecían.

- ¿Le gusta? – me preguntó situándose a mis espaldas.

- Sí, no se parece a ninguno de los cuadros de Dolores que había visto hasta ahora ¿Lo ha expuesto alguna vez?

- No.

- ¿Puedo preguntarle por qué?

- Ya me lo ha preguntado, pero no tengo ninguna respuesta. Está aquí y aquí seguirá para siempre. Eso es todo.

Me pareció que por primera vez se encontraba incómodo. Como si hubiese leído mis pensamientos, me tomó del codo y me empujó ligeramente para darme la vuelta.

- El almuerzo está preparado, no hagamos esperar a Eloïse o jamás nos lo perdonará.

Le seguí sin oponer resistencia.

jueves 23 de julio de 2009

Debería...


... haber colgado ya el capítulo número diez de esta historia, pero no siempre podemos hacer aquello que queremos o tenemos previsto. Anoche fue el día de charla de peregrinas, que no es lo mismo que charlas peregrinas. No suelo tener conectado el messenger de yahoo, o en todo caso aparezco como invisible, pero había recibido un mensaje de alguien que quería agregarme al suyo y me había quedado con el gusanillo de saber quién era, así que le coloqué la placa de "ocupado" a ver si el desconocido se conectaba y averiguar su identidad.

A los cinco minutos se abrió la ventanita de conversación y mira por donde era una de las chicas con las que hice parte del Camino, lo cual me alegró sobremanera. Charlando, charlando, se nos fue el santo al cielo y cuando me di cuenta ya era demasiado tarde para escribir, porque para que lo sepáis, la historia no está terminada, la voy escribiendo día a día, así que no me preguntéis el final porque ni yo misma lo se, en este momento los que mandan son los protagonistas, yo soy solamente la que le da a la tecla.

Esta noche se me ha hecho también un pelín tarde, ya véis qué horas son, y esto se alarga demasiado, amén de buscar la imagen que encaje en lo que cuento. He decidido pues, aprovechar esta coyuntura para presentaros el foro que acaba de inaugurar una buena amiga, más que buena yo diría "buenísima", una de las dos mejores y más maravillosas amigas con las que tengo la inmensa suerte de contar. Es un foro de literatura (no podía ser de otra forma) con un toque de brujerías, pócimas y conjuros que le dan un encanto especial. Su nombre: "El sauce milenario" y esta es la portada:




Felices sueños. Mañana estoy aquí, como un clavo.

martes 21 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Nueve)


Martes, 11 de Abril de 2006

Llegamos al hotel en plena puesta de sol y Madame Clarisse viene a recibirnos, preocupada por nuestra tardanza. Rehúso la cena que se ofrece a prepararnos. Sólo quiero darme un baño, descansar un poco y tratar de asimilar los sentimientos y sensaciones que he experimentado a lo largo del día. ¿Estás bien? Me pregunta Mari Cruz. Sí, le respondo, necesito un poco de soledad, eso es todo. Estaré en la terraza después de cenar, disfrutando de esta hermosa noche, si te apetece hablar un rato, vienes, me susurra al oído. Le doy un beso y me voy a mi habitación. Sumergida en la bañera intento repasar cada momento, analizarlo con calma.

Aunque la casa de Paul Montcour está a las afueras del pueblo no se halla a mucha distancia, por lo que Mari Cruz y yo decidimos ir andando. Sobre las nueve de la mañana salimos del hotel después de un agradable desayuno. Tomamos un estrecho sendero que discurre por encima, a poca distancia, de la carretera que bordea el acantilado. Caminábamos despacio concretando los últimos detalles de nuestro reportaje como hacemos siempre que hemos compartido algún trabajo. Pero esta vez no era con el único propósito de realizarlo con la profesionalidad a la que estábamos acostumbradas, si no más bien intentando no pensar en los verdaderos motivos que nos habían llevado allí.

Me sentí mal. Fue algo repentino que a punto estuvo de hacerme caer al suelo. En un momento se me empapó la camisa con unos sudores fríos que me hicieron tiritar. Sentía náuseas y mi rostro se tornó pálido como la cera. Asustada, Mari Cruz, no sabía cómo reaccionar. Me senté en el suelo y cerré los ojos. Inmediatamente me vi dentro de aquél coche azul, que se precipitaba por el acantilado. Me oí gritar aferrada al volante y sentí en la boca el sabor de la sangre. Estábamos sobre el punto exacto en el que había ocurrido el accidente. Poco a poco, empecé a sentirme mejor y aunque Mari Cruz insistía en volver al hotel, no dejé que se saliera con la suya.

Al cabo de quince o veinte minutos andando, una antigua y bien cuidada casona apareció ante nosotras. Respiré hondo un par de veces e intenté armarme de valor para enfrentarme al hombre que estaba esperándonos sin sospechar lo que ocurría. La casa estaba rodeada de un precioso jardín, más extenso en la parte delantera y separado en dos partes por un pequeño camino empedrado como las calles del pueblo. En una especie de cenador situado a la parte derecha de la casa, había preparada una mesa y varios sillones de madera adornados con coloridos cojines a juego con las diferentes tonalidades de las rosas del jardín. La verja de entrada estaba abierta, así que sólo tuvimos que empujarla un poco y pasar al interior.

El aroma de las flores impregnaba el ambiente de aquél día soleado, y unos cuantos árboles colocados estratégicamente alrededor de la casa te hacían desear sentarte en los pequeños escalones de la entrada para gozar del frescor de su sombra. Entonces le vi, de pie bajo el umbral de la puerta. Era un hombre alto y delgado, vestido con un veraniego pantalón de color claro y sobre ellos, una camisa blanca de maga corta que caía de forma descuidada dándole un aspecto juvenil y descuidado pero sumamente elegante. Bajó despacio la pequeña escalera y me tendió la mano sin dejar de mirarme fijamente.

- Bienvenidas, Paul Montcour, es un placer conocerla… Madame… ¿Eugenia?.

- Gracias por recibirnos, Monsieur Montcour, llámeme Eugenia, por favor. Le presento a Mari Cruz, es mi fotógrafa, además de una buena amiga.

- Un placer, Mari Cruz, llámenme Paul, simplemente. ¿Les apetece tomar algo? Podemos sentarnos allí y conversar acerca del reportaje que piensan realizar.

- Sí, por favor, yo tomaría algo fresco… ¿Mari Cruz?

- Sí, para mi también.

- Acomódense mientras doy las órdenes oportunas.

Cuando desapareció dentro de la casa, no pude reprimir un suspiro de alivio que me ayudó en parte a desprenderme de la tensión que sentía. Intenta tranquilizarte, me dijo Mari Cruz, olvídate de Dolores, y concéntrate en el trabajo. Pongo todo mi empeño, créeme, pero es difícil con este corazón latiendo a toda velocidad. Te aseguro que el mío no hubiese podido resistirlo.

Paul salió de la casa seguido por una mujer de edad avanzada que portaba una bandeja con bebidas y algunos dulces. Debía ser Madame Eloïse. Hasta el momento en que escuchó mi voz, la mujer apenas nos había dirigido una mirada, entonces levantó la cabeza dejando por un momento lo que estaba haciendo y en su rostro apareció una expresión de asombro, casi de miedo, al tiempo que un ligero temblor se apoderó de sus manos. Se marchó murmurando una disculpa dejándonos en un incómodo silencio.

- Y bien – dijo Paul, sacudiéndose el desconcierto – creo que debemos empezar a trabajar.

Mientras que Mari Cruz le explicaba en qué consistía el reportaje que queríamos realizar y recababa su autorización para hacer las fotografías con las que ilustrarlo, yo me dediqué a observarlo. Tenía el rostro delgado, la nariz recta y afilada, y unos ojos de un azul grisáceo que miraban de frente. Había empezado a dejarse una ligera barba que dejaba entrever algunas canas. El cabello oscuro, no muy corto, dejaba caer algunos mechones sobre la frente que contrastaban con el azul de sus ojos. Tan ensimismada estaba que no me di cuenta de que acababa de dirigirse a mí.

- Ahora creo que es el turno de la periodista ¿algún guión preparado con las preguntas?

Me quedé un momento pensativa sopesando mi respuesta.

- Paul, he entrevistado a un buen puñado de personas importantes y nunca llevo un guión. Quiero que el entrevistado se sienta cómodo, charlar con él. Tengo que decirle que no sólo me interesa su faceta profesional, que por supuesto es el motivo de la entrevista, pero me gusta que al lector le llegue la idea de que detrás de ese pintor famoso se esconde una persona de carne y hueso, alguien que fue niño y adolescente, que ha pasado buenos y malos momento personales, alguien con sus manías, inquietudes, deseos y miedos. Así que no aceptaré un reportaje basado únicamente en su faceta artística.

La tensión era bien visible en el rostro de Mari Cruz y estaba segura que estaba maldiciéndome con el pensamiento. Me lo jugaba todo a una carta.

- Es usted increíble. Viene desde España a realizar un reportaje que yo no he solicitado.. ¿y se atreve a aplicarme sus normas aún a riesgo de que le diga que no?

- Así es, de todas formas el viaje habría valido la pena sólo por conocer este magnífico rincón. Por supuesto que si le incomoda alguna pregunta la descartamos sin problema.

- Está bien. No me gusta hablar de mi vida privada, pero voy a confiar en usted. Es valiente, y eso me gusta. Me recuerda tanto a…


viernes 17 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Ocho)



Lunes, 10 de Abril de 2006

El viaje ha sido algo cansado pero encantador. Enrique estaba empeñado en que viniésemos en avión, pero a Mari Cruz le gusta conducir y yo me he sentido muy bien sentada a su lado, disfrutando de hermosos paisajes primaverales. Salimos muy temprano de Madrid y emprendimos el camino sin prisas, parando allá donde nos apetecía.

El hotel es una preciosidad, pequeño y familiar, muy acogedor. Está ubicado en una antigua casona del siglo XVI que ha sido restaurada, pero conservando las características de su primitiva construcción: paredes de piedra, suelos de madera, tejados con tejas planas. Las habitaciones también están decoradas en consonancia con la época, grandes camas con cabeceros tallados en madera, antiguas bañeras con patas, grandes ventanales también de madera, por los que se pueden admirar preciosas vistas. Todo ello dotado, al mismo tiempo, de las comodidades propias de estos tiempos. Después de darnos una ducha y colocar nuestras pertenencias en los armarios, nos sentamos en una pequeña terraza, cerca del acantilado, y Madame Clarisse, la dueña del hotel, nos ha servido unas pastas y un café.

Nos dedicamos durante unas horas a repasar todos los datos que hemos podido reunir sobre nuestro pintor, que no ha sido el único que eligió esta localidad para pasar parte de su vida, pues por su especial encanto, es lugar favorito de pintores y escritores. Sabemos que Paul se casó con Dolores a los treinta y cuatro años, cuando ella estaba a punto de cumplir los veintitrés. Desde entonces han pasado quince años, por lo que muy pronto llegará a la cincuentena. Al parecer, y según las noticias de la época se conocieron en un viaje que Paul realizó a España con motivo de una exposición conjunta con otros pintores franceses. Ella tocaba el violín en una famosa orquesta que daba un recital en la misma ciudad. Se encontraron en una fiesta y el pintor se enamoró de aquella atractiva joven, de cabello negro, que empezaba a cosechar éxitos en su carrera artística.

Durante un tiempo se reunían de forma esporádica cuando sus compromisos profesionales se lo permitían, pero pronto se cansaron de esa situación y decidieron contraer matrimonio, eligiendo Saint-Cirq-Lapopie como lugar de residencia. En cuanto a su vida privada poco más hemos podido recopilar, al parecer su existencia transcurría apaciblemente en este idílico lugar, y sólo contadas ocasiones se les pudo ver en algún acto público relacionado con la carrera profesional del pintor. Dolores, por su parte, abandonó la música, lo que algunos críticos tacharon de “un verdadera pena desperdiciar su talento”.

La trayectoria profesional de Paul parece haber sufrido altibajos, debido sobre todo a diferentes cambios muy notorios en su estilo pictórico. El primero se produjo por las fechas en que Dolores entró a formar parte de su vida y se mantuvo durante algunos años, una década aproximadamente. A partir de entonces dio un giro radical y empezó una época en la que sus cuadros fueron muy admirados y su cotización se elevó considerablemente. Según las últimas noticias, está preparando una nueva exposición que tiene en vilo a expertos y profesionales de la pintura.

No hemos podido encontrar por ninguna parte referencia alguna al “hombre hermoso”, y eso no deja de extrañarme. Si aparece en mis sueños es que algo tiene o ha tenido que ver con Dolores. No es un extraño, pero no logro adivinar quien puede ser y qué tiene que ver con lo ocurrido.

Mientras Mari Cruz va a dar un paseo, opto por quedarme un rato más sentada en la terraza. Hace un rato que Madame Clarisse pasa por nuestro lado disimulando, y no deja de observar nuestros portátiles y los papeles que tenemos esparcidos sobre la mesa. Creo que siente curiosidad por el motivo que nos ha traído aquí, y seguramente se muere de ganas por averiguarlo. Me interesa hablar con ella, quizá pueda aportarme algunos datos sobre Paul y su relación con los vecinos de Saint-Cirq.

Cuando se acerca para servirme el café que acabo de pedirle, le pregunto si tiene un momento para sentarse conmigo.

- Oui, Madame, encantada ¿qué se le ofrece?

- Verá, soy periodista y mi amiga, fotógrafa. Estoy convaleciente de una operación y aprovechando mi estancia aquí para recuperarme, voy a hacer un reportaje a un vecino ilustre, el pintor Paul Montcour, supongo que le conoce.

- ¡Mon Dieu! Claro que le conozco, lleva aquí viviendo muchos años. Pobre, ha sido una gran desgracia la muerte de su esposa.

- ¿Le conocía?

- Oui, era una mujer preciosa, siempre alegre, le gustaba pasear por el pueblo y comprar en el mercado, aunque algo le pasaba últimamente, ya no se le veía tanto por aquí, decían que estaba enferma.

- ¿Vivían solos?

- Sí, pero durante el día Madame Eloïse se ocupaba de la casa. Es una mujer algo mayor, vive aquí cerca.

- ¿No había nadie más en la casa? ¿Está segura?

Se queda un rato pensativa mirándome fijamente.

- ¡Ah! Usted se referirá a Igor.

- ¿Igor?

- Sí, un muchacho que apareció un día con el señor Paul, después de un viaje que hizo a Rusia. Yo sólo le vi una vez, no salía de la casa, sólo Madame Eloïse le conoce un poco más, pero ella es de pocas palabras y guarda absoluto secreto sobre sus señores.

- ¿Sabe si sigue viviendo allí?

- No, Madame, lo siento pero no lo se, aunque ¿dónde podría ir el muchacho?. Madame ¿irá a visitar a Monsieur Paul?

- Sí, mañana a las diez tenemos una cita con él ¿cree que me recibirá bien?

- ¡Oh! es un hombre encantador, aunque no le gusta mucho que se metan en su vida privada, y últimamente ha sufrido un duro golpe.

- Gracias, Madame Clarisse, me ha servido de mucha ayuda. Ya le contaré cómo nos ha ido.

Cuando aparece Mari Cruz, Madame Clarisse se retira a la cocina para preparar la cena y mientras esperamos le cuento lo que he averiguado. Después de dar buena cuenta de las sabrosas viandas que nos han servido, nos vamos a descansar. Mañana nos espera un interesante día de trabajo. Los nervios no me dejan dormir, pero al fin me dejo acunar por el murmullo del agua del río hasta que me vence el sueño.

miércoles 15 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Siete)


(Imagen: Saint-Cirq-Lapopie)

Sábado, 8 de abril de 2006

He hablado con él. He hablado por teléfono con Paul, el pintor. Todavía estoy temblando. No puedo explicar la multitud de sensaciones que he sentido al escuchar su voz. Me defiendo bastante bien en francés, pero no podía evitar tartamudear debido al estado de nervios en que me encontraba. Hubo un momento, cuando respondió, que mi mente se quedó totalmente en blanco. Aunque creo que él también se puso algo nervioso. No sé, Enrique dice que ha cambiado mi forma de hablar, quizá le he recordado a Dolores.

Al decirle que era española ha empezado a hablar en un castellano fluido y parece que he podido relajarme un poco. Todo ha sido idea de Mari Cruz, no sé qué haría yo sin ella. Yo deseaba conocer al pintor, pero no se me ocurría de qué forma podía abordarle, entonces a ella ha pensado que podíamos hacer un reportaje para el suplemento dominical del periódico, sobre arte. Hacemos la pareja perfecta, ella la fotógrafa y yo la periodista. A Enrique no le hacía ni pizca de gracia, pero al final ha claudicado. No sé qué pretendo, sólo quiero ir allí, a su casa. Quiero dejar de tener sueños en los que aparece Dolores. A veces tengo la impresión de que ella me necesita para alguna cosa, que me tiene alguna misión encomendada.

Al principio, Paul se mostraba algo reticente, pero he desplegado todo mi encanto y al final conseguí convencerle. Ha dado su consentimiento.

Salimos el lunes. Mari Cruz ya ha reservado habitación en un pequeño hotel de la zona. Vamos sin prisas, sin planificar fecha de regreso. Yo, en el periódico aun sigo con mi recuperación, y ella ha solicitado unos días de vacaciones, aunque ha explicado la idea del reportaje y les ha parecido bien.

No paro de darle vueltas a la cabeza, pensar y pensar. Tengo miedo de hacer o decir algo que descubra mis intenciones. No, no temo hacerlo yo. Temo que sea ella la que intente alguna cosa utilizándome a mí. No, creo que no. En el fondo casi estoy segura de que ella no quiere hacer ningún daño al pintor, pero no puedo dejar de sentir algún atisbo de duda.

Últimamente también aparece en mis sueños el “hombre hermoso”. Me he acostumbrado a llamarle así. Le veo triste, muy triste, pero con una serenidad que me impresiona. Cuando sueño con él, no dejo de pensarle en todo el día. Me inspira tanta ternura. Algo así como lo que se siente cuando ves a un niño abandonado.

Enrique está preocupado, lo sé. Por más que intento convencerle de que para mí serán como unas pequeñas vacaciones, que me conviene alejarme unos días de aquí, respirar otros aires, distraerme… sé que él lo pasará mal los días que esté fuera. Pero no puede venir con nosotras, no quiero que venga. Tengo suerte, él lo comprende y siempre respeta mis decisiones. Creo que ese respeto mutuo hacia la intimidad del otro es lo que ha hecho que nuestro matrimonio funcione.

Dos días, sólo quedan dos días para llegar a Saint Cirque…

Me he perdido...


... y no me encuentro, si alguien tiene una pista sobre mi paradero, haga el favor de avisarme.

Se me ha hecho tarde para colgar el siguiente capítulo, paso a desearos felices sueños y os dejo una canción que me encanta, espero que os guste. Que descanséis.




lunes 13 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Seis)


Sábado, 1 de abril de 2006

Hoy es mi cumpleaños y no podía haber deseado mejores regalos que los que he tenido. No he vuelto a sufrir ninguna otra pesadilla, sólo tengo ráfagas de imágenes de vez en cuando, mientras duermo. Pero algunas soy incapaz de recodarlas cuando me despierto, otras sí, otras las veo como si fuesen fotogramas de una película. Veo a esa mujer morena cuidando de las rosas, escuchando esa canción francesa que ya aprendí de memoria, cocinando un pastel de frambuesas… son escenas cotidianas en donde me da la impresión de ser feliz. Nada que ver con la expresión de su rostro en la huída que la llevó a la muerte. Apareció un hombre en uno de esos sueños, era realmente hermoso. Sí, hermoso, no guapo, ni atractivo. Con esa hermosura de los ángeles. No sé cómo explicarlo tenía algo extraño. Era un hombre pero tenía la expresión cándida de un niño.

Esta mañana, a primera hora, he visitado al doctor que me ha encontrado francamente bien. Dice que parece que ese corazón estaba hecho para mí. Yo he pensado que así es. Ya sé que puede parecer extraño pero tengo la sensación que ella quería que yo lo tuviese. A veces pienso que estoy loca, que voy a perder la cabeza con todo esto, pero por otro lado, me siento tan segura en mis convicciones. Bueno, no quiero perderme en hipótesis que no llevan a ningún lado.

Después Enrique y yo almorzamos en una terraza. La ciudad está preciosa con la llegada de la primavera, incluso sus gentes parecen más contentas y relajadas. Pasa un hombre silbando suavemente una canción. Y me doy cuenta que ahora me fijo en esas pequeñas cosas que antes me pasaban desapercibidas.

Hemos quedado con Mari Cruz después de almorzar, allí mismo. Venía corriendo como siempre. Esta mujer debería tomarse la vida con más calma. Se lo he dicho y me ha dado un cachete cariñoso: “hay que ver lo que ha cambiado nuestra Eugenia, ese corazón está obrando maravillas en tu carácter”. Traigo buenas noticias, muy buenas – ha añadido a continuación. Y yo ya lo había adivinado cuando la vi llegar.

El pueblo con el que soñé es Saint-Cirq-Lapopie. Y efectivamente allí hubo un accidente mortal de coche la noche del 19 de febrero. Estuvo rebuscando en la hemeroteca y encontró la noticia en un periódico francés del lunes 20:

(traduzco)

“Lunes, 20 de febrero de 2006”

Está madrugada ha fallecido en el Hospital … Dolores Almudever Sánchez, víctima de un accidente automovilístico. Estaba casada con el famoso pintor Paul Montcour. Según fuentes de la policía, en la noche de ayer, la mujer fallecida conducía su vehículo a gran velocidad por la carretera de Saint-Cirq-Lapopie, altamente peligrosa debido al gran número de curvas y al precipicio que bordea, y en una de las citadas curvas debió perder el control y se precipitó al vacío. Al poco tiempo fue recogida por una ambulancia que la trasladó al hospital más próximo, aun con vida, donde falleció víctima de los múltiples traumatismos sufridos. Al realizar la autopsia del cadáver se hallaron restos de alcohol y somníferos que debieron ser la mezcla mortal que la llevaron a tan trágico final. Mañana se celebrará el sepelio y se dará sepultura a su cuerpo en el cementerio de la localidad.

No pude evitar sentir que el corazón se me encogía en el pecho al constatar que era exactamente como yo lo había soñado. Pero en mi interior una voz me decía que algo oscuro se escondía detrás de esa muerte, que ella quería que hiciese alguna cosa. No sabía exactamente qué, pero pronto saldría de dudas. Mari Cruz y yo nos miramos, y Enrique hizo una mueca entre disgustada y feliz a un tiempo. Los tres nos habíamos entendido perfectamente: no tardaría mucho en conocer Saint-Cirq-Lapopie y con suerte al famoso pintor, ahora viudo.


viernes 10 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Cinco)


(Imagen: Maggi Milner)


Sábado, 25 de marzo de 2006

Mi vida transcurre apaciblemente, sobre todo ahora que por fin he conseguido que mi madre no se presente aquí todos los días para cuidarme. No, no es que sea una desagradecida, aunque comprendo que pueda parecerlo, es que creo que por primera vez en mucho tiempo me encuentro con fuerzas suficientes para ser totalmente independiente. Tengo a Marga, una mujer que viene desde hace años a hacer las tareas más duras de la casa, sobre todo porque tanto Enrique como yo trabajábamos todo el día y necesitábamos alguien que mantuviese el orden y la limpieza. Espero poder reincorporarme pronto a mi trabajo en el periódico y entregarme a él como no lo he podido hacer durante los últimos tiempos. Por la tarde, salgo todos los días a caminar con Mari Cruz, por prescripción facultativa y porque me gusta que paseemos juntas. Ella me pone al día de todo lo que ocurre en la redacción y pasamos ratos divertidos chismorreando. Hoy le he contado la pesadilla que tuve anoche.

Ayer sopló el viento durante todo el día. Muy fuerte. Ya acostada escuchaba la vibración de los cristales y el golpeteo de las persianas en las ventanas, aun habiéndolas bajado todas. Pero es que aquí, en el ático, aun parece que gana velocidad y fuerza. Me encontraba nerviosa, como asustada, y no entendía el motivo. Nunca he tenido miedo al viento, la lluvia o las tormentas. Yo diría que más bien me atraen y jamás ha sido motivo suficiente para desvelarme.

Al fin después de dar muchas vueltas en la cama me dormí.

Una mujer apareció en mis sueños. Era alta, morena y muy delgada. Salía corriendo de una casa. El fuerte viento golpeaba su rostro y pegaba a su cuerpo el fino vestido blanco que la cubría.

Me sucedía algo muy extraño. Esa mujer no era yo, pero era yo quien sentía lo que a ella le ocurría. Me ha costado mucho explicarle esto a Enrique y a Mari Cruz. Sentía el viento en mi cara, y el mismo miedo que veía reflejado en el rostro de ella me atenazaba a mí el corazón. Su corazón. Porque estoy segura que este órgano que está latiendo ahora en mi pecho le pertenecía.

Corría por un sendero entre árboles y flores. Algunas ramas le arañaban los brazos desnudos. Yo tenía la sensación de que alguien la perseguía pero no pude ver a nadie en el sueño. Llegó hasta un pequeño utilitario azul, subió en él y arrancó. Salió de allí con un chirrido de ruedas. Y por un momento, mi corazón se tranquilizó. Conducía a toda velocidad por una carretera estrecha entre montañas, bordeando un precipicio. Los golpes de viento daban fuertes bandazos al coche, pero ella no aminoraba la marcha. De pronto un fuerte golpe hizo que las ruedas derechas del coche se acercasen peligrosamente al abismo y pude sentir que algunas piedras caían rodando al fondo. Otra vez el corazón se aceleró y el pánico se apoderó de ella. Y de mí. Un coche grande, oscuro volvió a golpearla con saña, empujándola. Ella gritaba: “basta, Paul, basta, estás loco”. Pero Paul, o quien quiera que fuese, siguió y siguió dándole fuertes sacudidas hasta que el coche que ella conducía se despeñó y bajó rodando como una pelota azul.

Desperté bañada en sudor, con las últimas imágenes girando en mi cabeza, mientras Enrique me zarandeaba.

Me obligó a contárselo todo antes de que empezasen a disiparse los recuerdos del sueño. Y analizamos juntos cada uno de los detalles. Ella hablaba español, de eso estaba segura. En el jardín había rosas y jazmines porque había percibido su aroma al salir corriendo de la casa. Sabía que había un detalle que se me escapaba, algo que se había fijado en mi mente durante un instante cuando ella conducía, pero no conseguía recordarlo.

Enrique me trajo una infusión bien caliente. Luego, se sentó en la cama y yo me coloqué entre sus piernas, dándole la espalda. Empezó a hablarme suavemente mientras que yo iba recobrando poco a poco la tranquilidad.

Y entonces recordé. Lo vi claramente. Era una señal en la carretera, el nombre de un pueblo, eso era. Se llamaba algo así como “Saint- Cirqus”. No. No era así. Era Saint… algo y después otra palabra. Pero fue todo tan rápido. Y yo, ella, no sé, estaba tan asustada.

Luego, cuando esta tarde se lo conté a Mari Cruz, me tranquilizó. Daremos con el nombre de ese pueblo, niña – me ha dicho- déjalo en mis manos ¿te he fallado alguna vez?

No, es verdad, siempre he podido contar con ella y nunca me defraudó… en nada. Sé que acabaré descubriendo qué es lo que me ocurre a mí y qué es lo que le ocurrió a ella. Al fin y al cabo, ahora, tengo toda una vida por delante.


miércoles 8 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Cuatro)



Miércoles, 22 de marzo de 2006

Estoy en casa. Esta mañana, por fin, el doctor me dio la gran noticia: podía marcharme. Me alegré, claro que me alegré, pero no pude dejar de sentir al mismo tiempo, una tremenda inquietud. En casa ya no estaría rodeada de gente todo el día, entre otras cosas porque quería empezar a llevar una vida normal lo antes posible, y temía que al quedarme a solas empezase a obsesionarme aun más con todas las extrañas sensaciones que notaba iban aumentando día a día.

Recogí mis cosas, me despedí de las enfermeras que tan amablemente me habían atendido, y quedé citada con el doctor para dentro de tres semanas, en que me harán un completo reconocimiento para poder corroborar que todo funciona como está previsto. Al salir a la calle me ha invadido un sentimiento de emoción intensa y he tenido que hacer verdaderos esfuerzos para no echarme a llorar. Parecía que tenía los sentidos agudizados. El sol brillaba en el cielo, la brisa me acariciaba, los árboles del jardín del hospital lucían espléndidos. Me sentí pletórica, con una fuerza y unas ganas de vivir que no sentía desde que era adolescente. Me quedé un rato quieta con los ojos cerrados, hasta que sentí que mi marido me rodeaba la cintura para conducirme hasta el coche.

Enrique me preparó un baño caliente como sabe que a mí me gustan, y pasé la tarde acostada. Luego, nos hemos puesto los dos de acuerdo para mandar a mamá a casa. Es hora de que estemos solos. Es hora de que me ocupe un poco en él. No sé lo qué pensaba todos esos días en que estuve sedada, cuando mi vida pendía de un hilo. Es hora de que le escuche y le cuente lo que me está pasando.

Cuando al fin hemos conseguido que mi madre se marche, no sin antes prometerle que mañana a primera hora la llamaré por teléfono, él ha preparado la cena. Ha servido la mesa como en los viejos tiempos, en los que podíamos pasarnos, la noche entera, sentados, charlando. Dice que desde el primer momento el doctor tenía muchas esperanzas de que todo saliera bien, pero él muchas veces no podía dejar de pensar qué pasaría si algo fallaba. Se asustaba mucho cuando yo hablaba en sueños, porque antes nunca lo había hecho. Me he quedado sorprendida y le he pedido que me cuente lo que decía. Cosas muy extrañas, Eugenia, me asustabas – me ha dicho muy serio. Decías nombres que yo no conocía, nombrabas a un tal Paul y François, tenías miedo, a veces gritabas aterrorizada. Y yo me sentía impotente sin saber qué podía hacer para tranquilizarte. Te cogía de la mano, te acariciaba, y tú entonces me apretabas muy fuerte y parecías calmarte. No sé qué te ocurre, pero te noto extraña, ausente a veces. No hablas igual ¿te has dado cuenta?

No sabía qué decir a eso, pero por mi expresión ha adivinado que no, que yo no me había percatado de eso. Mira – siguió – no es que te haya cambiado la voz, ni nada de eso, es tu modo de hablar. Antes era nervioso, rápido, como si tu pensamiento fuese más veloz que la boca y quisieras decirlo todo en un momento. Ahora tu tono es pausado, envolvente, cálido… Vaya, eso has salido ganando – le he dicho, intentando encontrar un poco de humor a todo el asunto.

Ahora, déjame contarte, Enrique, te pido que no me interrumpas aunque lo que te diga te resulte extraño e inverosímil. Durante mucho rato le he explicado hasta el más mínimo detalle de todo lo que me ha estado pasando desde que desperté de la operación. Él ha permanecido en silencio, escuchándome. ¿Qué piensas hacer? Porque conociéndote se que no te vas a quedar así… sin saber. Y al decir esto ha bajado la mirada para que yo no pudiese leer en ella la preocupación y el desacuerdo. Le he cogido la mano por encima de la mesa. Dame un poco de tiempo, Enrique, quizá todo esto pase poco a poco. Y si no es así, algo tengo que hacer, no puedo estar así toda la vida, es como si un extraño entrase en nuestra casa y nosotros hiciésemos como si no le hubiéramos visto. Prométeme que cuando esté totalmente repuesta me dejarás hacer lo que tenga que hacer, por favor, por favor. De acuerdo, siempre consigues lo que te propones, pero quiero saberlo todo, cada una de las cosas que te ocurran, cualquier pensamiento extraño que ronde tu mente. Si hablas en sueños yo te lo contaré al día siguiente y si tienes pesadillas serás tú quien me las cuente. Intentaremos solucionar esto juntos.

Luego me ha dado un beso de esos que sólo él sabe darme. Un beso plagado de miles de ellos, que llenan mis labios de hormigas correteando juguetonas.

He querido pensar que ahora estoy en mi casa, en mi terreno, y a lo mejor “ella” ha decidido abandonarme, pero algo en mi interior me dice que no, que sólo es una tregua, que debo aprovechar para descansar y recuperarme.


martes 7 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Tres)



Sábado, 18 de marzo de 2006

Al fin puedo salir de la cama. Hace unos días que el doctor me dio permiso para sentarme a ratos en un sillón de la habitación. Es un cambio de perspectiva de mi mirada el estar cara a cara con quien me habla. Ya sólo tengo un gotero conectado a mi brazo que pronto me quitarán. También me llevan a pasear por el pasillo en una silla de ruedas. Me gusta pararme ante los grandes ventanales desde los que se ve el jardín que rodea el hospital. Están herméticamente cerrados, pero veo los árboles mecidos por el viento, los pájaros que salen en busca de comida y vuelven a sus nidos, y las gentes que entran y salen del edificio. Y hoy he dado mis primeros pasos, lentamente. Después de tanto tiempo sin poner los pies en el suelo, no sé explicar lo que he sentido. Sí, me he visto más alta, mucho más alta.

Y ayer me miré en el espejo. Esto puede parecer una tontería, pero no lo es. No lo hacía desde que me arreglé en casa para venir hacia aquí. Lo hice con recelo, con miedo de no reconocerme en la imagen reflejada y he respirado tranquila cuando vi que seguía siendo yo, con mis rizos rojizos a los que no hay manera de meter el peine, mi rostro pecoso más delgado y pálido de lo habitual, y mis ojos grises. Eso me hizo sentir feliz.

El doctor dice que mi organismo ha aceptado perfectamente a su nuevo inquilino. Y yo no he podido evitar visualizar la imagen de mi cuerpo abrazando y haciendo suyo a un corazón extraño, un músculo que palpitaba con los últimos hálitos de vida de su antigua dueña. Pienso en femenino porque estoy convencida que era el cuerpo de una mujer la que albergaba ese corazón que ahora llevo en mi pecho. Pero callo y no digo nada de todo esto que pasa por mi cabeza.

Hace un rato que se fue Mari Cruz. Mari Cruz es mi mejor amiga, podría decir que mi única amiga cierta. Es mi otro yo. Con ella no necesitaría las palabras si no fuese porque a las dos nos gusta escucharnos mutuamente. Lo sabemos todo una de la otra. Hoy mismo había pensando en ella, en que ya era tiempo de vernos y contarle todo lo que me está ocurriendo. Iba a decirle a mi madre que la llamase después de comer, cuando se ha presentado sin previo aviso. Entró en la habitación y me abrazó. Ni ella me preguntó por qué he tardado tanto en querer ver a nadie que no fueran mi madre y Enrique, ni yo le pregunté porque vino sin haberla llamado. Yo estaba sentada en el sillón y ella acercó una silla a mi lado y empezó a contarme tonterías, como si nos hubiéramos visto ayer tomando un café. Aproveché su visita para mandar a Enrique a casa, necesita descansar y nosotras estamos mucho mejor solas. Él lo sabe, sabe que no queremos testigos de nuestras confidencias y se ha marchado sin protestar diciéndome que vendrá a la hora de la cena.

Cogidas del brazo hemos salido a pasear, y yo le he contado lo de las rosas y todas las sensaciones extrañas que tenía y a las que no era capaz de encontrar una explicación lógica y coherente. Ella asentía en silencio. De vuelta en la habitación, me tumbé un rato en la cama y ella ha cogido una revista. Pasaba las hojas distraídamente y yo sabía que estaba pensando en lo que yo le había dicho. Entonces he empezado a cantar. Lo hacía despacio pero ella ha alzado la cabeza y se ha quedado escuchándome. ¿Me habías oído cantar en francés alguna vez? – le dije cuando terminé. Ha negado con la cabeza. Yo tampoco. Pero llevo toda la mañana tarareando esta canción. Ella se ha levantado del sillón y ha venido hacia mí. Eugenia – me ha dicho – ahora concéntrate en recuperarte del todo, y luego nos encargaremos de todo lo demás.

Me ha tranquilizado ese “nos” que ella ha enfatizado para que no me pasase desapercibido, porque se que estará a mi lado en todo momento, pase lo que pase.

De nuevo, la vida (Dos)


(Imagen: Anna Scavone)


Viernes, 10 de marzo de 2006

Los días pasan despacio aquí dentro, aunque estoy mucho tiempo medio adormilada, las horas en que estoy despierta se me hacen tan largas que me desespero. La única alegría es que cada día me voy desprendiendo de alguno de mis apéndices artificiales, y eso me hace sentir un poco más libre.

Pienso mucho en la persona que me dio su corazón. El doctor me dice que no debo hacerlo y que cuando me recupere y salga de aquí es necesario que visite a un psicólogo. Dice que los receptores de órganos necesitamos ayuda para no obsesionarnos. No estoy obsesionada, sólo pienso en la generosidad de la gente, no de la muerta, porque aunque supongo que ese sería su deseo en vida, en el momento crucial no pudo opinar… estaba muerta, sino de su familia, sus seres queridos. Hay que ser generoso para dejar de lado, por un momento, su propio dolor y pensar en que otra persona totalmente desconocida puede vivir. Es injusta la vida, alguien tuvo que morir para que yo tenga otra oportunidad. Quizá era una persona joven con toda la vida por delante. Y eso me duele. Al fin y al cabo, yo casi me había hecho a la idea de dejar pronto este mundo, ni siquiera me atrevía a hacer planes de futuro, de ningún tipo. A mis cuarenta años me parecía que ya había aguantado más de lo que todos esperaban. Y que no tenía ningún derecho a tenerlos a todos atados a mí.

El hecho es que no pensé nada de esto cuando aquella llamada telefónica en mitad de la noche me avisó que debía ir urgentemente al hospital, que tenían un corazón y podría ser “mi corazón”. Los nervios, las prisas, la alegría… no me dejaron pensar en nada, ni en nadie que no fuese yo misma. Pero ahora, tengo tanto tiempo para meditar… y no logro pensar en otra cosa.

No sé de qué hablar con mi madre o con Enrique, me siento extraña con ellos. Mamá me cuenta cosas de los familiares y amigos, pero yo no presto demasiada atención. Aún no he querido que vengan a visitarme, no me siento con fuerzas para recibir todas esas muestras de cariño. Y al mismo tiempo me lo reprocho. Ellos no me fuerzan pero sé que les gustaría verme más alegre y no con esta especie de rara melancolía que me envuelve.

Hoy, me ha pasado algo muy extraño. Estaba mamá al lado de mi cama, leyéndome un libro de poemas en voz alta, cuando le he preguntado cómo estaban las rosas. Ella se ha quedado un momento callada, sorprendida, ¿qué rosas? – me ha dicho. Las del jardín, mamá – le respondí tranquilamente. Hija, tú no tienes ningún jardín. Entonces permanecí en silencio sin saber qué decir, pero al ver el rostro preocupado de mi madre me he obligado a pensar rápidamente para tranquilizarla. Qué tonta soy mamá, esta noche soñé que estaba en un jardín podando unos rosales, y ya sabes, con tanta medicina, a veces confundo la realidad con los sueños. Mi madre le ha quitado tensión al momento esbozando una sonrisa, pero la preocupación no se ha borrado de sus ojos.

Y es verdad, no tengo jardín. Cuando Enrique y yo nos casamos compramos un ático. Al principio hicimos planes para comprar una casa más adelante, pensando en tener hijos. Luego, con mis problemas de salud, esos proyectos se quedaron en nada y no volvimos a hablar de ello. Seguimos viviendo en el ático. Pero juro que en el momento de formular esa pregunta yo estaba segura de que tenía un jardín lleno de rosas.

Después cerré los ojos aparentando dormir mientras intentaba buscar alguna explicación al tenue perfume que invadía mi habitación.

lunes 6 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Uno)


Ésta es una historia que comencé a escribir allá por el año 2006 (cómo pasa el tiempo) y que por alguna razón dejé sin concluir. Rescatada de mi disco duro, me propongo retomarla y llegar hasta la palabra: "Fin". Aunque es un poco larga y está escrita como una especie de diario personal de la protagonista, espero que no os aburra. Estaré encantada si decidís acompañarme.



Viernes, 03 de marzo de 2006

Hoy es el primer día de mi nueva vida. En realidad podría decir que no fue hoy el principio, pero hasta esta mañana estaba sedada, así que para mí no cuentan esas horas. Desde el momento en que entré en el quirófano hasta que por fin abrí los ojos no estaba viviendo, era un ser inanimado. Ni siquiera soñaba.

La mañana ha empezado con murmullos, por primera vez en muchos días escuchaba voces que me llegaban lejanas, como si estuvieran rodeadas de una niebla espesa. Me tranquilizaban. También sentía que manos expertas me manipulaban, me daban la vuelta en la cama o me ponían algo frío bajo la axila. Otras manos, éstas tiernas, me acariciaban el rostro o me apartaban un mechón de cabello de la frente.

He tardado en abrir los ojos. Tenía miedo y no sé el motivo. Y cuando lo hice me quedé mirando fijamente hacia la ventana. Las hojas de las persianas dejaban entrar la luz del sol que formaba un dibujo de rayas horizontales en la habitación. Las ramas de un árbol se movían con el viento y me quedé largo rato observándolas. Mientras, las voces nerviosas y emocionadas que se alzaron en el silencio de la habitación al ver mis ojos abiertos: “se ha despertado” “cariño, cariño… estoy aquí” “hija mía, gracias Dios mío, gracias””voy a llamar al doctor” “enfermera, por favor, llame al doctor Benavent”… se fueron apagando poco a poco, expectantes.

Yo sentía una fuerte opresión en el pecho y no me atrevía a mirarlos, hasta que la voz del doctor Benavent me llegó clara y cercana: “Eugenia ¿cómo te encuentras?” Me obligué a mirarle y creo que sonreí. Era todo tan extraño, me sentía rara, como si yo no fuese la misma que había entrado hace unos días en el hospital llena de esperanza.

Entonces me fijé en las personas que acompañaban al doctor. Estaba mi madre que no podía reprimir la emoción y tenía los ojos brillantes y húmedos, y Enrique, mi marido, que se acercaba a coger mi mano. Tenía grandes ojeras oscuras alrededor de los ojos y se le veía cansado. Yo me sentía como un astronauta o un buzo, toda llena de cables y tubos por todas partes. Ellos llevaban la boca tapada con mascarillas blancas y el cuerpo cubierto con batas verdes y todo me recordaba a una película de ciencia ficción.

“Bueno, Eugenia, dijo el doctor, lo peor ya ha pasado. Ahora vamos a ver como se comporta ese nuevo corazón que te hemos puesto”.

Y yo sentí una extraña desazón.

Antes de la operación pensaba que si llegaba a superarla, si despertaba, la alegría sería inmensa. Me imaginaba embargada de una enorme felicidad y que desearía abrazar y besar a mis seres queridos. Pero por alguna razón que no alcanzaba a entender, no era así como me sentía. Estaba feliz, sí, pero al mismo tiempo esas personas: mi madre y mi marido, las sentía distintas. Les reconocía y les quería, pero no con la intensidad que yo creía quererles hasta entonces. Quizá era yo que había cambiado o posiblemente sería algo pasajero debido a la tremenda presión soportada antes de la operación.

Ahora tenía que sosegarme y hacer todo lo posible por recuperarme lo antes posible.

Apreté ligeramente la mano de Enrique y cerré los ojos. Estaba muy cansada. De momento había logrado superar lo más dificil y podía albergar esperanzas de empezar a vivir. Y esta vez, sin miedos, sin pasar por la vida de puntillas, sin tantos cuidados…

Eso era, al menos, lo que yo deseaba…


jueves 2 de julio de 2009

Post-etapa: Santiago-Valencia (La vuelta a casa)


(Imagen: Subida a O Cebreiro)


Miércoles, 17 de Junio de 2009

Son las cinco y veinticinco de la madrugada cuando bajo con sigilo las escaleras de Hospedajes Santa Cruz. El taxista, puntual como yo, acaba de aparcar ante la puerta. Es un chico joven y vamos charlando de camino al aeropuerto, me pregunta mis impresiones, me habla de Santiago, de Galicia, se nota que le gusta su ciudad. Se me hace corto el viaje con la cháchara.

Me acerco al mostrador y le entrego mi reserva a la chica que lo atiende. Me da los billetes Santiago-Madrid y Madrid-Valencia. Facturo la mochila directa hasta Valencia para no tener que andar con ella cuando llegue a Madrid. Desayuno algo en la cafetería del aeropuerto y compro un libro de bolsillo para ir leyendo.

Me gusta volar y siempre pido asiento de ventanilla, esta vez no podía ser menos. A las siete de la mañana salgo rumbo a Madrid, con la cara pegada prácticamente al cristal de la ventana, observo como nos elevamos y todo va reduciéndose de tamaño. Es precioso el mosaico de colores que se ve allá abajo. Cuando sobrevolamos las nubes dejo mi observación y me pongo a leer un rato.

Son las ocho cuando mi avión aterriza en la T4, es enorme este aeropuerto. Tengo unas cuantas horas por delante pues el que me lleva a Valencia no sale hasta las dos y media, así que decido coger el metro y dar un paseo por la ciudad. Del aeropuerto sólo sale la línea que va a Nuevos Ministerios, pues allá voy. No se qué tiene Madrid, pero me gusta. Paseo un rato por la Castellana, miro escaparates, observo sus grandes torres, visito los jardines de Nuevos Ministerios, y me encuentro con la señora ministra Carme Chacón que rodeada de los miembros de seguridad y con dos coches oficiales, para ante la puerta de El Corte Inglés y entra a comprar algo ¿un bikini quizá para lucir este verano? Cuando vuelve a salir lleva un paquete pequeño, lo que yo decía: un bikini, y me fijo que anda subida a unos taconazos increíbles, si tropieza y se cae se arma la marimorena. Y digo yo ¿no estamos en horario laboral? ¿qué hace aquí comprando y además con todo su sequito?...

Me siento en un terraza a comer algo y cuando se hace la hora cojo de nuevo el metro rumbo al aeropuerto.

Suena aburrido, lo se. Puedo contar que al salir del avión (ahora ya no se baja, con lo bien que quedaban las escalerillas), me espera un viejo amigo que me lleva a recorrer las calles de su mano mientras recordamos otros tiempos. O mejor aún, planeo una cita con un antiguo amante y en un parque escondido nos miramos a los ojos dulcemente, evocando otros encuentros jalonados de besos y caricias. O ¿por qué no? Me ligo al comandante de vuelo y escapamos juntos hacia un hotel cualquiera para dar rienda suelta a nuestros más bajos instintos y aprovechar al máximo las horas. Pero seamos realistas, eso sólo pasa en el cine o en la literatura. O no ( y no es una pregunta).

Vuelvo a la realidad y me peleo con el “aduanero” o como quiera que se llame el tío del escáner. Se me olvidó que no se pueden llevar líquidos en el equipaje de manos y pensando en que no se rompieran en la mochila, llevo en el bolso los regalos para mi familia, entre ellos una botella pequeña, muy pequeña, de orujo para mi marido. Nada, no puedo convencerle, y veo impotente, como la tiran en un contenedor. No me engañan, alguno se la beberá a mi salud, ojalá le siente como un tiro de escopeta…

El viaje a Valencia se hace corto, me lo paso leyendo el libro que compré y que resulta ser interesante. Cuando aterrizo me toca esperar un rato por la mochila. Me llama al teléfono mi hija, han venido los tres a recibirme y están impacientes. Cuando salgo y me planto a su lado, mi marido y mi hijo no me reconocen, sólo se levantan de la silla cuando ven que mi hija viene a abrazarme, me parto de risa. El enano me mira extrañado: “mamá, pareces una guiri”… otro que tal, debe ser mi sino.

No paran de preguntar, quieren que les cuente, y nos pasamos charlando todo el trayecto que me lleva a casa. Ellos fueron lo que más eché de menos estos días, ellos y mi perra Chica que es un miembro importante de esta familia.

Buen camino.

Etapa 8: Santa Irene-Santiago de Compostela


(Imagen: Catedral de Santiago de Compostela)

Martes, 16 de Junio de 2009

Me despierto dos o tres veces durante la noche, y a partir de las cinco de la mañana ya no puedo dormir, pero me quedo quieta metida en mi saco hasta que mis compañeros de habitación empiezan a dar muestras de despertarse.

Salgo sobre las siete de la mañana tras los italianos. Intento disfrutar del paisaje porque se que pronto llegaré al asfalto y se perderá esa magia de los caminos que ahora me rodea. Mi estado de ánimo es variable: a ratos me siento embargada por una especie de tristeza, hasta que viene a reemplazarla la nostalgia de los míos, hay otros en que me entra la prisa y quisiera plantarme en Santiago con un chasquear de dedos. Me obligo a tener calma y canturreo, sólo para centrarme en algo y dejar de lado el caos de pensamientos que me revolotean.

Necesito en café de forma urgente, hoy no he tomado nada, así que aligero el paso saboreando mentalmente una rica tostada con un chorrito de aceite de oliva, y un café bien cargado. Llego a San Paio y por fin un bar a la orilla del camino. Creo que todos los peregrinos del albergue de Santa Irene y alguno más, nos hemos dado cita allí. Me siento en una mesa de la calle y vuelvo a encontrarme con la perrita cocker y sus dueños, nos saludamos… ya queda menos.

Luego, poco a poco, empiezo a adentrarme en el tramo más aburrido. Cuando paso al lado del aeropuerto donde hay una especie de focos altos, pasa un avión, es impresionante verlo tan de cerca, con ese ruido atronador. Me cruzo con un peregrino que está haciendo el Camino en dirección contraria y calculo que esas flechas azules con una especie de espiral que me he ido encontrando últimamente son, quizá, las señales que va siguiendo. Le deseo buen camino y él me anima: “Ya estás llegando” me dice sonriente.

Voy directa al Monte do Gozo, un poco asustada por los comentarios de la tremenda subida que me lleva hasta allí. Desde luego impresiona cuando te acercas por la recta, pero creo que es cosa de la perspectiva porque luego no me supone un gran esfuerzo llegar hasta lo alto, es como si una vez empiezas a subir, la pendiente se fuese suavizando. Me decepciona un poco, hasta ahora he visto sitios más bonitos y la escultura no me agrada en exceso. Entro en la Ermita de San Marcos y luego me siento un rato en un murete a la sombra a fumarme un cigarro. Aprovecho para llamar a las chicas y tranquilizar a Mariví que le tenía terror a la dichosa cuesta. Le digo que no es lo que parece y que seguro que estará arriba sin apenas darse cuenta.

Allá en el fondo, está Santiago. La zona por la que se llega a la ciudad es como la de cualquier ciudad moderna, aún sin adentrarme mucho en ella, paro en una terraza a tomar algo fresco. Tengo la impresión de haber perdido mi “status” de peregrina, y hasta parece que la gente me mira de otra manera. Seguro, pienso, son manías mías, las ciudades en soledad son mucho más frías que cualquiera de los pequeños pueblos por los que he pasado, aquí no te acompaña el trino de los pájaros, ni el murmullo del agua, aquí sólo hay coches y semáforos, como en cualquier parte.

Se me antoja que llevo mucho tiempo caminando y no hay manera de vislumbrar la zona antigua, se me hacen pesadísimos estos últimos pasos. Y por fin llegan las callejuelas, me fijo en los carteles y creo que acelero. Ahí está, la Plaza del Obradoiro con toda su grandeza. Me planto en el centro y voy girando lentamente queriendo dejar grabado en mis pupilas ese momento, luego voy directa a las escaleras que suben a la Catedral. Hay mucha gente, una excursión de niños arman escándalo mientras la profesora intenta poner orden. Me cuelo entre ellos y busco un refugio allá dentro. Cargada con la mochila me paseo admirando tanta maravilla. Visito el sepulcro y me dirijo luego a darle el abrazo al Santo, pero ya está cerrado, abren a las cuatro, así que lo dejaré para más tarde. Me siento un rato en un banco sin pensar en nada, disfrutando el momento.

Cuando salgo de la catedral me acerco a la oficina del peregrino, me extraña que no hay nadie esperando después de oír que se formaban tan tremendas colas. Recojo la Compostela y voy a ver si encuentro algún sitio donde dormir. Pregunto en dos o tres hoteles por allí cerca, me piden un huevo por dormir y no, oye, no estoy dispuesta a pagar ese precio. Camino por la Rua do Vilar cuando veo un cartel “Hospedaje Santa Cruz” y a un hombre que está fregando la escalera.

- ¿Tiene habitación?

- ¿Usted sola?

-

- ¿Para una noche?

-

- Pues sí, tengo una libre.

- ¿Qué precio?

- 20 €uros.

- ¿Me la enseña?

La habitación tiene cama de matrimonio, y un enorme ventanal que se abre sobre la Rua, llena a reventar de gente que pasea o come algo sentada en las terrazas. Es sencilla y limpia. El baño está en el pasillo. Me la quedo. Después de darme una ducha y ponerme ropa limpia salgo a pasear por la ciudad, antes le pregunto al hombre si hay alguna parada de taxis por allí cerca, me indica que siga la calle en dirección contraria a la catedral y la veré enseguida. Me dirijo hacia allí y al primer taxista que veo le pregunto si puede pasar mañana a recogerme a las cinco y media de la mañana, concertamos el precio y quedamos de acuerdo.

Después de comer un poco, vuelvo a la Catedral. Quiero ver cada rincón, tomarme mi tiempo. Me acerco a darle el abrazo al Santo y aprovecho que no hay mucha gente. No tengo nada que pedirle, agradecer en todo caso lo que tengo: una familia que me quiere, un pequeño gran puñado de amigos, buena salud y un trabajo para ir viviendo. Nada más necesito. Le agradezco también que me haya dado la fuerza necesaria para llegar hasta aquí.

Paso el resto de la tarde caminando por la ciudad y comprando algún pequeño recuerdo para llevar a mi marido y a mis hijos. Me encuentro con Toni y Pepe que llegaron también esta mañana, charlamos un momento, los dos se marchan esta noche hacia Valencia, quedamos en hablarnos y nos despedimos con un abrazo. No me apetece cenar y me tomo un gran helado que paladeo sentada en la terraza, frente a mi habitación.

Cuando me acuesto pienso que no voy a poder dormir con el jaleo que hay en la calle, pero casi sin darme cuenta me vence el sueño. A las cinco tengo levantarme.

miércoles 1 de julio de 2009

Etapa 7: Melide-Santa Irene


(Imagen: Ermita de Santa Irene)

Lunes, 15 de junio de 2009

Ya no falta nada, mañana llegaré a Santiago. Hoy, en Arzúa me separo de mis compañeros peregrinos y seguiré sola hasta Santa Irene. Lo estuvimos hablando anoche, ellos no regresan a casa hasta el viernes así que estas últimas etapas las harán más cortas. Yo tengo billete de avión Santiago-Valencia para el miércoles temprano. Barajo la posibilidad de perderlo ya que fue uno de esos chollos que encuentras en la red, tanta es la tristeza que me da separarme de ellos, pero no, lo que me queda puedo hacerlo sin demasiado esfuerzo en dos etapas y me esperan en casa, sobre todo el pequeño al que ya le voy notando una pizca de morriña cuando llamo por teléfono.

Desayunamos en el mismo restaurante en el que paramos anoche a tomar los chupitos. Esta mañana es una mujer la que está sirviendo y al principio nos parece un poco brusca en el trato, habla con un tono un tanto “mandón”, pero nunca te puedes fiar de las apariencias y acaba preocupándose de que no nos olvidemos nada o de si llevamos suficiente agua.

Volvemos a disgregarnos y vamos variando de vez en cuando de pareja, llevamos un buen ritmo, las primera horas de la mañana son las mejores para caminar. Me gusta hacerlo entre la niebla. El flujo de peregrinos ya es continuo pero todavía hay momentos en los que parece que estás sola. Me emparejo un rato con Tere, esta mujer lleva un ritmo endemoniado pero vamos charlando y casi sin darme cuenta me acoplo a él sin problemas. En estos días de convivencia han ido saliendo a la palestra detalles de nuestras vidas personales, y me sorprendo pensando cuánto se puede conocer a alguien en tan poco tiempo.

En Santiago de Boente hacemos una parada y visitamos la Iglesia que está abierta. Hay una pequeña imagen de Santiago muy bonita, y cogemos algunas estampas de recuerdo. Nuria lleva colgada una de las bolsas que cogimos en Melide para ir recogiendo las basuras que encontramos desperdigadas en el Camino. Es vergonzoso: botellas, plásticos, botes… cada vez que se llena la vaciamos en alguno de los contenedores que vamos encontrando, y vuelta a empezar.

- Joder, Nuria, nos quejamos Mariví y yo (que somos las que solemos ir con ella) que cuesta un montón agacharse con la mochila.

- Se lo prometimos a Maria José – es su respuesta.

Sin duda esta chica es mujer de palabra.

Descanso en Ribadiso tomando algo fresquito, y estamos en Arzúa. Son las doce y media y el albergue aún está cerrado. Ante la puerta una fila de mochilas esperando que abran. Las chicas, y Alberto, las dejan también allí y vamos al restaurante que hay enfrente a comer algo. Se llama “La Huella” y el techo está lleno de huellas de manos y de leyendas. Almorzamos y llega el momento fatal, tengo que despedirme. Les abrazo, uno a uno, y ya empiezo a echarles de menos. Me cuelgo la mochila y echo a andar antes de que empiece a llorar sin remedio.

Camino a buen paso disfrutando otra vez de mi soledad. Es raro esto, o no, no lo se, los primeros días extrañaba a veces el andar en compañía, luego con Alberto y las chicas, las etapas se me hicieron cortas, me gustaba la charla, las bromas y las risas. Ahora estoy como empecé, pero con un montón de recuerdos de buenos momentos y con los ánimos reforzados.

En algún sitio del camino me encuentro con un homenaje a un peregrino que falleció antes de llegar a Santiago: Guillermo Wat, 69 años, murió un 25 de agosto de 1993. Hay una pequeña losa con una inscripción y la escultura de unas zapatillas. Allí mismo me paro un momento a descansar y pienso que tampoco es una mala manera de morir, al fin y al cabo estaba haciendo seguramente lo que más le gustaba. ¿Qué mejor que morir caminando en lugar de hacerlo postrado en una cama víctima de una larga enfermedad? Es mi vieja obsesión ante la pérdida de calidad de vida, ante el deterioro físico y mental de las personas. Buen camino, Guillermo, buen camino, le digo en un susurro antes de irme.

En medio de un sendero precioso, rodeada de árboles que dejan pasar apenas algunos rayos de sol, me quito la mochila y no me puedo resistir a hacer una foto con el móvil y mandar un mensaje masivo a todos mis amigos, que rabien un poquito. Al poco rato me sale al encuentro un hombre que por todo saludo me aconseja “en el segundo bar hay buena empanada”. Apenas entiendo el mensaje y sigo caminando pensativa hasta que al entrar en un pequeño pueblo se hace la luz. Hay un restaurante con unas cuantas mesas fuera, en la terraza, donde descansan varios grupos de peregrinos, y una gran pancarta en la que se lee algo así como: “No dejes que te digan dónde debes parar”. Pido un Aquarius y me siento en una mesa. Casi enfrente hay un grupo de chicas jóvenes riendo y bromeando, van tan monas que parece que acudan a un desfile de moda, se remangan los pantalones para tomar el sol… con la que está cayendo. Me llama la atención una pareja que acaba de ocupar la mesa contigua, y que llevan con ellos a una perrita, una cocker. La observo y me parece que está perfectamente, su dueño sale del bar con un recipiente de agua fresca y otro con el pienso.

- Hola, le saludo, ¿lleva bien el camino la perrita?

- Sí, estupendamente.

- ¿No ha tenido problemas en las patas?

- No, que va, venimos desde Roncesvalles, ella ha recorrido más kilómetros que nosotros porque cuando la llevamos suelta, va y viene sin parar. Por tramos de carretera le ponemos la correa.

Me acuerdo de que se ha comentado en el foro esto de los perros, pero está visto que siempre hay excepciones. Le hago unas carantoñas a la perrita y antes de que me de cuenta se me planta encima un enorme perrazo que estaba tumbado un poco apartado de las mesas, casi me tira de la silla. Le doy cuatro almendras y le rasco la cabeza, sólo quería mimitos, y una vez satisfecho se vuelve a su sitio.

Apenas un kilómetro antes de llegar a Santa Irene, paro en un bar al lado de la carretera a refrescarme. Podría continuar hasta Arco do Pino donde se que encontraré a Toni y a Pepe, pero después de pensarlo, decido terminar hoy aquí. Por un camino asfaltado y después de cruzar la nacional, llego al albergue. Está apartado de todo, no hay bar (me acuerdo de Toroastur) ni casas, ni nada. Está equipado con comedor, salón y cocina, pero desgraciadamente no se me ocurrió parar a comprar algo para hacerme la cena. La hospitalera, una chica joven, me indica la habitación en el piso de arriba. Tiene ocho literas, cinco de ellas están ocupadas por italianos y las otras dos por dos chicas americanas.

Uno de los italianos habla también español, así que hace de intérprete. Después de saludarles y charlar un rato, me disculpo para ir a darme una ducha. El albergue tiene una especie de jardín o parque con varios sitios tranquilos en los que sentarse. Busco un lugar apartado y hago varias llamadas: a casa, a la compañía aérea para confirmar mi pasaje y a las chicas para que sepan que he llegado.

Cuando vuelvo al albergue hay un coche en la puerta, en el que suben las nenas monísimas que me encontré esta tarde en el bar. Parecen enfadadas, al parecer la hospitalera quería hacerlas esperar por si llegaba algún peregrino rezagado. Y tenía razón porque después de eso, aún aparecieron tres o cuatro más, desfallecidos. Le pregunto a la hospitalera si hay algún sitio cerca para cenar algo, me indica el restaurante en el que paré esta tarde antes de llegar. No es que me ilusiones caminar casi un kilómetro hacia atrás, pero tengo hambre y no me apetece irme a la cama sin cenar.

- Puedes ir por la carretera, me dice, o por un camino asfaltado que te lleva allí directamente, pero es muy solitario.

- ¿Solitario? – hace que me sonría – no te preocupes por eso. Soledades a mí, a estas alturas.

Me acerco hasta allí paseando y me como una buena ensalada, gigante diría yo, estos gallegos hasta para hacer una ensalada son exagerados.

Es hora de dormir, mañana llego.

lunes 29 de junio de 2009

Etapa 6: Hospital de la Cruz-Melide


(Imagen: Sendero)

Domingo, 14 de junio de 2009

Hoy emprendemos antes el camino, queremos llegar a Melide así que la etapa es algo más larga. Aún está un poco oscuro por lo que nos colgamos las linternas del cuello más que nada por prevención en algún tramo en que vamos por carretera. Y además no hay desayuno, el estreñido del único restaurante cercano al albergue no abre hasta las ocho y media de la mañana, cosa poco habitual por aquí pues los dueños de los bares saben que los peregrinos solemos desayunar temprano, antes de emprender la marcha.

Pronto nos disgregamos: Eva y Tere que suelen llevar un ritmo más rápido van delante, detrás Nuria, Mariví y yo, y luego viene Alberto. De vez en cuando Nuria, que es la monda, grita:

- Marichalar ¿cómo va eso? Ánimo que ya queda poco – es como un grito de apoyo pues sabemos que la rodilla le molesta bastante, sobre todo en las bajadas.

Paramos a desayunar en Eirexe-Ligonde. Como siempre, las primeras que llegan van esperando al resto. El paisaje, aunque nos vamos acercando a Santiago, sigue siendo impresionante: bosques de eucaliptos, castaños, senderos que parecen sacados de un cuento de duendes y brujas, pequeñas y encantadoras aldeas, riachuelos. Casi toda la etapa es una sucesión de cuestas arriba y abajo no demasiado pronunciadas.

Descansamos unas cuantas veces y aprovechamos para descalzarnos y mimar un poco los pies, Mariví lleva alguna que otra ampolla. Tere que desde el principio del camino se quejaba de la espalda, descubre que llevaba la mochila mal acoplada, gracias a que Eva y Nuria se la colocan en su sitio ya no siente molestias. Acuñamos la frase: “es lo que hay”, que es lo que siempre le dice Tere a Mariví cuando se queja por las cuestas. Da gusto oírselo decir, ayudándose de unos ademanes muy característicos: “Mariví, esto es el Camino, y es lo que hay… es… lo que hay”.

En Palas del Rei nos hacemos unas cuantas fotos y visitamos su Iglesia hasta la siguiente parada que es en Coto, en los dos alemanes, donde ocupamos una mesa en la calle, delante del bar. Allí se despide Enriqueta que quiere adelantar Camino. Se empeña en invitarnos a una ronda y nos intercambiamos las direcciones de correo electrónico. Nos da pena tener que decirle adiós, nos abrazamos y la vemos marchar a buen paso mientras nos dice adiós con la mano y nos deseamos mutuamente “Buen camino”.

Llegamos a Melide sobre las dos de la tarde, Toni y Pepe ya hace un buen rato que llegaron, tanto que les ha dado tiempo a comer su primera ración de pulpo, acompañándose de un buen vinito. En el albergue nos recibe María José, otra hospitalera simpática y amable. La convencemos para que abra una habitación en el piso más alto para nosotros y así poder estar juntos, el único inconveniente es que tenemos que bajar a los servicios de cualquiera de los otros pisos. Le prometemos que si no llena las otras habitaciones nos cambiaremos de sitio y además cogemos bolsas para ir recogiendo la basura que algunos irrespetuosos van tirando por el camino.

Al poco rato llega a nuestra habitación una mujer chiquitina, parece un pequeño duende, poco educado eso sí, porque entra y no nos dirige la palabra. Creo yo que un “hola” “buenos días” “buenas tardes” “buen camino” en cualquier idioma no hace daño a nadie. Llegué a pensar si sería muda porque no la oí hablar en ningún momento.

Nos toca la parte de la ventana y cada uno elige litera. Después de darnos una ducha, salimos a dar una vuelta por Melide y a tomar algo. Aprovechamos para llenar el botiquín en una farmacia cercana, el ibuprofeno va que vuela y Alberto compra una buena crema para después del sol, lleva las pantorillas rojas como gambas, parece el pupas.

Melide está en fiestas, y ante la iglesia del convento de Santi Spiritus han hecho una especie de alfombra de flores, hay gaiteros esperando para acompañar la procesión. Esperamos un rato para escucharlos pero se está haciendo tarde para cenar, así que nos vamos hacia el restaurante. Mariví dice que se queda, que vayamos pidiendo por ella.

Cenamos juntos: Toni, Pepe, la pareja de novios (no recuerdo su nombre), Tere, Mariví, Nuria, Eva, Alberto y yo. Pedimos, como no, pulpo con cachelos, pimientos del padrón y vino del país, que entra casi sin que te enteres. A última hora se nos une una pareja de argentinos que conocen Toni y Pepe, y con ellos se quedan cuando nosotros nos vamos al albergue.

Antes de ir a dormir, tomamos unos chupitos de orujo en un bar que hay en la misma calle. En la habitación a Tere y Alberto les entra la risa floja. Me preocupa molestar a la mujer-duende, que está metida en el saco y tapada hasta la cabeza, pero a aquellos dos no hay quien los pare. Por fin, Mariví se pone seria y les hace callar.

Entonces a Nuria le vibra el teléfono:

- Nuria, soy Pepe.

- ¿Qué pasa?

- Que no puedo con Toni.

- ¿Dónde estáis?

- En la cocina, estamos entrando por la ventana.

Imposible imaginar cómo pueden entrar por una ventana dos hombretones de alrededor de 100 kilos de peso y grandes como armarios… son como niños.

Antes de quedarme dormida pienso que mañana hace ya una semana que salí de mi casa y el tiempo se me pasó casi sin darme cuenta. Siento que tengo ganas de llegar y al mismo tiempo una enorme tristeza porque esto se acaba. Una frase me viene a la cabeza: “es lo que hay… es… lo que hay”.

domingo 28 de junio de 2009

Etapa 5: Mirallos-Hospital de la Cruz


(Imagen: Enriqueta y yo entre la niebla)

Sábado, 13 de junio de 2009

Nos levantamos contentos esta mañana y la señora Julia nos agasaja con un estupendo desayuno: tostadas gigantes y mermelada de manzana que elabora su hija Natalia. Mientras Toni, Nuria, Eva, Enriqueta y yo, damos buena cuenta de las viandas, llegan del albergue, Juan, que pasa a desearnos “buen camino” y Tere y Mariví, que han olido el desayuno. Son dos amigas también madrileñas, y aunque aún no lo se, acabaré divirtiéndome mucho con ellas. Tere es extrovertida, toda nervios, a veces se conecta los auriculares y la ves bailar por los caminos, Mariví es más tranquila, con un puntito de humor que te alegra la vida.

Nos despedimos de la señora Julia y emprendemos la marcha poco a poco. Enriqueta y yo salimos juntas y pronto cogemos el ritmo de los pasos.

- Yo piensa que tu es alemana, chapurrea.

- A ver, Enriqueta, escucha. Yo, Enriqueta, tu Justi ¿ok? – me pongo en su lugar para que no se arme un lío con los pronombres.

- Yo pensaba que tu eras alemana.

- ¿Pensaba?

- Sí, “yo pienso que tu eres alemana”… ahora, now – nos ayudamos de alguna palabra en inglés. “yo pensaba que tu eras alemana”… antes, before, past..

- ¡Ah! Yes, yes.

Y repite la frase con un chasquido que yo traduje por “perfecto, estupendo”. Así, sin darnos cuenta, caminamos mientras aprende palabras en español. Enriqueta es una chica dulce, con voz melodiosa (no en vano canta en dos coros) y una preciosa sonrisa. Todo lo observa con ojos de niña que empieza a descubrir el mundo y tiene una curiosidad abrumadora por lo que le rodea. Admiro su tesón, tuvo que hacer dos etapas en autobús por una lesión en el pie, me cuenta con una mezcla de gestos y palabras, y aquí está, caminando a mi lado. Me señala lo que vamos viendo y yo le digo su nombre en español: “pájaro” “árbol” “bosque”.

- ¿Yo enseño español? Pregunta

- No. Yo aprendo español – y la señalo. Tú me enseñas español – me golpeo el pecho como Jane con Tarzán.

- Siiiiiii, yo aprendo, tu me enseñas… chasquea la lengua.

En Mercadoiro vemos un albergue que le gusta a Enriqueta, tiene ganas de tomar un té, yo pido un café y nos sentamos. Al rato llega un chico cojeando, se acerca a la mesa, saluda a Enriqueta y se sienta con nosotros, se llama Alberto y anda bastante fastidiado con la rodilla. Volvemos a emprender la marcha, pero no tardamos mucho en parar en una pequeña tienda que descubrimos en mitad del camino. Es de esas medio hippies, medio artesanas, afuera hay pañuelos colgados, bolsos de tela, colgantes, pulseras. No podemos resistir la tentación y nos colamos dentro, como niñas pequeñas lo miramos y tocamos todo. Compramos un pañuelo cada una, el mío en verde y el de ella en tonos azules. Enriqueta promete acordarse de mí cada vez que se lo ponga, y yo hago lo mismo. Charlamos un ratito con el chico de la tienda y seguimos el camino. Casi sin darnos cuenta avistamos Portomarín.

Nada más atravesar el río Miño nos topamos con una caravana famosa en el camino, es de una alemana que ofrece café a los peregrinos mientras espera a su marido que hace el camino en bicicleta. Rechazamos amablemente su ofrecimiento y Enriqueta les hace unas fotos. Desde lo alto de la escalinata avistamos a una chica alemana y mientras Enriqueta se queda esperándola, yo sigo caminando hasta un parque cercano, allí me siento un rato y aprovecho para llamar a casa. Como es sábado les pillo a todos aún dormidos, les tomo un poco el pelo y arremeto la cuesta que me lleva hasta la plaza de la Iglesia de Portomarín.

Allí vuelvo a encontrarme con Enriqueta y su joven amiga alemana, también saludo a Tere y Mariví, que pensaban quedarse allí pero han decidido continuar, y a Nuria y Eva. Me siento con las alemanas a comer algo, y voy luego a hacer algunas compras: por fin me hago con otra toalla, ésta pesa un poco más, pero ¿qué le voy a hacer? Lo tengo merecido por mi mala cabeza.

Al salir de Portomarín me despisto con una flecha y sigo por la carretera. Hace calor y hay unas buenas cuestas, a pleno sol. Empiezo a figurarme que he metido la pata cuando veo una de las señales que indican el camino al peregrino, es uno de esos cruces en que el sendero se junta en algún momento por la carretera. Rectifico y continúo mi camino. Un poco antes de llegar a Hospital de La Cruz me encuentro con Tere, Mariví y Alberto que están sentados tranquilamente a la puerta de un bar. Ellas han pedido algo para comer y Alberto una cerveza fresquita, pido un Aquarius y me siento con ellos. Piensan quedarse en Hospital y decido hacer lo mismo.

El albergue de Ventas de Narón es un edificio moderno y muy bien equipado. Nos recibe la hospitalera que es un mujer atenta y amable. Nos entrega funda para el colchón y la almohada. Ya están por allí Nuria, Eva, Toni y también Pepe, y una pareja de novios, los tres de Valencia. Más tarde llegarán Enriqueta y su amiga. Nos duchamos y hacemos la colada. Después nos acercamos al restaurante que hay por allí cerca y nos sentamos a tomar una cerveza.

Tere y Mariví aún no tienen hambre, pero a Alberto y a mí empiezan a rugirnos las tripas, así que vamos a comer un poco. Alberto es un chico de Valladolid, con un sentido del humor extraordinario. Por algún motivo, al principio confundimos su nombre con el de Álvaro, y después empezamos a llamarle Marichalar, en plan cariñoso, más que nada por el movimiento que hace al andar debido a su rodilla. También a mí, Tere y Mariví me llaman Marisol, porque según dicen tienen una amiga a la que me parezco. Al fin y al cabo, el nombre es casi lo de menos.

El dueño del restaurante es un tipo antipático al que también ponemos nombre: el estreñido, que además se toma la libertad de tratar a la camarera, una chica boliviana, de forma despectiva. Después de comer volvemos al albergue a descansar un rato, pero no tardamos en acudir de nuevo al restaurante, sentarnos en la terraza a refrescarnos y jugar al chinchón.

Cenamos todos juntos: Toni, Eva, Nuria, Tere, Mariví, Alberto y yo. Y tardan horas en servirnos cada plato. El estreñido no pega palo al agua y la pobre camarera va de cabeza. Cuando estamos casi terminando llegan dos jovencitas francesas y se abre un debate sobre si lo que fuman es un porro o tabaco liado. Son un poco hippies, altas y muy delgadas, allí se quedan cuando volvemos al albergue para acostarnos. A la hora de cerrar, la hospitalera, nos encarga decirles a las francesas que cierren cuando lleguen, se les ha hecho un poco tarde cenando.

Pepe y Toni descubrieron que son almas gemelas, ambos paracaidistas, y se han echado al coleto varias cervezas y algún que otro orujo. Van contentos y arman un poco de revuelo en el albergue, yo que estoy abajo en los lavabos oigo risas en la habitación. Cuando subo están en el pasillo riendo como locos.

Cuando por fin se calman y ya estamos acostándonos, llegan las francesitas. Van a darse una ducha y cuando suben llevan sólo una toalla alrededor del cuerpo. Algunos no les quitan ojo por si hay suerte y alguna toalla se desprende. Intentamos dormir pero hoy hay alguien que empieza a roncar. Pregunto a Alberto, acostado a mi lado, si es el que tenemos arriba, me dice que no que es el hombre que tiene a su derecha. De vez en cuando le hace ese sonido de arrear un caballo a ver si consigue que deje de roncar, pero nada. Es entonces cuando se oye: “Pepe, date la vuelta”. Es el otro chico de Valencia y Pepe, el roncador. Obediente, se da la vuelta en la litera y se hace el silencio. Ahora puedo dormir.

viernes 26 de junio de 2009

Etapa 4: Samos-Mirallos


(Imagen: Convento de la Magdalena)

Viernes, 12 de junio de 2009

Mientras acabo de colocar mis pertenencias en la mochila, anoto mentalmente la necesidad de comprar una toalla, ayer cuando iba a ducharme me di cuenta, la olvidé en La Laguna. Maldigo mi despiste, era una de esas de fibra, que ni pesan ni ocupan nada de espacio. Tuve que apañarme para secarme con un pareo que, afortunadamente, metí a última hora.

Antes de salir converso un rato con Juan y la suiza, piensan llegar a Ferreiros, así que posiblemente allí nos vemos. También me despido del hospitalero y le doy las gracias por su acogida, me dice que esta mañana tengo mejor aspecto, y me hace reír.

Desayuno tranquilamente en el bar de enfrente, creo que allí hay también un albergue privado. Me atiende una chica muy simpática y me tomo mi tiempo para disfrutar de la tostada y el café. Como todas las mañanas el día amanece con niebla y lo agradezco, son las mejores horas para caminar, hasta las 11, más o menos, en que el sol empezará a despuntar hasta brillar en todo su esplendor.

Hago unas cuantas fotos del Monasterio, que se alza entre la niebla, y a la salida de Samos me entretengo otro rato con un grupo de peregrinos en piedra muy logrados. Camino a buen ritmo, aunque siento molestias en la rodilla derecha, me puse un poco de pomada que llevaba en el botiquín, pero en cuanto llegue a Sarria buscaré una farmacia y compraré una rodillera.

Aún vuelvo a parar en una taberna de Aguiada, como algo, tomo otro café y sello. Y de ahí, de un tirón hasta Sarria. Me encuentro con las parejas de novios que en La Faba buscaron un taxi para las chicas. Serán sobre las 11 y media y dicen que se quedan allí, en el albergue. Nos deseamos mutuamente “buen camino” y sigo. Encuentro una farmacia y le explico a la chica que me atiende lo que me pasa en la rodilla. Me aconseja una pomada anti-inflamatoria y que para caminar me ponga una rodillera. Cuando salgo me siento en una escalinata y paso un buen rato masajeando la rodilla. Luego me coloco la rodillera y… listo, mano de santo, me siento como nueva.

Saliendo de Sarria paro un momento en un bonito mirador, allá en lo alto, corre una brisa fresca y hago un poco de tiempo fumando un cigarrito. Veo pasar a la chinita que levanta la mano en señal de saludo y luego a dos chicas que me pareció ver en Samos y con las que he ido coincidiendo en algunos bares en los que fui repostando estos días. Echo a andar tras ellas. Me llama la atención, antes de emprender el camino que me saca definitivamente del pueblo, un gran edificio a mi derecha. Dudo entre acercarme a verlo o seguir el camino. Finalmente puede más mi curiosidad y me acerco a admirar su fachada.

En eso estaba cuando se abre la puerta y aparece un hombrecito delgado y muy pequeño “¿Quieres ver la Iglesia?” me pregunta “¿Puedo?” Contesto un poco sorprendida, pues pensaba que no estaría abierta. “Sí, hasta la una”. Antes de entrar miro el reloj de mi teléfono, pasan unos minutos de las doce y media, y me fijo en el nombre, es el convento de la Magdalena. Cuando abro la puerta me quedo boquiabierta: ante mí un precioso claustro, o así creo que se llama, cuadrangular, en el centro una fuente y un bonito jardín, rodeado de precioso arcos. El suelo es un magnífico empedrado formando dibujos circulares que hace que abra la boca aún más si cabe. Camino muy despacio dejando a mi izquierda puertas con carteles en los que se prohíbe la entrada, hasta que llego a una puerta entreabierta, es la Iglesia.

Se me escapa en voz alta: “Díos mío, es preciosa”, y no tengo ojos suficientes para mirarlo todo. Está en penumbra y se siente tal frescura dentro que noto como se me eriza la piel. El techo está trabajado en madera. En la parte de atrás, arriba, un bonito órgano se alza majestuoso. Creo que allí dentro deben estar todos los santos, por la cantidad de imágenes que hay por todas partes, me acerco a mirarlos, uno a uno. Y frente al altar, de pie, con la mochila a cuestas, empiezo a llorar como una Magdalena, nunca mejor dicho. No entiendo por qué las lágrimas empezaron de pronto a brotar de esta manera, no lo entiendo. Y empiezo una especie de discusión conmigo misma: pero ¡qué tonta eres! Y ahora ¿por qué lloras? Ante la falta de alguna respuesta congruente, opto por sentarme en un banco y dejar que el llanto pare por sí sólo. Cuando consigo calmarme un poco, me paro un momento ante una pequeña imagen de Santiago y le beso.

Cuando voy a enfilar el camino nuevamente aún secándome las lágrimas, aparece otro peregrino, un hombretón grande que me mira extrañado “¿va bien el Camino?” me pregunta. Sí, va muy bien, contesto, y como buscando una excusa le cuento que acabo de visitar una preciosa Iglesia. Me dice que si es tan bonita quiere verla y se dirige hacia allí.

Llevo unos quince minutos caminando cuando vuelve a alcanzarme, no ha podido verla, me comenta, ya estaba cerrada. Es una pena, si vuelves algún día, no te la pierdas. Seguimos charlando y caminando, se llama Toni y … ¡qué casualidad! es de Valencia, así que la conversación se centra en lugares que ambos conocemos. En el área de descanso de Vilei paramos un momento. No está mal el lugar pero todo son máquinas expendedoras y ninguno de los dos llevamos suelto ni billetes pequeños que podamos cambiar. Toni se queda picando algo de lo que lleva en la mochila, pero yo prefiero seguir a ver si encuentro algún bar, necesito ir al servicio, ese es un handicap que tenemos las mujeres. Nos veremos en Ferreiros.

Voy haciendo fotos, la iglesia de Barbadelo y alguna de pequeñas aldeas cuyo nombre no recuerdo. Me encuentro con un bonito hostal, rodeado de un gran césped, con un hórreo y grandes bancos de piedra. Anuncian comida y cama, pero no veo bar por ninguna parte, aún así me acerco a preguntar si puedo tomar algo fresco y utilizar los lavabos. Una amable jovencita me sirve un aquarius y me dice que puedo tomarlo donde quiera. Elijo el banco de piedra, a la sombra, y aprovecho para descalzarme un rato y posar mis pies sobre la fresca hierba. Después de ir al servicio y agradecer a la chica su simpatía emprendo la última parte del camino hasta el albergue.

Alcanzo a un peregrino venezolano que vive en Francia y caminamos juntos. No se por qué pensaba que iba acompañado de una señora inglesa, algo mayor, con la que lo había visto algunas veces. Me extraña su calzado, son zapatos, y me cuenta que es el segundo par, empezó en Francia y hace tiempo ya que tiró los primeros. Es viernes y quiere llegar el sábado en la noche a Santiago, va a tener que correr, me pregunta si el restaurante que da de comer gratis a los 20 primeros peregrinos que llegan a Santiago estará el domingo abierto. Ni puñetera idea, es la primera vez que oigo algo así. No debe andar sobrado de dinero porque dice que cuando llegue se echará a dormir en la misma puerta para ser el primero. Dicen que “pa gustos se hicieron los colores”.

Llegamos juntos al kilómetro 100, y al poco rato se empeña el chaval en que ya debimos pasar Ferreiros, lleva un mapa, pero por lo visto no lo entiende. Para salir de dudas pregunto a un viejito que encontramos en una aldea. “Un kilómetro y medio” nos dice, y le pregunto ¿de los de verdad o los gallegos? El hombre nos muestra una sonrisa desdentada.

Ahí está Ferreiros. En la puerta del albergue la hospitalera nos dice que está lleno, las últimas literas las cogieron dos chicas de Madrid… maldita sea. Andan por allí Juan y la suiza que han tenido más suerte. Nos dice la mujer que un poco más abajo hay un restaurante que deja dormir en el suelo. Como si tengo que dormir en medio la pradera, pienso, no doy un paso más. El venezolano le pide si le deja ducharse y seguir luego caminando, yo tomo la dirección del restaurante. Deben ser ya casi las 5 de la tarde.

“O Mirallos” se llama, y al acercarme a la puerta una negrita sonriente sale a mi encuentro. Le pregunto si dejan dormir en el suelo, “en colchones, mi niña” me responde. Estoy a punto de soltar un grito como el de Homer Simpson. Pasamos para adentro y cuando abro la puerta de una soleada nave en la parte de atrás del restaurante, me encuentro con Toni y las dos chicas que en Sarria caminaban delante de mí. La nave tiene lavabos y duchas, y un montón de ventanas por la que entra la luz a raudales. Toni me presenta a sus dos compañeras, con las que ya ha coincidido en alguna ocasión, son Nuria y Eva, dos amigas madrileñas. Por su edad podrían ser mis hijas, pero pronto me siento identificada con ellas.

Natalia, la joven dueña del restaurante, coloca los colchones en el suelo y nos da una funda limpia a cada uno. Nuria pregunta a la negrita (no recuerdo su nombre) dónde hacer la colada y ésta le señala una pila que hay fuera, y un tendedero al sol. “Cuidado con el kiko” le dice. No acaba de salir Nuria a lavar su ropa cuando la vemos correr gritando como loca, mientras un gallo pequeño de preciosos colores la persigue revoloteando intentado picarla. Nos partimos de risa. El maldito gallo no nos dejó tranquilas, sólo Toni podía pasear tranquilamente sin que el bicho le mirase siquiera.

Duchaditos y frescos, nos sentamos en la calle, ante el bar, dispuestos a saborear una cerveza. Al momento aparece una chica alemana, blanca como la leche, que al vernos nos pregunta con gestos si se puede dormir. Sí, le gritamos todos a un tiempo y palmotea feliz como una niña. Toni nos cuenta que la conoce pues los dos empezaron el Camino juntos en La Virgen del Camino, en León. Le llamamos Enriqueta, que al parecer es la traducción de su nombre al español.

Hacemos tiempo hasta la hora de la cena, y del albergue se acercan: Juan, y las otras dos madrileñas: Tere y Mariví. Llega la señora Julia, madre de Natalia, que se dedica a perseguir a Kiko que se ha escapado y corretea por la pradera. La mujer consigue atraparlo y mantiene al gallo cogido por las patas, en su regazo, como un niño pequeño. Bromea con soltarlo y saltamos de la silla entre risas, sobre todo Nuria que ya tuvo con el bicho sus más y sus menos.

Cenamos juntos Toni, Nuria, Eva y yo. Toni es un hombre de aspecto fuerte y grande, ya tiene nietos, fue paracaidista, al parecer sufrió un infarto hace algún tiempo, y es por eso que las cuestas las toma con calma, pero en llano y cuesta abajo no hay quien le pille. Me sorprenden las chicas tan distintas y cómo se complementan. Nuria es muy vital, y parece que le gustan los deportes de riesgo: voló en parapente, se tiró en paracaídas y practica el buceo. Eva por su parte parece más tranquila, habla unos cuantos idiomas, entre ellos el japonés. Tienen algo especial que me gusta.

A última hora, llegan dos hombres extranjeros que se mantienen un poco al margen de nosotros. Agotados nos vamos a la cama, felices y contentos, no sin antes prometerle a la señora Julia tocarle a la puerta si por la mañana nos levantamos antes que ella.

Etapa 3: La Laguna-Samos


(Imagen: Monasterio de Samos)

Jueves, 11 de junio de 2009

Aún no son las siete cuando bajamos al bar, y ya está Divina trasteando. Nos prepara un exquisito desayuno: zumo de naranja, tostadas y café, y menuda cantidad de tostadas, creo que con eso voy bien servida hasta la hora de la cena. Les deseo buen camino a los ciclistas franceses, y agradezco la buena compañía al que me cayó del cielo, me quedo haciendo unos estiramientos antes de encarar las últimas cuestas hasta O Cebreiro.

A estas horas estoy descansada y no me cuesta mucho llegar arriba. Visito la Iglesia y me siento un poco a admirar el paisaje que se abre ante mis ojos. Se está tan bien allí con el frescor de la mañana que da pereza continuar caminando. Me tomo un café mientras remoloneo un poco y aprovecho para llamar a casa. Les doy un poco de envidia explicándoles dónde me encuentro y confirmo que ya todo está en orden: sin novedad en el frente.

Y otra vez dos altos maldigo entre dientes. Al de San Roque llego más o menos descansada y vuelvo a hacer una paradita en Hospital de la Condesa. Estoy decidida a parar las veces que haga falta, la etapa de hoy es larga y hay que tomarla con tranquilidad. El Alto del Poio es algo más duro, sobre todo porque el sol ha decidido hacernos compañía y empieza a calentar con ganas. Me encuentro con algunos peregrinos sudando y agotados, unos y otros vamos parando para tomar aliento después de cada cuesta. Puedo distinguir por fin la cumbre, creí que no llegaba.

Me siento en la terraza del bar que hay nada más llegar arriba, al lado de la carretera, y pido un bocadillo de jamón. A mi alrededor la gente bromea y ríe con satisfacción, sus rostros reflejan euforia después del esfuerzo. Un grupo de jóvenes ciclistas gaditanos acaban de tomar asiento muy cerca de mí, la subida por carretera no es una tontería y ellos comentan entre risas y quejas su dureza. Aún no han acabado de pedir sus bocatas cuando aparece una pareja de alemanes algo mayores, ella después confiesa haber cumplido los 72 años y el hombre 74. Saludan alegremente a los de Cádiz y ellos se hacen cruces. “Que no pue ser, me tienen desmoralizao” comenta uno con su gracejo andaluz, “que tienen que llevar un motor o algo”, dice otro. Todos estamos pendientes de ellos, los alemanes no dejan de sonreír y los jovencitos erre que erre: “Tos los días igual con la pareja, les pasamos como una máquina, y en cuanto paramos a descansar… zas, ya nos dieron alcance… mardita sea” Las sonrisas se convierten en puras carcajadas. Los chicos, aunque lo dicen bromeando, creo yo que en realidad se sienten un poquito tocados en su amor propio. Y yo me alegro por la pareja alemana, más que nada porque por edad estoy más cerca de ellos que de los otros, y admiro su tesón.

Mimos a mis pies y emprendo el camino hacia Triacastela. Aflojo un poco el paso para que me pasen otra vez la pareja del carro y su cuñado que como siempre van escandalizando, ahora están poniendo verde a una francesa que según ellos hace el camino mitad andando y mitad en coche, luego resultaría que estaban totalmente equivocados ¿por qué no mantendrán la boca cerrada?

La bajada a Triacastela se me hace algo pesada, el sendero está muy despejado y me da el sol de pleno, por su lado las rodillas se resienten, sobre todo la derecha en la que ya empiezo a sentir alguna molestia. Por fin, allá a lo lejos, distingo el pueblo. Cuando entro, tengo la sensación de que es un lugar turístico cualquiera de la costa, pero sin playa, la calle principal está plagada de terrazas llenas de gente. Sigo sin parar hasta la Iglesia. Allí, justo enfrente, en la sombra hay un banco de piedra. Dejo la mochila y entro en la Iglesia, fresca y en penumbra. A su alrededor, el cementerio está precioso, es la festividad del Corpus y las tumbas están llenas de flores. Me gustan estos cementerios, con su pequeña iglesia en el centro. Yo, que soy partidaria acérrima de la incineración me sorprendo pensando qué tranquilos deben estar aquí los muertos.

Me siento en el banco y me descalzo. Mientras como unas nueces y unas pasas, llamo a mi madre. Desde que me marché no hablé con ella y estaba preocupada porque venía sola. De haberlo sabido antes es capaz de colgarse la mochila a la espalda y venir acompañándome. Se alegra mucho al oírme y me paso más de media hora contándole donde estoy y lo que he hecho. Son las cuatro, podía quedarme hoy aquí, pero no, quiero pasar la noche en Samos, en el Monasterio. Recojo las cosas y me pongo en camino.

No pasa mucho tiempo y me doy cuenta que el dolor en la rodilla derecha se acentúa y empiezo a cojear. El sol calienta de lo lindo y sólo da un respiro cuando entro en algún sendero que lleva a los pueblos que hay en el camino. Hago otra parada en un bar para tomar un Aquarius, y Samos que no llega, se me está haciendo eterno. Llega un momento en que me canso de subir y bajar para pasar por pequeñas aldeas en que sólo me encuentro con algún perro dormitando en mitad del camino, y decido seguir por la carretera. No me doy cuenta de que el sol me da de lleno en la espalda y acabo con las pantorrillas tostadas como muslos de pollo.

Cuando por fin avisto Samos, estoy hecha polvo, quemada y cojeando debo dar lástima a los camioneros que pasan a mi lado a toda velocidad. El Monasterio, se alza imponente ante mis ojos. Me planto en la puerta y el hospitalero se levanta de la silla en que estaba sentado. No puedo más, le digo, y el hombre sonriendo me quita la mochila de la espalda. Tranquila, ya puedes descansar, me dice con voz amable. Y ese gesto, esa sencilla frase hacen que me olvide de un plumazo de todo el cansancio que arrastro. Son las 8 y media de la tarde.

Llevo mi mochila hasta la última litera, junto a una puerta. Debajo de mí está una chinita con la que coincidí en Villafranca, que me recibe con una sonrisa. Me doy una ducha y salgo a dar una vuelta. Saco dinero en un cajero para reponer existencias y ceno algo en un bar cercano. Luego me siento un rato en un banco, al lado del río, admirando el majestuoso Monasterio, mientras me fumo el último cigarrito de hoy.

Cuando estoy ya acostada en la litera, distingo las voces de Juan y la chica suiza de Villafranca. Mañana les saludaré, pienso antes de dormirme. Hoy no hay ronquidos ni ruidos que perturben mi sueño, estoy rendida. Y feliz.

jueves 25 de junio de 2009

Etapa 2: Villafranca del Bierzo-La Laguna


(Imagen: Sendero hacia La Laguna)


Miércoles, 10 de junio de 2009

El día amanece lluvioso. Desayuno en el comedor del albergue, un plátano y un yogur, saco un café de la máquina y salgo fuera, al porche, a tomarlo mientras me fumo un cigarro. Se está bien allí, viendo empezar el día, entre la niebla se distingue apenas la silueta de la Iglesia de Santiago, allá delante. Me apetece quedarme un buen rato, y al mismo tiempo siento la necesidad de empezar a andar cuanto antes, es una mezcla extraña de sentimientos. Charlo un poco con Juan y la de Vallecas, han hecho un pacto para dejar de fumar cuando lleguen a Santiago, no se yo si serán capaces de cumplirlo, yo ni me lo planteo, que no es bueno ya lo sé, pero ¿y lo que disfruto en este momento echando humo?. Hoy van hasta O Cebreiro, yo aún no lo tengo claro. Ayer por la noche comentaban que igual está difícil encontrar plaza en el único albergue que hay allí, al parecer es también punto de partida para algunos peregrinos que llegan en autobús, y la otra opción es seguir o coger una habitación en alguno de los hostales de la zona. Dicen que en La Laguna, dos kilómetros antes de O Cebreiro hay un albergue privado muy recomendable. Ya decidiré sobre la marcha.

La primera parte de esta etapa transcurre al lado de la carretera, por una especie de vía amarilla separada de aquella por un pequeño muro para seguridad del peregrino. Aún así no se hace aburrida pues me acompaña en todo momento el murmullo del río que discurre a mi izquierda. El paisaje también es agradable. Llueve. A veces a lo lejos distingo algún peregrino que, con el chubasquero, se asemeja a un pequeño caracol con la casa a cuestas. En ocasiones toca cruzar la carretera nacional para adentrarte en alguna de las aldeas que salpican el camino. Hago una parada en Trabadelo para visitar su iglesia y ponerme las polainas, pues me he puesto pantalones largos y se han empezado a mojar las perneras. Entro en el albergue a sellar y decido comer algo. En el pequeño comedor han encendido la chimenea y el ambiente es agradable. Pido un Aquarius, medio bocadillo de jamón y un café caliente.

Salgo de allí con fuerzas renovadas. Sigue lloviendo, pero no me molesta demasiado, se camina bien bajo la fina lluvia. Aún haré otra pequeña parada en Ruitelán antes de emprender la subida a La Faba. Me encuentro con un matrimonio que hablan siempre muy fuerte, el hombre arrastra un carro con las mochilas, pues al parecer ella tiene alguna lesión en la espalda, les acompaña su hermano y cuñado, un individuo chiquitín que parece que vaya siempre acelerado haciendo repiquetear sus bastones en el suelo. Cuesta poco forrar el pincho de metal como yo he hecho, me pone nerviosa ese tac,tac,tac, continuo. Hago tiempo para que se vayan mientras compruebo que mis pies, afortunadamente, están perfectos, ni rastro de las temidas ampollas, aún así les prodigo toda clase de cuidados esperando lo agradezcan.

Y empieza la subida a la Faba. Lo mío no son las cuestas, no estoy entrenada para ellas. Y no es por fumar, no es la respiración lo que me falla, son los gemelos que se niegan a tanto estiramiento. Cuando creo que ya he subido bastante y después de esa curva vendrá algún trecho llano, otra cuesta, no voy a poder, me digo, pero puedo. Y luego viene otra, y otra más. El camino es precioso. Subiendo los empinados senderos tengo la sensación de ser la única habitante del planeta, sólo escucho el canto de los pájaros y los crujidos casi imperceptibles de pequeños animales escondiéndose entre los árboles o las plantas. Se que si me siento unos minutos en cualquier piedra del camino aparecerá otro peregrino, lo se, pero la sensación de soledad es inmensa.

Por fin llego a La Faba. Deja de llover y parece que el sol intenta abrirse paso entre las nubes. Me siento en un banco de un pequeño bar que hay allí mismo. Charlo con dos parejas de novios, españoles, que han pedido un taxi para llevar a las chicas a O Cebreiro, están rendidas y no pueden seguir. Al rato llega una señora alemana, grande como un armario, sudorosa y con el rostro encarnado. Pregunta por señas donde queda el albergue, le indicamos el camino… otra que se queda.

Me armo de paciencia y acometo la subida a O Cebreiro. Los caminos están embarrados por la lluvia caída estos dos días y las botas empiezan a pesarme. Hay momentos en los que vuelve a acuciarme la pregunta ¿qué coño hago aquí? pero parece que los pies andan desconectados de mi cabeza y siguen dando un paso tras otro sin importarles lo que yo piense. Entonces, como salido de la nada, al tomar una curva aparece un ciclista arrastrando su bicicleta.

¿Qué haces por aquí? la pregunta me sale casi sin pensarla ¿no deberías subir por la carretera? Un paisano me dijo que podía subir por el sendero y mira, ahora ya no doy la vuelta. Supongo que en condiciones normales hubiera podido hacer ese camino con bicicleta, pero según está de barro resulta del todo imposible. Subimos charlando juntos y casi sin darnos cuenta llegamos a La Laguna. Mentalmente agradezco al hombre que le mando por aquél camino con la bicicleta, llegó como caído del cielo y sin él saberlo me ha sido de gran ayuda, estoy segura de que me hubiese costado mucho más subir sola con lo cansada que estaba. Busco el reloj que guardé en la bandolera, siempre me lo quito para caminar pues empiezo a regirme por lo que me pide el cuerpo: si estoy cansada descanso, si tengo hambre como, independientemente de la hora que sea. Son las cuatro de la tarde, creo que por hoy ya caminé bastante.

A la puerta del albergue Escuela, está Patricia, me dice que tiene camas libres, que ahora sale la dueña, Divina, que hace honor a su nombre por simpática, amable, buena persona y excelente cocinera. Decido quedarme, y conmigo, el ciclista caído del cielo. Es madrileño, no recuerdo si me dijo su nombre. Nos toca dormir en la buhardilla que es una preciosidad. Los techos con vigas inclinadas de madera, ocho camas pequeñas, un cuarto de baño, y una ventana desde la que se puede admirar una preciosa vista. Nos acompañan cuatro franceses, tres más mayores van en grupo y uno más jovencito que va sólo, y otro más que llega algo más tarde que nosotros.

Como parece que vuelve a llover, pregunto a Divina si tiene lavadora. Ella misma se hace cargo de la ropa en su casa, así que le entrego la colada para lavar y secar, después de regalarme una buena ducha de agua caliente. Como ya es media tarde decido esperar un poco y cenar sobre las siete o siete y media, mientras tanto me tomo un orujo tostado que me recomienda Patricia. En el bar, hay un grupo de ciclistas españoles que ocupan otra habitación del albergue.

Mi ciclista y yo cenamos sopas de ajo y un guisadito de carne con patatas, mientras en la mesa contigua lo hacen los franceses entre risas y whiskys, no dejan de fotografiar a Patricia que se esconde como puede tras la barra. El ambiente es distendido y muy agradable.

Cuando nos retiramos a dormir, después de recoger la ropa seca, pienso que menuda noche me espera de ronquidos, después de los chupitos de whisky que mis compañeros de habitación se echaron al “coleto”, eso si no van con ganas de juerga. Pero no, son buenos chicos, y en un momento están todos acostados y en silencio. La lluvia repiquetea en los cristales de la ventana, y yo tengo un sueño erótico. Con nadie en particular, sólo es un sueño, pero por la mañana temo que se me haya escapado algún gemido, no sé, soy incapaz de saber si tuve un orgasmo real o sólo lo soñé. Maldito subconsciente que va a su puta bola.

martes 23 de junio de 2009

Etapa 1: Ponferrada-Villafranca del Bierzo


(Imagen: Colegiata de Villafranca del Bierzo)

Martes, 9 de junio de 2009

Desde el jardín del albergue de Ponferrada, veo el bar en el que cené anoche, está cerrado. Decido, entonces, tomar un café de máquina y desayunar un poco más tarde. Son las 7 de la mañana cuando salgo de allí. Antes de tomar el camino de flechas amarillas quiero acercarme hasta el Castillo y hacer unas fotos. Ayer no tuve demasiado tiempo, si llego a tardar un poco más me encuentro cerrado el albergue. El día está nublado y aún no he salido de Ponferrada cuando empieza a “orbayar”, es una lluvia muy fina pero constante, por lo que paro un momento en un parque cercano y me pongo el chubasquero.

Salgo por Compostilla, el corazón industrial de Ponferrada, y atravieso luego una especie de urbanización. Cuando llego a Columbrianos arrecia la lluvia y decido parar a desayunar en un bar en cuyas puertas ya descansan algunas mochilas, allí empiezo a reconocer algunos rostros de peregrinos que pernoctaron en el albergue de Ponferrada. Ocupo una de las mesas de la calle, bajo un toldo. Estoy frente a la Iglesia y me entretengo observando un nido de cigüeñas. Aprovecho para llamar a casa, antes de que el enano salga para el Instituto. Le doy los buenos días y parece que ya está mucho más tranquilo, lo que hace que me sienta mejor.

Me pongo de nuevo en marcha por el llamado Camino Real. Atravieso Fuentes Nuevas y Camponaraya, camino de Cacabelos. De vez en cuando algunos rayos de sol atraviesan las nubes, pero creo que el día seguirá lluvioso. Allí, en Cacabelos, hago una parada en una de las áreas de descanso que iré encontrando a lo largo del Camino para que los peregrinos nos demos un respiro.

Me quito las botas y los calcetines, y dejo que mis pies descansen y se aireen, mientras picoteo nueces, pasas y algún trocito de chocolate. Luego me embadurno los pies con vaselina y me pongo un par de calcetines limpios, los otros los cuelgo en la mochila. El resto del camino transcurre entre viñas y cerezos por senderos tranquilos y con pocas dificultades.

Son las 13,30 cuando, casi sin darme cuenta y perseguida de nuevo por la lluvia, llego a Villafranca del Bierzo. A la entrada del pueblo está el Albergue Municipal, desde allí se divisan las iglesias de Santiago y San Francisco. Me atiende Nuria, la hospitalera, una chica simpática y amable que hace que me sienta como en casa, me indica la habitación y la litera que me ha tocado en suerte, en el primer piso. Es una habitación de 10 literas, con una gran balcón. Extiendo mi saco sobre la cama e inmediatamente me dirijo a las duchas. Pienso en hacer la colada, pero no tengo mucha ropa sucia y con el día tan malo que hace no tendré tiempo de secarla, así que decido dejarla para el día siguiente.

Salgo del albergue con intención de bajar al pueblo a comer algo. Por el camino me encuentro con una chica alemana con la que coincidí en Ponferrada. Ella busca un supermercado y una panadería, yo un restaurante. Durante todo el Camino tomaré la costumbre de hacer un desayuno completo y una comida de menú diaria, el resto de la jornada picoteo fruta fresca, frutos secos o chocolate, cuando siento que empiezan a fallarme las fuerzas. Tomamos la dirección equivocada y nos damos cuenta de que por allí no encontraremos nada, así que decidimos dar la vuelta y me acerco a preguntar a una chica que vende cerezas. La alemana y yo nos entendemos por señas. La vendedora me recomienda el restaurante “La Compostela” y me informa de que las tiendas abren a las cinco de la tarde, lo que le explico a mi compañera que decide volver al albergue. Ella está en El Ave Fénix, un albergue privado cercano al Municipal.

La Compostela está situada en medio de una plaza y por la afluencia de público parece que deben tener buena cocina. Pido una caldo gallego y costillas a la plancha. La camarera se sorprende cuando le hablo en castellano, me dice que pensaba que era extranjera, algo que me pasará a menudo, aún no entiendo el motivo.

Cuando termino mi comida, exquisita, decido dar un paseo por Villafranca admirando su patrimonio artístico. Me impresiona la Colegiata. Hago tiempo mientras abren un pequeño supermercado donde compro plátanos y unos yogures para la cena. Volviendo al albergue aprovecho para visitar la Iglesia de Santiago, y su puerta del Perdón, llamada así porque el Papa Calixto III concedía a los peregrinos enfermos que pasaban por ella las mismas indulgencias que si hubieran llegado a Santiago. Admiro el Castillo de los Marqueses de Villafranca y la Iglesia de San Francisco.

Dejo mis provisiones en la nevera de la cocina y voy un rato al salón, donde están reunidos algunos peregrinos, al calor de la chimenea que Nuria ha encendido. El ambiente es cálido y acogedor. Allí conozco a Juan, un prejubilado de Zaragoza que viene desde Roncesvalles, y a una chica de Vallecas, simpática y extrovertida, que empezó también ayer en Ponferrada. Se une al grupo otra chica de Suiza que habla bastante bien español, ayudándose de vez en cuando del italiano.

Sobre las siete viene al albergue una fisioterapeuta por si alguien necesita un masaje. Charlamos alrededor del fuego y acabamos haciendo fotos del grupo de sesenta y tantos peregrinos reunidos allí, las quiere Nuria para colgarlas en una especie de tablón que hay en la pared. Después de cenar un plátano y un yogur, me voy a la cama. Como el día anterior, tardo un poco en conciliar el sueño, pero el cansancio por los 23 Kms recorridos vence por fin al insomnio y me quedo dormida.

lunes 22 de junio de 2009

Pre-etapa: Valencia-Ponferrada

(Castillo de Ponferrada)

Lunes, 8 de junio de 2009

He puesto el despertador a las 6 de la mañana, total para nada, no he pegado ojo en toda la noche, como quien dice. A las 5 y media estoy en pie. Me ducho, desayuno y aprovecho para dar un último repaso a la mochila y a lo que llevo en el pequeño bolso de bandolera: documentación, dinero, tarjeta, móvil, cámara de fotos…

Todos en casa se han despertado ya, andan nerviosos, sobre todo mi hijo que tampoco ha dormido bien esta noche, le noto angustiado y no puede contener las lágrimas. No es que él me vaya a echar más de menos que su padre o su hermana, es sólo que aún no sabe controlar las emociones. Tiene catorce años y está en plena efervescencia. Se que les preocupa que pueda pasarme algo, no saben que a donde voy no es frecuente que pase nada. Puedo entenderles, también yo siento un pellizco de temor, quizá, al embarcarme sola en esta aventura.

Me despido de mis hijos, les abrazo, intento tranquilizar al enano. No quiere preocuparme pero es incapaz de contenerse “no puedo evitarlo, mamá” me dice, y le entiendo. Mi marido me lleva a la estación. Esperamos a que llegue el autobús mientras tomamos un café. Nos despedimos y tomo asiento, él se va antes de que se ponga en marcha.

Pensé en coger algún libro o el mp3 para escuchar música, pero lo descarté, en parte por no llevar peso extra en la mochila, y también porque cuando llegue a los albergues prefiero observar, escuchar, charlar con los otros peregrinos. También tenía la intención de escribir cada noche la crónica diaria y tampoco lo hice. En el trayecto que me lleva a Madrid me distraigo mirando el paisaje y perdiéndome en mis pensamientos.

Hacemos una parada de media hora y aprovecho para tomar un café. No acabamos de arrancar cuando a un pasajero le sobreviene una urgencia. Siento lástima del pobre hombre que se acerca abochornado al conductor para pedirle que pare en alguna gasolinera para ir al servicio. La gente murmura, y a alguno se le escapa una protesta ¿qué más les dará llegar cinco minutos antes o después? Me gustaría verles en su lugar.

Llegamos a Madrid y me acerco a consigna para dejar la mochila. Tengo tres horas libres y no me apetece quedarme allí. Las estaciones de autobuses me deprimen, todo lo contrario de lo que me sucede con las de trenes. Una vez libre del peso de la mochila, salgo a la calle. Tampoco puedo ir muy lejos, así que me dirijo por la Avenida Méndez Álvaro arriba sin una dirección determinada. Me siento en el banco de un pequeño parque y llamo a casa. Mi hijo no se encontraba bien y han tenido que ir a recogerle al instituto. Mi hija me dice que no me preocupe: se le pasará. Hablo con él un rato y parece que ya está más tranquilo. Cuando cuelgo el teléfono tengo un nudo en la garganta y unas inmensas ganas de llorar. No puedo evitar preguntarme ¿qué estoy haciendo aquí? Una voz interior me responde: haciendo tu deseo realidad.

Encuentro un pequeño bar que me gusta por su agradable aspecto. La Fuente, se llama. Entro y pido el menú del día: ensalada y rodaballo. No me equivoco en mi apreciación, al poco rato se llena de grupos de trabajadores, la cocina es muy buena y los precios asequibles. Es hora de volver a la estación.

Recojo la mochila y busco el autobús que me llevará hasta Ponferrada. El viaje se hace un poco largo pues tiene paradas en muchos pueblos. Cuando por fin llego a mi destino son casi las nueve de la noche. Ahora tengo que encontrar el albergue de peregrinos, y para ello atravieso toda la ciudad. Cerca del Castillo se encuentra la Parroquia de nuestra Señora de la Encina, y allí mismo está el albergue.

Es un edificio rectangular con un bonito jardín donde conversan algunos peregrinos. Los hospitaleros son alemanes. La mujer me pide la credencial y estampa con mucho cuidado mi primer sello mientras alza el pulgar con una sonrisa. Tiene capacidad para doscientas plazas, así que no tengo problema para dormir allí. El hombre me acompaña a la sala donde se alinean un montón de literas y me indica cual es la mía. Como estoy un poco perdida, hago lo que veo hacer a todo el mundo. Extraigo mi saco de dormir de la mochila y lo extiendo sobre la cama, luego voy a darme una ducha. Después me acerco a un pequeño bar que está casi enfrente y ceno algo antes de volver al albergue a acostarme. A las 10 de la noche se cierran las puertas, y a las 10 y media se apagan las luces.

Tardo un rato en coger el sueño, hasta que poco a poco todo se va quedando en silencio y consigo dormir a trompicones, hasta las 5 de la mañana en que empiezan a verse algunas linternas. Me obligo a quedarme un rato más en la cama, y sobre las 6 comienzo también a prepararme para empezar realmente el Camino. No he necesitado despertador, esa será la tónica habitual de cada día.

sábado 20 de junio de 2009

Olvidados recuerdos


No podía recordar la dulzura de sus besos. Eso es lo que pensaba mientras veía pasar los días, entre conversación y conversación. En los momentos de silencio tras las risas, esos en que inspiramos profundamente para reír de nuevo. Eso es lo que pensaba: no podía recordar la dulzura de sus besos.

Y de pronto, ahí estaba, el ligero aleteo de su boca, el roce perfecto, humedad apenas perceptible en el pequeño resquicio de labios entreabiertos.

Me encontré otra vez prendida de sus ojos, apresada tras sus largas pestañas como rejas, dudando entre el intento de buscar en su mirada respuesta a mis preguntas, o seguir alimentando esa esperanza incierta, ese nervioso afán que de alguna manera me mantiene en volandas, a dos palmos del suelo. Ni vuelo ni aterrizo, planeo cual gaviota buscando su alimento, esquivando los cuerpos de aquellos que caminan hacia una meta cierta.

Recordé, en un momento, cientos, miles de besos, y caricias, y juegos, secretos susurrados, indecentes placeres, el olor del deseo, el sabor de su piel, su tersura, el calor de su abrazo y su voz en mi oído, y su mano en mi sexo.

Tras la puerta cerrada de un lavabo cualquiera, sentada en un rincón, recordé todo eso. Llamaron a la puerta. Ocupado, un momento, respondí con voz trémula. Quizá en el otro lado se escucharon gemidos, quizá pensaron que... estaban en lo cierto.

miércoles 17 de junio de 2009

De vuelta a casa


(Imagen: Botas de Van Gogh)


Estoy de nuevo en casa. La experiencia ha sido dura pero gratificante, muy gratificante. Ante todo un recuerdo y agradecimiento al puñadito de personas que han hecho que estos días hayan sido especiales: Nuria, Eva, Mariví, Tere y Alberto (se que váis a leer esto) y a un gran número de ellos que me acompañaron en algunos momentos de la aventura: Juan, la madrileña de Alcobendas, Toni, Pepe, la pareja de Valencia, el ciclista salido de la nada, Enriqueta la alemana, y decenas y decenas de hombres y mujeres de todas las nacionalidades, con los que compartí albergues y camino, dolores y emociones, a los hospitaleros que supieron dedicarme el gesto amable que necesitaba y la sonrisa cálida... a todo ellos, gracias.
Y a vosotros, que habéis pasado por aquí estos días, manteniendo vivo el Patio.
Iré contando lo acaecido en estos días repletos de sensaciones, despacito... paso a paso.
Una vez más, gracias.