Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

domingo, 15 de junio de 2008

Si el destino viene de frente... cambia de carril.


Era un hombre solitario. Nadie sabía muy bien si vivía feliz con su soledad o le venía impuesta, ya que él no dejaba que nadie se inmiscuyera en sus sentimientos. Nunca había querido comprometerse en una relación, disfrutaba conquistando, enamorando, y luego... perdía el interés por la persona que poco tiempo antes había ocupado todas sus energías. Así, fue dejando desperdigados por doquier: sentimientos heridos, rencores y desilusiones. No le importaba demasiado ni sentía remordimientos, sabía que siempre podía encontrar corazones a los que enamorar.

Aquella tarde, Tomás, se sentía inquieto, quizá por la falta de actividad sexual y de conquista en la que se debatía últimamente. Echó una ojeada a su agenda y eligió al azar a una, de entre las tres o cuatro mujeres a las que tenía en su punto de mira. Cogió el móvil y marco un número. Una voz desconocida contestó al otro lado:

- Diga.
- Perdón, ¿Sara?
- No, lo siento, te has equivocado.
- Eso me había parecido al escuchar tu voz, no me sonaba conocida. Perdona.
- Nada, tranquilo, estás perdonado.

María cortó la comunicación con un mohín de disgusto. "Número equivocado... mierda" dijo en voz alta. Por un momento al escuchar el sonido del móvil pensó que era Alfredo, ese cabrón ¡cómo lo odiaba! Después de diez años de convivencia el muy hijo de puta le dice que se enamoró de otra mujer: "te quiero mucho, María, yo no lo busqué te lo juro, pero así son las cosas". Y ella se quedó echa una mierda, sin ganas de vivir. Llevaba una semana sin salir de casa, mintiendo en el trabajo. Depresión, diagnosticó el doctor. ¡Malditos hombres! todos eran iguales.

Tomás se quedó mirando el teléfono, y comprobó el número marcado. Efectivamente, se había equivocado en la última cifra. Esa voz dulce y sensual se le había metido en el cerebro. Volvió a mirar el número que había marcado por error y se dispuso a guardarlo en la agenda "¿cómo te llamaré? -pensó. Tecleó: DESTINO, y se felicitó por la ocurrencia.

Al cabo de unos días, y sin haber podido olvidar la voz de la mujer, marcó el número de nuevo y desplegó todas sus dotes de conquistador.

María necesitaba que alguien la sacase de su apatía, y cuando recibió la llamada de aquel desconocido no lo pensó mucho y se dejó llevar por la agradable sensación de interesar a alguien.

Empezaron mandándose e-mails, hablando por teléfono, intercambiando fotografías. Descubrieron que vivían relativamente cerca, así que decidieron que había llegado el momento de conocerse.

Fue una tarde de primavera y los dos se sintieron a gusto juntos, como si hubiesen nacido el uno para el otro. Esa misma noche tuvieron un inolvidable encuentro sexual del que salieron exhaustos y satisfechos.

Tomás estaba confundido, jamás había sentido nada igual por otra mujer y por primera vez en su vida, no se aburría. Pensaba en ella a todas horas ansiando el momento para escuchar su voz o esperando verla. Se levantaba a las siete de la mañana para mirar el correo antes de acudir al trabajo, y así empaparse con sus palabras.

María sonreía satisfecha pensando en su venganza. Tomás iba a pagar todo el daño que le había causado Alfredo. Vale, igual eso no era justo, pero tampoco él era un santo. Le había contado todos los amoríos que había tenido y no pareció importarle el sufrimiento que causó a esas mujeres. Pues bien, ahora probaría de su propia medicina.

Esa mañana Tomás abrió el correo temblando de ilusión, esperaba que ella le confirmase la cita para esa noche. El día antes le había comprado un anillo para pedirle que se casara con él. Sí, tenía una carta. Empezó a leer y su rostro comenzó a quedarse pálido a la vez que le faltaba la respiración. María le decía que no sentía nada por él, se burlaba de un modo cruel de sus palabras, sus caricias, sus besos. Se mofaba de él como hombre y como amante haciéndole saber que fingía sus orgasmos, que le daba asco su cuerpo. No podía seguir leyendo. Desesperado marcó su número de teléfono y una voz metálica le contestó que el abonado había cambiado de número. Se vistió a toda prisa y salió de casa. Tenía que ser una broma cruel, no podía ser verdad. Ella le había dado una dirección, pero cuando llegó, vio con horror que le había mentido, no era allí donde vivía. La buscó por todas partes, pero todo fue inútil.

Ha pasado un mes desde esa fatídica mañana. Tomás no sale de casa y no quiere ver a nadie. Se pasa los días frente al monitor de su pc, con el teléfono encima de la mesa... esperando. Los primeros días terminó con las reservas de alcohol y tabaco que tenía en casa, pero ni siquiera el "mono" de nicotina lo sacó de su letargo. Los ojos enrojecidos y resecos ya no lloran, y se ven rodeados de grandes ojeras oscuras. Sucio, sin afeitar, demacrado, sin comer apenas, deja pasar las horas esperando que suceda el milagro. Por su cabeza pasaron todos los pensamientos imaginables, hasta que hoy, al fin, una idea ha venido a ocupar por completo su mente.

Se levanta de la silla y con ella en la mano se dirige a la terraza de su apartamento. La acerca a la barandilla y sube. Empieza a amanecer y la ciudad comienza a desperezarse. Cierra los ojos y abre los brazos, imaginando por un momento que son dos enormes alas que brillan bañadas por las primeras luces del sol. Sonríe y echa a volar. Sabe que va a encontrarse con su DESTINO.

(Junio 2005)

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