Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Regalo


No soportaba ser sólo yo la que amaba. Me negaba a seguir esperando sus palabras de amor. Y una noche decidí abandonarle, no sin antes escupir con rabia mi último adiós: “No tienes corazón” al tiempo que cerraba furiosa la puerta tras de mí.
No esperaba que viniese a buscarme, no esperaba disculpas, no esperaba palabras de amor… por eso resultó tan extraño recibir su regalo tres días después.
Era una caja bonita y pequeña, azul, con un lazo. Dentro, sobre un blanco impoluto, yacía inerte un corazón.
A su lado una nota: “Te equivocas, sí tengo corazón. Tenía”.

martes, 25 de noviembre de 2008

El último refugio (FINAL)



Al verle allí, despeinado y sudoroso, con una expresión de sorpresa en el rostro, los ojos brillantes de rabia y la mandíbula apretada, un escalofrío recorre mi cuerpo. A duras penas controlo el temblor de mis piernas y me dirijo a la cocina con la intención de comprobar el estado en que se encuentra Antón. Le oigo bajar las escaleras con rapidez mientras estoy agachada junto al cuerpo malherido. Sólo pienso en que tiene que verle un médico y en ganar tiempo para que los hombres de Ignacio lleguen a tiempo. Un fuerte tirón en el brazo me obliga a levantarme.

- ¿Dónde estabas? – me dice con rabia – te dije que te quedases aquí, esperándome, coge lo imprescindible y vámonos, no tenemos tiempo que perder.

Mientras habla yo permanezco mirando tercamente la garra que me sujeta el brazo, luego levanto los ojos hacia él intentando transmitir con ellos todo el odio que siento.

- ¿Qué le has hecho a Antón? Si le pasa algo juro que lo pagarás muy caro.
- No estás en disposición de jurar nada, y no te preocupes por ese viejo inválido, cuando estemos lejos de aquí puedes avisar a una ambulancia para que vengan a socorrerle, o ya le encontrará mañana la criada. No le hubiese pasado nada si me hubiera dicho donde encontrarte.
- Eres un hijo de puta. No voy a ir contigo a ninguna parte, a ninguna, Ernesto, vas a tener que matarme o aprovechar el tiempo y largarte antes de que te echen el guante.

Sin casi darme cuenta he dejado de temblar, no tengo miedo, una inmensa tranquilidad me embarga.

- Estás loca ¿qué estás diciendo? ¿crees que me he arriesgado a venir hasta aquí para irme ahora sin ti? Eres mi mujer, me debes la vida, desgraciada.
- Te debo la humillación, la agonía, el asco de lo que he vivido estos años a tu lado. Te debo el sufrimiento de mis padres, los castigos a los que sometieron mi cuerpo y mi mente, el engaño, la mentira. Lo único por lo que merece la pena seguir viviendo está aquí: es ese hombre que yace en el suelo, esta casa y mis recuerdos. Puedes llevarme a la fuerza contigo y vigilarme cada minuto de tu vida, porque en cuanto bajes la guardia me escaparé, me mataré, te denunciaré a la justicia o te pegaré un tiro. Puedes coger todo lo que poseemos y largarte para no volver jamás. O puedes matarme ahora, en este momento. Tú eliges.

Se ha quedado un instante en silencio, dudando, como si no acabase de creer lo que está oyendo. Del cinturón saca una pistola, me mira, y me apunta con ella. Mis ojos se cruzan con los suyos un instante, tan solo un segundo, luego los cierro lentamente.

Un fuerte estampido retumba en mis oídos y cuando abro los ojos Ernesto está en el suelo, herido, y tres hombres uniformados le apuntan con sus armas.

- Eva, Eva ¿estás bien?

Es Mario que viene corriendo hacia mí con los brazos abiertos.
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Han pasado ocho meses desde aquella horrible noche. No hace mucho que acabaron los juicios contra los responsables de tanto sufrimiento. Ernesto era uno de los juzgados y condenados por los crímenes y las injusticias cometidas, pasará el resto de su vida en la cárcel junto con otros muchos inculpados. El Presidente se encuentra desaparecido, posiblemente consiguió escapar, pero la justicia no cejará en el empeño de encontrarle. Tras las elecciones, el nuevo gobierno intenta que el país vuelva a la normalidad.

- ¿Se puede saber que estás haciendo, rapacina?
- Siempre igual, te voy a comprar unos cascabeles y ponerlos en la silla, a ver si así te oigo llegar… ¿tu qué crees que estoy haciendo? – le digo mientras acaricio a Cándida y le paso el cepillo sobre el pelo reluciente.
- Deberías reposar un poco, con esa barriga no se cómo puedes andar de acá para allá todo el día.

Me acaricio lentamente la panza y noto los suaves movimientos de mi hijo, ya sólo falta un mes para que nazca, se llamará Mario, como su padre.

En ese momento llegan Fidel y Tomás, dos trabajadores que hemos contratado, con el camión en el que transportan al nuevo semental que hemos comprado. Saber que estaba embarazada me dio las fuerzas que necesitaba para empezar una nueva vida, decidimos dedicarnos a la cría de caballos y el ejemplar que están descargando es el comienzo.

- Ven, entra en casa – me dice Antón sonriendo.
- Espera un poco ¿a qué vienen tantas prisas?
- Anda, ven un momento, quiero enseñarte algo.
- Está bien… Fidel, llévalo a la cuadra, luego voy a darle la bienvenida.

Antón y yo nos dirigimos a la casa. Al llegar ante la puerta me hace señas para que entre primero y al cruzar el umbral un aroma casi olvidado despierta en mí una extraña sensación. Con paso rápido y olfateando sigo el rastro de aquel perfume mientras cientos de recuerdos se agolpan de pronto en mi cabeza. Me asomo a la puerta de la cocina y allí están mi padre y mi madre, con los ojos llenos de lágrimas y la alegría iluminando su rostro.

Tras ellos Mario exhibe esa pícara sonrisa del niño que acaba de cometer una travesura. Ahora entiendo por qué estos días andaban los dos con tanto secretito. Es mi madre la primera que me abraza, envolviéndome con su olor, y las dos nos echamos a reír cuando ella tropieza en mi barriga, luego mi padre se une a nosotras entre risas y lágrimas. Es lo único que me faltaba para sentir que por fin he vuelto a casa, a mi refugio.

PD. Gracias a los que habéis seguido la historia por vuestra paciencia. Prometo firmemente que las próximas serán cortitas.

Des.

viernes, 21 de noviembre de 2008

El último refugio (XXV)



Camino en silencio, atenta a los ténues sonidos que percibo, afortunadamente la luna ilumina los suficiente para ver por donde ando, tendría que haber cogido alguna linterna pero si hay alguien en la casa su reflejo podría delatarme. Voy pensando qué haré cuando llegue, no puedo entrar tranquilamente por la puerta principal, entonces recuerdo el antiguo pasadizo de la bodega, no se cómo pude olvidarlo ¡maldita sea! podría haber sido el lugar perfecto para vigilar la llegada de Ernesto. Recuerdo que en el cobertizo donde están guardados los utensilios que se utilizan en la cuadra hay una vieja puerta que conduce directamente a una pequeña bodega excavada en la misma roca de la montaña donde mi abuelo guardaba sus mejores vinos. Siendo yo una niña se construyó un corredor desde ésta hasta la gran despensa que hay bajo la escalera que sube a las habitaciones, seguramente para ahorrarse el paseo hasta las cuadras cada vez que querían degustar alguna botella. Sólo recuerdo haber estado allí un par de veces, muerto el abuelo la bodega dejó de utilizarse. Estoy segura de que Ernesto no sabe nada de su existencia pues yo jamás lo mencioné.

Aminoro el paso cuando empiezo a divisar la casa, dejo el sendero y bajo atravesando los prados, ocultándome de la vista de cualquiera que pudiese estar vigilando. Sólo espero que Cándida, la yegua, no relinche al notar mi presencia. Rodeo las cuadras con sumo cuidado hasta llegar al cobertizo pegado a ellas, afortunadamente nunca cerramos la puerta con candado ni nada parecido, la empujo suavemente y me cuelo dentro. Espero unos instantes para que mis ojos se acostumbren a la oscuridad del habitáculo e intento orientarme. La puerta del corredor quedaba justo enfrente de mí, doy pequeños pasos al tiempo que estiro los brazos hacia delante para no tropezar con nada. Ahora sí que necesitaría una linterna. Los minutos que tardo en tocar con las manos la tosca madera se me hacen interminables, voy palpando su superficie hasta dar con el pestillo que la abre. No quiero pensar en los bichos que pueda haber ahí dentro.

El olor a humedad se cuela por las fosas nasales y el frío de la roca me penetra los huesos. Tanteo alrededor del quicio de la puerta y se obra el milagro: mi mano tropieza con un interruptor de luz, lo sabía, cuando mi abuelo hacía algo, lo hacía a conciencia. Ruego en silencio que no se haya estropeado la instalación eléctrica mientras lo acciono. Una tenue luz, suficiente para iluminar el camino, se enciende ante mis ojos. Cierro tras de mí la puerta, no vaya a ser que a alguien se le ocurra entrar en el cobertizo y se la encuentre abierta. El pasadizo sigue en línea recta y luego un pequeño recodo me lleva directo a la bodega donde el olor a vino se hace patente. Todavía quedan botellas cubiertas de polvo que permanecen acostadas en los huecos de los botelleros de madera. En un rincón vacío está la puerta que conduce a la casa. La abro y echo a andar por el estrecho corredor al final del cual está la despensa. Una vez allí, busco nuevamente el interruptor que apague la luz, no quiero que se filtre por debajo de la puerta. No es probable que a nadie, si realmente hay alguien más que Antón en la casa, se le ocurra entrar en la despensa pero cualquier precaución es poca. Tengo miedo.
Antes de entrar en la despensa acerco el oído a la puerta. Al otro lado reina un silencio absoluto, tanto que tengo la sensación que puedo oír los latidos del corazón. Abro despacio y asomo poco poco la cabeza. Ahora una mezcla de olores: queso, embutidos, hierbas, manzanas, patatas, legumbres… me recibe. Vuelvo a escuchar a través de la puerta intentando calmarme. Silencio. Tengo puesta la mano en el picaporte, a punto de girarlo, cuando me parece escuchar rumor de pasos ¿pasos? Alguien está en la casa, Antón no puede caminar. Contengo la respiración. Vienen de arriba. No lo pienso un segundo: abro la puerta y me deslizo rápidamente hasta la habitación de Antón. Está vacía. Otra vez escucho ruidos arriba, alguien está abriendo y cerrando puertas y cajones, pasos rápidos, sonido de cristales rotos ¿dónde está Antón? ¿qué han hecho con él?.

Desde la habitación de Antón paso rápidamente a la cocina donde una luz permanece encendida ¡díos mío! está tirado en el suelo, parece muerto, al lado de su cabeza un charco de sangre que mana de una brecha abierta sobre la sien izquierda. Ahogando un grito de espanto me acerco a él, está vivo, aún respira. Decidida salgo hacia la puerta, ahora o nunca. En la entrada me muevo ante la cámara rogando que me capte, y aún sin entrar en la casa, grito con todas mis fuerzas: “Ernesto, no busques más, estoy aquí”. Mario, por díos, ven a salvarnos, pienso justo en el instante en que mi marido aparece en lo alto de la escalera.

(Continuará)

martes, 11 de noviembre de 2008

El último refugio (XXIV)

Estoy bien así, con la nariz pegada a su cuello, dejándome inundar por el suave aroma de su piel. Casi sin darme cuenta mis dedos se deslizan por su pecho jugando con el escaso vello que lo cubre, dibujan pequeños círculos que poco a poco van agrandando su contorno hasta rozar suavemente sus pezones, Mario se remueve inquieto y me doy cuenta de que ha empezado a excitarse. Me separo un poco de él y le miro, leo el deseo asomando a sus ojos. Lentamente acerco mis labios a los suyos y como si ese contacto fuese el pistoletazo de salida, nuestros cuerpos se lanzan en frenética carrera, desbocados. Las bocas se muerden, las lenguas se entrelazan, se mezclan las salivas. Con un rápido movimiento me siento sobre él con las piernas abiertas apretando mi sexo contra el suyo que palpita aprisionado bajo la tela del pantalón. Le quito la camisa mientras él hace lo mismo con la chaqueta de mi pijama. Siento entonces su boca lamiendo y succionando mis pezones y gimo de placer, sus labios queman. Mientras él sigue amasando mis pechos, desabrocho la bragueta de su pantalón y libro de la opresión, su pene erecto. Bajo mis pantalones hasta los tobillos y me siento sobre él, dejando que resbale hasta lo más profundo de mi sexo. No dejamos de mirarnos fijamente mientras nuestros cuerpos se mueven con ritmo acompasado que poco a poco se acelera hasta volverse frenético. Luego, cuando el placer nos inunda con tal fuerza que durante un instante pareces perder la noción de la realidad, volvemos a unir nuestras bocas con un beso húmedo y profundo, casi eterno.

Me despierto sobresaltada y por un momento, no se bien dónde estoy. Miro a mi alrededor y empiezo a ubicarme poco a poco. Reparo en la manta que me cubre y en un instante vuelve el recuerdo de lo que pasó hace… ¿qué hora es?, pienso. Me desprendo de la manta y me fijo en la pantalla del ordenador, son las dos de la mañana y en mi casa parece que todo está tranquilo, pero ¿dónde está Mario?. Me acerco a la mesa y me doy cuenta que sobre ella hay un folio con algo escrito: “Tengo que salir, he recibido un aviso urgente, parece ser que algún cazador furtivo hirió una hembra de oso, voy con una patrulla para localizarla y ver qué podemos hacer. Volveré lo antes posible”.

Voy a la cocina a por un vaso de agua mientras no dejo de darle vueltas a lo que ha pasado, precisamente ahora lo que menos falta me hace es un enredo sentimental. Pero no, no ha sido nada de eso, no es más que un impulso sexual, los dos estamos tensos y nerviosos, han sido demasiadas emociones en poco tiempo, y necesitábamos simplemente deshacernos de tanta tensión, sí estoy segura, respondo en voz alta a una pregunta no formulada, es sólo un simple calentón, nada más que eso.

Me meto en la ducha. No ha sido un sueño, aún siento en mis pechos el calor de su boca y la humedad de su lengua lamiéndolos. No quiero dejarme llevar de nuevo por esos pensamientos, me enjabono con firmeza y permanezo un rato debajo del agua hasta que consigo relajarme. Sin saber muy bien por qué desecho el pijama y me visto con unos pantalones y un jersey fino de lana, y me calzo unas ligeras zapatillas de deporte.

No acostumbro a fumar pero enciendo un cigarrillo de un paquete olvidado en un cajón de la mesa de la cocina y vuelvo al salón. Miro fijamente la pantalla del ordenador, todo parece tranquilo allá abajo. Paseo ojeando los libros que Mario tiene desordenados por las estanterías, casi todos son sobre animales, alguna novela, un gran tomo trata en su totalidad sobre el continente africano… de pronto, me parece escuchar un suave relincho.Instintivamente vuelvo la mirada a la pantalla, no se si ese ruido ha venido de allí o de la cuadra donde duerme el caballo de Mario. Mi respiración empieza a acelerarse, una extraña congoja se me ha instalado en la boca del estómago. Intento escudriñar la imagen que me muestra el ordenador y no se si es mi imaginación, pero creo distinguir durante una décima de segundo un ligero destello en el interior de la casa, una luz muy suave como de una pequeña linterna o la fina línea de claridad que se cuela bajo la puerta de una habitación con la luz encendida.

En un impulso incontrolable salgo fuera, no se qué hacer y Mario que no llega. No ha sonado la alarma y no encuentro motivo suficiente para avisar a Ignacio, seguramente son imaginaciones mías pero, esta opresión en el pecho, este hormigueo, esta extraña sensación… Miro hacia el cielo en donde una gran luna brilla con todo su esplendor, y sin pensarlo más echo a andar por el pequeño sendero que lleva a mi casa…
(continuará)

lunes, 10 de noviembre de 2008

El último refugio (XXIII)



Duchada y con ropa limpia bajo las escaleras pensando en irme sin decirle nada, que se entere de una vez que estoy enfadada, cabreada y muerta de miedo. Al oírme, lleva su silla hasta la entrada de la cocina, yo hago como que no le veo y sigo caminando hacia la puerta, pero cuando estoy a punto de abrirla me vuelvo hacia él y corro a sus brazos. Lo hago con tanta fuerza que casi le tiro. Allí, acurrucada en su abrazo siento que nada malo puede pasarme, que tiene el pecho más acogedor y poderoso que jamás haya existido, me resisto a salir de su refugio. Él me empuja suavemente y me besa muy despacio en los labios, márchate, me dice, muy pronto todo esto habrá pasado, te lo prometo. Ahora sí me voy sin volverme a mirarle.

Por el camino de vuelta me cruzo con Mario que va a colocar las cámaras. Cuando estén listas nos llamará para que comprobemos que funcionan correctamente, luego comeremos un poco ¿tienes hambre? me dice, niego con la cabeza, y tras mirarnos unos instantes, sigo subiendo por el estrecho sendero. Al llegar a la casa me encuentro con Ignacio hablando con alguien por el móvil, me saluda con un guiño y sigue con su conversación. Yo me meto en la cocina a ver lo que encuentro para preparar algo de comida, estoy rebuscando en el frigorífico cuando Ignacio se asoma a la puerta.

- ¿Qué haces?
- Intento encontrar algo que echarse a la boca, seguro que Mario y tú estáis muertos de hambre.
- No lo había notado, pero ahora que lo dices… esos ruidos que escuché hace un momento deben ser los rugidos de mi estómago.
- ¡Vaya! Y yo que pensaba que era un oso pardo merodeando por aquí.
- Me alegra que lo tomes con humor, se que esto va a ser duro para ti pero también me consta que eres fuerte y no dudo que todo saldrá bien.
- Sólo temo por la seguridad de Antón y de Mario, lo que ocurra con Ernesto o conmigo no me importa, no quiero volver a ver a ese cabrón, nunca más, no me importa si se pudre en la cárcel, se larga al Caribe, o le meten un tiro entre ceja y ceja, sólo quiero olvidarme de él para siempre.
- Voy a ver si Mario termina con las cámaras y luego disfrutaremos sin más de una buena comida, seguro que encontrarás por ahí alguna cosa, aunque sea un pizza congelada o sardinas en conserva, creo que mi apetito no le hará ascos a nada.

Parece que comeremos algo mejor, encuentro una puchero de berzas con patatas guardado en la nevera, lo pongo a calentar en el fuego y me acerco al salón. En la pantalla del ordenador aparecen las imágenes de la entrada de mi casa con Mario y Antón gesticulando ante las cámaras. Ignacio les está dando instrucciones para solucionar algún pequeño problema con el sonido, que queda arreglado al cabo de un momento cuando sus voces llegan nítidas a través de los altavoces. Además conectan un dispositivo que hará saltar una alarma directamente al ordenador en el momento en que detecten cualquier movimiento. Cabe la posibilidad de que un pájaro o algún pequeño animal la active, pero las molestías que eso puede ocasionar se compensan con la seguridad de recibir el aviso sin tener que pasarse las veinticuatro horas pegados a la pantalla.

No tengo mucha hambre pero como un poco de aquel apetitoso puchero, bromeando con Mario que jura y perjura haber sido él el artífice del exquisito guiso. Tiene que explicarnos punto por punto cómo lo ha cocinado para que Ignacio y yo acabemos creyéndole, parece que el chico tiene algunas buenas cualidades aún por descubrir. A mitad de la tarde Ignacio se despide no sin antes darnos las últimas instrucciones. Habrá siempre preparado un pequeño grupo de hombres directamente a sus órdenes para dirigirse a mi casa en el momento en que demos la alerta, aunque de todos modos estaremos en contacto diario para comunicarnos cualquier novedad que pudiera producirse o para comprobar cualquer indicio o sospecha que pudiese llevarnos hasta Ernesto o sus hombres.

Luego Mario sale a hacer su ronda diaria por el bosque, hay algunas cosas que no puede dejar para el día siguiente, mientras yo rastreo noticias en el ordenador. Algunas páginas internacionales dan ya por hecho el golpe de estado que se avecina, pues es eso de lo que se trataba al fin y al cabo, ésta vez no son los militares los que se disponen a usurpar el poder a quien lo ostenta en este momento, es la oposición a ese gobierno, respaldada por un pueblo harto ya de una política de prohibiciones, castigos, venganzas y corrupción que ha coartado durante años su libertad, convirtiéndoles en un rebaño callado y obediente que se puede humillar y pisotear sin apenas protestas. En la televisión nacional reponen viejas series sin intentar siquiera aparentar normalidad, se han suprimido totalmente las noticias: política, sucesos, internacional, deportes… ni siquiera la metereología se salva de la quema, es como si de pronto viviésemos aislados del mundo.

Cuando vuelve Mario yo estoy medio dormida en el sofá, prepara un caldo bien caliente mientras insiste para que me vaya a la cama. Él piensa darse una ducha y quedarse en el sofá vigilando por si ocurre cualquier cosa. Es tan cabezota como su hermano, así que harta ya de discutir con él, me voy a la cama.

Doy vueltas y vueltas incapaz de coger el sueño, la modorra que tenía cuando Mario llegó parece haber desaparecido por completo.

- No puedo dormir.
- Pero… si estabas muerta de sueño hace un momento.
- Ya lo sé, pero ahora me he despejado y no paro de dar vueltas. Acuéstate tú, yo me quedaré aquí, si al final me duermo me despertará la alarma.
- No, si quieres quedarte, lo haremos los dos, anda, ven aquí, apóyate en mí y cierra los ojos, intenta descansar un rato.

Me tumbo de lado en el sofá y apoyo la cabeza en el hueco que se forma entre su hombro y su cuello, mientras él me envuelve entre sus brazos…
(Continuará)

domingo, 2 de noviembre de 2008

Me pregunto

Si las opiniones de Doña Sofia vertidas en el libro de Pilar Urbano fuesen contrarias a las que ha manifestado ¿se habría armado tanto revuelo?.
Si en lugar de estar en contra del aborto, o dicho de otro modo por los modernos de este país "interrupción voluntaria del embarazo", hubiese asegurado estar a favor ¿se habrían indignado de igual modo los que no desean que éste sea una elección totalmente libre de la mujer?
¿De qué encuestas saca Empar Pineda, portavoz de ACAI (Asociación de clínicas acreditadas para la interrupción voluntaria del embarazo) que la mayoría (¿el 51%, el 90%?)de la población está a favor del aborto?
¿En algún momento las declaraciones de Doña Sofía hacen pensar que no respeta a los homosexuales o lesbianas?
¿Tienen que gustarle por obligación las manifestaciones carnavalescas que monta todos los años este colectivo? ¿Dónde está el orgullo heterosexual, el de los sados, el de los masoquistas, el de los voyeurs, el de los onanistas...? La opción sexual ¿es un orgullo? o es algo íntimo (que no quiere decir que deba guardarse en secreto, si uno no quiere) que se practica con total normalidad siempre que se trate de personas mayores de edad y consensuadas.
También ha expresado estar en contra de la eutanasia y sin embargo, no he leído por ahí que las personas o asociaciones que están a favor de ella se hayan rasgado las vestiduras ¿por qué? ¿será porque el gobierno de España también está en contra de aprobarla? ¿quiere eso decir que sólo "escuecen" los comentarios contrarios a las leyes aprobadas o en vías de reforma de nuestro gobierno?... pensaba que se trataba de gobernantes demócratas, abiertos al diálogo, y con talante.
No entiendo a qué viene tanto alboroto. Se puede estar de acuerdo o no, con sus opiniones, en su totalidad o en parte, pero como persona creo que tiene todo el derecho a expresarlas.
Me hace gracia, aunque a veces sea para echarse a llorar, que cuando alguien no está de acuerdo con las ideas que un puñado de "intelectuales" que van de progresistas tratan de llevar a cabo, se le tache de homófobo, carca, fascista y una retahíla interminable de calificativos, despectivos en su mayoría, demostrando una falta de respeto total hacia las opiniones contrarias a las suyas. Parece que "su verdad" es la Verdad y pobre de aquel que ose decir lo contrario porque será insultado y vilipendiado, eso si no le queman en la hoguera, como en los mejores tiempos de la Inquisición.
Respeto, respeto y respeto, esa es la fórmula, incluso para las opiniones personales de una reina, que no tienen obligatoriamente que coincidir con las que tienen una parte de los españoles, son las suyas, única y exclusivamente, y está muy bien que se conozcan.
Me molesta que la "obliguen" a rectificar por no ser políticamente correctas, pero sea como sea, ahí se quedan para la posteridad, con un par.

lunes, 27 de octubre de 2008

El último refugio (XXII)


Acepto a regañadientes la decisión que según ellos es la más conveniente: debo permanecer aquí, en casa de Mario, día y noche, pues Ernesto puede presentarse en cualquier momento, si realmente piensa en venir a buscarme. Ignacio está convencido de que vendrá y no cree que tarde mucho, la situación es cada día más acuciante y tienen serios indicios de que de un momento a otro, el Presidente y algunos de sus hombres de confianza intentarán huir del país por todos los medios. Pienso que, naturalmente, no nos lo cuenta todo. Estoy convencida de que ya tienen planeado el golpe final al gobierno por eso está tan seguro de lo que dice.

Ha traído un par de cámaras diminutas que instalarán en la entrada de la casa para captar cualquier movimiento sospechoso, estarán conectadas al ordenador de Mario y podremos vigilar lo que ocurre en todo momento. Tengo miedo por Antón, no se de qué puede ser capaz Ernesto cuando no me encuentre, no va a creer que me fui sin más e intentará sonsacarle (no quiero pensar por qué medios) la verdad sobre mi paradero. Mario parece adivinar mis pensamientos e intenta tranquilizarme: “estará bien, no te preocupes” me dice en un susurro, pero yo siento una angustia que me oprime el pecho, como si una mano de hierro me hubiese atrapado el corazón y amenazase con hacerlo añicos.

Podríamos subirlo aquí, me atrevo a sugerir. Me miran los dos, desconcertados, Ignacio no se da cuenta de a quien me refiero, enzarzados como están en planear el modo en que daremos el aviso cuando Ernesto aparezca y el momento exacto en que intervendrán para su detención. Les miro esperando una respuesta. Mario se levanta y viene hacia mí, me abraza.

- Si no encuentra allí a Antón, Ernesto sospechará que algo está ocurriendo y se largará sin perder un minuto ¿quieres vivir toda la vida pendiente de que cualquier día vuelva a buscarte?
- No, pero tengo miedo, tengo miedo de que le haga daño.
- Antón no es un niño, sabrá defenderse, ganar tiempo…
- Está inválido ¿lo has olvidado?
- No, no lo he olvidado, y es mi hermano ¿recuerdas? la invalidez no le afecta al cerebro, te lo aseguro. Pero si quieres podemos preguntarle a él si quiere venir aquí o quedarse en la casa ¿le preguntamos?
- Estás jugando sucio, sabes muy bien lo que responderá.
- Bueno, pues puedes intentar convencerle. Si dice que sí, le subo en la moto, o a caballo, si se niega, aceptarás que se quede.
- Está bien.

Bajo andando hasta la casa, necesito darme una ducha y cambiarme de ropa. No se cuántos días tendré que permanecer allá arriba y no me puedo llevar nada, tiene que parecer que salí a dar una vuelta, o como mucho a pasar el día en la ciudad para que Ernesto pierda un tiempo precioso esperándome. Camino despacio y sin hacer ruido cuando veo a Antón salir de las cuadras. Espero un poco hasta asegurarme de que está sólo y que todo sigue como antes. Él me ha visto y me hace una seña con la mano para que me acerque.

- Hola, rapacina, empezaba a preocuparme, pasaste mucho tiempo ahí arriba.
- Sí, y creo que tendré que pasar mucho más. Ven adentro, tengo que decirte algo.
- Ve tú delante, no me gusta tenerte a mi espalda.
- ¿No querrás mirarme el culo? – y se lo muestro empinado casi delante de sus narices.
- No me provoques – y me da una suave palmada al tiempo que me empuja hacia la entrada.

Le cuento la conversación con Ignacio y que dentro de un rato bajará Mario a colocar las cámaras, él asiente ante cada una de las decisiones que hemos tomado. Y ahora no se cómo decirle que no quiero que se quede aquí sólo, no encuentro las palabras adecuadas para convencerle de que es la mejor decisión.

- No pierdas más el tiempo, debes cambiarte y subir a la casa. Si quieres comer algo creo que Carmina dejó comida preparada. Le dije que no hacía falta que viniese en unos días, no quiero tenerla por aquí merodeando.
- Antón, quiero que vengas conmigo, no puedo dejar que te quedes, no puedo permitir que corras ningún peligro.
- Rapacina, se cuidarme sólo.
- No lo dudo, pero no menosprecies a Ernesto, no le conoces lo suficiente, no sabes de lo que es capaz.
- Escúchame bien y no me repliques. Tú eres la persona más importante en mi vida y no permitiré que nada te ocurra si está en mis manos impedirlo. Vas a subir a tu habitación, vas a darte un buen baño, y cuando estés lista volverás a casa de Mario. No quiero volver a verte hasta que todo esto haya pasado ¿me oyes? No quiero verte por aquí.
- Te odio.
- Yo también te quiero.

Subo las escaleras de dos en dos, furiosa, maldito cabezota, si te ocurre algo, juro que te mato…
(Continuará)

domingo, 19 de octubre de 2008

Tania Alegria - IN VERSO



Conocí a Tania cuando empecé a dar mis primeros pasos en Internet. Yo era entonces como una niña que se sorprendía todos los días de las impresionantes oportunidades de comunicación que la red me brindaba, me asombraba de poder comunicarme al instante con personas de cualquier punto del planeta y de cómo podía sentirme tan cómoda y segura con algunas de estas personas.

Tania fue una de ellas y poco a poco se convirtió en una de las dos mejores amigas con las que tengo la gran suerte de contar en este momento.

Es brasileña de nacimiento, portuguesa de adopción y española por devoción. Un buen día, hace años, se empeñó en aprender español. Es fácil saber desenvolverse en otro idioma, escribirlo correctamente es algo más dificil, pero acabar escribiendo poemas técnicamente perfectos y con un vocabulario tan rico y extenso, en una lengua que no es la tuya, es tremendamente complicado.

Para conseguir su objetivo empezó a frecuentar foros de literatura en habla hispana y no tardó en fundar allá por el año 2002 el grupo "Sala de Escritores" por el que han pasado miles de participantes, con los que Tania, conocida en la red por "Marien", siempre ha tenido un gesto amable. Algunos hemos aprendido con ella lo poco o mucho que sabemos sobre esto de escribir.

Pocos son los foros de relevancia en literatura o poesía en la que no se la conozca, respete y admire.

Tania, como persona, es una mujer inteligente, brillante, laboriosa, organizada, meticulosa y con un afán y una capacidad de aprendizaje digna de envidia. Es coqueta (no encontraréis datos sobre su edad por ninguna parte), apasionada, amable, diplomática, comprensiva, excelente conversadora, con un agudo y gran sentido del humor, encantadora, pero también cuando el caso lo requiere puede ser tremendamente fría, irónica e incluso malvada, sin perder en ningún momento su elegancia innata y su gran clase.

En este mismo blog tenéis alguna muestra de su bien hacer, como "Legado" o "Vengo a matarte", que tuvo la gentileza de prestarme para hacer un poco más atractivo este espacio.

Ahora, por fin publica, por medio de una editorial valenciana, su primer libro de poemas, bilingüe, en el que cada uno de ellos está escrito en castellano y portugués.

Pinchando en la imagen tenéis el enlace al blog desde el que se puede adquirir el libro.

Allí encontraréis también algunas notas biográficas de la autora e información más amplía sobre el contenido de esta obra poética, cuyos derechos de autor revierten en su totalidad a UNICEF.

No penséis que le estoy haciendo un gran favor al reseñar aquí la publicación de su libro, estoy convencida de que el "favor" se lo hago a mis posibles lectores al recomendar una lectura que creo sinceramente no os debéis perder.

Te deseo mucha suerte, Tania, aunque estoy segura de que no la necesitas.

jueves, 16 de octubre de 2008

El último refugio (XXI)


Estamos los dos pegados a la pantalla del ordenador rastreando información sobre lo que está ocurriendo cuando escuchamos el ruido de un motor. Mario se dirige a la puerta y yo sigo sus pasos a corta distancia. Al doblar la última curva aparece un hombre en moto, es Ignacio que se dirige directamente al garaje y espera a que Mario acuda a abrirle la puerta. Desde mi casa hasta la de Mario se accede por senderos que resultan impracticables para cualquier coche, por lo que sólo se puede circular andando, a caballo o en moto.

Me quedo tras la puerta observando a los dos hombres que se acercan charlando. Ignacio es un hombre de estatura media, delgado, con el rostro salpicado de pecas y el cabello, aunque ya algo ralo, de un tono rojizo. Entran en la casa y él me da la mano sin decir nada. Es entonces, al tenerle cerca, cuando me parece reconocerle, aunque ahora lleva lentillas o se ha operado, porque le recuerdo con gafas. Han pasado algunos años pero sigue teniendo ese aspecto de estudiante aplicado, algo tímido y apocado, que presentaba en aquella época.

- Me alegra ver que estás bien – me dice sonriendo- ya me lo había dicho Mario pero realmente tienes muy buen aspecto, yo diría que estás preciosa.
- Gracias.
- Vamos adentro – tercia Mario- estábamos buscando información en la red.

Ambos me ceden el paso y siento sus miradas en mi espalda. Encima de la mesa de la pequeña sala está el portátil mostrando en la pantalla noticias de última hora, ellos se sientan mientras yo permanezco de pie, esperando, sin decidirme a preguntarle a Ignacio todo lo que quiero saber, no se si es miedo, a veces vivir con la incertidumbre de una duda es más fácil que enfrentarse a la realidad porque siempre tenemos la esperanza de que no sea cierto lo que sabemos en lo más hondo del pensamiento que lo es.

- ¿Te acuerdas de mi? – es Ignacio quien rompe el fuego.
- Cuando me lo contó Mario, no, no me acordaba, pero al verte me vino a la memoria la imagen de un joven que parecía esconderse siempre entre el revoloteo de batas blancas que me observaban. Y también recuerdo unos ojos mirándome por la pequeña ventana de la habitación que daba al pasillo.
- Me sorprendía tu fuerza de voluntad, la rabia con que te rebelabas. Al principio y durante un tiempo sentí miedo por ti, cuando me marchaba a casa pensaba que quizá a la mañana siguiente no te encontrase. No era extraño que los “pacientes” desapareciesen de repente, un mal golpe, una dosis mortal, cualquier cosa podía ser causa de muerte, luego un certificado de defunción “por causas naturales” debidamente firmado por el médico de turno, y aquí no ha pasado nada. Pero un buen día escuché una conversación privada en la que hablaban de ti. No debía estar allí, pero estaba, y al oír pronunciar tu nombre decidí arriesgarme a ser descubierto y me quedé inmóvil escuchando.
- ¿Quiénes hablaban de mí?
- Al principio sólo reconocí a uno de ellos: el director de la clínica. La otra voz me recordaba a alguien, sabía que la había escuchado en alguna parte, pero no acababa de ponerle rostro o un nombre. El desconocido estaba recomendándole al director que no debía dejarse presionar bajo ningún concepto para dejarte libre. Él hablaba de recomendación pero su tono era autoritario y amenazante. Le repetía que desde ese momento tú estabas bajo su custodia, que contaba con el beneplácito de la máxima autoridad y que cualquier cuestión que se plantease durante tu estancia allí debía serle informada, el más mínimo detalle en cuanto a tu salud, conducta, visitas… etc., debía conocerlo al instante.
- Sigue, por favor.
- Cuando me pareció que la conversación tenía visos de concluir, salí sin hacer ruido de mi escondite y continué con mi trabajo. No podía quitarme de la cabeza lo que había escuchado y me hacía mil y una preguntas sobre la extraña fijación hacia tu persona que demostraba el hombre. En mi opinión eras una más de los muchos jóvenes que permanecían allí encerrados, algunos de ellos procedentes de familias influyentes. Fue al cabo de tres o cuatro días cuando descubrí su identidad, llegó acompañando a tus padres a los que inesperadamente autorizaron a visitarte. Era todo halagos hacia ellos y se mostraba muy distinto al hombre al que escuché hablando sobre ti, aparecía compungido, apesadumbrado por tu lamentable estado, recuerdo que ese mismo día habías recibido un duro castigo por tu comportamiento y por más que intentaron arreglarte, tu volvías a despeinarte, a ensuciarte la cara y la ropa arrastrándote por el suelo una y otra vez. Entonces supe que se trataba del joven que había empezado a despuntar como hombre de confianza del presidente, y que acabaría convirtiéndose en tu flamente esposo.

Con las últimas palabras de Ignacio y casi sin darme cuenta he empezado a llorar de rabia. Es un llanto que a la vez me libera de cualquier rescoldo de cariño o gratitud que pudiese albergar aún por Ernesto. Llorando llego al total convencimiento de que haré lo que sea antes que volver con él.

- Gracias otra vez – le digo a Ignacio al tiempo que me acerco a él y le abrazo.
- Lo siento, de verdad siento el daño que esto te causa, pero tenías que conocer la verdad. Ahora, creo que deberíamos organizar el plan punto por punto, hasta el más mínimo detalle, disponemos ya de muy poco tiempo y no quisiera que nada saliera mal ¿de acuerdo?
- Vamos allá – interviene Ignacio - ¿estás bien? ¿te sientes con ánimo para seguir con esto? – lo dice dirigiéndose a mí.

Afirmo en silencio con un gesto de la cabeza.

- Veamos…

(continuará)

martes, 30 de septiembre de 2008

Mis más sinceras disculpas

Vengo a pedir disculpas, por si hay por ahí algún lector que esté siguiendo ese "interminable" relato que di en titular "El último refugio".


Discúlpenme, amigos lectores (y espero que también se sientan incluidas las féminas porque decir "y amigas lectoras" me parece una chorrada), pero ando últimamente un poco atareada. Cuando llego a casa después de una dura jornada de trabajo (que nadie se ría, lo juro por Snoopy que es verdad) además de las rutinarias y obligadas labores del hogar (cómo odio esta expresión) me espera mi retoño, invariablemente, para que le ayude con las tareas del instituto. Y en estos últimos días les ha dado a sus profesores por que los niños escriban cuentos.


Así que ahí estamos los dos, el chaval y yo, exprimiendo las neuronas para inventarnos alguna historia. Y no es lo mismo escribir la que una tiene en la cabeza y que además lo hace porque le viene en gana, que hacerlo bajo "coacción": "Mamá, por favor, yo te cuento el argumento y tú me ayudas a darle forma, anda, por favor..." con esa expresión de termerillo que pone. Y para más inri, cuentos infantiles, lo cual dicho sea de paso no se me da demasiado bien.


Pero como yo también tengo ganas de terminar con la historia del "Refugio" prometo terminarla esta semana... ¡palabra!... he encontrado un remedio que dicen que para el estrés es mano de santo y para que sepáis cuanto os aprecio voy a compartirlo con vosotros:



Besos.

jueves, 25 de septiembre de 2008

El último refugio (XX)


Me parece que es muy temprano cuando escucho tenues murmullos que llegan entrecortados del piso de abajo a través de la puerta entreabierta de mi habitación. Miro el reloj medio adormilada y me sorprendo de la hora, ya son las ocho de la mañana, me costó tanto anoche quedarme dormida que cuando por fin caí rendida debían ser las tres de la mañana.

Me levanto y me doy una ducha rápida. Ya vestida y de camino a la cocina, me envuelve el aroma a chocolate caliente haciendo que la saliva empiece a inundarme la boca. Sentados a la mesa están Antón y Mario, ante un gran tazón de desayuno de cuyo contenido ya han dado buena cuenta.

- Ya iba a decirle a Mario que subiese a llamarte – dice Antón – buenos días, rapacina ¿dormiste bien?
- Buenos días a los dos – respondo mientras me acerco a saludarles con un beso – ahora era cuando más a gusto estaba, me costó mucho anoche coger el sueño, di vueltas y más vueltas en la cama hasta que conseguí quedarme dormida.
- Anda, desayuna, y en cuanto termines bajáis a dejar el coche que si os descuidáis mucho igual llega Ignacio antes que vosotros.
- No creo – interviene Mario – quedó en que vendría sobre las once, tenemos tiempo de sobra. Tómate un buen tazón de chocolate, está buenísimo.
- ¿Lo hizo Carmina? – pregunto extrañada mirando a Antón mientras doy un sorbo de mi taza – porque tiene ese toque especial que le daba la abuela.
- No, que va, tu abuela me confió su secreto así que solo yo puedo hacerlo como ella.
- No me lo puedo creer, mira que le rogué que me contase cómo hacía para que resultase tan delicioso, y siempre salía con lo mismo: “Cuando seas un poco más mayor, hija, no tengas prisa, algún día te lo contaré”.
- Y seguramente lo hubiese hecho de habérsele presentado la ocasión.

Sus ojos se ponen tristes cada vez que recuerda a la abuela, sólo él estaba a su lado cuando ella murió y siempre le querré por eso.
- Bueno, cuando quieras podemos irnos ¿nos vemos en el parking?
- Sí, dice Mario, será mejor que nos encontremos allí y en cuanto dejes el coche salgamos pitando, cuanta menos gente nos vea, mucho mejor.
- Hasta luego, Antón, enseguida estamos de vuelta.
- Tened cuidado.

Cuando subo al coche, ya Mario arrancó la moto y sale a la carretera por el estrecho camino que lleva a la casa. Me siento más tranquila, o quizá es que aún estoy medio dormida, pero el caso es que desapareció esa tremenda desazón que me agitaba el estómago. Conduzco despacio por la sinuosa carretera que llega hasta la ciudad. Podría haber cogido la autovía pero el tráfico es mucho más intenso, sobre todo a estas horas de la mañana, y por aquí voy más tranquila.

Ya en la ciudad, voy directamente al parking en el que dejaré mi coche. Está en una calle bastante céntrica, próxima a un centro comercial con tiendas, cines, peluquerías, salones de belleza, cafeterías, etc., un lugar al que resultará creíble que pueda acercarme a pasar el día, aún en estas circunstancias. Si Ernesto se traga esa mentira, lo peor que puede pasar es que crea que me he vuelto loca, y ojalá eso le convenza para largarse sin mí, vaya donde vaya. Se nota la tensión en el ambiente y por todas partes quedan señales de los momentos de tensión que se viven casi cada noche: cristales rotos, contenedores quemados, basuras… contrariamente a lo que sería lógico, no se ven fuerzas del orden, quizá están concentradas guardando por la seguridad de los edificios públicos, políticos y miembros del gobierno. A pesar de tratarse del centro de la ciudad son pocas las personas que circulan por aquí. Un par de ancianos se sientan en un banco de un pequeño parque cercano, alguna joven madre con su hijo de la mano camina deprisa mirando hacia todas partes, como temiendo que de cualquier esquina le aceche algún peligro.

En la segunda planta del parking me está esperando Mario con la mota resguardada entre dos grandes vehículos que la ocultan de casuales miradas. Cuando salgo del coche y cierro las puertas, ya le tengo a mi lado subido en la moto mientras me tiende un casco negro con el que no me reconocería ni mi madre. Me subo tras él y me abrazo a su cintura, agarrándome bien fuerte en el mismo momento en que acelera y salimos a toda velocidad de vuelta a casa.

Paramos apenas un momento para que Antón sepa que ya hemos llegado, y a continuación seguimos subiendo por el viejo camino que atraviesa el monte hasta la casa de Mario, donde nos disponemos a esperar a Ignacio que no tardará en llegar.

Mientras Mario vuelve a meter la moto en el pequeño garaje de su casa, pienso con cierto alivio que el fin está próximo, y que pase lo que pase, deseo con toda mi alma que todo termine.

(Continuará)

lunes, 15 de septiembre de 2008

Pintar una sonrisa


Hoy es una de esas noches en las que se, con total seguridad, que cuando me meta en la cama intentando dormir, me quedaré con los ojos abiertos como platos esperando que el sueño venga a visitarme. Daré vueltas y vueltas sin encontrar la postura cómoda que permita el descanso, y en mi cabeza se hilvanarán pensamientos sin conexión lógica alguna, pero que inexplicablemente encontrarán el modo de enlazarse como en una cadena.

Seguramente empezaré pensando en la comida que tengo que preparar antes de salir hacia el trabajo, y de paso seguiré con la lista de tareas de que me esperan en la oficina ordenándolas por importancia, contando con que no surja cualquier asunto urgente que venga a dar al traste con mi organizada agenda. Luego me asaltará la ligera preocupación de que mañana empieza mi hijo sus clases en el instituto y haré conjeturas del grado de responsabilidad y ganas de estudiar que tendrá durante el curso, contando con que está en esa difícil edad de revolucionadas hormonas que no le dejan concentrarse en nada, aunque últimamente está más centrado en algunas cosas y quizá me sorprenda. Como con la dieta médica que voluntariamente ha empezado con el ánimo de perder algunos de los kilos que le sobran, cosa con la que me sentí bastante escéptica por lo difícil que puede resultar para un adulto y no digamos para un niño preadolescente. Pero no, se come sus buenos platos de verduras acompañando pescados y carnes a la plancha y ha cambiado su postre de helado preferido por el yogur desnatado. Con este pensamiento que me alegra, me auto castigaré un poquito por mi falta de fe en el enano. Me preocuparé también porque mi hija no encuentre trabajo, que se desilusione, aun cuando nadie le meta prisa en casa. Ella está deseando construirse su futuro, independizarse, y esta maldita crisis ha venido a complicarlo todo. Pero me tranquilizaré confiando en su tremenda capacidad y en su excelente preparación para convertirse en una gran profesional. No importa el tiempo que tarde en conseguirlo, seguirá estudiando, creciendo como persona, mientras busca su oportunidad.

Luego decidiré concentrarme en mi ansiado proyecto para el nuevo año: el Camino de Santiago, ese deseo largamente postergado de hacer una buena parte del camino francés, desde León hasta Santiago. Pensaré en la fecha idónea para realizarlo contando con parte de mis vacaciones, repasaré mentalmente las etapas que descargué de internet y los días que necesitaré para hacerlas. Y el entrenamiento. Tendré que reservar algún rato todos los días para empezar a caminar, quizá podría ser a primera hora de la mañana, cuando mi hijo sale hacia el instituto, contando con que quede con los compañeros y no tenga que acercarle yo con el coche. Con media hora diaria tendría bastante, luego una ducha y a trabajar. El fin de semana haría alguna ruta más larga y preferiblemente por caminos con pendientes para ir acostumbrándome. Sonreiré pensando en mi nueva adquisición: unas botas Timberland que pillé baratas en ebay y que me quedan como un guante, ahora sólo tendré que usarlas lo suficiente para que se acoplen perfectamente a mis pies.

Es entonces cuando me asaltarán esos pensamientos que me hacen feliz y me duelen a un tiempo, esos que intento apartar de mi cabeza, pero que vuelven una y otra vez, incansablemente. Los mismos que invoco cuando Leo, el profesor de yoga dinámico, nos dice que pensemos en algo que nos haga felices, que nos queramos, que nos repitamos internamente esa frase positiva que nos tranquilice y nos pintemos en el rostro una sonrisa. Lo que vale este hombre. Siempre pensé que el yoga no iba a gustarme, pero está claro que para opinar de algo tenemos que conocerlo. Me sientan bien sus clases, que no son moco de pavo, jamás estiré mi cuerpo como lo hago en estas sesiones y ni por asomo pensé que iba a empezar a recuperar la flexibilidad que creía perdida, o que dejarían de darme problemas las cervicales o la espalda. Y si me hubiesen dicho que iba a sufrir más agujetas que con cualquiera de los deportes que he practicado anteriormente, me hubiese echado a reír a carcajadas. Pero además de todo eso, esas sesiones me enseñan a relajarme, a olvidarme de las tensiones diarias, de los pequeños contratiempos que acaban poniéndonos tristes o de mal humor. Y Leo adivina, con sólo mirarte a los ojos, que ese día vas cargada de tristeza o de preocupaciones y que necesitas una dosis extra de ternura, una inyección de autoestima. Entonces te regala un abrazo que te transmite un calor especial y reconfortante, o se acerca sigilosamente cuando estás tumbada siguiendo sus indicaciones para relajarte, y con manos expertas acaricia tu frente para borrar ese ceño fruncido que ni tú misma sabes que tienes dibujado, y no para hasta que consigue cambiar tu expresión. Un suspiro profundo se escapa entonces de tus labios y es tanta la paz y la alegría, es tan grande la sonrisa que dibujan tus labios que notas como los ojos se humedecen y las lágrimas resbalan dulcemente. Y toda la tensión desaparece.

En ese instante, pensaré que existen ciertas personas especiales que poseen esa tibieza en el abrazo que te hacen desear no salir nunca de ahí, de su refugio. O que tienen ese tacto liviano oculto en la yema de sus dedos capaz de transmitirte sensaciones que recorren de norte a sur la piel, de este a oste, y penetra por sus poros hasta el centro mismo de tu cuerpo. Y no se olvidan nunca.

Miraré el reloj y maldeciré al sueño que no llega, porque ya son las tres y dentro de unas horas tendré que ir a trabajar con unas ojeras tremendas y cierto malhumor. Pensaré que el tiempo siempre va a su puta bola y corre cuando no debe o todo lo contrario, y que últimamente se me escurre entre los dedos, esperando. Quizá me levante y me ponga en el ordenador a escuchar música, leer alguna cosa o jugar al solitario, deseando que la pantalla sea el remedio que consiga adormecerme. Me fumaré un cigarro y no podré evitar que otra vez mi pensamiento vuele hacia horas inolvidables que pintan en mi rostro una sonrisa y llenan de humedad mis ojos. Y ya no haré nada para espantarlos porque es como luchar contra lo inevitable.

Me acostaré de nuevo y dejaré que inunden mis neuronas, quizá consiga así dormirme y me sonría el alma.

sábado, 13 de septiembre de 2008

El último refugio (XIX)


Durante todo el camino temo el momento en que nos encontremos con Antón. Es una tontería, lo se, pero no puedo dejar de sentirme como una niña que acaba de cometer una travesura y no se qué explicación puedo darle al hecho de que ambos, Mario y yo, estemos empapados. Quizá tenga la suerte de poder escabullirme escaleras arriba antes de que él me vea, pero ¿y Mario?, él tiene que cambiarse de ropa, no puede pasar la noche con esa mojadura o acabará pillando una pulmonía. Ensimismada en mis pensamientos casi no me doy cuenta que ya hemos llegado.

El patio está desierto y la casa en silencio. Las luces de la cocina y la entrada están encendidas y la puerta entreabierta. Me cuelo silenciosamente al tiempo que le hago una seña a Mario para que me siga escaleras arriba. Él pone cara de circunstancias, preguntándose seguramente a qué viene tanto sigilo. Por la puerta de la cocina aparece Antón que, al darse cuenta de nuestro aspecto, sonríe divertido.

- Ya era hora, estaba empezando a preocuparme ¿qué? ¿pensabais en pescar algo para la cena o es que os apeteció daros un baño?

Nos mira alternativamente a uno y a otro esperando alguna respuesta, pero la verdad es que en este momento no se me ocurre qué decir, creo que hasta he empezado a sonrojarme.

- No – dice Mario – nada de eso. La señorita Eva que no mira donde pone los pies y ha acabado en el agua, como siempre. No podía dejarla allí, aunque no ha sido por falta de ganas.
- Eva, rapacina ¿Cuándo dejarás de andar por los suelos? Empiezo a pensar que es tu manera natural de conquistar a los hombres… jajajajajaja.
- Sois los dos muy graciosos, será mejor que vaya a cambiarme ¿está preparada la cena?
- Claro que sí, señora – y pronuncia esta última palabra con cierto retintín, mientras desde su silla, hace una reverencia.
- Pues dejaros ya de cháchara que estoy muerta de hambre. Mario, puedo prestarte algún traje de Ernesto o una bata mía… lo que prefieras.
- No, ni pensarlo, ninguna de las dos cosas, prefiero quedarme así, mojado como un pollo.
- Pasa a mi habitación – le dice Antón – seguro que encuentras algo que puedas ponerte. Os espero en el comedor, tenéis cinco minutos.

Subo corriendo las escaleras a resguardarme en mi habitación de su irónica sonrisa. Me doy una ducha rápida y me visto a toda prisa, pero cuando llego al comedor ya están los dos sentados charlando alegremente. Durante la cena conversamos sobre las medidas a tomar en el caso de que Ernesto se presente a buscarme de improviso. Quedamos en que a la mañana siguiente iré a llevar mi coche, guardado en el garaje de la casa, a un parking de la ciudad. Si es necesario Antón hará creer a mi marido que me marché y aun no he vuelto, con lo que podríamos ganar algo de tiempo. Mario me acompañará en la moto y me traerá de vuelta. Después esperaremos la llegada de Ignacio, es importante saber el tiempo aproximado de que disponemos y si hay alguna forma de conocer con anticipación, aunque sea mínima, el momento en que debo desaparecer. Mario tiene en su casa un pequeño cuarto disimulado en el garaje, ese será mi escondite. Ernesto ni siquiera conoce la existencia de esa casa, así que confiamos en que le será difícil encontrarme.

- Mañana dispondremos de más información para acabar de organizarlo todo – dice Mario – ahora creo que ya es hora de irme a casa, estoy rendido ¿a qué hora quieres que pase a recogerte?
- ¿A las nueve está bien?
- Perfecto.
- Oye, a partir de ahora, acércate a la casa con precaución, no sea que él se presente de improviso y también tú corras peligro.
- No te preocupes, siempre lo hago. Desde allá arriba se ve perfectamente la casa y lo que la rodea, pero estaré atento. Buenas noches.
- Buenas noches, Mario – decimos Antón y yo a un tiempo.

Nos quedamos en silencio mientras oímos los pasos de Mario en el corredor, seguidos del ruido de la puerta al cerrarse tras él.

- ¿Tienes miedo? – me pregunta en un susurro.
- Un poco.

Estoy sentada a su lado y cojo su mano entre las mías.

- No temas, todo va a salir bien, te lo prometo.

Asiento lentamente.

- Y ahora ¿vas a decirme qué pasó con Mario en el río?
- ¡Eh! Eres un cotilla. Ya te lo ha dicho él, me caí, ya sabes que soy muy patosa.
- ¡Ja! Vamos, rapacina, que te conozco desde que eras una niña, a mí no me engañas. Ese brillo en los ojos, ese rubor, esos labios encendidos… ¿piensas que voy a creerme esa mentira tan burda? Dime ¿te gusta Mario?
- Estoy muy cansada, creo que me voy a la cama.
- Tramposa, vaya una forma de escabullirte. Está bien, dejaremos esta conversación para otro momento en que no tengamos tantas preocupaciones, aunque… quizá entonces ya no haga falta que me respondas, sólo tendré que mirarte fijamente a los ojos.
- Tengo que acordarme de buscar esas gafas oscuras que guardo por algún cajón, jajajajaja. Te prometo que hablaremos de eso, y te contestaré a todo lo que me preguntes, siempre que yo conozca la respuesta ¿de acuerdo? Buenas noches, que descanses.
- Tú también. Intenta dormir y no empieces a darle vueltas a la cabeza ¿lo prometes?
- Te prometo que lo intentaré.

Me acurruco un instante entre sus brazos, ese lugar que siempre fue para mí un cálido refugio.

(Continuará)

domingo, 7 de septiembre de 2008

Celuloide



- Dime con quien estás follando ¡zorra! Dímelo o te mato aquí mismo.
La voz del hombre era apenas una especie de silbido amenazante, mientras deslizaba el cañón de su pistola en la entrepierna de la mujer. Ella, por toda respuesta, le escupió en la cara al tiempo que le dedicaba una mirada cargada de desprecio.
El estampido resonó en la habitación.
- ¡Corten! ¡corten! Perfecta, ha quedado perfecta… quiero ese primer plano de la mirada de Carmen ¿me has oído Germán? Será la carta de presentación de la película. Habéis estado geniales. Carmen, Antonio… buen trabajo.
- Somos profesionales – respondió Antonio, mirando fijamente a su pareja de reparto que aún seguía sobre la cama esperando que alguien limpiase todo aquel estropicio de efectos especiales, mientras él, como en un descuido, acariciaba su cuerpo desnudo con la punta del arma.
Carmen pensó que el contacto con el frío metal era la causa de su repentino estremecimiento, hasta el instante en que sus ojos se cruzaron con los de Antonio.

(Octubre 2007)

viernes, 5 de septiembre de 2008

El último refugio (XVIII)



Llegamos hasta el río en completo silencio, cada uno perdido en sus pensamientos. Me quito las alpargatas y tomo asiento en una gran piedra para así poder sumergir los pies en el agua cristalina. Está helada, lo que hace que la circulación de mis piernas se revolucione de tal manera que un intenso hormigueo se extiende por ellas. Mario se sienta a mi lado. A nuestra espalda el sol ha empezado a esconderse tras las montañas bañando el paisaje con preciosos tonos naranjas y rojos. Sólo se escucha el rumor del agua y los sonidos que emiten los animales que agazapados pululan por los alrededores. Se respira una inmensa paz como si estuviésemos a miles de kilómetros de la civilización.

- Eva.
- Dime.
- Cuando todo esto termine ¿qué te gustaría hacer?
- ¿De verdad tienes la esperanza de que todo acabe algún día? ¿Y si todas estas acciones no dan resultado?
- Estoy seguro de que tarde o temprano se pondrá fin a esta locura. Imagina por un momento que eres libre, anda, haz un esfuerzo ¿qué harías?
- ¿Qué haría? Hace años que no veo a mis padres. Ernesto siempre está demasiado ocupado para un viaje de placer, siempre anda de acá para allá pero por política o negocios, y a mí nunca me dejó ir sola a Londres, sabe que no hubiese vuelto a su lado. Sí, lo primero que haría sería ir a verles y dejar que me mimasen y volviesen a tratarme como su niña. Después, no se, creo que me quedaría a vivir aquí, en la casona de la abuela. Quizá podría volver a la Universidad, aunque seguramente no me serviría de nada estudiar arquitectura, pero podría empezar cualquier otra cosa. Sí, creo que sería muy feliz aquí, con Antón, y… contigo. ¿Seguirías aquí?
- No conozco otro lugar mejor para vivir, esto y los meses que paso en África son toda mi vida, por supuesto que seguiría aquí.
- Te pareces mucho a tu hermano, eres como él cuando tenía tu edad. Quizá seáis algo diferentes físicamente, aunque no creas, esos ojos son idénticos a los suyos, pero no podéis negar que sois hijos del mismo padre.
- ¿Sabes cómo era la primera mujer de mi padre, la madre de Antón?
- La vi en las fotos que guardaba mi abuela, y siempre me pareció extraño que tu padre estuviese tan locamente enamorado de ella. Así a primera vista no parecía que tuviese nada especial, al contrario, no me pareció que fuese la clase de mujer que encandila a los hombres.
- Debe pesar una tremenda maldición sobre los hombres de mi familia.
- ¿Y eso?
- Sólo nos enamoramos una vez en la vida y es para siempre.
- Míralo, que seguro lo dice – y en verdad me hace gracia la seriedad que impregna sus palabras.
- Fíjate en mi padre, jamás olvidó a su único y gran amor… y ¿qué me dices de Antón?
- Pues… no se ¿qué tengo que decir de Antón?
- Enamorado de ti toda una vida, sin que se le haya conocido nunca ningún otro amor.
- Quizá es que es discreto.
- No, no digo que no haya tenido sus pequeños romances, sus aventuras, pero enamorarse… no, estoy seguro.
- ¿Y tú?
- También yo estoy maldito. Creo que me ocurrirá lo mismo que a ellos.
- ¿Te ocurrirá? ¿Estás enamorado?
- No estoy seguro, pero no puedo pensar en nada más que no sea ella y cuando la miro parece que algo vaya a estallarme en el pecho.

Durante un momento, no se qué decir, parece que las palabras se hayan quedado atascadas en algún lugar de mi garganta. No había caído en la cuenta de que Mario quizá tuviese novia, una relación seria.

- ¿Puedo saber quién es la afortunada?
- No.
- O sea, que yo ando revelándote secretos, abriéndote mi alma de par en par, mis más íntimos deseos y tú contestas tranquilamente con un “no”… pues ni falta que me hace. No vengas luego a pedirme consejo.
- ¡¡¡Jajajajajajaja!!!! Que buena actriz serías: “abriéndote mi alma de par en par” jajajajaja… a saber lo que tendrás en el alma, contando con que la tengas, claro.

Mientras está hablando y carcajeándose me agacho un poco y le tiro un buen manotazo de agua que recibe en pleno rostro. Me levanto a toda prisa dispuesta a salir corriendo antes de que reaccione y se vengue de mí, pero no encuentro las dichosas alpargatas y el camino está lleno de piedras. Estoy buscándolas desesperadamente cuando recibo un chorro de agua helada en la espalda que me deja la camiseta chorreando.

- ¡Ahora verás!

Me doy la vuelta dispuesta a empujarle pero el muy cabrón se ha bajado de la piedra y está de pie en el agua. Aprovecha los pocos segundos en que titubeo para cogerme la mano y estirarme hacia él. No tengo más remedio que saltar al río si no quiero caer. La batalla es encarnizada, nos tiramos agua a manos llenas entre risas, gritos y amenazas. De pronto me encuentro entre sus brazos, buscándonos la boca con desesperación. Estamos empapados pero mi piel despide tanto calor que temo que de un momento a otro empiece a salir vapor de mi ropa mojada. Deshacemos el abrazo con urgencia y nos quedamos inmóviles un instante sin saber muy bien qué hacer o qué decir.

- Ya es de noche, deberíamos volver a casa – digo con voz entrecortada.

Él no contesta, asiente lentamente mientras sube a la piedra y me tiende su mano para ayudarme a salir del agua.

- Malditas alpargatas, no se qué hice con ellas.
- Espera, creo que están ahí entre esas ramas.

Se acerca a mí con ellas en la mano y se arrodilla. Tomo asiento en la piedra de espaldas al agua y él me las calza muy despacio acariciando mis pies mojados. Luego se pone las suyas y emprendemos el regreso.

(continuará)

lunes, 1 de septiembre de 2008

Un hombre de palabra


Se jactaba de ser hombre de palabra.
Decía que a causa de nuestra pecaminosa relación estaba condenado al fuego eterno del infierno, pero nada le importaba: por mí iría voluntariamente hasta el mismísimo averno.
Juraba que me amaba.
Le creí a pie juntillas.
Aquel jueves de otoño en el que amarilleaban las hojas de los árboles bajo el sol del ocaso, se transformó de pronto en fría tarde invernal cuando él no acudió a nuestra cita. Esperé inmóvil sentada en nuestra mesa del café hasta bien entrada la noche.
Esperé aún durante días, alguna noticia, una disculpa, una tonta explicación a su abandono.
Agotada la paciente espera, llamé inútilmente a un teléfono apagado, al timbre desconectado de su casa. Pregunté en hospitales con los dedos cruzados a la espalda y suspirando aliviada ante la ausencia de respuestas.
Como último recurso pateé la ciudad de punta a punta atisbando cada rostro, cada gesto, cada sombra que se le pareciese vagamente. Nada.
Una noche, al volver a casa, arrastrando los pies, desecha, me paré ante la puerta de un garito, única señal de vida entre la absoluta oscuridad de la calle. Su nombre brillaba con luces de neón rojas y amarillas: “El Averno”.
De allí le vi salir entre dos putas, aferrando con manos lujuriosas aquel par de caderas.
Se jactaba de ser hombre de palabra.
No mentía.
PD. En unos días próximo capítulo de "El último Refugio".

domingo, 31 de agosto de 2008

El último refugio (XVII)


Me alzó en el aire y me echó sobre su hombro al tiempo que me propinaba una sonora palmada en el culo. Luego salió del establo conmigo a cuestas, haciendo caso omiso a mi pataleo y a los puñetazos que le propinaba en la espalda. Afortunadamente estábamos sólos en la casa, a excepción de la vieja María que ya estaba más sorda que una tapia y que seguramente estaría dormitando en la cocina. Me llevó hasta el río y allí sin previo aviso me dejó caer en el agua. Estaba helada. Intenté salir a toda prisa, pero cada vez que lo intentaba él volvía a empujarme hacia dentro. Saldrás cuando se te hayan bajado esos humos, señorita orgullosa y antipática, así aprenderás de una vez que no puedes hacer realidad cualquier capricho que se te venga a la cabeza. Sólo cuando me vio tiritar de frío, me volvió a cargar en sus brazos y me llevó a la casa. Ya en mi habitación, empezó a quitarme la ropa empapada de agua mientras yo no dejaba de temblar. Me secó despacio friccionando la toalla por todo mi cuerpo, y aquellos espasmos ocasionados por el frío dieron paso a otros motivados por el deseo. Cada vez que sus manos me rozaban, mi piel reaccionaba a su contacto. ¿Se te bajaron los humos, señorita? Susurraba en mi oído mientras sus manos aprisionaban mis pechos y pellizcaban aquellos botones erguidos y desafiantes. Yo sólo deseaba que siguiera, que no parase, sólo quería dejarme llevar por el placer que me hacía sentir. No podemos dormir juntos, no podemos, seguía diciendo con la boca pegada a mi oreja. Tampoco tendríamos que estar haciendo esto, pero no puedo vencer la tentación cuando te tengo cerca. Debería alejarme de ti, lo se, debes marcharte de aquí, pronto, antes de que suceda lo inevitable. Mientras hablaba sus dedos jugueteaban con mi sexo. Mis piernas eran pura gelatina incapaces de sostenerme. Calla. Y buscaba su boca para silenciar sus palabras. Luego me sentó sobre la cama, y de rodillas hundió su boca entre mis piernas, su lengua húmeda y caliente recorría sin descanso mi sexo tembloroso, hundiéndose de vez en cuando en su interior, penetrándome con ella, al tiempo que mis piernas se abrían al máximo y retorcía mi cuerpo ante aquella descarga de placer intenso.

Lo inevitable jamás sucedió, pienso mientras su aliento cosquillea en mi nuca. No siento pena por ello, o quizá sí, ahora es difícil saberlo. Quizá me hubiese gustado sentirle dentro de mí, escucharle gemir, mirarle a los ojos mientras se vaciaba en mi interior… pero eso no son más que elucubraciones sobre algo que ya no tiene remedio. Lo que más me apena es el tiempo perdido, todos estos años que pasé muriendo mientras intentaba sobrevivir, al lado de alguien a quien no quiero, participando de una vida que me asquea, que me hizo sentir sucia y despreciable. Pero eso, seguramente, también fue inevitable, y sucedió.

Cuando me despierto, él ya se ha levantado. Remoloneo un poco y me parece escuchar el murmullo de una conversación. Al fin me hago el ánimo y me levanto. Ya vestida salgo de la habitación y me guío por las voces que parecen venir del exterior. Al acercarme a la puerta les veo: Mario y Antón están en el patio charlando.

- Vaya, parece que la bella durmiente ha salido por fin de su letargo.

Es Mario que me mira con ojos risueños.

- ¡Ja! Estaba esperando al príncipe que viniese a despertarme, pero por lo que veo por aquí no hay ninguno. Sólo distingo a un par de ranas croando.
- Quizá con un beso de la princesa, se obre el milagro.

Decidida, me acerco a él y le beso en la boca. Le pillo desprevenido, no esperaba el beso ni la pasión con que se lo doy.

- A ver si así te callas y dejas de decir tonterías- le espeto con aires de suficiencia dándole la espalda y guiñándole un ojo a Antón que ríe divertido.
- No deberías provocarla, Mario, no sabes de lo que es capaz.

Los dos nos reímos abiertamente con la cara de sorpresa que se le ha quedado a Mario.

- Bueno ¿se puede saber a qué se debe tu grata visita?, si puedes articular alguna palabra coherente.
- Ejem… venía a decirte que Ignacio ya me ha contestado, dice que pasará por aquí mañana por la mañana y se quedará a comer, tendremos tiempo para hablar tranquilos. Ya me ha dicho Antón que al parecer contamos con algunos días para idear un plan viable.
- Eso espero, aunque tengo miedo que Ernesto se presente de repente si la situación se vuelve insostenible.
- Ignacio me ha comentado que aún queda bastante trabajo por hacer, y piensa que lo peor aún está por llegar. El gobierno apurará al máximo sus recursos, teme que la represión se endurezca en un último intento por sofocar las protestas y las huelgas masivas. Parte del ejercito está al lado de la oposición, pero aún quedan facciones adictas al régimen, los más duros y sanguinarios, que espera acaben por convencerse de lo que puede ocurrir en el caso de continuar en su postura, y de la situación difícil en que se verían, en el caso más que probable, de que el gobierno sea derrocado y sus máximos representantes juzgados y condenados por sus crímenes.
- Mañana habrá tiempo para hablar de todo eso – dice Antón- Mario, ¿te quedas a cenar?
- No quisiera ser una molestia.
- Tu hermano no dice más que tonterías, Antón ¿tendré que hacerle callar nuevamente?
- No seas mala, rapacina ¿no ves que le cohíbes?
- Está bien, señorita, cenaré con vosotros con mucho gusto.
- ¿Por qué no os vais a dar un paseo?- sugiere Antón.
- Mejor cojo tu silla y vamos los tres, así podemos seguir charlando.
- No, tengo algunas cosas que hacer. Id vosotros, le diré a Carmina que prepare cena para tres.
- Está bien… ¿vamos? – digo dirigiéndome a Mario.

Y echamos a andar por el camino en dirección al río.
(Continuará)

martes, 26 de agosto de 2008

El último refugio (XVI)


- ¿Hola?
- Eva, Eva, soy Ernesto, espera que hay mucho ruido aquí, espera un momento… ahora ¿me oyes bien?
- Sí, Ernesto, te oigo ¿cómo va todo?
- Bien, bien, no te preocupes ¿cómo estás tú?
- ¿Cómo estoy? Como cuando era una niña pequeña, paseo a caballo, leo, duermo, como y poco más.
- Me alegro que te siente tan bien estar en la casa de tu abuela, creo que te hacía falta una temporada tranquila para reponer fuerzas. Oye, escúchame una cosa…
- Dime
- Creo que en una semana o quizá menos estaré por ahí. Quiero que estés preparada por si tenemos que salir de viaje.
- ¿Salir de viaje? ¿Dónde? No me dijiste nada de ningún viaje.
- No lo se, Eva, todavía no lo se, no puedo decirte más, sólo que estés preparada. Si puedo te llamaré antes pero no te lo aseguro. No vayas a la ciudad, no quiero llegar ahí y no encontrarte.
- ¿Estoy secuestrada en la casa o algo así?
- No, por favor, no he querido decir eso, es que no quisiera tener que perder el tiempo buscándote por ahí, entiéndeme, por favor. No puedo decirte más por teléfono, sólo haz lo que te digo.
- ¿Y si ocurre algo imprevisto? ¿Si me pongo enferma? ¿Si le pasa algo a Antón? No puedo estar aquí día y noche sin salir esperando a que tú llegues.
- En ese caso, puedes llamarme a este teléfono, aunque espero que no sea necesario.
- Está bien, de acuerdo, haré lo que dices. No pensaba salir a ningún lado de todas formas.
- Entonces ¿por qué discutes?... Eva, Eva… no cambiarás nunca.
- Seguramente porque no me gusta obedecer órdenes, lo entiendes ¿verdad?
- Sí, lo entiendo. Eva, en realidad, sólo quería escuchar tu voz y saber que estás bien, sólo eso.
- ¿Hay algún problema Ernesto? ¿Algo que deberías contarme?
- No, te lo contaré cuando nos veamos, no quiero que te preocupes. Ahora tengo que dejarte, el trabajo me espera. Cuídate. Y no olvides lo que te he dicho.
- Cuídate tú también.

Cuelgo el teléfono y me dirijo al comedor. Antón está esperándome. Me mira con ojos preocupados pero no pregunta, espera pacientemente a que yo me sienta preparada para hablar. Cuando entra Carmina para servir la mesa le digo que no hace falta, ya lo hago yo. Durante un rato comemos en silencio. Me cuesta tragar cada bocado mientras mi cabeza no deja de darle vueltas a todo lo sucedido esta mañana. Entonces empiezo a contárselo a Antón, hablo y hablo quedándome casi sin aliento. Él me escucha atentamente asintiendo de vez en cuando. Le cuento también la conversación con Ernesto. Le digo que es lo que yo me temía, está pensando en huir del país y piensa llevarme consigo. Le miro con ojos suplicantes:

- ¿Qué voy a hacer, Antón? ¿qué voy a hacer?
- Tranquilízate, debes serenarte para pensar de forma coherente. Si no quieres ir con él no dejaremos que te lleve a la fuerza.
- ¿No dejaréis? ¿Quiénes? ¿Mario y tú? ¿Carmina? No sabes lo que dices, no, no lo sabes. Ernesto no vendrá solo, no, vendrá rodeado de sus matones de tres al cuarto que no dudarán en pegaros un tiro, Antón. Y a ti más que a nadie. Él sabe lo que significas para mí, sabe que haré lo que me pida antes que consentir que te haga daño. No le conoces, Díos mío, no le conoces.
- Eva… cállate y escúchame. Pareces una cría ¿no has aprendido nada en todos estos años? Pensaba que por fin sabías dominar esos arrebatos cuando hace falta, pero parece que volver a casa te ha hecho olvidar la vida que has tenido que llevar todo este tiempo. Ten confianza en ti misma y en nosotros, no me decepciones.
- Lo siento, tienes razón, pero es que me horroriza la idea de tener que marcharme con él, me asusta tanto que no me deja pensar con claridad.
- Ven aquí, siéntate a mi lado, y deja de dar vueltas arriba y abajo como una leona en el zoológico. Lo primero que hay que hacer es hablar con Ignacio, él puede aclararte algunas cosas sobre el tiempo que pasaste ingresada. Luego, pensaremos en como sacarte de aquí, o donde esconderte para que Ernesto no te encuentre cuando venga a buscarte. Estoy seguro de que Ignacio podrá ayudarnos también en eso, están bien organizados y son de fiar. También cabe la posibilidad de que si las cosas pintan tan mal para el gobierno como parece, Ernesto no pueda escapar ¿has pensado en eso?
- Eso sería un milagro.
- Los milagros no existen, rapacina, somos nosotros quienes hacemos que sucedan. Puede ocurrir que Ernesto llegue hasta aquí y se encuentre con una bonita sorpresa.
- ¿Me estás diciendo que le traicione? ¿Qué le deje en manos de la justicia?
- ¿Lo harías?
- Sí.
- Son sólo hipótesis que debemos tener en cuenta. Ahora será mejor que descanses un rato ¿por qué no te acuestas unas horas? Cuando te levantes seguimos hablando si te apetece.
- Está bien, y tú ¿te vas a acostar?
- Quiero hacer unas llamadas a ver si averiguo alguna cosa.
- Cuando termines ¿querrás acostarte a mi lado?
- Me cuesta un poco subir las escaleras… ¿recuerdas? – y me dirige una irónica sonrisa.
- Pensaba echarme en tu cama, listo – le saco la lengua como cuando era una niña.

Antes de encaminarme hacia la puerta, me inclino hacia él y le beso en la boca.

Me despierto al sentir movimiento al otro lado de la cama. No me doy la vuelta, no quiero que Antón se sienta cohibido si le miro mientras se traslada desde su silla de ruedas. No se cuanto tiempo he dormido, ahora sólo espero sentir a mi lado el tibio calor que desprende su cuerpo. Me abraza por detrás cogiéndome por la cintura mientras yo me arrimo a él hasta pegarme contra su pecho. Es la primera vez que me acuesto con él. Quise hacerlo el último verano que pasé aquí, pero él no me dejó. Aún recuerdo como me cogió en brazos, me sacó de su cama y me puso de patitas en la puerta. Estuve unos días enfurruñada, sin apenas hablarle, y si lo hacía era para ordenarle alguna cosa como una señorita déspota y consentida, siempre a escondidas de la abuela que me hubiese echado una buena regañina por portarme de esa forma. Antón obedecía y callaba ante mi caprichosa actitud, hasta el día en que entré en el establo y le ordené que cepillase a Zeus, el caballo de mi padre, pretendiendo montarlo. Muy serio y tranquilo me respondió que no era labor suya el cepillar caballos y que no pensase ni por un momento que iba a dejarme montar a Zeus. Enfadada y herida en mi orgullo le contesté que él no era quien para decir qué caballo debía o no montar, y fui, echa una furia a colocarle a Zeus la montura. Antón me cogió por un brazo y yo le golpeé con la fusta que llevaba en la mano. Entonces vi la furia reflejada en sus ojos.

(Continuará)

sábado, 23 de agosto de 2008

Vengo a matarte (AUTORA: TANIA ALEGRIA)


Vengo a matarte.
Tardé en decidirme los dos siglos
que pasé recitando un soliloquio
ante el espejo.
Tengo sienes de cal de tanto odiarte.
Se me escurrió la piel sin credo que la asiese.
Descarnada por dentro, abyecta, despojada,
la lengua en hiel diluida, disuelta en improperios,
con la boca plagada de blasfemias,
vengo a matarte
aferrando con mano de homicida
este puñal de versos.

viernes, 22 de agosto de 2008

El último refugio (XV)


(Imagen: Datames)
- ¿Te quedarás mucho tiempo en la casa? – pregunta después de un corto silencio.
- Quisiera quedarme toda la vida, sin más ocupación que pasear a caballo, bañarme en el río, pasar las tardes de invierno sentada en la mecedora, junto al fuego, leyendo un libro o conversando en voz queda con Antón… o contigo.
- Si eso es lo que quieres, no veo por qué no puedes hacerlo.
- No conoces a Ernesto, no me dejará que me aleje de su lado tan fácilmente. Estoy aquí, aislada del mundo, sin querer enterarme de lo que ocurre porque de una u otra forma él vendrá a buscarme. Si las cosas se calman y consiguen acallar las protestas, de la forma que sea, mi marido no me dejará quedarme aquí. Y si por el contrario la situación se complicase de tal forma que tuviesen que salir por piernas, no se iría sin mí. Se que vendrá a buscarme y no habrá un lugar en que pueda esconderme.
- Las cosas no se calmarán, estoy seguro, las últimas noticias son esperanzadoras, no para ellos, claro, pero ¿crees que el presidente y sus allegados saldrían del país si no logran controlar la sublevación?
- No lo dudes. No son más que ratas que saldrán corriendo, pisoteándose unos a otros para salvar el culo. Han maltratado, vejado, torturado y asesinado a cientos de personas, Mario. Se han apropiado de los bienes de aquellos que han osado enfrentarse a ellos. No les ha importado jugar con la vida de cualquier con tal de cerrar una buena operación con suculentas ganancias. Si la oposición y los ciudadanos consiguen acabar con este gobierno, tienen la obligación de juzgarlos por sus crímenes y ellos no se van a quedar a verlas venir. Tienen medios suficientes, cogerán un avión y se largarán a cualquier país en el que tengan una buena cuenta corriente. Y… ¿cómo sabes lo que está ocurriendo en el país? Aquí estamos prácticamente aislados, perdidos en este hermoso rincón en mitad de la montaña.
- ¿Has oído hablar de internet? – lo dice riéndose mientras desaparece por la puerta de lo que supongo es su habitación
- Idiota.
- ¿Has dicho algo? No te he oído.
- ¡¡Idiota!!
- Vale, vale, no hace falta que grites, ahora sí te entendí – y sale con el portátil bajo el brazo.
- No se por qué no se me ocurrió que podías tener un ordenador, debe ser que volver aquí ha sido para mí el regreso al pasado. Ni siquiera pensé en traer el mío, sólo deseaba volver a casa de la abuela, revivir aquellos años en que amanecía feliz cada mañana.
- Ven, acércate, vamos a ver lo que se cuenta por la red, ya sabes que es mucho más fiable que los periódicos o la televisión que aún están controlados por el gobierno.

Durante un rato, leemos en silencio, con los ojos pegados a la pantalla, las trifulcas, luchas callejeras, huelgas y manifestaciones que se suceden por todo el país, multiplicándose cada día. No funciona el transporte público, los colegios; la comida empieza a escasear en los supermercados, la gente intenta aprovisionar sus despensas, hay saqueos, robos, tiroteos en plena calle. Media Europa ha empezado a alzar su voz, por primera vez en mucho tiempo, en contra del actual gobierno que está recibiendo presiones por todas partes. El presidente hace días que no aparece en ningún acto público, ni hace declaraciones para los medios de comunicación. Su única respuesta es sacar a la calle más contingentes de policía con órdenes concretas de reprimir lo que acabará explotando de una u otra forma. Las fuerzas de represión están empezando a cansarse de luchar y golpear a las gentes con las que conviven cada día. Algunos les insultan, les hacen frente con piedras, porras, bates o cualquier cosa que pueda servirles de arma, otros corean a voz en grito: ¡Traidores! ¡Corruptos! ¡Peleles!. Y otros, sentados en la acera les preguntan ¿qué hacéis aquí? ¿por qué lucháis vosotros?...

- Esta situación no durará mucho tiempo – me dice.
- Y yo tengo que escapar. Debo marcharme antes de que Ernesto venga a buscarme. No puedo irme con él, no puedo, antes le pego un tiro o me lo pego yo.
- No digas eso, seguro que podemos buscar una solución.
- No vendrá solo, seguro, no va a ninguna parte sin sus guardaespaldas, me llevará a la fuerza. Le conozco y no escuchará mis súplicas. Para él es algo muy simple: es mi dueño, me salvó la vida y le pertenezco.
- Voy a escribirle un correo a Ignacio, mi amigo médico, a ver si puede venir a verme. Él estará bien enterado de todo, forma parte de un grupo con firmes contactos en el extranjero que lucha desde hace tiempo contra este gobierno. Quizá pueda ayudarte.
- ¿Me contará todo lo que sabe de mi estancia en la clínica?
- Eso es algo que debes preguntarle tú.

Permanezco a su lado mientras sus dedos vuelan sobre el teclado. En el correo le habla de un problema que le ha surgido con un osezno y que le gustaría comentar con él. No entiendo nada. Luego escribe sobre trivialidades del tiempo y de su trabajo en el monte. Mi expresión debe ser de perplejidad, porque se vuelve hacia mí con esa sonrisa burlona que seguro es cosa de familia.

- ¿No querrás que le cuente en un correo lo que pasa en realidad?
- ¿Temes que alguien pueda leerlo?
- Ignacio no es tonto, y guarda unas buenas medidas de seguridad, pero no está de más ser precavido, así que tenemos una especie de código para saber cuando el asunto es grave. No te preocupes, nosotros nos entendemos.
- Gracias, Mario… tengo que irme ¡es tardísimo! Tu hermano me va a matar, me recalcó que no me retrasase para la comida… ¿quieres acompañarnos?
- No, podría volver tu marido en cualquier momento y prefiero que por ahora siga sin saber nada de mí.
- Tienes razón. Gracias otra vez.

Me acompaña hasta la yegua que pasta tranquilamente cerca de la casa. Antes de montar, me pongo de puntillas y rozo suavemente mis labios con los suyos que tiemblan ligeramente.

- Hasta mañana, entonces.
- Hasta mañana.

Cuando llego a la casa, Antón está esperándome en la puerta. Un gesto de alivio se le dibuja en el rostro al verme aparecer por el camino. Me apeo de un salto, me arrodillo ante él y me acurruco entre sus brazos.

- Abrázame, Antón, abrázame muy fuerte.
- Me tenías muy preocupado, rapacina, pensando que te podía haber pasado cualquier cosa ¿cómo tardaste tanto? ¿qué te pasa?... estás temblando.
- Lo siento, Antón, se me hizo tarde. Déjame que le quite la silla a la yegua y la deje en el establo y vamos a comer. Estuve con Mario, ahora te lo cuento todo.
- Está bien, está bien, voy a decirle a Carmina que prepare la mesa. No tardes.

Estoy en la habitación quitándome las botas de montar cuando el repiqueteo del teléfono me hace dar un brinco. Oigo a Carmina que responde y luego golpes de nudillos en mi puerta.

- Señora, el teléfono, es el señor.
- Dile que voy enseguida, es sólo un momento.

Me dirijo al comedor para atender la llamada, me tiemblan las piernas. Respira hondo, Eva, me digo, respira hondo y disponte a actuar como tú sabes. Miente, muéstrate tranquila, dulce y amable, como la amante esposa que eres. Respira hondo.
(Continuará)