Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

lunes, 1 de septiembre de 2008

Un hombre de palabra


Se jactaba de ser hombre de palabra.
Decía que a causa de nuestra pecaminosa relación estaba condenado al fuego eterno del infierno, pero nada le importaba: por mí iría voluntariamente hasta el mismísimo averno.
Juraba que me amaba.
Le creí a pie juntillas.
Aquel jueves de otoño en el que amarilleaban las hojas de los árboles bajo el sol del ocaso, se transformó de pronto en fría tarde invernal cuando él no acudió a nuestra cita. Esperé inmóvil sentada en nuestra mesa del café hasta bien entrada la noche.
Esperé aún durante días, alguna noticia, una disculpa, una tonta explicación a su abandono.
Agotada la paciente espera, llamé inútilmente a un teléfono apagado, al timbre desconectado de su casa. Pregunté en hospitales con los dedos cruzados a la espalda y suspirando aliviada ante la ausencia de respuestas.
Como último recurso pateé la ciudad de punta a punta atisbando cada rostro, cada gesto, cada sombra que se le pareciese vagamente. Nada.
Una noche, al volver a casa, arrastrando los pies, desecha, me paré ante la puerta de un garito, única señal de vida entre la absoluta oscuridad de la calle. Su nombre brillaba con luces de neón rojas y amarillas: “El Averno”.
De allí le vi salir entre dos putas, aferrando con manos lujuriosas aquel par de caderas.
Se jactaba de ser hombre de palabra.
No mentía.
PD. En unos días próximo capítulo de "El último Refugio".

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