
Besos.

Besos.




- Dime con quien estás follando ¡zorra! Dímelo o te mato aquí mismo.
La voz del hombre era apenas una especie de silbido amenazante, mientras deslizaba el cañón de su pistola en la entrepierna de la mujer. Ella, por toda respuesta, le escupió en la cara al tiempo que le dedicaba una mirada cargada de desprecio.
El estampido resonó en la habitación.
- ¡Corten! ¡corten! Perfecta, ha quedado perfecta… quiero ese primer plano de la mirada de Carmen ¿me has oído Germán? Será la carta de presentación de la película. Habéis estado geniales. Carmen, Antonio… buen trabajo.
- Somos profesionales – respondió Antonio, mirando fijamente a su pareja de reparto que aún seguía sobre la cama esperando que alguien limpiase todo aquel estropicio de efectos especiales, mientras él, como en un descuido, acariciaba su cuerpo desnudo con la punta del arma.
Carmen pensó que el contacto con el frío metal era la causa de su repentino estremecimiento, hasta el instante en que sus ojos se cruzaron con los de Antonio.
(Octubre 2007)

Llegamos hasta el río en completo silencio, cada uno perdido en sus pensamientos. Me quito las alpargatas y tomo asiento en una gran piedra para así poder sumergir los pies en el agua cristalina. Está helada, lo que hace que la circulación de mis piernas se revolucione de tal manera que un intenso hormigueo se extiende por ellas. Mario se sienta a mi lado. A nuestra espalda el sol ha empezado a esconderse tras las montañas bañando el paisaje con preciosos tonos naranjas y rojos. Sólo se escucha el rumor del agua y los sonidos que emiten los animales que agazapados pululan por los alrededores. Se respira una inmensa paz como si estuviésemos a miles de kilómetros de la civilización.
- Eva.
- Dime.
- Cuando todo esto termine ¿qué te gustaría hacer?
- ¿De verdad tienes la esperanza de que todo acabe algún día? ¿Y si todas estas acciones no dan resultado?
- Estoy seguro de que tarde o temprano se pondrá fin a esta locura. Imagina por un momento que eres libre, anda, haz un esfuerzo ¿qué harías?
- ¿Qué haría? Hace años que no veo a mis padres. Ernesto siempre está demasiado ocupado para un viaje de placer, siempre anda de acá para allá pero por política o negocios, y a mí nunca me dejó ir sola a Londres, sabe que no hubiese vuelto a su lado. Sí, lo primero que haría sería ir a verles y dejar que me mimasen y volviesen a tratarme como su niña. Después, no se, creo que me quedaría a vivir aquí, en la casona de la abuela. Quizá podría volver a la Universidad, aunque seguramente no me serviría de nada estudiar arquitectura, pero podría empezar cualquier otra cosa. Sí, creo que sería muy feliz aquí, con Antón, y… contigo. ¿Seguirías aquí?
- No conozco otro lugar mejor para vivir, esto y los meses que paso en África son toda mi vida, por supuesto que seguiría aquí.
- Te pareces mucho a tu hermano, eres como él cuando tenía tu edad. Quizá seáis algo diferentes físicamente, aunque no creas, esos ojos son idénticos a los suyos, pero no podéis negar que sois hijos del mismo padre.
- ¿Sabes cómo era la primera mujer de mi padre, la madre de Antón?
- La vi en las fotos que guardaba mi abuela, y siempre me pareció extraño que tu padre estuviese tan locamente enamorado de ella. Así a primera vista no parecía que tuviese nada especial, al contrario, no me pareció que fuese la clase de mujer que encandila a los hombres.
- Debe pesar una tremenda maldición sobre los hombres de mi familia.
- ¿Y eso?
- Sólo nos enamoramos una vez en la vida y es para siempre.
- Míralo, que seguro lo dice – y en verdad me hace gracia la seriedad que impregna sus palabras.
- Fíjate en mi padre, jamás olvidó a su único y gran amor… y ¿qué me dices de Antón?
- Pues… no se ¿qué tengo que decir de Antón?
- Enamorado de ti toda una vida, sin que se le haya conocido nunca ningún otro amor.
- Quizá es que es discreto.
- No, no digo que no haya tenido sus pequeños romances, sus aventuras, pero enamorarse… no, estoy seguro.
- ¿Y tú?
- También yo estoy maldito. Creo que me ocurrirá lo mismo que a ellos.
- ¿Te ocurrirá? ¿Estás enamorado?
- No estoy seguro, pero no puedo pensar en nada más que no sea ella y cuando la miro parece que algo vaya a estallarme en el pecho.
Durante un momento, no se qué decir, parece que las palabras se hayan quedado atascadas en algún lugar de mi garganta. No había caído en la cuenta de que Mario quizá tuviese novia, una relación seria.
- ¿Puedo saber quién es la afortunada?
- No.
- O sea, que yo ando revelándote secretos, abriéndote mi alma de par en par, mis más íntimos deseos y tú contestas tranquilamente con un “no”… pues ni falta que me hace. No vengas luego a pedirme consejo.
- ¡¡¡Jajajajajajaja!!!! Que buena actriz serías: “abriéndote mi alma de par en par” jajajajaja… a saber lo que tendrás en el alma, contando con que la tengas, claro.
Mientras está hablando y carcajeándose me agacho un poco y le tiro un buen manotazo de agua que recibe en pleno rostro. Me levanto a toda prisa dispuesta a salir corriendo antes de que reaccione y se vengue de mí, pero no encuentro las dichosas alpargatas y el camino está lleno de piedras. Estoy buscándolas desesperadamente cuando recibo un chorro de agua helada en la espalda que me deja la camiseta chorreando.
- ¡Ahora verás!
Me doy la vuelta dispuesta a empujarle pero el muy cabrón se ha bajado de la piedra y está de pie en el agua. Aprovecha los pocos segundos en que titubeo para cogerme la mano y estirarme hacia él. No tengo más remedio que saltar al río si no quiero caer. La batalla es encarnizada, nos tiramos agua a manos llenas entre risas, gritos y amenazas. De pronto me encuentro entre sus brazos, buscándonos la boca con desesperación. Estamos empapados pero mi piel despide tanto calor que temo que de un momento a otro empiece a salir vapor de mi ropa mojada. Deshacemos el abrazo con urgencia y nos quedamos inmóviles un instante sin saber muy bien qué hacer o qué decir.
- Ya es de noche, deberíamos volver a casa – digo con voz entrecortada.
Él no contesta, asiente lentamente mientras sube a la piedra y me tiende su mano para ayudarme a salir del agua.
- Malditas alpargatas, no se qué hice con ellas.
- Espera, creo que están ahí entre esas ramas.
Se acerca a mí con ellas en la mano y se arrodilla. Tomo asiento en la piedra de espaldas al agua y él me las calza muy despacio acariciando mis pies mojados. Luego se pone las suyas y emprendemos el regreso.
(continuará)








(Pinchando en la foto tenéis el enlace al libro)
Os aseguro que no habéis leído a nadie que se le parezca. Es lo que tiene ser "un bicho raro".
¡Suerte! Pablo.


Producida la caída desde 250 dólares el barril hasta los 5 actuales, se derrumban poderosas petroleras, originando una grave crisis a causa del boicot impuesto por la población mundial: puestos de acuerdo por primera vez en la historia mediante SMS, decidieron prescindir del automóvil, cayendo la cotización en la primera semana un 50%, pues ante un boicot de esta magnitud no tienen capacidad de almacenaje para su producción, creando un caos que origina sucesos increibles: Dick Cheney se suicida ahogándose en un depósito de petróleo; en Argentina, Menem es aclamado por haber vendido YPF; un iraquí compra por un simbólico dólar el emirato kuwaiti; millones de bicicletas pululan por las calles.

Es aún muy temprano cuando escucho ruidos en la casa, me levanto y me asomo por la ventana, abajo está aparcado el coche de Ernesto. Ya que estoy despierta me doy una ducha y bajo a desayunar. Al pasar por el antiguo despacho de papá oigo voces que hablan bajito, casi en un susurro y se silencian cuando golpeo suavemente con los nudillos.
- ¿Si? ¿Quién es?
- Eva
Es Ernesto quien abre la puerta. La habitación está casi en penumbra, sentados alrededor de la mesa cubierta de documentos están Pin y Pon, como yo me he acostumbrado a llamarles.
- Perdona ¿te hemos despertado?
- No, no importa. He bajado a desayunar… ¿Queréis alguna cosa o desayunas conmigo?
- Sí, voy enseguida, en cuanto terminemos de repasar unos papeles.
- Te espero.
Me dirijo a la cocina y pongo la cafetera en el fuego, mientras en una bandeja voy sacando tostadas, mantequilla, mermelada y zumo de manzana.
- Buenos días, rapacina, has madrugado mucho.
- Antón… qué susto me has dado ¿por qué eres siempre tan silencioso?
- Debe ser que no uso tacones – dice bromeando.
- Ha llegado Ernesto, estoy preparando el desayuno ¿nos acompañas?
- No, debe tener cosas que contarte, yo tomaré un café aquí mismo.
- Está bien, como quieras.
Espero en el salón. He notado a Ernesto cansado, con ojeras, no ha debido dormir en toda la noche. Estoy segura de que algo grave está pasando, quizá los disturbios están cobrando más importancia de la que imaginaban…
- Ya estoy aquí, me muero por un café.
- Ven, siéntate, come algo… no tienes buen aspecto.
- Eva… verás, no puedo quedarme, tengo que volver a Madrid. Todo se está saliendo de madre, se nos escapa de las manos. Aquí hay disturbios y sublevaciones pero allá hay heridos y muertos. El gobierno en pleno está reunido y tengo órdenes que no puedo desobedecer.
- Ya, bien, bien, no te preocupes, pero… yo no quiero irme, Ernesto. No quiero volver ahora. Hacía muchos años que no me sentía tan bien. No me obligues a volver, por favor, no lo hagas.
Me mira en silencio unos minutos que a mí se me hacen eternos.
- Está bien, sí, creo que estarás mejor en esta casa. De todas formas no podría permanecer mucho tiempo a tu lado. Pero… no te muevas de aquí, quiero que me estés esperando cuando vuelva a buscarte.
Hago un esfuerzo para que no perciba mi suspiro de alivio.
- Aquí estaré… ¿Cuándo tienes que irte?
- Enseguida.
- Voy a recoger tus cosas.
- Eva.
- ¿Qué?
- Te quiero, no lo olvides.
Salgo sin responder.
Me siento como aquella jovencita que venía aquí a pasar el verano: libre y feliz. No quiero saber nada de lo que está pasando, no quiero. Yo ya hice mi revolución y tuve mi castigo, ahora que sean otros los que luchen, los que se indignen, los que griten en las calles. No sé, no tengo esperanza en que se logre algo positivo, no sé, no quiero pensar en eso. Las únicas personas a las que amo, mis padres, hace dos o tres años que se marcharon a Londres, siempre les gustó esa ciudad en la que pasaron grandes temporadas por los negocios de papá. Antón está aquí. No tengo a nadie más.
(Continuará)
.jpg)
Lo dice en su susurro y yo despego mi cabeza de su pecho para mirarle a los ojos.
- ¿Cómo se te ocurre que pudiera contárselo? Ojalá no vuelva nunca. No sabes lo que es vivir allí, Antón, no, no lo sabes, siempre fingiendo, rodeada de estúpidos títeres sin cerebro ni corazón ni entrañas. A veces, a veces tengo ganas de coger un cuchillo y abrirlos en canal sólo para ver qué coño tienen allí dentro. Odio a ese hijo de puta que los maneja a su antojo…
- Cálmate, rapacina, cálmate.
- ¿Sabes hasta qué punto le obedecen? Ernesto… él mataría a cualquiera, incluso a mí, si recibe la orden de ese cabrón de presidente.
- No, no digas eso, Ernesto te quiere, él no te haría daño… ¿o sí?... vamos, cuéntame eso que te hace odiarle tanto, algo hay ahí adentro que te está matando.
- Una noche Ernesto organizó en casa una gran cena. Invitados ilustres, altos cargos de la política, manipuladores de los medios de comunicación, los más importantes mandos del ejército… el poder en pleno. Ese hombre, el hombre de tan alta moral, el presidente… no dejó de mirarme durante toda la velada. Había algo en su mirada que a mí me helaba por dentro. Todo se arrastraban ante él como gusanos babosos, me hubiera gustado crecer y crecer como Alicia en el País de las Maravillas y aplastarlos en el suelo, pisar sus cuerpos repugnantes, notar su crujido bajo mis pies, clavarles los tacones en los sesos…pero, en lugar de eso, tenía que estar allí sonriente, pero no demasiado, atenta, pero con elegancia. Me dolían las mejillas de mantener esa pose forzada. Estábamos tomando el café cuando ese cabrón le hizo una seña a Ernesto que corrió a su lado babeante y ansioso. El otro le susurró algo al oído que por un momento cambió la expresión de mi marido. Ambos me miraron y noté una arcada amarga que me subía desde el estómago a la garganta. Al cabo de un rato los invitados salieron al jardín con sus copas de licor y sus cigarros. Hacía una hermosa noche, el cielo estaba plagado de estrellas, aunque creo que sólo yo las vi, los demás se habían olvidado de la emoción que se siente mirándolas. Ernesto se acercó a mí y me cogió suavemente por el codo llevándome con él al interior de la casa. Subimos a su habitación. Y cuando abrió la puerta, allí estaba él, sentado en la cama, intentando mantener una pose de hombre interesante y atractivo cuando sólo era un payaso. Ernesto se marchó y cerró la puerta.
o Acércate ¿quieres?... esta noche estás guapísima.
o ¿Qué quieres?
o Jajajajaja!! Tienes carácter, creo que en aquella clínica no consiguieron domarte, y mira, eso me gusta. Eres mucha mujer para el fantoche con el que te casaste.
- Se había levantado de la cama y lo tenía a mí lado, hablándome muy cerca del oído. Con un rápido movimiento me cogió fuerte del pelo con una mano, mientras con la otra me apretaba contra su cuerpo. Intenté soltarme pero él me tenía bien agarrada por el pelo haciendo que echase la cabeza hacia atrás, su cara frente a la mía.
o Ahora te vas a portar bien y harás lo que yo te diga. Tú aún tienes ese punto salvaje que me excita, seguro que ya se te empapó el coño… a lo mejor prefieres que llame a tu marido para que te sujete… Ernesto… Ernesto.
- Y Ernesto se asomó a la puerta. Estaba allí todo el tiempo, pero no para entrar a salvarme, no, si no para asegurarse de que yo hiciera lo que tenía que hacer. En ese momento me sentí una mierda, menos que una mierda. Dejé de forcejear y me dispuse a hacer cualquier cosa que a aquel cabrón se le antojase. Me puse de rodillas y le saqué la polla del pantalón. Se la mamé con ansia, gemí y grité para que Ernesto me oyese desde el otro lado de la puerta. Me tragué su asqueroso semen y se la limpié con la lengua hasta dejarla reluciente. Luego le desnudé y me desnudé. Le rogué que me follara, que follase a su puta, que me metiera su polla hasta partirme en dos. Abrí mi coño para él: cómetelo, cómetelo… es tuyo, mete la lengua, muérdelo. Y ahora llama al cornudo de mi marido, llámalo, quiero que vea cómo me haces gozar, cómo te follas a su mujer, llámalo para que me corra y grite de placer contigo – le gritaba excitándole. Le llamó con voz ronca y Ernesto asomó la cabeza. Me dio asco, asco y pena, creo que ya no podía albergar tanto odio, lo notaba saliéndome por los poros de la piel. Fingí el más maravilloso orgasmo imaginable, clavé las uñas en su asquerosa espalda hasta hacerle gritar. Cayó sobre mí exhausto y satisfecho.
- Díos mío, Eva, jamás imaginé a Ernesto capaz de algo así.
- Tampoco yo podía creerlo, pero te aseguro que cualquier otro hubiese hecho lo mismo. Sólo piensan en escalar y escalar peldaños de poder y por eso venderían su alma al mejor postor. Así que si se trata de vender a la mujer, la hija o la madre… no tiene importancia.
- ¿Qué pasó después?
- Nada, me levanté y me marché a mi habitación. A Ernesto no le ví en los días siguientes. Una mañana llamó a mi puerta, teníamos una recepción en casa de alguien importante y debía acompañarle. Como si nada hubiese pasado. Me vestí a la hora prevista y salimos hacia allá. En el camino le dije: Si se te ocurre hacerlo otra vez, me clavo un cuchillo allí mismo, delante de todos. No me respondió, pero nunca más volvió a pedirme nada igual.
- Nunca tenías que haber salido de aquí.
- Si me lo hubieses pedido no lo habría hecho.
Calla. Y yo sé que no debo insistir. Buenas noches, le digo, mientras le beso suavemente en los labios.
(continuará)

- Menos mal que has llegado, rapacina ¿dónde te has metido? ¿qué es eso de la frente? ¿te caíste?
- No es nada, Antón, no es nada. La yegua se asustó con una serpiente o no se con qué, se encabritó y salió al galope, en la carrera choqué contra un árbol y caí al suelo ¿Y Ernesto?
- Ha llamado hace una media hora, tuve que decirle que estabas dándote un baño, no sabía si le sentaría mal que salieses a pasear a caballo. No tardará en llamar de nuevo, dijo algo de que igual no subía hasta mañana.
- ¡Uf! Mejor.
- Ven aquí, rapacina, agáchate que te mire esa herida… ¡qué susto me has dado! No vuelvas a hacerlo.
- Si todos los golpes recibidos fueran como éste… voy a darme un buen baño, ahora de verdad, y hoy cenamos juntos, tienes que contarme algunas cosas.
Estaba entrando en la casa cuando oí el timbre del teléfono. Era Ernesto. Parecía que tenían problemas allá abajo. Había recibido órdenes directas del presidente de no moverse del centro de operaciones hasta que las cosas se calmasen un poco. Que lo sentía, le hubiera gustado pasar unos días tranquilos en mi compañía. Mentiroso. Era un jodido mentiroso. Él sabía muy bien a qué venía, pero tenía que traerme con él, esa era la única forma de mantenerme vigilada, qué equivocado estaba, me había traído justamente al único lugar de la tierra en el que me sentía otra vez libre, al único sitio en el que podía pensar y actuar como la Eva de entonces, como la Eva que siempre estuvo ahí, escondida en lo más profundo. Sin darse cuenta me había conducido al camino por el que quizá podría huir de su lado para siempre.
- No temas, cariño – le dije con mi voz más neutral – estoy bien. Quédate el tiempo que necesites, debes cumplir con tu deber. Estaré aquí… esperándote.
- Te quiero, Eva.
Eso era nuevo, hacía años que no escuchaba esas palabras de sus labios. Que no mentía al decirlo, también lo sabía, pero no era suficiente.
Cuando bajé al comedor Antón ya estaba esperándome. Esa noche disfrutaríamos de una cena tranquila, solos. Él se había encargado de decirle al servicio que podían irse a casa, el señor no estaba y nosotros dos podíamos apañarnos sin ellos. Las fuentes con los alimentos estaban dispuestas en una esquina de la mesa. Tomé asiento a su lado y serví un poco de ensalada para cada uno.
- ¿Quién es Mario?
La pregunta le pilló desprevenido.
- ¿Mario?... no, no conozco a ningún Mario.
- Vamos, Antón, que ya no soy una niña. Un hombre me recogió en el camino, me llevó a su casa y me curó la herida. Se llama Mario y está viviendo en una casa, en el monte, que yo jamás había visto. Y además se parece mucho a ti. Quiero saber quien es y qué hace aquí.
- Está bien. Lo siento, no merecía la pena hablarte de él porque no pensé que algo así podría ocurrir, que la casualidad te hiciese encontrarte con él. Mario es mi hermanastro.
- ¿Qué?
- Habían pasado más o menos dos años desde que pasaste aquí aquel último verano cuando apareció preguntando por mí, aún estaba bien tu abuela. Al parecer su madre era una de esas mujeres con las que mi padre intentó consolarse, una de las que más le duró. Mario nos contó que vivieron juntos algunos años y que ella le quería mucho. Un día mi padre despareció, como hacía siempre, y la mujer sacó al muchacho adelante como pudo. Cuando le pareció el momento adecuado le contó quien era su padre y que tenía un hermano mayor. No paró hasta que consiguió localizarme. A tu abuela le cayó en gracia y dijo que se quedase con la condición de que tenía que seguir estudiando… ya sabes como era ella. Lo mandamos a la Universidad donde estudió Biología…
- Mis padres… ¿lo saben?
- No, cuando vinieron al entierro de tu abuela, Mario estaba estudiando y sólo venía en vacaciones y vosotros ya no aparecisteis más por aquí. Luego se enteró que necesitaban un guardabosque y pidió la plaza. Aquella parte del monte donde hicimos la casa fue la que me dejó tu abuela en herencia. Le gusta la naturaleza, no sale de allí más que para ir a comprar una o dos veces al mes a la ciudad. Y una vez al año, a principios de otoño, cuando ya no hay peligro de incendio y los animales empiezan a prepararse para la hibernación, se va de viaje. África es su destino preferido.
- ¿Qué sientes por él?
Se queda un momento pensativo… carraspea.
- Al principio sentí una especie de rencor, no sé cómo explicarlo ¿qué cojones venía a buscar ese niñato? Si esperaba sacar tajada, iba listo. Me enfurecí y traté a su madre de furcia. Él me dejó desahogarme y luego me miró, sólo me miró con esos ojos grises, sin decir nada, aguantando mis insultos y mis gritos. Allá, en el fondo gris de sus pupilas había un enorme desamparo. Tu abuela lo había visto antes que yo y ya había tomado su decisión, como siempre acertada. Y luego… luego me salvó la vida.
- ¿Cuándo el accidente?
- Sí. Él fue quien me encontró tirado en aquel barranco, ni sé cómo pudo bajar por esas peñas gigantes y afiladas. No quiso tocarme al darse cuenta que tenía la columna destrozada. Volvió arriba, a su casa, a por una manta. Cuando me dejó tapado marchó al galope a buscar ayuda. Me sacaron de allí en helicóptero… y ya sabes el resto de la historia.
Lo dice mirando la silla de ruedas sobre la que está sentado. En ese momento sólo tengo ganas de abrazarle. Y lo hago. Me arrodillo entre sus piernas y me aprieto contra él aspirando el aroma de su piel, dejando que ese calor tibio que desprende me caliente los huesos. Él deposita suaves besos en mi pelo.
- No dejes que se entere tu marido, no le cuentes nada.
(Continuará)