Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

domingo, 31 de agosto de 2008

El último refugio (XVII)


Me alzó en el aire y me echó sobre su hombro al tiempo que me propinaba una sonora palmada en el culo. Luego salió del establo conmigo a cuestas, haciendo caso omiso a mi pataleo y a los puñetazos que le propinaba en la espalda. Afortunadamente estábamos sólos en la casa, a excepción de la vieja María que ya estaba más sorda que una tapia y que seguramente estaría dormitando en la cocina. Me llevó hasta el río y allí sin previo aviso me dejó caer en el agua. Estaba helada. Intenté salir a toda prisa, pero cada vez que lo intentaba él volvía a empujarme hacia dentro. Saldrás cuando se te hayan bajado esos humos, señorita orgullosa y antipática, así aprenderás de una vez que no puedes hacer realidad cualquier capricho que se te venga a la cabeza. Sólo cuando me vio tiritar de frío, me volvió a cargar en sus brazos y me llevó a la casa. Ya en mi habitación, empezó a quitarme la ropa empapada de agua mientras yo no dejaba de temblar. Me secó despacio friccionando la toalla por todo mi cuerpo, y aquellos espasmos ocasionados por el frío dieron paso a otros motivados por el deseo. Cada vez que sus manos me rozaban, mi piel reaccionaba a su contacto. ¿Se te bajaron los humos, señorita? Susurraba en mi oído mientras sus manos aprisionaban mis pechos y pellizcaban aquellos botones erguidos y desafiantes. Yo sólo deseaba que siguiera, que no parase, sólo quería dejarme llevar por el placer que me hacía sentir. No podemos dormir juntos, no podemos, seguía diciendo con la boca pegada a mi oreja. Tampoco tendríamos que estar haciendo esto, pero no puedo vencer la tentación cuando te tengo cerca. Debería alejarme de ti, lo se, debes marcharte de aquí, pronto, antes de que suceda lo inevitable. Mientras hablaba sus dedos jugueteaban con mi sexo. Mis piernas eran pura gelatina incapaces de sostenerme. Calla. Y buscaba su boca para silenciar sus palabras. Luego me sentó sobre la cama, y de rodillas hundió su boca entre mis piernas, su lengua húmeda y caliente recorría sin descanso mi sexo tembloroso, hundiéndose de vez en cuando en su interior, penetrándome con ella, al tiempo que mis piernas se abrían al máximo y retorcía mi cuerpo ante aquella descarga de placer intenso.

Lo inevitable jamás sucedió, pienso mientras su aliento cosquillea en mi nuca. No siento pena por ello, o quizá sí, ahora es difícil saberlo. Quizá me hubiese gustado sentirle dentro de mí, escucharle gemir, mirarle a los ojos mientras se vaciaba en mi interior… pero eso no son más que elucubraciones sobre algo que ya no tiene remedio. Lo que más me apena es el tiempo perdido, todos estos años que pasé muriendo mientras intentaba sobrevivir, al lado de alguien a quien no quiero, participando de una vida que me asquea, que me hizo sentir sucia y despreciable. Pero eso, seguramente, también fue inevitable, y sucedió.

Cuando me despierto, él ya se ha levantado. Remoloneo un poco y me parece escuchar el murmullo de una conversación. Al fin me hago el ánimo y me levanto. Ya vestida salgo de la habitación y me guío por las voces que parecen venir del exterior. Al acercarme a la puerta les veo: Mario y Antón están en el patio charlando.

- Vaya, parece que la bella durmiente ha salido por fin de su letargo.

Es Mario que me mira con ojos risueños.

- ¡Ja! Estaba esperando al príncipe que viniese a despertarme, pero por lo que veo por aquí no hay ninguno. Sólo distingo a un par de ranas croando.
- Quizá con un beso de la princesa, se obre el milagro.

Decidida, me acerco a él y le beso en la boca. Le pillo desprevenido, no esperaba el beso ni la pasión con que se lo doy.

- A ver si así te callas y dejas de decir tonterías- le espeto con aires de suficiencia dándole la espalda y guiñándole un ojo a Antón que ríe divertido.
- No deberías provocarla, Mario, no sabes de lo que es capaz.

Los dos nos reímos abiertamente con la cara de sorpresa que se le ha quedado a Mario.

- Bueno ¿se puede saber a qué se debe tu grata visita?, si puedes articular alguna palabra coherente.
- Ejem… venía a decirte que Ignacio ya me ha contestado, dice que pasará por aquí mañana por la mañana y se quedará a comer, tendremos tiempo para hablar tranquilos. Ya me ha dicho Antón que al parecer contamos con algunos días para idear un plan viable.
- Eso espero, aunque tengo miedo que Ernesto se presente de repente si la situación se vuelve insostenible.
- Ignacio me ha comentado que aún queda bastante trabajo por hacer, y piensa que lo peor aún está por llegar. El gobierno apurará al máximo sus recursos, teme que la represión se endurezca en un último intento por sofocar las protestas y las huelgas masivas. Parte del ejercito está al lado de la oposición, pero aún quedan facciones adictas al régimen, los más duros y sanguinarios, que espera acaben por convencerse de lo que puede ocurrir en el caso de continuar en su postura, y de la situación difícil en que se verían, en el caso más que probable, de que el gobierno sea derrocado y sus máximos representantes juzgados y condenados por sus crímenes.
- Mañana habrá tiempo para hablar de todo eso – dice Antón- Mario, ¿te quedas a cenar?
- No quisiera ser una molestia.
- Tu hermano no dice más que tonterías, Antón ¿tendré que hacerle callar nuevamente?
- No seas mala, rapacina ¿no ves que le cohíbes?
- Está bien, señorita, cenaré con vosotros con mucho gusto.
- ¿Por qué no os vais a dar un paseo?- sugiere Antón.
- Mejor cojo tu silla y vamos los tres, así podemos seguir charlando.
- No, tengo algunas cosas que hacer. Id vosotros, le diré a Carmina que prepare cena para tres.
- Está bien… ¿vamos? – digo dirigiéndome a Mario.

Y echamos a andar por el camino en dirección al río.
(Continuará)

martes, 26 de agosto de 2008

El último refugio (XVI)


- ¿Hola?
- Eva, Eva, soy Ernesto, espera que hay mucho ruido aquí, espera un momento… ahora ¿me oyes bien?
- Sí, Ernesto, te oigo ¿cómo va todo?
- Bien, bien, no te preocupes ¿cómo estás tú?
- ¿Cómo estoy? Como cuando era una niña pequeña, paseo a caballo, leo, duermo, como y poco más.
- Me alegro que te siente tan bien estar en la casa de tu abuela, creo que te hacía falta una temporada tranquila para reponer fuerzas. Oye, escúchame una cosa…
- Dime
- Creo que en una semana o quizá menos estaré por ahí. Quiero que estés preparada por si tenemos que salir de viaje.
- ¿Salir de viaje? ¿Dónde? No me dijiste nada de ningún viaje.
- No lo se, Eva, todavía no lo se, no puedo decirte más, sólo que estés preparada. Si puedo te llamaré antes pero no te lo aseguro. No vayas a la ciudad, no quiero llegar ahí y no encontrarte.
- ¿Estoy secuestrada en la casa o algo así?
- No, por favor, no he querido decir eso, es que no quisiera tener que perder el tiempo buscándote por ahí, entiéndeme, por favor. No puedo decirte más por teléfono, sólo haz lo que te digo.
- ¿Y si ocurre algo imprevisto? ¿Si me pongo enferma? ¿Si le pasa algo a Antón? No puedo estar aquí día y noche sin salir esperando a que tú llegues.
- En ese caso, puedes llamarme a este teléfono, aunque espero que no sea necesario.
- Está bien, de acuerdo, haré lo que dices. No pensaba salir a ningún lado de todas formas.
- Entonces ¿por qué discutes?... Eva, Eva… no cambiarás nunca.
- Seguramente porque no me gusta obedecer órdenes, lo entiendes ¿verdad?
- Sí, lo entiendo. Eva, en realidad, sólo quería escuchar tu voz y saber que estás bien, sólo eso.
- ¿Hay algún problema Ernesto? ¿Algo que deberías contarme?
- No, te lo contaré cuando nos veamos, no quiero que te preocupes. Ahora tengo que dejarte, el trabajo me espera. Cuídate. Y no olvides lo que te he dicho.
- Cuídate tú también.

Cuelgo el teléfono y me dirijo al comedor. Antón está esperándome. Me mira con ojos preocupados pero no pregunta, espera pacientemente a que yo me sienta preparada para hablar. Cuando entra Carmina para servir la mesa le digo que no hace falta, ya lo hago yo. Durante un rato comemos en silencio. Me cuesta tragar cada bocado mientras mi cabeza no deja de darle vueltas a todo lo sucedido esta mañana. Entonces empiezo a contárselo a Antón, hablo y hablo quedándome casi sin aliento. Él me escucha atentamente asintiendo de vez en cuando. Le cuento también la conversación con Ernesto. Le digo que es lo que yo me temía, está pensando en huir del país y piensa llevarme consigo. Le miro con ojos suplicantes:

- ¿Qué voy a hacer, Antón? ¿qué voy a hacer?
- Tranquilízate, debes serenarte para pensar de forma coherente. Si no quieres ir con él no dejaremos que te lleve a la fuerza.
- ¿No dejaréis? ¿Quiénes? ¿Mario y tú? ¿Carmina? No sabes lo que dices, no, no lo sabes. Ernesto no vendrá solo, no, vendrá rodeado de sus matones de tres al cuarto que no dudarán en pegaros un tiro, Antón. Y a ti más que a nadie. Él sabe lo que significas para mí, sabe que haré lo que me pida antes que consentir que te haga daño. No le conoces, Díos mío, no le conoces.
- Eva… cállate y escúchame. Pareces una cría ¿no has aprendido nada en todos estos años? Pensaba que por fin sabías dominar esos arrebatos cuando hace falta, pero parece que volver a casa te ha hecho olvidar la vida que has tenido que llevar todo este tiempo. Ten confianza en ti misma y en nosotros, no me decepciones.
- Lo siento, tienes razón, pero es que me horroriza la idea de tener que marcharme con él, me asusta tanto que no me deja pensar con claridad.
- Ven aquí, siéntate a mi lado, y deja de dar vueltas arriba y abajo como una leona en el zoológico. Lo primero que hay que hacer es hablar con Ignacio, él puede aclararte algunas cosas sobre el tiempo que pasaste ingresada. Luego, pensaremos en como sacarte de aquí, o donde esconderte para que Ernesto no te encuentre cuando venga a buscarte. Estoy seguro de que Ignacio podrá ayudarnos también en eso, están bien organizados y son de fiar. También cabe la posibilidad de que si las cosas pintan tan mal para el gobierno como parece, Ernesto no pueda escapar ¿has pensado en eso?
- Eso sería un milagro.
- Los milagros no existen, rapacina, somos nosotros quienes hacemos que sucedan. Puede ocurrir que Ernesto llegue hasta aquí y se encuentre con una bonita sorpresa.
- ¿Me estás diciendo que le traicione? ¿Qué le deje en manos de la justicia?
- ¿Lo harías?
- Sí.
- Son sólo hipótesis que debemos tener en cuenta. Ahora será mejor que descanses un rato ¿por qué no te acuestas unas horas? Cuando te levantes seguimos hablando si te apetece.
- Está bien, y tú ¿te vas a acostar?
- Quiero hacer unas llamadas a ver si averiguo alguna cosa.
- Cuando termines ¿querrás acostarte a mi lado?
- Me cuesta un poco subir las escaleras… ¿recuerdas? – y me dirige una irónica sonrisa.
- Pensaba echarme en tu cama, listo – le saco la lengua como cuando era una niña.

Antes de encaminarme hacia la puerta, me inclino hacia él y le beso en la boca.

Me despierto al sentir movimiento al otro lado de la cama. No me doy la vuelta, no quiero que Antón se sienta cohibido si le miro mientras se traslada desde su silla de ruedas. No se cuanto tiempo he dormido, ahora sólo espero sentir a mi lado el tibio calor que desprende su cuerpo. Me abraza por detrás cogiéndome por la cintura mientras yo me arrimo a él hasta pegarme contra su pecho. Es la primera vez que me acuesto con él. Quise hacerlo el último verano que pasé aquí, pero él no me dejó. Aún recuerdo como me cogió en brazos, me sacó de su cama y me puso de patitas en la puerta. Estuve unos días enfurruñada, sin apenas hablarle, y si lo hacía era para ordenarle alguna cosa como una señorita déspota y consentida, siempre a escondidas de la abuela que me hubiese echado una buena regañina por portarme de esa forma. Antón obedecía y callaba ante mi caprichosa actitud, hasta el día en que entré en el establo y le ordené que cepillase a Zeus, el caballo de mi padre, pretendiendo montarlo. Muy serio y tranquilo me respondió que no era labor suya el cepillar caballos y que no pensase ni por un momento que iba a dejarme montar a Zeus. Enfadada y herida en mi orgullo le contesté que él no era quien para decir qué caballo debía o no montar, y fui, echa una furia a colocarle a Zeus la montura. Antón me cogió por un brazo y yo le golpeé con la fusta que llevaba en la mano. Entonces vi la furia reflejada en sus ojos.

(Continuará)

sábado, 23 de agosto de 2008

Vengo a matarte (AUTORA: TANIA ALEGRIA)


Vengo a matarte.
Tardé en decidirme los dos siglos
que pasé recitando un soliloquio
ante el espejo.
Tengo sienes de cal de tanto odiarte.
Se me escurrió la piel sin credo que la asiese.
Descarnada por dentro, abyecta, despojada,
la lengua en hiel diluida, disuelta en improperios,
con la boca plagada de blasfemias,
vengo a matarte
aferrando con mano de homicida
este puñal de versos.

viernes, 22 de agosto de 2008

El último refugio (XV)


(Imagen: Datames)
- ¿Te quedarás mucho tiempo en la casa? – pregunta después de un corto silencio.
- Quisiera quedarme toda la vida, sin más ocupación que pasear a caballo, bañarme en el río, pasar las tardes de invierno sentada en la mecedora, junto al fuego, leyendo un libro o conversando en voz queda con Antón… o contigo.
- Si eso es lo que quieres, no veo por qué no puedes hacerlo.
- No conoces a Ernesto, no me dejará que me aleje de su lado tan fácilmente. Estoy aquí, aislada del mundo, sin querer enterarme de lo que ocurre porque de una u otra forma él vendrá a buscarme. Si las cosas se calman y consiguen acallar las protestas, de la forma que sea, mi marido no me dejará quedarme aquí. Y si por el contrario la situación se complicase de tal forma que tuviesen que salir por piernas, no se iría sin mí. Se que vendrá a buscarme y no habrá un lugar en que pueda esconderme.
- Las cosas no se calmarán, estoy seguro, las últimas noticias son esperanzadoras, no para ellos, claro, pero ¿crees que el presidente y sus allegados saldrían del país si no logran controlar la sublevación?
- No lo dudes. No son más que ratas que saldrán corriendo, pisoteándose unos a otros para salvar el culo. Han maltratado, vejado, torturado y asesinado a cientos de personas, Mario. Se han apropiado de los bienes de aquellos que han osado enfrentarse a ellos. No les ha importado jugar con la vida de cualquier con tal de cerrar una buena operación con suculentas ganancias. Si la oposición y los ciudadanos consiguen acabar con este gobierno, tienen la obligación de juzgarlos por sus crímenes y ellos no se van a quedar a verlas venir. Tienen medios suficientes, cogerán un avión y se largarán a cualquier país en el que tengan una buena cuenta corriente. Y… ¿cómo sabes lo que está ocurriendo en el país? Aquí estamos prácticamente aislados, perdidos en este hermoso rincón en mitad de la montaña.
- ¿Has oído hablar de internet? – lo dice riéndose mientras desaparece por la puerta de lo que supongo es su habitación
- Idiota.
- ¿Has dicho algo? No te he oído.
- ¡¡Idiota!!
- Vale, vale, no hace falta que grites, ahora sí te entendí – y sale con el portátil bajo el brazo.
- No se por qué no se me ocurrió que podías tener un ordenador, debe ser que volver aquí ha sido para mí el regreso al pasado. Ni siquiera pensé en traer el mío, sólo deseaba volver a casa de la abuela, revivir aquellos años en que amanecía feliz cada mañana.
- Ven, acércate, vamos a ver lo que se cuenta por la red, ya sabes que es mucho más fiable que los periódicos o la televisión que aún están controlados por el gobierno.

Durante un rato, leemos en silencio, con los ojos pegados a la pantalla, las trifulcas, luchas callejeras, huelgas y manifestaciones que se suceden por todo el país, multiplicándose cada día. No funciona el transporte público, los colegios; la comida empieza a escasear en los supermercados, la gente intenta aprovisionar sus despensas, hay saqueos, robos, tiroteos en plena calle. Media Europa ha empezado a alzar su voz, por primera vez en mucho tiempo, en contra del actual gobierno que está recibiendo presiones por todas partes. El presidente hace días que no aparece en ningún acto público, ni hace declaraciones para los medios de comunicación. Su única respuesta es sacar a la calle más contingentes de policía con órdenes concretas de reprimir lo que acabará explotando de una u otra forma. Las fuerzas de represión están empezando a cansarse de luchar y golpear a las gentes con las que conviven cada día. Algunos les insultan, les hacen frente con piedras, porras, bates o cualquier cosa que pueda servirles de arma, otros corean a voz en grito: ¡Traidores! ¡Corruptos! ¡Peleles!. Y otros, sentados en la acera les preguntan ¿qué hacéis aquí? ¿por qué lucháis vosotros?...

- Esta situación no durará mucho tiempo – me dice.
- Y yo tengo que escapar. Debo marcharme antes de que Ernesto venga a buscarme. No puedo irme con él, no puedo, antes le pego un tiro o me lo pego yo.
- No digas eso, seguro que podemos buscar una solución.
- No vendrá solo, seguro, no va a ninguna parte sin sus guardaespaldas, me llevará a la fuerza. Le conozco y no escuchará mis súplicas. Para él es algo muy simple: es mi dueño, me salvó la vida y le pertenezco.
- Voy a escribirle un correo a Ignacio, mi amigo médico, a ver si puede venir a verme. Él estará bien enterado de todo, forma parte de un grupo con firmes contactos en el extranjero que lucha desde hace tiempo contra este gobierno. Quizá pueda ayudarte.
- ¿Me contará todo lo que sabe de mi estancia en la clínica?
- Eso es algo que debes preguntarle tú.

Permanezco a su lado mientras sus dedos vuelan sobre el teclado. En el correo le habla de un problema que le ha surgido con un osezno y que le gustaría comentar con él. No entiendo nada. Luego escribe sobre trivialidades del tiempo y de su trabajo en el monte. Mi expresión debe ser de perplejidad, porque se vuelve hacia mí con esa sonrisa burlona que seguro es cosa de familia.

- ¿No querrás que le cuente en un correo lo que pasa en realidad?
- ¿Temes que alguien pueda leerlo?
- Ignacio no es tonto, y guarda unas buenas medidas de seguridad, pero no está de más ser precavido, así que tenemos una especie de código para saber cuando el asunto es grave. No te preocupes, nosotros nos entendemos.
- Gracias, Mario… tengo que irme ¡es tardísimo! Tu hermano me va a matar, me recalcó que no me retrasase para la comida… ¿quieres acompañarnos?
- No, podría volver tu marido en cualquier momento y prefiero que por ahora siga sin saber nada de mí.
- Tienes razón. Gracias otra vez.

Me acompaña hasta la yegua que pasta tranquilamente cerca de la casa. Antes de montar, me pongo de puntillas y rozo suavemente mis labios con los suyos que tiemblan ligeramente.

- Hasta mañana, entonces.
- Hasta mañana.

Cuando llego a la casa, Antón está esperándome en la puerta. Un gesto de alivio se le dibuja en el rostro al verme aparecer por el camino. Me apeo de un salto, me arrodillo ante él y me acurruco entre sus brazos.

- Abrázame, Antón, abrázame muy fuerte.
- Me tenías muy preocupado, rapacina, pensando que te podía haber pasado cualquier cosa ¿cómo tardaste tanto? ¿qué te pasa?... estás temblando.
- Lo siento, Antón, se me hizo tarde. Déjame que le quite la silla a la yegua y la deje en el establo y vamos a comer. Estuve con Mario, ahora te lo cuento todo.
- Está bien, está bien, voy a decirle a Carmina que prepare la mesa. No tardes.

Estoy en la habitación quitándome las botas de montar cuando el repiqueteo del teléfono me hace dar un brinco. Oigo a Carmina que responde y luego golpes de nudillos en mi puerta.

- Señora, el teléfono, es el señor.
- Dile que voy enseguida, es sólo un momento.

Me dirijo al comedor para atender la llamada, me tiemblan las piernas. Respira hondo, Eva, me digo, respira hondo y disponte a actuar como tú sabes. Miente, muéstrate tranquila, dulce y amable, como la amante esposa que eres. Respira hondo.
(Continuará)

miércoles, 13 de agosto de 2008

El último refugio (XIV)



Él sigue mirándome esperando una respuesta.

- Antón fue el primer hombre de mi vida aún cuando yo había tenido algún que otro flirteo antes de aquel verano en que le descubrí, pequeños amoríos de adolescentes. A su lado crecí como mujer y como persona, porque no sólo era el deseo físico lo que me hacía buscar su compañía, también su forma de hablarme, de escucharme… me trataba como a una mujer adulta. A él le confesaba lo que nunca había contado a nadie, ni a mis mejores amigas. Mi abuela y tu hermano han sido referentes en mi vida, las dos personas a las que más añoré en los malos tiempos.
- Y ¿tus padres?
- No, no vayas a pensar que soy la típica hija única “abandonada” por unos padres que sólo dedican su tiempo a las relaciones sociales o a sus negocios. Ellos me quieren, me brindaron una infancia muy feliz y me procuraron una educación basada en la libertad del individuo, la tolerancia, la ausencia de juicios gratuitos hacia el comportamiento o la forma de vida de los demás. Cuando “cai en desgracia” hicieron todo lo humanamente posible para sacarme de aquel lugar horrible, pero se tropezaron una y otra vez, con hostilidades, con un muro infranqueable que era imposible derribar. Quizá tú no sepas nada de todo esto, pero se que utilizaron toda su influencia y su fortuna, y a pesar de sus esfuerzos parecía que todos sus amigos y conocidos se habían puesto de acuerdo para dar al traste con cualquier propuesta que tuviese como finalidad mi liberación.
- Se bastante de tu paso por la mal llamada clínica de rehabilitación.
- ¿Lo sabes? ¿Cómo? Ni siquiera Antón conocía los detalles de esa parte de mi vida… la abuela… no, estoy segura que a ella también se lo ocultaron. Habría muerto de dolor…
- O habría cogido su escopeta liándose a tiros con todo el que se pusiera en su camino.
- ¡Jajajajajaja! Tienes razón la abuela era de armas tomar. Pero ¿dime qué sabes tú de todo esto?
- Entonces yo estaba en la Facultad, intentando terminar la carrera. Procuré pasar desapercibido, no meterme en líos, esa era mi única oportunidad de conseguir finalizar mis estudios sin problemas. Además se lo había prometido a tu abuela, aunque para ella no supusiera un gran esfuerzo económico, se lo debía, había confiado en mí ciegamente sin siquiera conocerme. Uno de los pocos amigos que hice en aquel tiempo estudiaba medicina y consiguió hacer sus prácticas en una de esas clínicas, exactamente en la que tú estuviste encerrada.
Su finalidad era ser testigo en primera persona de lo que allí ocurría para después, clandestinamente, denunciar las barbaridades que se perpetraban. Sabía que yo era hermanastro de Antón, y te conocía ¿quién no conocía a la señorita Eva?, así que me habló de ti, de cómo luchabas contra todos con uñas y dientes, de las batallas que protagonizabas contra los que intentaban doblegarte. Dime una cosa ¿nunca te preguntaste por qué los esfuerzos de tus padres se estrellaban siempre contra ese muro infranqueable? ¿por qué otros jóvenes salieron de allí gracias a la fortuna o las influencias de sus progenitores y tu no?

Un escalofrío me recorre el cuerpo al escuchar por boca de otro las mismas preguntas que me habían obsesionado durante mucho tiempo y que al fin había logrado acallar.

- Lo siento, perdóname, no soy quien para decirte todo esto. Lo importante es que gracias a tu marido lograste salir con vida de aquella locura.
- Sigue, por favor, quiero que me cuentes todo lo que sepas, todo lo que tu amigo te confío.
- Realmente en ese tema él no fue demasiado explícito, pero me dio a entender que alguien muy cercano al recién estrenado presidente abortó cualquier intento a favor de tu liberación, que sólo se haría realidad en el momento en que él lo ordenase.
- Ernesto… él… apareció de pronto después de varios años sin contacto alguno. ¿Fue él? ¿Hizo que sufriera toda aquella barbarie, vejaciones y humillación sólo para aparecer ante mí como el salvador?... ¡hijo de puta! Esperó pacientemente hasta que supo que estaba hundida física y moralmente, hasta que estuvo seguro de mi rendición… ¡cabrón! ¡le mataré! ¡juro que le mataré!

Sin darme cuenta he empezado a gritar y a llorar a un tiempo. Me siento engañada y llena de rabia. Lo había pensado tantas veces, tantas, pero inconscientemente me convencí a mí misma de que aquello no podía ser cierto, posiblemente por mi propia supervivencia.

- Eva, tranquilízate, no puedo saber si fue él realmente, mi amigo nunca pronunció su nombre.
- ¿Dónde está ahora tu amigo?
- En la ciudad. Todos los años vamos juntos a África, somos miembros de la misma organización. Es un médico afamado que seis meses al año deja su cómoda posición económica y laboral y se va a aquel país a seguir haciendo lo que más disfruta en la vida: el ejercicio de su profesión.
- ¿Podré hablar con él?... por favor, necesito que me cuente todo lo que sabe.
- Está bien, lo intentaré, te lo prometo. Eva… no respondiste a mi primera pregunta.

De repente, vuelve a hacerme sonreír con su semblante malicioso.

- ¿Me la repites, por favor? Ya no la recuerdo.
- Eres una mentirosa, pero está bien, no te vas a librar tan fácil de responder ¿qué sientes por Antón? ¿estás enamorada?
- No lo se, pero es lo más parecido al amor que sentí nunca. Y tampoco se por qué me encuentro aquí, contándote todo esto si apenas te conozco.
- Bueno, tú empezaste con las preguntas comprometidas así que ahora no te quejes.
- Hablando de preguntas comprometidas ¿no estarías hace unos días rondando donde el castaño?
- No suelo bajar a la casa – responde casi sin mirarme.
- Vamos, no mientas, estoy segura de que nos viste a Antón y a mí, no pensaba que te gustaba mirar – lo digo en plan de broma, sonriendo.
- ¡Serás mal pensada! Está bien, era yo, pero te juro que no tenía intención de espiaros. Tenía que bajar al pueblo y siempre que lo hago paso por la casa por si Antón necesita alguna cosa, sobre todo que le gestione algún papeleo. Al pasar cerca creí escuchar algo y me acerqué a ver quien andaba por allí.
- ¿Nos oíste hablar?
- No, yo diría que lo oí fueron tus gemidos, pero no te preocupes, me marché enseguida… haciendo un gran esfuerzo, claro, porque la visión de tu cuerpo tumbado sobre la piedra invitaba más bien… ¿a la contemplación?
- ¡Ja! ¿seguro que te marchaste?

Levanta los hombros en un gesto de “¿quién lo sabe?”. Para no reírme, pongo gesto de ofendida y tomo el último sorbo de café que queda en mi taza.
(Continuará)

sábado, 9 de agosto de 2008

Opciones


Hace apenas dos años que cambié de trabajo. Esperaba ascender en el escalafón del organigrama de la nueva empresa, una sociedad con vocación de multinacional que poco a poco va haciéndose más importante en su sector.

Más o menos sigo desempeñando una labor parecida a la anterior, pero mi sueldo ha engordado un poco y mi nuevo jefe es un tío cañón, que siempre alegra la vista y hace que la jornada laboral sea más llevadera.

El tipo es un bombón al que le andan detrás la mitad de la plantilla femenina, y creo que me quedo corta. Pero él parece hacer caso omiso del acoso y la provocación a que se ve sometido diariamente y mantiene siempre una distancia prudencial con sus empleadas, al tiempo que se muestra frío, hierático y majestuoso. Lo que no hace más que avivar pasiones incontroladas.

Yo me mantengo al margen de todo eso, sobre todo porque me parece que es un hueso duro de roer y porque estoy escamada y bastante harta del genero masculino en general y de algunos hombres en particular.

Ayer por la tarde terminé un poco antes mi jornada laboral a causa de algunas gestiones personales que debía solucionar. Al llegar a casa, casi entrada la noche, fui a comprobar si tenía algún correo de la oficina, pues esperaba unos datos que debía haber recibido esa mañana.

No había ni rastro del mail esperado, pero sin embargo en mi bandeja de entrada aparecía uno de mi jefe. Pensé que seguramente sería una de esas comunicaciones interiores que últimamente mandan por correo electrónico. En el asunto figuraba la palabra “Importante”.

Lo abrí y cual no sería mi sorpresa al leer su contenido:

Te quiero

¿Qué? Mi “¿qué?” fue tan exagerado y en un tono tan elevado que hasta mi vieja tortuga que estaba dormitando en su rincón preferido, sacó la cabeza del caparazón y abrió los ojos desmesuradamente (todo lo desmesuradamente que puede abrir los ojos una tortuga). Cuando conseguí salir de la estupefacción que me habían producido aquellas dos palabras, fui a comprobar si de verdad el remitente era mi jefe. Sí, así era, Eduardo Peralta i Castellnono, nombre completo y dos apellidos. Y era el tipo de letra que él solía utilizar.

¿Esperaba que le respondiese? Sí, claro, de otro modo no me lo hubiese enviado ¿no? ¿y qué le digo? Empecé a pasear por la habitación, arriba y abajo, abajo y arriba, hasta que en un arrebato me senté frente al ordenador y escribí:

Opción A: Te has equivocado de destinataria.
Opción B: Esto es un virus malicioso que destruirá mi disco duro (como el “I love you” pero en cristiano)
Opción C: Te has puesto ciego de whisky.
Opción D: Condimentaste el pescado de la cena con maría creyendo que era perejil.
Opción E: Pretendías hacer un chiste para hacerme reír… lo has conseguido.
Opción F: Eres de la estirpe de los románticos y piensas que esas dos palabras son la llave maestra para conseguir un buen polvo. Y a lo mejor tienes razón y acepto, aunque con pedirme una cita hubiese bastado.

Sin pensarlo dos veces, hice clik en el botón de enviar.

Esperé nerviosa, fumando un cigarro tras otro, sin apartar mis ojos de la pantalla. Mi vejiga pedía alivio a gritos, y tenía la garganta reseca como papel de lija, pero no me atrevía a moverme de allí. Por fin, apareció el cartelito avisándome de la llegada de un nuevo correo que decía:

Opción G: Un fallo en el sistema envió el correo sin terminar, cuyo texto era el siguiente:
“Te quiero aquí mañana a las 8 en punto, con el expediente que te encargué ayer, terminado, para poder llevar a cabo la reunión que quedó pendiente el pasado lunes. No admito excusas. Mañana sin falta.”
Pd: Terminada la reunión hablaremos despacio sobre tu opción F que a primera vista no me desagrada.

¡Trágame tierra! Exclamé, y mi vieja tortuga volvió a mirarme con ojos desorbitados. Eso me pasa por bocazas, que soy una bocazas. Y menos mal que el dichoso expediente está terminado que ante todo soy una profesional competente. Y ahora ¿cómo me presento mañana delante de este hombre?...

Sexy, con la ropa más sexy que tenga en el armario.

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Buen fin de semana.
El próximo lunes otro nuevo capítulo de "El último refugio".




viernes, 8 de agosto de 2008

El último refugio (XIII)


Vuelvo a tomar el sendero de ayer, aunque hoy tendré cuidado de que no vuelva a ocurrir lo mismo. Quiero acercarme hasta la casa de Mario, me pica la curiosidad y ayer, después del susto no me fijé demasiado. Todo sea que hoy me pierda. La yegua lleva un trote tranquilo y yo estoy disfrutando de esa amalgama de olores que al entrar por las fosas nasales se va descomponiendo en cada uno de los aromas que lo forman. Un poco más adelante creo que había un pequeño arroyo de agua fresca y me pareció ver que estaba rodeado de matas de arándanos… hummmm, se me hace la boca agua sólo pensar en ellos, hace tanto tiempo que no los pruebo. Antón me enseñó a ir ensartándolos en una fina vara, como se hace con una brocheta, y luego, abría la boca y los soltaba todos dentro… delicioso. El único contratiempo es que acababa con la boca, las manos y la ropa de color morado.

Ahí están. No puedo resistir la tentación. Me apeo de la yegua y me acerco hasta una poza llena de agua transparente que se ha ido formando entre dos grandes piedras. Ahueco las manos y las lleno de agua acercándolas a la boca para beber. Está fría. Repito la operación otra vez hasta que sacio la sed. Después, mirando bien donde pongo los pies porque la tierra está blanda y mojada, voy hasta las matas llenas a rebosar de deliciosa fruta. ¡Vaya! Debería haber cogido algo para poder guardar unos cuantos y llevárselos a Antón, seguro que también él hace mucho tiempo que no los prueba. De momento me hago con unas cuentas varas muy finas y empiezo a pincharlos en ellas… uno a la vara y otro a la boca, uno a la vara y otro a la boca.

- Parece que te estás dando un buen festín – oigo su voz a mis espaldas.
- En tu familia ¿no os enseñaron a carraspear o algo así? apareces siempre cuando menos lo esperas, por detrás y tan silencioso como un gato… igual que tu hermano.
- Bueno, estoy acostumbrado a moverme sigilosamente si no quiero que se espanten los animales. Bien, el viejo ya te contó la historia de su hermanastro, o sea, yo.
- ¿Viejo? No creo que esa sea la palabra que mejor le define ¿no crees?
- Era una forma de hablar, espero no haber importunado a la señora, desde luego no era mi intención.
- No me gusta esa palabra, aún cuando sea dicha con cariño. Y ahora… ¿se puede saber de qué te ríes?
- De lo bien que te sienta el color morado en los labios… y en el bigote, y en la barbilla… jajajajaja, parece que estés en plena cuaresma.
- Pero qué simpático eres, oye.

No me hace ninguna gracia que se ande riendo de mí, pero su risa acaba contagiándome. Intento limpiarme la cara con agua, pero creo que lo único que consigo es aclarar apenas el color que tiñe mi boca y su contorno.

- No insistas, anda, no lo vas a quitar ¿por qué no vienes a casa y allí te lavas un poco? ¿quieres llevarte unos cuantos arándanos?
- Sí, pensaba bajarle un puñadito a Antón.
- Vale, te ayudo a coger unos pocos más, pero para ya de comer o no acabaremos nunca.
- También te gusta mandar… como a tu hermano.

Permanecemos un rato en silencio mientras vamos llenando varitas. Se ha separado de mí en busca de matas más cargadas, y yo aprovecho para mirarle de reojo. Se parece mucho a Antón, de espaldas podrían confundirse fácilmente. Y también su mirada es la misma. Me hace una señal levantando las varas en alto al tiempo que pregunta si son suficientes. Sí, le contesto levantándome.

- ¿Has venido andando? – le pregunto.
- Sí, claro, mi casa está aquí al lado.
- ¿Tan cerca? Me dio la impresión que estaba un poco más alejada. Seguramente sería que estaba algo confusa por culpa del golpe.
- Hablando del golpe ¿estás bien?
- Sí, tengo un pequeño chichón en la cabeza, y espero que mi cerebro no haya sufrido demasiado, el pobre ya no está para mucho trote.
- Por una vez creo que estamos de acuerdo.
- ¡Serás fantasma!...

Coge las riendas de la yegua y echa andar y yo voy siguiendo sus pasos. Caminamos en silencio hasta llegar a la casa. Una vez dentro me acompaña hasta el cuarto de baño para que pueda lavarme un poco. Cuando salgo está en la cocina preparando café.

- ¿Te apetece un café o prefieres alguna otra cosa?
- Un café está bien – le contesto. Mario… ¿por qué viniste aquí?

Se queda inmóvil con la cafetera a medio camino entre la mesa de donde acaba de alzarla y la taza que iba a llenar. Le veo respirar profundo y como vierte el líquido humeante. Luego las coge y se sienta frente a mí, mirándome fijamente a los ojos. Me resulta difícil sostener su mirada.

- En realidad no lo se. Supongo que no tenía otro sitio donde ir. Nuestro padre hablaba mucho de él, de Antón, le quería, le quería muchísimo, pero al mirarle no podía evitar acordarse de su primera mujer. También a mí me quería, a su manera. Mi madre fue la única que en algunos momentos le hacía olvidar su tragedia y aquel loco amor que no le dejaba vivir. No duró demasiado y un día desapareció. A mi madre le dejó algún dinero que pronto se agotó y a mi, apenas unos recuerdos. Cuando ella murió me quedé sólo. Anduve unos meses desorientado sin saber qué hacer. Era muy joven, casi un crío. Un día me levanté por la mañana y me dije que no perdía nada por intentar encontrarle. Di con él y aquí estoy desde entonces.
- Y ¿qué sientes por él?
- Vaya, no te andas por las ramas. Y yo no se muy bien qué responderte. Al principio quizá algo de rencor o envidia, pero al mismo tiempo había algo que me unía a ese hombre, algo intangible. Luego empecé a admirarle y respetarle. No tenemos mucha relación, yo no bajo a la casa grande y él, desgraciadamente, no puede subir aquí, pero ambos sabemos que estamos cerca uno del otro. Es suficiente.
- No se puede negar que sois hermanos.
- Y tú ¿qué sientes por Antón?

Ha lanzado su pregunta al tiempo que una sonrisa maliciosa aflora a sus labios.

- No pongas esa cara, es mi turno ¿no estábamos jugando a preguntas y respuestas?

Le lanzo una avellana de las muchas que llenan una pequeña cesta sobre la mesa.

(Continuará)

miércoles, 6 de agosto de 2008

Yo, el pensador (AUTOR: ICONOCLASTA)



Rodin me debió espiar por una ventana hace mil años.

El escultor me vio brillante como el bronce por la mador de mi piel tras follarla furiosamente; mientras me mordía el puño para ahogar un grito.

¿Pensador yo? No, yo apoyaba mi cabeza en el puño; me senté desnudo después de haberla follado, intentando no llorar su ausencia.

El pensador era yo cuando ella recogía su ropa con prisa para volver a su casa con el otro, al que no amaba.

Yo no era un pensador porque no entendía nada, sólo se que la amaba, ciego...

El pensador... Rodin no sabía que yo no pensaba, yo sólo maldecía. Y me comía el puño con tristeza.

El otro brazo ocultaba mi pene aún húmedo con restos de esperma. Goteaba en mis tobillos.

Rodin no sabía nada de mi angustia.

Y concluyó que yo pensaba.

Era el dolor desgarrador de quedarme solo, de no tenerla. No había asomo alguno de raciocinio en ello.

No eran pensamientos, eran emociones sangrantes de mi efímera posesión, de mi pene aún caliente latiendo por ella.

Por su coño.

Me mordía el puño cuando ella cerraba la puerta y desaparecía; el grito se convertía en un mordisco que laceraba mis nudillos.

Rodin necesitaba gafas.

Yo no pensaba, mi amor...

Mi vida...

Rodin modeló todas esas emociones creyendo que era la fuerza de un pensamiento.

Y ahora estoy condenado durante toda la eternidad con todo ese deseo y anhelo de ella, encapsulado en una figura de bronce.

Rodin eternizó un dolor irracional sin saberlo.

Pobre hombre.

Pobre de mí.


Iconoclasta es un buen amigo y excelente escritor al que siempre admiré. Hace un buen puñado de años que me tropecé por casualidad con un pequeño grupo que él había creado y que manejaba con su habitual desparpajo. Desde entonces no dejé de leerle. No es un escritor cualquiera. De hecho, no es apto para todos los públicos, por la gran carga erótica, sexual y violenta que desprenden sus historias. He querido traer aquí esta pequeña, pequeñísima muestra de su extensa obra para presentar el libro que acaba de publicar:



(Pinchando en la foto tenéis el enlace al libro)

Os aseguro que no habéis leído a nadie que se le parezca. Es lo que tiene ser "un bicho raro".

¡Suerte! Pablo.

martes, 5 de agosto de 2008

El último refugio (XII)


- ¿Otra vez vas a salir a caballo?
- ¿Otra vez asustándome? ¿Es que no puedes silbar o algo para que te oiga llegar? me vas a matar un día de estos. Sí, ha salido el sol y la mañana es espléndida… volveré a la hora de comer o ¿quieres que me quede contigo?
- Anda, anda... ten mucho cuidado, que no siempre va a estar Mario para salvarte...
- O sí, tengo la impresión de que me andaba espiando.
- Tu has visto muchas películas, rapacina, aquel es un solitario que sólo tiene ojos para sus bichos, ni siquiera sabría que estabas aquí.
- Yo no estaría muy segura de eso, el día que llegué me pareció que alguien me observaba, y ayer cuando hablábamos bajo el castaño ¿te acuerdas?
- Ya te dije que sería alguna rabosa, no le des más vueltas

Antes de montar, me siento sobre sus piernas dándole la espalda.

- Abrázame, anda, abrázame muy fuerte.

Él me rodea con sus brazos y apoya la cabeza en mi espalda. Su aliento caliente traspasa la tela de mi camisa. Cojo sus manos y las coloco sobre mis pechos, apretándolas contra ellos.

- Eva, Eva… puede vernos alguien.
- Sólo estamos tu, yo y Carmina ¿se llama así?... que está por ahí a sus cosas ¿qué importa si nos ve?

He empezado a desabrochar los botones de mi camisa y saco los pechos por encima del sostén. Las manos de Antón los rodean y sus dedos expertos masajean mis pezones que se yerguen excitados. Introduzco mi mano por la cintura del pantalón al tiempo que abro un poco las piernas hasta alcanzar el sexo mojado. Me recuesto un poco y apoyo la cabeza en su hombro. Me gusta ver sus manos amasando mis pechos mientras me masturbo y sentir cómo su lengua se introduce en mi oreja lamiéndola como si se tratase de mi sexo. Bajo la cremallera de mis pantalones para que mis dedos me penetren más profundamente, mientras él pellizca y retuerce mis pezones y me hace sentir esa mezcla de dolor y placer que resulta imposible discernir la fina línea que los separa. Me corro entre gemidos. Permanecemos inmóviles.

- Todos estos años… ¿has tenido amantes? – me susurra al oído.
- ¿Amantes?... imposible. No podía exponerme. No podía fiarme de nadie. Me masturbaba en un pequeño rincón que encontré donde no llegaban las cámaras, las tenemos repartidas por toda la casa, pero hay un pequeño armario, diminuto, en mi habitación. Me escondía allí cuando me quedaba sola, y me masturbaba… pensaba en ti, y en silencio te llamaba cuando me corría, sólo quien pudiera leerme el pensamiento hubiera podido escucharme: “Antón, Antón, Antón…”

Me levanto para arrodillarme entre sus piernas y hago intención de desabrocharle el cinturón pero él no me deja, como entonces, en eso no ha cambiado.

- No hagas que me avergüence, por favor.
- Pero… ¿por qué?... no me importa que no puedas tener una erección…
- A mí sí me importa, renuncié al sexo hace tiempo ¿no te das cuenta cuánto disfruto acariciándote, mirando tu rostro cuando tu cuerpo se estremece de placer? Es más que suficiente, hace apenas unos días no podía ni soñar con volver a tenerte entre mis brazos, déjalo así, no le des más vueltas.
- Está bien, voy a tener que ducharme otra vez y salgo un rato a caballo… es pronto ¿no?
- Sí, pero no te retrases para la comida.
- Seré puntual, lo prometo.

Y le besó justo en la punta de la nariz.

(Continuará)

lunes, 4 de agosto de 2008

Ojalá los sueños se hiciesen realidad

En El País Semanal están publicando ultimamente relatos cortos que remiten los lectores. En el de hoy me encontré con uno que me llamó la atención especialmente porque hace realidad uno de mis más secretos deseos. Me he permitido traerlo aqui, no sin antes prometer que mañana mismo sigo con la historia que estaba contando. Es algo larga y necesita su tiempo.






Agravación crisis petrolera (Corresponsal en UTOPÍA)




Autor; César José Tamborini (León)

Producida la caída desde 250 dólares el barril hasta los 5 actuales, se derrumban poderosas petroleras, originando una grave crisis a causa del boicot impuesto por la población mundial: puestos de acuerdo por primera vez en la historia mediante SMS, decidieron prescindir del automóvil, cayendo la cotización en la primera semana un 50%, pues ante un boicot de esta magnitud no tienen capacidad de almacenaje para su producción, creando un caos que origina sucesos increibles: Dick Cheney se suicida ahogándose en un depósito de petróleo; en Argentina, Menem es aclamado por haber vendido YPF; un iraquí compra por un simbólico dólar el emirato kuwaiti; millones de bicicletas pululan por las calles.


lunes, 28 de julio de 2008

El último refugio (XI)



Es aún muy temprano cuando escucho ruidos en la casa, me levanto y me asomo por la ventana, abajo está aparcado el coche de Ernesto. Ya que estoy despierta me doy una ducha y bajo a desayunar. Al pasar por el antiguo despacho de papá oigo voces que hablan bajito, casi en un susurro y se silencian cuando golpeo suavemente con los nudillos.

- ¿Si? ¿Quién es?
- Eva

Es Ernesto quien abre la puerta. La habitación está casi en penumbra, sentados alrededor de la mesa cubierta de documentos están Pin y Pon, como yo me he acostumbrado a llamarles.

- Perdona ¿te hemos despertado?
- No, no importa. He bajado a desayunar… ¿Queréis alguna cosa o desayunas conmigo?
- Sí, voy enseguida, en cuanto terminemos de repasar unos papeles.
- Te espero.

Me dirijo a la cocina y pongo la cafetera en el fuego, mientras en una bandeja voy sacando tostadas, mantequilla, mermelada y zumo de manzana.

- Buenos días, rapacina, has madrugado mucho.
- Antón… qué susto me has dado ¿por qué eres siempre tan silencioso?
- Debe ser que no uso tacones – dice bromeando.
- Ha llegado Ernesto, estoy preparando el desayuno ¿nos acompañas?
- No, debe tener cosas que contarte, yo tomaré un café aquí mismo.
- Está bien, como quieras.

Espero en el salón. He notado a Ernesto cansado, con ojeras, no ha debido dormir en toda la noche. Estoy segura de que algo grave está pasando, quizá los disturbios están cobrando más importancia de la que imaginaban…

- Ya estoy aquí, me muero por un café.
- Ven, siéntate, come algo… no tienes buen aspecto.
- Eva… verás, no puedo quedarme, tengo que volver a Madrid. Todo se está saliendo de madre, se nos escapa de las manos. Aquí hay disturbios y sublevaciones pero allá hay heridos y muertos. El gobierno en pleno está reunido y tengo órdenes que no puedo desobedecer.
- Ya, bien, bien, no te preocupes, pero… yo no quiero irme, Ernesto. No quiero volver ahora. Hacía muchos años que no me sentía tan bien. No me obligues a volver, por favor, no lo hagas.

Me mira en silencio unos minutos que a mí se me hacen eternos.

- Está bien, sí, creo que estarás mejor en esta casa. De todas formas no podría permanecer mucho tiempo a tu lado. Pero… no te muevas de aquí, quiero que me estés esperando cuando vuelva a buscarte.

Hago un esfuerzo para que no perciba mi suspiro de alivio.

- Aquí estaré… ¿Cuándo tienes que irte?
- Enseguida.
- Voy a recoger tus cosas.
- Eva.
- ¿Qué?
- Te quiero, no lo olvides.

Salgo sin responder.

Me siento como aquella jovencita que venía aquí a pasar el verano: libre y feliz. No quiero saber nada de lo que está pasando, no quiero. Yo ya hice mi revolución y tuve mi castigo, ahora que sean otros los que luchen, los que se indignen, los que griten en las calles. No sé, no tengo esperanza en que se logre algo positivo, no sé, no quiero pensar en eso. Las únicas personas a las que amo, mis padres, hace dos o tres años que se marcharon a Londres, siempre les gustó esa ciudad en la que pasaron grandes temporadas por los negocios de papá. Antón está aquí. No tengo a nadie más.

(Continuará)

viernes, 25 de julio de 2008

El último refugio (X)


(Imagen: Philippe Pache)

Lo dice en su susurro y yo despego mi cabeza de su pecho para mirarle a los ojos.

- ¿Cómo se te ocurre que pudiera contárselo? Ojalá no vuelva nunca. No sabes lo que es vivir allí, Antón, no, no lo sabes, siempre fingiendo, rodeada de estúpidos títeres sin cerebro ni corazón ni entrañas. A veces, a veces tengo ganas de coger un cuchillo y abrirlos en canal sólo para ver qué coño tienen allí dentro. Odio a ese hijo de puta que los maneja a su antojo…
- Cálmate, rapacina, cálmate.
- ¿Sabes hasta qué punto le obedecen? Ernesto… él mataría a cualquiera, incluso a mí, si recibe la orden de ese cabrón de presidente.
- No, no digas eso, Ernesto te quiere, él no te haría daño… ¿o sí?... vamos, cuéntame eso que te hace odiarle tanto, algo hay ahí adentro que te está matando.
- Una noche Ernesto organizó en casa una gran cena. Invitados ilustres, altos cargos de la política, manipuladores de los medios de comunicación, los más importantes mandos del ejército… el poder en pleno. Ese hombre, el hombre de tan alta moral, el presidente… no dejó de mirarme durante toda la velada. Había algo en su mirada que a mí me helaba por dentro. Todo se arrastraban ante él como gusanos babosos, me hubiera gustado crecer y crecer como Alicia en el País de las Maravillas y aplastarlos en el suelo, pisar sus cuerpos repugnantes, notar su crujido bajo mis pies, clavarles los tacones en los sesos…pero, en lugar de eso, tenía que estar allí sonriente, pero no demasiado, atenta, pero con elegancia. Me dolían las mejillas de mantener esa pose forzada. Estábamos tomando el café cuando ese cabrón le hizo una seña a Ernesto que corrió a su lado babeante y ansioso. El otro le susurró algo al oído que por un momento cambió la expresión de mi marido. Ambos me miraron y noté una arcada amarga que me subía desde el estómago a la garganta. Al cabo de un rato los invitados salieron al jardín con sus copas de licor y sus cigarros. Hacía una hermosa noche, el cielo estaba plagado de estrellas, aunque creo que sólo yo las vi, los demás se habían olvidado de la emoción que se siente mirándolas. Ernesto se acercó a mí y me cogió suavemente por el codo llevándome con él al interior de la casa. Subimos a su habitación. Y cuando abrió la puerta, allí estaba él, sentado en la cama, intentando mantener una pose de hombre interesante y atractivo cuando sólo era un payaso. Ernesto se marchó y cerró la puerta.

o Acércate ¿quieres?... esta noche estás guapísima.
o ¿Qué quieres?
o Jajajajaja!! Tienes carácter, creo que en aquella clínica no consiguieron domarte, y mira, eso me gusta. Eres mucha mujer para el fantoche con el que te casaste.

- Se había levantado de la cama y lo tenía a mí lado, hablándome muy cerca del oído. Con un rápido movimiento me cogió fuerte del pelo con una mano, mientras con la otra me apretaba contra su cuerpo. Intenté soltarme pero él me tenía bien agarrada por el pelo haciendo que echase la cabeza hacia atrás, su cara frente a la mía.

o Ahora te vas a portar bien y harás lo que yo te diga. Tú aún tienes ese punto salvaje que me excita, seguro que ya se te empapó el coño… a lo mejor prefieres que llame a tu marido para que te sujete… Ernesto… Ernesto.

- Y Ernesto se asomó a la puerta. Estaba allí todo el tiempo, pero no para entrar a salvarme, no, si no para asegurarse de que yo hiciera lo que tenía que hacer. En ese momento me sentí una mierda, menos que una mierda. Dejé de forcejear y me dispuse a hacer cualquier cosa que a aquel cabrón se le antojase. Me puse de rodillas y le saqué la polla del pantalón. Se la mamé con ansia, gemí y grité para que Ernesto me oyese desde el otro lado de la puerta. Me tragué su asqueroso semen y se la limpié con la lengua hasta dejarla reluciente. Luego le desnudé y me desnudé. Le rogué que me follara, que follase a su puta, que me metiera su polla hasta partirme en dos. Abrí mi coño para él: cómetelo, cómetelo… es tuyo, mete la lengua, muérdelo. Y ahora llama al cornudo de mi marido, llámalo, quiero que vea cómo me haces gozar, cómo te follas a su mujer, llámalo para que me corra y grite de placer contigo – le gritaba excitándole. Le llamó con voz ronca y Ernesto asomó la cabeza. Me dio asco, asco y pena, creo que ya no podía albergar tanto odio, lo notaba saliéndome por los poros de la piel. Fingí el más maravilloso orgasmo imaginable, clavé las uñas en su asquerosa espalda hasta hacerle gritar. Cayó sobre mí exhausto y satisfecho.
- Díos mío, Eva, jamás imaginé a Ernesto capaz de algo así.
- Tampoco yo podía creerlo, pero te aseguro que cualquier otro hubiese hecho lo mismo. Sólo piensan en escalar y escalar peldaños de poder y por eso venderían su alma al mejor postor. Así que si se trata de vender a la mujer, la hija o la madre… no tiene importancia.
- ¿Qué pasó después?
- Nada, me levanté y me marché a mi habitación. A Ernesto no le ví en los días siguientes. Una mañana llamó a mi puerta, teníamos una recepción en casa de alguien importante y debía acompañarle. Como si nada hubiese pasado. Me vestí a la hora prevista y salimos hacia allá. En el camino le dije: Si se te ocurre hacerlo otra vez, me clavo un cuchillo allí mismo, delante de todos. No me respondió, pero nunca más volvió a pedirme nada igual.
- Nunca tenías que haber salido de aquí.
- Si me lo hubieses pedido no lo habría hecho.

Calla. Y yo sé que no debo insistir. Buenas noches, le digo, mientras le beso suavemente en los labios.

(continuará)


lunes, 21 de julio de 2008

El último refúgio (IX)



- Menos mal que has llegado, rapacina ¿dónde te has metido? ¿qué es eso de la frente? ¿te caíste?
- No es nada, Antón, no es nada. La yegua se asustó con una serpiente o no se con qué, se encabritó y salió al galope, en la carrera choqué contra un árbol y caí al suelo ¿Y Ernesto?
- Ha llamado hace una media hora, tuve que decirle que estabas dándote un baño, no sabía si le sentaría mal que salieses a pasear a caballo. No tardará en llamar de nuevo, dijo algo de que igual no subía hasta mañana.
- ¡Uf! Mejor.
- Ven aquí, rapacina, agáchate que te mire esa herida… ¡qué susto me has dado! No vuelvas a hacerlo.
- Si todos los golpes recibidos fueran como éste… voy a darme un buen baño, ahora de verdad, y hoy cenamos juntos, tienes que contarme algunas cosas.

Estaba entrando en la casa cuando oí el timbre del teléfono. Era Ernesto. Parecía que tenían problemas allá abajo. Había recibido órdenes directas del presidente de no moverse del centro de operaciones hasta que las cosas se calmasen un poco. Que lo sentía, le hubiera gustado pasar unos días tranquilos en mi compañía. Mentiroso. Era un jodido mentiroso. Él sabía muy bien a qué venía, pero tenía que traerme con él, esa era la única forma de mantenerme vigilada, qué equivocado estaba, me había traído justamente al único lugar de la tierra en el que me sentía otra vez libre, al único sitio en el que podía pensar y actuar como la Eva de entonces, como la Eva que siempre estuvo ahí, escondida en lo más profundo. Sin darse cuenta me había conducido al camino por el que quizá podría huir de su lado para siempre.

- No temas, cariño – le dije con mi voz más neutral – estoy bien. Quédate el tiempo que necesites, debes cumplir con tu deber. Estaré aquí… esperándote.
- Te quiero, Eva.

Eso era nuevo, hacía años que no escuchaba esas palabras de sus labios. Que no mentía al decirlo, también lo sabía, pero no era suficiente.

Cuando bajé al comedor Antón ya estaba esperándome. Esa noche disfrutaríamos de una cena tranquila, solos. Él se había encargado de decirle al servicio que podían irse a casa, el señor no estaba y nosotros dos podíamos apañarnos sin ellos. Las fuentes con los alimentos estaban dispuestas en una esquina de la mesa. Tomé asiento a su lado y serví un poco de ensalada para cada uno.

- ¿Quién es Mario?

La pregunta le pilló desprevenido.

- ¿Mario?... no, no conozco a ningún Mario.
- Vamos, Antón, que ya no soy una niña. Un hombre me recogió en el camino, me llevó a su casa y me curó la herida. Se llama Mario y está viviendo en una casa, en el monte, que yo jamás había visto. Y además se parece mucho a ti. Quiero saber quien es y qué hace aquí.
- Está bien. Lo siento, no merecía la pena hablarte de él porque no pensé que algo así podría ocurrir, que la casualidad te hiciese encontrarte con él. Mario es mi hermanastro.
- ¿Qué?
- Habían pasado más o menos dos años desde que pasaste aquí aquel último verano cuando apareció preguntando por mí, aún estaba bien tu abuela. Al parecer su madre era una de esas mujeres con las que mi padre intentó consolarse, una de las que más le duró. Mario nos contó que vivieron juntos algunos años y que ella le quería mucho. Un día mi padre despareció, como hacía siempre, y la mujer sacó al muchacho adelante como pudo. Cuando le pareció el momento adecuado le contó quien era su padre y que tenía un hermano mayor. No paró hasta que consiguió localizarme. A tu abuela le cayó en gracia y dijo que se quedase con la condición de que tenía que seguir estudiando… ya sabes como era ella. Lo mandamos a la Universidad donde estudió Biología…
- Mis padres… ¿lo saben?
- No, cuando vinieron al entierro de tu abuela, Mario estaba estudiando y sólo venía en vacaciones y vosotros ya no aparecisteis más por aquí. Luego se enteró que necesitaban un guardabosque y pidió la plaza. Aquella parte del monte donde hicimos la casa fue la que me dejó tu abuela en herencia. Le gusta la naturaleza, no sale de allí más que para ir a comprar una o dos veces al mes a la ciudad. Y una vez al año, a principios de otoño, cuando ya no hay peligro de incendio y los animales empiezan a prepararse para la hibernación, se va de viaje. África es su destino preferido.
- ¿Qué sientes por él?

Se queda un momento pensativo… carraspea.

- Al principio sentí una especie de rencor, no sé cómo explicarlo ¿qué cojones venía a buscar ese niñato? Si esperaba sacar tajada, iba listo. Me enfurecí y traté a su madre de furcia. Él me dejó desahogarme y luego me miró, sólo me miró con esos ojos grises, sin decir nada, aguantando mis insultos y mis gritos. Allá, en el fondo gris de sus pupilas había un enorme desamparo. Tu abuela lo había visto antes que yo y ya había tomado su decisión, como siempre acertada. Y luego… luego me salvó la vida.
- ¿Cuándo el accidente?
- Sí. Él fue quien me encontró tirado en aquel barranco, ni sé cómo pudo bajar por esas peñas gigantes y afiladas. No quiso tocarme al darse cuenta que tenía la columna destrozada. Volvió arriba, a su casa, a por una manta. Cuando me dejó tapado marchó al galope a buscar ayuda. Me sacaron de allí en helicóptero… y ya sabes el resto de la historia.

Lo dice mirando la silla de ruedas sobre la que está sentado. En ese momento sólo tengo ganas de abrazarle. Y lo hago. Me arrodillo entre sus piernas y me aprieto contra él aspirando el aroma de su piel, dejando que ese calor tibio que desprende me caliente los huesos. Él deposita suaves besos en mi pelo.

- No dejes que se entere tu marido, no le cuentes nada.

(Continuará)

miércoles, 16 de julio de 2008

El último refugio (VIII)


(Imagen: Gauguin)
- ¿Dónde estoy? ¿Quién eres? ¿Por qué me has traído aquí?
- Estás en mi casa. Soy Mario. No tenía otro sitio más cerca donde llevarte. Y ahora si has terminado de hilvanar una pregunta tras otra, te miraré ese golpe de la frente. Toma este calmante, en cuanto te haga efecto hablaremos despacio.
- Ey!... eso duele.
- Ya lo sé, por eso te di el calmante. Si eres capaz de estarte quieta un momento y dejar de quejarte te limpiaré la herida.

Al momento, unos dedos suaves rozan apenas mi frente. La palma de su mano a escasos centímetros de mi nariz huele a hierba, a verde, a montaña. Cierro los ojos y espero pacientemente a que termine.

- Bien, esto ya está. No ha sido nada pero te saldrá un buen morado. Intenta incorporarte… déjame que te ayude.
- Ya me siento mejor… gracias.

Me quedo sentada en la cama esperando a que la cabeza deje de latir. Le observo: es un hombre alto, grande, de una edad aproximada a la mía. Tiene el cabello claro, tirando a rubio, y lo lleva recogido atrás en una especie de coleta, una barba rala y corta en plan descuidado. La boca es pequeña con labios no muy gruesos pero tampoco demasiado finos. Sus ojos grises me dejan un momento sin respiración. Son idénticos a los ojos de Antón: grandes, con largas pestañas, y de una profundidad que llega a producir algo de miedo si los miras detenidamente.

- ¿Qué pasó? ¿Viste lo que ocurrió?
- Vi que la yegua se asustó y salió al galope. Yo iba a caballo por un sendero que queda un poco más arriba. Cuando caíste al suelo bajé en tu ayuda. No había nada extraño que hiciera espantar al animal, quizá fue una serpiente que se escondió luego entre la maleza.
- ¿Dónde estoy?
- En mi casa.
- Sí, pero… ¿Dónde está exactamente?
- Un poco más arriba del camino por el que paseabas.
- Nunca antes la había visto.
- Bueno, me parece que se hizo después del último verano que pasaste en la casa, y además está algo escondida. No es fácil encontrarla para alguien que no conozca bien estas tierras.
- ¿Me conoces?
- Claro, señorita… bueno, en realidad no te conocía, pero oí hablar de ti.
- Ah! ¿y la yegua?
- No te preocupes, cuando caíste se quedó allí quieta, esperando. No fue difícil traerla hasta aquí. Está fuera pastando.
- ¿Trabajas aquí? Quiero decir si trabajas para la casa.
- No, no, soy una especie de guardabosques: vigilo que no se produzca ningún incendio, controlo el número de osos pardos que viven allá arriba en el monte, me cuido de las distintas especies de animales… esas cosas.
- Debo irme, si mi marido ha vuelto estará preocupado.
- Te acompaño.
- No, no, no hace falta, estoy bien.
- Déjame que vaya contigo hasta que estés cerca de la casa, puede darte un mareo o alguna cosa.
- Está bien… vamos.

Es verdad, aún no me sentía demasiado bien, el golpe había sido muy fuerte. Cabalgamos en silencio por el estrecho sendero. Yo notaba tras de mí su presencia, sus ojos clavados en mi espalda. En cuanto tuviera un momento hablaría con Antón, debía contestar muchas preguntas. Cuando llegamos a la casa ya estaba oscureciendo.

- Bien, creo que aquí ya estás a salvo.
- Sí, gracias, has sido muy amable… Mario… dijiste.
- Mario
- Eva

Alargué la mano y él la estrechó con suavidad pero con firmeza mientras nos mirábamos fijamente. Después dio media vuelta y se alejó a buen paso en su caballo.

Afortunadamente Ernesto aun no había llegado, pero Antón estaba esperándome en las cuadras, visiblemente preocupado.
(Continuará)

jueves, 10 de julio de 2008

Pamplona... allá voy.



Imagen: Miguel Ángel Antoñanzas

Siento dejaros a medias con la historia que estaba contando, pero me voy unos días a disfrutar de las fiestas de San Fermín y a visitar a algunos buenos amigos navarros a los que hace tiempo que no veo.

Hasta el próximo lunes. Sed felices.

miércoles, 9 de julio de 2008

El último refugio (VII)


La comida transcurre tranquila, escucho atentamente a mi marido que se empeña en contarme punto por punto las gestiones que le han llevado a la ciudad. Al parecer están apareciendo focos de rebeldía y resistencia al gobierno, sobre todo en las cuencas mineras. Éstos han visto mermados muchos de los derechos que les costó años de lucha conseguir y no están dispuestos a perderlos por los caprichos del presidente y su pandilla de ministros. Los universitarios están empezando también a alzar sus voces de protesta. Lo que me extraña es que hayan aguantado tanto, no son la clase de gente que se doblega ante la estupidez de unos pocos mandamases, el miedo llega un momento en que deja de ser efectivo porque uno se acostumbra a vivir con él y empieza a cuestionarse si vale la pena vivir así o pasar de una vez todo el terror, como un mal trago, e intentar acabar con el que lo provoca. Ahora comprendo su empeño en venir a pasar unos días a la casa de la abuela. Dice que después de comer tiene que volver a una importante reunión con las autoridades y yo me alegro de esos ratos de libertad que disfruto sin su presencia.

He decidido salir a dar un paseo a caballo. Antón empezó a poner excusas: que si igual me pierdo, que si la yegua no me conoce… creo que no quería que saliera sola, pero no le hice caso, ensillé la yegua y marché hacia el monte.

No recordaba la belleza de estas tierras, su grandiosidad. Las enormes montañas allá arriba como grandes colosos custodiando los bosques exuberantes, frondosos, plagados de árboles gigantes que en algunos momentos tapan completamente el cielo. Un olor a verde se extiende por doquier penetrando por la nariz hasta inundar los pulmones. De vez en cuando una inmensa pradera con algunas vacas, o un par de caballos pastando tranquilamente como si el tiempo se hubiese detenido hace cientos de años en esos parajes. Se escucha el fluir del agua fresca y cristalina de cualquiera de los muchos manantiales esparcidos por la montaña. Siempre pensé que esto debió ser el paraíso.

El relinchar de la yegua me saca del estado de éxtasis en que me había sumergido.

- Ehhhhh!!! Quieta bonita, tranquila, tranquila ¿qué ocurre?
Ella vuelve a relinchar al tiempo que se encabrita alzando las patas delanteras. Tengo que sujetarme fuerte a las riendas para no acabar en el suelo. Y menos mal, porque en el momento que vuelve a poner las pezuñas en la tierra sale galopando a una velocidad de vértigo por el estrecho sendero por el que paseábamos. De nada sirven mis esfuerzos para frenar su enloquecido galope. Pasamos rozando las ramas de los árboles y temo que va a acabar perdiéndome en su loca carrera. Un golpe seco en la frente y caigo en medio del camino… inconsciente.

Me duele la cabeza. Abro los ojos e intento moverme pero un dolor intenso en medio de la frente me impide hacerlo. Todo está oscuro y en silencio. Palpo mi cuerpo despacio por ver si tengo algo roto, alguna herida… pero no, parece que todo está en su sitio, sólo ese palpitar de la cabeza. Estoy sobre una cama o algo parecido. Es entonces cuando una pequeña franja de luz ilumina la habitación. Acaba de abrirse la puerta.

- ¿Estás bien? Quieta, quieta, no te muevas, te has dado un buen golpe.

Es una voz de hombre, una voz que no conozco.

(continuará)

lunes, 7 de julio de 2008

El último refugio (VI)



Me acerco a él despacio y me siento sobre sus piernas, a horcajadas. Busco su boca desesperadamente, necesito el sabor de sus besos. Él me besa como entonces, no ha perdido ni un ápice de su atractivo. Me remuevo apretando mi sexo sobre el suyo y me extraño al no sentir que algo se despierta entre sus piernas.

- No, rapacina, no te esfuerces, el accidente me dejó muerto algo más que las piernas, ahí ya no hay nada más que un aparato para mear.
- Lo siento, Antón, lo siento. Supe del accidente pero no podía venir a verte, no me sentía con fuerzas. ¡Vaya! Yo que pensaba aprovecharme de ti ahora que estás ahí sentado y no puedes moverte – lo digo riendo intercalando entre cada una de las palabras besos y jugueteos con la lengua e intentando quitarle hierro al asunto.

Él ha empezado a acariciarme entre las piernas y sus hábiles dedos apartan a un lado las bragas. Mi sexo está húmedo. Me incorporo un poco dejando que introduzca los dedos en él y me dejo resbalar otra vez hacia abajo mientras siento como me penetra profundamente. No deja de mirarme mientras mi respiración se agita con cada movimiento. Me separo de él y le veo llevarse la mano empapada de mis jugos a la boca y lamer uno a uno los dedos.
Detrás de nosotros hay una gran mesa de piedra. Doy la vuelta a la silla de forma que Antón queda de cara a ella y a continuación me tumbo de espaldas sobre la fría superficie al tiempo que alzo las piernas y las apoyo en sus hombros. Al momento siento su lengua abriéndose camino entre los labios rojos de mi sexo. Mete las manos por debajo de mis nalgas y me atrae hacia él hundiendo su rostro entre mis piernas. Me muerdo los puños para no gritar de placer. Así, bajo la frondosidad de los árboles que nos protegen de miradas ajenas me diluyo en su boca… como entonces.
Ya recuperado el aliento, me incorporo y me quedo allí sentada con Antón apoyado en mis rodillas.

- Nunca te dije que te quería ¿verdad?
- No, rapacina, no hacía falta… ¿de qué nos hubiera servido eso? Tú estabas hecha para vivir otra vida, claro que no podías imaginar lo que pasaría luego.
- Hubiera sido feliz aquí contigo, lo sé… ¿me echaste alguna vez de menos?
- Todos los días de mi vida.

No se qué decir y me quedo un rato en silencio. Un leve crujir de hojas y ramas secas nos hace levantar a ambos la cabeza.

- ¿Oíste eso?
- Shhhhhhhhhh.
- No han podido llegar ellos, hubiésemos visto los coches por la carretera.
- No, no temas, sería alguna rabosa, últimamente merodean por aquí.
- Anoche, antes de bajar a cenar, me pareció escuchar ruido fuera y algo como una sombra en el espejo.
- Imaginaciones tuyas, rapacina, estate tranquila, aquí nadie te hará daño. Y ahora volvamos a la casa, tu marido no tardará en volver.

Emprendemos el camino de regreso en silencio, cada uno enfrascado en sus pensamientos. Tengo la sensación de que algo está preocupando a Antón, pero le conozco lo suficiente para saber que no me lo va a contar. Debo concentrarme en aparentar delante de Ernesto y sus muñecos, tengo que matar mi corazón cuando ellos están cerca.

(Continuará)

viernes, 4 de julio de 2008

El último refugio (V)


Antón me escucha en silencio, asintiendo de vez en cuando.

- Entonces apareció “el elegido”… ya sabes, con su férrea dictadura, llena de leyes y prohibiciones. Había que cortar el mal de raíz. Y el mal era pensar, sentir. Se trataba de educar o reeducar convirtiéndonos en una especie de robots sin sentimientos, porque ese era el pecado. Comenzó la limpieza. Había que andarse con cuidado porque no sabías quien podía denunciarte, un simple rumor era más que suficiente para estar en el punto de mira de los que todo lo vigilan. Yo era joven y soñadora, rebelde. Había sido educada para pensar por mi misma, para hacer uso de mi libertad siempre que no inflingiese daño alguno. Me metí de lleno en uno de los grupos de lucha, minúsculos grupos de resistencia hacia aquella forma de vida. No hacíamos mucho, no podíamos, pero nos negábamos a vivir bajo sus normas. Un día me cazaron. A mí y a un amigo. Habíamos ido a un pequeño apartamento que él tenía en el barrio viejo, herencia de su abuela. Acabábamos de salir de una asamblea clandestina y estábamos los dos excitados y eufóricos. Follamos. Follamos con tanta vehemencia que los gritos debieron escucharse en todo el edificio. Algún hijo de puta nos denunció al tiempo que se la cascaba, seguramente envidioso de no ser el dueño de la polla que yo mamaba en el momento en que se abrió la puerta y aparecieron cuatro o cinco polis apuntándonos con sus pistolas.

- Jajajajajajaja!!! Ya sé, ya sé que no es para reírse, pero me imagino sus caras de sorpresa.

- No te imaginas cómo me miraban, si no hubiera sido por el miedo que tenían de las mutuas denuncias que se practicaban, me habrían pasado por la piedra uno tras otro. Pero en lugar de eso nos esposaron, después de ordenarnos con esas voces frías y metálicas que nos vistiéramos, y nos llevaron ante el juez. No volví a saber de aquel muchacho. Yo fui a parar a una de esas clínicas de reeducación. No te quiero contar lo que me hicieron en los pocos meses que estuve allí encerrada. Pero peor que sus técnicas para convertirme en poco más que una piedra, la infinidad de pastillas que me obligaban a ingerir, las porquerías que me inyectaban, era el sentirse vigilada cada segundo. Recuerdo una vez que estaba dormida y soñaba, uno de esos sueños tan reales que te hace gemir sin darte cuenta, cuando un chorro de agua helada me despertó de golpe…

- Sigue, continúa…

- Nada pudieron hacer mis padres por sacarme de allí, ellos eran muy liberales, ya sabes, y sus antiguas amistades les daban la espalda por miedo a que fuesen considerados igual. El miedo, el miedo era el dueño de cada minuto de nuestra existencia. Yo sólo deseaba terminar de una vez, terminar con mi vida como fuese, pero ni para eso era libre. Mi vida no era mía, no es mía, todo les pertenece. Hubieran podido acabar conmigo en cualquier momento, como hicieron con muchos, pero no, por algún motivo que yo no lograba adivinar se empeñaron en llevarme por el “buen camino”. Aquel motivo no era otro que Ernesto. Nos conocíamos desde niños, no teníamos demasiada relación pero habíamos coincido en algunos eventos a los que habían acudido ambas familias. Resultó que Ernesto se enamoró de mí en una de esas ocasiones y sin yo saberlo había estado siempre pendiente de mi vida, de lo que hacía, de mis amistades.

Llegó un momento, allá encerrada, en que les obligaba a castigarme cada día. Pensaba que esa era la única forma de sacarles de sus casillas y así conseguir que acabasen conmigo. Un error en la dosis inyectada, un castigo inflingido algo más de lo debido… y yo sería libre. Me negué a comer, a beber, me hacía mis necesidades encima, me provocaba vómitos cuando me obligaban a ingerir alimento, y me masturbaba, me masturbaba a todas horas. Cuando me ataron las manos lo hacía boca abajo sobre la almohada, o en el suelo frotándome con la pata de la cama, hasta aprendí a hacerlo abriendo y cerrando las piernas con la simple presión de los músculos. Me ponía ante la cámara… provocándoles. También me ataron las piernas. Tumbada sobre el colchón con correas que me inmovilizaban, supe que no podía vencerles. Y sentí pánico intentando imaginar que harían luego conmigo. Había visto a jóvenes como yo que caminaban por los pasillos como autómatas, no, por nada del mundo quería verme así. No podía consentir que me quitasen la libertad que guardaba en mi cabeza, ese era mi mayor tesoro. Estaba desesperada y apareció Ernesto.

Entró solo en mi habitación. No le reconocí hasta que él me contó quien era y como había estado siempre ahí, muy cerca, sin que yo le dirigiese jamás una mirada. Me hablaba con voz suave, me dijo que me amaba. Él podía sacarme de allí si yo empezaba a comportarme bien, se haría responsable de mí ante las autoridades. Debía hacerlo por mí, por él, por mis padres… me convenció. Y así acabé casada con él que ya entonces ostentaba un cargo de responsabilidad en las filas de nuestro loco presidente.

- Vaya, tengo que agradecerle que te salvase. Pensé que no te volvería a ver… nunca más.

- Antón… ¿viste si pusieron cámaras por la casa?No, quédate tranquila, nadie puso cámaras en ninguna parte, aquí estás a salvo.

(Continuará)

miércoles, 2 de julio de 2008

Labios dulces, garras afiladas.


(Imagen: Man Ray)


Ella se merece algo más que un enlace en mi lista de blogs amigos. Se lo merece por buena escritora y tremenda poetisa, pero sobre todo y por encima de su buen hacer en materia de literatura, se lo merece por su calidad humana. Marien es ante todo una gran amiga, yo diría que junto con mi Bruja Mim, es MI gran amiga, y estoy orgullosa y feliz de darle la bienvenida al mundo de la globosfera.
Por fín están al alcance de un click sus maravillosos poemas. Ella se mueve con exquisita y elegante soltura entre sonetos, redondillas, liras, coplas, romances o versos libres. Y lo hace de forma sencilla, sin necesidad de frases rebuscadas. Escribe con pasión, de dentro afuera. Es dificil no sentirse identificado con alguno de sus poemas. Es dificil no pensar que eso que ella escribe es precisamente lo que quisiéramos nosotros expresar así de bien, y de bonito.
Hoy nos trae sus poemarios y espero que muy pronto nos acerque también sus maravillosos cuentos.
Disfrutadla, no os arrepentiréis.
Te quiero, morena.


martes, 1 de julio de 2008

El último refugio (IV)



(Imagen: Joven echada - Angel Arias)

Me visto y bajo a desayunar a la cocina. Parece que la casa está desierta.

- Buenos días, señora ¿quiere que le sirva el desayuno? – esta mañana la joven criada parece más alegre y sonriente. Y yo supongo que es porque no está delante mi marido.
- No, gracias, sigue con lo que estabas haciendo. Ya me preparo cualquier cosa.

Ella desaparece y la oigo subir las escaleras. Imagino que irá a arreglar mi habitación. Destapo un puchero y me envuelve el dulce aroma del chocolate recién hecho. Me sirvo un buen tazón y rebusco por la despensa, llena a rebosar de variados botes de esos de hojalata en los que siempre te encuentras galletas o ricas magdalenas. Me siento a la mesa donde tantas veces desayuné con la abuela en aquellas mañanas, a veces soleadas, otras lluviosas, al calor de la cocina de carbón y acompañadas por el rítmico tintineo de los cencerros y algún que otro mugido de las vacas. Perdida en mis ensoñaciones no me di cuenta de la presencia de Antón, allí, en la puerta.

- Buenos días, rapacina, ¿dormiste bien?
- Hacía tiempo que no lo hacía así de bien.
- Cuando acabes ese tazón de chocolate te invito a dar un paseo, tienes muchas cosas qué contarme.
- ¿Sabes dónde está mi marido?
- Le vi salir temprano, supongo que iría a la ciudad.
- ¿Y Pin y Pon?
- ¡Jajajajajajaja! - la carcajada se le escapa de forma espontánea – supongo que te refieres a esos dos que parecen su sombra.
- Sí, esos mismos, creo que cuando va a cagar se pelean por limpiarle el culo.
- Pero… ¿qué modales son esos para una señora distinguida?
- Mejor no te contesto, anda… vamos.

Hago ademán de coger su silla, pero él me dice que no, que camine a su lado, se basta y sobra para manejarla él sólo y no quiere hablar sin poder mirarme a la cara. Sobre todo no quiere escuchar, pero eso no lo dice él, lo pienso yo. Caminamos en silencio un buen trecho, tengo la impresión de que quiere alejarse de la casa, hacía un lugar tranquilo. Llegamos a una pequeña explanada bajo un castaño… allí pasaba yo tardes enteras leyendo, desde donde podemos divisar todo el camino, resultando a la vez invisibles para cualquier observador. Está bien pensado, allí no podrán cogernos por sorpresa. Antón se queda un rato mirándome en silencio, parece que ninguno de los dos quisiéramos romperlo.

- Eva, Eva… ¿cómo fue que acabaste casada con ese fantoche?
- Me gusta oírte pronunciar mi nombre, siempre me llamas rapacina y ya ves, ya soy algo mayor para que sigas haciéndolo. Es una fea y larga historia.
- Cuéntamela.

Me acomodo a su lado y permanezco un rato en silencio intentando hallar el principio del ovillo para, como en un juego, ir desenredando la madeja de mi vida desde el último verano que pasé en la casa.

Aquellos tres o cuatro veranos después de mi estancia en Francia fueron los mejores de mi vida, Antón y yo seguíamos con nuestros encuentros furtivos en que él me enseñaba a gozar de mi cuerpo. Pasaba todo el tiempo excitada, con ganas, esperando con expectación poder estar a solas con él. Recuerdo una vez que le abordé en la cocina y cuando andaba con la mano metida bajo mi falda, nos pilló mi padre. Se enfadó e intentó mandarme de vuelta a casa, pero yo guardaba un as en la manga: estaba enterada de sus devaneos con la doncella de mamá, los había espiado más de una vez en el pajar. Se lo solté a bocajarro y le sometí a un chantaje descarado. Yo ya era mayor de edad y hacía lo que me daba la gana con quien me salía del coño. La verdad es que no tuvo mucho que decir y tampoco le daba excesiva importancia a las cosas del sexo.

- Vamos, rapacina ¿a qué esperas?
- Estaba saboreando recuerdos, Antón, desde que estoy aquí me asaltan todos de golpe… ¿sabes lo feliz que me hiciste? ¿lo pensaste alguna vez?

Me mira de esa forma que me quema el alma, como si abriera un inmenso boquete en el centro del corazón.

- No era sólo sexo, Antón, era esa necesidad permanente de ti, de escuchar tu voz, de mirarte, de saberte cerca… ver pasar tu sombra por la puerta ya era suficiente para provocarme.
- No podía ser, Eva, no podía ser. Yo era sólo un sirviente casi veinte años mayor que tú. No debía dejar que ninguna esperanza hiciese nido en mi pensamiento. Eso sí, no podía resistirme a tu hechizo, al deseo que me roía las entrañas… no podía. Pero, deja esa historia, déjala, quiero que me cuentes que pasó después.


- Está bien. Cuando salí de aquí ese último verano no pensaba que tardaría tantos años en volver. Seguí con mis estudios universitarios, me quedaban tres años para licenciarme en arquitectura y disfrutaba con lo que hacía. Fue un curso con mucha tensión, ya sabes todo lo que pasó en aquella época, aunque supongo que aquí no fue tan grave como en las grandes ciudades. Teníamos un gobierno blando y fácilmente coaccionable que se empeñaba en sacarse de la manga leyes inútiles en lugar de hincarles el diente a los graves problemas que empezaban a aquejar al país. En poco tiempo todo se salió de madre. La violencia aumentaba día a día: robos, asesinatos, secuestros, violaciones, terrorismo, tráfico de mujeres, de niños... Las ciudades fueron asaltadas por inmigrantes de todas las nacionalidades sin ningún tipo de control, éramos el paraíso para toda clase de delincuencia. Claro que había muchos de ellos que venían a trabajar, a forjarse un futuro, pero la vaca se estaba quedando sin leche que ordeñar y todos tenían hambre. Proliferaron las bandas callejeras armadas que se liaban a tiros por cualquier motivo. Los políticos se lanzaban insultos a todas horas, incluso hubo quien llegó a las manos, las autonomías se peleaban entre ellas por ver quien sacaba mejor tajada. Y luego vino la crisis económica, empresas que se declaraban en quiebra, cargos públicos que hacían su agosto, desempleo, huelgas, manifestaciones…

(Continuará)