Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

viernes 31 de julio de 2009

Solicito vuestra colaboración


¡¡¡¡Noooooooo!!!! espera, sigue leyendo, no voy a pediros dinero, ni que sigáis ninguna cadena, ni siquiera que me votéis en alguno de esos concursos de la red, no. Es algo mucho más sencillo y de gran importancia para mí: NECESITO UN TÍTULO PARA MI PRÓXIMO LIBRO.
Os cuento: he decidido publicar mi segundo libro de relatos. El primero, de cuyo resultado final estoy muy orgullosa, es "Humedad Relativa"
El que está ahora en proceso consta de treinta y una historias, no demasiado extensas (ésas 4 ó 5 larguísimas las dejo para el tercero) que tienen como característica común algún toque de erotismo. Aunque tengo algún título en mente, no acaban de convencerme.
Veréis, busco un título que no sea demasiado explícito, que sugiera al lector lo que se encontrará al leerlo, pero sin decirlo claramente, algo que consiga despertar su curiosidad. "Humedad Relativa" cumplía esas premisas. No me vale: "Historias de sexo" "Relatos eróticos" "Placeres ocultos" "Secretos indecentes"... ya sabéis a lo que me refiero. Siempre podría poner el socorrido "Humedad Relativa II". Pero estoy segura, queridos lectores, que podéis ayudarme.
Justo aquí debajo está la imagen central de la portada del libro. Eso no tiene discusión, será esa, sí o sí, a falta de elegir el color del fondo (el que hay no es el definitivo, o sí) y la tipografía, que aún está en estudio.


¿Y qué gano yo con todo esto? se preguntará alguno de vosotros. Pues si hay suerte y alguna de vuestras sugerencias es la elegida, me comprometo a enviar a su autor un ejemplar dedicado con mi más sincera gratitud.
Bien, estáis todos invitados a participar, tanto los lectores habituales como aquellos que vienen a parar a éstas páginas por pura casualidad.
Vamos... podemos intentarlo.

De nuevo, la vida (Doce)



Miércoles, 12 de abril de 2006

A las 9 de la mañana íbamos de camino hacia la casa. Me había levantado poco animosa, tenía la impresión de que no íbamos a encontrar nada que nos diese alguna posibilidad de vislumbrar, al menos, qué había ocurrido aquella noche en que Dolores salió corriendo de su casa sin regresar jamás. No tenía ganas de hablar e imaginaba que a Mari Cruz debía pasarle lo mismo, porque caminaba cabizbaja con la cámara al hombro.

Al llegar ante la verja del jardín vimos a Eloïsse que estaba abriendo las ventanas de par en par. Seguramente nos esperaba porque la puerta no estaba cerrada. Cuando nos acercábamos a la casa siguiendo el camino empedrado, la mujer nos miró un momento y continuó con lo que estaba haciendo sin hacer caso de nuestra presencia. Mejor, pensé, no tengo ganas de tenerla merodeando tras nuestros pasos. Estaba convencida de que era tan leal al pintor que jamás conseguiríamos que nos contase algo interesante de lo que pasaba entre aquellas paredes.

Antes de adentrarnos en la casa, nos sentamos en el cenador mientras Mari Cruz se fumaba un cigarrillo que acaba de encender.

- ¿Estás pensando lo mismo que yo? – me dijo mientras miraba hacia la ventana en la que se distinguía la silueta de Eloïsse.

- Seguramente sí, las dos tenemos la misma expresión de impotencia. ¿Qué vamos a hacer si no aclaramos nada?

- Volver a casa y olvidarnos de todo este asunto, eso haremos. Y ahora, manos a la obra… ¡vamos! ¡mueve el culo!

Mari Cruz se echó la cámara a la cara y en pocos minutos el sonido característico del disparo y de arrastre del carrete rompía el silencio de la casa. Mientras, yo deambulaba observando paredes, muebles, rincones, sin una idea clara de lo que buscábamos. Desperdigados por las distintas habitaciones se podían admirar diversos óleos cuya figura central era, sin duda alguna, Dolores. Pero ninguno de ellos tenía nada que ver con el del salón. Eran bonitos, pintados en tonos alegres, y en los que la mujer aparecía en actitud retadora, muy sensual. Nada que ver con la imagen casi casta, recatadamente sentada en la silla, ataviada con un sencillo vestido oscuro, que sin embargo resultaba tan atractiva.

Estaba ensimismada observando aquel cuadro, cuando llegó hasta mis oídos un suave rumor que parecía proceder de la planta superior. Subí las escaleras despacio guiándome por lo que parecía una voz tarareando una canción. Debía proceder de una habitación cuya puerta estaba entornada. Me quedé tras ella, con la oreja pegada a la madera. Era la letra de una canción española y la mujer que estaba cantándola no era otra que nuestra enigmática Eloïsse. Por un momento me quedé quieta escuchando sin saber qué hacer.

Abrí la puerta sin hacer ruido y observé unos minutos a la mujer que con sumo cuidado arreglaba una habitación decorada con numerosos pbjetos de origen claramente español. Debía ser, sin duda, de Dolores.

- ¿Puedo pasar?

Eloïsse dio un respingo.

- Lo siento, no quería asustarla.

- Descuide, no importa.

- No sabía que hablaba mi idioma – le dije , aunque acababa de hablarme en francés.

Se quedó pensativa un instante.

- ¿Me ha oído?

- Sí, llevo un rato ahí afuera, escuchándola.

- Ya. Madame Dolores (dijo Dologues) me enseñó un poco con mucha paciencia.

- La quería usted mucho ¿verdad?

- Todo el mundo la quería, y … pasábamos mucho tiempo las dos solas.

- ¿Conoce mi país, España?

- No, Madame Dolores prometió llevarme en su próximo viaje, luego… pasó, bueno, usted ya lo sabe.

- ¿Por qué se sorprendió usted la primera vez que escuchó mi voz?

- Pues verá, Madame…

- Eugenia, llámeme Eugenia.

- Verá, Eugenia, tiene usted una forma de hablar muy parecida a la de Madame, a lo mejor es porque las dos son españolas, pero estaba desprevenida y por un momento me pareció escucharla a ella.

- Eloïsse, voy a ser sincera con usted, conozco muchas cosas sobre Dolores y se que algo terrible ocurrió la noche de su muerte, no me pregunte cómo estoy tan segura porque eso no puedo decírselo, pero créame, es muy importante para mí averiguar que pasó. Necesito su ayuda.

- Lo siento, Madame, no se a qué se refiere, no puedo ayudarle. No pasó nada esa noche ni ninguna otra noche, un terrible accidente, eso fue lo que ocurrió.

- Está bien, Eloïsse, no volveré a molestarle. Gracias. Y si alguna vez quiere visitar España estaré encantada en ser su anfitriona.

- Merci, Madame, merci. Si me permite voy a continuar con mi trabajo.

Bien, al menos lo había intentado, aunque sabía que sería casi imposible sacarle cualquier información a esta mujer. Bajé las escaleras y salí al jardín. No veía a Mari Cruz por ningún lado. En aquella parte de la casa, el sol había empezado a calentar, así que la rodeé buscando alguna sombra bajo la que refugiarme. Al llegar a la parte de atrás me encontré con un muro de piedras medio derruido que quizás fuesen los restos de alguna parte de la antigua casa. En la esquina que formaba el muro se alzaba un frondoso árbol y a su lado una especie de banco de madera cuyo asiento era como una caja con tapa. Recordaba haber visto alguno así en casa de mi abuela, en la cocina y en el patio. En su interior se guardaba todo tipo de cosas, el del patio solía estar lleno de ovillos de lana, agujas de tricotar, un costurero, las gafas de la abuela. Era su lugar preferido para sentarse a coser o a tejer alguna bufanda y en aquél banco tenía todo lo que necesitaba.

Mientras me acercaba mi corazón empezó a latir con rapidez. Levanté la tapa y me encontré con diversos utensilios para el cuidado del jardín: guantes, tijeras, algunas bolsitas con semillas y varias herramientas cuya utilidad no conocía. Me vine abajo, literalmente. Me arrodillé ante el banco intentando recuperarme de la decepción que acababa de sufrir. Maquinalmente cogí una de las herramientas, deseaba descargar mi frustración golpeando cualquier cosa que estuviese al alcance de mi mano. Cuando la arrojé con rabia al interior del asiento, me pareció percibir un sonido extraño. Saqué precipitadamente parte de su contenido y golpeé con los nudillos la madera que, en teoría, debía ser la base del banco. Efectivamente, mi percepción no era errónea, allí había algo extraño. Busqué algo plano que pudiese introducir por la ranura que acababa de descubrir en uno de los lados e hice palanca.

Había un doble fondo, y en aquél receptáculo encontré una bolsa de tela repleta de papeles y fotografías. Eran hojas sueltas, trozos pequeños y grandes, hojas de calendario escritas por la parte de atrás. Daba la impresión de que Dolores, porque estaba segura que aquello le pertenecía, hubiese utilizado cualquier papel en blanco para escribir. “No se por qué le trajo aquí. No me importa porque es tan dulce, tan inocente…pero tengo miedo” “No lo consentiré, no quiero que le llevé a… ese lugar, no quiero. Iré a buscarle y si se niega le contaré al mundo lo que hace” “Nos ha visto, yo no quería que ocurriese, se lo he jurado, pero no se si me cree”… esos y otros fragmentos saltaban ante mis ojos, de tal forma que parecían querer llamar mi atención.

Miré a mi alrededor temiendo que alguien pudiese estar observándome, antes de rebuscar entre la ingente cantidad de fotos que había guardadas. Allí estaba “el hombre hermoso”, allí estaba su imagen, plasmada en muchas de aquellas fotografías. No era producto de mi imaginación, Igor existía y había vivido en aquella casa.

Aparté la bolsa y metí en el banco todo lo demás. Desde allí podía ver el cenador donde habíamos dejado nuestros bolsos, afortunadamente el mío era enorme. Caminé hasta allí obligándome a fingir que paseaba y de espaldas a la casa, introduce aquél tesoro en el bolsón de paja que me acompañaba a todas partes. Luego fui en busca de Mari Cruz. La encontré charlando en la cocina con Eloïse, sólo tuvo que mirarme para darse cuenta de qué algo ocurría. Se miró el reloj y fingió sorprenderse de la hora, debíamos irnos, Madame Clarisse nos esperaba para comer, y aquella mujer se ponía como una fiera si dejábamos que se enfriase.

Cuando llegamos al hotel nos metimos rápidamente en mi habitación y vaciamos el contenido de la bolsa sobre mi cama. Sólo hemos descansado un momento para comer, y estamos otra vez enfrascadas intentando encajar las piezas de este puzzle.

martes 28 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Once)



(Sigue del Martes, 11 de Abril de 2006)

La comida transcurrió en silencio. Los exquisitos platos de Eloïse no merecían ninguna clase de distracción. Cuando nos sirvió el café, acompañado de unos deliciosos dulces, decidí preguntar a nuestro anfitrión las dudas que desde hacía rato me rondaban por la cabeza:

- Paul ¿siempre han vivido solos usted y su esposa?

La pregunta pareció pillarle por sorpresa, aunque no tardó en responder, no se me escapó la mirada dirigida a Eloïse que estaba dejando sobre la mesa una jarra con leche caliente que le había pedido Mari Cruz. La mujer no levantó la mirada, pero se quedó un instante inmóvil sin saber muy bien qué hacer.

- Sí – me respondió – a excepción de Eloïse que está con nosotros desde que nos instalamos aquí. A Dolores y a mí, nos gustaba la soledad y la tranquilidad que se respira y por desgracia no llegamos a tener hijos.

- La familia de Dolores ¿no les visitaba?

- En dos o tres ocasiones pasaron aquí algunos días sus padres, ella era hija única, pero no se acostumbraban a esto, ni entendían el idioma. Dolores prefería hacerles una visita de vez en cuando, aprovechando las ocasiones en que yo tenía que viajar por asuntos profesionales.

Permanecimos un rato en silencio.

- Perdone que le haga esta pregunta, pero siento curiosidad y no encontré información en ningún medio. Discúlpeme si le parece demasiado personal.

- Dígame qué quiere saber.

- Su esposa ¿murió en el acto?

- No, cuando consiguieron sacarla del coche aún respiraba, desgraciadamente falleció en el hospital. Ella siempre había dicho que deseaba donar sus órganos, así que di mi autorización cuando los médicos me preguntaron, pensé que quizá podía salvar algunas vidas y que de alguna forma ella no habría desaparecido para siempre.

Tuve que esforzarme para que ningún gesto delatase el nudo que se me había acabado de formar en el pecho, aunque resultaba difícil con aquellos ojos grises que no se apartaban de mi rostro. No sabía si iba a ser capaz de hablar de nuevo, cuando Mari Cruz salió en mi auxilio.

- ¿Está enterrada aquí, en el cementerio?

- No, fue incinerada y sus cenizas se esparcieron entre los rosales.

Quizá por eso el aroma de las rosas no me había abandonado desde que, en el hospital, recuperé la conciencia. Me había acostumbrado tanto a él que parecía que estaba conmigo toda la vida.

- Bien, gracias por responder a estas preguntas que nada tenían que ver con el trabajo que nos ocupa, muchas gracias, Paul.

- No tiene importancia ¿volvemos al trabajo?

Las hora siguientes las ocupamos en hablar sobre técnicas artísticas y la inminente exposición que Paul estaba preparando en París. Sería el próximo fin de semana y el pintor tenía puestas en ella muchas esperanzas. El estilo y la técnica de sus nuevos lienzos era toda una innovación en su carrera y no sabía cómo se lo iba a tomar el público y los críticos de arte. Nos pidió que acudiésemos a la inauguración como sus invitadas, y después de cruzar entre nosotras una breve mirada, aceptamos gustosas a acompañarle.

El trabajo estaba hecho, pero yo no dejaba de pensar en alguna excusa para poder husmear por allí con algo de más de libertad. Cuando Paul dijo que mañana tenía que viajar a Paris para ultimar algunos detalles de la exposición, casi empecé a palmotear de alegría. Busqué con la mirada a Mari Cruz, algo se nos tenía que ocurrir.

- Vaya – dijo ella – me hubiese gustado hacer algunas fotos más del interior de la casa, hay algunos cuadros que quisiera fotografiar pero con esta luz me temo que no saldrían como quiero… ¿le importaría que viniésemos un rato por la mañana? Estará Madame Eloïse ¿no? He sido una tonta entreteniéndome tanto por el jardín, pero pensaba que no terminaríamos tan rápido la entrevista.

Mari Cruz sabía ser muy convincente cuando se lo proponía, la expresión de su rostro y sus hermosos ojos azules eran la inocencia personificada.

- Esta bien – dijo Paul – puede hacer las fotos que guste, Eloïse estará aquí a partir de las nueve, vengan cuando quieran.

Cuando bajo al jardín del hotel, Mari Cruz está recostada en un sillón con la cabeza sobre el respaldo.

- ¿Qué haces?

- Mirando las estrellas ¿te has dado cuenta cómo brillan? Este lugar es mágico, no me extraña que a Dolores le gustase tanto vivir aquí. ¿Estás bien?

- Sí, sólo necesitaba un poco de soledad ¿qué vamos a hacer mañana?

- No lo se, Eugenia, quizá encontremos algo que nos de alguna pista sobre… ¿cómo dijiste que se llamaba? ¿Igor?

- Sí, eso me dijo Madame Clarisse. No entiendo por qué Monsieur Montcour quiere guardarlo en secreto ¿qué tiene de malo? ¿quién es Igor? ¿no lo encuentras muy extraño?

- No se qué pensar, es encantador y parece realmente apenado por la muerte de su esposa. No puedo creer que fuese él quien sacó el coche de la carretera.

- También a mí me resulta difícil creerlo, pero fue lo que soñé Mari Cruz.

- Bueno, no le demos más vueltas, mañana iremos allí y dejaremos que el destino siga su curso. Toma una copa y disfrutemos de esta preciosa noche antes de irnos a dormir. Brindemos… por mi querida amiga Eugenia y su nueva vida.

- Por nosotras… gracias Dolores.

Y las dos miramos hacia el cielo alzando nuestras copas.


viernes 24 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Diez)



(sigue el Martes, 11 de Abril de 2006)


No terminó la frase y yo fingí no haberle escuchado mientras me atareaba sacando de mi bolso una grabadora. Le miré interrogante por si ponía alguna objeción, pero si la había no lo demostró.

- Bien, cuando quiera podemos empezar, Paul.

Se limitó a asentir.

Empezamos hablando de sus comienzos. Era el hijo menor de una familia de posición media-baja que habitaba en un pequeño piso en las afueras de París. Su padre, pasante en un bufete de abogados soñaba con que su hijo lograse doctorarse en leyes para dedicarse a la abogacía, estaba convencido que si se lo proponía podía llegar a ser un buen letrado, fiscal o juez. Estaba muy unido a su madre, que en su juventud había hecho sus pinitos como bailarina clásica, hasta que contrajo matrimonio y se dedicó de pleno a cuidar de su familia y de su casa. Tenía una hermana mayor con la que apenas se relacionaba, debido seguramente a la diferencia de edad pues era trece años mayor que él. Era todavía un niño cuando ella contrajo matrimonio y emigró a Chile junto con su recién estrenado marido. Desde entonces sólo había vuelto a verla en tres ocasiones, cuando fallecieron sus progenitores y en su luna de miel, pues él y Dolores fueron a visitarla.

Ya en el colegio despuntaba en dibujo y fue uno de sus profesores el que le animó a seguir con aquello para lo que parecía tener buenas dotes. No hubo manera de convencer a su padre de que lo que quería era dedicarse a la pintura, aún cuando su madre estaba de su lado y no perdía ocasión para presionar a su marido, que se negó rotundamente a costearle los estudios de Bellas Artes. Para poder seguirlos Paul tuvo un sinfín de trabajos que combinaba con las clases de la Universidad. Fue nuevamente aquél profesor el que le ayudó en sus comienzos, moviendo algunos hilos para conseguirle su primera exposición, con la que obtuvo un gran éxito. Después, aunque con esfuerzo, todo vino rodado.

Cuando conoció a Dolores, Paul era un soltero cotizado que había desistido de encontrar a una mujer capaz de enamorarle, pero se equivocó, pues la atracción que sintió por ella fue casi instantánea. A pesar de la diferencia de edad existente, Dolores era una mujer madura y responsable, que sin embargo conservaba un punto de alegría, sinceridad, ternura e inocencia incluso, de una niña. Se casaron muy pronto y de mutuo acuerdo decidieron instalarse en este bonito pueblo que a los dos les enamoró. Dolores nunca pareció echar de menos su profesión. Le gustaba tocar el violín para él, en alguna de las fiestas que organizaban en contadas ocasiones con un grupo reducido de amigos, o en actos benéficos en que la invitaban a colaborar.

Mientras hablábamos Mari Cruz fotografiaba todo aquello que le parecía interesante, incluidos Paul y yo, desde diferentes ángulos. Paul tenía una manera de hablar pausada, y aunque no hacía muchos gestos con las manos, su rostro reflejaba las emociones que le provocaban algunos recuerdos.

Cuando llevábamos algunas horas de conversación, en las que habíamos pasado de las preguntas y respuestas, a una especie de monólogo, interrumpido apenas por pequeñas aclaraciones o puntualizaciones que yo le solicitaba, Paul después de guardar silencio unos minutos, propuso un descanso para comer, almorzar dijo él. Aunque yo hubiese preferido continuar pues sabía que no resultaría fácil volver a retomar la complicidad que habíamos conseguido, tuve que reconocer que a los tres nos vendría bien ese paréntesis.

Mientras Madame Eloïse preparaba la mesa, Paul me invitó a conocer la casa que todavía no había tenido ocasión de visitar. Toda la vivienda estaba decorada de forma muy sencilla, algunos de los muebles eran verdaderas antigüedades restauradas por Dolores. Según me contó su viudo al ver mi gesto de sorpresa, ella era un ferviente admiradora de los muebles de madera antiguos y dedicaba buena parte de su tiempo a devolverles el esplendor que el paso del tiempo les había robado. Fue al entrar en un enorme salón que parecía casi inmenso debido a la escasez de su mobiliario, cuando me quedé boquiabierta contemplando un precioso cuadro que presidía la pared principal, encima de una gran chimenea. Era Dolores, pero no parecía la misma Dolores que ví en muchas de las pinturas que había examinado, una y otra vez, mientras preparaba el reportaje. No sólo era el estilo, los colores e incluso la pose de la modelo lo que hacía que fuesen tan diferentes, se trataba más bien de lo que el pintor había visto en aquella mujer, era la mirada del artista lo que le hacía parecer distinta. Al mismo tiempo, yo había empezado a notar una especie de angustia presionándome el pecho que me desconcertaba. No era capaz de acostumbrarme a aquellos sentimientos que no entendía porque en realidad, y cada vez estaba más segura, no me pertenecían.

- ¿Le gusta? – me preguntó situándose a mis espaldas.

- Sí, no se parece a ninguno de los cuadros de Dolores que había visto hasta ahora ¿Lo ha expuesto alguna vez?

- No.

- ¿Puedo preguntarle por qué?

- Ya me lo ha preguntado, pero no tengo ninguna respuesta. Está aquí y aquí seguirá para siempre. Eso es todo.

Me pareció que por primera vez se encontraba incómodo. Como si hubiese leído mis pensamientos, me tomó del codo y me empujó ligeramente para darme la vuelta.

- El almuerzo está preparado, no hagamos esperar a Eloïse o jamás nos lo perdonará.

Le seguí sin oponer resistencia.

jueves 23 de julio de 2009

Debería...


... haber colgado ya el capítulo número diez de esta historia, pero no siempre podemos hacer aquello que queremos o tenemos previsto. Anoche fue el día de charla de peregrinas, que no es lo mismo que charlas peregrinas. No suelo tener conectado el messenger de yahoo, o en todo caso aparezco como invisible, pero había recibido un mensaje de alguien que quería agregarme al suyo y me había quedado con el gusanillo de saber quién era, así que le coloqué la placa de "ocupado" a ver si el desconocido se conectaba y averiguar su identidad.

A los cinco minutos se abrió la ventanita de conversación y mira por donde era una de las chicas con las que hice parte del Camino, lo cual me alegró sobremanera. Charlando, charlando, se nos fue el santo al cielo y cuando me di cuenta ya era demasiado tarde para escribir, porque para que lo sepáis, la historia no está terminada, la voy escribiendo día a día, así que no me preguntéis el final porque ni yo misma lo se, en este momento los que mandan son los protagonistas, yo soy solamente la que le da a la tecla.

Esta noche se me ha hecho también un pelín tarde, ya véis qué horas son, y esto se alarga demasiado, amén de buscar la imagen que encaje en lo que cuento. He decidido pues, aprovechar esta coyuntura para presentaros el foro que acaba de inaugurar una buena amiga, más que buena yo diría "buenísima", una de las dos mejores y más maravillosas amigas con las que tengo la inmensa suerte de contar. Es un foro de literatura (no podía ser de otra forma) con un toque de brujerías, pócimas y conjuros que le dan un encanto especial. Su nombre: "El sauce milenario" y esta es la portada:




Felices sueños. Mañana estoy aquí, como un clavo.

martes 21 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Nueve)


Martes, 11 de Abril de 2006

Llegamos al hotel en plena puesta de sol y Madame Clarisse viene a recibirnos, preocupada por nuestra tardanza. Rehúso la cena que se ofrece a prepararnos. Sólo quiero darme un baño, descansar un poco y tratar de asimilar los sentimientos y sensaciones que he experimentado a lo largo del día. ¿Estás bien? Me pregunta Mari Cruz. Sí, le respondo, necesito un poco de soledad, eso es todo. Estaré en la terraza después de cenar, disfrutando de esta hermosa noche, si te apetece hablar un rato, vienes, me susurra al oído. Le doy un beso y me voy a mi habitación. Sumergida en la bañera intento repasar cada momento, analizarlo con calma.

Aunque la casa de Paul Montcour está a las afueras del pueblo no se halla a mucha distancia, por lo que Mari Cruz y yo decidimos ir andando. Sobre las nueve de la mañana salimos del hotel después de un agradable desayuno. Tomamos un estrecho sendero que discurre por encima, a poca distancia, de la carretera que bordea el acantilado. Caminábamos despacio concretando los últimos detalles de nuestro reportaje como hacemos siempre que hemos compartido algún trabajo. Pero esta vez no era con el único propósito de realizarlo con la profesionalidad a la que estábamos acostumbradas, si no más bien intentando no pensar en los verdaderos motivos que nos habían llevado allí.

Me sentí mal. Fue algo repentino que a punto estuvo de hacerme caer al suelo. En un momento se me empapó la camisa con unos sudores fríos que me hicieron tiritar. Sentía náuseas y mi rostro se tornó pálido como la cera. Asustada, Mari Cruz, no sabía cómo reaccionar. Me senté en el suelo y cerré los ojos. Inmediatamente me vi dentro de aquél coche azul, que se precipitaba por el acantilado. Me oí gritar aferrada al volante y sentí en la boca el sabor de la sangre. Estábamos sobre el punto exacto en el que había ocurrido el accidente. Poco a poco, empecé a sentirme mejor y aunque Mari Cruz insistía en volver al hotel, no dejé que se saliera con la suya.

Al cabo de quince o veinte minutos andando, una antigua y bien cuidada casona apareció ante nosotras. Respiré hondo un par de veces e intenté armarme de valor para enfrentarme al hombre que estaba esperándonos sin sospechar lo que ocurría. La casa estaba rodeada de un precioso jardín, más extenso en la parte delantera y separado en dos partes por un pequeño camino empedrado como las calles del pueblo. En una especie de cenador situado a la parte derecha de la casa, había preparada una mesa y varios sillones de madera adornados con coloridos cojines a juego con las diferentes tonalidades de las rosas del jardín. La verja de entrada estaba abierta, así que sólo tuvimos que empujarla un poco y pasar al interior.

El aroma de las flores impregnaba el ambiente de aquél día soleado, y unos cuantos árboles colocados estratégicamente alrededor de la casa te hacían desear sentarte en los pequeños escalones de la entrada para gozar del frescor de su sombra. Entonces le vi, de pie bajo el umbral de la puerta. Era un hombre alto y delgado, vestido con un veraniego pantalón de color claro y sobre ellos, una camisa blanca de maga corta que caía de forma descuidada dándole un aspecto juvenil y descuidado pero sumamente elegante. Bajó despacio la pequeña escalera y me tendió la mano sin dejar de mirarme fijamente.

- Bienvenidas, Paul Montcour, es un placer conocerla… Madame… ¿Eugenia?.

- Gracias por recibirnos, Monsieur Montcour, llámeme Eugenia, por favor. Le presento a Mari Cruz, es mi fotógrafa, además de una buena amiga.

- Un placer, Mari Cruz, llámenme Paul, simplemente. ¿Les apetece tomar algo? Podemos sentarnos allí y conversar acerca del reportaje que piensan realizar.

- Sí, por favor, yo tomaría algo fresco… ¿Mari Cruz?

- Sí, para mi también.

- Acomódense mientras doy las órdenes oportunas.

Cuando desapareció dentro de la casa, no pude reprimir un suspiro de alivio que me ayudó en parte a desprenderme de la tensión que sentía. Intenta tranquilizarte, me dijo Mari Cruz, olvídate de Dolores, y concéntrate en el trabajo. Pongo todo mi empeño, créeme, pero es difícil con este corazón latiendo a toda velocidad. Te aseguro que el mío no hubiese podido resistirlo.

Paul salió de la casa seguido por una mujer de edad avanzada que portaba una bandeja con bebidas y algunos dulces. Debía ser Madame Eloïse. Hasta el momento en que escuchó mi voz, la mujer apenas nos había dirigido una mirada, entonces levantó la cabeza dejando por un momento lo que estaba haciendo y en su rostro apareció una expresión de asombro, casi de miedo, al tiempo que un ligero temblor se apoderó de sus manos. Se marchó murmurando una disculpa dejándonos en un incómodo silencio.

- Y bien – dijo Paul, sacudiéndose el desconcierto – creo que debemos empezar a trabajar.

Mientras que Mari Cruz le explicaba en qué consistía el reportaje que queríamos realizar y recababa su autorización para hacer las fotografías con las que ilustrarlo, yo me dediqué a observarlo. Tenía el rostro delgado, la nariz recta y afilada, y unos ojos de un azul grisáceo que miraban de frente. Había empezado a dejarse una ligera barba que dejaba entrever algunas canas. El cabello oscuro, no muy corto, dejaba caer algunos mechones sobre la frente que contrastaban con el azul de sus ojos. Tan ensimismada estaba que no me di cuenta de que acababa de dirigirse a mí.

- Ahora creo que es el turno de la periodista ¿algún guión preparado con las preguntas?

Me quedé un momento pensativa sopesando mi respuesta.

- Paul, he entrevistado a un buen puñado de personas importantes y nunca llevo un guión. Quiero que el entrevistado se sienta cómodo, charlar con él. Tengo que decirle que no sólo me interesa su faceta profesional, que por supuesto es el motivo de la entrevista, pero me gusta que al lector le llegue la idea de que detrás de ese pintor famoso se esconde una persona de carne y hueso, alguien que fue niño y adolescente, que ha pasado buenos y malos momento personales, alguien con sus manías, inquietudes, deseos y miedos. Así que no aceptaré un reportaje basado únicamente en su faceta artística.

La tensión era bien visible en el rostro de Mari Cruz y estaba segura que estaba maldiciéndome con el pensamiento. Me lo jugaba todo a una carta.

- Es usted increíble. Viene desde España a realizar un reportaje que yo no he solicitado.. ¿y se atreve a aplicarme sus normas aún a riesgo de que le diga que no?

- Así es, de todas formas el viaje habría valido la pena sólo por conocer este magnífico rincón. Por supuesto que si le incomoda alguna pregunta la descartamos sin problema.

- Está bien. No me gusta hablar de mi vida privada, pero voy a confiar en usted. Es valiente, y eso me gusta. Me recuerda tanto a…


viernes 17 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Ocho)



Lunes, 10 de Abril de 2006

El viaje ha sido algo cansado pero encantador. Enrique estaba empeñado en que viniésemos en avión, pero a Mari Cruz le gusta conducir y yo me he sentido muy bien sentada a su lado, disfrutando de hermosos paisajes primaverales. Salimos muy temprano de Madrid y emprendimos el camino sin prisas, parando allá donde nos apetecía.

El hotel es una preciosidad, pequeño y familiar, muy acogedor. Está ubicado en una antigua casona del siglo XVI que ha sido restaurada, pero conservando las características de su primitiva construcción: paredes de piedra, suelos de madera, tejados con tejas planas. Las habitaciones también están decoradas en consonancia con la época, grandes camas con cabeceros tallados en madera, antiguas bañeras con patas, grandes ventanales también de madera, por los que se pueden admirar preciosas vistas. Todo ello dotado, al mismo tiempo, de las comodidades propias de estos tiempos. Después de darnos una ducha y colocar nuestras pertenencias en los armarios, nos sentamos en una pequeña terraza, cerca del acantilado, y Madame Clarisse, la dueña del hotel, nos ha servido unas pastas y un café.

Nos dedicamos durante unas horas a repasar todos los datos que hemos podido reunir sobre nuestro pintor, que no ha sido el único que eligió esta localidad para pasar parte de su vida, pues por su especial encanto, es lugar favorito de pintores y escritores. Sabemos que Paul se casó con Dolores a los treinta y cuatro años, cuando ella estaba a punto de cumplir los veintitrés. Desde entonces han pasado quince años, por lo que muy pronto llegará a la cincuentena. Al parecer, y según las noticias de la época se conocieron en un viaje que Paul realizó a España con motivo de una exposición conjunta con otros pintores franceses. Ella tocaba el violín en una famosa orquesta que daba un recital en la misma ciudad. Se encontraron en una fiesta y el pintor se enamoró de aquella atractiva joven, de cabello negro, que empezaba a cosechar éxitos en su carrera artística.

Durante un tiempo se reunían de forma esporádica cuando sus compromisos profesionales se lo permitían, pero pronto se cansaron de esa situación y decidieron contraer matrimonio, eligiendo Saint-Cirq-Lapopie como lugar de residencia. En cuanto a su vida privada poco más hemos podido recopilar, al parecer su existencia transcurría apaciblemente en este idílico lugar, y sólo contadas ocasiones se les pudo ver en algún acto público relacionado con la carrera profesional del pintor. Dolores, por su parte, abandonó la música, lo que algunos críticos tacharon de “un verdadera pena desperdiciar su talento”.

La trayectoria profesional de Paul parece haber sufrido altibajos, debido sobre todo a diferentes cambios muy notorios en su estilo pictórico. El primero se produjo por las fechas en que Dolores entró a formar parte de su vida y se mantuvo durante algunos años, una década aproximadamente. A partir de entonces dio un giro radical y empezó una época en la que sus cuadros fueron muy admirados y su cotización se elevó considerablemente. Según las últimas noticias, está preparando una nueva exposición que tiene en vilo a expertos y profesionales de la pintura.

No hemos podido encontrar por ninguna parte referencia alguna al “hombre hermoso”, y eso no deja de extrañarme. Si aparece en mis sueños es que algo tiene o ha tenido que ver con Dolores. No es un extraño, pero no logro adivinar quien puede ser y qué tiene que ver con lo ocurrido.

Mientras Mari Cruz va a dar un paseo, opto por quedarme un rato más sentada en la terraza. Hace un rato que Madame Clarisse pasa por nuestro lado disimulando, y no deja de observar nuestros portátiles y los papeles que tenemos esparcidos sobre la mesa. Creo que siente curiosidad por el motivo que nos ha traído aquí, y seguramente se muere de ganas por averiguarlo. Me interesa hablar con ella, quizá pueda aportarme algunos datos sobre Paul y su relación con los vecinos de Saint-Cirq.

Cuando se acerca para servirme el café que acabo de pedirle, le pregunto si tiene un momento para sentarse conmigo.

- Oui, Madame, encantada ¿qué se le ofrece?

- Verá, soy periodista y mi amiga, fotógrafa. Estoy convaleciente de una operación y aprovechando mi estancia aquí para recuperarme, voy a hacer un reportaje a un vecino ilustre, el pintor Paul Montcour, supongo que le conoce.

- ¡Mon Dieu! Claro que le conozco, lleva aquí viviendo muchos años. Pobre, ha sido una gran desgracia la muerte de su esposa.

- ¿Le conocía?

- Oui, era una mujer preciosa, siempre alegre, le gustaba pasear por el pueblo y comprar en el mercado, aunque algo le pasaba últimamente, ya no se le veía tanto por aquí, decían que estaba enferma.

- ¿Vivían solos?

- Sí, pero durante el día Madame Eloïse se ocupaba de la casa. Es una mujer algo mayor, vive aquí cerca.

- ¿No había nadie más en la casa? ¿Está segura?

Se queda un rato pensativa mirándome fijamente.

- ¡Ah! Usted se referirá a Igor.

- ¿Igor?

- Sí, un muchacho que apareció un día con el señor Paul, después de un viaje que hizo a Rusia. Yo sólo le vi una vez, no salía de la casa, sólo Madame Eloïse le conoce un poco más, pero ella es de pocas palabras y guarda absoluto secreto sobre sus señores.

- ¿Sabe si sigue viviendo allí?

- No, Madame, lo siento pero no lo se, aunque ¿dónde podría ir el muchacho?. Madame ¿irá a visitar a Monsieur Paul?

- Sí, mañana a las diez tenemos una cita con él ¿cree que me recibirá bien?

- ¡Oh! es un hombre encantador, aunque no le gusta mucho que se metan en su vida privada, y últimamente ha sufrido un duro golpe.

- Gracias, Madame Clarisse, me ha servido de mucha ayuda. Ya le contaré cómo nos ha ido.

Cuando aparece Mari Cruz, Madame Clarisse se retira a la cocina para preparar la cena y mientras esperamos le cuento lo que he averiguado. Después de dar buena cuenta de las sabrosas viandas que nos han servido, nos vamos a descansar. Mañana nos espera un interesante día de trabajo. Los nervios no me dejan dormir, pero al fin me dejo acunar por el murmullo del agua del río hasta que me vence el sueño.

miércoles 15 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Siete)


(Imagen: Saint-Cirq-Lapopie)

Sábado, 8 de abril de 2006

He hablado con él. He hablado por teléfono con Paul, el pintor. Todavía estoy temblando. No puedo explicar la multitud de sensaciones que he sentido al escuchar su voz. Me defiendo bastante bien en francés, pero no podía evitar tartamudear debido al estado de nervios en que me encontraba. Hubo un momento, cuando respondió, que mi mente se quedó totalmente en blanco. Aunque creo que él también se puso algo nervioso. No sé, Enrique dice que ha cambiado mi forma de hablar, quizá le he recordado a Dolores.

Al decirle que era española ha empezado a hablar en un castellano fluido y parece que he podido relajarme un poco. Todo ha sido idea de Mari Cruz, no sé qué haría yo sin ella. Yo deseaba conocer al pintor, pero no se me ocurría de qué forma podía abordarle, entonces a ella ha pensado que podíamos hacer un reportaje para el suplemento dominical del periódico, sobre arte. Hacemos la pareja perfecta, ella la fotógrafa y yo la periodista. A Enrique no le hacía ni pizca de gracia, pero al final ha claudicado. No sé qué pretendo, sólo quiero ir allí, a su casa. Quiero dejar de tener sueños en los que aparece Dolores. A veces tengo la impresión de que ella me necesita para alguna cosa, que me tiene alguna misión encomendada.

Al principio, Paul se mostraba algo reticente, pero he desplegado todo mi encanto y al final conseguí convencerle. Ha dado su consentimiento.

Salimos el lunes. Mari Cruz ya ha reservado habitación en un pequeño hotel de la zona. Vamos sin prisas, sin planificar fecha de regreso. Yo, en el periódico aun sigo con mi recuperación, y ella ha solicitado unos días de vacaciones, aunque ha explicado la idea del reportaje y les ha parecido bien.

No paro de darle vueltas a la cabeza, pensar y pensar. Tengo miedo de hacer o decir algo que descubra mis intenciones. No, no temo hacerlo yo. Temo que sea ella la que intente alguna cosa utilizándome a mí. No, creo que no. En el fondo casi estoy segura de que ella no quiere hacer ningún daño al pintor, pero no puedo dejar de sentir algún atisbo de duda.

Últimamente también aparece en mis sueños el “hombre hermoso”. Me he acostumbrado a llamarle así. Le veo triste, muy triste, pero con una serenidad que me impresiona. Cuando sueño con él, no dejo de pensarle en todo el día. Me inspira tanta ternura. Algo así como lo que se siente cuando ves a un niño abandonado.

Enrique está preocupado, lo sé. Por más que intento convencerle de que para mí serán como unas pequeñas vacaciones, que me conviene alejarme unos días de aquí, respirar otros aires, distraerme… sé que él lo pasará mal los días que esté fuera. Pero no puede venir con nosotras, no quiero que venga. Tengo suerte, él lo comprende y siempre respeta mis decisiones. Creo que ese respeto mutuo hacia la intimidad del otro es lo que ha hecho que nuestro matrimonio funcione.

Dos días, sólo quedan dos días para llegar a Saint Cirque…

Me he perdido...


... y no me encuentro, si alguien tiene una pista sobre mi paradero, haga el favor de avisarme.

Se me ha hecho tarde para colgar el siguiente capítulo, paso a desearos felices sueños y os dejo una canción que me encanta, espero que os guste. Que descanséis.




lunes 13 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Seis)


Sábado, 1 de abril de 2006

Hoy es mi cumpleaños y no podía haber deseado mejores regalos que los que he tenido. No he vuelto a sufrir ninguna otra pesadilla, sólo tengo ráfagas de imágenes de vez en cuando, mientras duermo. Pero algunas soy incapaz de recodarlas cuando me despierto, otras sí, otras las veo como si fuesen fotogramas de una película. Veo a esa mujer morena cuidando de las rosas, escuchando esa canción francesa que ya aprendí de memoria, cocinando un pastel de frambuesas… son escenas cotidianas en donde me da la impresión de ser feliz. Nada que ver con la expresión de su rostro en la huída que la llevó a la muerte. Apareció un hombre en uno de esos sueños, era realmente hermoso. Sí, hermoso, no guapo, ni atractivo. Con esa hermosura de los ángeles. No sé cómo explicarlo tenía algo extraño. Era un hombre pero tenía la expresión cándida de un niño.

Esta mañana, a primera hora, he visitado al doctor que me ha encontrado francamente bien. Dice que parece que ese corazón estaba hecho para mí. Yo he pensado que así es. Ya sé que puede parecer extraño pero tengo la sensación que ella quería que yo lo tuviese. A veces pienso que estoy loca, que voy a perder la cabeza con todo esto, pero por otro lado, me siento tan segura en mis convicciones. Bueno, no quiero perderme en hipótesis que no llevan a ningún lado.

Después Enrique y yo almorzamos en una terraza. La ciudad está preciosa con la llegada de la primavera, incluso sus gentes parecen más contentas y relajadas. Pasa un hombre silbando suavemente una canción. Y me doy cuenta que ahora me fijo en esas pequeñas cosas que antes me pasaban desapercibidas.

Hemos quedado con Mari Cruz después de almorzar, allí mismo. Venía corriendo como siempre. Esta mujer debería tomarse la vida con más calma. Se lo he dicho y me ha dado un cachete cariñoso: “hay que ver lo que ha cambiado nuestra Eugenia, ese corazón está obrando maravillas en tu carácter”. Traigo buenas noticias, muy buenas – ha añadido a continuación. Y yo ya lo había adivinado cuando la vi llegar.

El pueblo con el que soñé es Saint-Cirq-Lapopie. Y efectivamente allí hubo un accidente mortal de coche la noche del 19 de febrero. Estuvo rebuscando en la hemeroteca y encontró la noticia en un periódico francés del lunes 20:

(traduzco)

“Lunes, 20 de febrero de 2006”

Está madrugada ha fallecido en el Hospital … Dolores Almudever Sánchez, víctima de un accidente automovilístico. Estaba casada con el famoso pintor Paul Montcour. Según fuentes de la policía, en la noche de ayer, la mujer fallecida conducía su vehículo a gran velocidad por la carretera de Saint-Cirq-Lapopie, altamente peligrosa debido al gran número de curvas y al precipicio que bordea, y en una de las citadas curvas debió perder el control y se precipitó al vacío. Al poco tiempo fue recogida por una ambulancia que la trasladó al hospital más próximo, aun con vida, donde falleció víctima de los múltiples traumatismos sufridos. Al realizar la autopsia del cadáver se hallaron restos de alcohol y somníferos que debieron ser la mezcla mortal que la llevaron a tan trágico final. Mañana se celebrará el sepelio y se dará sepultura a su cuerpo en el cementerio de la localidad.

No pude evitar sentir que el corazón se me encogía en el pecho al constatar que era exactamente como yo lo había soñado. Pero en mi interior una voz me decía que algo oscuro se escondía detrás de esa muerte, que ella quería que hiciese alguna cosa. No sabía exactamente qué, pero pronto saldría de dudas. Mari Cruz y yo nos miramos, y Enrique hizo una mueca entre disgustada y feliz a un tiempo. Los tres nos habíamos entendido perfectamente: no tardaría mucho en conocer Saint-Cirq-Lapopie y con suerte al famoso pintor, ahora viudo.


viernes 10 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Cinco)


(Imagen: Maggi Milner)


Sábado, 25 de marzo de 2006

Mi vida transcurre apaciblemente, sobre todo ahora que por fin he conseguido que mi madre no se presente aquí todos los días para cuidarme. No, no es que sea una desagradecida, aunque comprendo que pueda parecerlo, es que creo que por primera vez en mucho tiempo me encuentro con fuerzas suficientes para ser totalmente independiente. Tengo a Marga, una mujer que viene desde hace años a hacer las tareas más duras de la casa, sobre todo porque tanto Enrique como yo trabajábamos todo el día y necesitábamos alguien que mantuviese el orden y la limpieza. Espero poder reincorporarme pronto a mi trabajo en el periódico y entregarme a él como no lo he podido hacer durante los últimos tiempos. Por la tarde, salgo todos los días a caminar con Mari Cruz, por prescripción facultativa y porque me gusta que paseemos juntas. Ella me pone al día de todo lo que ocurre en la redacción y pasamos ratos divertidos chismorreando. Hoy le he contado la pesadilla que tuve anoche.

Ayer sopló el viento durante todo el día. Muy fuerte. Ya acostada escuchaba la vibración de los cristales y el golpeteo de las persianas en las ventanas, aun habiéndolas bajado todas. Pero es que aquí, en el ático, aun parece que gana velocidad y fuerza. Me encontraba nerviosa, como asustada, y no entendía el motivo. Nunca he tenido miedo al viento, la lluvia o las tormentas. Yo diría que más bien me atraen y jamás ha sido motivo suficiente para desvelarme.

Al fin después de dar muchas vueltas en la cama me dormí.

Una mujer apareció en mis sueños. Era alta, morena y muy delgada. Salía corriendo de una casa. El fuerte viento golpeaba su rostro y pegaba a su cuerpo el fino vestido blanco que la cubría.

Me sucedía algo muy extraño. Esa mujer no era yo, pero era yo quien sentía lo que a ella le ocurría. Me ha costado mucho explicarle esto a Enrique y a Mari Cruz. Sentía el viento en mi cara, y el mismo miedo que veía reflejado en el rostro de ella me atenazaba a mí el corazón. Su corazón. Porque estoy segura que este órgano que está latiendo ahora en mi pecho le pertenecía.

Corría por un sendero entre árboles y flores. Algunas ramas le arañaban los brazos desnudos. Yo tenía la sensación de que alguien la perseguía pero no pude ver a nadie en el sueño. Llegó hasta un pequeño utilitario azul, subió en él y arrancó. Salió de allí con un chirrido de ruedas. Y por un momento, mi corazón se tranquilizó. Conducía a toda velocidad por una carretera estrecha entre montañas, bordeando un precipicio. Los golpes de viento daban fuertes bandazos al coche, pero ella no aminoraba la marcha. De pronto un fuerte golpe hizo que las ruedas derechas del coche se acercasen peligrosamente al abismo y pude sentir que algunas piedras caían rodando al fondo. Otra vez el corazón se aceleró y el pánico se apoderó de ella. Y de mí. Un coche grande, oscuro volvió a golpearla con saña, empujándola. Ella gritaba: “basta, Paul, basta, estás loco”. Pero Paul, o quien quiera que fuese, siguió y siguió dándole fuertes sacudidas hasta que el coche que ella conducía se despeñó y bajó rodando como una pelota azul.

Desperté bañada en sudor, con las últimas imágenes girando en mi cabeza, mientras Enrique me zarandeaba.

Me obligó a contárselo todo antes de que empezasen a disiparse los recuerdos del sueño. Y analizamos juntos cada uno de los detalles. Ella hablaba español, de eso estaba segura. En el jardín había rosas y jazmines porque había percibido su aroma al salir corriendo de la casa. Sabía que había un detalle que se me escapaba, algo que se había fijado en mi mente durante un instante cuando ella conducía, pero no conseguía recordarlo.

Enrique me trajo una infusión bien caliente. Luego, se sentó en la cama y yo me coloqué entre sus piernas, dándole la espalda. Empezó a hablarme suavemente mientras que yo iba recobrando poco a poco la tranquilidad.

Y entonces recordé. Lo vi claramente. Era una señal en la carretera, el nombre de un pueblo, eso era. Se llamaba algo así como “Saint- Cirqus”. No. No era así. Era Saint… algo y después otra palabra. Pero fue todo tan rápido. Y yo, ella, no sé, estaba tan asustada.

Luego, cuando esta tarde se lo conté a Mari Cruz, me tranquilizó. Daremos con el nombre de ese pueblo, niña – me ha dicho- déjalo en mis manos ¿te he fallado alguna vez?

No, es verdad, siempre he podido contar con ella y nunca me defraudó… en nada. Sé que acabaré descubriendo qué es lo que me ocurre a mí y qué es lo que le ocurrió a ella. Al fin y al cabo, ahora, tengo toda una vida por delante.


miércoles 8 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Cuatro)



Miércoles, 22 de marzo de 2006

Estoy en casa. Esta mañana, por fin, el doctor me dio la gran noticia: podía marcharme. Me alegré, claro que me alegré, pero no pude dejar de sentir al mismo tiempo, una tremenda inquietud. En casa ya no estaría rodeada de gente todo el día, entre otras cosas porque quería empezar a llevar una vida normal lo antes posible, y temía que al quedarme a solas empezase a obsesionarme aun más con todas las extrañas sensaciones que notaba iban aumentando día a día.

Recogí mis cosas, me despedí de las enfermeras que tan amablemente me habían atendido, y quedé citada con el doctor para dentro de tres semanas, en que me harán un completo reconocimiento para poder corroborar que todo funciona como está previsto. Al salir a la calle me ha invadido un sentimiento de emoción intensa y he tenido que hacer verdaderos esfuerzos para no echarme a llorar. Parecía que tenía los sentidos agudizados. El sol brillaba en el cielo, la brisa me acariciaba, los árboles del jardín del hospital lucían espléndidos. Me sentí pletórica, con una fuerza y unas ganas de vivir que no sentía desde que era adolescente. Me quedé un rato quieta con los ojos cerrados, hasta que sentí que mi marido me rodeaba la cintura para conducirme hasta el coche.

Enrique me preparó un baño caliente como sabe que a mí me gustan, y pasé la tarde acostada. Luego, nos hemos puesto los dos de acuerdo para mandar a mamá a casa. Es hora de que estemos solos. Es hora de que me ocupe un poco en él. No sé lo qué pensaba todos esos días en que estuve sedada, cuando mi vida pendía de un hilo. Es hora de que le escuche y le cuente lo que me está pasando.

Cuando al fin hemos conseguido que mi madre se marche, no sin antes prometerle que mañana a primera hora la llamaré por teléfono, él ha preparado la cena. Ha servido la mesa como en los viejos tiempos, en los que podíamos pasarnos, la noche entera, sentados, charlando. Dice que desde el primer momento el doctor tenía muchas esperanzas de que todo saliera bien, pero él muchas veces no podía dejar de pensar qué pasaría si algo fallaba. Se asustaba mucho cuando yo hablaba en sueños, porque antes nunca lo había hecho. Me he quedado sorprendida y le he pedido que me cuente lo que decía. Cosas muy extrañas, Eugenia, me asustabas – me ha dicho muy serio. Decías nombres que yo no conocía, nombrabas a un tal Paul y François, tenías miedo, a veces gritabas aterrorizada. Y yo me sentía impotente sin saber qué podía hacer para tranquilizarte. Te cogía de la mano, te acariciaba, y tú entonces me apretabas muy fuerte y parecías calmarte. No sé qué te ocurre, pero te noto extraña, ausente a veces. No hablas igual ¿te has dado cuenta?

No sabía qué decir a eso, pero por mi expresión ha adivinado que no, que yo no me había percatado de eso. Mira – siguió – no es que te haya cambiado la voz, ni nada de eso, es tu modo de hablar. Antes era nervioso, rápido, como si tu pensamiento fuese más veloz que la boca y quisieras decirlo todo en un momento. Ahora tu tono es pausado, envolvente, cálido… Vaya, eso has salido ganando – le he dicho, intentando encontrar un poco de humor a todo el asunto.

Ahora, déjame contarte, Enrique, te pido que no me interrumpas aunque lo que te diga te resulte extraño e inverosímil. Durante mucho rato le he explicado hasta el más mínimo detalle de todo lo que me ha estado pasando desde que desperté de la operación. Él ha permanecido en silencio, escuchándome. ¿Qué piensas hacer? Porque conociéndote se que no te vas a quedar así… sin saber. Y al decir esto ha bajado la mirada para que yo no pudiese leer en ella la preocupación y el desacuerdo. Le he cogido la mano por encima de la mesa. Dame un poco de tiempo, Enrique, quizá todo esto pase poco a poco. Y si no es así, algo tengo que hacer, no puedo estar así toda la vida, es como si un extraño entrase en nuestra casa y nosotros hiciésemos como si no le hubiéramos visto. Prométeme que cuando esté totalmente repuesta me dejarás hacer lo que tenga que hacer, por favor, por favor. De acuerdo, siempre consigues lo que te propones, pero quiero saberlo todo, cada una de las cosas que te ocurran, cualquier pensamiento extraño que ronde tu mente. Si hablas en sueños yo te lo contaré al día siguiente y si tienes pesadillas serás tú quien me las cuente. Intentaremos solucionar esto juntos.

Luego me ha dado un beso de esos que sólo él sabe darme. Un beso plagado de miles de ellos, que llenan mis labios de hormigas correteando juguetonas.

He querido pensar que ahora estoy en mi casa, en mi terreno, y a lo mejor “ella” ha decidido abandonarme, pero algo en mi interior me dice que no, que sólo es una tregua, que debo aprovechar para descansar y recuperarme.


martes 7 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Tres)



Sábado, 18 de marzo de 2006

Al fin puedo salir de la cama. Hace unos días que el doctor me dio permiso para sentarme a ratos en un sillón de la habitación. Es un cambio de perspectiva de mi mirada el estar cara a cara con quien me habla. Ya sólo tengo un gotero conectado a mi brazo que pronto me quitarán. También me llevan a pasear por el pasillo en una silla de ruedas. Me gusta pararme ante los grandes ventanales desde los que se ve el jardín que rodea el hospital. Están herméticamente cerrados, pero veo los árboles mecidos por el viento, los pájaros que salen en busca de comida y vuelven a sus nidos, y las gentes que entran y salen del edificio. Y hoy he dado mis primeros pasos, lentamente. Después de tanto tiempo sin poner los pies en el suelo, no sé explicar lo que he sentido. Sí, me he visto más alta, mucho más alta.

Y ayer me miré en el espejo. Esto puede parecer una tontería, pero no lo es. No lo hacía desde que me arreglé en casa para venir hacia aquí. Lo hice con recelo, con miedo de no reconocerme en la imagen reflejada y he respirado tranquila cuando vi que seguía siendo yo, con mis rizos rojizos a los que no hay manera de meter el peine, mi rostro pecoso más delgado y pálido de lo habitual, y mis ojos grises. Eso me hizo sentir feliz.

El doctor dice que mi organismo ha aceptado perfectamente a su nuevo inquilino. Y yo no he podido evitar visualizar la imagen de mi cuerpo abrazando y haciendo suyo a un corazón extraño, un músculo que palpitaba con los últimos hálitos de vida de su antigua dueña. Pienso en femenino porque estoy convencida que era el cuerpo de una mujer la que albergaba ese corazón que ahora llevo en mi pecho. Pero callo y no digo nada de todo esto que pasa por mi cabeza.

Hace un rato que se fue Mari Cruz. Mari Cruz es mi mejor amiga, podría decir que mi única amiga cierta. Es mi otro yo. Con ella no necesitaría las palabras si no fuese porque a las dos nos gusta escucharnos mutuamente. Lo sabemos todo una de la otra. Hoy mismo había pensando en ella, en que ya era tiempo de vernos y contarle todo lo que me está ocurriendo. Iba a decirle a mi madre que la llamase después de comer, cuando se ha presentado sin previo aviso. Entró en la habitación y me abrazó. Ni ella me preguntó por qué he tardado tanto en querer ver a nadie que no fueran mi madre y Enrique, ni yo le pregunté porque vino sin haberla llamado. Yo estaba sentada en el sillón y ella acercó una silla a mi lado y empezó a contarme tonterías, como si nos hubiéramos visto ayer tomando un café. Aproveché su visita para mandar a Enrique a casa, necesita descansar y nosotras estamos mucho mejor solas. Él lo sabe, sabe que no queremos testigos de nuestras confidencias y se ha marchado sin protestar diciéndome que vendrá a la hora de la cena.

Cogidas del brazo hemos salido a pasear, y yo le he contado lo de las rosas y todas las sensaciones extrañas que tenía y a las que no era capaz de encontrar una explicación lógica y coherente. Ella asentía en silencio. De vuelta en la habitación, me tumbé un rato en la cama y ella ha cogido una revista. Pasaba las hojas distraídamente y yo sabía que estaba pensando en lo que yo le había dicho. Entonces he empezado a cantar. Lo hacía despacio pero ella ha alzado la cabeza y se ha quedado escuchándome. ¿Me habías oído cantar en francés alguna vez? – le dije cuando terminé. Ha negado con la cabeza. Yo tampoco. Pero llevo toda la mañana tarareando esta canción. Ella se ha levantado del sillón y ha venido hacia mí. Eugenia – me ha dicho – ahora concéntrate en recuperarte del todo, y luego nos encargaremos de todo lo demás.

Me ha tranquilizado ese “nos” que ella ha enfatizado para que no me pasase desapercibido, porque se que estará a mi lado en todo momento, pase lo que pase.

De nuevo, la vida (Dos)


(Imagen: Anna Scavone)


Viernes, 10 de marzo de 2006

Los días pasan despacio aquí dentro, aunque estoy mucho tiempo medio adormilada, las horas en que estoy despierta se me hacen tan largas que me desespero. La única alegría es que cada día me voy desprendiendo de alguno de mis apéndices artificiales, y eso me hace sentir un poco más libre.

Pienso mucho en la persona que me dio su corazón. El doctor me dice que no debo hacerlo y que cuando me recupere y salga de aquí es necesario que visite a un psicólogo. Dice que los receptores de órganos necesitamos ayuda para no obsesionarnos. No estoy obsesionada, sólo pienso en la generosidad de la gente, no de la muerta, porque aunque supongo que ese sería su deseo en vida, en el momento crucial no pudo opinar… estaba muerta, sino de su familia, sus seres queridos. Hay que ser generoso para dejar de lado, por un momento, su propio dolor y pensar en que otra persona totalmente desconocida puede vivir. Es injusta la vida, alguien tuvo que morir para que yo tenga otra oportunidad. Quizá era una persona joven con toda la vida por delante. Y eso me duele. Al fin y al cabo, yo casi me había hecho a la idea de dejar pronto este mundo, ni siquiera me atrevía a hacer planes de futuro, de ningún tipo. A mis cuarenta años me parecía que ya había aguantado más de lo que todos esperaban. Y que no tenía ningún derecho a tenerlos a todos atados a mí.

El hecho es que no pensé nada de esto cuando aquella llamada telefónica en mitad de la noche me avisó que debía ir urgentemente al hospital, que tenían un corazón y podría ser “mi corazón”. Los nervios, las prisas, la alegría… no me dejaron pensar en nada, ni en nadie que no fuese yo misma. Pero ahora, tengo tanto tiempo para meditar… y no logro pensar en otra cosa.

No sé de qué hablar con mi madre o con Enrique, me siento extraña con ellos. Mamá me cuenta cosas de los familiares y amigos, pero yo no presto demasiada atención. Aún no he querido que vengan a visitarme, no me siento con fuerzas para recibir todas esas muestras de cariño. Y al mismo tiempo me lo reprocho. Ellos no me fuerzan pero sé que les gustaría verme más alegre y no con esta especie de rara melancolía que me envuelve.

Hoy, me ha pasado algo muy extraño. Estaba mamá al lado de mi cama, leyéndome un libro de poemas en voz alta, cuando le he preguntado cómo estaban las rosas. Ella se ha quedado un momento callada, sorprendida, ¿qué rosas? – me ha dicho. Las del jardín, mamá – le respondí tranquilamente. Hija, tú no tienes ningún jardín. Entonces permanecí en silencio sin saber qué decir, pero al ver el rostro preocupado de mi madre me he obligado a pensar rápidamente para tranquilizarla. Qué tonta soy mamá, esta noche soñé que estaba en un jardín podando unos rosales, y ya sabes, con tanta medicina, a veces confundo la realidad con los sueños. Mi madre le ha quitado tensión al momento esbozando una sonrisa, pero la preocupación no se ha borrado de sus ojos.

Y es verdad, no tengo jardín. Cuando Enrique y yo nos casamos compramos un ático. Al principio hicimos planes para comprar una casa más adelante, pensando en tener hijos. Luego, con mis problemas de salud, esos proyectos se quedaron en nada y no volvimos a hablar de ello. Seguimos viviendo en el ático. Pero juro que en el momento de formular esa pregunta yo estaba segura de que tenía un jardín lleno de rosas.

Después cerré los ojos aparentando dormir mientras intentaba buscar alguna explicación al tenue perfume que invadía mi habitación.

lunes 6 de julio de 2009

De nuevo, la vida (Uno)


Ésta es una historia que comencé a escribir allá por el año 2006 (cómo pasa el tiempo) y que por alguna razón dejé sin concluir. Rescatada de mi disco duro, me propongo retomarla y llegar hasta la palabra: "Fin". Aunque es un poco larga y está escrita como una especie de diario personal de la protagonista, espero que no os aburra. Estaré encantada si decidís acompañarme.



Viernes, 03 de marzo de 2006

Hoy es el primer día de mi nueva vida. En realidad podría decir que no fue hoy el principio, pero hasta esta mañana estaba sedada, así que para mí no cuentan esas horas. Desde el momento en que entré en el quirófano hasta que por fin abrí los ojos no estaba viviendo, era un ser inanimado. Ni siquiera soñaba.

La mañana ha empezado con murmullos, por primera vez en muchos días escuchaba voces que me llegaban lejanas, como si estuvieran rodeadas de una niebla espesa. Me tranquilizaban. También sentía que manos expertas me manipulaban, me daban la vuelta en la cama o me ponían algo frío bajo la axila. Otras manos, éstas tiernas, me acariciaban el rostro o me apartaban un mechón de cabello de la frente.

He tardado en abrir los ojos. Tenía miedo y no sé el motivo. Y cuando lo hice me quedé mirando fijamente hacia la ventana. Las hojas de las persianas dejaban entrar la luz del sol que formaba un dibujo de rayas horizontales en la habitación. Las ramas de un árbol se movían con el viento y me quedé largo rato observándolas. Mientras, las voces nerviosas y emocionadas que se alzaron en el silencio de la habitación al ver mis ojos abiertos: “se ha despertado” “cariño, cariño… estoy aquí” “hija mía, gracias Dios mío, gracias””voy a llamar al doctor” “enfermera, por favor, llame al doctor Benavent”… se fueron apagando poco a poco, expectantes.

Yo sentía una fuerte opresión en el pecho y no me atrevía a mirarlos, hasta que la voz del doctor Benavent me llegó clara y cercana: “Eugenia ¿cómo te encuentras?” Me obligué a mirarle y creo que sonreí. Era todo tan extraño, me sentía rara, como si yo no fuese la misma que había entrado hace unos días en el hospital llena de esperanza.

Entonces me fijé en las personas que acompañaban al doctor. Estaba mi madre que no podía reprimir la emoción y tenía los ojos brillantes y húmedos, y Enrique, mi marido, que se acercaba a coger mi mano. Tenía grandes ojeras oscuras alrededor de los ojos y se le veía cansado. Yo me sentía como un astronauta o un buzo, toda llena de cables y tubos por todas partes. Ellos llevaban la boca tapada con mascarillas blancas y el cuerpo cubierto con batas verdes y todo me recordaba a una película de ciencia ficción.

“Bueno, Eugenia, dijo el doctor, lo peor ya ha pasado. Ahora vamos a ver como se comporta ese nuevo corazón que te hemos puesto”.

Y yo sentí una extraña desazón.

Antes de la operación pensaba que si llegaba a superarla, si despertaba, la alegría sería inmensa. Me imaginaba embargada de una enorme felicidad y que desearía abrazar y besar a mis seres queridos. Pero por alguna razón que no alcanzaba a entender, no era así como me sentía. Estaba feliz, sí, pero al mismo tiempo esas personas: mi madre y mi marido, las sentía distintas. Les reconocía y les quería, pero no con la intensidad que yo creía quererles hasta entonces. Quizá era yo que había cambiado o posiblemente sería algo pasajero debido a la tremenda presión soportada antes de la operación.

Ahora tenía que sosegarme y hacer todo lo posible por recuperarme lo antes posible.

Apreté ligeramente la mano de Enrique y cerré los ojos. Estaba muy cansada. De momento había logrado superar lo más dificil y podía albergar esperanzas de empezar a vivir. Y esta vez, sin miedos, sin pasar por la vida de puntillas, sin tantos cuidados…

Eso era, al menos, lo que yo deseaba…


jueves 2 de julio de 2009

Post-etapa: Santiago-Valencia (La vuelta a casa)


(Imagen: Subida a O Cebreiro)


Miércoles, 17 de Junio de 2009

Son las cinco y veinticinco de la madrugada cuando bajo con sigilo las escaleras de Hospedajes Santa Cruz. El taxista, puntual como yo, acaba de aparcar ante la puerta. Es un chico joven y vamos charlando de camino al aeropuerto, me pregunta mis impresiones, me habla de Santiago, de Galicia, se nota que le gusta su ciudad. Se me hace corto el viaje con la cháchara.

Me acerco al mostrador y le entrego mi reserva a la chica que lo atiende. Me da los billetes Santiago-Madrid y Madrid-Valencia. Facturo la mochila directa hasta Valencia para no tener que andar con ella cuando llegue a Madrid. Desayuno algo en la cafetería del aeropuerto y compro un libro de bolsillo para ir leyendo.

Me gusta volar y siempre pido asiento de ventanilla, esta vez no podía ser menos. A las siete de la mañana salgo rumbo a Madrid, con la cara pegada prácticamente al cristal de la ventana, observo como nos elevamos y todo va reduciéndose de tamaño. Es precioso el mosaico de colores que se ve allá abajo. Cuando sobrevolamos las nubes dejo mi observación y me pongo a leer un rato.

Son las ocho cuando mi avión aterriza en la T4, es enorme este aeropuerto. Tengo unas cuantas horas por delante pues el que me lleva a Valencia no sale hasta las dos y media, así que decido coger el metro y dar un paseo por la ciudad. Del aeropuerto sólo sale la línea que va a Nuevos Ministerios, pues allá voy. No se qué tiene Madrid, pero me gusta. Paseo un rato por la Castellana, miro escaparates, observo sus grandes torres, visito los jardines de Nuevos Ministerios, y me encuentro con la señora ministra Carme Chacón que rodeada de los miembros de seguridad y con dos coches oficiales, para ante la puerta de El Corte Inglés y entra a comprar algo ¿un bikini quizá para lucir este verano? Cuando vuelve a salir lleva un paquete pequeño, lo que yo decía: un bikini, y me fijo que anda subida a unos taconazos increíbles, si tropieza y se cae se arma la marimorena. Y digo yo ¿no estamos en horario laboral? ¿qué hace aquí comprando y además con todo su sequito?...

Me siento en un terraza a comer algo y cuando se hace la hora cojo de nuevo el metro rumbo al aeropuerto.

Suena aburrido, lo se. Puedo contar que al salir del avión (ahora ya no se baja, con lo bien que quedaban las escalerillas), me espera un viejo amigo que me lleva a recorrer las calles de su mano mientras recordamos otros tiempos. O mejor aún, planeo una cita con un antiguo amante y en un parque escondido nos miramos a los ojos dulcemente, evocando otros encuentros jalonados de besos y caricias. O ¿por qué no? Me ligo al comandante de vuelo y escapamos juntos hacia un hotel cualquiera para dar rienda suelta a nuestros más bajos instintos y aprovechar al máximo las horas. Pero seamos realistas, eso sólo pasa en el cine o en la literatura. O no ( y no es una pregunta).

Vuelvo a la realidad y me peleo con el “aduanero” o como quiera que se llame el tío del escáner. Se me olvidó que no se pueden llevar líquidos en el equipaje de manos y pensando en que no se rompieran en la mochila, llevo en el bolso los regalos para mi familia, entre ellos una botella pequeña, muy pequeña, de orujo para mi marido. Nada, no puedo convencerle, y veo impotente, como la tiran en un contenedor. No me engañan, alguno se la beberá a mi salud, ojalá le siente como un tiro de escopeta…

El viaje a Valencia se hace corto, me lo paso leyendo el libro que compré y que resulta ser interesante. Cuando aterrizo me toca esperar un rato por la mochila. Me llama al teléfono mi hija, han venido los tres a recibirme y están impacientes. Cuando salgo y me planto a su lado, mi marido y mi hijo no me reconocen, sólo se levantan de la silla cuando ven que mi hija viene a abrazarme, me parto de risa. El enano me mira extrañado: “mamá, pareces una guiri”… otro que tal, debe ser mi sino.

No paran de preguntar, quieren que les cuente, y nos pasamos charlando todo el trayecto que me lleva a casa. Ellos fueron lo que más eché de menos estos días, ellos y mi perra Chica que es un miembro importante de esta familia.

Buen camino.

Etapa 8: Santa Irene-Santiago de Compostela


(Imagen: Catedral de Santiago de Compostela)

Martes, 16 de Junio de 2009

Me despierto dos o tres veces durante la noche, y a partir de las cinco de la mañana ya no puedo dormir, pero me quedo quieta metida en mi saco hasta que mis compañeros de habitación empiezan a dar muestras de despertarse.

Salgo sobre las siete de la mañana tras los italianos. Intento disfrutar del paisaje porque se que pronto llegaré al asfalto y se perderá esa magia de los caminos que ahora me rodea. Mi estado de ánimo es variable: a ratos me siento embargada por una especie de tristeza, hasta que viene a reemplazarla la nostalgia de los míos, hay otros en que me entra la prisa y quisiera plantarme en Santiago con un chasquear de dedos. Me obligo a tener calma y canturreo, sólo para centrarme en algo y dejar de lado el caos de pensamientos que me revolotean.

Necesito en café de forma urgente, hoy no he tomado nada, así que aligero el paso saboreando mentalmente una rica tostada con un chorrito de aceite de oliva, y un café bien cargado. Llego a San Paio y por fin un bar a la orilla del camino. Creo que todos los peregrinos del albergue de Santa Irene y alguno más, nos hemos dado cita allí. Me siento en una mesa de la calle y vuelvo a encontrarme con la perrita cocker y sus dueños, nos saludamos… ya queda menos.

Luego, poco a poco, empiezo a adentrarme en el tramo más aburrido. Cuando paso al lado del aeropuerto donde hay una especie de focos altos, pasa un avión, es impresionante verlo tan de cerca, con ese ruido atronador. Me cruzo con un peregrino que está haciendo el Camino en dirección contraria y calculo que esas flechas azules con una especie de espiral que me he ido encontrando últimamente son, quizá, las señales que va siguiendo. Le deseo buen camino y él me anima: “Ya estás llegando” me dice sonriente.

Voy directa al Monte do Gozo, un poco asustada por los comentarios de la tremenda subida que me lleva hasta allí. Desde luego impresiona cuando te acercas por la recta, pero creo que es cosa de la perspectiva porque luego no me supone un gran esfuerzo llegar hasta lo alto, es como si una vez empiezas a subir, la pendiente se fuese suavizando. Me decepciona un poco, hasta ahora he visto sitios más bonitos y la escultura no me agrada en exceso. Entro en la Ermita de San Marcos y luego me siento un rato en un murete a la sombra a fumarme un cigarro. Aprovecho para llamar a las chicas y tranquilizar a Mariví que le tenía terror a la dichosa cuesta. Le digo que no es lo que parece y que seguro que estará arriba sin apenas darse cuenta.

Allá en el fondo, está Santiago. La zona por la que se llega a la ciudad es como la de cualquier ciudad moderna, aún sin adentrarme mucho en ella, paro en una terraza a tomar algo fresco. Tengo la impresión de haber perdido mi “status” de peregrina, y hasta parece que la gente me mira de otra manera. Seguro, pienso, son manías mías, las ciudades en soledad son mucho más frías que cualquiera de los pequeños pueblos por los que he pasado, aquí no te acompaña el trino de los pájaros, ni el murmullo del agua, aquí sólo hay coches y semáforos, como en cualquier parte.

Se me antoja que llevo mucho tiempo caminando y no hay manera de vislumbrar la zona antigua, se me hacen pesadísimos estos últimos pasos. Y por fin llegan las callejuelas, me fijo en los carteles y creo que acelero. Ahí está, la Plaza del Obradoiro con toda su grandeza. Me planto en el centro y voy girando lentamente queriendo dejar grabado en mis pupilas ese momento, luego voy directa a las escaleras que suben a la Catedral. Hay mucha gente, una excursión de niños arman escándalo mientras la profesora intenta poner orden. Me cuelo entre ellos y busco un refugio allá dentro. Cargada con la mochila me paseo admirando tanta maravilla. Visito el sepulcro y me dirijo luego a darle el abrazo al Santo, pero ya está cerrado, abren a las cuatro, así que lo dejaré para más tarde. Me siento un rato en un banco sin pensar en nada, disfrutando el momento.

Cuando salgo de la catedral me acerco a la oficina del peregrino, me extraña que no hay nadie esperando después de oír que se formaban tan tremendas colas. Recojo la Compostela y voy a ver si encuentro algún sitio donde dormir. Pregunto en dos o tres hoteles por allí cerca, me piden un huevo por dormir y no, oye, no estoy dispuesta a pagar ese precio. Camino por la Rua do Vilar cuando veo un cartel “Hospedaje Santa Cruz” y a un hombre que está fregando la escalera.

- ¿Tiene habitación?

- ¿Usted sola?

-

- ¿Para una noche?

-

- Pues sí, tengo una libre.

- ¿Qué precio?

- 20 €uros.

- ¿Me la enseña?

La habitación tiene cama de matrimonio, y un enorme ventanal que se abre sobre la Rua, llena a reventar de gente que pasea o come algo sentada en las terrazas. Es sencilla y limpia. El baño está en el pasillo. Me la quedo. Después de darme una ducha y ponerme ropa limpia salgo a pasear por la ciudad, antes le pregunto al hombre si hay alguna parada de taxis por allí cerca, me indica que siga la calle en dirección contraria a la catedral y la veré enseguida. Me dirijo hacia allí y al primer taxista que veo le pregunto si puede pasar mañana a recogerme a las cinco y media de la mañana, concertamos el precio y quedamos de acuerdo.

Después de comer un poco, vuelvo a la Catedral. Quiero ver cada rincón, tomarme mi tiempo. Me acerco a darle el abrazo al Santo y aprovecho que no hay mucha gente. No tengo nada que pedirle, agradecer en todo caso lo que tengo: una familia que me quiere, un pequeño gran puñado de amigos, buena salud y un trabajo para ir viviendo. Nada más necesito. Le agradezco también que me haya dado la fuerza necesaria para llegar hasta aquí.

Paso el resto de la tarde caminando por la ciudad y comprando algún pequeño recuerdo para llevar a mi marido y a mis hijos. Me encuentro con Toni y Pepe que llegaron también esta mañana, charlamos un momento, los dos se marchan esta noche hacia Valencia, quedamos en hablarnos y nos despedimos con un abrazo. No me apetece cenar y me tomo un gran helado que paladeo sentada en la terraza, frente a mi habitación.

Cuando me acuesto pienso que no voy a poder dormir con el jaleo que hay en la calle, pero casi sin darme cuenta me vence el sueño. A las cinco tengo levantarme.

miércoles 1 de julio de 2009

Etapa 7: Melide-Santa Irene


(Imagen: Ermita de Santa Irene)

Lunes, 15 de junio de 2009

Ya no falta nada, mañana llegaré a Santiago. Hoy, en Arzúa me separo de mis compañeros peregrinos y seguiré sola hasta Santa Irene. Lo estuvimos hablando anoche, ellos no regresan a casa hasta el viernes así que estas últimas etapas las harán más cortas. Yo tengo billete de avión Santiago-Valencia para el miércoles temprano. Barajo la posibilidad de perderlo ya que fue uno de esos chollos que encuentras en la red, tanta es la tristeza que me da separarme de ellos, pero no, lo que me queda puedo hacerlo sin demasiado esfuerzo en dos etapas y me esperan en casa, sobre todo el pequeño al que ya le voy notando una pizca de morriña cuando llamo por teléfono.

Desayunamos en el mismo restaurante en el que paramos anoche a tomar los chupitos. Esta mañana es una mujer la que está sirviendo y al principio nos parece un poco brusca en el trato, habla con un tono un tanto “mandón”, pero nunca te puedes fiar de las apariencias y acaba preocupándose de que no nos olvidemos nada o de si llevamos suficiente agua.

Volvemos a disgregarnos y vamos variando de vez en cuando de pareja, llevamos un buen ritmo, las primera horas de la mañana son las mejores para caminar. Me gusta hacerlo entre la niebla. El flujo de peregrinos ya es continuo pero todavía hay momentos en los que parece que estás sola. Me emparejo un rato con Tere, esta mujer lleva un ritmo endemoniado pero vamos charlando y casi sin darme cuenta me acoplo a él sin problemas. En estos días de convivencia han ido saliendo a la palestra detalles de nuestras vidas personales, y me sorprendo pensando cuánto se puede conocer a alguien en tan poco tiempo.

En Santiago de Boente hacemos una parada y visitamos la Iglesia que está abierta. Hay una pequeña imagen de Santiago muy bonita, y cogemos algunas estampas de recuerdo. Nuria lleva colgada una de las bolsas que cogimos en Melide para ir recogiendo las basuras que encontramos desperdigadas en el Camino. Es vergonzoso: botellas, plásticos, botes… cada vez que se llena la vaciamos en alguno de los contenedores que vamos encontrando, y vuelta a empezar.

- Joder, Nuria, nos quejamos Mariví y yo (que somos las que solemos ir con ella) que cuesta un montón agacharse con la mochila.

- Se lo prometimos a Maria José – es su respuesta.

Sin duda esta chica es mujer de palabra.

Descanso en Ribadiso tomando algo fresquito, y estamos en Arzúa. Son las doce y media y el albergue aún está cerrado. Ante la puerta una fila de mochilas esperando que abran. Las chicas, y Alberto, las dejan también allí y vamos al restaurante que hay enfrente a comer algo. Se llama “La Huella” y el techo está lleno de huellas de manos y de leyendas. Almorzamos y llega el momento fatal, tengo que despedirme. Les abrazo, uno a uno, y ya empiezo a echarles de menos. Me cuelgo la mochila y echo a andar antes de que empiece a llorar sin remedio.

Camino a buen paso disfrutando otra vez de mi soledad. Es raro esto, o no, no lo se, los primeros días extrañaba a veces el andar en compañía, luego con Alberto y las chicas, las etapas se me hicieron cortas, me gustaba la charla, las bromas y las risas. Ahora estoy como empecé, pero con un montón de recuerdos de buenos momentos y con los ánimos reforzados.

En algún sitio del camino me encuentro con un homenaje a un peregrino que falleció antes de llegar a Santiago: Guillermo Wat, 69 años, murió un 25 de agosto de 1993. Hay una pequeña losa con una inscripción y la escultura de unas zapatillas. Allí mismo me paro un momento a descansar y pienso que tampoco es una mala manera de morir, al fin y al cabo estaba haciendo seguramente lo que más le gustaba. ¿Qué mejor que morir caminando en lugar de hacerlo postrado en una cama víctima de una larga enfermedad? Es mi vieja obsesión ante la pérdida de calidad de vida, ante el deterioro físico y mental de las personas. Buen camino, Guillermo, buen camino, le digo en un susurro antes de irme.

En medio de un sendero precioso, rodeada de árboles que dejan pasar apenas algunos rayos de sol, me quito la mochila y no me puedo resistir a hacer una foto con el móvil y mandar un mensaje masivo a todos mis amigos, que rabien un poquito. Al poco rato me sale al encuentro un hombre que por todo saludo me aconseja “en el segundo bar hay buena empanada”. Apenas entiendo el mensaje y sigo caminando pensativa hasta que al entrar en un pequeño pueblo se hace la luz. Hay un restaurante con unas cuantas mesas fuera, en la terraza, donde descansan varios grupos de peregrinos, y una gran pancarta en la que se lee algo así como: “No dejes que te digan dónde debes parar”. Pido un Aquarius y me siento en una mesa. Casi enfrente hay un grupo de chicas jóvenes riendo y bromeando, van tan monas que parece que acudan a un desfile de moda, se remangan los pantalones para tomar el sol… con la que está cayendo. Me llama la atención una pareja que acaba de ocupar la mesa contigua, y que llevan con ellos a una perrita, una cocker. La observo y me parece que está perfectamente, su dueño sale del bar con un recipiente de agua fresca y otro con el pienso.

- Hola, le saludo, ¿lleva bien el camino la perrita?

- Sí, estupendamente.

- ¿No ha tenido problemas en las patas?

- No, que va, venimos desde Roncesvalles, ella ha recorrido más kilómetros que nosotros porque cuando la llevamos suelta, va y viene sin parar. Por tramos de carretera le ponemos la correa.

Me acuerdo de que se ha comentado en el foro esto de los perros, pero está visto que siempre hay excepciones. Le hago unas carantoñas a la perrita y antes de que me de cuenta se me planta encima un enorme perrazo que estaba tumbado un poco apartado de las mesas, casi me tira de la silla. Le doy cuatro almendras y le rasco la cabeza, sólo quería mimitos, y una vez satisfecho se vuelve a su sitio.

Apenas un kilómetro antes de llegar a Santa Irene, paro en un bar al lado de la carretera a refrescarme. Podría continuar hasta Arco do Pino donde se que encontraré a Toni y a Pepe, pero después de pensarlo, decido terminar hoy aquí. Por un camino asfaltado y después de cruzar la nacional, llego al albergue. Está apartado de todo, no hay bar (me acuerdo de Toroastur) ni casas, ni nada. Está equipado con comedor, salón y cocina, pero desgraciadamente no se me ocurrió parar a comprar algo para hacerme la cena. La hospitalera, una chica joven, me indica la habitación en el piso de arriba. Tiene ocho literas, cinco de ellas están ocupadas por italianos y las otras dos por dos chicas americanas.

Uno de los italianos habla también español, así que hace de intérprete. Después de saludarles y charlar un rato, me disculpo para ir a darme una ducha. El albergue tiene una especie de jardín o parque con varios sitios tranquilos en los que sentarse. Busco un lugar apartado y hago varias llamadas: a casa, a la compañía aérea para confirmar mi pasaje y a las chicas para que sepan que he llegado.

Cuando vuelvo al albergue hay un coche en la puerta, en el que suben las nenas monísimas que me encontré esta tarde en el bar. Parecen enfadadas, al parecer la hospitalera quería hacerlas esperar por si llegaba algún peregrino rezagado. Y tenía razón porque después de eso, aún aparecieron tres o cuatro más, desfallecidos. Le pregunto a la hospitalera si hay algún sitio cerca para cenar algo, me indica el restaurante en el que paré esta tarde antes de llegar. No es que me ilusiones caminar casi un kilómetro hacia atrás, pero tengo hambre y no me apetece irme a la cama sin cenar.

- Puedes ir por la carretera, me dice, o por un camino asfaltado que te lleva allí directamente, pero es muy solitario.

- ¿Solitario? – hace que me sonría – no te preocupes por eso. Soledades a mí, a estas alturas.

Me acerco hasta allí paseando y me como una buena ensalada, gigante diría yo, estos gallegos hasta para hacer una ensalada son exagerados.

Es hora de dormir, mañana llego.