Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

domingo, 28 de marzo de 2010

viernes, 26 de marzo de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Siete)


Les observo alejarse con paso lento. Estos dos parece que todo lo hacen despacio, con toda la calma del mundo, como si el tiempo no contase para ellos. Cuando era jovencita, me regalaron un perro, uno de esos callejeros que vino al mundo después de que su madre se dejó montar por el primer macho que se cruzó en su camino. Todas las tardes le sacaba a pasear por un descampado que había cerca de casa, se pasaba todo el rato yendo y viniendo, correteando, se adelantaba un buen trecho y volvía a la carrera. Sin embargo, Rufus, camina tranquilo al lado de su amo, no se si es que está cansado, viejo, o se contagiaron mutuamente esa parsimonia.


Cuando termino de colocar las pocas pertenencias que traje, me dedico a limpiar la cabaña. En un pequeño armario en la terraza, encuentro lo necesario. No es que esté sucia pero me gusta el olor a limpio que impregna el aire cuando por fin termino. Me meto en la ducha y estoy un buen rato bajo el chorro de agua templada, en el punto exacto de temperatura que me gusta. El agua sale con fuerza golpeando mi cuerpo como finas agujas, sobre los pechos llega a hacerme daño. Luego, cojo una manzana y me siento en una de las viejas mecedoras del porche.


Me sorprendo al mirar el reloj y darme cuenta de que ya son las cinco de la tarde, con razón mi estómago empezaba a reclamar algo sólido. Desde aquí la vista es magnífica; a los pies de la colina aparecen pequeños pueblos desperdigados aquí y allá, todos cerca del sinuoso curso de un río que parece nacer en una montaña cercana. A lo lejos el mar, uniéndose con el cielo, con el horizonte como única separación entre ellos. A la derecha de la cabaña distintos trozos de tierra de cultivo, rodeando un pozo de agua con la cuerda colgando y el cubo apoyado en el brocal, como los de antaño.


Me quedo dormida acunada por el vaivén de la mecedora. Cuando abro los ojos está oscureciendo y una fresca brisa hace que me estremezca. Entro en la casa y busco algo para echarme por encima, todo está en silencio. Me preparo un café y salgo otra vez al porche. Enciendo un cigarro. Llevaba algún tiempo sin fumar, pero desde que se marchó Juan Luis volví a hacerlo. Y ahora me apetece. Seguramente es una tontería pero esa pequeña luz que se ilumina cuando aspiro el humo, hace que me sienta menos sola. Y es que la soledad empieza a aplastarme como una losa.


Podría acercarme hasta la casa con cualquier excusa, Tomás está a cuatro pasos de aquí, pero no quiero hacerlo, no puedo dejarme vencer por esta sensación. He dejado, a propósito, olvidadas las pastillas que desde hace meses tomo para poder dormir. Me sentía tan perdida en aquella cama, tan insignificante, tan poca cosa. Quería descansar, dejar de pensar, parar de una vez de darle vueltas a lo mismo, pero era imposible, y las noches se me hacían eternas, con los ojos abiertos de par en par, mirando fijamente el techo o las paredes. Paredes vacías desde aquel día en que decidí tirar a la basura todo lo que me recordaba a Juan Luis. En el último momento me arrepentí, y lo metí todo en un caja en el rincón más oscuro del armario de la habitación pequeña, en la que se guardaban los “por si acaso”.


Antes de acostarme, me asomo a la galería, desde donde puedo ver una parte de la casa de Tomás. A través de una de sus ventanas se distingue una luz azulada. Acurrucada en la cama escucho el silencio, apenas interrumpido por sonidos leves que atraviesan las paredes. Me levanto al amanecer sin haber pegado ojo y cuando salgo al porche el espectáculo es sobrecogedor. El sol empieza a aparecer en el horizonte, emerge del mar, radiante, tiñendo de naranja y rojo el azul de sus aguas, elevándose al cielo con la majestad de un dios. Hacía tiempo que no disfrutaba de algo tan hermoso y natural a un tiempo. Todos los días amanece, pero hacía mucho que yo no me daba cuenta. Me meto de nuevo en la cama con la imagen del sol aún en mis pupilas. Por fin, duermo.

(Continuará)


jueves, 18 de marzo de 2010

Y en todas las esquinas...

... se oye cantar


Despertant els nostres cors,
Valencia riu.
Per la senda de les flors
ya ve l'estiu.
Creua el carrer la xicalla
replegant els trastos pa la falla;
i manté la tradició
d'esta cançó...
¿Hi ha una estoreta velleta
per a la falla de Sant Josep,
del tio Pep...?
I van juntant lo que els veins els van donant
per a buidar el porxe.
¿Hi ha una estoreta velleta
per a la falla de Sant Josep?,
I amb una estella del muntó
se du el compas de esta cançó.
En les cares de la gent
tot es content.
Xiqueta meua
que del carrer eres l'ama
per culpa teua
tinc el cor encés en flama.
No te separes
del caliu del meu voler,
reineta fallera,
que si me deixes
un ninot tindré que ser,
¿Hi ha una estoreta velleta
per a la falla de Sant Josep?,
per a la falla del teu carrer.

Despertando nuestros corazones,
Valencia rie...
Por la senda de las flores,
ya viene el verano...
Cruza la calle la chiquillería
recogiendo los trastos para la falla
y mantiene la tradición
de esta canción.
¿Hay una esterilla viejecita
para la falla de San José,
del tío Pepe?
Y van juntando lo que los vecinos les van dando para vaciar el porche...
¿Hay una esterilla viejecita
para la falla de San José?
Y con una astilla del montón
se lleva el compás de esta canción...
En las caras de la gente
todo es alegría...
Chiquilla mía
que de la calle eres el ama
por culpa tuya
tengo el corazón encendido en llama.
No te separes
del calor de mi querer
Reinecita Fallera
Que si me dejas
un muñeco tendré que ser...
¿Hay una esterilla viejecita
para la falla de San José?
Para la falla de mi calle.


Hum... yo diría que huele a pólvora...


...estamos en FALLASSSSSSS !!!!!!!!!

Perdonen las molestias






domingo, 14 de marzo de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Seis)


Estuve pensando si cogía el coche para ir hasta Arriete o lo hacía en el tren de cercanías, finalmente me decidí por éste último, lo que aumenta la sensación de alejamiento que empieza a embargarme. Vuelvo a hacer parada, ya casi obligada, en el pequeño bar de la plaza. El camarero me recibe con una gran sonrisa y me aconseja probar su especialidad, unas brochetas de verdura asadas a la brasa. No tenía pensado comer nada pero ante su insistencia, me decido a probar una. ¿Siempre te muestras tan contento trabajando en domingo? Le pregunto cuando se acerca a la mesa con el plato y la bebida. No, es que me alegra verla de nuevo, responde mostrando su perfecta y blanca dentadura. ¿Puedo saber por qué? Sí, claro. Va a la casa de la colina ¿me equivoco? No, no te equivocas, pero no entiendo qué tiene que ver una cosa con la otra, a no ser que percibas alguna comisión por visita. Suelta una carcajada. Tenia una expresión muy triste cuando paro aquí ayer por la mañana, estaba como perdida y abandonada. Hoy ya parece otra persona. ¡Vaya! Sí que debe ser milagrosa esa casa, aún no he llegado y ya está ejerciendo sobre mi su beneficioso efecto… estás de broma. No lo estoy, me responde muy serio, y usted ya se ha dado cuenta así que no disimule conmigo, no me tome por tonto. Está bien, disculpa, no pretendía ofenderte. Anda, dame la cuenta, por favor, o me darán las tantas aquí charlando.


Camino tan ensimismada con la mochila a cuestas que me sorprendo de pronto tarareando una canción. No se cuánto tiempo hace que no cantaba. Antes siempre lo hacía, en los primeros años con Juan Luis, mientras limpiaba la casa, cocinando, en la ducha. Él decía que parecía un jilguero. No se cómo fue que dejé de hacerlo, quizá porque le impedía escuchar la televisión o le desconcentraba, quizá porque en lugar de jilguero empecé a convertirme en loro. Y bailar. También me gustaba bailar. Lo bailaba todo: tangos, pasodobles, boleros, bachatas… los pies se me iban solos en cuanto la música empezaba a sonar. La última vez que lo hice fue aquella noche que me fui con Cata.


Juan Luis estaba en Londres, en su viaje de fin de carrera. Era sábado y a media mañana se presentó Catalina en casa. Esta noche nos vamos de juerga, tú y yo. No, Cata, le dije, no me apetece salir ¿dónde voy a ir sin Juan Luis? Te recuerdo, me respondió, que el señorito está en Londres, que has sido tu quien le ha pagado el viaje y que ni siquiera ha tenido la decencia de llevarte con él. Y además, que me apetece salir, hace un montón de tiempo que no nos divertimos juntas. Vamos, Cris, no me hagas suplicar, por favor. Está bien ¿Y Santi? Por Santi no te preocupes, está encantado de perderme de vista una noche y quedarse tranquilo en casa viendo el fútbol.


Fuimos a cenar y luego a bailar. Bailamos y nos divertimos como un par de adolescentes. No paramos de reír en toda la noche, a lo que contribuyo el vino que tomamos con la cena. Llegué a casa de madrugada, agotada y dichosa. Durante mucho tiempo recordé esa noche cuando sentía que me podía la tristeza. Y siempre se dibujaba en mi cara una sonrisa, que rápidamente intentaba disimular si a Juan Luis se le ocurría mirarme. No le dije nada sobre esa escapada, cuando me preguntó dónde estaba que no contesté a su llamada. Qué inoportuno, pensé, lleva una semana fuera sin noticias de él, y se le ocurre llamarme justo la noche en que decido salir. Quizá fue su tomo de reproche lo que me hizo tomar la decisión de no contarle nada. Cené con mi madre, inventé sobre la marcha, y como se hizo tarde me quedé a dormir en mi antigua habitación. ¡Cuántas veces temí que se le ocurriese preguntarle! Pero, ahora me doy cuenta, no entraba en sus cálculos que le mintiese, pensaba que yo era incapaz de hacer nada sin él, y no se equivocaba.


Cuando por fin llego a la colina, no hay rastro de Tomás y Rufus. Sólo el canto de los pájaros posados sobre las copas de los árboles rompen el silencio. Me acerco hasta la puerta de la casa grande, que efectivamente no está cerrada con llave. Giro la manivela y se abre, pero me arrepiento y vuelvo a cerrarla de inmediato. Tengo la impresión de estar husmeando en su intimidad. Voy hasta la cabaña de la que me habló ayer y me sorprendo al verla en su totalidad. Ayer apenas le di un vistazo y me pareció mucho más pequeña. Es un edificio de madera, de forma rectangular. Delante tiene un pequeño porche en el que están colocadas una mesa redonda y dos mecedoras antiguas, como las que tenía mi abuela en la casa del pueblo. Nada más entrar hay una sala con mesa y cuatro sillas, separada de la cocina por una especie de arco de madera con una media puerta como las de los salones de las películas del oeste. Dejo en el suelo la mochila y me dirijo al interior, hacia un corto pasillo con dos puertas. La de la izquierda es el baño y la de la derecha el dormitorio. Armario, una cómoda, otra mecedora y una cama grande componen su mobiliario. Al final del pasillo, otra puerta acristalada se abre hacia una especie de galería con una pila para lavar la ropa y cuerdas para tenderla.


Empiezo a sacar las cosas de la mochila y ordenarlas en el armario. Coloco los comestibles en las alacenas de la cocina y en la nevera, y las cosas de aseo en un pequeño armario del cuarto de baño. En ello estoy cuando una silueta se dibuja en el dintel de la puerta. Una no, dos.


¿Todo bien? Me dice Tomás cuando salgo al porche a saludarles. Bien, muchas gracias, estaba colocando las cosas y acomodándome ¿dónde estábais? Recogiendo plantas, me dice señalando el capazo que estaba trenzando ayer, lleno a rebosar, y del que se desprende una gran variedad de olores. Si necesitas alguna cosa, ya sabes donde encontrarme. Gracias, y a ti también, Rufus, por la visita. El enorme perrazo se ha acostado en el porche mientras su amo y yo conversamos. Se levanta con parsimonia al ver que Tomás recoge del suelo el capazo y ambos echan a andar en dirección a la casa.

(Continuará)


viernes, 12 de marzo de 2010

De la que escribe, el santón y otras historias.



Me apetece contar hoy la manera en que voy plasmando en letras las historias que cuento en este Patio, un poco para que aquellos que las seguís podáis entender el porqué en ocasiones los capítulos se dan con cierta asiduidad y otras, por el contrario, parece que los cuelgue con cuentagotas. Y no lo cuento porque piense que "deba" (entre comillas) dar explicaciones, si no porque de vez en cuando está bien hablar un poco de mi y mis circunstancias, mis manías o costumbres a la hora de escribir. Algo así como un pequeña charla entre amigos. Esto es un blog personal y un poco Cajón Desastre, en el que cabe casi todo.


Empecemos por mis circunstancias. Aquellos que me conocen, tanto en la red como a nivel personal, saben que tengo una familia y un trabajo. Esto último espero conservarlo a pesar de la famosa crisis, a no ser que tenga la tremenda suerte de que me toque la primitiva, cosa bastante improbable. Y tanto la una (la familia) como el otro (el trabajo) hay días en que no me dan un respiro. No se yo si como Cristina, mi protagonista, no necesitaría largarme de vez en cuando una temporadita a una casa en la colina, con santón o sin él. O al Camino de Santiago como hice el año pasado, perdida e ilocalizable para todo bicho viviente, pero eso no es lo habitual. Lo habitual es no tener suficientes horas en el día para hacer todo lo que quisiera, porque además de las obligaciones están las devociones: ir al gimnasio tres o cuatro días a la semana, pasear, leer, ir al teatro, charlar con los amigos, y alguna cosa más que no voy a contar (algo tengo que guardar para mi sola).

Y seguimos con la forma en que surgen las historias. A veces cuando empiezo a escribirla aquí ya está terminada, como quien dice. Mentalmente tengo pensado el inicio, la trama y el desenlace, así como los personajes protagonistas. La cosa está hecha en un plis-plas. Bien es verdad que a veces pienso en una historia corta y luego, poco a poco, van apareciendo detalles, que dicho sea de paso, no se de dónde salen, y se alarga un poco más, pero el eje principal está ya escrito. Otras, y es el caso del Santón de la colina y alguna más que he colgado anteriormente, la historia se va escribiendo capítulo a capítulo, por lo que ahora mismo no tengo ni idea de lo que va a hacer Cristina en la casa de la colina, de si puede pasar algo entre ella y Tomás, o de como acabará la historia. Ni idea. ¿Qué no me creéis? Lo prometo. En estos casos casi siempre son los mismos personajes los que con su reacciones van configurando la historia. No se si llegan a tener vida propia, pero si no es eso, se le parece mucho.

Es por eso que igual puedo colgar dos o tres capítulos casi seguidos, como puedo tardar más tiempo del que quisiera entre uno y otro. Y es en esos largos intervalos en los que la dichosa historia no se me va de la cabeza, le doy vueltas y más vueltas esperando que sus protagonistas me indiquen cuál es el camino que debo seguir. A veces tardan los muy cabrones, hasta que me ven tan desesperada que se apiadan de mi y me lo muestran con un gesto de conmiseración que me dan ganas de ponerles en ridículo en el próximo capítulo o matarlos, directamente.

¿Qué estoy loca? Bien, eso ya deberíais saberlo.

Y para ponérmelo más difícil, soy incapaz de escribir si no es en el teclado de mi ordenador. Será una tontería, no digo que no, pero algo debe tener que es rozar sus teclas y los dedos cobran vida propia. Lo del papel y boli no es lo mío. Y mira que lo he intentado, porque podría muy bien aprovechar ese tiempo muerto de esperas en el dentista, en los trayectos en tren, en la cola del supermercado, e incluso en ese descansito en el trabajo para tomar un café. Nada. La mente en blanco, el boli que no se mueve, y los personajes de turno durmiendo la siesta y dejándome sola ante el peligro... ¡desagradecidos!.

Ya veis lo que tiene que sufrir una para contar esas tonterías que se me ocurren. Pero estos días Cristina y compañía se están portando y el próximo capítulo está a punto de caramelo. Espero que lo disfrutéis.

No me enrollo más y me pongo a la faena.
Feliz viernes... ¡uy! si ya casi es sábado... si cuando yo digo que las horas pasan volando




jueves, 11 de marzo de 2010

Imán de ti (AUTORA: Amalia Iglesias)


(Imagen: Renacer del mar de Juan Hierro)

Imán de ti

Tengo una atmósfera propia en tu aliento
La fabulosa seguridad de tu mirada con sus constelaciones íntimas".
Vicente Huidobro


Cuando te pienso se desatan atractores extraños,
mi cuerpo se desplaza,
se hace trizas en todas direcciones para encontrarte.
Y así vuelvo a nacer cuando te abrazo.
En el microclima de tu piel
mis briznas se conjugan con verbos desconocidos,
se recomponen
lejos de las palabras párvulas y huérfanas.

Así vuelvo a nacer
con los poros imantados de ti.
Tu piel tira de ellos en la distancia.
Hundo mis pies en tu océano,
me abandono a la química de las pasiones,
y a un solo movimiento tuyo
se ordenan mis hormonas, mis células, mis glándulas,
en el concierto del deseo sin ataduras
ni sintaxis.

Y creo más en ti
que en el silencio sobrecogido de las catedrales.
Contigo sobrepaso el umbral de todas las incertidumbres,
en ti el cobijo, el dintel,
mi bóveda, mi ménsula, mi arquitrabe gozoso,
me edificas, me construyes, me sostienes.

El metropolitano ruge debajo de mi casa
como un dragón de horario estremecido
y yo me protejo en la fortaleza de tus extremidades,
vadeo un río toda la noche para buscar el refugio de tu origen.

Tú mi atmósfera, mi espacio abierto
para entrar y salir sin centinela.
Traes un aire nuevo entre tus labios
y ya no sé respirar fuera de ti.
Cuando tú no estás
el cielo detiene sus hélices de plomo,
se enrarecen las palabras
y no saben decirte.

De "La sed del río"

Autora: Amalia Iglesias

martes, 9 de marzo de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Cinco)


En el trayecto de vuelta no dejo de pensar en lo que voy a hacer, y sobre todo, en que es la primera vez que tomo una decisión pensando sólo en mi. Siento que toda mi vida he estado preocupándome por actuar como los demás esperaban que lo hiciese, poniéndome en el lugar de los otros para entender su punto de vista, eludiendo las discusiones, tratando que las personas que me rodeaban no encontrasen en mi un motivo para entristecerse o enfadarse. Siempre, desde que tengo uso de razón. Cuando era niña y me tentaba hacer pellas con las amigas, automáticamente pensaba en mis padres, en lo mal que les iba a hacer sentir. Si alguna vez, durante la adolescencia, respondía bruscamente, me arrepentía de inmediato y corría a pedir perdón. Y no es que fuese una santa, no… si alguien hubiese podido escuchar mis pensamientos…más bien debía tratarse de algún gen defectuoso que me hacía anteponer siempre el bienestar de los demás al mío propio.


Y lo mismo con Juan Luis. Me plegaba a sus deseos, y lo más gracioso es que no lo hacía forzada, no, lo hacía con gusto. Ahora pienso que en realidad estaba reprimiendo mis propios deseos. Le convertí en el centro de mi vida. Poco a poco dejé de frecuentar a los amigos, sólo porque a él parecía que ninguno de ellos le caía bien. En realidad ni siquiera lo suyos le resultaban agradables, aunque nos veíamos de vez en cuando. Siempre decía que los amigos le quieren a uno para beneficiarse de alguna forma y que mantener las distancias era la mejor forma de evitar que te pidiesen favores. ¿Qué favores iban a pedirle a él? Dinero, seguro que no, pobre desgraciado. Me daría de hostias por estúpida y cretina.


Catalina fue la única que peleó por nuestra amistad con uñas y dientes, sin importarle los desprecios que recibía no pocas veces de Juan Luis. En esas ocasiones, ella le miraba de una forma especial y luego siempre hacía el mismo gesto, ese que hacemos cuando nos quitamos un pelo o una mota de polvo que se nos ha posado en el hombro. Luego me guiñaba un ojo y siempre me hacía sonreír. A pesar de su mutua antipatía, se que siente lo que ha pasado, ni siquiera ella lo esperaba. Sabía que era un cabronazo, me dijo cuando se enteró, pero no creí que llegase a tanto.


Casi sin darme cuenta estoy de nuevo en la plaza de Arriete. Antes de volver a casa entro en el bar a comer algo, la caminata me ha abierto el apetito. Me siento en una mesa del fondo y pido un pincho de tortilla y un poco de queso. Aprovecho para llamar a mi jefe, prefiero hablarlo por teléfono, no sea que se le ocurra ponerme alguna pega y acabe por convencerme para que retrase el disfrute de las vacaciones. No quiero echarme atrás. Cuando responde a mi llamada, le digo que me gustaría tomarme unas vacaciones, quiero irme unos días, desconectar. Le parece bien, muy bien, me dice, ha estado a punto de sugerirlo él mismo, entiende que necesito alejarme una temporada. Tómate los días que necesites y disfrútalos, me dice al despedirse. Ha sido más fácil de lo que yo pensaba. Doy buena cuenta del refrigerio, pago al camarero y al salir, el chaval se despide con un “hasta mañana” y una bonita sonrisa.


Antes de arrancar el coche llamo a mi madre y quedo con ella para cenar. Se sorprende ante mi invitación que acepta complacida. De camino a casa paro en el centro comercial a comprar algunas cosas , entre ellas una mochila, no me imagino subiendo por el camino que lleva a la casa de la colina cargada con la maleta. Y de paso me doy el capricho de meter en el carro unos pantalones estampados anchísimos de suave algodón y un par de camisetas sin tirantes muy ajustadas. Siempre me he vestido de una forma, llamémosle convencional, mojigata en opinión de Cata, que jamás le ha importado llamar la atención con sus vestidos ceñidos, sus provocadores escotes, o sus blusas transparentes. Siempre me gustó lo orgulloso que se muestra Santi cuando la lleva agarrada por la cintura ante las miradas un tanto lujuriosas de los hombres.


Doy un último vistazo al desparrame de ropa que tengo sobre la cama, preparada para embutirla en la mochila y me voy a la ducha. Me acicalo con esmero y me siento satisfecha del resultado cuando veo mi imagen reflejada en el espejo. No hay nada como verse guapa para elevar la autoestima. Debe ser eso lo que me hace sentir un leve cosquilleo en el estómago, una sensación que tenía olvidada hace tiempo. Recojo a mi madre y nos vamos a cenar a un restaurante muy acogedor que se que le encanta.


Sentadas a la mesa, siento su mirada expectante mientras ojeo la carta. Y bien, me dice cuando no puede disimular más su impaciencia ¿me vas a contar lo que te pasa? Y no me digas que nada, porque no pareces la misma desde la última vez que nos vimos ¿cuánto hace de eso? ¿dos días? Verás, no es nada importante, he decidido irme unos días de vacaciones. En el último momento decidí no decirle dónde voy, no se cuál sería su reacción y la verdad, tampoco tengo ganas de tener que convencerla en el caso de que pusiera inconvenientes a mi decisión. ¿En serio? No me lo puedo creer, responde con los ojos muy abiertos, me alegro mucho hija, es lo mejor que podías hacer. ¿Cuándo te marchas? Mañana por la mañana. Muy bien, cariño, pues disfruta y diviértete mucho, te lo mereces. No, no me digas donde vas, no quiero saberlo. Cuando llegues, me llamas si te apetece. No podré hacerlo, mamá, no voy a llevarme el móvil. Si ocurriese algo grave, habla con Cata. Está bien, mejor así, ya es hora de que te olvides de todos y de todo, ya es hora.


Se nos hacen las tantas charlando, hacía tiempo que no hablaba con ella así, tan relajada, tan… libre. No mencionamos el tema de Juan Luis, no merece la pena. Hablamos de mi, de ella, y por primera vez me doy cuenta de lo sola que ha estado todos estos años desde la muerte de papá, y de lo poco que me ocupé de ella, absorta por completo con el trabajo y pendiente en todo momento de ese cabrón que ocupaba todo mi tiempo. Y la echaba de menos, claro que la echaba de menos, pero ni de eso me daba cuenta. Cada vez entiendo menos como me pude dejar comer la cabeza de ese modo. No, ya no sirve la excusa del amor. El amor no puede ser eso, estoy segura.


El día amanece espléndido. Me levanto temprano y me preparo un buen desayuno. Le mando un mensaje a Catalina diciéndole que me voy donde ella sabe, y antes de que le de tiempo a responder, apago el móvil y lo meto en un cajón. Ahora no me apetece hablar con nadie. Hasta la vuelta, le digo sonriendo al mono de peluche que cuelga del techo del pasillo, no te muevas de ahí. Cierro la puerta.


(Continuará)

jueves, 25 de febrero de 2010

¡¡¡¡¡¡¡ Oh !!!!!!!!

Si piensas que a estas alturas de tu vida, has perdido la capacidad de sorprenderte, te equivocas. Siempre puede haber alguien capaz de devolvértela... ¡palabrita del niño Jesús!.



Esa especie de santón que vive en la colina (Cuatro)


Me pregunto por enésima vez qué estoy haciendo aquí. En lugar de hacer caso a Cata, podía sencillamente haberme largado a cualquier parte. Otra ciudad, incluso otro país, y empezar de nuevo. Deja de soñar, Cristina, me digo a mi misma, y pisa firme el suelo, no tienes estudios, no sabes hacer nada, excepto cualquier cosa que se le pueda hacer a un pollo. La Cristina optimista responde que en todas partes hay mataderos de pollos y yo tengo buenas referencias ¿por qué no iba a encontrar trabajo? Y estudiar, aún soy joven. En el fondo se que no podría vivir lejos de la familia, de mis amigos, en otro entorno que no sea éste. Es inútil, Cris, no le des más vueltas, quizá esto de resultado.


Envuelta en tales pensamientos llego al final de la cuesta donde acaba el camino que lleva hasta la casa. Es un edificio cuadrado y grande, rodeado de ventanales. Delante una gran explanada sombreada por media docena de árboles de frondosas copas. Allí entre los árboles, resguardados del sol, distingo a un hombre sentado en una silla baja que parece muy concentrado trenzando una especie de capazo de esparto. A su lado, con igual concentración, un perrazo enorme se afana con un hueso que sujeta entre las patas delanteras. Ambos levantan la vista a un tiempo, me miran un momento, y vuelven a su tarea. Lo han hecho de forma tan sincronizada que casi me da la risa.


Al llegar frente a ellos, vuelven a mirarme fijamente.


– Hola, buenos días, busco a Tomás.

– Hola, yo soy Tomás, él es Rufus.


Y no se qué decir ¿por dónde empiezo?. Mientras, Tomás sigue trenzando las tiras de esparto y Rufus me mira como si esperase algún saludo de mi parte.


– Hola, Rufus – parezco tonta saludando a un perro, pienso. Pero parece que él se da por satisfecho y deja de prestarme atención para concentrarse en su hueso.

– Catalina me dijo que viniese a verte, que tu podrías ayudarme.

– ¿Ayudarte? Catalina se equivoca, yo no puedo ayudarte.

– ¿Por qué no? Todavía no te he dicho lo que me pasa.

– Ni falta que hace. Sea lo que sea lo que te pase o lo que buscas, debes encontrarlo por ti misma. Nadie va a ayudarte. Si lo que necesitas es contar tus problemas y qué alguien te explique su causa o el remedio milagroso para solucionarlos, has venido al sitio equivocado. Búscate un amigo que te consuele, o cualquier psicoanalista que examine tu caso, seguro que te encuentra algún trauma infantil que ni siquiera sabías que estaba ahí.


Apenas levanta la voz, pero su tono brusco me deja clavada en el sitio, de pie, mirándome otra vez la punta de las zapatillas. ¿Quién se cree que es este tipo estúpido y maleducado?, pienso, pero no oso abrir la boca. Cuando me doy cuenta está frente a mi, supongo que esperando que le responda. Por primera vez, alzo los ojos y me fijo en su aspecto, tan distinto del que me había imaginado. Es alto y fuerte, con el pelo moreno y muy corto. Viste una vieja camiseta y pantalones tipo bermudas, y calza los pies con zapatillas de tela y esparto. Parece más un soldado o un boxeador que un anacoreta solitario. Sus ojos grises y fríos me miran fijamente.


– Oye – me dice frunciendo la nariz – hueles a pollo.

– Vete a la mierda.


Doy media vuelta dispuesta a marcharme por donde he venido, cuando siento que me coge del brazo. Estoy furiosa, muy furiosa. Así que me giro hacia el otro lado y le asesto un puñetazo directo a la boca con toda la fuerza de la que soy capaz. Se queda un momento atónito, el golpe le ha pillado por sorpresa. Aprovecho para soltarme y echar a andar con grandes zancadas.


– Vete a la mierda, gilipolla, vete a la puta mierda – repito como una letanía al ritmo de mis pasos.

– Espera, por favor, espera.


En un momento, me cierra el paso.


– Perdona, no quería ofenderte, lo siento de veras. Tengo un olfato muy fino, sobre todo para la carne, y al acercarme a ti… Perdóname. Empecemos de nuevo ¿quieres?


La rabia ha ido dejando paso a una sensación de frustración, de pena por mi misma. Estoy a punto de llorar y no quiero hacerlo delante de un desconocido, pero su expresión parece sincera, y sus disculpas. Asiento con la cabeza de forma casi imperceptible, y él me toma del brazo suavemente.


– Ven, vamos a la sombra o acabaremos achicharrados con este sol. Siéntate un momento.


Obedezco en silencio.


Bien, te diré lo que puedes hacer. Puedes quedarte aquí los días que quieras, en la pequeña cabaña que hay ahí detrás ¿la ves? Vuelves a casa, coges lo que precises y regresas. Puedes traer provisiones para dos o tres días, después tendrás que trabajar para comer.


He debido poner cara de sorpresa porque hace un ademán con la mano como para que espere a que me explique.


– Hay muchas cosas que puedes hacer. Cultivo productos naturales, sin pesticidas ni abonos artificiales, para consumo propio y para la venta, aunque no lo creas tienen salida en el mercado. Puedes ayudarme y te ganas así la comida. Cuando creas conveniente, te marchas, simplemente.

– ¿Y eso es todo? – no puedo evitar reírme. ¿Para esto he venido hasta aquí? ¿Para esto he consentido que me trates como a una imbécil? No me lo puedo creer.

– ¿Qué esperabas? ¿Polvitos mágicos capaces de solucionarte la vida, agua milagrosa o un conjuro? Ya te lo he dicho antes, yo no ayudo a nadie.

– Pero ¿y esa gente que dice que aquí ha encontrado la solución a sus problemas y que les ha cambiado la vida?

– No se si han solucionado sus problemas, pero han hecho exactamente lo mismo que te acabo de proponer a ti. Quizá sólo les hacía falta volverse a encontrar a si mismos, alejarse temporalmente de la rutina de su vida diaria, observar su situación desde otro punto de vista, como si fuesen otra persona distinta, quizá, no lo se. Y tampoco les pregunté.

– ¿De cuánto tiempo estamos hablando?

– A mi no me preguntes, eso es cosa tuya.

– Pero yo tengo que trabajar, no puedo largarme de la noche a la mañana.


Levanta los hombros desentendiéndose de mi. Se acaricia la cara, en el lugar en que le asesté el puñetazo y hace un movimiento con la mandíbula que le provoca un ligero rictus de dolor mientras vuelve a tomar asiento para continuar con las trenzas.


Me quedo pensando qué decisión tomar. No se lo que quiero. Me doy cuenta que casi siempre soy incapaz de analizar mis sentimientos. No se si quiero irme o quedarme, salir de esta situación angustiosa o hundirme en ella y regocijarme en el dolor. No se si odiar a Juan Luis o compadecerme de mi misma. Soy una estúpida ignorante que nunca pensó en si misma y quizá sea éste el momento de aprender a hacerlo. Reconocido esto, tomo una decisión: hablaré con mi jefe y disfrutaré mis vacaciones. Será la primera vez que lo haga.


– Está bien – digo dirigiéndome a Tomás – creo que volveré mañana para quedarme.

– Si no estoy por aquí, vas acomodándote en el cabaña, dejaré la puerta abierta. A veces voy al otro lado de la montaña a recolectar algunas hierbas aromáticas.

– De acuerdo.

– La puerta de mi casa también está siempre abierta, si sientes hambre o sed, entra y coge lo que quieras.

– Gracias.

– Una cosa más.

– ¿Si?

– No te acerques al gallinero, los pollos ni tocarlos.


Iba a mandarle otra vez a la mierda, pero su sonrisa maliciosa le delató, bromeaba. Le hice un gesto obsceno con el dedo índice y tomo el camino hacia el coche.


(Continuará)

sábado, 13 de febrero de 2010

No puedo vivir sin ti (Inciso)

Ahora mismo debería estar escribiendo, escribiendo la historia que tengo a medias, ya me entiendes. En lugar de eso, fantaseo. No volveré a hacerlo. Lo prometo.

viernes, 5 de febrero de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Tres)


Es surrealista. Se lo digo a Catalina y se mosquea. No entiende que no puedo presentarme allí, sin más, no se, lo lógico es pedir cita o algo por el estilo. Que no, que Tomás, que así se llama ese hombre, no es ningún psicoanalista. ¿Y qué puñetas es? Pregunto yo. Es que no tengo ni idea de qué decirle, no se si me va a poner las manos en la cabeza y dejarla vacía de los negros y deprimentes pensamientos que la pueblan, o tumbarme en un sofá para que le cuente mis frustraciones. Soy idiota, lo se, eso no hace falta que me lo recuerde Cata, según ella soy idiota porque no es así como funcionan las cosas con este señor. No sabe muy bien qué ocurre allá arriba, pero es bien cierto, asegura, que son unos cuantos los que después de visitarle han conseguido salir del oscuro callejón en el que se habían perdido.


Como no tengo más ganas de discutir y he empeñado mi palabra, me decido a hacer lo que me dice. Es sábado y no tengo que ir a trabajar. Me preparo una pequeña mochila con cuatro cosas para el camino y me dispongo a partir. Llevo anotadas las indicaciones que me ha dado Catalina. Debo dejar el coche en Arriete, a seis kilómetros de aquí, y desde allí seguir a pie por un sendero que sube hasta la colina. Espero no perderme porque mi sentido de la orientación, lo que se dice bueno, no es, por si acaso no me olvido de coger el móvil, no sea que tenga que llamarla, eso contando con que haya cobertura.


Arriete es un pequeño pueblo de calles empinadas y estrechas. Dejo el coche en la plaza, el único lugar llano y más espacioso que debe haber aquí. Antes de emprender la subida, entro en el bar a beber y algo y asegurarme, preguntando a algún parroquiano, que el camino que tomo es el correcto. Sólo hay cuatro hombres sentados a un mesa, y un chaval tras la barra. Cuando me sirve el café le pregunto por el camino que lleva hasta la casa de Tomás, en la colina. Al salir, rodee el bar, y justo aquí detrás verá el sendero, me dice. Sígalo hasta llegar a un claro donde verá un pequeño arroyo que nace en un roca, tome el camino de la derecha e irá a parar a la casona. Agradezco sus indicaciones y pago la consumición. Pienso que va a decirme algo por la forma en que me mira, pero después de un momento de indecisión se concentra en los vasos que están a medio lavar en el fregadero.


A los pocos minutos de adentrarme en el sendero tengo la sensación de haber traspasado el umbral hacía otra dimensión. Hay un silencio envolvente, sólo interrumpido por los crujidos de las hojas bajo mis pies y las carreras de los pequeños animales que huyen a mi paso en busca de refugio. El sol ha empezado a calentar y paro un momento para desprenderme de la chaqueta y atarla en la cintura. Respiro hondo y retomo el camino, saboreando esa sensación de soledad que hace que empiece a sentirme bien. Al final de un pequeño repecho está el riachuelo del que me habló el chico del bar. Me acerco, con cuidado de no embarrarme, y tomo un poco de agua con las manos. Está fría y tiene un ligero sabor a piedra. Me siento con la espalda apoyada en el tronco de un árbol y me enciendo un cigarro. Me entretengo observando un par de lagartijas que juguetean, persiguiéndose una a la otra, para de repente, quedarse frente a frente. Tomo el sendero de la derecha y cuando llevo algo más de media hora andando, distingo en lo alto, el tejado de una casa.


(Continuará)

viernes, 29 de enero de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Dos)



Y me quedé allí, mirando la punta de mis zapatos, aguantando las ganas de llorar, callada. ¡Imbécil! Dile todo eso que tienes en la cabeza, suelta de una vez las palabras que te ahogan y te hacen palpitar las sienes. Grita, golpéale, dile con voz clara y firme que es un cabrón, hijo de puta y gilipolla. Recordé entonces que al principio de los tiempos bromeábamos con eso del olor, él me decía entre risas que iba a meterme en el horno y cuando estuviese bien crujiente me comería entera empezando por los pies. Yo sentía sus suaves mordiscos en las orejas, en los hombros, los brazos, los pezones. Y reíamos, reíamos como niños. Recordé cada uno de los miles, millones de pollos que pelé, troceé, deshuesé, fileteé y envasé para que él pudiese estudiar, primero la carrera, luego las oposiciones a notario. Diez horas al día, de lunes a viernes, durante quince años, quince largos años. Recordé que llegaba a casa, con ese olor prendido en la piel, en el pelo, en la nariz, y lavaba los platos, la ropa, limpiaba, preparaba la cena y la comida del día siguiente, porque él tenía que estudiar y eso le desconcentraba, no podía perder el tiempo, pero a veces salía con amigos a tomar una cerveza, para despejarse. Recordé las horas en vela ayudándole con los temas, repasando para el examen del día siguiente, preparando café para que no se durmiese, aprendiendo todo aquello casi de memoria, pensando a veces que hubiese podido examinarme yo. Recordé todas las vacaciones que pasé trabajando porque había que pagar una factura del taller, o comprar una lavadora nueva, o aquél viaje de fin de carrera. A Londres, se marchó a Londres dos semanas, mientras yo pelaba, troceaba, deshuesaba, fileteaba y envasaba pollos. De regalo me trajo una camiseta que no me puse nunca porque era tres tallas grande.


Ya tenía la maleta preparada y con ella en la mano, pasó por mi lado. Yo seguía sin moverme, sin hablar, me sentía vacía por dentro, como si alguien me hubiese metido la mano por el culo, hubiese agarrado el paquete intestinal y de un estirón me hubiese dejado hueca, como había hecho yo durante quince años con todos aquellos millones de pollos. Creí que iba a decir algo, pero se encogió de hombros y se marchó. Me pareció escuchar a mi madre cuando alguna tarde de domingo iba a visitarla. Nos sentábamos a charlar en la cocina y yo daba buena cuenta del flan de café que tanto me gustaba. Mira por ti, Cris, mira por ti, si no lo haces tu nadie lo hará por ti – me repetía como una cantinela – márchate unos días a la playa este verano. Vete y descansa. Estoy bien, mamá – le decía yo – tú siempre has trabajado mucho y mira, cada día estás más guapa. Ella sonreía complacida. Procuraba no hablar de Juan Luis pero yo sabía lo que pensaba, por eso intentaba disculparle. Ya le queda poco, mamá, y ya verás cuando consiga la plaza de notario, nos iremos de viaje para celebrarlo. Y luego, luego dejaré de trabajar y nos pondremos a buscar un niño, ya verás cuando tengas un nieto, o dos, lo orgullosos que van a estar de su abuela. Ella asentía con la cabeza, pero sus ojos la delataban, se le ponían brillantes, casi podía leer su pensamiento, él mismo que yo me empeñaba en apartar de mi cabeza, se me pasaba el tiempo, y con cada fracaso, cada nueva decepción, cada disculpa que Juan Luis esgrimía para justificar su incapacidad, yo me decía que sería la próxima vez, seguro.


¿Qué dirá mamá cuando se lo cuente? pensé. Recuerdo aquella tarde en que dejó caer que un amigo de papá que tenía un pequeño negocio necesitaba a una persona que le echase una mano en el despacho. Podrías decírselo a Juan Luis – me dijo – serán solos unas horas por la tarde y os vendría bien ese dinero. Estábamos ya en la cama cuando me atreví. Montó en cólera y arremetió contra mi madre. Sentía contra ella un rencor antiguo desde que mamá, con el dinero que recibió en herencia de una tía soltera, me compró este piso. Fue unos meses antes de casarnos, su regalo de boda, sólo para mi. Juan Luis estaba empeñado en que nos diese el dinero, que estábamos bien en el que habíamos alquilado, decía, pero ella se mantuvo en sus trece y una mañana me llamó para que fuese al notario a firmar la escritura. Luego vinimos a verlo, y ese fin de semana nos pusimos a limpiar, y después vinieron los muebles y todo lo demás. Yo acababa rendida pero me emocionaba preparar la casa donde viviría con Juan Luis. Él apenas mostró interés, enfurruñado todavía por no haberse salido con la suya.


Y menos mal, porque al menos tengo algo que me pertenece. Esto y el olor a pollo. Maldito hijo de perra. A los pollos debe su flamante notaría, si no hubiese sido por los hilos que movió mi jefe, en agradecimiento a la empleada que más pollos pelaba, troceaba, deshuesaba, fileteaba y envasaba ¿de qué iba él a aprobar la puta oposición? Pero igual eso tiene remedio, del mismo modo que los hilos pueden moverse a favor también pueden hacerlo en contra, aunque de momento vamos a dejar las cosas como están y pensar sólo en el siguiente paso: ir a ver qué puede hacer por mi ese dichoso santón de la colina.

(continuará)



domingo, 24 de enero de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Uno)



– Que sí, Catalina, si me lo repites otra vez soy capaz de tirarme por el balcón, y con el teléfono pegado a la oreja para que oigas el sonido de mi cuerpo estrellándose en el asfalto

– ….

– ¿Bruta? No soy bruta, es que me lo has repetido mil veces. Y ya te he dicho que sí, te he dado mi palabra ¿necesitas que lo firme con sangre?

– ….

– Que sí, mujer, se que me quieres y por eso te preocupas por mí, sólo pretendes ayudarme, lo se. Vale, disculpa. Me agobia que estéis tan preocupados, parece que todo el mundo sepa lo que más me conviene, todos menos yo.

–….

– No estoy enfadada, en serio. Dame un poco de tiempo y te prometo que seguiré tu consejo.

– …

– Sí, de esta semana no pasa ¿cómo te lo voy a decir sólo para que me dejes tranquila? Te he dado mi palabra. Anda, mañana nos vemos, en el café, a las nueve. Buenas noches.

– …

– Yo también te quiero. Que descanses.


¡Ay! Catalina. Esta mujer no convence con argumentos, como todo el mundo, ella lo hace por puro agotamiento del contrincante, machaca, machaca y machaca hasta que ya no puedes más y claudicas. Lleva más de un mes sin parar, día tras día, repitiéndome lo mismo: tienes que ir a verle, Cris, él te ayudará, ya lo verás, hazme caso, no tienes nada que perder. Claro que tengo que perder, el tiempo, eso es lo que voy a perder. Y es que ahora a Catalina le dio por el rollo anacoreta, soledad y meditación, y según ella ese hombre cura las heridas del alma. Sí, y ya de paso, sales de allí hecha un figurín. No me lo creo, no me lo puedo creer. Pero Catalina, erre que erre, si esto hubiese ocurrido en su época hippie hubieran sido los porros milagrosos de maría y el amor libre, follar en una comuna con todo quisqui seguro que me ayuda a olvidarme de todo. Creo que ya no le quedan tendencias o filosofías de vida por probar. Tiene suerte con Santi, que es un santo, nunca mejor dicho, y aguanta estoicamente todas sus locuras.


En el fondo se que tiene razón, no puedo seguir así. Desde que Juan Luis se marchó estoy hecha una braga, rota y hundida. Si por lo menos sintiera rabia, si me quedase un poco de amor propio, quizá sería capaz de hacer algo para terminar con esta apatía que se apoderó de mi. Pero sólo tengo la sensación de haber tirado a la basura quince años de mi vida, quince años, que se dice pronto, quince años con sus cinco mil cuatrocientos setenta y cinco días y sus correspondientes noches. Fue tan de repente, tan inesperado, como si aquella noche hubiese estado esperando que llegase a casa para decirme ¡sorpresa! Verás, Cristina – me dijo nada más entrar sin darme apenas tiempo de colgar el bolso tras la puerta – hace días que quería hablar contigo. Nuestro matrimonio no funciona. No digas nada, déjame hablar – cortó tajante lo que pensó era un intento de interrupción, cuando no era más que mi dificultad para respirar – no puedo seguir contigo. Necesito una mujer que esté a mi altura, con cultura, una mujer de mundo con la que pueda presentarme ante mis colegas. Tu y yo no tenemos nada en común, casi no nos vemos, siempre estás trabajando y yo tengo demasiadas ocupaciones, por fin he conseguido un cargo importante y se que puedo llegar mucho más alto. Hemos recorrido mucho camino juntos, pero aquí nos separamos. Se acabó, Cristina. Te quiero mucho, te lo juro, pero te has convertido en un lastre que no me deja avanzar. Le miré con la súplica asomándome a los ojos. Puedo dejar de trabajar – balbuceé – iré a la peluquería, a un salón de belleza, me pondré guapa, haré lo que quieras para que no tengas que avergonzarte de mí. Da igual, Cristina, eso no iba a solucionar nada, jamás podrás quitarte ese… olor a pollo – terminé la frase por él.


(Continuará)

domingo, 17 de enero de 2010

¿Qué me pasa, doctor?

Imagen: Antonina. Art-deviantart.com

¿Sufro un ataque agudo de pereza o estoy en mi ciclo anual de letargo?... que no lo sabe, que haga un esfuerzo de concentración y me ponga las pilas. Un esfuerzo titánico tendrá que ser porque con uno normalito... ni de coña. Tengo al menos el consuelo de que no se trata de un problema del coco (léase cabeza y no ése que se come a los niños malos) porque anda todo el día a su bola, inventando principios de historias. Yo creo que me está tentando, está probando suerte a ver si alguna me resulta interesante y me engancho... ¡cómo me conoce! Es más bien cosa del cuerpo, el invierno que me da flojera, y que retomé la ¿buena? costumbre de mis tres sesiones semanales de gimnasio, que dicho sea de paso empezaba a hacerme falta: mi culo amenazaba con negarse a entrar en los pantalones. Los años no perdonan, y llego a casa arrastrando los pies, con agujetas hasta en las pestañas, soñando con tirarme en el sofá y no hacer nada, absolutamente nada. Y es que cuesta lo suyo ser perfecta.
Pero nada de esto va a poder conmigo.
Próximamente... en esta sala.

"Esa especie de santón que vive en la colina"

Y un poco de música. Buen fin de semana.


martes, 5 de enero de 2010

Indecisión



Fingí no conocerte cuando Ricardo te nombró esta tarde. Fue en una pausa para el café de la aburrida reunión de los jueves ¿te acuerdas? Me llamabas cuando aún faltaba un buen rato para que terminase. Yo salía al pasillo con semblante serio, haciendo como que hablaba con algún cliente. Mientras te escuchaba “¿ya terminas? me muero por verte, deja a todos esos cretinos y ven conmigo, anda, no tardes” sentía sus ojos, tras los cristales, clavándose en mi espalda. Luego volvía a mi sitio con el rostro imperturbable, y el corazón zapateándome por dentro de felicidad, la sangre en plena ebullición por el sólo hecho de escuchar tu voz, y el sexo palpitante y húmedo.


Fingí no conocerte mientras él insistía. Sí, mujer, tienes que acordarte, trabajaba en la segunda planta, en una empresa de publicidad, se marchó para probar suerte con el cine. Le he visto esta tarde, en la Gran Vía, fíjate qué casualidad. Quizá te has confundido – respondí – si como dices, hace años que se fue. No, era él, estoy seguro, no ha cambiado mucho. No se a qué venía tanta insistencia. Me disculpe y fui a encerrarme al baño.


Durante mucho tiempo esperé tu llamada de los jueves, no quería creer que te habías ido. Y eso que sabía que estabas decidido. No voy a pasarme la vida esperando que me concedas unas migajas de tu tiempo, dijiste, no quiero, aunque me muera de nostalgia, y llore de desesperación cada minuto por volver a tu lado.


Pasaron los meses y un buen día, una llamada a horas intempestivas me despertó sobresaltada. Una llamada anónima, sin número. Contesté, y al otro lado de la línea, silencio. Me quedé con el teléfono pegado a la oreja, aún después de escuchar que habían colgado. Cuando dejaba de dolerme el alma, cuando pensaba que por fin me había librado del recuerdo, otra llamada. Tenías que ser tú. Y no sabía si deseaba o no estar en lo cierto.


Fingí no conocerte. Pero encerrada en el lavabo, volví a sentir como si fuese ayer, tu cabeza, tocada con un gorro de lana, apoyada en mi hombro, y el calor de tu último abrazo. Y esa oscura mirada, cargada de reproche. Volví a ver tu silueta, calle abajo, alejándose, confundida entre el gentío.


Ha empezado a nevar. En la Gran Vía la gente aprieta el paso. Me subo la capucha y miro al cielo. Es extraño ver como en la oscuridad de la noche, aparecen los blancos copos precipitándose hacia el suelo. Parece cosa de magia. No se si quiero verte. No se si quiero que tú quieras verme. Si pienso en ti vuelvo a sentir lo mismo que sentía. No se si volvería a dejar que te fueses sin mi.


Estoy aquí, parada, observando los rostros que pasan a mi lado. No se qué estoy buscando, quizá espero ver aparecer, allá a lo lejos, tu silueta. O asegurarme de que Ricardo estaba equivocado, y no eras tu ése que ha visto, qué tontería, podrías estar en cualquier parte.


En algún rincón del bolso vibra el móvil, una llamada anónima, sin número. Al otro lado de la línea, nada. Miro a mi alrededor, y en una esquina un hombre está parado con el teléfono cerca de la oreja. No puedo distinguir su rostro. Sólo veo su cabeza tocada con un gorro de lana.




sábado, 26 de diciembre de 2009

Anuncio


Cambio las cinco próximas Nochebuenas (mínimo obligatorio para poder realizar la transacción) con cena familiar y excesos gastronómicos incluidos, por una noche de despropósitos, verduras al microondas, sanas perversiones y otros placeres de la carne. Regalo, además, árbol de navidad con espumillón, luces parpadeantes y bolas de colores. Realizado el acuerdo entre ambas partes, no se admiten reclamaciones.


jueves, 24 de diciembre de 2009

Estamos en paz (Cuento de Navidad)


Deja las cosas sobre la cama y enciende la radio. Cuando salió de casa de la señora aún no habían cantado el gordo, parece que se hace esperar. Sigue escuchando la cantinela de la pedrea, así que todavía hay esperanza. Se saca de la cintura la bolsita que lleva siempre atada en la goma de la enagua, donde guarda lo que ha cobrado del trabajo de toda la semana y la papeleta que compró en los ultramarinos del señor Jesús. Díos sabe cuánto le costó ahorrar cada centavo. Mira otra vez el número que ya sabe de memoria y por enésima vez mira al cielo. Aunque sus ojos sólo puedan ver el techo desconchado, las manchas de humedad y la bombilla colgando solitaria, espera que alguien allá arriba la escuche. Si tuviese un poco de suerte, sólo un poco – piensa – todo sería distinto.

Se queda pensativa mientras busca con la mirada algún rincón donde esconder los regalos para los niños. Saca de una bolsa la muñeca de trapo que cosió para Julia con retales que le dio la señora, y para Martín tiene un precioso abrigo que le quedó pequeño al señorito, y una cartera para los libros. Quizá tenga que arreglárselo un poco, el niño está algo pequeño para su edad, pero ya se las apañará ella para que pueda usarlo. Se alegra de que no estén en casa, su cuñada se los llevó esa mañana al mercadillo.

Los niños de San Ildefonso siguen cantando números y premios. Si se pudiese ir de aquella casa, si pudiese salir de este cuartucho miserable donde apenas caben los tres, si pudiese perder de vista a esa … Sabe que debe estarle agradecida por acogerlos en su casa, cuando tuvo que marcharse del pueblo, después de que aquél cabrón la abandonase. Allí no podía alimentar a sus hijos, nadie necesitaba una chacha. Pero bien que se lo estaba cobrando, tenía criada gratis. No tenía compasión, no le importaba que ella viniese muerta después de trabajar todo el día y tuviese que ponerse a limpiar la casa mientras ella se pasaba las horas sentada escuchando la radio. Casi no tenía tiempo para estar con los críos.

Se sobresalta al oír el timbre. Ya están aquí, son ellos. Va hacia la puerta secándose las manos en el delantal. Cuando la abre, una bilis amarga le sube a la garganta. Ha vuelto. El hijo puta está allí, frente a ella. Se miran a los ojos un instante y justo en el momento en que percibe que él va a dar un paso, le cierra la puerta en las narices. El corazón bombea al mismo ritmo que los puños de él en la madera. Pilar, abre la puerta, déjame entrar –le dice – no seas tonta. ¿Qué coño hace aquí? ¿A qué ha vuelto? ¿Es esto lo que entiendes por unas navidades un poco más felices? – piensa mirando una vez más al techo.

Alguien está subiendo la escalera. Se oyen murmullos, cuchicheos. Pilar, soy Juana, abre la puerta. Está Martín aquí ¿lo has visto?, no es el mismo, ya lo verás, está arrepentido. Anda, abre, los niños necesitan a su padre, verás que bien estamos todos juntos, es Navidad, abre Pilar, no me obligues a llamar a la Guardia Civil para que echen la puerta abajo, es tu marido y tiene sus derechos. Sí, piensa Pilar, el mismo derecho que tenía a apalearme, a dejarme medio muerta cuando andaba preñada de Julia, mi pequeña. El mismo derecho que tenía a dejarnos tirados en la más puta miseria.

Lo oye. Se abre paso entre las voces de Martín y Juana. Lo ha oído, es su número. Le da voz a la radio, el locutor repite el número de nuevo. Me ha tocado, Dios mío, me ha tocado, pero él ha vuelto. Pilar ¿estás ahí?, no te lo digo más, abre la puerta. Me ha prometido que no te vuelve a poner la mano encima. Oye los lloros de Julia, está asustada. Los niños no pueden ver el miedo reflejado en sus ojos, debe tranquilizarse. Abre la puerta.

Julia corre a abrazarse a sus piernas y estira luego sus bracitos para que la coja, ella no sabe nada de su infierno, aún no había nacido cuando el hijo puta se largó. El pequeño Martín intenta disimular su miedo a duras penas, le traiciona el ligero temblor que sólo ella percibe. Le coge de la mano y se la aprieta.

Mientras prepara la comida siente sus ojos clavados en la espalda. Intenta parecer tranquila cuando pone sobre la mesa la botella de vino y un par de vasos. A su cuñada también le gusta beber con la comida. Quizá con un poco de suerte, la terminen. Antes, con la disculpa de quitarles los zapatos a los críos, cogió de un rincón de su armario unas pastillas que le dio la señora un día que se quejó de no poder pegar ojo por las noches. Echó cuatro o cinco en la botella.

Juana se ha quedado dormida en la silla, al calor de la estufa que hay bajo la mesa camilla. Mientras lava los platos y recoge la cocina, le sirve otro vaso a Martín, que intenta meterle la mano por debajo de la falda cuando la tiene a tiro. Ella le esquiva, y dirige la mirada hacia los niños. Ojalá él entienda que es mejor dejarlo para luego. Le ve levantarse y dirigirse al baño. Se apoya en las paredes del pasillo. Cuando vuelve los ojos se le cierran. Mientras le observa echarse en el sofá, nota como se le acelera el corazón. Duérmete ya, cabrón, grita en silencio.

Hace frío en la calle. Camina de prisa con Martín agarrado a su mano y la pequeña en brazos, aún dormida. No lleva más que una vieja caja de cartón donde guarda los pocos papeles importantes que posee, y la bolsita atada a la cintura. Se sientan en un banco, en un pequeño parque, hasta que Julia se despierte, está rendida de andar con ella en brazos. Más tarde entran en una chocolatería a merendar. Hoy se va a permitir ese lujo, un chocolate caliente y unos churros. Los pequeños sonríen con la boca manchada de ese brebaje dulce.

El pequeño Martín estira de su madre, no entiende por qué vuelven, por qué su madre camina hacia la casa sonriendo. Están a dos manzanas cuando Pilar se para y se sienta con sus hijos bajo la marquesina de un parada de autobús que ahí allí mismo. Parece ensimismada. Se oye de pronto un gran estruendo y los niños se agarran a ella, asustados. Algunos transeúntes corren hacía el lugar de donde parece que ha venido el ruido. Parece una explosión. Pilar se pone en pie y camina despacio hacia allí. Una columna de humo se levanta hacia el cielo. Se oye una sirena de bomberos. Donde estaba su casa, sólo queda un montón de escombros. Un trozo de su armario es pasto de las llamas. Ha sido un escape de gas, oye decir a un hombre.

Ojalá os pudráis en el infierno, piensa Pilar, mientras da media vuelta y se aleja de allí. Buscará una pensión para pasar la noche. Y mañana temprano irá al banco a cobrar su papeleta. Feliz Navidad, dice bajito mirando una vez más al cielo. No me tengas en cuenta lo de dejar el gas abierto, y yo tampoco te echaré en cara la vida miserable que llevé hasta ahora. Estamos en paz.


martes, 22 de diciembre de 2009

Ahora que estamos solos


Otra vez he caído en la tentación ¿qué le vamos a hacer? Me gusta torturar a amigos y familiares. No sabéis la cara que ponen cuando en lugar de regalarles eso con lo que están soñando desde hace meses y que van dejando caer (como quien no quiere la cosa) entre charla y charla, aparezco yo, toda ufana, y les doy mi libro recién salido del horno, con dedicatoria incluida. Intentan disimular, parecer halagados por mi regalo, pero se que en el fondo (y por lo bajini) están echándome maldiciones ¡qué se jodan! Se lo tienen merecido por darme ánimos. Así que estas Navidades ya saben lo que les toca.



La edición de este nuevo libro de cuentos "Ahora que estamos solos" no sería la misma si no hubiese contado con la colaboración, consejo y apoyo de las tres personas que más quiero (a parte de mi familia): Inés, Juan y Tania (por riguroso orden alfabético). En realidad, mi vida, no sería la misma sin ellos. Gracias, una vez más, por estar siempre ahí, siempre a mi lado. Os quiero.

Pues bien, eso es todo, amigos... sed felices.







miércoles, 16 de diciembre de 2009


Estaba limpiando unos "sepionets" para la cena (un bicho parecido a la sepia, pero más pequeño) y entonces me acordé. El primer día que le vi, acabábamos de conocernos, nos dio por hablar de cefalópodos. No sólo de ellos, también creo que salieron a relucir otros seres de especies parecidas. Disfrutamos de un buen rato de divertida charla a costa de estos bichos, extraños, diferentes, que parecen venir de otra galaxia. Y mientras hablábamos de pulpos, calamares, sepias, mejillones (primos hermanos de los cefalópodos), observaba su risa, sus ojos chispeantes, como un niño dejando volar su fantasía. Y pensé: si este hombre derrocha la misma imaginación en la cama, tiene que ser la caña.
Me equivoqué.
En la cama era... normalito, pero hay que ver lo que daba de sí, en la ducha, en el suelo, en una silla... pura fantasía.
Desde entonces, cada vez que intento comerme un cefalópodo, me da la risa tonta, y al momento un ligero cosquilleo me sube por las piernas... ¿tiene sexo un cefalópodo?... voy a echar mano de la wikipedia y os lo cuento.