Patio Casa Lobato
miércoles, 27 de julio de 2011
El tren a Burdeos (MARGUERITE DURAS)
domingo, 24 de julio de 2011
Incertidumbre
domingo, 17 de julio de 2011
Saber, saber, saber...
jueves, 14 de julio de 2011
El principio
martes, 12 de julio de 2011
Cosas de la vida
miércoles, 15 de junio de 2011
Estreno mundial
domingo, 24 de abril de 2011
Domingo de Resurrección
Primero y por cortesía de mi querido amigo D. Alfredo García Francés este vídeo de música colombiana:
La sencillez hecha canción, me encanta este hombre:
Feliz domingo.
lunes, 18 de abril de 2011
Para negar tu amor (AUTOR: LINA ZERÓN)
pudrirme dulcemente por el sexo…
jueves, 14 de abril de 2011
¡Por fin!
miércoles, 6 de abril de 2011
Impotencia versus incompetencia
lunes, 4 de abril de 2011
Política y más
domingo, 3 de abril de 2011
En plena faena
lunes, 28 de marzo de 2011
No quisiera que lloviera AUTOR: CRISTINA PERI ROSSI
que lloviera en esta ciudad
sin ti
y escuchar los ruidos del agua
al bajar
y pensar que allí donde estás viviendo
sin mí
llueve sobre la misma ciudad
Quizá tengas el cabello mojado
el teléfono a mano
que no usas
para llamarme
para decirme
esta noche te amo
me inundan los recuerdos de ti
discúlpame,
la literatura me mató
pero te le parecías tanto.
miércoles, 23 de marzo de 2011
martes, 22 de marzo de 2011
Cualquier parecido con la realidad...
domingo, 6 de marzo de 2011
Teatro: Tibidabo

sábado, 5 de marzo de 2011
Sucedió que el amor (Final)

Apenas hablamos durante nuestro encuentro, así que no sabía cuáles eran sus planes. Lo más probable es que volviese con su pueblo en cuanto se recuperase del largo viaje. Me dije a mi misma que era lo mejor que podría ocurrir, haríamos el amor mientras permaneciese con nosotros y para cuando decidiese marcharse ya me habría cansado de él.
Pasé la mañana en la cabaña poniendo un poco de orden, preparé una buena olla de verduras, que mi esposo acababa de recolectar, y añadí gruesos trozos de carne, encendí el fuego y lo dejé haciéndose lentamente mientras me acercaba al río para darme un baño. Quería estar sola y quitarme el salitre del mar que llevaba pegado a la piel. Nos bañábamos en un meandro ancho y profundo de aguas tranquilas que se arremolinaban un poco más abajo adquiriendo velocidad hasta un poco antes de llegar a su desembocadura donde volvían a apaciguarse para buscar el contacto con el mar. El agua estaba helada, y los peces me rozaban las piernas al pasar junto a mí. Me froté el cuerpo y el pelo con un trozo de jabón de los que mi madre me enseñó a fabricar, y me sumergí luego en las aguas serenas y transparentes. Cuando emergí a la superficie vi a mi esposo sentado en la orilla mirándome.
- Estás preciosa – volvió a decir.
Le besé suavemente los labios.
- Creo que Kadir quiere establecerse aquí – dijo de pronto – no con nosotros, en nuestro pueblo, pretende construirse una cabaña en el bosque y empezar una nueva vida. No va a volver con su pueblo. Ha solicitado nuestra ayuda para enseñarle a trabajar la madera, a cambio contribuirá a aprovisionarnos de carne, parece que es un buen cazador.
Yo permanecía en silencio, escuchándole. Acercó su mano a mi rostro y lo alzó hasta que consiguió que le mirase a los ojos.
- ¿Te has enamorado o sólo le deseas? A mi puedes contármelo, aceptaré tu decisión, pero temo por ti, no quiero que sufras, no deseo que te alejes de mí.
- Efrén, esposo mío, no se lo qué me pasa, no puedo darle nombre a esto que siento, pero se que no lo sentí jamás. He sido feliz a tu lado, muy feliz, pero no quiero engañarte, solo pienso en él, mi corazón, mi piel, mi sexo le añoran cada segundo que no le tengo cerca. Ayúdame, no quiero tener que marcharme lejos, no podría abandonar a mis hijos, me moriría. Moriré de igual modo si tengo que renunciar a él. Pero eso es lo que yo siento, no se lo que siente él.
Nuestro pueblo se equivoca, Efrén, no pueden prohibir un sentimiento. Nuestra felicidad no será plena jamás. Sí, el amor es sufrimiento a veces, como la vida ¿no sufres cuando se nos va un ser querido? ¿no sufres cuando alguien enferma? Pero también es alegría, una alegría que no se puede comparar con ninguna otra, sólo se puede entender cuando se siente. Somos los hombres los que ensuciamos el amor, con celos, rencores, venganzas… Debemos enseñar a nuestros hijos que amar no es un castigo de los dioses, pero que tampoco se puede obligar a alguien a amarnos sólo porque nosotros lo deseemos, debemos enseñarles que es un sentimiento libre, que si algún día tienen la suerte de encontrar el amor, quizá sea para siempre, o quizá no. Y que si eso ocurre, deben aprender a aceptarlo y dejar que la persona amada encuentre el amor de nuevo, y darse ellos la oportunidad de hacer lo mismo.
- Espera aquí – dice mientras me acerca una piel que ha traído con él y se levanta para marcharse.
Permanezco sentada esperando a Efrén, preguntándome dónde ha ido tan de repente cuando escucho pisadas a mi espalda. Es Kadir que se acerca sonriente. Se sienta frente a mí y toma mis manos.
- Te amo – dice mirándome a los ojos – pensé que no podía ocurrirme algo así, pero ha ocurrido. No voy a separarme de ti, no ahora que te he encontrado. Deseo con toda mi alma empezar una nueva vida a tu lado. No te voy a pedir que nos marchemos lejos de aquí, no voy a obligarte a abandonar a tus hijos. Podemos formar nuestro propio pueblo, muchos seguirán nuestro ejemplo, estoy seguro. No habrá prohibiciones, nuestros hijos serán libres para amar, podemos hacerlo.
Las lágrimas han ido resbalando por mis mejillas, y él acerca su boca para beberlas. Le abrazo con fuerza y se que mientras nos amemos estaremos juntos venciendo todas las dificultades, se que es ahora cuando empieza mi vida.
Los ancianos de la tribu hablaban del amor, alertaban a los jóvenes imberbes y a las niñas a punto de menstruar sobre los peligros de ese sentimiento maldito, fruto de una imaginación demoníaca que destruiría para siempre su libertad.
Les observo sonriente, escondida tras el tronco de un árbol. Cada vez son menos jóvenes los que acuden a escucharles. Nuestro pueblo del bosque se va nutriendo con nuevas parejas de enamorados, Efrén y Merine viven también con nosotros, por fin ella se atrevió a confesarle su amor. Al atardecer nuestros niños se sientan alrededor de la hoguera a escuchar los cuentos que narramos los adultos, sin miedos ni tabúes.
Nuestros niños aprenden, poco a poco, a vivir y a amar en libertad.
martes, 15 de febrero de 2011
Sucedió que el amor (Cuatro y penúltimo)

Dormitaba arrebujada entre las pieles, sentía sobre los párpados cerrados la claridad que empezaba a sustituir las tinieblas con las primeras luces del alba. Un soplo cálido en el cuello y las orejas me produjo un escalofrío que recorrió mi cuerpo desde los pies hasta la raíz del cabello. Apreté los ojos con fuerza, fuera lo que fuera aquello que tenía tan cerca, no quería verlo. Seguro que había sido cosa de mi imaginación. Se volvió a repetir. Cuando por fin abrí los ojos, se perdieron en un par de pupilas como dos grandes aguamarinas que me atraparon sin remedio.
Kadir… algo en mi corazón, o más adentro, me decía que era él el dueño de esos ojos que me envolvían con su mirada dulce y ardiente. No le había visto antes, pero era él, estaba segura. Y de pronto sus dedos se dedicaron a dibujar mi rostro, recorriendo despacio los párpados, la frente, la nariz, los labios, las orejas… bajaban por el cuello y desandaban el camino recorrido hasta empezar de nuevo. Y yo temblando, temblando como una hoja mientras un fuego abrasador empezaba a quemarme por dentro.
No dejé de mirarme en sus ojos cuando acercó sus labios a los míos, Eran suaves, suaves y dulces. Y besaban despacio rozándome apenas, hasta que se entreabrieron los míos y su lengua sinuosa exploró cada rincón de mi boca. Después la abandonó para perderse cuello abajo. Pensé, quizá durante un segundo, que aquello era una locura a la que debía poner fin ahora que todavía estaba a tiempo ¿lo estaba? No pude responder, su lengua se perdía ya entre mis pechos, buscando mis pezones erectos, duros como rocas. No, no lo estaba, era a él sin duda a quien esperaba cada mañana. Mis pensamientos se desvanecían al tiempo que su boca recorría mi cuerpo, demorándose en el hueco de mi ombligo, bajando hacia el monte de venus, abriendo suavemente mis piernas para perderse en las profundidades de mi sexo, que dotado de vida propia se alzaba en busca de la calidez de su lengua. Me deshice en agua en su boca, violentas oleadas de placer me estremecían. Él seguía lamiendo, bebiendo los jugos que intentaban escurrirse por mis piernas antes de ser atrapadas por sus labios.
Sin darme un respiro, sentí su sexo abriéndose paso con urgencia. Sus embestidas competían con las olas que habían empezado a romper contra las rocas. El rugido del mar se fundía con nuestros gemidos, intentando acallarlos, enmudecerlos. Era inútil, nuestras voces se unieron en un grito de placer, casi agónico, que se extendió sobre el mar, hacia el horizonte.
No se cuánto tiempo permanecimos abrazados, acariciándonos suavemente, pero cuando miré hacia fuera, el sol ya estaba alto en el cielo. Le cogí de la mano y juntos nos tiramos al agua. Estaba fría y nuestras pieles ardientes parecían desprender vapor, igual que las piedras del hogar cuando las mojamos para apagar el fuego. Algunos pescadores ya se habían echado a la mar, buscando los mejores bancos de peces. Veíamos sus diminutas canoas planeando sobre el horizonte, mientras nuestras bocas saladas no querían separarse. Me escapé de su abrazo y volví a la gruta. Me enrollé en la piel y salí de allí sin darle tiempo a empezar de nuevo.
Le ayudé a alzar la canoa y nos dirigimos al poblado. Nadie preguntaría dónde le había encontrado ni por qué volvía tan tarde de la playa. Mi pueblo amaba y respetaba la libertad de cada uno de sus miembros, nunca se cuestionaban sus acciones, siempre que con ellas no se perjudicase a nadie. Mi pueblo era libre de hacer su voluntad, de seguir sus impulsos, de hacer cualquier cosa que apeteciese a su cuerpo o a su espíritu, cualquier cosa… menos amar. Esa era la única prohibición, el único pecado. Mi esposo habría desayunado con los niños, en nuestra casa o en cualquiera de las otras. Se nos educaba para compartir todo lo que teníamos. Siempre disponíamos de un plato de comida para cualquiera que llamase a nuestra puerta. Algunas mañanas preparaba el desayuno para media docena de niños o tres o cuatro hombres. No preguntaba dónde estaba su esposa, quizá yacía con uno de sus amantes, o se había ido a buscar bayas antes del alba, o simplemente estaba todavía acostada.
Todos se acercaron a recibirnos, los niños corrían gritando, queriendo ser los primeros en acercarse al extranjero. Ya está aquí, ha vuelto – gritaban – mientras se empujaban unos a otros. Le dejé allí entre el gentío y me acerqué a casa. Mi esposo venía hacia mi sonriente, su mano en mi mejilla y sus ojos desprendiendo amor, me hicieron ruborizar. Estás preciosa – me dijo – hacía tiempo que no te veía así, no vuelvas a estar triste, te lo ruego, o moriré de pena. Le di un beso rápido en los labios y me alejé deprisa antes de que las lágrimas corrieran sin control rostro abajo.
Pensé que ya había pasado lo peor, que lo único que deseaba era yacer con Kadir y ya había cumplido mi deseo. Ya está, era eso. Por alguna extraña razón me había sentido atraída hacía él de un modo absurdo. Deseaba con toda mi alma que mi vida volviese a ser como antes, quería vivir tranquila al lado de los míos, borrarle de mi mente y arrancarle de mi corazón. Haría el amor con él hasta que me sintiese hastiada de sus caricias, hasta que se convirtiese en rutina, pura monotonía cuando el deseo se desvanece.
Pero no era más que una mentira en la que quería creer con todas mis fuerzas.















