Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

domingo, 30 de mayo de 2010

Y yo con estos pelos

Hace tiempo escribí una historia en la que su protagonista se enfrentaba a una situación dolorosa. Afortunadamente no es mi historia, no padezco una grave enfermedad ni tengo que enfrentarme a una operación. Lo mío sólo es una "locura", espero que temporal, de esos bichitos que andan por nuestro organismo siempre atentos y dispuestos a atacar a cualquiera que ose perturbar su buen funcionamiento, y en su desvarío se han alzado en armas contra "mis pelos". Pero como ella, la mujer de mi historia, tomé una decisión queriendo adelantarme, quizá, a los acontecimientos.
Y aquí estoy, acostumbrándome a mi nueva imagen, mientras que el pelo aguante:



Gracias por todas las muestras de apoyo y cariño que me habéis hecho llegar.
En unos días estoy aquí con un nuevo capítulo del Santón (ya falta poco para el final). Mi vida no puede pararse por unas pilosidades sin importancia.
Un abrazo para todos y cada uno de vosotros.

lunes, 24 de mayo de 2010

Tiempo muerto




¿Qué voy a hacer ahora? Este pensamiento o parecido, debió rondar un breve instante por mi cabeza, pero se quedó escondido en un rincón, acechando el momento oportuno para presentarse. Así que seguí con atención las explicaciones del hombre que por alguna extraña razón me había envuelto desde un principio, en una atmósfera de confianza y tranquilidad, quizá fue su apretón de manos o la forma en que me miró directamente a los ojos.


Fue más tarde conduciendo de camino a casa cuando esa pregunta abrió la caja donde guardo mis miedos y afloró el llanto, ese que siempre viene en mi auxilio cuando la angustia está a punto de ahogarme.


Todo empezó hace algunos meses cuando descubrí que estaba perdiendo pelo. Aunque sentí cierta preocupación porque era la primera vez y me parecía que la cantidad era importante, pensé que podía ser cosa de la estación, o de la menopausia, vete tú a saber. A todo el mundo se le cae el pelo, me dije, y efectivamente cuando lo comenté esa misma fue la respuesta que todos me daban.


Dejé pasar dos o tres semanas y viendo que la cosa continuaba, consulté a mi farmacéutico, que aunque tampoco le dio mucha importancia me recomendó un tratamiento de tres meses a base de pastillas para reforzar el cabello, y que si no funcionaba acudiese a mi médico de cabecera.


El tratamiento no dio resultado y además notaba que no sólo era el cabello que cada vez era menos abundante, si no que también el vello del cuerpo había empezado a disminuir. Pero parecía que nadie más que yo lo veía, y mi familia decía que me estaba obsesionando. Sin embargo cada vez que me miraba al espejo notaba que mis cejas eran más finas, y las pestañas menos espesas. ¿Cuándo me depilé por última vez las piernas? Me pregunté ante la ausencia de vello, apenas cuatro pelos en guerrilla, y me costó recordar cuando había sido. Eso no podía ser normal, no se trataba de un problema capilar, algo no funcionaba bien en mi organismo.


El médico de cabecera solicitó análisis de sangre y orina, tiroides, y alguna clase de hormonas. Esperar quince días más para hacerlo y otra semana para conocer los resultados, fue una tortura. Para entonces me miraba concienzudamente al espejo cada día, varias veces, la raya del pelo era cada vez más grande y el cuero cabelludo más visible. Y no sólo caía al lavarlo o peinarlo, la almohada aparecía por la mañana con una buena cantidad de cabello por encima. Callaba, nadie parecía notar nada extraño y sólo conseguía que me tachasen de obsesiva y maniática.


Los resultados de los análisis eran correctos. Mi médico me dijo que estaba más sana que una manzana y me prescribió un líquido para rociarme la cabeza. Le comenté que tenía menos vello en el cuerpo, pero creo que o no me creyó o pensó que no era importante. A los dos días fui a la peluquería, quizá un buen corte de pelo podría ayudarme. Y esa misma tarde hablando con una buena amiga me recomendó un dermatólogo al que ella acudía desde que el año pasado había tenido un problema parecido.


No era parecido, no. Lo de ella era una alopecia androgenética que se disparó a causa de una situación de estrés por la que estaba pasando. Consiguió frenar la caída y recuperar parte del cabello perdido. Mi diagnóstico fue Alopecia Areata Universal. No voy a aburriros con detalles técnicos y engorrosos. Es una enfermedad auto-inmunológica. Mi sistema inmunológico ataca de forma errónea el pelo pensando que es un agente extraño enfermo y hace que se caiga, sin ocasionar daño alguno al folículo piloso. Vamos, que se cree un D. Quijote atacando molinos de viento como si fuesen gigantes. O sea que estoy completamente sana pero mi sistema inmunológico tiene una chaladura de un par de cojones, le ha dado por mis pelos y va a por ellos con todas las armas de que dispone.



Podría buscar una segunda opinión como algunos me recomiendan, pero no voy a hacerlo. Confío en el diagnóstico del dermatólogo. Todo lo que he leído coincide con lo que me está pasando, incluso esta mañana me he dado cuenta de otro síntoma en las uñas de los pies que me había pasado desapercibido. Así que no voy a perder el tiempo de consulta en consulta. No, mi tiempo es más precioso que todo eso.


Los tratamientos para corregir esta disfunción son agresivos. De momento empiezo con un mes de cortisona para intentar frenar la vitalidad del sistema inmunológico. El resultado es una incógnita. Después de empaparme de información, he llegado a la conclusión de que es algo así como una lotería. Hay enfermos de todas las edades, y se da bastante en niños, y cada uno reacciona de una forma a la medicación, desde los que recuperan el cabello y cuando la suspenden les vuelve a caer, los que pasan temporadas con pelo y sin él, los que les vuelve a salir por zonas, y los que no lo recuperan nunca.


De momento, he decidido seguir el mes de tratamiento, ya que no es un periodo prolongado en el que no son notables los efectos secundarios de la cortisona. Después dependerá del resultado y del consejo de mi dermatólogo. Pero no voy a jugar con mi salud por una razón estética. Si la cosa se pone rebelde apechugaré con mi calvicie, no me queda otra. Aún puedo sentirme afortunada, sí, afortunada. No tengo que enfrentarme a ninguna otra enfermedad grave a consecuencia de la cual podría verme en igual situación, y a mi edad tampoco tiene el mismo efecto psicológico que podría tener si me sucede cuando era una niña, o una quinceañera.


Tiempo muerto.


Es lo que necesito. No puedo seguir inventando una historia ficticia, cuando mi cabeza está siempre dándole vueltas a esta nueva situación. De momento, no puedo. Siento dejaros a medias. Quizá en unos días la retome como un revulsivo, una forma de distraer mi mente. O no.


Gracias por leerme.

sábado, 15 de mayo de 2010

No se lo digas a nadie


(Imagen: José Luis Villagran Ortiz)

Veras, a mi lo que me va es tumbarte en el suelo para decir con la mirada lo que con mi voz no puedo.

viernes, 14 de mayo de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Once)


Han pasado tres días en los que hemos hablado apenas lo indispensable, trabajábamos en silencio, absortos en nuestros respectivos pensamientos. Mil veces he estado a punto de invitarle a comer, o a cenar, pero me arrepentía en el último momento. Él tampoco lo ha hecho.


A estas horas ya debería haber pasado por delante de casa para ir al campo. Me asomo a cada momento por ver si lo ha hecho en el preciso instante en que estaba en la cocina o en el baño, pero ni él ni Rufus han hecho acto de presencia. Así que me decido a acercarme a la casa temiendo que se haya puesto enfermo o le haya pasado alguna cosa.


Giro la manivela de la puerta y me asomo al interior, la casa está en silencio. Le llamo dos o tres veces mientras me dirijo hacia el salón pero nadie contesta. Después de dar una vuelta por el resto de las habitaciones me doy por vencida, allí no está, y cabizbaja, tomo el camino de regreso a mi cabaña ¿dónde se ha metido? ¿habrá ido a coger hierbas?


Me siento en el porche, pensativa, y por fin decido hacer algo, no puedo pasarme el resto de la mañana allí, esperando. Preparo la mochila con algo de comida y agua y decido subir a la cascada, quizá encuentre a Tomás por allí, y si no es así, al menos pasaré el día distraída y gozaré otra vez de aquellos parajes.


Hago dos o tres paradas en el camino antes de llegar a la cascada. Una vez allí, me acuesto sobre la hierba a descansar mirando el cielo. Recuerdo otros momentos así, cuando era niña, jugando a descubrir figuras en las nubes, a papá le encantaba, podíamos pasar horas y horas de esa forma. Mirando hacia arriba caigo en la cuenta que desde donde estoy hasta la cima de la montaña hay un pequeño trecho, o al menos lo parece visto desde aquí. Estaría bien subir y ver lo que hay al otro lado.


No tengo nada mejor que hacer, pero antes de ponerme en marcha como un poco de queso, pan y una manzana. Me cuelgo la mochila a la espalda y empiezo la ascensión por un estrecho sendero que comienza justo al lado de la cascada. Durante un rato siento las salpicaduras del agua que cae con fuerza, luego, según voy subiendo, se vuelven más diminutas y escasas. El camino discurre ahora bordeando el pequeño río cuyas aguas bajan con rapidez hasta precipitarse al vacío. Miro hacia arriba saboreando ya el momento en que llegaré a lo alto.


No acabo de poner el pie en la cima cuando un fuerte viento hace que me tambalee. Menos mal que se me ocurrió coger un palo para que me sirviese de apoyo. Me aferro a él con fuerza y consigo ponerme derecha para observar admirada el paisaje que aparece ante mis ojos. Un inmenso valle cuajado de pequeñas aldeas desperdigadas aquí y allá, rodeado de una cadena de pequeñas montañas como una muralla protectora. Más al fondo, otra vez el mar, una fina raya azul que se pierde a lo lejos. Justo delante de mi, sigue un sendero que se adentra entre una docena de casas medio derruidas, que aguantan estoicamente los envites del viento.


Paso a paso, con el apoyo del palo, emprendo de nuevo la marcha. Un poco antes de adentrarse en el pueblo fantasma, el camino aparece empedrado, seguramente para facilitar a los antiguos vecinos el tránsito por él en los días de lluvia y nieve. Sólo se escucha el silbido del viento y el golpeteo de algunas ventanas que se agarran con tesón a paredes de piedra a punto de caer.


Hay algo extraño en ese pueblo, quizá sea la sensación de abandono, o el aire que no cesa. Me pregunto quienes vivirían aquí y por qué se marcharon. Posiblemente emigrarían a otros pueblos más grandes, o a la gran ciudad, en busca de un futuro mejor, dejando aquí parte de su vida, recuerdos que quizá no olvidarán jamás.


Camino despacio mirando a un lado y a otro de lo que debió ser la calle principal. Siento un desasosiego difícil de explicar, como si de pronto fuese a aparecer un fantasma de entre las ruinas de piedras, vigas y tejados. Paso por delante de una de las casas mejor conservadas, la que fue sin duda morada de alguna familia pudiente mantiene aún en buenas condiciones el tejado y una larga balconada que ocupa toda la fachada. De su puerta, de madera maciza todavía cuelga el llamador, una gruesa aldaba con la cabeza de un león en el centro.


Justo al lado, pero algo apartada de la calle, hay una ermita. La distingo enseguida porque la fachada, lo único que todavía sigue en pie, está rematada por una cruz de piedra. Me dirijo hacia allí y reparo entonces en otras cruces que se entreven entre un grupo de árboles que están a su izquierda. Debe ser el cementerio del pueblo, pienso, y aunque estoy a punto de dar media vuelta y tomar el camino de regreso a casa, sigo andando hacia allí.


Me acerco al camposanto y asomo la cabeza medio escondida tras un árbol, sin decidirme a entrar. Hay dos hileras de lápidas, algunas medio hundidas en la tierra, cruces torcidas en precario equilibrio, ángeles sin cabeza o sin brazos, rotos en pedazos. Algo separadas, como si los muertos allí enterrados no quisieran estar cerca de los demás, cuatro o cinco lápidas con restos de lo que fueron grandes esculturas: medio cuerpo con los brazos extendidos hacia el cielo y un rostro sin nariz con gesto suplicante, un angelote gordezuelo con las alas rotas yaciendo sobre la piedra.


Fue entonces cuando le vi. Y en el primer momento pensé que realmente era un fantasma, un muerto viviente que había salido de su tumba en plena noche y le había sorprendido la mañana tirado sobre aquella losa negra. Negra y fría. Su ropa era la de Tomás, y su pelo, y la forma de su espalda, pero ¿qué hacía allí con los brazos abiertos en cruz, tirado boca abajo abrazado a una lápida?


(Continuará)

viernes, 7 de mayo de 2010

Hecho



¡Por fin! Aún no se puede apreciar bien porque está recién salido del horno, pero estoy satisfecha con el resultado. Y encima el tatuador, paisano, un asturiano encantador (en la forma en que los asturianos somos encantadores, claro, que no todo el mundo nos coge el punto). Estoy feliz, aunque a alguno no le ha hecho ni pizca de gracia (tengo "morros" para una buena temporadita), pero digo yo que mi cuerpo me pertenece y lo adorno como mejor me parece y no me meto con lo que hagan los demás, o con lo que no hagan que al fin y al cabo, es otra opción.


Bien, dicho esto, me disculpo por la tardanza en colgar nuevo capítulo del Santón, pero tengo que alegar en mi descargo que anduve un tanto liada, y un poco vaga también, lo confieso. Y es que debe ser la primavera con tanto cambio climatológico, o que se yo. Pero tranquilos, que este fin de semana me pongo las pilas y como mi Ave Fénix resurgiré de mis cenizas para dar la tabarra un poco más, por no perder la costumbre.

Felices sueños.

viernes, 23 de abril de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Diez)


Me despierto dos o tres veces durante la noche maldiciendo no haber traído un puñetero despertador. Quiero levantarme pronto y esperar a que Tomás pase hacia el campo para acompañarle. No se trata solamente de que ya he vagueado bastante y es hora de hacer algo de provecho, es que necesito mantenerme ocupada, a ver si dejo de darle vueltas a la cabeza y me olvido de todas las sensaciones que despierta en mi ese hombre.

La luz de la mañana se cuela en mi habitación a través de la ventana que dejé abierta anoche, es hora de levantarse. Me doy una ducha y me dedico a preparar un buen desayuno, echando un vistazo de vez en cuando hacia el camino por ver si veo acercarse a Tomás. Es Rufus el primero que aparece en mi campo de visión, con su andar cachazudo gira la cabeza de tanto en tanto para asegurarse de que su amo le sigue. Saco las tostadas del fuego y salgo a saludarles.

– Buenos días, madrugadores – les digo, esforzándome por olvidar la imagen de ese cuerpo desnudo que mi pensamiento evoca a cada momento.

– Buenos días, tu sí que has madrugado hoy.

– Acabo de preparar el desayuno ¿me acompañas?

– ¡Vaya! Si lo llego a saber… ya he desayunado, pero te acepto un café.

Lo dice mientras deja en el suelo el capazo que cuelga de su hombro y se acerca a tomar asiento en el porche. Rufus se acuesta a sus pies.

– ¿Te ayudo? – le oigo preguntar.

– No, ya está listo – respondo desde la cocina, levantando la voz.

Me acomodo frente a él y le miro de reojo mientras unto de margarina una tostada. Parece distraído mientras remueve su café.

– ¿Qué tal el paseo de ayer?

– Bien, muy bien, el paisaje es precioso y la vista desde allá arriba, espectacular.

– ¿No se te hizo muy pesado?

– No, que va, descansé un buen rato junto a la cascada.

– Volviste tarde ¿no? – al oírle casi se me atraganta el café.

– Un poco, se me fue el santo al cielo ¿me oíste llegar?

– No – y me mira directamente a los ojos al responder – pero tardé en ver luz en la casa. Estaba preocupado por si te habías perdido.

– Gracias. ¿Puedo ayudarte en el campo? – pregunto intentando cambiar de tema.

– Sí, claro. Precisamente hoy tengo cosecha para recoger y encajar. Hay un pedido pendiente de servir. Voy yo haciendo marcha, te espero allí.

– Recojo todo esto y en un momento estoy contigo.

Asiente con la cabeza.

Recojo un poco la casa, hago la cama y lavo los platos y tazas del desayuno. Estoy nerviosa, siento una especie de cosquilleo en la boca del estómago. Esa mirada, cuando me ha dicho que no me oyó llegar, me dejó en vilo. ¡A la porra! Da igual si me vio por la ventana, da igual si me oyó. No tienes que dar explicaciones a nadie, Cristina, métete eso en la cabeza de una vez por todas.

Me explica como tengo que recolectar los tomates para meterlos luego en un cajón de los que tiene en una pequeña caseta. Luego les toca el turno a los pepinos, lechugas, calabacines… De vez en cuando desaparece por el camino empujando una carretilla en la que los ha ido apilando según se llenaban. Trabajamos en silencio, parando a beber agua cuando sentimos la boca reseca por el calor. Noto las gotas de sudor resbalando por la espalda y colándose entre los pechos. En uno de sus primeros viajes con la carretilla trajo un gran sombrero de paja para cubrirme la cabeza. Agradecí su gesto, aunque me hizo sentir un poco idiota, exponiéndome a coger una insolación. Menos mal que me acordé de ponerme protector para la piel antes de salir de casa o corría el peligro de acabar roja como una gamba.

Debe ser mediodía cuando da por terminada la recogida.

– Ya hemos terminado, podemos comer y descansar un rato.

– ¿Qué tienes que hacer ahora con todo esto? – le pregunto.

– Esta tarde lo distribuiré en cajas pequeñas y luego vendrán a recogerlas.

– ¿A recogerlas? ¿Cómo?

– En un todo terreno. Viene Mario a por ellas, y él se encarga de hacerlas llegar a su destino.

– No sabía que los coches podían llegar hasta aquí.

– No cualquier coche y no por el camino que conoces. Hay otro que viene a enlazar con el que cogiste ayer para subir a la montaña, detrás de la casa. ¿Vienes a comer?

– ¿Contigo? – no se por qué lo pregunto, y me arrepiento de haberlo hecho. Me ha salido una extraña entonación entre sorpresa y temor.

– No soy tan mal cocinero, si es eso lo que crees.

– No, no, perdona, se que ha sonado rara la pregunta, es sólo que… estaba pensando en otra cosa. Gracias, pero prefiero prepararme cualquier cosa y tumbarme un rato ¿Cuándo quieres que me acerque para ayudarte?

– Cuando te parezca, si no estoy en casa, estaré en la parte de atrás, en el almacén, ya verás la puerta abierta.

– Nos vemos luego.

Me doy una ducha para refrescarme y salgo luego al porche, con el plato de ensalada que me acabo de preparar. Más que un plato es una enorme ensaladera llena a rebosar, donde los colores se disputan entre sí el protagonismo: tomate, lechuga, zanahoria, rabanitos, pepino, remolacha, cebolla tierna, espárragos, pasas y nueces que traje cuando vine, huevo cocido y queso fresco… hum… deliciosa. Después del festín, me quedo dormitando en la mecedora, mientras disfruto del frescor de la brisa que viene del mar.

Cuando entro en el almacén, Tomás está sentado en una pequeña silla de madera distribuyendo la verdura en cajas. Son de madera, pequeñas, de unos cinco kilos aproximadamente, y en cada una de ellas coloca un número determinado de las distintas variedades que hemos recogido por la mañana. Le observo un rato fijándome en la forma en que las coloca y le imito. No hemos intercambiado más que el saludo que nos dirigimos cuando llegué. Cuando las cajas están llenas, les coloca una tapa, también de madera, que clava ayudándose de una pistola de grapas a presión. Luego pega una etiqueta con la dirección de envío.

Cuando ya casi está terminando, se escucha el ruido de un coche acercándose, y al momento un hombre saluda desde la puerta.

– Buenas tardes, ya estoy aquí ¿cómo va eso?

Me parece reconocer esa voz, pero antes de que me de tiempo a asociarla a un rostro, el hombre está ante mí, saludándome.

– ¿Qué tal? ¿Cómo le va? ¿La hace trabajar muy duro este sinvergüenza?

Es el camarero del pequeño bar de Arriete. Debo tener la sorpresa reflejada en la cara, porque se echa a reír con ganas.

– No me mire así que no soy un fantasma.

– Lo siento, no esperaba verte aquí. Y bien, me va muy bien. Y otra cosa, deja de hablarme de usted, por favor.

– De acuerdo. Soy Mario, señorita…

Y me tiende la mano.

– Cristina.

– Es un placer verte de nuevo.

– Lo mismo digo.

– ¿Has acabado con las presentaciones? Deberías empezar a cargar todo esto en el coche.

El tono de su voz parece brusco pero una sonrisa burlona se dibuja en su rostro. Mario le devuelve la sonrisa y me parece intuir cierta complicidad entre los dos, que parece relegarme a un rincón oscuro del almacén.

– ¿Te quedas a cenar? – le pregunta Tomás.

– Pues claro, es lo menos que puedes hacer.

– ¿Nos acompañas? – pregunta dirigiéndose a mí.

– No, gracias, estoy cansada y quiero acostarme temprano.

Es la segunda vez en el día que rechazo su invitación. Deseo decir que sí, y digo que no, debo ser idiota. Bien pensado, no es una posibilidad, soy idiota.

(Continuará)

jueves, 8 de abril de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Nueve)


(Imagen: Susana Vacas Pérez)


Se me hace pesado el primer tramo del sendero, casi es mediodía y el sol calienta con ganas, pero, poco a poco, la vegetación se va haciendo más abundante y las copas de los árboles amortiguan con sus grandes sombras la fuerza del astro rey, que es apenas un punto luminoso allá en lo alto. Sorprendentemente mi mente está tranquila, no pienso en nada en particular, ando concentrada en los sonidos de mi alrededor y mis pasos van adquiriendo un ritmo regular. Me fijo en el contraste de colores, verdes de todas las tonalidades, hojas rojizas que destacan entre ellos, y aquí y allá, desperdigadas a lo largo del camino, flores amarillas, blancas, moradas. No conozco su nombre ni tampoco las de los árboles bajo los que me cobijo, soy una urbanita acostumbrada al asfalto y todo esto es demasiado novedoso para mí. Tanto, que me cuesta asimilar este silencio.


No he cogido reloj, pero debo llevar andando dos o tres horas. Al final de una revuelta me paro a otear el horizonte y distingo allá abajo la casa de Tomás. Bebo un poco de agua y prosigo la ascensión hasta llegar, después de otras dos horas, más o menos, hasta el nacimiento del río. Hace rato que oigo el murmullo del agua, que ha ido creciendo en intensidad según me acerco. En un claro, entre rocas, una potente cascada de agua cristalina, cae con estrépito formando remolinos de espuma. Me acerco hasta un roca y me siento a contemplarla. Desde allí se puede ver el fondo de pequeñas piedras blanquecinas, cerca de la orilla hay otras más planas, como losas, con un ligero manto de musgo verdoso. Me descalzo y sumerjo los pies en el agua helada, y de inmediato siento como la circulación se acelera hormigueando mis piernas. Demasiado fría para darse un baño, pienso cuando la idea de hacerlo me ronda por la cabeza.


Saco de la mochila un sanwich vegetal que me había preparado y lo como despacio, saboreando cada bocado. Luego me tumbo a descansar a la sombra de un árbol, y me entretengo mirando los fragmentos de cielo que puedo entrever entre sus ramas. Caigo en la cuenta de que en todo el día no pensé en Juan Luis, ni en los pollos. Y me alegro, me alegro tanto que no puedo evitar reír. Y mientras río y río, siento que algo en mi interior está rompiendo ataduras con cada carcajada.


Se me ha ido el santo al cielo y tengo que acelerar el paso para que la noche no me pille de camino, aún así, cuando llego al final del sendero, junto a la casa de Tomás, reina un absoluto silencio. Estoy a punto de llamar a su puerta, pero me arrepiento en el último momento temiendo molestarle. Quizá se ha acostado ya, cansado después de un largo día de trabajo, me digo. Y echo andar hacia la pequeña cabaña que es ahora mi casa. Cuando estoy a medio camino, me parece escuchar una suave melodía y vuelvo sobre mis pasos. Me acerco con sigilo, intentando no hacer ruido. No está bien espiarle, pienso, pero no puedo evitar sentir cierta curiosidad. Y de todas formas, Rufus no tardará en notar mi presencia.


Me acerco a una ventana iluminada por una tenue luz azulada. Cuando pasé por aquí no estaba encendida, estoy segura. Quizá estaba en la ducha, o en la cocina preparando la cena. Como en una película de espías me quedo en cuclillas, esperando el momento oportuno para levantar la cabeza y mirar por los cristales, mientras esa música extraña no deja de sonar. Me decido por fin y me yergo lentamente hasta ver qué pasa allá dentro. Tomás está sentado de espaldas al lugar en el que me encuentro. En un primer momento parece que estuviese haciendo meditación o algo parecido, pero me doy cuenta de que sus brazos se mueven de forma casi imperceptible, como si manipularan algún objeto que tuviese entre las piernas.


El corazón me da un vuelco cuando se levanta de repente, pienso en agacharme, pero la visión de su cuerpo desnudo me deja inmóvil, con los ojos clavados en su piel que parece pintada de azul al reflejarse en ella, la luz de una pequeña lámpara que hay sobre la mesa. Afortunadamente no se da la vuelta, sólo deposita algo sobre una silla y sale de la habitación. Desde mi posición no puedo verlo bien, pero parece una calabaza partida por la mitad, con una especie de finas hojas de metal encima que brillan con la luz. Me escondo justo en el momento en que vislumbro la sombra de Tomás a punto de entrar en mi campo de visión. Cuando vuelvo a mirar, está nuevamente sentado de espaldas tocando otra vez esa mágica música.

Me obligo a apartarme de la ventana y encaro el camino a casa. No he visto a Rufus por ningún sitio, seguramente andará en una de sus escapadas en busca de aventuras. Sólo después de ducharme el cansancio se hace presente. Me preparó un café y salgo a sentarme en el porche mientras lo tomo. La imagen de Tomás, desnudo, asalta mis pensamientos, una y otra vez. Mi sexo se humedece. Por primera vez en mucho tiempo me dejo llevar por las sensaciones que esa visión me produce. Y me acaricio, me acaricio lentamente imaginando que son sus manos las que rozan mi piel. Mis pezones reaccionan ante el estímulo y se hacen visibles a través del fino tejido de la camiseta que los cubre. Mi mano se desliza lentamente bajo la goma del pantalón del pijama hasta rozar el pubis. Se agita mi respiración cuando los dedos toman contacto con el clítoris y siento como mi sexo segrega ese líquido tibio que hace que resbalen suavemente hacía su interior. No hago nada por contener mis jadeos, que son claramente audibles en el silencio de la noche. Muevo rítmicamente mis caderas que aceleran su vaivén haciendo que mis dedos penetren más profundamente con cada embestida, hasta que siento ese latigazo fugaz e intenso que hace vibrar cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo, como el último estertor antes de morir. Tan intenso que me deja agotada con la palma de la mano cubriendo mi sexo que aún palpita con los coletazos finales del placer.


Acurrucada en la cama pienso en cuánto tiempo hacía que no me masturbaba. Jamás lo hice mientras estuve con Juan Luis, ni luego. Alguna vez lo deseé, es cierto, pero me hacía sentir culpable, como si estuviese traicionándole… ¡qué tontería!. Y me duermo, con los labios curvados por una sonrisa.


(Continuará)


martes, 6 de abril de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Ocho)


(Imagen: Miriam Schulman)

Cuando abro los ojos, la luz del sol incide directamente sobre mi cama. Mi primera intención es salir de un salto de debajo de las sábanas, pero recuerdo que estoy de vacaciones en un casa perdida sobre una colina, que nadie espera que le prepare el desayuno, nadie, nadie me espera. Y lo que hace unos días podía ser frustrante, me provoca hoy una sensación de ligereza, como si de pronto a mis pies les hubiesen crecido un par de alas. Me desperezo no sin cierta voluptuosidad y aspiro los olores que se cuelan por la ventana abierta, hasta que por fin me decido a poner los pies en el suelo.


Lo primero es lo primero, aquí y en el fin del mundo, un café bien cargado es el combustible que necesito para empezar el día, así que pongo la cafetera al fuego mientras voy al baño. Al poco tiempo, un reconfortante aroma se extiende por la casa. Con una buena tostada crujiente en una mano, y una taza de café en la otra, salgo al porche y lo deposito todo sobre la mesa. El sol ya está muy alto, pero allí, con el mar al fondo sopla una ligera brisa. Miro hacia las tierras de cultivo y distingo a Tomás, recolectando tomates, me parece. Como si hubiese detectado mi presencia, levanta la cabeza, tocada con un gran sombrero de paja, y mira hacia la casa. Levanto la taza de café en señal de ofrecimiento, y es entonces cuando me doy cuenta de que estoy en bragas.


Recuerdo que después de disfrutar del fantástico amanecer, me quité el pantalón del pijama y esta mañana ni me acordé de él. Entro disparada a por él, rogando mentalmente que Tomás no se haya dado cuenta. Cuando vuelvo a salir está subiendo el par de escalones de entrada al porche.


– Buenos días ¿has dormido bien?

– Sí… bueno, no del todo. Me costó un poco coger el sueño por eso se me han pegado las sábanas ¿te apetece un café? ¿un zumo? ¿agua?

– Tomaré un café con un poco de hielo, gracias.


Parece inmutable, como siempre. Le sirvo el café y me siento frente a él, que ha acercado una mecedora y permanece en silencio, con la mirada perdida en el horizonte.


– ¿Y Rufus? Es raro no verle junto a ti.

– No creas, desaparece de vez en cuando, a veces se pierde por la montaña, otras baja hasta el pueblo. Seguramente busca compañía de su misma especie. Luego vuelve hambriento y cansado, hasta la próxima.

– ¿Y tú? ¿No te aburre estar solo?... bueno, ya se que viene gente, como yo ahora, pero no me refiero a eso.


Permanece un rato pensativo.


– A veces.


Es escueto y deduzco que no le apetece hablar de ello, así que me limito a asentir en silencio.


– Me gustaría dar una vuelta por los alrededores ¿crees que puedo subir hasta esa montaña del fondo?

– Sí, claro que sí. Hay un sitio precioso, el nacimiento del río que se ve desde aquí. Es una buena subida pero no tienes prisa y los días son largos. Coge el sendero que sale de la parte de atrás de mi casa y síguelo, no tienes pérdida.

– Mañana, si quieres, puedo echarte una mano. Hoy me apetece estar sola, caminar, conocer un poco todo esto.

– No tienes que darme explicaciones. No te olvides de llevar agua y algunas provisiones. Que lo disfrutes, y gracias por el café.


Se levanta, vuelve a colocarse el sombrero que había dejado sobre la mesa y se dirige otra vez al campo. Recojo las tazas del desayuno y voy a vestirme y preparar la mochila.


Cuando salgo de la casa preparada para mi excursión le veo otra vez agachado, rebuscando algo en la tierra. Silbo, e inmediatamente levanta la cabeza. Agito la mano en señal de despedida.


(Continuará mañana)

jueves, 1 de abril de 2010

Es tiempo de... CICLONES


Mi buen amigo Wolffo, excelente y simpático bloguero, se presenta con su grupo de música LOS CICLONES a lgtelleva buscando la oportunidad de participar en el festival de Rock in Río que se celebra este verano en Madrid. ¿Qué necesitan para ver cumplido su sueño?... nuestros votos, nada más fácil y sencillo. Si queréis echarles una manita (basta con algunos clicks), pincháis aquí y el propio Wolffo os explica de forma amena y sencilla el mecanismo de votación.
Y si os apetece escuchar algunas de sus canciones, ésta es su página de youtube donde podéis deleitaros con los vídeos de sus interpretaciones.
¡Vamos, chicos! votar es gratis y los chavales (cuarentones, pero chavales) se lo merecen.

Aprovecho para desearos felices vacaciones. A la vuelta encontraréis nuevos capítulos de "el Santón" que espero disfrutéis.

Buen regreso.


domingo, 28 de marzo de 2010

viernes, 26 de marzo de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Siete)


Les observo alejarse con paso lento. Estos dos parece que todo lo hacen despacio, con toda la calma del mundo, como si el tiempo no contase para ellos. Cuando era jovencita, me regalaron un perro, uno de esos callejeros que vino al mundo después de que su madre se dejó montar por el primer macho que se cruzó en su camino. Todas las tardes le sacaba a pasear por un descampado que había cerca de casa, se pasaba todo el rato yendo y viniendo, correteando, se adelantaba un buen trecho y volvía a la carrera. Sin embargo, Rufus, camina tranquilo al lado de su amo, no se si es que está cansado, viejo, o se contagiaron mutuamente esa parsimonia.


Cuando termino de colocar las pocas pertenencias que traje, me dedico a limpiar la cabaña. En un pequeño armario en la terraza, encuentro lo necesario. No es que esté sucia pero me gusta el olor a limpio que impregna el aire cuando por fin termino. Me meto en la ducha y estoy un buen rato bajo el chorro de agua templada, en el punto exacto de temperatura que me gusta. El agua sale con fuerza golpeando mi cuerpo como finas agujas, sobre los pechos llega a hacerme daño. Luego, cojo una manzana y me siento en una de las viejas mecedoras del porche.


Me sorprendo al mirar el reloj y darme cuenta de que ya son las cinco de la tarde, con razón mi estómago empezaba a reclamar algo sólido. Desde aquí la vista es magnífica; a los pies de la colina aparecen pequeños pueblos desperdigados aquí y allá, todos cerca del sinuoso curso de un río que parece nacer en una montaña cercana. A lo lejos el mar, uniéndose con el cielo, con el horizonte como única separación entre ellos. A la derecha de la cabaña distintos trozos de tierra de cultivo, rodeando un pozo de agua con la cuerda colgando y el cubo apoyado en el brocal, como los de antaño.


Me quedo dormida acunada por el vaivén de la mecedora. Cuando abro los ojos está oscureciendo y una fresca brisa hace que me estremezca. Entro en la casa y busco algo para echarme por encima, todo está en silencio. Me preparo un café y salgo otra vez al porche. Enciendo un cigarro. Llevaba algún tiempo sin fumar, pero desde que se marchó Juan Luis volví a hacerlo. Y ahora me apetece. Seguramente es una tontería pero esa pequeña luz que se ilumina cuando aspiro el humo, hace que me sienta menos sola. Y es que la soledad empieza a aplastarme como una losa.


Podría acercarme hasta la casa con cualquier excusa, Tomás está a cuatro pasos de aquí, pero no quiero hacerlo, no puedo dejarme vencer por esta sensación. He dejado, a propósito, olvidadas las pastillas que desde hace meses tomo para poder dormir. Me sentía tan perdida en aquella cama, tan insignificante, tan poca cosa. Quería descansar, dejar de pensar, parar de una vez de darle vueltas a lo mismo, pero era imposible, y las noches se me hacían eternas, con los ojos abiertos de par en par, mirando fijamente el techo o las paredes. Paredes vacías desde aquel día en que decidí tirar a la basura todo lo que me recordaba a Juan Luis. En el último momento me arrepentí, y lo metí todo en un caja en el rincón más oscuro del armario de la habitación pequeña, en la que se guardaban los “por si acaso”.


Antes de acostarme, me asomo a la galería, desde donde puedo ver una parte de la casa de Tomás. A través de una de sus ventanas se distingue una luz azulada. Acurrucada en la cama escucho el silencio, apenas interrumpido por sonidos leves que atraviesan las paredes. Me levanto al amanecer sin haber pegado ojo y cuando salgo al porche el espectáculo es sobrecogedor. El sol empieza a aparecer en el horizonte, emerge del mar, radiante, tiñendo de naranja y rojo el azul de sus aguas, elevándose al cielo con la majestad de un dios. Hacía tiempo que no disfrutaba de algo tan hermoso y natural a un tiempo. Todos los días amanece, pero hacía mucho que yo no me daba cuenta. Me meto de nuevo en la cama con la imagen del sol aún en mis pupilas. Por fin, duermo.

(Continuará)


jueves, 18 de marzo de 2010

Y en todas las esquinas...

... se oye cantar


Despertant els nostres cors,
Valencia riu.
Per la senda de les flors
ya ve l'estiu.
Creua el carrer la xicalla
replegant els trastos pa la falla;
i manté la tradició
d'esta cançó...
¿Hi ha una estoreta velleta
per a la falla de Sant Josep,
del tio Pep...?
I van juntant lo que els veins els van donant
per a buidar el porxe.
¿Hi ha una estoreta velleta
per a la falla de Sant Josep?,
I amb una estella del muntó
se du el compas de esta cançó.
En les cares de la gent
tot es content.
Xiqueta meua
que del carrer eres l'ama
per culpa teua
tinc el cor encés en flama.
No te separes
del caliu del meu voler,
reineta fallera,
que si me deixes
un ninot tindré que ser,
¿Hi ha una estoreta velleta
per a la falla de Sant Josep?,
per a la falla del teu carrer.

Despertando nuestros corazones,
Valencia rie...
Por la senda de las flores,
ya viene el verano...
Cruza la calle la chiquillería
recogiendo los trastos para la falla
y mantiene la tradición
de esta canción.
¿Hay una esterilla viejecita
para la falla de San José,
del tío Pepe?
Y van juntando lo que los vecinos les van dando para vaciar el porche...
¿Hay una esterilla viejecita
para la falla de San José?
Y con una astilla del montón
se lleva el compás de esta canción...
En las caras de la gente
todo es alegría...
Chiquilla mía
que de la calle eres el ama
por culpa tuya
tengo el corazón encendido en llama.
No te separes
del calor de mi querer
Reinecita Fallera
Que si me dejas
un muñeco tendré que ser...
¿Hay una esterilla viejecita
para la falla de San José?
Para la falla de mi calle.


Hum... yo diría que huele a pólvora...


...estamos en FALLASSSSSSS !!!!!!!!!

Perdonen las molestias






domingo, 14 de marzo de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Seis)


Estuve pensando si cogía el coche para ir hasta Arriete o lo hacía en el tren de cercanías, finalmente me decidí por éste último, lo que aumenta la sensación de alejamiento que empieza a embargarme. Vuelvo a hacer parada, ya casi obligada, en el pequeño bar de la plaza. El camarero me recibe con una gran sonrisa y me aconseja probar su especialidad, unas brochetas de verdura asadas a la brasa. No tenía pensado comer nada pero ante su insistencia, me decido a probar una. ¿Siempre te muestras tan contento trabajando en domingo? Le pregunto cuando se acerca a la mesa con el plato y la bebida. No, es que me alegra verla de nuevo, responde mostrando su perfecta y blanca dentadura. ¿Puedo saber por qué? Sí, claro. Va a la casa de la colina ¿me equivoco? No, no te equivocas, pero no entiendo qué tiene que ver una cosa con la otra, a no ser que percibas alguna comisión por visita. Suelta una carcajada. Tenia una expresión muy triste cuando paro aquí ayer por la mañana, estaba como perdida y abandonada. Hoy ya parece otra persona. ¡Vaya! Sí que debe ser milagrosa esa casa, aún no he llegado y ya está ejerciendo sobre mi su beneficioso efecto… estás de broma. No lo estoy, me responde muy serio, y usted ya se ha dado cuenta así que no disimule conmigo, no me tome por tonto. Está bien, disculpa, no pretendía ofenderte. Anda, dame la cuenta, por favor, o me darán las tantas aquí charlando.


Camino tan ensimismada con la mochila a cuestas que me sorprendo de pronto tarareando una canción. No se cuánto tiempo hace que no cantaba. Antes siempre lo hacía, en los primeros años con Juan Luis, mientras limpiaba la casa, cocinando, en la ducha. Él decía que parecía un jilguero. No se cómo fue que dejé de hacerlo, quizá porque le impedía escuchar la televisión o le desconcentraba, quizá porque en lugar de jilguero empecé a convertirme en loro. Y bailar. También me gustaba bailar. Lo bailaba todo: tangos, pasodobles, boleros, bachatas… los pies se me iban solos en cuanto la música empezaba a sonar. La última vez que lo hice fue aquella noche que me fui con Cata.


Juan Luis estaba en Londres, en su viaje de fin de carrera. Era sábado y a media mañana se presentó Catalina en casa. Esta noche nos vamos de juerga, tú y yo. No, Cata, le dije, no me apetece salir ¿dónde voy a ir sin Juan Luis? Te recuerdo, me respondió, que el señorito está en Londres, que has sido tu quien le ha pagado el viaje y que ni siquiera ha tenido la decencia de llevarte con él. Y además, que me apetece salir, hace un montón de tiempo que no nos divertimos juntas. Vamos, Cris, no me hagas suplicar, por favor. Está bien ¿Y Santi? Por Santi no te preocupes, está encantado de perderme de vista una noche y quedarse tranquilo en casa viendo el fútbol.


Fuimos a cenar y luego a bailar. Bailamos y nos divertimos como un par de adolescentes. No paramos de reír en toda la noche, a lo que contribuyo el vino que tomamos con la cena. Llegué a casa de madrugada, agotada y dichosa. Durante mucho tiempo recordé esa noche cuando sentía que me podía la tristeza. Y siempre se dibujaba en mi cara una sonrisa, que rápidamente intentaba disimular si a Juan Luis se le ocurría mirarme. No le dije nada sobre esa escapada, cuando me preguntó dónde estaba que no contesté a su llamada. Qué inoportuno, pensé, lleva una semana fuera sin noticias de él, y se le ocurre llamarme justo la noche en que decido salir. Quizá fue su tomo de reproche lo que me hizo tomar la decisión de no contarle nada. Cené con mi madre, inventé sobre la marcha, y como se hizo tarde me quedé a dormir en mi antigua habitación. ¡Cuántas veces temí que se le ocurriese preguntarle! Pero, ahora me doy cuenta, no entraba en sus cálculos que le mintiese, pensaba que yo era incapaz de hacer nada sin él, y no se equivocaba.


Cuando por fin llego a la colina, no hay rastro de Tomás y Rufus. Sólo el canto de los pájaros posados sobre las copas de los árboles rompen el silencio. Me acerco hasta la puerta de la casa grande, que efectivamente no está cerrada con llave. Giro la manivela y se abre, pero me arrepiento y vuelvo a cerrarla de inmediato. Tengo la impresión de estar husmeando en su intimidad. Voy hasta la cabaña de la que me habló ayer y me sorprendo al verla en su totalidad. Ayer apenas le di un vistazo y me pareció mucho más pequeña. Es un edificio de madera, de forma rectangular. Delante tiene un pequeño porche en el que están colocadas una mesa redonda y dos mecedoras antiguas, como las que tenía mi abuela en la casa del pueblo. Nada más entrar hay una sala con mesa y cuatro sillas, separada de la cocina por una especie de arco de madera con una media puerta como las de los salones de las películas del oeste. Dejo en el suelo la mochila y me dirijo al interior, hacia un corto pasillo con dos puertas. La de la izquierda es el baño y la de la derecha el dormitorio. Armario, una cómoda, otra mecedora y una cama grande componen su mobiliario. Al final del pasillo, otra puerta acristalada se abre hacia una especie de galería con una pila para lavar la ropa y cuerdas para tenderla.


Empiezo a sacar las cosas de la mochila y ordenarlas en el armario. Coloco los comestibles en las alacenas de la cocina y en la nevera, y las cosas de aseo en un pequeño armario del cuarto de baño. En ello estoy cuando una silueta se dibuja en el dintel de la puerta. Una no, dos.


¿Todo bien? Me dice Tomás cuando salgo al porche a saludarles. Bien, muchas gracias, estaba colocando las cosas y acomodándome ¿dónde estábais? Recogiendo plantas, me dice señalando el capazo que estaba trenzando ayer, lleno a rebosar, y del que se desprende una gran variedad de olores. Si necesitas alguna cosa, ya sabes donde encontrarme. Gracias, y a ti también, Rufus, por la visita. El enorme perrazo se ha acostado en el porche mientras su amo y yo conversamos. Se levanta con parsimonia al ver que Tomás recoge del suelo el capazo y ambos echan a andar en dirección a la casa.

(Continuará)


viernes, 12 de marzo de 2010

De la que escribe, el santón y otras historias.



Me apetece contar hoy la manera en que voy plasmando en letras las historias que cuento en este Patio, un poco para que aquellos que las seguís podáis entender el porqué en ocasiones los capítulos se dan con cierta asiduidad y otras, por el contrario, parece que los cuelgue con cuentagotas. Y no lo cuento porque piense que "deba" (entre comillas) dar explicaciones, si no porque de vez en cuando está bien hablar un poco de mi y mis circunstancias, mis manías o costumbres a la hora de escribir. Algo así como un pequeña charla entre amigos. Esto es un blog personal y un poco Cajón Desastre, en el que cabe casi todo.


Empecemos por mis circunstancias. Aquellos que me conocen, tanto en la red como a nivel personal, saben que tengo una familia y un trabajo. Esto último espero conservarlo a pesar de la famosa crisis, a no ser que tenga la tremenda suerte de que me toque la primitiva, cosa bastante improbable. Y tanto la una (la familia) como el otro (el trabajo) hay días en que no me dan un respiro. No se yo si como Cristina, mi protagonista, no necesitaría largarme de vez en cuando una temporadita a una casa en la colina, con santón o sin él. O al Camino de Santiago como hice el año pasado, perdida e ilocalizable para todo bicho viviente, pero eso no es lo habitual. Lo habitual es no tener suficientes horas en el día para hacer todo lo que quisiera, porque además de las obligaciones están las devociones: ir al gimnasio tres o cuatro días a la semana, pasear, leer, ir al teatro, charlar con los amigos, y alguna cosa más que no voy a contar (algo tengo que guardar para mi sola).

Y seguimos con la forma en que surgen las historias. A veces cuando empiezo a escribirla aquí ya está terminada, como quien dice. Mentalmente tengo pensado el inicio, la trama y el desenlace, así como los personajes protagonistas. La cosa está hecha en un plis-plas. Bien es verdad que a veces pienso en una historia corta y luego, poco a poco, van apareciendo detalles, que dicho sea de paso, no se de dónde salen, y se alarga un poco más, pero el eje principal está ya escrito. Otras, y es el caso del Santón de la colina y alguna más que he colgado anteriormente, la historia se va escribiendo capítulo a capítulo, por lo que ahora mismo no tengo ni idea de lo que va a hacer Cristina en la casa de la colina, de si puede pasar algo entre ella y Tomás, o de como acabará la historia. Ni idea. ¿Qué no me creéis? Lo prometo. En estos casos casi siempre son los mismos personajes los que con su reacciones van configurando la historia. No se si llegan a tener vida propia, pero si no es eso, se le parece mucho.

Es por eso que igual puedo colgar dos o tres capítulos casi seguidos, como puedo tardar más tiempo del que quisiera entre uno y otro. Y es en esos largos intervalos en los que la dichosa historia no se me va de la cabeza, le doy vueltas y más vueltas esperando que sus protagonistas me indiquen cuál es el camino que debo seguir. A veces tardan los muy cabrones, hasta que me ven tan desesperada que se apiadan de mi y me lo muestran con un gesto de conmiseración que me dan ganas de ponerles en ridículo en el próximo capítulo o matarlos, directamente.

¿Qué estoy loca? Bien, eso ya deberíais saberlo.

Y para ponérmelo más difícil, soy incapaz de escribir si no es en el teclado de mi ordenador. Será una tontería, no digo que no, pero algo debe tener que es rozar sus teclas y los dedos cobran vida propia. Lo del papel y boli no es lo mío. Y mira que lo he intentado, porque podría muy bien aprovechar ese tiempo muerto de esperas en el dentista, en los trayectos en tren, en la cola del supermercado, e incluso en ese descansito en el trabajo para tomar un café. Nada. La mente en blanco, el boli que no se mueve, y los personajes de turno durmiendo la siesta y dejándome sola ante el peligro... ¡desagradecidos!.

Ya veis lo que tiene que sufrir una para contar esas tonterías que se me ocurren. Pero estos días Cristina y compañía se están portando y el próximo capítulo está a punto de caramelo. Espero que lo disfrutéis.

No me enrollo más y me pongo a la faena.
Feliz viernes... ¡uy! si ya casi es sábado... si cuando yo digo que las horas pasan volando




jueves, 11 de marzo de 2010

Imán de ti (AUTORA: Amalia Iglesias)


(Imagen: Renacer del mar de Juan Hierro)

Imán de ti

Tengo una atmósfera propia en tu aliento
La fabulosa seguridad de tu mirada con sus constelaciones íntimas".
Vicente Huidobro


Cuando te pienso se desatan atractores extraños,
mi cuerpo se desplaza,
se hace trizas en todas direcciones para encontrarte.
Y así vuelvo a nacer cuando te abrazo.
En el microclima de tu piel
mis briznas se conjugan con verbos desconocidos,
se recomponen
lejos de las palabras párvulas y huérfanas.

Así vuelvo a nacer
con los poros imantados de ti.
Tu piel tira de ellos en la distancia.
Hundo mis pies en tu océano,
me abandono a la química de las pasiones,
y a un solo movimiento tuyo
se ordenan mis hormonas, mis células, mis glándulas,
en el concierto del deseo sin ataduras
ni sintaxis.

Y creo más en ti
que en el silencio sobrecogido de las catedrales.
Contigo sobrepaso el umbral de todas las incertidumbres,
en ti el cobijo, el dintel,
mi bóveda, mi ménsula, mi arquitrabe gozoso,
me edificas, me construyes, me sostienes.

El metropolitano ruge debajo de mi casa
como un dragón de horario estremecido
y yo me protejo en la fortaleza de tus extremidades,
vadeo un río toda la noche para buscar el refugio de tu origen.

Tú mi atmósfera, mi espacio abierto
para entrar y salir sin centinela.
Traes un aire nuevo entre tus labios
y ya no sé respirar fuera de ti.
Cuando tú no estás
el cielo detiene sus hélices de plomo,
se enrarecen las palabras
y no saben decirte.

De "La sed del río"

Autora: Amalia Iglesias

martes, 9 de marzo de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Cinco)


En el trayecto de vuelta no dejo de pensar en lo que voy a hacer, y sobre todo, en que es la primera vez que tomo una decisión pensando sólo en mi. Siento que toda mi vida he estado preocupándome por actuar como los demás esperaban que lo hiciese, poniéndome en el lugar de los otros para entender su punto de vista, eludiendo las discusiones, tratando que las personas que me rodeaban no encontrasen en mi un motivo para entristecerse o enfadarse. Siempre, desde que tengo uso de razón. Cuando era niña y me tentaba hacer pellas con las amigas, automáticamente pensaba en mis padres, en lo mal que les iba a hacer sentir. Si alguna vez, durante la adolescencia, respondía bruscamente, me arrepentía de inmediato y corría a pedir perdón. Y no es que fuese una santa, no… si alguien hubiese podido escuchar mis pensamientos…más bien debía tratarse de algún gen defectuoso que me hacía anteponer siempre el bienestar de los demás al mío propio.


Y lo mismo con Juan Luis. Me plegaba a sus deseos, y lo más gracioso es que no lo hacía forzada, no, lo hacía con gusto. Ahora pienso que en realidad estaba reprimiendo mis propios deseos. Le convertí en el centro de mi vida. Poco a poco dejé de frecuentar a los amigos, sólo porque a él parecía que ninguno de ellos le caía bien. En realidad ni siquiera lo suyos le resultaban agradables, aunque nos veíamos de vez en cuando. Siempre decía que los amigos le quieren a uno para beneficiarse de alguna forma y que mantener las distancias era la mejor forma de evitar que te pidiesen favores. ¿Qué favores iban a pedirle a él? Dinero, seguro que no, pobre desgraciado. Me daría de hostias por estúpida y cretina.


Catalina fue la única que peleó por nuestra amistad con uñas y dientes, sin importarle los desprecios que recibía no pocas veces de Juan Luis. En esas ocasiones, ella le miraba de una forma especial y luego siempre hacía el mismo gesto, ese que hacemos cuando nos quitamos un pelo o una mota de polvo que se nos ha posado en el hombro. Luego me guiñaba un ojo y siempre me hacía sonreír. A pesar de su mutua antipatía, se que siente lo que ha pasado, ni siquiera ella lo esperaba. Sabía que era un cabronazo, me dijo cuando se enteró, pero no creí que llegase a tanto.


Casi sin darme cuenta estoy de nuevo en la plaza de Arriete. Antes de volver a casa entro en el bar a comer algo, la caminata me ha abierto el apetito. Me siento en una mesa del fondo y pido un pincho de tortilla y un poco de queso. Aprovecho para llamar a mi jefe, prefiero hablarlo por teléfono, no sea que se le ocurra ponerme alguna pega y acabe por convencerme para que retrase el disfrute de las vacaciones. No quiero echarme atrás. Cuando responde a mi llamada, le digo que me gustaría tomarme unas vacaciones, quiero irme unos días, desconectar. Le parece bien, muy bien, me dice, ha estado a punto de sugerirlo él mismo, entiende que necesito alejarme una temporada. Tómate los días que necesites y disfrútalos, me dice al despedirse. Ha sido más fácil de lo que yo pensaba. Doy buena cuenta del refrigerio, pago al camarero y al salir, el chaval se despide con un “hasta mañana” y una bonita sonrisa.


Antes de arrancar el coche llamo a mi madre y quedo con ella para cenar. Se sorprende ante mi invitación que acepta complacida. De camino a casa paro en el centro comercial a comprar algunas cosas , entre ellas una mochila, no me imagino subiendo por el camino que lleva a la casa de la colina cargada con la maleta. Y de paso me doy el capricho de meter en el carro unos pantalones estampados anchísimos de suave algodón y un par de camisetas sin tirantes muy ajustadas. Siempre me he vestido de una forma, llamémosle convencional, mojigata en opinión de Cata, que jamás le ha importado llamar la atención con sus vestidos ceñidos, sus provocadores escotes, o sus blusas transparentes. Siempre me gustó lo orgulloso que se muestra Santi cuando la lleva agarrada por la cintura ante las miradas un tanto lujuriosas de los hombres.


Doy un último vistazo al desparrame de ropa que tengo sobre la cama, preparada para embutirla en la mochila y me voy a la ducha. Me acicalo con esmero y me siento satisfecha del resultado cuando veo mi imagen reflejada en el espejo. No hay nada como verse guapa para elevar la autoestima. Debe ser eso lo que me hace sentir un leve cosquilleo en el estómago, una sensación que tenía olvidada hace tiempo. Recojo a mi madre y nos vamos a cenar a un restaurante muy acogedor que se que le encanta.


Sentadas a la mesa, siento su mirada expectante mientras ojeo la carta. Y bien, me dice cuando no puede disimular más su impaciencia ¿me vas a contar lo que te pasa? Y no me digas que nada, porque no pareces la misma desde la última vez que nos vimos ¿cuánto hace de eso? ¿dos días? Verás, no es nada importante, he decidido irme unos días de vacaciones. En el último momento decidí no decirle dónde voy, no se cuál sería su reacción y la verdad, tampoco tengo ganas de tener que convencerla en el caso de que pusiera inconvenientes a mi decisión. ¿En serio? No me lo puedo creer, responde con los ojos muy abiertos, me alegro mucho hija, es lo mejor que podías hacer. ¿Cuándo te marchas? Mañana por la mañana. Muy bien, cariño, pues disfruta y diviértete mucho, te lo mereces. No, no me digas donde vas, no quiero saberlo. Cuando llegues, me llamas si te apetece. No podré hacerlo, mamá, no voy a llevarme el móvil. Si ocurriese algo grave, habla con Cata. Está bien, mejor así, ya es hora de que te olvides de todos y de todo, ya es hora.


Se nos hacen las tantas charlando, hacía tiempo que no hablaba con ella así, tan relajada, tan… libre. No mencionamos el tema de Juan Luis, no merece la pena. Hablamos de mi, de ella, y por primera vez me doy cuenta de lo sola que ha estado todos estos años desde la muerte de papá, y de lo poco que me ocupé de ella, absorta por completo con el trabajo y pendiente en todo momento de ese cabrón que ocupaba todo mi tiempo. Y la echaba de menos, claro que la echaba de menos, pero ni de eso me daba cuenta. Cada vez entiendo menos como me pude dejar comer la cabeza de ese modo. No, ya no sirve la excusa del amor. El amor no puede ser eso, estoy segura.


El día amanece espléndido. Me levanto temprano y me preparo un buen desayuno. Le mando un mensaje a Catalina diciéndole que me voy donde ella sabe, y antes de que le de tiempo a responder, apago el móvil y lo meto en un cajón. Ahora no me apetece hablar con nadie. Hasta la vuelta, le digo sonriendo al mono de peluche que cuelga del techo del pasillo, no te muevas de ahí. Cierro la puerta.


(Continuará)

jueves, 25 de febrero de 2010

¡¡¡¡¡¡¡ Oh !!!!!!!!

Si piensas que a estas alturas de tu vida, has perdido la capacidad de sorprenderte, te equivocas. Siempre puede haber alguien capaz de devolvértela... ¡palabrita del niño Jesús!.



Esa especie de santón que vive en la colina (Cuatro)


Me pregunto por enésima vez qué estoy haciendo aquí. En lugar de hacer caso a Cata, podía sencillamente haberme largado a cualquier parte. Otra ciudad, incluso otro país, y empezar de nuevo. Deja de soñar, Cristina, me digo a mi misma, y pisa firme el suelo, no tienes estudios, no sabes hacer nada, excepto cualquier cosa que se le pueda hacer a un pollo. La Cristina optimista responde que en todas partes hay mataderos de pollos y yo tengo buenas referencias ¿por qué no iba a encontrar trabajo? Y estudiar, aún soy joven. En el fondo se que no podría vivir lejos de la familia, de mis amigos, en otro entorno que no sea éste. Es inútil, Cris, no le des más vueltas, quizá esto de resultado.


Envuelta en tales pensamientos llego al final de la cuesta donde acaba el camino que lleva hasta la casa. Es un edificio cuadrado y grande, rodeado de ventanales. Delante una gran explanada sombreada por media docena de árboles de frondosas copas. Allí entre los árboles, resguardados del sol, distingo a un hombre sentado en una silla baja que parece muy concentrado trenzando una especie de capazo de esparto. A su lado, con igual concentración, un perrazo enorme se afana con un hueso que sujeta entre las patas delanteras. Ambos levantan la vista a un tiempo, me miran un momento, y vuelven a su tarea. Lo han hecho de forma tan sincronizada que casi me da la risa.


Al llegar frente a ellos, vuelven a mirarme fijamente.


– Hola, buenos días, busco a Tomás.

– Hola, yo soy Tomás, él es Rufus.


Y no se qué decir ¿por dónde empiezo?. Mientras, Tomás sigue trenzando las tiras de esparto y Rufus me mira como si esperase algún saludo de mi parte.


– Hola, Rufus – parezco tonta saludando a un perro, pienso. Pero parece que él se da por satisfecho y deja de prestarme atención para concentrarse en su hueso.

– Catalina me dijo que viniese a verte, que tu podrías ayudarme.

– ¿Ayudarte? Catalina se equivoca, yo no puedo ayudarte.

– ¿Por qué no? Todavía no te he dicho lo que me pasa.

– Ni falta que hace. Sea lo que sea lo que te pase o lo que buscas, debes encontrarlo por ti misma. Nadie va a ayudarte. Si lo que necesitas es contar tus problemas y qué alguien te explique su causa o el remedio milagroso para solucionarlos, has venido al sitio equivocado. Búscate un amigo que te consuele, o cualquier psicoanalista que examine tu caso, seguro que te encuentra algún trauma infantil que ni siquiera sabías que estaba ahí.


Apenas levanta la voz, pero su tono brusco me deja clavada en el sitio, de pie, mirándome otra vez la punta de las zapatillas. ¿Quién se cree que es este tipo estúpido y maleducado?, pienso, pero no oso abrir la boca. Cuando me doy cuenta está frente a mi, supongo que esperando que le responda. Por primera vez, alzo los ojos y me fijo en su aspecto, tan distinto del que me había imaginado. Es alto y fuerte, con el pelo moreno y muy corto. Viste una vieja camiseta y pantalones tipo bermudas, y calza los pies con zapatillas de tela y esparto. Parece más un soldado o un boxeador que un anacoreta solitario. Sus ojos grises y fríos me miran fijamente.


– Oye – me dice frunciendo la nariz – hueles a pollo.

– Vete a la mierda.


Doy media vuelta dispuesta a marcharme por donde he venido, cuando siento que me coge del brazo. Estoy furiosa, muy furiosa. Así que me giro hacia el otro lado y le asesto un puñetazo directo a la boca con toda la fuerza de la que soy capaz. Se queda un momento atónito, el golpe le ha pillado por sorpresa. Aprovecho para soltarme y echar a andar con grandes zancadas.


– Vete a la mierda, gilipolla, vete a la puta mierda – repito como una letanía al ritmo de mis pasos.

– Espera, por favor, espera.


En un momento, me cierra el paso.


– Perdona, no quería ofenderte, lo siento de veras. Tengo un olfato muy fino, sobre todo para la carne, y al acercarme a ti… Perdóname. Empecemos de nuevo ¿quieres?


La rabia ha ido dejando paso a una sensación de frustración, de pena por mi misma. Estoy a punto de llorar y no quiero hacerlo delante de un desconocido, pero su expresión parece sincera, y sus disculpas. Asiento con la cabeza de forma casi imperceptible, y él me toma del brazo suavemente.


– Ven, vamos a la sombra o acabaremos achicharrados con este sol. Siéntate un momento.


Obedezco en silencio.


Bien, te diré lo que puedes hacer. Puedes quedarte aquí los días que quieras, en la pequeña cabaña que hay ahí detrás ¿la ves? Vuelves a casa, coges lo que precises y regresas. Puedes traer provisiones para dos o tres días, después tendrás que trabajar para comer.


He debido poner cara de sorpresa porque hace un ademán con la mano como para que espere a que me explique.


– Hay muchas cosas que puedes hacer. Cultivo productos naturales, sin pesticidas ni abonos artificiales, para consumo propio y para la venta, aunque no lo creas tienen salida en el mercado. Puedes ayudarme y te ganas así la comida. Cuando creas conveniente, te marchas, simplemente.

– ¿Y eso es todo? – no puedo evitar reírme. ¿Para esto he venido hasta aquí? ¿Para esto he consentido que me trates como a una imbécil? No me lo puedo creer.

– ¿Qué esperabas? ¿Polvitos mágicos capaces de solucionarte la vida, agua milagrosa o un conjuro? Ya te lo he dicho antes, yo no ayudo a nadie.

– Pero ¿y esa gente que dice que aquí ha encontrado la solución a sus problemas y que les ha cambiado la vida?

– No se si han solucionado sus problemas, pero han hecho exactamente lo mismo que te acabo de proponer a ti. Quizá sólo les hacía falta volverse a encontrar a si mismos, alejarse temporalmente de la rutina de su vida diaria, observar su situación desde otro punto de vista, como si fuesen otra persona distinta, quizá, no lo se. Y tampoco les pregunté.

– ¿De cuánto tiempo estamos hablando?

– A mi no me preguntes, eso es cosa tuya.

– Pero yo tengo que trabajar, no puedo largarme de la noche a la mañana.


Levanta los hombros desentendiéndose de mi. Se acaricia la cara, en el lugar en que le asesté el puñetazo y hace un movimiento con la mandíbula que le provoca un ligero rictus de dolor mientras vuelve a tomar asiento para continuar con las trenzas.


Me quedo pensando qué decisión tomar. No se lo que quiero. Me doy cuenta que casi siempre soy incapaz de analizar mis sentimientos. No se si quiero irme o quedarme, salir de esta situación angustiosa o hundirme en ella y regocijarme en el dolor. No se si odiar a Juan Luis o compadecerme de mi misma. Soy una estúpida ignorante que nunca pensó en si misma y quizá sea éste el momento de aprender a hacerlo. Reconocido esto, tomo una decisión: hablaré con mi jefe y disfrutaré mis vacaciones. Será la primera vez que lo haga.


– Está bien – digo dirigiéndome a Tomás – creo que volveré mañana para quedarme.

– Si no estoy por aquí, vas acomodándote en el cabaña, dejaré la puerta abierta. A veces voy al otro lado de la montaña a recolectar algunas hierbas aromáticas.

– De acuerdo.

– La puerta de mi casa también está siempre abierta, si sientes hambre o sed, entra y coge lo que quieras.

– Gracias.

– Una cosa más.

– ¿Si?

– No te acerques al gallinero, los pollos ni tocarlos.


Iba a mandarle otra vez a la mierda, pero su sonrisa maliciosa le delató, bromeaba. Le hice un gesto obsceno con el dedo índice y tomo el camino hacia el coche.


(Continuará)