Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

miércoles, 18 de febrero de 2009

La negra Azucena



La negra Azucena se lleva prendidas todas las miradas.

La siguen los hombres al ritmo que marcan sus pechos altivos, entreabren la boca casi babeante cuando les saluda camino de casa y ellos se imaginan entre aquellas tetas, lamiendo y mordiendo sus duros pezones. También las mujeres siguen sus andares, esas largas piernas, morenas, brillantes, y bajo la tela suave de su falda se entreveen sus nalgas de carne apretada. Les come la envidia.

Ella anda despacio, subiendo con calma la empinada cuesta que lleva a su calle. Sonríe y camina, camina y sonríe, con el alma rota y los pies cansados. Cuando abre la puerta del pequeño cuarto en el que malvive, el negro Basilio ya se ha levantado. Su nariz percibe un ligero aroma a café caliente entre los olores que inundan el cuarto. Se sirve un tazón mientras que Basilio prepara la manta. Hoy hacen mercado en el barrio nuevo, quizá venda algo. No hablan, se miran. Azucena, de pie ante la mesa, piensa que un día de estos trincan a su negro y no vuelve a casa. Basilio a su espalda le aprieta los pechos, restrega su sexo, le besa en el cuello, le empuja con ganas.

Espera mi negro, espera un momento, susurra Azucena, mientras se separa tapando su boca cuando ya Basilio intenta besarla. Aún nota el sabor que dejó en sus labios la última mamada. Se lava a conciencia con la poca agua que sale del grijo, y luego se deja montar por el negro que exhibe su verga dispuesta y ansiosa. La negra está ausente, hoy no siente nada, se le formó un nudo en medio del pecho, como una gran bola hecha de tristeza, de miseria, de asco. El negro se corre. Después se le queda mirando un momento, le busca la boca, y siente al besarla algo muy extraño, un intenso frío que cala los huesos.

Basilio se viste, se para en la puerta, intenta quitarse un presentimiento. Ella le sonríe y le tira un beso, entonces suspira y sale a la calle.

La negra Azucena rebusca en su bolso y con mucho cuidado saca un envoltorio. Ya va a hacer tres meses que el cuerpo no sangra, y antes de los dos, su amiga Felicia, que es un poco bruja, lo vaticinó: mi negra, no busques otra explicación, te preñaron hija, te jodieron bien. Aún de madrugada, cogidas del brazo, fueron a buscar a la seña Petra, una mulatona grande como un buey que dicen que tiene todos los remedios: ungüentos, pomadas, mejunges, hierbajos, bebedizos dulces… con mucho secreto le vendió a Azucena hierbas milagrosas que la harán sangrar.

En un viejo cazo se prepara el agua y cuando está hirviendo echa un puñadito, y otro, y otro más. Mientras que reposa se pone a rezar, hace tanto tiempo que ya ni se acuerda, pero poco a poco viene a su memoría una retahíla de cortas plegarias que cuando era chica, antes de acostarse, solía enunciar. Se toma el brebaje, se mete en la cama y cierra los ojos. La mata el cansancio de todas las noches pateando la calle y casi sin notarlo se queda dormida.

Un grito de angustia la hace despertarse, es noche cerrada, se encuentra muy mal: le duele la tripa, se agarra, se dobla. ¿Dónde está Basilio? Por entre las piernas empieza a notar algo que se escurre, un líquido tibio que fluye despacio mojando las sábanas. Siente las mordidas de un perro rabioso, allí, en las entrañas, la va a destrozar. Se muere de frío, tirita, está ardiendo, se acurruca aún más. El dolor la rinde, se vuelve a dormir.

El negro Basilio no ha tenido suerte, fallaron las cuerdas, se rompió la manta y él echó a correr, pero ya los polis le echaban el guante, no pudo escapar. Llora por su negra que estará esperando presa de la angustia porque no llegó.

Hombres y mujeres, todos cuchichean cuando en la ambulancia, meten la camilla llevando el cadáver que encontró una noche su amiga Felicia, cuando preocupada porque hacía unos días que no la veía, la vino a buscar. La Felicia llora, sentada en el suelo, luego un gran suspiro, se suena los mocos. Ya saca del bolso un pequeño espejo, retoca los labios, se pinta los ojos, se arregla el escote y estira con fuerza de su minifalda. No es tiempo de penas, hay que trabajar.

La negra Azucena se lleva prendidas todas las miradas.

jueves, 12 de febrero de 2009

De principios y finales

Dicen que todo tiene solución menos la muerte, y debe ser verdad porque armándose de un poco de paciencia y con la ayuda del paso inexorable del tiempo, los problemas empiezan a parecer menos graves. A veces porque se encuentra la solución adecuada para ellos, y otras porque acabamos adaptándonos a esas situaciones, sobre todo si contamos con el apoyo y la ayuda de los que nos quieren. Y en eso yo tengo mucha suerte.


Y bien, si alguien estaba frotandose las manos pensando que por fin se había librado de mi, ya puede ir quitándose esa idea de la cabeza, porque será dificil hacerme abandonar este patio y ese vicio de torturar con mis historias a los ingenuos lectores que pasan por aquí.


Para corroborar mi afirmación, os dejo un viejo relato que escribí allá por el 2005 (señor, cómo pasa el tiempo) mientras acabo de escribir el último cuento que mi cabecita anda imaginando.


Sed bienvenidos, de nuevo a mi Patio.




De principio y finales

Esta situación tiene que acabar- fue el primer pensamiento de Merche al despertar aquella mañana de principios de verano. Bueno, lo de despertar era un modo de hablar, porque realmente no había conseguido conciliar el sueño, como casi cada noche, desde hacía algún tiempo.

No llegaba a entender cómo podía mantenerse en pie y acudir al trabajo cada día. No dormía, y comía lo justo para no desmayarse, por lo que la ropa se le quedaba grande por momentos. No podía olvidarle, era del todo imposible. Durante el día, miles de detalles la llevaban a pensar en él, y por la noche, su mente no dejaba de imaginar situaciones en las que volvían a encontrarse.
Permanecía allí, postrada en la cama, sin fuerzas par levantarse y empezar un nuevo día. Evocaba, una y otra vez, aquella noche mágica en que hicieron el amor. Sólo una. Él había sido el amante más experto y el más cándido, al mismo tiempo. Pero no era esa la razón por la que su recuerdo no la abandonaba. No. Ya había tenido antes buenos amantes. Era algo inconcreto, que ella se negaba o no sabía nombrar. Era una especie de posesión, como si se le hubiera metido dentro y anduviera corriendo por la sangre, impregnando todas sus vísceras con una potente droga que la hacía padecer un terrible síndrome de abstinencia.

No hablaron de amor, ni de volverse a ver. No hablaron de seguir con esa extraña relación, ni tampoco de acabar con ella. Todo había quedado en el aire, sin promesas ni despedidas. ¿Y qué podía hacer ahora?.

Durante un tiempo, habían seguido hablando y escribiéndose de vez en cuando. Pero, sin ella conocer el motivo, él fue alejándose poco a poco. Sin explicaciones. No hubo ruptura, continuación, ni reinicio.

No podía echarle nada en cara porque, al fin y al cabo, nada se prometieron. Quizá, solo ella se había hecho ilusiones. Ilusiones sin consistencia, fruto de su deseo. Ilusiones que, como un castillo de naipes, cayeron desparramadas con una pequeña brisa que entró por su ventana.

Se mira en el espejo y casi se asusta de su propio aspecto. Sus ojos ya no tienen el brillo que los caracterizaba, ahora están hundidos y rodeados de negras ojeras. Están vacíos y muertos. En su desmejorado rostro, destaca la nariz afilada entre las hundidas mejillas. Se despoja de la bata que la cubre y continúa con su crítica mirada. Esta vez, está dispuesta a enfrentarse con su imagen. Siempre poseyó un bonito cuerpo, con curvas insinuantes, aunque no exageradas, que hacían la delicia de los hombres. Ahora, la delgadez había hecho mella en él: los pechos, que nunca fueron abundantes, aparecían colgantes y sin atractivo alguno; se le notaban las costillas; y sus piernas, que habían sido su orgullo, se veían delgadas en exceso.

Esta situación tiene que acabar- vuelve a pensar, y a falta de un consuelo mejor, se conforma con esta idea que parece fijarse en su mente por momentos...

Se mete bajo la ducha y deja que el agua se lleve por el desagüe las últimas huellas de sus caricias. Eso se imagina, eso es lo que quiere creer. Si pudiera desprenderse de su recuerdo tan fácilmente. Si pudiera abrir su corazón y rociarlo con gel de aroma de jazmín. Si pudiera, luego, apuntar en su centro el chorro de agua ardiente y acabar con cualquier sentimiento. Si pudiera...
Hoy quiere volver a estar guapa, tiene que recobrar su esencia, volver a vivir. Se maquilla despacio, intentando devolver a su rostro la alegría perdida por algún rincón olvidado, pinta de un rojo indecente sus labios carnosos. Abre el armario y elige un bonito vestido veraniego, lleno de grandes flores. Se sube en lo alto de sus sandalias preferidas, aún a costa de partirse la “crisma” en algún traspiés y sale a la calle.

La recibe una claridad cegadora, que hace que rebusque rápidamente en su bolso, las gafas de sol. Y echa a andar, tranquila y serena, respirando el aire ocioso de la ciudad en una mañana de sábado.

Mira, descarada, a la gente con la que se cruza, amparada tras sus gafas oscuras. Hace tiempo que no practica su juego preferido: observar las caras de los viandantes y adivinar su estado de ánimo. Últimamente siempre iba enfrascada en sus pensamientos, caminando como una autómata sin fijarse en nada. Ve una bonita terraza frente a la Alameda y se dirige hacia allí. Se sienta en una mesa dispuesta a disfrutar de un café bien frío.

Se entretiene observando a un anciano con buena planta que ojea el periódico, una joven mamá con dos niños pequeños que se pelean por su batido de chocolate, un grupo de jovencitas que ríen y charlan en voz alta, y cuya conversación le llega entrecortada por el ruido del tráfico de la ciudad, una pareja de enamorados que se come la boca como si sólo ellos habitasen el planeta. Instintivamente desvía su mirada, no quiere recordar.

Sus ojos se posan en un hombre que toma una cerveza en una mesa cercana. Su rostro le parece conocido y empieza a mirarle insistentemente. ¿De qué le conozco?- piensa. Sabe que jamás se equivoca tiene muy buena memoria para las fisonomías, el problema es que muchas veces no logra asociarlas a las personas que pertenecen. Se da cuenta, que él también la está mirando y empieza a esbozar una sonrisa. Él se está levantando de su asiento y se dirige hacia ella decidido. Entonces le reconoce.

- ¡Merche! ¡cuánto tiempo sin verte! ¿cómo estás?.
- ¡Álvaro! No te había reconocido. Lo siento, habrás pensado qué hacía mirándote con tanta insistencia.

Se besan en las mejillas. Álvaro es un antiguo amigo y amante. Tuvieron una relación no demasiado larga: él se enamoró, ella no. Así que, cuando las cosas empezaron a tomar visos de relación más estable, Merche salió corriendo. Durante algún tiempo, él insistió: la llamaba, quería verla; pero ella se negó de forma tajante.

Empiezan a hablar de viejos tiempos, de cómo les ha ido a cada uno la vida, de que estás muy delgada pero guapísima, de que tú también estás muy bien, de que ninguno de los dos se casó. Y mientras, Merche se pregunta ¿por qué se enamora siempre de quien no debe? ¿por qué no quiso a este hombre o a cualquier otro?. Y hace un repaso mental de su vida amorosa, mientras asiente y contesta a Álvaro, casi de forma automática. Piensa que ha tenido suerte con los hombres que la amaron, y ella se dejó querer, pero no se entregó, jamás se dio plenamente. Y la única vez que se enamora es de la persona equivocada. También tenía que tocarle a ella, y la vida se estaba cobrando ahora su precio. Sólo él, el que no puede olvidar, en una noche, borró de su mente todas las noches pasadas y futuras. Se hizo el dueño de su cuerpo y de su alma, y se siente impotente para echarlo de allí.

Álvaro está feliz por haberla encontrado, y ella decide que quizá es otra oportunidad que le brinda esta puta vida. En su interior, sabe que no es esa la solución, pero quiere sentirse amada, quiere saberse importante para alguien.
Deciden comer juntos y seguir recordando...

Y recuerdan. En el apartamento de Álvaro, ella vuelve a sentir sus suaves caricias, expertas y certeras, vuelve a percibir esos labios, esa boca ya olvidada, recorriendo su cuerpo, adueñándose de nuevo de sus recovecos, de su olor y sus jugos. Se siente recorrida por las corrientes de deseo, que como ríos desbocados confluyen en su centro vital, en el punto en que estalla el placer. La traspasa el amor que ese hombre siente por ella y le embarga la tristeza. No puede, no puede amarle.

Y está tendido a su lado, feliz, ignorante de los pensamientos que cruzan por la mente de Merche, que no ha podido dejar un momento de pensar en él, en el que no la abandona ni por un momento. Sintió miedo de pronunciar su nombre en el momento del orgasmo. Y calló. Se obligó a permanecer muda, jadeando, pero sin pronunciar palabra alguna. Se pregunta si es tanto lo que ella pide. No quiere promesas ni palabras de amor, sólo que le diga lo que siente, que le hable de sus miedos y de sus sueños. ¿Por qué le resulta tan difícil? Es, como cuando le haces a alguien un regalo, ilusionada, y el obsequiado lo abre, lo mira... y calla. Y el obsequiante se queda esperando expectante. Entonces, llegan las cavilaciones y como un detective analiza las pistas: un gesto, una sonrisa, una mueca. A veces, cuando se siente optimista, piensa que sí, que algo sentía por ella, que volverá a dar señales de vida, que la llamará. Otras, en los días grises, pierde toda esperanza y se maldice por capulla y gilipolla, y se pierde por negros túneles donde no luce el sol, mientras deja que la apatía se apodere de su alma.

Merche ha vuelto a casa, después de despedirse de Álvaro y quedar en llamarse. Enciende el ordenador y mira el correo: nada. Tampoco está conectado. Como una tonta vuelve a ojear el teléfono, con la liviana esperanza de no haberlo oído sonar. Se engaña, claro, y ella lo sabe.
Se queda sentada en la silla, con la vista fija en la pantalla, esperando quizá un milagro. Se acabó, piensa, voy a apagar este trasto y olvidarme de él. Le tiembla el pulso, pero está dispuesta a hacer. Y el corazón le da un vuelco cuando el cartelito le anuncia que acaba de conectarse. Al momento la ventana de conversación aparece con un “Hola”. Merche se queda mirando la palabra mágica y sabe que todo empezará de nuevo, mientras por centésima vez escucha una de sus canciones preferidas:

Ya estoy curado, anestesiado,ya me he olvidado de ti...Hoy me despido de tu ausencia, ya estoy en paz...Ya no te espero, ya no te llamo, ya no me engaño.Hoy te he borrado de mi paciencia,hoy fui capaz...Desde aquel día en que te fuiste,yo no sabía que hacer de ti.Ya están domados mis sentimientos.mejor así...Hoy me he burlado de la tristeza,hoy me he librado de tu recuerdo,ya no te extraño, ya me he arrancado,ya estoy en paz...Ya estoy curado, anestesiado,ya me he olvidado.
Te espero siempre, mi amor,cada hora, cada día, cada minuto que yo viva...
Te espero siempre, mi amor...Te quiero... siempre, mi amor...Se que un día... volverás...No me olvido y te quiero...
Te quiero siempre, mi amor

“Hola”, responde. Y sabe que su vida, como la canción, es una total contradicción.


miércoles, 28 de enero de 2009

Esta madrugada - Amaral

Sólo un poco de música en una noche triste.

jueves, 15 de enero de 2009

Ausencia


(Imagen: La Silla de Van Gogh)
Durante un tiempo, que espero sea corto, asuntos familiares me obligan a ausentarme. Mi deseo es encontraros aquí a la vuelta, mientras tanto podéis ser felices... si os viene de gusto.

domingo, 11 de enero de 2009

Siempre puede ser peor (Autor: K)



(Otro desenlace escrito por K, para la historia "Desesperación" Gracias, maestro, por asomarte a este patio y regalarme tus letras)


— ¡Tú, pringao, dame la pasta!

No tendrá más de diecisiete... Sí, un crío, pero no le tiembla la mano, hijo de puta, cómo aprieta ese revolver ¿De dónde…? El níquel del cañón, del tambor, del gatillo montado, brilla con la luz de las farolas. Hijo de puta, un crío pero si doy un paso seguro que me deja seco ¡Seco! ¡Sí, seco! Pues ya que yo no tengo cojones, que sea este mocoso el que haga el trabajo sucio. Entre el arma y él sólo tres pasos. Coge aire. Embiste. El miedo se esconde bajo la rabia. ¡Vamos, chico, vamos! Pero el muchacho no dispara, se desorbitan sus ojos, da un paso atrás, otro, otro, mira hacia los lados. El adulto está como loco ¡Hijo de puta…! ¿Qué haces? ¡Vamos! sólo se fija en el cañón, se le echa encima, le agarra. Forcejean. ¡Serás… tu tampoco tienes cojones… cabrón! Se escucha un disparo. Las convulsiones del chico, ya boca arriba en el suelo, son cada vez menos aparatosas; hasta que queda inmóvil. Sólo conserva la mitad de la cara ¿Y el revolver? El adulto se mira la mano. ¿Pero cómo…? El hueco del cañón aún humea. Lo mira. ¿Cómo…? ¡No puede ser! ¿Cómo…? ¿He sido yo? Se agacha. Pone dos dedos de la mano libre en una de las muñecas del muchacho. Nada. Nada. Se fija, son pequeñas, los dedos suaves, sin callos. Pero si era un crío, un puto crío de diecisiete años, un puto… sin cojones, como... ¿Y yo; en qué estaría pensando yo para…? ¿Y ahora…? ¿Qué hago? Mira a su alrededor. Es tarde, no se ve a nadie. El cielo está raso, a pesar de las luces de la ciudad esta noche se aprecia lleno de estrellas. Lo mira. ¡Dios! ¿Qué hago? Ayúdame. ¡Dios! Mi mujer… ¡Qué lío! ¿Qué disgusto cuándo…? Mi hijo. Y sí… Nadie lo ha visto. Vuelve a mirar. Pero no. No ¿Cómo olvidar…? Mira lo que queda de la cara del muchacho. Mejor… La pistola. Se la acerca a la sien. ¡Vamos, vamos! ¡Cabrón, vamos! ¡Vamos! Pero nada.

— ¡Policía, quieto, deje el arma en el suelo, tranquilo, ponga sus manos en la nuca!

Él obedece y el cañón del revolver rebota contra los cantos del suelo.
Puta vida. Ahora a aguantar lo que caiga. Una última mirada al muchacho mientras un policía le sujeta los brazos atrás y le esposa. Y el recuerdo. Y mi esposa. Y mi hijo. Qué disgusto cuando… A unos pasos de él el revolver sigue tirado en el suelo. Nada. En este puto mundo sólo hay dos, los que son capaces de pegarse un tiro y los que no. Ahora a aguantar lo que caiga. Y con buena cara. Seguro que las cosas aún podrían ir peor.

sábado, 10 de enero de 2009

Desesperación


Apoyado en la barandilla de la azotea, deja vagar su mirada por la solitaria avenida por donde, de tarde en tarde, se deja ver algún automóvil a toda velocidad. Son las cuatro de la madrugada y no sabe muy bien por qué ha subido allí, quizá para sentirse más cerca del cielo. Mira hacia arriba, hacia esa oscura inmensidad en la que brillan algunas estrellas. Intenta imaginar al dios en el que le enseñaron a creer desde que era un niño. Y le ve, le ve reírse de él, una risa cruel y despiadada. ¿Por qué? Pregunta en silencio. Él siempre ha sido un buen hombre. Se ha pasado la vida trabajando como un esclavo desde que, con catorce años, murió su padre (es otra de las cosas que tiene pendientes con ese dios), y se convirtió de la noche a la mañana en el padre de todos: de sus cuatro hermanos y hasta de su madre. Él era un chico responsable. Malditos. Trabajó y trabajó sin descanso, por la mañana en un sitio, por la tarde en otro. Estaba ya casado cuando se propuso ir a la Universidad, y sin dejar ninguno de sus trabajos, logró sacar la carrera. Se paso años durmiendo sólo tres o cuatro horas diarias. Y nunca salió de su boca una queja. Mientras, seguía ocupándose de todos. Cuando alguien de su familia tiene un problema acuden a él. A sus cuarenta y siete años acaba de darse cuenta de que su vida ha estado llena de la vida de los otros. Nunca ha hecho nada que le llenase a él plenamente. Ahora tiene una casa, una buena posición social y profesional, un gran coche, y algo de dinero ahorrado. Tiene esposa y dos hijos. Tenía dos hijos. Esta mañana enterró a uno de ellos. Diecisiete años, un golpe tonto y sin sentido con la moto, dos semanas luchando entre la vida y la muerte, y luego… nada.

Tiene ganas de gritar mirando al cielo.

Y no entiende nada. Le han estado engañando siempre. Y él, como un pardillo, ha creído en ese dios justo y todopoderoso al que rezaba. Ahora está perdido porque no tiene ningún punto de apoyo, no sabe de dónde agarrarse. Y no puede pedir ayuda a nadie porque todos dependen de él. Tienes que ser fuerte, eso es lo que le han estado repitiendo todo el día. Pero él ya no es fuerte, está derrotado. Por primera vez se ha dado cuenta de la enorme piedra que lleva sobre las espaldas y lo está aplastando. Sabe que acabará pegado en el suelo como un chicle.

Mira al vacío. La tentación es fuerte. Y por un momento, una sensación de paz le invade. Sería bueno descansar, sentirse ligero… terminar. Pero toda una galería de rostros queridos pasa por delante de sus ojos. Manos que se agarran a su camisa y a sus pantalones, manos que le atrapan.

Malditos.

Lanza la colilla del cigarro que estaba fumando. Ha vuelto otra vez a caer en el vicio. Y vuelve a casa. Su mujer está arrodillada, rezando, llorando. Y él siente un odio salvaje, casi incontrolable. Tiene deseos de estrangularla con sus propias manos.

Coge las llaves del coche y sale sin apenas hacer ruido. Vomita mientras baja corriendo las escaleras, manchándose la camisa y dejando un reguero mal oliente a su paso. Cuando se sienta ante el volante, respira profundamente, arranca, y sale disparado a la avenida.

Está llorando y ya no siente esa opresión en su pecho, ese peso en los hombros. No sabe a dónde va, ni tampoco si volverá.

Quizá esta noche sea un mal hombre y cometa alguno de esos pecados que le lleven directamente al infierno. Quizá se haga merecedor de la ira divina. A ver si ese dios todopoderoso tiene cojones para mandarle un castigo mayor. A ver si puede.

Querido diario (Autores: Kluzkl, Después y Desordenada)

Hoy quiero colgar otro de los cuentos escritos a varias manos. En esta ocasión el pistoletazo de salida lo dio KLUZKL que tantas y tantas veces nos retó haciendo que despertásemos de esa especie de letargo en el que parecía encontrarse nuestra imaginación. Él mismo le puso título:




Querido diario



(Imagen: Ana Chavarri)
Kluzkl escribió:

¿Sabes? Ayer debió de llegar alguien a ocupar la parte de arriba del chalet. He visto ropa tendida. No sé, el mes pasado cuando vino el propietario a cobrar no me dijo nada. Pero es una sensación agradable: saber que hay alguien ahí arriba. Esta casa es tan vieja que cruje todo y parece que rondan fantasmas, y está tan apartada… Te tengo a ti pero... aún así ahora me siento menos rara.

Es una señora, una abuelita muy dulce, ayer cuando vi tendidas las enaguas no me lo podía creer ¿Todavía se usan esas cosas? Hoy hemos coincidido en la puerta. Hola joven, me dijo, es usted muy mona, bien, soy su nueva vecina, esto…no será usted de esas que se traen a sus amigos, o a sus novios, y están haciendo ruidos hasta las tantas, es que… ¿sabe, joven? yo me acuesto temprano, nunca más tarde de las ocho, y tengo el sueño ligero, y...La pobre hablaba con tanto desparpajo que no me dejó ni meter baza. Pero es muy simpática, me cae bien.

Problemas: como ya sabes trabajo en un club y mi turno es de diez de la noche a siete de la mañana. Y lo que no me dijo la ancianita es que ella se levanta al amanecer Dios, y lo primero que hace es poner sus vinilos de Antonio Machín, de Manzanero, de Los Panchos… a todo volumen. Y ahí los tiene todo el día, hasta que se va a dormir, que es cuando yo me preparo para salir de casa.

Hoy subí a hablar con ella antes de acostarme y me dijo ¡Ande usted, joven, no sea exagerada, cómo se va escuchar desde su piso mi tocadiscos! pero está bien, para que luego no diga lo pondré más bajito, y me voy para dentro, que se me están haciendo las lentejas, y tengo que vigilarlas, no sea que se me peguen. No pude pegar ojo.

Si la abuela ha bajado el volumen del tocadiscos, habrá sido tan poco que ni se nota.

Hoy volví a subir y le dije que por favor bajara un momento y vería. Me dirigí a ella llamándola abuela y se enfado mucho, me dijo que ella no era tan joven como yo, pero que no por eso tenía que perder el respeto, que muy al contrario. La pedí disculpas, varias veces, hasta que se calmó. Luego insistí que bajara y ella ¡Hala, hala, joven! Que ustedes los jóvenes lo tienen todo solucionado, pero yo tengo muchas cosas que hacer. Y me dio con la puerta en las narices.

Hoy volví a subir y no me abrió, pero la oí murmurar detrás de la puerta, y mirar por la mirilla. Luego la llamé por teléfono, varias veces, y no lo cogió. Y estaba: su tocadiscos.

Hoy la vieja si me descolgó y, sin esperar a que yo dijera nada, me dijo: joven, estoy en mi parte de la casa, y como siga molestándome voy a llamar al propietario, y luego a la policía. Y me colgó.

Como esto siga así, no tendré más remedio, la que ira al propietario seré yo.

El propietario nunca está en su despacho, o está ilocalizable.

La policía me dijo que ellos ahí no tenían nada que hacer, que siguiera insistiendo a la vieja, con buenas palabras, y a ver si la convencía
¿Convencer a ésa? ¿Cómo?

¿Cómo? ¿Cómo?

Tengo que dormir, si sigo así más tiempo mi salud se resentirá, irreversiblemente.

Voy por la calle, en El Metro, en los autobuses, como sonámbula.

Me empiezo a quedar dormida encima de la barra, menos mal a las otra que me tapan, si se enterará el dueño...

Hoy un cliente me invitó y me dormí alternado. Llamó al dueño. Se lo intenté explicar pero me dio un ultimátum: es tu problema, o lo solucionas, o te abres, tú verás.

A pesar de tomar estimulantes empiezo a no poder con los párpados.

Hoy hubo un momento que las luces de la barra me daban vueltas, tiré la bandeja encima de unos. No sabía dónde estaba.

Me cuesta escribir.

Me cuesta razonar.

El dueño me ha dado un par de semanas de vacaciones y me ha dicho que cuando vuelva si sigo igual a la calle.
Durante estas dos semanas voy a poner a las ocho todo lo que tengo y a todo lo que mi equipo de música de. Se va a enterar la puta vieja esa.
Después escribió:

Dejé todas las persianas bajadas y cerré todas las ventanas cuando llegué a casa hace dos horas. Sabía que no sería suficiente. Hace un momento empezó ha sonar otra vez. Como todos los días. Mi pesadilla se repite y no tengo dónde esconderme. Necesito dormir, voy a volverme loca.

Los pasos de unos zuecos con suela de madera recorren el techo entre acordes de guitarra a todo volumen. Dicen Los Panchos, atronadores, que lo dudan. Yo lo tengo muy claro, no puedo seguir así.

Tumbada en la cama miro al techo, es demasiado fino. Harían falta muchas capas de bovedillas rellenas de fibra para evitar que esa horrible música se colase en mi habitación.

¡Dios mío, necesito dormir! Tengo que volver a subir y pedirle a esa vieja que baje el volumen. Sé que hará como las otras veces, dirá que soy una quejica, que no es para tanto, como ella está sorda no se da cuenta de la que tiene liada. ¿Quién puede ayudarme? Aquel policía creía que yo estaba drogada al ver mis ojeras, que era de día y había más ruido por todas partes, dijo. Subieron a hablar con ella y bajaron comiendo sus galletas.

Tengo que acabar con esto. Pero antes va a saber lo que es bueno, voy a pagarle con la misma moneda. Voy a trepar por la celosía, en cuanto anochezca, seguramente la lejía no le gustará a sus geranios, eso, seguro que aparecerán mustios mañana. Y el periquito… ese puto periquito. Las jaulas se caen por accidente, puede soltarse la alcayata por el peso, incluso se abren cuando llegan al suelo y si hay supervivientes… si hay supervivientes, se escapan y no vuelven. Sí. Y la ropa. La ropa recién tendida se mancha de polvo si el viento sopla con fuerza. Quizá esta tarde empiece a soplar el viento. Quizá yo ayude un poco a ese polvo, si no hay viento, a pegarse en esas blancas sábanas. Tengo que concentrarme y pensar. Malditos Panchos y su bandurria y ese Si tú me dices ven. Tengo que acabar con ella.

...Tengo que pensar la manera de sacarla de aquí de una vez por todas.
Desordenada escribió:

Al fin he podido dormir, y pensar, sobre todo pensar en lo que voy a hacer con la puta vieja. Esta mañana recorrí la ciudad hasta que encontré lo que buscaba, me ha costado lo mío, ya lo creo. Me hice con unos cascos de esos que utilizan en las cabinas de tiro y nada más llegar a casa los probé, me los puse y me tumbe en el sofá. De pronto, desaparecieron los Pachos, Machín y su puta madre, el único problema es que tengo que dormir tendida de espaldas, pero no importa, es sólo temporal hasta que me deshaga de ella. Me he despertado mucho más despejada y así he podido razonar con calma.
Mi madre siempre me decía que para dominar a alguien lo mejor es obtener antes toda su confianza, conocer sus secretos, sus circunstancias, ese es el verdadero poder, la única forma posible de vencer al enemigo. Y ella era una experta… algún día te lo contaré, querido diario.
Anoche puse en marcha mi plan. Subí y llamé a su puerta, la muy puta no quería abrirme, pensaba que iba otra vez a montarle la bronca, pero le dije muy suavemente a través de la puerta que necesitaba un poco de sal, es un recurso muy socorrido. Abrió de mala gana. Señora, le dije, en realidad venía a pedirle disculpas, me he portado muy mal, estaba nerviosa y, compréndame, hace mucho tiempo que vivo sola… perdóneme, por favor, dos vecinas que somos no vamos a estar mátame y te mataré… Yo, mientras, lucía mi más dulce sonrisa, ésa que utilizo para camelar a los clientes del club, la vieja se ablandó y me hizo pasar mientras ella iba a buscar la sal. Estuve dando un vistazo al salón, está todo lleno de fotografías de cuando era joven, ataqué por ahí, me deshice en elogios a su belleza, y mostré una sana curiosidad por la cantidad de cachivaches que tenía desperdigados por todos los muebles. Le tiré bien de la lengua. A lo que se ve, fue vedette de una pequeña compañía, de las del montón porque no consiguió triunfar, pero debía ser algo ligera de cascos porque tuvo unos cuantos amantes a los que les sacó los cuartos, aunque no consiguió que ninguno de ellos la llevase al altar. Está sola. Me ofrecí para cualquier cosa que necesitase, son malos tiempos para las mujeres que vivimos solas, le dije, y siempre viene bien tener cerca de alguien de confianza.
Me he pasado todo el día vigilando sus movimientos, es muy importante conocer sus costumbres. A los viejos les gusta la rutina diaria. Se levanta muy temprano y abre todas las ventanas, la manía de airear la casa... y la música a toda caña. Estuve haciendo tiempo, como una hora, y subí a llevarle un trozo de bizcocho. Se quedó muy sorprendida. Estaba limpiando la jaula del pajarraco y poniéndole la comida, me dijo que después de limpiar un poco la casa, esa era su primera ocupación. Sobre las diez de la mañana salió a comprar, volvió a las doce. Come temprano y se pasa la tarde en casa.
Hoy, cuando la oí salir, la espié por la ventana hasta que desapareció al doblar la esquina, luego subí la escalera y abrí su puerta. Un cliente del club me enseñó a hacerlo con una tarjeta de crédito. Me fui directamente a la jaula del periquito. Ha venido a llamarme, estaba histérica, que si yo había oído algún ruido, que seguro había entrado alguien en casa, que su Fermín había desaparecido. Subí con ella mostrándome preocupada. La puerta de la jaula estaba abierta, encima de la mesa: el paquete de comida, el comedero y el bebedero. Le insinué muy suavemente que a lo mejor se le olvidó terminar de limpiar la jaula y el pobre animal se había escapado. Al principio se puso hecha un basilisco, pero conseguí que empezase a dudar. Es fácil que eso ocurra, le dije, tenemos tantas cosas en la cabeza…
Estoy ganando la batalla y tengo que confesarlo, cada vez me gusta más este juego. La vieja está empezando a parecer una loca o una enferma. Ayer le puse un puchero de agua al fuego y cuando llegó casi le da un ataque pensando en lo que podía haber pasado, le cambio las cosas de sitio, meto en su nevera carne o pescado podrido, tiro a la basura sus medicinas… Se ha puesto tan pesada llamando a la policía para denunciar que entran en su casa, que ya no se molestan en venir a ver qué ocurre. Ya me he encargado yo, cuando me preguntan, de insinuar que la pobre está perdiendo la cabeza.
Kluzkl escribió:

No puedo dormir. Tiene su gracia: ahora no duermo por no dejar de pensar en la vieja. Creo que se me fue la mano. Pobre vieja. Ahora siempre hablando sola, por el día. La oigo por la noche cuando me despierto ¡Eh! Llora. Y no para de llorar. Lleva varios días sin poner el tocadiscos, sin salir a la calle ¿Comerá algo? Mira que si por mi culpa... aunque si ella no hubiera sido tan cabezona... Pero es vieja. Y los viejos se vuelven raros. Muy raros. ¿Quién sabe lo que nos volveremos los demás? Lo mismo... ¡Eh! ¡Es la vieja! Cómo llora esta noche. Ahora preferiría Los Panchos y a Machín que a sus lloros. Sí. Se me ha ido la mano con la vieja ¡Pobre! Es vieja. Y con tan mala leche como mamá cuando joven. Qué carácter tenía mamá de joven. Lo mal que nos llevamos cuando yo era chica... nos pasábamos las temporadas muertas sin hablarnos. Cuántas veces deseé su muerte. Aunque no tantas como deseé la mía propia. Morir. ¿Cuándo empecé a verlo como una salida? No sé, pero sería muy chica. El sol salía, sí, digo yo que saldría, pero... ¿Y la lluvia, y los colores, y los trasluces, cuántos soles me perdí? ¿Cuántos años caminé como por dentro de un asqueroso desagüe? Pobre mamá. En cierto modo ella forjó mi carácter, mis... Ella me hizo así. Sé que sin darse cuenta. Pero me enseñó a desconfiar de todo y de todos. A odiar la vida a través del desprecio que me hizo sentir por mi misma. Sí, mamá, sin querer. Sé que lo hiciste sin querer, pero ahora a ver quién me arregla. Sí, mamá, nunca te lo dije pero sin querer fuiste una hija de puta. Sí. Una hija de puta. Hija de puta… la vida. La puta vida. Mamá ¿Por qué tuvo que venirte el parkinson, la artrosis, el relajo...? Tu risa floja. Al final te reías de todo y todo lo que yo te decía te parecía fantástico. Hijita. Hijita. Con qué cariño al final me decías hijita, y no dejabas de abrazarme, ni de besarme ¿Por qué no lo hiciste cuando yo era una niña? Te necesitaba. Entonces necesitaba tu cariño igual que una bocanada de aire ¿Por qué tuvo que venirte toda esa mierda de la vejez para que me enseñaras a amarte? A amar. A amar… cuando yo ya no podía amar. ¿O fue tu fuerza de voluntad, ver el amor con que cuidabas a papá: él ya casi no se movía, y tú le llevabas de la cama a su sillón y del sillón...? Con qué parsimonia le quitabas la caca, le lavabas, le curabas las pupas, le cubrías luego de agua de colonia. Y por la noche siempre pendiente de si él se despertaba, por si quería orinar, o se cagaba o algo. Siempre pendiente de que a papá no le faltara nada, ése era tu afán. Y no parar de moverte a pesar de tu artrosis, de la perdida de vista... Tú no te preocupes por nosotros, hijita, yo me ocuparé de papá, tu tranquila, tú vete por ahí, disfruta de tu mes de vacaciones, o vete con el novio — ¡Uy, yo novio, acabáramos!— Hijita, vete dónde te tengas que ir, que nosotros estamos bien, vete, yo me encargo de papá ¿Por qué tuvo que venir...? ¡Eh! Y la de arriba no para de llorar. Como siga así va a caer enferma de verdad. Hoy la subiré un caldito. Ayer volví a subir a su casa y aquello empieza a oler a cochiquera y, lo que más me asusta, a ataúd ¡Eh! No para de llorar. Vaya nochecita… la vieja empeora por momentos ¡Eh! Parece la puerta de su terraza. Sí, está en la terraza. Con el frío que hace ¿A dónde ira ahora? Va a coger un enfriamiento. Me voy a levantar. Calentaré un poco de leche y se lo subiré ahora mismo. A ver si la tranquilizo ¡Eh! Y ese golpe. Ha sonado como si algo hubiera caído a la calle, justo delante de la terraza ¡No! ¡Por favor! ¡Por favor, por...! Una maceta. Es sólo la maceta de sus geranios secos. Menos mal. Menos mal. La leche. La le... unas galletas. Sí, sí, unas galletas. Y... ¿Qué más, qué más? ¡Ah sí! ropita limpia para su cama. Jabón. Colonia. No para de llorar. Y sigue en la terraza. Tengo que subir, tengo... Llora. Llora. Perdón, perdón. Pobre vieja. A partir de hoy voy a cuidarla. La cuidaré cómo... va a ser como si aún viviera mi mamá.

jueves, 8 de enero de 2009

Ginés, yo y otras circunstancias (Final)

Preparé café bien cargado, no tenía el cuerpo como para ingerir más alcohol, y lo único que me apetecía de verdad era meterme en la cama y dormir. Después de un rato conversando sobre banalidades y cuando empezaba a pensar en echarles de mi casa con cajas destempladas, mamá vino en mi ayuda: deberíamos irnos, ya es muy tarde ¿querrás acercarme a casa, Gines?. Antes de que el interpelado o yo pudiesemos articular palabra, papá se brindó a acompañarla muy gustosamente: yo te acompañaré, querida, deja a los chicos que descansen. No, papá, no te preocupes, le dije intentando devolverle a mi madre el favor, a Ginés no le cuesta nada llevarla. Que no, hija, además quiero hablar con tu madre en privado, debo consultarle algunos asuntos de la casa, cuando quieras podemos irnos, y se levantó galante cogiendo el abrigo de mamá y ofreciéndose para ponérselo. No nos dejó otra opción, imposible inventar alguna excusa creíble, así que nos dimos los besos de rigor y se marcharon. En cuanto cerré la puerta, me encaré con Ginés y apuntándole con el dedo le advertí: Dales diez minutos y ya te estás largando. Vaya, respondió, parece que tengas miedo a quedarte a solas conmigo. No tenía ganas de contestarle, y por toda respuesta me metí en la habitación y cerré la puerta por dentro. Cuando salí con el pijama y el batín puesto, él había cogido uno de los albumes de fotos que llenan todo un estante de la librería. Parecía ensimismado ojeando aquellas fotos y cuando me acerqué vi que se trataba de uno de los que recogían las imágenes de los años del instituto.

Se nos pasó la noche recordando viejos tiempos, riendo ante los rostros adolescentes que nos miraban desde las páginas del álbum. Nunca antes me había dado cuenta, pero Ginés aparecía muy a menudo entre nosotros. ¿Por qué siempre andabas en el medio si no formabas parte de nuestra pandilla? Recuerdo que nos pasábamos la vida echándote de nuestro lado, no te admitíamos en nuestros juegos, ni en nuestros secretos, ni siquiera en nuestras travesuras… no me lo explico. Es muy fácil, me contestó, ¿te acuerdas de Martita? sí, claro que me acuerdo, era una de las más populares del grupo, Marta Cortés, creo que tonteó con medio equipo de futbol y parte del de baloncesto. Pues es mi prima, y además su padre trabajaba a las órdenes del mío, así que mi madre le hacía chantaje a la suya, o Martita me integraba en su grupo de amigos, o de lo contrario mi madre dejaba de invitar a mi tía a las reuniones que organizaban las damas de postín. Yo procuraba pasar desapercibido, prosiguió, sobre todo para no atraer vuestras burlas y ser el blanco de las bromas pesadas del guaperas de turno, pero siempre me las apañaba para merodear a vuestro alrededor.

No, esa noche no hubo sexo, hablando de aquellos años y casi sin darnos cuenta acabamos dormidos en el sofá, mi cabeza apoyada sobre su pecho y los dos en tan mala postura que a la mañana siguiente parecíamos dos viejecitos reumáticos y entumecidos.

Lo mío con Ginés estaba cantado.

Pero no por los enrevasados argumentos de mi psiconalista que sólo pretende sacarme los cuartos como yo muy bien imaginaba, si no por el complot urdido por mis amados progenitores, con el beneplácito de Ginés, y del que me enteré hace apenas unas horas. Sólo pensaban en mí, argumentaron, tenían que hacer algo para que me decidiese de una vez por todas a comprometerme en una relación, y Ginés era el candidato perfecto. Papá estaba convencido de que dándome la oportunidad de conocerle acabaría gustándome y se les ocurrió la brillante idea del falso romance entre él y mi madre. Tengo que admitir que me conocen bien y no se equivocaron, ese hombre ejerce sobre mi un poder de atraccion que hacía mucho tiempo que no sentía. Ellos siguen separados pero mantienen una buena relación, mejor que la que tenían cuando estaban casados, aseguran. Y yo, después de desahogar furiosa la rabia por sentirme engañada y cubrirles a los tres farsantes mentirosos de una nutrida y variada colección de improperios, decidí al fin aceptar que quizá lo mío con Ginés tenga futuro.

Y espero por el bien de papá y mamá que lo tenga, o tendrán que pasarse la vida escuchándome culparles de mi desgracia… malditos entrometidos.

(Hoy el sistema no me dejó subir imágenes, un error del sistema, dice, mañana lo subsano, hoy se queda como está... buenas noches)

viernes, 2 de enero de 2009

Ginés, yo y otras circunstancias (Siete)


(Imagen: Ané)

No, mi padre no se había enterado del romance entre la mujer que fue su esposa a lo largo de todos aquellos años, y uno de sus empleados más apreciados. Lo supe el día en que a mis queridos progenitores se les ocurrió la brillante idea de obsequiarme con una visita sorpresa, por separado, claro. Era la víspera de Reyes y fue mamá la que llegó primero, por supuesto acompañada de Ginés. Por pura casualidad esta vez no me sorprendieron con la bata puesta, yo acababa de llegar a casa después de la comida anual de Mujeres Abandonadas Viviendo Tan Ricamente, una asociación sin ánimo de lucro a la que me arrastraron aun en contra de mi voluntad, la traidora amante de mi ex marido y mi ex cuñada también recientemente abandonada. La dichosa comida me había producido un ligero dolor de cabeza, en parte por el vino que había ingerido, y en parte por aguantar durante tres horas las mismas quejas e historias de siempre. Realmente no entendía por qué se empeñaban en recordar una y otra vez la putada perpetrada por sus antiguas parejas en lugar de disfrutar de su nueva situación de independencia.

Llegué a casa dispuesta a relajarme y a pasar la tarde leyendo un interesante libro que tenía a medias, bien acomodada en el sofá, pero aùn no me había quitado los zapatos cuando llamaron a la puerta. No pude reprimir un gesto de fastidio cuando al abrirla me encontré con la pareja. Hija, últimamente parece que estás siempre de mal humor, me dijo mamá al percibirlo, te estás convirtiendo en una solitaria triste y aburrida. Mejor eso que una anciana patética enamorada de un jovencito, pensé con mala baba, y me mordí la lengua para que mis palabras no se escapasen como dardos envenados, era mi madre, al fin y al cabo. Ginés me besó ligeramente en las mejillas y me deseó un feliz año, y los dos tomaron asiento en el sofá sin esperar a que les invitase a hacerlo.

Está bien, me dije, no cuesta nada ser amable, aguántalos un rato e inventa luego cualquier excusa para que se larguen. ¿Os apetece tomar algo? Pregunté con mi mejor sonrisa, y una vez me dijeron lo que querían me marché a la cocina a prepararlo.¿Pensabas salir? Preguntó mamá desde el salón. Me lo puso a huevo, sí mamá, estaba terminando de arreglarme, he quedado con unos amigos para salir a dar una vuelta, luego cenaremos y seguramente iremos al teatro, inventé sobre la marcha.

No acababa de servir las bebidas y sentarme, cuando sonó de nuevo el timbre. ¿Esperas a alguien? Volvió mi madre a preguntar. No, no se quien puede ser, dije mientras me dirigía hacia la puerta. ¡Sorpresa! Gritó papá cuando le abrí. Pero el sorprendido fue él cuando al dirigir la mirada hacia el salón se encontró con mamá allí sentada. Noté como mi padre hinchaba el pecho y metía el estómago, antes de entrar en casa pavoneándose como un perfecto macho.

¡Hombre, Ginés! Esto sí que es una sorpresa, no esperaba encontrarte aquí, en casa de mi hija ¿puedo saber a qué se debe esta agradable coincidencia? Durante unos segundos que a mí me parecieron eternos todos nos quedamos en silencio. Barajé mientras algunas posibilidades: mi padre estaba haciéndose el inocente, o realmente estaba en la inopia. La respuesta de mamá me confirmó que se trataba de lo segundo: Está visto que sigues como siempre, sin enterarte de nada, Ginés es el NOVIO DE TU HIJA ¿no lo sabías? Casí me atragando otra vez con el vino. Instintivamente Ginés y yo nos miramos intentando disimular nuestra sorpresa. A punto estaba de intervenir y echar por tierra la mentira de mamá cuando reparé en la mirada alegre de papá que vino hacía mí y me abrazó con fuerza. Enhorabuena hija mía, decía mientras me estrechaba entre sus brazos, me alegro mucho por ti, te mereces un hombre como Ginés. Yo le aprecio mucho ¿sabes? Y estoy seguro de que sabrá hacerte feliz. Luego, dirigiéndose a mamá y contento como un niño propuso que para celebrarlo nos fuésemos los cuatro a cenar.

La madre que parió a mi madre, en menudo lío nos había metido a todos, pero sobre todo a ella misma que no sabía por dónde salir para rechazar la proposición de papá. Bien, me dije, a ver qué coño te inventas ahora, con lo fácil que hubiese sido decir la verdad. Me parece una idea genial, papá, hace mucho tiempo que no pasamos un rato los tres juntos ¿no te parece mamá? Ginés y yo no teníamos nada previsto para esta noche, dije de forma inocente, regocijándome interiormente al ver los apuros que estaba pasando. Ginés se debatía entre echarle un cable a mamá y la curiosidad por ver cómo terminaba aquello. No se hable más, dijo papá quitándose la chaqueta y sacando del bolsillo su teléfono móvil, voy a llamar al restaurante para reservar una mesa para cuatro ¿me sirves una copa, nena?

Me sorprendió oir a Ginés diciendo que venía a yudarme. No está bien hacerle esto a tu madre, me recriminó en cuanto nos encerramos en la cocina. Ya, respondí, y follar con su hija a sus espaldas, está que te cagas ¿no?. Eso es otra cosa, además eres tú quien me provocas. Serás mamón cabronazo, ya me he dado cuenta que para ti es todo un sacrificio… ¿qué haces ahora manoseándome el culo? Pero me hizo callar metiéndome la lengua hasta la campanilla. A pesar del temblor de piernas que empezaba a sentir, hice acopio de todas mis fuerzas y me lo quité de encima de un empujón, justo cuando mi madre parecía empezar a impacientarse ante nuestra tardanza ¿necesitáis ayuda? le oí preguntar desde el salón y hubiese jurado que su tono de voz estaba cargado de ironía.

La cena no estuvo mal después de todo, parecía que los cuatro nos habíamos identificado con el papel que nos tocaba representar y la pasamos conversando y riendo como cualquier familia en la víspera de Reyes. No era un mal regalo ver a mis padres otra vez juntos, hablando sosegadamente, recordando incluso otros días como aquél y mirándose de vez en cuando con los ojos de antes, de cuando estaban enamorados, de cuando eran un matrimonio feliz, o al menos a mí me lo parecían, a pesar de tía Margarita o de alguna otra conquista de papá. Al salir del restaurante volvimos a mi casa ante la insistencia de Ginés, metido de lleno en su papel de novio de la niña, para tomar la última copa.
(Ya se, ya se que no tengo remedio... las historias se alargan cuando me siento ante el teclado, pero ¿qué puedo hacer? los personajes mandan y juro que me asesinan si no cuento lo que ellos me ordenan... menuda mala leche se gastan)

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Seis)


Me metí en el baño y en contra de mi costumbre, cerré la puerta por dentro. No acababa de fiarme de él, ni tampoco de mí, así que mejor evitaba tentaciones. Me di una ducha rápida, deleitarme bajo el chorro del agua caliente pensando que Ginés estaba al otro lado de la puerta abría de par en par las puertas de mi imaginación y me colocaba en un estado de excitación continua. Para expulsar de una vez mis lujuriosos pensamientos me puse a canturrear los últimos éxitos de los cuarenta. Luego me enfundé en el albornoz procurando taparme hasta el cuello y en rápida carrera salvé la distancia entre el baño y mi habitación cerrando tras de mí la puerta. Respiré aliviada, había conseguido superar con éxito la primera prueba de fuego.

Tardé casi una hora en arreglarme, inundé la cama con montones de prendas de vestir sin decidirme por ninguna, para acabar vistiéndome precisamente con lo que no debía: un ajustado vestido que marcaba ostensiblemente mis caderas y botas con tacón de vértigo. No pude quejarme cuando al salir, Ginés me obsequió con una mirada de admiración, que recorrió centímetro a centímetro mi cuerpo. Yo me lo había buscado y lo peor es que en mi fuero interno sabía que lo había hecho a propósito con el ánimo de provocarle. La mala conciencia por desear al novio de mi madre empezó a remorderme, pero me la quité de encima con cajas destempladas, una no puede estar siempre reprimiendo sus instintos y al fin y al cabo ¿qué daño le hacía a mamá que me divirtiese un rato con su novio? no iba a desgastárselo.

¿Vamos? Y él se levantó obediente dispuesto a seguirme mientras observaba goloso mi trasero. Pateamos durante horas el centro de la ciudad mirando escaparates sin decidirnos por nada en concreto, barajamos unas cuantas opciones: un bolso, un pañuelo de seda, alguna joya, un perfume, lencería fina, zapatos… pero no acabábamos de convencernos. Estaba cansada y me apetecía tomar algo freso, estábamos ante la puerta de unos grandes almacenes, así que pensé que podíamos entrar a dar un vistazo y de paso tomar alguna cosa en la cafetería de la última planta. Ginés aceptó mi propuesta.

Mientras caminábamos entre el gentío, mirando las estanterías por si en algún momento dábamos con el objeto de nuestro deseo, yo sentía la respiración de Ginés cerca de mi cuello, y la cercanía de su pecho rozando apenas mi espalda. La atraccíón volvía a hacerse dueña de la situación y un cálido cosquilleo subía por mis piernas hasta alcanzar el centro de mi sexo.

Cogí al vuelo un par de pantalones y una blusa de seda, agarré la mano de Ginés, que me miraba sorprendido, y me dirigí decidida hasta los probadores arrastrándole conmigo. Una vez dentro del pequeño cubículo me senté en un estrecho banco adosado a la pared al tiempo que, a estirones, me subía la falda hasta la cintura. Abrí las piernas y le ordené con la mirada la posición que debía adoptar, él, obediente se arrodilló ante mí. Luego dibujé con el dedo la dirección que debía seguir su lengua, desde la punta de mi bota hasta el centro del diminuto tanga que cubría mi sexo. Sus ojos y los míos no dejaron de mirarse un instante mientras la lengua recorría despacio la fina y lustrosa piel de mis botas, continuando después sobre la negra seda de las medias. Cuando su húmeda caricia hizo contacto con la carne desnuda de mis muslos, mi sexo palpitaba de deseo. Él se demoraba dibujando círculos que erizaban mi piel y yo deseaba coger su cabeza entre mis manos y empujarle con fuerza entre mis piernas. Pero me esforcé por controlar aquel impulso pues la espera me mantenía en ese punto de total excitación que hacía que la más ligera caricia me encendiese. Por fín sentí su lengua sobre mi clítoris a través del fino tejido del tanga que estaba ya empapado. El maldito la manejaba bien, tan pronto la aplanaba de forma que de un solo lametazo me cubría por completo el sexo, como la enrollaba de manera que se tornaba puntiaguda y se colaba bajo la tela con un rápido movimiento que golpeaba mi clítoris inflamado dejándolo temblando de puro placer.

Ya no iba a esperar más, aparté a Ginés con la punta de la bota, me desprendí del tanga y volví a abrirme de piernas, invitándole a que terminase lo que había empezado. Sin pensarlo dos veces, hundió la cara entre mis piernas y se dedicó a lamer, chupar, morder y penetrarme con aquella lengua que hacía que mi cuerpo se retorciese como si estuviese poseido por el demonio. Me corrí en su boca entre jadeos que intenté silenciar tapándome la boca. Cuando sentí las piernas en condiciones de sostenerme me puse de pie y le ofrecí mis redondeadas nalgas. No tardo más que unos segundos en buscar con su endurecido pene la entrada de mi sexo. Sus manos sujetaban fuertemente mis caderas mientras empujaba con fuerza. Fue entonces cuando la imagen de papá con tía Margarita me vino a la cabeza ¿qué pensaría mi padre si supiera que estaba follando con el novio de mamá? Igual hasta lo encontraba divertido. Estaba preguntándome si estaría enterado de la nueva relación de su ex esposa, pues aún no habíamos tenido ocasión de vernos y hablar de ello, cuando Ginés aceleró sus embestidas y sentí su semen caliente chocando contra las paredes de mi vagina. Luego, satisfecho y desmadejado apoyó la cabeza suavemente sobre mi espalda.

Estaba visto que lo nuestro eran los lugares públicos y de dimensiones estrechas, era el segundo calentón y si seguíamos así aquello tenía visos de convertirse en una costumbre. Mi parte malvada añadió: “una buena costumbre”.

Al final acabamos comprándole a mamá unas gafas de sol, lo primero que vimos cuando salimos a la calle, sofocados después de aquello…

(Y mañana... el desenlace)




lunes, 29 de diciembre de 2008

¡¡Feliz Navidad!!! ... aunque sea con retraso


Ciertos asuntos me han mantenido alejada estos días, pero dicen que "nunca es tarde si la dicha es buena" así que vengo a desearos que hayáis pasado unas muy felices fiestas. Y yo sin más dilación me pongo a la tarea de terminar la historia de Ginés antes de que termine el año para hacer bueno aquello de "Año nuevo... historia nueva".
Recibid mi más cálido abrazo.
Des.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Cinco)

(Imagen: Alexander Bok)
Me arreglé lo mejor que pude y regresé al comedor donde mi madre esperaba impaciente. Aunque el polvo no había durado más de diez minutos, nuestra ausencia se había alargado un poco, por lo que la mujer llevaba más de veinte minutos de espera, suficiente para acabar con la paciencia de cualquiera. Me saqué de la manga una repentina indisposición y me disculpé con mamá, al tiempo que cogía el bolso y salía a toda prisa. No esperé el regreso de Ginés.

En los días siguientes no dejé de castigarme sin piedad, sobre todo por faltar a algunos de mis más arraigados principios: no ceder a la tentación de un polvo rápido aún cuando el cuerpo me lo pidiese a gritos, y lo más importante, no hacerlo jamás con un hombre ligado sentimentalmente a alguien, lo que incluía por supuesto al novio de mi madre.

Por otro lado, me abstuve de contestar las insistentes llamadas de Ginés que se repetían tres o cuatro veces al día, dejándome grabados en el buzón de voz largos mensajes cargados de insinuaciones que tenían la virtud de hacerme revivir una y otra vez nuestro encuentro.

Habían pasado dos semanas y cuatro sesiones de psicoanálisis, cuando una tarde Ginés se presentó en mi casa. Sin mucho que hacer y desalentada por las bajas temperaturas que sufríamos desde hacía unos días, decidí pasar la tarde del sábado tirada en el sofá, viendo alguna película para pasar el rato y con un enorme bol de palomitas entre las piernas. En ésas estaba cuando sonó el timbre, solté una maldición y fui a ver quién osaba enturbiar la placidez de aquella aburrida tarde. Abrí la puerta y allí estaba él. Parecía que este hombre tenía el don de la oportunidad: siempre me pillaba en bata y zapatillas… maldita sea.

Tengo que hablar contigo, me dijo, y no contestas mis llamadas. Es que yo no tengo nada que decirte, le contesté yo, parapetada tras la puerta, sin dejarle pasar. Por favor ¿qué te cuesta escucharme un momento? insistió con su voz más tierna y lastimera, sólo quiero disculparme y pedirte un favor, necesito que me ayudes. Está bien, me dije, no pasa nada si le escuchas, eres lo suficientemente adulta y responsable para echarle de tu casa si intenta propasarse… ¿lo era? No estaba yo tan segura, el tipo tenía algo que revolucionaba mis hormonas hasta volverlas del todo incontrolables.

Me hice a un lado y dejé la puerta libre. Luego le dí la espalda y volví a ocupar mi sitio en el sofá. Instantes después él me siguió y tomó asiento en uno de los sillones. Está bien, soy toda oídos, a ver qué era eso tan importante que tenías que decirme. Empezó disculpándose por su forma de actuar que desembocó en el incidente de los servicios. ¡Vaya! A cualquier cosa llama incidente, pensé. No quería decir que se arrepentía de lo que había ocurrido, o sí se arrepentía pero le había gustado, lo que pasaba es que se sentía culpable por mi madre. Él la quería, quizá no de la misma forma en que ella le quería a él, pero sentía por ella un gran cariño y no estaba bien lo que habíamos hecho. ¡Vaya! Gracias por recordármelo, volví a pensar. ¿Has venido a proponerme alguna clase de penitencia? Ya me siento culpable por mí misma, no hacía ninguna falta que vinieses tú a hurgar en la herida, le repliqué con bastante mala leche. No, no he venido a eso, contestó haciéndose el afligido, quería que fuésemos los dos a comprarle un regalo para estas navidades. Tú la conoces mejor que yo y seguro que a ella le haría mucha ilusión ver que nos hemos puesto de acuerdo para darle una sorpresa. Ultimamente la encuentro un poco triste.

Le miré intentando adivinar si me estaba mintiendo o realmente le preocupaba la situación anímica de mamá. No se si me alegraba por ella o me sentía decepcionada al darme cuenta de que estaba equivocaba pensando que lo que Ginés se proponía viniendo a mi casa era volver a tener sexo conmigo. Este chico es una caja de sorpresas.

Está bien, accedí, si me esperas me doy una ducha y nos vamos de compras, si es eso lo que quieres. ¿Qué otra cosa iba a querer? Fue su respuesta, pero la sonrisa que se dibujó en su rostro agitó mi respiración...


jueves, 18 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Cuatro)


Me quedé inmóvil, petrificada más bien. Mamá observándome en espera de una respuesta, y el otro acariciándome suavemente el muslo, las yemas de sus dedos rozando la línea que marcaba el final, o el principio, del encaje siliconado de la liga. Esa mañana, precisamente esa mañana, se me había ocurrido ponerme falda y medias. Podía haber mascullado alguna clase de disculpa y poner tierra de por medio, o asestarle un buen puñetazo en la nariz al jodido Ginés y contarle a mi madre lo que estaba pasando, pero aún en contra de mi voluntad, me estaba excitando el muy canalla.

Está bien, mamá, respondí con mi mejor sonrisa, lo intentaré, perdona si he sido grosera. Y me acomodé en la silla dejando que los dedos invasores se deslizasen suavemente un poco más arriba, un poco, un poco más. Ginés y yo permanecimos en silencio, fingiendo escuchar el soliloquio de mi madre. Me dije, como disculpa, que de haber sido sincera con ella, probablemente no me habría creído. El amor es ciego, y casi siempre duro de mollera, así que hubiese pensado que lo hacía por despecho, por herirla y tratar de romper su relación. O quizá no le importase, como no le importó la infidelidad de papá con tía Margarita. Entonces puede que fuese por comodidad, por no poner en peligro su forma de vida, y ahora porque quizá ésta fuese su última oportunidad de sentirse joven y enamorada.

Mientras hacía conjeturas, los dedos de Ginés se aventuraban entre mis piernas y se colaban bajo el tanga, rozando mi sexo que notaba completamente húmedo. Tenía que pararle. Haciendo como que me colocaba bien la falda, aparté su mano y crucé las piernas. Noté en su rostro un atisbo de frustración, al tiempo que con el mayor disimulo acercó sus dedos a la nariz para olerlos. Ese gesto contribuyó a aumentar peligrosamente mi excitación. Seguro que Ginés no te ha contado lo popular que era entre las chicas del instituto, dije intentanto atraer la atención de mamá. Él me dirigió una mirada asesina. Cuentáselo, anda, me encanta recordar aquellos tiempos. No sabía cómo empezar, carraspeó, y con gesto compungido empezó a relatar su infeliz vida de estudiante. Pensaba que iba a mentirle, pero el muy cabrón había optado por inspirar lástima. Ahora verás, pensé, y puse mi mano justo encima de su bragueta… ¡díos! menuda erección tenía el cabrito, así que mientras me manoseaba se le había puesto dura, vaya con Ginés.

No pude evitar que por un instante, una idea se colase en mi cabeza: mira por donde mi madre iba a gozar de un buen polvo esa tarde, después de que su novio se empalmase conmigo. Una carcajada involuntaria mientras bebía un poco de vino hizo que me atragantase y acabase escupiendo el trago sobre la camisa de Ginés. No podía parar de reír, mientras mamá intentaba limpiarle y él disimulaba como podía el bulto de sus pantalones. Permítame que le ayude, dijo el camarero, que en un santiamén se había plantado a nuestro lado, y me miraba pensando quizá que me había vuelto loca. Tosía y reía al mismo tiempo, y sentía la mirada de Ginés taladrándome. Él se deshizo como pudo del camarero y se levantó por fin para ir al baño, con la chaqueta colocada de modo estratégico para ocultar su evidencia.

Cuando conseguí calmarme, reparé en mi madre que me miraba enfurruñada. Lo siento mamá, intenté disculparme, no lo hice a propósito, te lo prometo, recordé algo divertido del instituto y me entró la risa, no te enfades, es sólo una camisa manchada de vino. Ella pareció ablandarse. Voy a arreglarme un poco, dije levantándome, dejo tener la cara hecha un estropicio.

Las puertas de los lavabos de hombres y mujeres estaban frente a frente, y Ginés aguardaba ante la suya. Espera aquí, le susurré al oído. En el de las féminas había una señora que estaba retocándose los labios, abrí el grifo para lavarme las manos mientras hacía tiempo hasta que se marchase. En cuanto salió por la puerta, me asomé y le hice una seña a Ginés para que entrase.

Nos metimos a empujones en uno de los aseos y cerramos la puerta. Sentía la urgencia del deseo entre las piernas y en mi mano, bajo la tela de sus pantalones, la dureza de su sexo. Ese polvo me pertenecía, no iba a regalárselo a mi madre. Nos mordimos los labios y la boca, con una mezcla de pasión y rabia, nos desvestimos apenas, lo justo para que él dejase su pene al descubierto, lo justo para dejar libre la entrada de mi sexo. Me senté a horcajadas sobre él, le cabalgué furiosa, mirándole a los ojos, retadora. Su mano tapó mi boca en el momento exacto en que un gemido de placer subía veloz por mi garganta. Le dejé marcada la huella de mis dientes.

...

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Tres)



Claro que en un primer momento no supe que se trataba de Ginés, de aquél Ginés compañero de instituto, retraído, tímido, solitario, poco agraciado fisicamente, y que parecía vestir con la ropa heredada de su padre, las camisas abrochadas hasta el último botón del cuello, aquellas horribles chaquetas de punto confeccionadas en casa… Ginés era el compañero que todo elegíamos cuando se trataba de hacer un trabajo en grupo, y al que jamás invitábamos a nuestras fiestas. No fue nunca el blanco de nuestras burlas, quizá porque admirábamos su inteligencia y también porque su aspecto era tan lastimoso que hubiese resultado demasiado fácil y cruel herirle. Le ignorábamos, sencillamente.

Pero el Ginés que mamá lucía orgullosa a su lado era un hombre atractivo, delgado y bien vestido, con un perfecto corte de pelo y una encantadora sonrisa.

“Hija, estás horrible” fue el saludo de esa nueva madre de aspecto espectacular mientras me estampaba dos besos, uno por mejilla como la canción de Sabina. Te dije que no estaba para visitas, fue mi agria respuesta. Ella ni me escuchó, en realidad se moría de ganas de presentarme a su novio. Y lo hizo, sin dejar de mirarle con ojos almibarados: “Te presento a Ginés, un amigo muy especial”. Encantada Ginés, le dije mientras le tendía la mano, y ahora mamá, si no te importa quisiera estar sola, si quieres quedamos cualquier otro día para comer. Fue entonces cuando él habló por primera vez: ¿no te acuerdas de mí? Creo que se me puso cara de idiota, que era lo que le faltaba a mi maravilloso aspecto. Y empezó a explicarme quien era mientras yo iba quedándome más y más alucinada.

Al fín me deshice de ellos casi a empujones, aunque no pude quitarme la sensación de que de alguna manera seguían allí, en mi cabeza que no dejaba de dar vueltas y más vueltas a aquella insólita relación. Nunca hubiese imaginado a mi madre con otro hombre, y menos aún con alguien de mi edad, alguien que podía ser su hijo. No es que tuviese nada en contra de las parejas entre las que existía una gran diferencia de años, pero claro, esta vez se trataba de mi madre con un antiguo compañero de clase. Y más tarde me enteré que él individuo trabajaba en el despacho de abogados de papá, y que fue allí precisamente donde se conocieron.

Mamá tuvo que llamarme insistentemente hasta que de puro aburrimiento y con ganas de acabar de una vez con esa situación, acepté su invitación para comer con ellos. Era un viernes y nos citamos en su restaurante favorito, aquél al que iba cada aniversario a cenar con papá, o a comer con toda la familia, incluida tía Margarita, en días especiales. No se si se había vuelto loca, pero desde luego había perdido cualquier atisbo de sensatez y buen gusto.

Cuando llegué ya estaban sentados a la mesa, mientras los camareros se deshacían en halagos y sonrisas no exentas de cierta ironía. Me senté de mala gana saludando con un frío y seco “hola ¿qué tal?” y fingí no reparar en el gesto de mamá que iba a levantarse para darme un beso.

Durante toda la comida me dediqué a picotear un poco mientras el murmullo de la voz de mamá era como música de fondo que se repetía una y otra vez, los tópicos que rodean las nuevas relaciones, estaba feliz e ilusionada, hablaba de lo bien que se sentía con Ginés, que la había hecho rejuvenecer, que estaban hechos el uno para el otro, que ojalá se hubiesen conocido antes… enumeraba la cantidad de proyectos de futuro, ese concepto tan de moda, que tenían juntos.

Nena, me gustaría que os lleváseis bien, que fuéseis amigos, me dijo con su voz más dulce. Y mientras Ginés me miraba con gesto bondadoso, sentí su mano posarse en mi rodilla y escalar hacia arriba, segura del camino que debía seguir...

lunes, 15 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Dos)


Ilustración: Ainara G.M. Santurtzi
Llegaron entonces las amigas de toda la vida a consolarme, y a aconsejarme, que si tenía que dejarle más tieso que a una mojama, que si la otra era una guarra, que si debería hacerles pagar por su traición, y un largo etcétera de opiniones que rezumaban odio y venganza por todas partes, menos mal que no eran ellas las engañadas. Yo me limité a cobrar mi mitad de los bienes comunes, coger mis objetos personales y largarme, tan ricamente, a un coqueto apartamento que alquilé lo más lejos posible de mi antiguo domicilio. Pensé en cambiar de ciudad, empezar de nuevo en otra parte, pero me gustaba mi trabajo regentando una pequeña, pero importante, galería de arte y no entraba en mis planes el abandonar esa parte esencial de mi vida.

Claro que no pude menos que alegrarme cuando al cabo de unos meses mi antiguo ex se largó con una jovencita veinteañera, dejando tirada a la traidora. No valió de nada que aquellas que antes me regalaban tan sabios consejos, abogasen ahora por la compasión hacia la que antes tildaban de guarra, me reí bien a gusto el primer día que apareció en la reunión de los jueves toda compungida. Luego me dio un poco de lástima y la consolé contándole todos los defectos, reales e inventados, que adornaban al cabrón que acababa de abandonarla, no en vano yo había pasado diez años soportándole. No sabía bien la suerte que había tenido librándose de él. No le duraría mucho su nueva amante, pero esta vez sería ella quien le abandonase como a una colilla, después de dejarle la cuenta corriente en número rojos... si es que en el fondo no era más que un pobre infeliz y un fantasma.

Me gustaba mi nueva forma de vida. Tenía un bonito apartamento, un trabajo agradable e interesante que me proporcionaba una situación económica holgada, lo suficiente para vivir bien y concederme algún capricho de vez en cuando. En el plano sentimental no tenía ningún compromiso serio, sólo unas cuantas relaciones que iba alternando según mis apetencias. No eran hombres con los que me acostaba, eran ante todo amigos con los que además de compartir gustos y aficiones, practicaba sexo. Me distancié un poco de mi antiguo círculo de amistades y también de mis padres, a los que veía de vez en cuando en las obligadas celebraciones familiares. Fue en una de ellas, precisamente en el cumpleaños de mi madre, cuando apartándome de los demás invitados me confesó que pensaba separarse. Pensé que se había cansado ya de los tejemanejes de papá, pero por qué esperar tanto tiempo, precisamente ahora que el hombre parecía haberse reformado, sobre todo porque ya no estaba en edad de merecer.

Pero no, la buena mujer quería empezar una nueva vida. Yo no supe muy bien a qué se refería, ni como se podía hacer eso a los sesenta años. No se si esperaba mi apoyo, mis objeciones o sólo me anunciaba una decisión ya tomada, así que opté por levantar los hombros y hacer mutis por el foro. Al fin y al cabo, tenían edad suficiente (qué digo suficiente, les sobraban años) para tomar sus propias decisiones.

A mamá no pareció costarle mucho eso que yo consideraba complicado a sus años: una nueva vida. Claro que, si lo analizaba objetivamente, no encontraba ningún cambio significativo en ella, salvo que no tenía que atender y cuidar a su ya añoso marido. Fue ella quien siguió ocupando la casa familiar, mientras que papá se buscó un piso más céntrico cerca del despacho de abogados que dirigía. Recibía una suculenta pensión con la que hubiese podido subsistir una familia numerosa al completo. Continuaba frecuentando las mismas amistades que no se por qué regla de tres, se decantaron por arroparla y consolarla como si hubiese sido ella la abandonada.

Papá tuvo que buscar una asistenta que se ocupase de él y de su nuevo hogar, mamá se buscó un novio.

Y tuvo que presentármelo precisamente el día en que yo empezaba a recuperarme de una horrible gripe que me mantuvo metida en la cama casi una semana entera, entre sudores, toses y fuertes calenturas. Mi coqueto apartamento parecía una leonera, había ropa tirada por todas partes, platos sucios, vasos con restos de leche, frascos de jarabe, dos dedos de polvo, y un olor a sudor que tiraba de espaldas.

Esa mañana en que me disponía a poner en orden todo aquel desbarajuste, hacer una buena limpieza y darme luego un baño relajante, se le ocurrió a mamá llamarme por teléfono anuncíandome su visita. Me disculpé diciéndole que no estaba para nada, aún seguía convaleciente y no me apetecía ver a nadie, ni siquiera a ella. Tenía que haber inventado otro motivo porque al saber que había estado enferma, afloró su sentimiento materno y no hubo manera de convencerla para que nos viésemos al día siguiente. Antes de colgar me anunció una sorpresa.

No había transcurrido ni meda hora desde nuestra conversación cuando sonó el timbre de la puerta. Acudí a abrir arrastrando los pies, ataviada con un viejo pijama, una horrible bata que saqué del arcón de la ropa-basura en los días en que tiritaba de frío metida en la cama, y el pelo revuelto y aplastado en la parte de atrás de la cabeza, como esas ancianas que sólo se peínan la parte que ven en el espejo.

Y allí estaba ella, rejuvenecida gracias a la última intervención quirúrgica a la que se había sometido, enfundada en un espectácular traje de firma, y cogida del brazo de Ginés.
(No, no voy a hacerlo largo, el desenlace en la próxima entrega... aún me dura la resaca)


domingo, 14 de diciembre de 2008

¡Ayyyyyyy!

Me pregunto por qué coño voy a la puta cena de navidad....

jueves, 11 de diciembre de 2008

Ginés, yo, y otras circunstancias



Lo mío con Ginés estaba cantado.

Al menos eso es lo que dice mi psicoanalista, pero la verdad, no se si creerle. Estoy convencida de que sólo pretende sacarme los cuartos, pero es divertido escuchar sus conclusiones y eso de poder confesar tranquilamente aquello que jamás me atreví a contar a nadie.

El hombre sostiene la teoría de que esa relación es el fruto de una serie de circunstancias cuyo principal desencadenante fue el hecho de, siendo yo aún adolescente, sorprender a mi padre follando con la tía Margarita. ¡Hombre de díos! Si de eso hace ya más de treinta años. Que no importa, dice, que fue ahí donde mi vida sexual empezó a descontrolarse. La verdad, no se a qué vida sexual se refiere porque yo, por aquel entonces, aún no había conocido varón y a lo más que había llegado era a algún toqueteo con el ligón de turno del instituto.

La escena de la que fui testigo involuntario no resultó traumática, bochornosa en todo caso, sobre todo porque mi padre, con los pantalones en los tobillos, golpeando rítmicamente las hermosas nalgas de la tía Margarita, se veía patético y un tanto ridículo. Y no porque fuese una posición extraña, si no porque el acto sexual raramente se realiza de ese forma romántica y sensual que la literatura y el cine se empeñan en enseñarnos. Ni hablar. Esas escenas de besos interminables, ligerísimas caricias, pieles tersas y brillantes, con las que nos deleitan en las películas, nada tienen que ver con la realidad. Las más de las veces te medio desnudan deprisa y corriendo, eso si no tienes que hacerlo tú misma, cuatro besos, dos toqueteos y un “mete y saca” rapidito. Como novedad, quizá el cambio de orificio… y poco más.

Aquello, eso sí, precipitó la caída de la venda de la inocencia que tapaba mi mirada todavía infantiloide, y se llevó de pasada la admiración que sentía por las dos personas que, hasta ese momento, habían sido mis mejores modelos en la vida.

Mi padre era admirable, en algunos aspecto sigue siéndolo, pero menos. Llegó a ser un renombrado abogado que, según él mismo proclamaba, se había hecho a sí mismo a fuerza de sacrificio, tesón, honestidad y sinceridad. Y no digo yo que no fuese honesto y sincero en ciertas parcelas de su vida, pero en otras, desde luego que no, que se lo pregunten a mi madre.

La tía Margarita era la hermana pequeña de mamá, y yo quería ser como ella. La pobre no hace mucho que falleció, víctima de un cáncer galopante que en cuatro días la dejó hecha un guiñapo. Era inteligente, divertida, independiente, practicaba deporte, pintaba… siempre aparecía deslumbrante y glamourosa, y en consecuencia tenía revoloteando a su alrededor un variado número de pretendientes. Cuando le instaban a casarse, ella respondía con su divertida sonrisa: para qué tener un solo hombre para el que tienes que cocinar, lavar, planchar… al que tienes que cuidar, aguantar sus momentos malos y un largo etcétera de inconvenientes ¿para qué? Pudiendo tener todos los que quieras, y sólo para pasar buenos ratos. Así que, en realidad, a ella no tenía nada que reprocharle, pero ¡coño! es que el hombre con el que estaba follando era el marido de su hermana.

Ni que decir tiene que guarde el secreto como una tumba, y durante días me dediqué a observarlos disimuladamente. Pero ningún cambio notable en su comportamiento hacía sospechar lo que se traía entre manos aquella pareja. Mi padre seguía ejerciciendo de marido cariñoso, fiel y amantísimo con mi madre. Y mi tía seguía coqueteando con cualquier hombre que le hiciese tilín y cuchicheando y riendo divertida con su hermana, sentadas en el jardín mientras tomaban café al caer la tarde.

Me sentí en la obligación de solidarizarme con mi madre que, al fin y al cabo, era la víctima de aquél engaño y empecé a pasar más tiempo con ella, haciéndole participe de alguna de mis intimidades, quizá inconscientemente buscaba que a su vez compartiese las suyas. Fue así que debido a pequeños indicios que iba recopilando poco a poco, llegué al convencimiento de que mi madre estaba enterada de lo que ocurría entre su marido y su hermana. No puedo explicar exactamente cómo llegué a esa conclusión, pero al cabo de los años pude constatar que no estaba equivocada.

Empecé a preguntarme cómo una mujer como ella podía quedarse tan tranquila ante aquella traición. Cavilé que quizá estaba cansada de sexo, a mi edad creía a pie juntillas que a los treinta y tantos la actividad sexual debía ser casi inexistente. En cierto modo no iba muy errada, salvo en un pequeño detalle: mi madre no estaba cansada del sexo en general, sólo del sexo con mi padre en particular. Así que los escarceos de su marido con mi tía Margarita le proporcionaban cierto grado de libertad y limpiaban su conciencia de culpa. No digo que ella disfrutase de los favores sexuales de otro hombre, de hecho no tuve ninguna constancia de que así fuese, pero por si acaso, se cubría las espaldas.

Quizá por todo lo acontecido en el seno familiar, no me afectó demasiado sorprender a mi exmarido, cuando aún era sólo marido, retozando en pelota picada con una de mis amigas… y en mi cama. No le monté ninguna escena, no, me limité a cerrar la puerta con suavidad (estaban tan ocupados que ni se percataron de mi presencia) y esperar a que terminasen, sentada en el sofá del salón, mientras pensaba en qué abogado tramitaría mi divorcio.
... (mañana sigue)

martes, 9 de diciembre de 2008

lunes, 8 de diciembre de 2008

Jhonny

(Imagen: Río Caudal, Mieres)

Jhonny se desperezó y bostezó ruidosamente cuando despertó de la siesta que acababa de echar, acostado a la sombra de un viejo castaño.
Eran las tres y media de una calurosa tarde de verano y todo a su alrededor permanecía en silencio. Su familia y los demás componentes del circo dormían todavía y los animales descansaban también en sus respectivas jaulas.
Hacía tres días que el circo había llegado a la Villa de Mieres con motivo de las fiestas de San Juan y como cada año habían levantado las carpas en el descampado a la orilla del Río Caudal, aquél río de aguas negras que tanto gustaba a Jhonny.
El chico se lavó un poco y entró en el camión en el que vivía para cambiarse de ropa. Tenía que dar buena impresión, pensó, tenía ante sí una especie de reto que a su edad podía convertirse en toda una aventura.
Siempre que el circo llegaba a una nueva ciudad, Jhonny aprovechaba los ratos libres para darse una vuelta y conocer a los chavales de su edad. Le gustaba convertirse en un momento en el centro de atención de la chiquillería, que admiraba y envidiaba su vida circense, y que él procuraba mantener contando historias y aventuras adornadas con algunas fantasías inventadas por su desarrollada imaginación.
Eso mismo había hecho la tarde anterior. Pasó un rato por el parque Jovellanos, donde dejó boaquiabiertos a los grupos de niños y niñas que olvidaron sus juegos para admirar las piruetas que aquél muchacho realizaba subido en sus patines. Cuando se sintió aburrido, se los colgó de forma displicente sobre el hombro y se fue caminando orgulloso.
Iba de vuelta al descampado cuando la vió. Estaba sentada comiendo pipas en un banco del pequeño parque que había junto al cuartel, mientras escuchaba atentamente a una niña algo más pequeña que estaba a su lado. Jhonny se quedó de pie apoyado en el tobogán observándola con disimulo. Le pareció que ellas no conocían a los niños que jugaban en el parque, reunidos en pequeños grupos y que les lanzaban furtivas miradas de curiosidad de vez en cuando. La niña debía tener algún año menos que Jhonny, diez le echó él a ojo, aunque su rostro reflejaba la seriedad de una persona adulta, tenía el cabello muy rubio que contrastaba con su piel morena bronceada por el sol, y en algún momento en que dirigió su mirada hacía donde él se encontraba, la percibió inquisitiva y fría. La pequeña charlaba sin cesar con expresión risueña y miraba a todas partes con los ojos muy abiertos, como si estuviese contando algo excepcional. No, definitivamente, no eran de allí, no tenían ese acento cantarín de los asturianos, seguramente estarían pasando las vacaciones.
En un momento en que dos columpios quedaron vacíos, ellas se levantaron y fueron a ocuparlos. La mayor ayudó a la pequeña a sentarse en el suyo y empezó a empujarla mientras no le quitaba ojo al otro, preparada para ocuparlo si a alguien se le ocurría venir a quitárselo. Cuando le pareció que había impulsado lo suficiente para que el columpio adquiriese la altura adecuada, le llegó a ella el turno de sentarse. Una idea se abrió paso en la cabeza de Jhonny: se ofrecería a empujarla, como todo un caballero, pero quizá esperaría a que ella le dirigiese una mirada suplicante. Nada de eso sucedió, cuando se dio cuenta, la niña, que había echado hacia atrás el columpio todo lo que podía, con un rápido brinco se colocó en el asiento y empezó a darse impulso estirando y doblando las piernas con fuerza, para alcanzar en un momento una altura considerable. Bien, ahora vería de lo que él era capaz.
Una sóla mirada bastó para desalojar al chaval que ocupaba el tercer columpio, al lado de la muchacha, que se balanceaba sin prestarle apenas atención. Jhonny se impulsó con fuerza una y otra vez hasta que la alcanzó y aún siguió subiendo cada vez más alto, tanto que por un momento creyó que acabaría dando una vuelta de campana. Sintió como se ponía pálido y en un intento por disimular el susto se puso a silbar mientras dirigía una mirada de suficiencia hacía su vecina. Esa vez ella le devolvió la mirada y a Jhonnny le pareció percibir un matiz burlón lleno de malicia.
Luego la niña dio un salto que la apeó del columpio aún en marcha y fue a ayudar a bajar a la pequeña. Se marcharon cogidas de la mano. Él permaneció allí sentado un rato mientras las veía alejarse hasta desaparecer en un portal de una finca cercana.
Hoy iba a ser su revancha, le enseñaría a esa niña quien era Jhonny.
Se miró por última vez al espejo y le gustó la imagen que le devolvía. Se había puesto una camiseta blanca que marcaba sus incipientes músculos, un pantalón vaquero y sus botines de piel bien lustrados con grasa de caballo. Para rematar su atuendo, se puso su cinturón de la suerte hecho con un puñado de monedas de dos reales cosidas en el cuero.
Cuando llegó al parque la frustración se apoderó de él: no había rastro de la muchacha. Quizá era un poco pronto, pensó, y se sentó en un banco sin perder de vista el portal por el que había desaparecido la otra tarde. No había pasado media hora, que a él se le hizo eterna, cuando la vió salir acompañada de la pequeña. Ella también llevaba vaqueros y una camiseta corta que dejaba al aire un trozo de piel morena. Le gustaban las niñas con pantalones, aunque eso le imposibilitase vislumbrar sus braguitas entre los vuelos de la falda cuando aceptaban que las empujase en el columpio.
Al pasar por su lado, la pequeña le dirigió una tímida sonrisa, pero ella ni le miró siquiera, como si fuese invisible. Esta vez se dirigieron a uno de los columpios dobles con forma de barca, y después de acomodar a su hermana, ella se colocó en el medio con las piernas abiertas, un pie apoyado en cada lado y cogiéndose a las cadenas empezó a balancearlo para tomar altura. Jhonny no lo pensó más y de un salto se plantó frente a ella sincronizando sus movimientos para entre los dos impulsar la barca de hierro. Los ojos de la niña echaban chispas cuando se clavaron en los suyos, y él pensó que era capaz de pegarle, pero la pequeña empezó a palmotear alegremente y a reír agarrada con las dos manos para no caerse y la furia que reflejaba su rostro desapareció al instante.
Luego ella se sentó frente a su hermana y Jhonny siguió durante un rato de pie entre las dos, haciendo ostentación de su fuerza, pavoneándose como había visto hacer a los protagonistas de las películas.
¿Te gusta el circo? – le dijo cuando se sentó a su lado. Ella no dijo ni sí, ni no, hizo un gesto que podía significar algo así como “bueno”. Yo trabajo allí – dijo Jhonny orgulloso, seguro de impresionarla. ¿De payaso?- contestó ella, otra vez con aquella sonrisa burlona llena de malicia. Eso era una puñalada trapera, pero él no se amedrantó. No, listilla, mañana por la noche debuto como trapecista con mi familia. ¡Ah!- dijo por toda respuesta, pero a Jhonny le pareció notar un deje de admiración en ese escueto ¡ah!.
Si queréis podéis venir a verme – insistió el muchacho. Y fue la pequeña quien vino en su ayuda. ¡Sí!¡sí! yo quiero ir, anda, di que sí ¿de verdad podemos ir al circo?. El muchacho se mostró ahora orgulloso. Podéis venir mañana por la mañana y os lo enseño, tenemos tigres, leones, elefantes… seguro que os gusta, y os lleváis las entradas para la función de la noche ¿vendréis?. Y se le escapó sin querer cierta urgencia por conocer su respuesta. Iremos, dijo ella. Bien – respiró tranquilo – preguntad por Jhonny, ese es mi nombre.
Si esperaba que ella le dijese el suyo, se equivocó. Se levantó con un “tenemos que irnos, hasta mañana” y cuando llevaba un buen trecho andado, se volvió como quien olvida algo y le gritó: “gracias”. Bueno, no todo había salido mal, pensó el chaval, aunque hubiese preferido algo más de ilusión, o que mostrase un poco de interés o sorpresa ante su nombre: Jhonny... a él le parecía que sonaba a heroe americano. No iba a decirle que en realidad se llamaba Juan Felipe, después de lo que le había costado que su familia aceptase llamarle Jhonny, su nombre artístico. Ahora todos le llamaban así, todos menos su abuela, claro, que era muy cabezota.
Jhonny se acostó temprano deseando que la noche pasase pronto y aunque estaba nervioso tanto por su próximo debut como por la esperada visita de la niña, no tardó en quedarse dormido como un tronco. A la mañana siguiente se levantó temprano y ayudó en lo que pudo para poner a punto todo lo necesario para la sesión de la tarde, luego fue a ensayar por última vez su número. En ésas estaba cuando,desde lo alto del trapecio, las vio entrar en la carpa. Iban acompañadas de su hermana mayor que a sus espaldas ponía los ojos en blanco y se burlaba de él con gestos que Jhonny interpretó como de “tonto enamorado”. ¡Hola!- les gritó- enseguida termino. Y se dispuso a ejecutar el salto mortal que le lanzaría hasta las manos de su padre, colgado boca abajo y balanceándose enganchado con los pies en otro de los trapecios.
Mientras volaba por los aires imaginó a la muchacha con la boca abierta por la admiración y el corazón latiendo con el redoble de los tambores que acompañaban su pirueta.

... Podría terminar así. O no.