Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

jueves, 8 de enero de 2009

Ginés, yo y otras circunstancias (Final)

Preparé café bien cargado, no tenía el cuerpo como para ingerir más alcohol, y lo único que me apetecía de verdad era meterme en la cama y dormir. Después de un rato conversando sobre banalidades y cuando empezaba a pensar en echarles de mi casa con cajas destempladas, mamá vino en mi ayuda: deberíamos irnos, ya es muy tarde ¿querrás acercarme a casa, Gines?. Antes de que el interpelado o yo pudiesemos articular palabra, papá se brindó a acompañarla muy gustosamente: yo te acompañaré, querida, deja a los chicos que descansen. No, papá, no te preocupes, le dije intentando devolverle a mi madre el favor, a Ginés no le cuesta nada llevarla. Que no, hija, además quiero hablar con tu madre en privado, debo consultarle algunos asuntos de la casa, cuando quieras podemos irnos, y se levantó galante cogiendo el abrigo de mamá y ofreciéndose para ponérselo. No nos dejó otra opción, imposible inventar alguna excusa creíble, así que nos dimos los besos de rigor y se marcharon. En cuanto cerré la puerta, me encaré con Ginés y apuntándole con el dedo le advertí: Dales diez minutos y ya te estás largando. Vaya, respondió, parece que tengas miedo a quedarte a solas conmigo. No tenía ganas de contestarle, y por toda respuesta me metí en la habitación y cerré la puerta por dentro. Cuando salí con el pijama y el batín puesto, él había cogido uno de los albumes de fotos que llenan todo un estante de la librería. Parecía ensimismado ojeando aquellas fotos y cuando me acerqué vi que se trataba de uno de los que recogían las imágenes de los años del instituto.

Se nos pasó la noche recordando viejos tiempos, riendo ante los rostros adolescentes que nos miraban desde las páginas del álbum. Nunca antes me había dado cuenta, pero Ginés aparecía muy a menudo entre nosotros. ¿Por qué siempre andabas en el medio si no formabas parte de nuestra pandilla? Recuerdo que nos pasábamos la vida echándote de nuestro lado, no te admitíamos en nuestros juegos, ni en nuestros secretos, ni siquiera en nuestras travesuras… no me lo explico. Es muy fácil, me contestó, ¿te acuerdas de Martita? sí, claro que me acuerdo, era una de las más populares del grupo, Marta Cortés, creo que tonteó con medio equipo de futbol y parte del de baloncesto. Pues es mi prima, y además su padre trabajaba a las órdenes del mío, así que mi madre le hacía chantaje a la suya, o Martita me integraba en su grupo de amigos, o de lo contrario mi madre dejaba de invitar a mi tía a las reuniones que organizaban las damas de postín. Yo procuraba pasar desapercibido, prosiguió, sobre todo para no atraer vuestras burlas y ser el blanco de las bromas pesadas del guaperas de turno, pero siempre me las apañaba para merodear a vuestro alrededor.

No, esa noche no hubo sexo, hablando de aquellos años y casi sin darnos cuenta acabamos dormidos en el sofá, mi cabeza apoyada sobre su pecho y los dos en tan mala postura que a la mañana siguiente parecíamos dos viejecitos reumáticos y entumecidos.

Lo mío con Ginés estaba cantado.

Pero no por los enrevasados argumentos de mi psiconalista que sólo pretende sacarme los cuartos como yo muy bien imaginaba, si no por el complot urdido por mis amados progenitores, con el beneplácito de Ginés, y del que me enteré hace apenas unas horas. Sólo pensaban en mí, argumentaron, tenían que hacer algo para que me decidiese de una vez por todas a comprometerme en una relación, y Ginés era el candidato perfecto. Papá estaba convencido de que dándome la oportunidad de conocerle acabaría gustándome y se les ocurrió la brillante idea del falso romance entre él y mi madre. Tengo que admitir que me conocen bien y no se equivocaron, ese hombre ejerce sobre mi un poder de atraccion que hacía mucho tiempo que no sentía. Ellos siguen separados pero mantienen una buena relación, mejor que la que tenían cuando estaban casados, aseguran. Y yo, después de desahogar furiosa la rabia por sentirme engañada y cubrirles a los tres farsantes mentirosos de una nutrida y variada colección de improperios, decidí al fin aceptar que quizá lo mío con Ginés tenga futuro.

Y espero por el bien de papá y mamá que lo tenga, o tendrán que pasarse la vida escuchándome culparles de mi desgracia… malditos entrometidos.

(Hoy el sistema no me dejó subir imágenes, un error del sistema, dice, mañana lo subsano, hoy se queda como está... buenas noches)

6 comentarios:

Los Espejos dijo...

me ha gustado mucho su relato, la forma como lo cuenta. Uno busca los amores, los amores no se imponen... el tema es dificil de tratar.
un saludo.

Samuel ben Levy dijo...

Extraordinario.

pau dijo...

Ha sido natural como la vida. Un final lógico, sin necesidad de exotismo de novela.
Lo tuyo con Ginés está cantado. (Es una risa) Os doy menos de un año.
Y es que eres un petardo muy peligroso. Pobre Ginés...

A Cheli siempre le han gustado los lugares públicos, también el riesgo. A mi no, en eso soy más tranquilo, sosegado... pero entiendo la morbosidad, la excitación. La escena del probador es estupenda, la personalidad de la protagonista, su fuerza para conseguir lo que desea en el instante visceral; luego el desapego, apartar su cuerpo de un golpe con la mano... Me gusta.
En el fondo el es su juguete, lo usa a su antojo simulando ser la mártir, haciendo que él se sienta seductor cuando es el seducido.

Pobres de nosotros los que caemos en manos de mujeres como esta.
Hay que saber latín, ser, por tanto, algo femenino sin que trascienda.

Un abrazo.

Des dijo...

Gracias por tu visita Los Espejos y por tus palabras. El hecho de que una historia guste deja un sabor dulce en la boca como cuando dejamos deshacer lentamente un bombón, y anima a seguir escribiendo.
Muchas gracias y un saludo.

Des dijo...

Bienvenido Samuel ben Levy, gracias por tu corto pero sumamente expresivo comentario.
Gracias.

Des dijo...

No me resultó fácil decidirme por un final, es más no se me ocurría nada, absolutamente nada, para rematar la historia y la verdad es que aun no se cómo fue que llegó la inspiración.
El riesgo suele ser un acicate para el deseo, pero para mi gusto sólo de tanto en tanto, nada como la intimidad para dar rienda suelta a la pasión y que no falte, que en los tiempos que corren no estamos para desperdiciar los pocos momentos buenos que se nos brindan.
Creo que en mis historias sale a relucir mi vena mandona y dominante, como buen Aries, pero allá en el fondo soy un alma cándida... jejejeje.
Un abrazo, guapo, y otro a Cheli, admiro a esa mujer, que lo sepas.