Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

lunes, 11 de mayo de 2009

Pecado de juventud (Siete)


(Imagen de la película: La teta asustada)
Aquél viernes Gonzalo estuvo pendiente de mí todo el día…

- ¿De qué hablas, gloria?
- De lo que pasó con Gonzalo, Xuso, de eso hablo.
- Oye, no tienes que contármelo, y si en algún momento ha dado la impresión de que quería que lo hicieras… olvídalo.
- Siéntate y escucha. Tengo que hablar de ello y sólo puedo hacerlo contigo. No me interrumpas, porque ni yo misma tengo una idea clara de todo lo que pasó, los recuerdos aparecen como en ráfagas, imágenes fijas, detalles, no se si podré contarlo de forma coherente… ¿me entiendes?

Mueve la cabeza con un gesto afirmativo.

Aquel viernes Gonzalo estuvo pendiente de mí todo el día. No dejó de dedicarme sonrisas, caricias furtivas, suaves besos entre clase y clase… al día siguiente, sábado, me daría su gran sorpresa. Yo me sentía la heroína de aquella película, la chica de la que se enamora perdidamente el protagonista, no podía darme cuenta de las risitas disimuladas de los cinco o seis de sus vasallos principales, que andaban algo nerviosos y pendientes en todo momento de los deseos de su jefe.

Al terminar la clase de literatura, la voz de Rafael se alzó por encima del barullo que formábamos mientras recogíamos los libros y libretas esparcidos por los pupitres: “Chicos, no os olvidéis de hacer el trabajo que os encargué el martes pasado. Gloria… ¿puedes esperar un momento? me gustaría hablar contigo”. Al instante se me hace un nudo en el estómago y un ligero temblor sube por mis piernas. Instintivamente miro a Gonzalo, su rostro ha sufrido una transformación, mantiene las mandíbulas apretadas y mira fijamente al profesor. “Sí, claro”, respondo con un hilo de voz al tiempo que me acerco hacia su mesa. Él se ha puesto en pie esperando que los demás salgan por la puerta, Gonzalo es el último en hacerlo o eso es al menos lo que imagino, porque por alguna razón no me atrevo a mirarle.

- Gloria, quizá no sea asunto mío, pero… estás saliendo con Gonzalo ¿no?
- Sí, bueno, últimamente nos vemos a menudo ¿por qué me lo preguntas? ¿pasa algo?
- No puedo decirte con quien debes relacionarte, sólo quiero advertirte sobre él, ten cuidado, Gloria, algunas personas no son lo que aparentan, y Gonzalo es una de ellas.
- ¿Qué pasa con él? ¿hay algo que debería saber?
- Sólo ten cuidado, no puedo decirte nada más.
- Está bien, lo tendré.

Gonzalo estaba esperándome en la puerta.

- ¿Qué quería ese? – me pregunta.
- Nada importante – le respondo, mientras echo a andar hacía la salida.

Me coge del brazo para detenerme.

- Me haces daño, suelta.
- ¿Qué te ha dicho?
- Que si necesito documentarme para el trabajo, en la biblioteca hay un libro que puede servirme de ayuda – invento sobre la marcha.
- Pues eso debería haberlo dicho para toda la clase, parece que tiene cierta preferencia por ti ¿no crees? A lo mejor espera alguna clase de favor. Le gustas.
- Vete a la mierda.
- No te enfades, perdona, por favor, no quiero que ese gilipollas estropee nuestra cita de mañana.
- Está bien, pero deja de decir tonterías, a ver ¿me vas a contar algo? ¿qué te traes entre manos?
- Es una sorpresa, ya te lo he dicho. Te acompaño a casa y le pido permiso a tu madre para que te deje venir mañana a pasar el día con mis padres.
- ¿Vamos con tus padres?
- ¡Qué ingenua eres! Es una pequeña mentira para poder estar juntos todo el día sin que nadie nos moleste. Te recogeré sobre las doce… ponte guapa.

Por fin llegó el sábado. Estaba arreglada una hora antes de la convenida, con el corazón brincando y el estómago revuelto. A las doce en punto apareció Gonzalo, se deshizo en halagos hacia mi madre, prometió devolverme sana y salva, y nos fuimos subidos en su moto. Nos dirigimos a las afueras de la ciudad, hacia una zona de chalets y pequeñas casitas desperdigadas. Delante de una de ellas, Gonzalo paró la moto y nos apeamos.

- Este es mi escondite secreto – me dijo, mientras metía la llave en la cerradura y la hacía girar.

Me sujetó del codo y me hizo pasar.

Me encontré en una sala bastante grande que parecía un decorado de cine. En la parte derecha, una sofá esquinero y una mesa pequeña delante adornada con un pequeño jarrón de flores. A la izquierda, arrimada también a la esquina, una gran cama cubierta con un dosel en color melocotón subido de tono. Una puerta comunicaba con la pequeña cocina, y otra permanecía cerrada.

- ¿Es tuya?
- Creo que era de mi abuela, o de algún pariente lejano. Mis padres no la utilizan y yo la decoré a mi manera.
- ¿Un picadero? ¿Aquí es donde traes a tus amigas?
- Hum…. Tú estás celosa.
- Eso quisieras.
- Sólo traigo aquí a quien de verdad lo merece.
- Y ¿se puede saber qué he hecho yo para merecer tanto honor?
- Tranquila, cada cosa a su tiempo, ya lo descubrirás por ti misma. Siéntate y ponte cómoda. Voy a preparar algo para picar y tomamos una copa. Tienes que comer y coger fuerzas, vamos a pasarlo muy bien, te lo aseguro.

Se ha ido acercando a mí, me besa el cuello, las orejas, mientras sus manos acarician mis pechos por encima de la blusa y me aprietan contra su cuerpo. No puedo evitar sentirme excitada ante la perspectiva de imaginados placeres.
(Mañana por la noche, si nada lo impide, intentaré colgar el último capítulo. Tengo un mes bastante ocupado, pero eso es otra historia que ya contaré en próximos post. A los que seguís ésta, gracias por vuestra paciencia).

miércoles, 29 de abril de 2009

Pecado de juventud (Seis)


Siento cierto malestar cuando acerca su pene a mi boca. Algo desconcertada sólo acierto a abrir la boca para engullirlo, pero Gonzalo que posa suavemente su mano en mi cabeza, me detiene. Empieza con la lengua, no tengas prisa – susurra dulcemente. Obedezco y rozo, no sin cierta aprensión, la piel tersa y brillante con la punta de la lengua. Poco a poco, me voy acostumbrando a su sabor, al tiempo que noto como mi excitación va en aumento. Él guía mis movimientos ejerciendo una suave presión en mi cabeza, en ocasiones acompañadas por frases cortas que me indican lo que debo hacer: rodéala con los labios, ejerce más presión, lame al mismo tiempo, así, un poco más rápido…Pienso todo el tiempo en que de un momento a otro me llenará la boca, tendré arcadas estoy segura, quizá se sienta molesto ¿si se enfada?. Tira hacia atrás de mi cabeza y siento como el semen caliente choca contra mi pecho y se desliza en grandes goterones.

Lo hacemos siempre que tenemos ocasión, y siento que estoy enganchada a Gonzalo. Cada vez que cierro los ojos revivo las sensaciones que experimento cuando me toca. En clase se queda mirándome fijamente y puedo adivinar lo que está pensando. Su mirada recorre mis pechos y noto como mis pezones se endurecen. A veces acabo con las bragas empapadas, muerta de ganas porque me toque. Hoy, al salir, me ha dicho que está preparando una cita muy especial, no he podido sacarle nada más, es una sorpresa, me ha dicho. Quizá piensa que ya estoy preparada para hacerlo de verdad. Y lo estoy, últimamente no deseo otra cosa, sueño con tenerle dentro. Sentir como su polla se hunde con cada embestida, arañarle la espalda, morderle la boca… no se lo que me pasa. Será el próximo fin de semana.
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- ¿Qué haces, reina? Estás muy pensativa.
- ¡Ah! Hola Xuso, estaba ojeando esta revista, en la tele no hacen nada que valga la pena.
- La revista la tienes delante, pero me parece que tu cabeza estaba en otra parte.
- No digas tonterías, anda, he tenido un día agotador.

Se sienta a mi lado y por la expresión seria de su rostro, intuyo que quiere hablar de algo importante.

- Mira, Gloria, se que me he puesto muy pesado con lo de la cena del Instituto, pero lo he estado pensando y… tienes razón, no se nos ha perdido nada allí, así que nos olvidamos del tema ¿vale?.
- No se por qué has cambiado de idea, Xuso.
- Pues porque no tengo ganas de verte así. Me hacía ilusión, no puedo negarlo, pero la verdad es que pensaba que a ti te iba a apetecer encontrarte con algunos buenos amigos a los que hace muchos años que no has visto.
- María, Esther, Luis… ¿te acuerdas del buenazo de Luis? Todos se aprovechaban de él. Sí, Xuso, desde que me marché sólo volví a ver a María. Creo que fue cuando estaba en el segundo año de carrera, aún no me había encontrado contigo aquí en Barcelona. Era verano y la invité a pasar unos días conmigo, estuvimos en la casa que mi padre acababa de comprar en la playa. Al principio mi madre me contaba alguna cosa sobre ellos cuando venía a verme, luego también con ella me fui distanciando, ya sabes que no me cae muy bien Alfonso, su pareja.
- Sí, no se qué te ha hecho el pobre hombre. A mí me pareció amable y simpático la última vez que vinieron a visitarte, pero tu estuviste todo el tiempo con cara de perro.
- Será de perra.
- ¡Qué graciosa!
- Igual tienes razón, pero no se me olvida que fue el tercero en discordia, no le importó meterse por el medio y acabar con un matrimonio.
- No seas infantil, anda, monina, ese matrimonio ya estaba más que roto. Y a ti no te vino mal que tu padre pidiese el traslado a Barcelona, para largarte con él a toda prisa.
- Hubiese venido de todos modos, quería estudiar periodismo y quería hacerlo aquí. Y sí, necesitaba imperiosamente salir de allí, me asfixiaba, y te aseguro que estaba deseando perder de vista a la gran mayoría nuestros queridos compañeros, salvo alguna que otra excepción.
- Pues no se hable más, voy a romper la invitación y nos olvidamos del tema.
- No, espera.

Me mira extrañado.

- No la rompas, aún falta una semana, déjame que aclare un poco mis ideas. Últimamente estoy como aturdida, no consigo pensar con claridad y no se muy bien que es lo que quiero hacer realmente. No me mires así, no estoy loca… o casi.
- Está bien, reina, tu mandas.
- ¿Si?... pues mira, ya que estás tan obediente ¿podrías darme un masajito en las piernas? Se bueno, por favor, me pesan como si fuesen de plomo.
- Está bien – suspira- tienes un amigo que no te lo mereces.
- Lo se, Xuso, lo se, aunque no lo demuestre muy a menudo. Anda, dame un abrazo.
- No eres zalamera tú ni nada, cuando te lo propones.

Su abrazo es cálido y prolongado. Parece que ahí, en el hueco de su pecho, nada puede afectarme. Cuando me suelta tienes los ojos brillantes. Se sienta a mi lado y coloca mis piernas sobre las suyas. Sus manos son como pájaros revoloteando ligeras por mis tobillos.

viernes, 17 de abril de 2009

Pecado de juventud (Cinco)


No es como los otros chicos con los que he estado, ellos se conformaban con manosearme un poco las tetas, meter la mano bajo la falda o acariciarme el sexo por encima de los pantalones. Cuatro restregones y se corren solos. Gonzalo me besa el cuello y con dedos hábiles me desabrocha el sujetador. Cuando acerca los labios a mis pezones, éstos parecen que se estiran deseando el contacto con su boca.

Mi cuerpo se deja llevar por el deseo que él me provoca, sin embargo, no logro hacer que desaparezca una idea que permanece fija en mi cabeza: no quiero follar con él. Ni yo misma entiendo el por qué, pero se que no voy a hacerlo. Por un momento me paraliza el miedo de que vaya a obligarme, mi cuerpo se tensa y Gonzalo se da cuenta.

- ¿Qué te pasa? – me dice apartándose un poco para poder mirarme.
- Yo…yo… -tartamudeo- no, no quiero hacerlo.
- No quieres hacer ¿qué?... ¿no quieres que te la meta?
- No.
- Bueno, pues no te preocupes, no lo haré… hay formas de pasarlo bien. Dime ¿te gusta esto? – y desliza un dedo por debajo de mis bragas que hace que me retuerza de placer. Relájate, Gloria, te voy a enseñar a disfrutar, tonta, confía en mi, me vuelves loco mi vida, me vuelve loco este coñito caliente, hazme caso, haz lo que yo te diga y lo pasaremos bien… lo pasaremos muy bien.

Sus dedos penetran mi sexo rítmicamente y yo sólo deseo que lo hagan más y más dentro. Ahora podría follarme si quisiera y no encontraría ninguna resistencia por mi parte, pero no lo hace. Confío en él. De pronto me siento vacía y detengo el vaivén de mis caderas. ¿Qué hace? Me pregunto cuando se mueve bajando hacia mis pies, al tiempo que desliza mis bragas por las piernas. Una ligera presión de sus manos entre los muslos y las abro. Nerviosa. No acabo de creer lo que imagino que se dispone a hacer.

Pero allí está, el contacto de su lengua en mi sexo, la punzada de placer, mi clítoris latiendo. Abro las piernas todo lo que puedo. Nadie había metido ahí la boca, nadie. ¿A quién le gusta hacer eso? Pienso. Si al menos acabase de ducharme. Estoy mojada y mi sexo desprende un fuerte olor a excitación que hasta yo puedo percibir, pero a él parece no importarle. Juguetea con su lengua en busca de caminos escondidos, hendiduras, rendijas, recovecos. Con los labios chupetea el clítoris, succiona… se detiene. Me incorporo aturdida y le encuentro sonriente mirándome.

- ¿Te gusta? – me pregunta, con sonrisa maliciosa.
- ¡Ufff! – no tengo fuerza para contestar nada más coherente.
- Pues pídeme que siga.
- ¿Qué?
- Que me lo pidas, pídemelo. Pídeme que te coma el coño, hazlo… ahora.
- Cómeme el coño – digo con un hilo de voz.
- Más fuerte, dilo más fuerte.
- ¡Cómeme el coño!
- Más fuerte.
- ¡Cómeme el coño! ¡Cabrón!

Se mete con furia entre mis piernas. Unos ligeros toques son suficientes para hacerme estallar. Me estiro. Me doblo. Grito. Y poco a poco mis músculos se relajan, tiemblan ligeramente, me siento fláccida, sin fuerzas. Es la primera vez que otra persona me provoca un orgasmo y no es lo mismo que hacértelo tu misma, no, no es lo mismo.

Me besa. Sabe a sexo, mi sexo.

- Es tu turno – dice mientras empieza a desabrocharse la bragueta.

Imagino lo que quiere, y siento una mezcla de deseo, repulsión y miedo. También cierta vergüenza, no se cómo hacerlo. Parece adivinar mis pensamientos.

- Yo te enseño, sólo tienes que hacer lo que te diga.

Asiento ligeramente y no acabo de entender tanta experiencia en un chico de su edad.
...

jueves, 9 de abril de 2009

ATMÓSFERAS (100 relatos para el mundo)

Disculpad que haga un inciso en la historia que estoy contando para presentar un libro que muy pronto estará a disposición de todo aquél que quiera comprarlo.

Hace unos meses recibí una invitación de mi amiga Tania Alegría para participar en un proyecto puesto en marcha por Javier Ribas de Escritores en Red. Se trataba de aportar un relato para poder editar un libro (en principio se pensó que fuese de 50 relatos) solidario, cuyos beneficios se destinan a la Fundación Vicente Ferrer

Hoy ese proyecto se ha hecho realidad: ATMÓSFERAS (100 relatos para el mundo) está en la imprenta.

PRIMERA IMPRESIÓN 200 EJEMPLARES NUMERADOS EN IMPRENTA
EDICIÓN COLECCIONISTA
(VENDIDOS)







SEGUNDA IMPRESIÓN 100 EJEMPLARES 
(VENDIDOS)




TERCERA IMPRESIÓN 100 EJEMPLARES 
(A LA VENTA MUY PRONTO))



Los derechos de autor y beneficios de la venta,  se destinan a la creación de becas para el acceso a la Universidad de chicas y chicos de Anantapur, los dálits o intocables, quizá sea una buena razón (además de disfrutar con la lectura de 100 relatos) para comprar un ejemplar. 

A la derecha del blog está el enlace a la página de Escritores en red (y aquí mismo) donde encontraréis cumplida información para reservar el libro, o comprarlo a partir del próximo 1 de Mayo.

También podéis hacer publicidad en vuestros respectivos blogs. Yo, os agradezco de antemano que os hayáis parado un momentito a leerme. Gracias.


martes, 7 de abril de 2009

Pecado de juventud (Cuatro)


Desde que Rafael llamó a Gonzalo a su despacho, la tensión que existe entre ellos se hace presente en cada clase. No se qué jodido problema tienen estos dos. La gente no se atreve a hablar de ello, de ese ambiente extraño, de esos silencios que se producen cuando las miradas de ambos se entrecruzan. La mayoría tiene miedo de Gonzalo, de su reacción si se entera que se habla de él a sus espaldas.

Tengo la impresión de ser observada mientras sigo con interés la explicación de Rafael, en realidad estoy embobada mirando el movimiento de sus labios cuando habla, dejando entrever los dientes y esbozando una ligera sonrisa de tanto en tanto. Giro la cabeza buscando la causa de esa extraña sensación y sorprendo a Gonzalo mirándome fijamente. Me siento rara, creo que es la primera vez que sus ojos no me atraviesan como si de un ente invisible se tratase. Como en un reto me obligo a aguantar su mirada estoicamente ¿qué coño mirará este gilipollas? – pienso. Él, inexplicablemente, me sonríe.

Mi cabeza es un torbellino de ideas disparatadas y no consigo concentrarme en nada. No entiendo a qué ha venido esa sonrisa y me siento desbordada por una extraña mezcla de sensaciones. Gonzalo no es la clase de chico que me gusta, pero al mismo tiempo no puedo dejar de sentir un revoloteo en el estómago. Cuando suena el timbre que da la clase por finalizada, recojo mis cosas a toda prisa y salgo corriendo hacia el lavabo.

- ¡Qué coño te pasaba en clase! – es María que entra como un torbellino en el baño.
- ¿De qué estás hablando?
- No te hagas la despistada, he visto como te miraba.
- Yo qué se, tía. Le habrá dado por ahí, anda, vamos a casa, tengo que acabar el trabajo de música o me caerá también este trimestre.

Esperando en la puerta está Gonzalo.

- Gloria, te estaba esperando.

No contesto, sólo le dirijo una mirada interrogante.

- Si quieres te llevo en la moto hasta tu casa.
- No, gracias, voy con María.
- Por mí no te preocupes – dice Maria, que da un respingo al notar el pellizco que acabo de darle en el brazo.
- ¿De verdad no quieres que te lleve? Me apetecía charlar contigo un rato.

Mientras habla pone su mejor expresión de chico bueno, baja la mirada fingiendo timidez e imprime a su voz un tono cariñoso y suplicante.

- Tengo cosas que hacer, Gonzalo, quizá otro día.
- ¿Hablamos mañana? Es viernes. Al salir de clase podríamos ir a algún sitio a tomar algo ¿qué te parece?
- Esta bien, mañana hablamos.

Hace dos semanas que Gonzalo y yo somos poco menos que inseparables. Tengo que reconocer que sabe como conquistar a una chica, y a la madre de la chica, la mía está encantada. El primer día que me vio bajarme de su moto pensé que iba a echarme una buena bronca, todo lo contrario, no podía creer que el chico perfecto estuviese saliendo con su hija, y al parecer iba en serio ¿no?, ya le habían ido con el cuento algunas madres. Quizá no le gustaría tanto si entrase ahora en casa y nos pillase.

Mis padres se han ido a pasar fuera el fin de semana en un último intento por salvar su matrimonio. No se pueden aguantar las dos o tres horas que se ven al cabo del día ¿cómo van a soportarse mutuamente durante un largo fin de semana? Temo que regresen en cualquier momento, aunque sería un desperdicio no aprovechar la habitación del hotelito que ya han pagado.

Aún no acabo de cerrar la puerta y Gonzalo ya ha empezado a besarme. Su lengua en hunde en mi boca, recorre mis dientes y busca enredarse con la mía, mientras las manos se cuelan bajo la blusa y acarician mi espalda. Se me eriza la piel y empiezo a humedecerme…

domingo, 29 de marzo de 2009

Pecado de juventud (Tres)


Estoy agotada. Mientras conduzco camino a casa entre un río interminable de coches sólo pienso en tirarme en el sofá. Entraré por la puerta lanzando a puntapiés estos insufribles tacones y me prepararé un buen baño, sí, hoy paso de ahorrar agua dándome una ducha, que una también tiene derecho a ciertos caprichos. Quiero un baño relajante con bolitas de aceite, velas olorosas y escuchar a todo volumen mi mantra preferido…hum, ya lo estoy disfrutando. Ha sido un día estresante a la par que aburrido, lo de cubrir las campañas de los políticos no es para mí, el lunes sin falta hablo con el jefe, quedamos en que sólo serían cuatro o cinco días y llevo así dos semanas, me importa una mierda que no tenga periodistas disponibles, un trato es un trato, ya no aguanto más.

- ¿Qué te parece este conjunto para la cena?

Lo dice sonriendo, parado en la puerta del baño, mientras sujeta una percha con un pantalón y una bonita camisa de seda, justo en el momento en que había conseguido relajarme. Le tiro una chancla que él esquiva con gracia.

- Pero Xuso, otra vez no ¿de verdad estás decidido a ir a esa estúpida reunión?

Está en la cocina preparando una ensalada para los dos y una tabla de delicioso queso.

- Pues claro que estoy decidido, pero sólo si tú me acompañas.
- No me hagas esto, por favor.
- Gloria, no se qué pasó realmente entre Gonzalo y tú, escuché comentarios cuando llegué al Instituto…
- ¿Qué comentarios?
- Chismes de adolescentes, ya sabes.
- ¿Qué comentarios?
- Que parecía que Gonzalo iba en serio contigo, que a pesar de la cantidad de chicas que revoloteaban a su alrededor nunca había salido en pareja con ninguna, esas cosas…Luego a todos les extrañó que después de aquel percance del que todos hablaban en secreto, ya me entiendes, lo del profesor y eso, os convirtierais en dos extraños.
- Y tú ¿qué pensabas?
- Nada ¿qué querías que pensara? No estaba allí, y una vez que quise preguntarte sobre ello ¿recuerdas? me respondiste que si quería seguir siendo tu amigo, me olvidase de ese tema para siempre. Me sorprendió tu reacción y me asustó lo que percibí en tu mirada.
- Recuerdo aquella noche de San Juan, en la playa, nos quedamos solos junto a las brasas de la hoguera que habíamos encendido, recuerdo las confidencias que nos hicimos, pero olvidé que me hablaste de eso, te lo juro.
- Lo hice, pero seguramente, consciente o inconscientemente, lo borraste de tu memoria.

Hablamos sin mirarnos. Yo sentada en un taburete, fumando un cigarro, y él entretenido en trocear los ingredientes de la ensalada en pequeños pedacitos casi idénticos. Deja el cuchillo sobre la mesa y se queda mirándome fijamente.

- Gloria, tienes que enfrentarte a ese miedo de una vez por todas, no puedes seguir arrastrando el recuerdo de lo que quiera que fuese que ocurrió durante toda tu vida ¿no crees que es un buen momento? Mírate, eres una mujer inteligente, una buena profesional del periodismo, independiente, madura… has pasado por momentos difíciles y siempre saliste de ellos victoriosa, con algunas heridas de guerra sí, pero victoriosa. Me duele verte así, de veras.
- No me hace falta enfrentar nada, Xuso, estoy muy bien así ¿por qué coño tengo que volver a ver la puta cara de Gonzalo? ¿qué necesidad tengo? Dime ¿qué gano con eso?
- Nada, Gloría, no voy a insistir más, olvídalo… la cena está lista, anda, vamos a la mesa.

Cenamos en silencio aparentando estar interesados en una película que Xuso puso en el video. Al terminar el café, él se levanta, musita un “buenas noches” y se dirige a la puerta. Se detiene, parece dudar si se va o se queda, finalmente se acerca y me besa.

- Te quiero, Gloria, eres mi mejor amiga, no lo olvides.

Se aleja.
(Abajo podéis escuchar el mantra)


jueves, 26 de marzo de 2009

Pecado de juventud (Dos)


Gonzalo es el niño mimado del Instituto, es guapo, su cuerpo pasa casi sin notarlo la típica y casi siempre poco atractiva, etapa de la adolescencia. Es buen deportista y un más que admirable estudiante. Siempre va impecablemente vestido y su cabeza parece recién salida de la peluquería. Forma parte del consejo escolar en representación del alumnado, participa y promueve toda clase de actividades, tanto educativas como lúdicas. El profesorado le consulta y acata de buen grado sus opiniones y propuestas, le profesan gran estima y respeto, un respeto que en ocasiones parece rayar el temor.

Él es el epicentro de una sociedad clasificada por categorías, que van decreciendo en importancia de manera proporcional a la distancia que les separa de su persona. Pegados a sus talones andan siempre media docena de incondicionales que acatan sus órdenes, siempre disfrazadas de simples recomendaciones o encargos, con el orgullo de quien ha sido elegido para llevar a cabo un importante cometido y dispuestos a demostrar que son dignos de su confianza.

Inmediatamente después están los que trabajan duramente para entrar en el círculo de los elegidos, un buen puñado de chicos y chicas que se encargan del trabajo… obrero, podríamos decir. Son los que fotocopian y pegan carteles durante días anunciando una actividad, ya sea una charla, teatro, un campeonato deportivo. Sirven igual para un roto que para un descosido, siempre están disponibles. Luchan a brazo partido con sus contrincantes para ganarse una palmada en la espalda o una simple sonrisa del magnífico, maravilloso y admirable Gonzalo.

Por último, unos pocos apestados, entre los que me encuentro, cuyo nexo de unión es cierta aversión ante tanta perfección. El sentimiento es mutuo, Gonzalo evita cualquier contacto con nosotros, no vayamos a contagiarle alguno de nuestros defectos, por lo que se forma una frontera invisible entre su territorio y el nuestro, que ningún bando osa traspasar. A veces, acogemos a alguno de los suyos caído en desgracia, por pura compasión, y eso nos hace sentir un poco vencedores.

Escucho embobada al nuevo profesor de Literatura. Hace casi dos meses que no asisto a esta clase, a pesar de ser una de las pocas asignaturas que me interesan. La antigua profesora no enseñaba Literatura, la destrozaba. Jamás escuché a nadie leer un texto de la forma tan desastrosa en que ella lo hacía, hubiera podido recitarnos la guía telefónica y no habríamos notado la diferencia. Así que decidí no volver a entrar en su aula y aprovechar ese tiempo con el acompañante de turno, dándole gusto al cuerpo.

Hoy, alguien me ha dicho que la buena mujer estaba depresiva, cosa que no entiendo porque deberíamos ser nosotros los deprimidos, pero el caso es que estará ausente con toda probabilidad hasta final de curso, y deseé con toda mi alma que el sustituto fuese un poco mejor que ella, algo relativamente fácil dadas las circunstancias. Sólo verle entrar por la puerta, siento que me gusta, que este hombre barbudo que se presenta como Rafael es un buen profesor de Literatura. Y no me equivoco, pronto logra captar nuestra atención con su voz grave y cadenciosa que nos adentra en el mundo de las letras de forma sencilla.

Hablamos de una nueva novela cuya lectura nos recomienda, cuando interrumpe Gonzalo que acaba de abrir la puerta. Con su mejor sonrisa se dirige al profesor pidiéndole disculpas por el retraso, que se debe, al parecer, a un asunto urgente que estaba tratando con el jefe de estudios y que le ha retenido más tiempo del previsto. Rafael le mira fijamente, no parece escuchar su explicación, más bien da la impresión de estudiar su rostro como quien observa una fotografía intentando ubicar la imagen en algún lugar de su memoria. Asiente mecánicamente y le hace una seña con la mano para que ocupe su asiento, disponiéndose a continuar con la clase. Pero algo ha cambiado, el profesor parece ausente, se queda a veces pensativo y guarda silencio en mitad de una frase.

Suena el timbre y entre el ruido de sillas y pupitres, se alza la voz del profesor que en tono autoritario se dirige a Gonzalo citándole en su despacho. Se hace el silencio. No es extraño que cualquier docente le emplace al terminar una clase, para comentar con él algún asunto relacionado con los alumnos, pero la forma en que acaba de hacerlo Rafael no es la habitual. También Gonzalo se ha dado cuenta y por un momento parece a punto de responder airadamente, se hinchan las venas de su cuello y aprieta los puños con fuerza. Pero logra controlarse y asiente con sonrisa algo forzada. El resto de la clase suspira aliviada. Antes de salir por la puerta doy una última mirada a Rafael que alza los ojos y sonríe.

PD: Perdón por la tardanza.

lunes, 2 de marzo de 2009

Pecado de juventud (Uno)


- ¿No pensarás dejarme ir sólo?

Estoy a punto de decirle que sí, que es exactamente eso lo que estoy pensando, pero al percatarme de su mirada perruna opto por callar. Lleva así desde que recibimos hace quince días la dichosa invitación para la puta cena de antiguos alumnos del instituto. Cuando se lo propone puede llegar a resultar cargante.

- No se por qué no quieres ir ¿de qué tienes miedo? Si es por los años que han pasado, veinticinco exactamente, seguro que a ellos también les pesan. Además, tú estás monísima.

Y al decir “monísima” saca su mejor voz afeminada y se acompaña de gestos que acaban haciéndome sonreír.

- Yo lo que no entiendo es qué se te ha perdido a ti en esa reunión, si sólo estuviste en el último curso.

Ahora soy yo quien contraataca.

- Pues mira, tengo ganas de volver a verles el careto a todos aquellos que se mofaban de mi homosexualidad, quiero comprobar lo mal que les ha tratado la vida, regocijarme con la visión de sus barrigas y sus calvas, porque seguro que todos esos que se las daban de machotes están hechos una birria ¿tú sabes lo que nos podemos divertir?... anda, dime que sí, dime que iremos…

Suspiro, sabiendo que no voy a tener más remedio que claudicar y armarme de valor para ir a esa maldita cena. Xuso es mi mejor amigo, mi compañero de piso desde hace un montón de años, pero no puedo contarle que no quiero encontrarme con Gonzalo, que no se si soportaré verle de nuevo.

- Xuso, no me apetece recordar viejos tiempos, no fueron felices para mí, por eso no quiero ir, fueron años difíciles, de verdad ¿no podríamos olvidarnos de esa invitación?
- Pues que yo recuerde, cuando yo llegué eras una chica preciosa, con carácter, buena estudiante e integrada en un nutrido grupo de buenos amigos. Si no hubiese sido porque me tomaste bajo tu protección, no lo habría soportado.
- Conociste mi mejor versión, la Gloria que se propuso convertirse en una mujer independiente y preparada para afrontar su futuro, después de haber pasado por alguna que otra mala experiencia. Mira, en los primeros años de instituto fui una preadolescente horrorosa, sí, no te rías…
- Pues como todos ¿crees que yo fui siempre así de guapo?

Y sonríe enseñando su magnífica dentadura.

- No. Yo era horrorosa de verdad. Imagínate una chica más bien bajita, con un cuerpo amorcillado, el pelo liso de un rubio ceniza apagado y grasiento, y la cara plagada de granos, granos rojos y grandes. Casi siempre llevaba una coleta porque a las pocas horas de lavarme la cabeza volvía a aparecer la grasa. Se me subía el pavo en cualquier momento, y mira que yo intentaba concentrarme para que no ocurriese, pero bastaba que alguien me dirigiese la palabra, incluso que me mirase, para convertirme en un semáforo… en rojo, claro.
- Sigue, sigue, no conocía esa faceta tuya.
- Si sigues descojonándote, no te cuento nada más.
- Vale, no me río, te lo prometo.
- Así pasé dos o tres años. Contaba con una o dos amigas, parecidas a mí, porque las guays siempre estaban en el otro bando. Luego la naturaleza decidió por fin concederme un respiro, crecí unos cuantos centímetros y dejé de parecer una morcilla. No es que me convirtiese en una modelo de pasarela, pasé a ser una chica normal, delgada sin resultar esquelética, y eso sí, con pocas tetas, pero no se puede tener todo, ya estaba bastante satisfecha con el reflejo que me regalaba el espejo cada mañana. Faltaba arreglar el asunto de los granos.
- Bueno, eso se cura con la edad.
- Sí, pero no estaba dispuesta a sentarme a esperar a que los años cumpliesen su cometido, estaba harta de que mi cara pareciese una paella. Entonces mi madre tomó cartas en el asunto y me llevó a un dermatólogo famoso en la ciudad por un método revolucionario que decían era muy efectivo. Pasé seis meses acudiendo a su consulta para someterme a aquel extraño tratamiento. Me ponían una especie de máscara de metal sobre la cara, y me exponía así a los rayos que lanzaba una enorme máquina que debía costar una fortuna por los cuidados que le prodigaba la enfermera. No se si aquello sería muy recomendable pero el caso es que hizo efecto y los granos y marcas que tenía en el rostro fueron disminuyendo hasta desaparecer por completo.
- Y apareció la nueva Gloria.
- Apareció otra Gloria, pero no precisamente la que tu conociste. Aquella Gloria intentó comerse de un bocado todo lo que había tenido que mirar de reojo sin atreverse siquiera a pensar en probarlo. Empecé a ser popular, los nuevos amigos crecían y se reproducían como las setas, los chicos me andaban detrás constantemente y yo me prodigué con un buen número de ellos, me gustaba sentirme deseada, me dejaba magrear sin demasiada resistencia, era lo que se llama una chica fácil, los pretendientes no me duraban mucho, pero no me importaba, había muchos para elegir. Luego llegó Gonzalo.
- ¿Te enrollaste con Gonzalo? Me parecía que había entre vosotros cierta hostilidad pero no pensé que hubiese por el medio ningún rollo sentimental. Nunca me cayó bien, lo sabes. No me fiaba de él.
- Gonzalo es un mal bicho. Sí, me enrollé con él, más de lo que lo había hecho con cualquier otro. Por eso no quiero ir a esa estúpida cena, no me apetece verle el careto, ni a él, ni a ninguno de los otros con los que tuve aquellos escarceos.
- Pero eso es una tontería de adolescentes, Gloria. Cuando te vean sabrán lo que se han perdido, déjalos que rabien.
- ¡Qué cabezota eres, Xuso! Vamos a dormir, anda, déjame que lo piense.

Le doy un beso de buenas noches y le dejo en el sofá terminando su cola-cao. Con eso del rollo con Gonzalo no tengo esperanzas de acabar convenciéndole, pero no puedo contarle la verdad de lo que ocurrió, aquello aún me sigue atormentando, soy tan culpable como él, me manipuló, me engañó, me utilizó para llevar a cabo su venganza, pero quizá podría haber hecho algo para impedirlo, y no lo hice… no lo hice…

miércoles, 18 de febrero de 2009

La negra Azucena



La negra Azucena se lleva prendidas todas las miradas.

La siguen los hombres al ritmo que marcan sus pechos altivos, entreabren la boca casi babeante cuando les saluda camino de casa y ellos se imaginan entre aquellas tetas, lamiendo y mordiendo sus duros pezones. También las mujeres siguen sus andares, esas largas piernas, morenas, brillantes, y bajo la tela suave de su falda se entreveen sus nalgas de carne apretada. Les come la envidia.

Ella anda despacio, subiendo con calma la empinada cuesta que lleva a su calle. Sonríe y camina, camina y sonríe, con el alma rota y los pies cansados. Cuando abre la puerta del pequeño cuarto en el que malvive, el negro Basilio ya se ha levantado. Su nariz percibe un ligero aroma a café caliente entre los olores que inundan el cuarto. Se sirve un tazón mientras que Basilio prepara la manta. Hoy hacen mercado en el barrio nuevo, quizá venda algo. No hablan, se miran. Azucena, de pie ante la mesa, piensa que un día de estos trincan a su negro y no vuelve a casa. Basilio a su espalda le aprieta los pechos, restrega su sexo, le besa en el cuello, le empuja con ganas.

Espera mi negro, espera un momento, susurra Azucena, mientras se separa tapando su boca cuando ya Basilio intenta besarla. Aún nota el sabor que dejó en sus labios la última mamada. Se lava a conciencia con la poca agua que sale del grijo, y luego se deja montar por el negro que exhibe su verga dispuesta y ansiosa. La negra está ausente, hoy no siente nada, se le formó un nudo en medio del pecho, como una gran bola hecha de tristeza, de miseria, de asco. El negro se corre. Después se le queda mirando un momento, le busca la boca, y siente al besarla algo muy extraño, un intenso frío que cala los huesos.

Basilio se viste, se para en la puerta, intenta quitarse un presentimiento. Ella le sonríe y le tira un beso, entonces suspira y sale a la calle.

La negra Azucena rebusca en su bolso y con mucho cuidado saca un envoltorio. Ya va a hacer tres meses que el cuerpo no sangra, y antes de los dos, su amiga Felicia, que es un poco bruja, lo vaticinó: mi negra, no busques otra explicación, te preñaron hija, te jodieron bien. Aún de madrugada, cogidas del brazo, fueron a buscar a la seña Petra, una mulatona grande como un buey que dicen que tiene todos los remedios: ungüentos, pomadas, mejunges, hierbajos, bebedizos dulces… con mucho secreto le vendió a Azucena hierbas milagrosas que la harán sangrar.

En un viejo cazo se prepara el agua y cuando está hirviendo echa un puñadito, y otro, y otro más. Mientras que reposa se pone a rezar, hace tanto tiempo que ya ni se acuerda, pero poco a poco viene a su memoría una retahíla de cortas plegarias que cuando era chica, antes de acostarse, solía enunciar. Se toma el brebaje, se mete en la cama y cierra los ojos. La mata el cansancio de todas las noches pateando la calle y casi sin notarlo se queda dormida.

Un grito de angustia la hace despertarse, es noche cerrada, se encuentra muy mal: le duele la tripa, se agarra, se dobla. ¿Dónde está Basilio? Por entre las piernas empieza a notar algo que se escurre, un líquido tibio que fluye despacio mojando las sábanas. Siente las mordidas de un perro rabioso, allí, en las entrañas, la va a destrozar. Se muere de frío, tirita, está ardiendo, se acurruca aún más. El dolor la rinde, se vuelve a dormir.

El negro Basilio no ha tenido suerte, fallaron las cuerdas, se rompió la manta y él echó a correr, pero ya los polis le echaban el guante, no pudo escapar. Llora por su negra que estará esperando presa de la angustia porque no llegó.

Hombres y mujeres, todos cuchichean cuando en la ambulancia, meten la camilla llevando el cadáver que encontró una noche su amiga Felicia, cuando preocupada porque hacía unos días que no la veía, la vino a buscar. La Felicia llora, sentada en el suelo, luego un gran suspiro, se suena los mocos. Ya saca del bolso un pequeño espejo, retoca los labios, se pinta los ojos, se arregla el escote y estira con fuerza de su minifalda. No es tiempo de penas, hay que trabajar.

La negra Azucena se lleva prendidas todas las miradas.

jueves, 12 de febrero de 2009

De principios y finales

Dicen que todo tiene solución menos la muerte, y debe ser verdad porque armándose de un poco de paciencia y con la ayuda del paso inexorable del tiempo, los problemas empiezan a parecer menos graves. A veces porque se encuentra la solución adecuada para ellos, y otras porque acabamos adaptándonos a esas situaciones, sobre todo si contamos con el apoyo y la ayuda de los que nos quieren. Y en eso yo tengo mucha suerte.


Y bien, si alguien estaba frotandose las manos pensando que por fin se había librado de mi, ya puede ir quitándose esa idea de la cabeza, porque será dificil hacerme abandonar este patio y ese vicio de torturar con mis historias a los ingenuos lectores que pasan por aquí.


Para corroborar mi afirmación, os dejo un viejo relato que escribí allá por el 2005 (señor, cómo pasa el tiempo) mientras acabo de escribir el último cuento que mi cabecita anda imaginando.


Sed bienvenidos, de nuevo a mi Patio.




De principio y finales

Esta situación tiene que acabar- fue el primer pensamiento de Merche al despertar aquella mañana de principios de verano. Bueno, lo de despertar era un modo de hablar, porque realmente no había conseguido conciliar el sueño, como casi cada noche, desde hacía algún tiempo.

No llegaba a entender cómo podía mantenerse en pie y acudir al trabajo cada día. No dormía, y comía lo justo para no desmayarse, por lo que la ropa se le quedaba grande por momentos. No podía olvidarle, era del todo imposible. Durante el día, miles de detalles la llevaban a pensar en él, y por la noche, su mente no dejaba de imaginar situaciones en las que volvían a encontrarse.
Permanecía allí, postrada en la cama, sin fuerzas par levantarse y empezar un nuevo día. Evocaba, una y otra vez, aquella noche mágica en que hicieron el amor. Sólo una. Él había sido el amante más experto y el más cándido, al mismo tiempo. Pero no era esa la razón por la que su recuerdo no la abandonaba. No. Ya había tenido antes buenos amantes. Era algo inconcreto, que ella se negaba o no sabía nombrar. Era una especie de posesión, como si se le hubiera metido dentro y anduviera corriendo por la sangre, impregnando todas sus vísceras con una potente droga que la hacía padecer un terrible síndrome de abstinencia.

No hablaron de amor, ni de volverse a ver. No hablaron de seguir con esa extraña relación, ni tampoco de acabar con ella. Todo había quedado en el aire, sin promesas ni despedidas. ¿Y qué podía hacer ahora?.

Durante un tiempo, habían seguido hablando y escribiéndose de vez en cuando. Pero, sin ella conocer el motivo, él fue alejándose poco a poco. Sin explicaciones. No hubo ruptura, continuación, ni reinicio.

No podía echarle nada en cara porque, al fin y al cabo, nada se prometieron. Quizá, solo ella se había hecho ilusiones. Ilusiones sin consistencia, fruto de su deseo. Ilusiones que, como un castillo de naipes, cayeron desparramadas con una pequeña brisa que entró por su ventana.

Se mira en el espejo y casi se asusta de su propio aspecto. Sus ojos ya no tienen el brillo que los caracterizaba, ahora están hundidos y rodeados de negras ojeras. Están vacíos y muertos. En su desmejorado rostro, destaca la nariz afilada entre las hundidas mejillas. Se despoja de la bata que la cubre y continúa con su crítica mirada. Esta vez, está dispuesta a enfrentarse con su imagen. Siempre poseyó un bonito cuerpo, con curvas insinuantes, aunque no exageradas, que hacían la delicia de los hombres. Ahora, la delgadez había hecho mella en él: los pechos, que nunca fueron abundantes, aparecían colgantes y sin atractivo alguno; se le notaban las costillas; y sus piernas, que habían sido su orgullo, se veían delgadas en exceso.

Esta situación tiene que acabar- vuelve a pensar, y a falta de un consuelo mejor, se conforma con esta idea que parece fijarse en su mente por momentos...

Se mete bajo la ducha y deja que el agua se lleve por el desagüe las últimas huellas de sus caricias. Eso se imagina, eso es lo que quiere creer. Si pudiera desprenderse de su recuerdo tan fácilmente. Si pudiera abrir su corazón y rociarlo con gel de aroma de jazmín. Si pudiera, luego, apuntar en su centro el chorro de agua ardiente y acabar con cualquier sentimiento. Si pudiera...
Hoy quiere volver a estar guapa, tiene que recobrar su esencia, volver a vivir. Se maquilla despacio, intentando devolver a su rostro la alegría perdida por algún rincón olvidado, pinta de un rojo indecente sus labios carnosos. Abre el armario y elige un bonito vestido veraniego, lleno de grandes flores. Se sube en lo alto de sus sandalias preferidas, aún a costa de partirse la “crisma” en algún traspiés y sale a la calle.

La recibe una claridad cegadora, que hace que rebusque rápidamente en su bolso, las gafas de sol. Y echa a andar, tranquila y serena, respirando el aire ocioso de la ciudad en una mañana de sábado.

Mira, descarada, a la gente con la que se cruza, amparada tras sus gafas oscuras. Hace tiempo que no practica su juego preferido: observar las caras de los viandantes y adivinar su estado de ánimo. Últimamente siempre iba enfrascada en sus pensamientos, caminando como una autómata sin fijarse en nada. Ve una bonita terraza frente a la Alameda y se dirige hacia allí. Se sienta en una mesa dispuesta a disfrutar de un café bien frío.

Se entretiene observando a un anciano con buena planta que ojea el periódico, una joven mamá con dos niños pequeños que se pelean por su batido de chocolate, un grupo de jovencitas que ríen y charlan en voz alta, y cuya conversación le llega entrecortada por el ruido del tráfico de la ciudad, una pareja de enamorados que se come la boca como si sólo ellos habitasen el planeta. Instintivamente desvía su mirada, no quiere recordar.

Sus ojos se posan en un hombre que toma una cerveza en una mesa cercana. Su rostro le parece conocido y empieza a mirarle insistentemente. ¿De qué le conozco?- piensa. Sabe que jamás se equivoca tiene muy buena memoria para las fisonomías, el problema es que muchas veces no logra asociarlas a las personas que pertenecen. Se da cuenta, que él también la está mirando y empieza a esbozar una sonrisa. Él se está levantando de su asiento y se dirige hacia ella decidido. Entonces le reconoce.

- ¡Merche! ¡cuánto tiempo sin verte! ¿cómo estás?.
- ¡Álvaro! No te había reconocido. Lo siento, habrás pensado qué hacía mirándote con tanta insistencia.

Se besan en las mejillas. Álvaro es un antiguo amigo y amante. Tuvieron una relación no demasiado larga: él se enamoró, ella no. Así que, cuando las cosas empezaron a tomar visos de relación más estable, Merche salió corriendo. Durante algún tiempo, él insistió: la llamaba, quería verla; pero ella se negó de forma tajante.

Empiezan a hablar de viejos tiempos, de cómo les ha ido a cada uno la vida, de que estás muy delgada pero guapísima, de que tú también estás muy bien, de que ninguno de los dos se casó. Y mientras, Merche se pregunta ¿por qué se enamora siempre de quien no debe? ¿por qué no quiso a este hombre o a cualquier otro?. Y hace un repaso mental de su vida amorosa, mientras asiente y contesta a Álvaro, casi de forma automática. Piensa que ha tenido suerte con los hombres que la amaron, y ella se dejó querer, pero no se entregó, jamás se dio plenamente. Y la única vez que se enamora es de la persona equivocada. También tenía que tocarle a ella, y la vida se estaba cobrando ahora su precio. Sólo él, el que no puede olvidar, en una noche, borró de su mente todas las noches pasadas y futuras. Se hizo el dueño de su cuerpo y de su alma, y se siente impotente para echarlo de allí.

Álvaro está feliz por haberla encontrado, y ella decide que quizá es otra oportunidad que le brinda esta puta vida. En su interior, sabe que no es esa la solución, pero quiere sentirse amada, quiere saberse importante para alguien.
Deciden comer juntos y seguir recordando...

Y recuerdan. En el apartamento de Álvaro, ella vuelve a sentir sus suaves caricias, expertas y certeras, vuelve a percibir esos labios, esa boca ya olvidada, recorriendo su cuerpo, adueñándose de nuevo de sus recovecos, de su olor y sus jugos. Se siente recorrida por las corrientes de deseo, que como ríos desbocados confluyen en su centro vital, en el punto en que estalla el placer. La traspasa el amor que ese hombre siente por ella y le embarga la tristeza. No puede, no puede amarle.

Y está tendido a su lado, feliz, ignorante de los pensamientos que cruzan por la mente de Merche, que no ha podido dejar un momento de pensar en él, en el que no la abandona ni por un momento. Sintió miedo de pronunciar su nombre en el momento del orgasmo. Y calló. Se obligó a permanecer muda, jadeando, pero sin pronunciar palabra alguna. Se pregunta si es tanto lo que ella pide. No quiere promesas ni palabras de amor, sólo que le diga lo que siente, que le hable de sus miedos y de sus sueños. ¿Por qué le resulta tan difícil? Es, como cuando le haces a alguien un regalo, ilusionada, y el obsequiado lo abre, lo mira... y calla. Y el obsequiante se queda esperando expectante. Entonces, llegan las cavilaciones y como un detective analiza las pistas: un gesto, una sonrisa, una mueca. A veces, cuando se siente optimista, piensa que sí, que algo sentía por ella, que volverá a dar señales de vida, que la llamará. Otras, en los días grises, pierde toda esperanza y se maldice por capulla y gilipolla, y se pierde por negros túneles donde no luce el sol, mientras deja que la apatía se apodere de su alma.

Merche ha vuelto a casa, después de despedirse de Álvaro y quedar en llamarse. Enciende el ordenador y mira el correo: nada. Tampoco está conectado. Como una tonta vuelve a ojear el teléfono, con la liviana esperanza de no haberlo oído sonar. Se engaña, claro, y ella lo sabe.
Se queda sentada en la silla, con la vista fija en la pantalla, esperando quizá un milagro. Se acabó, piensa, voy a apagar este trasto y olvidarme de él. Le tiembla el pulso, pero está dispuesta a hacer. Y el corazón le da un vuelco cuando el cartelito le anuncia que acaba de conectarse. Al momento la ventana de conversación aparece con un “Hola”. Merche se queda mirando la palabra mágica y sabe que todo empezará de nuevo, mientras por centésima vez escucha una de sus canciones preferidas:

Ya estoy curado, anestesiado,ya me he olvidado de ti...Hoy me despido de tu ausencia, ya estoy en paz...Ya no te espero, ya no te llamo, ya no me engaño.Hoy te he borrado de mi paciencia,hoy fui capaz...Desde aquel día en que te fuiste,yo no sabía que hacer de ti.Ya están domados mis sentimientos.mejor así...Hoy me he burlado de la tristeza,hoy me he librado de tu recuerdo,ya no te extraño, ya me he arrancado,ya estoy en paz...Ya estoy curado, anestesiado,ya me he olvidado.
Te espero siempre, mi amor,cada hora, cada día, cada minuto que yo viva...
Te espero siempre, mi amor...Te quiero... siempre, mi amor...Se que un día... volverás...No me olvido y te quiero...
Te quiero siempre, mi amor

“Hola”, responde. Y sabe que su vida, como la canción, es una total contradicción.


miércoles, 28 de enero de 2009

Esta madrugada - Amaral

Sólo un poco de música en una noche triste.

jueves, 15 de enero de 2009

Ausencia


(Imagen: La Silla de Van Gogh)
Durante un tiempo, que espero sea corto, asuntos familiares me obligan a ausentarme. Mi deseo es encontraros aquí a la vuelta, mientras tanto podéis ser felices... si os viene de gusto.

domingo, 11 de enero de 2009

Siempre puede ser peor (Autor: K)



(Otro desenlace escrito por K, para la historia "Desesperación" Gracias, maestro, por asomarte a este patio y regalarme tus letras)


— ¡Tú, pringao, dame la pasta!

No tendrá más de diecisiete... Sí, un crío, pero no le tiembla la mano, hijo de puta, cómo aprieta ese revolver ¿De dónde…? El níquel del cañón, del tambor, del gatillo montado, brilla con la luz de las farolas. Hijo de puta, un crío pero si doy un paso seguro que me deja seco ¡Seco! ¡Sí, seco! Pues ya que yo no tengo cojones, que sea este mocoso el que haga el trabajo sucio. Entre el arma y él sólo tres pasos. Coge aire. Embiste. El miedo se esconde bajo la rabia. ¡Vamos, chico, vamos! Pero el muchacho no dispara, se desorbitan sus ojos, da un paso atrás, otro, otro, mira hacia los lados. El adulto está como loco ¡Hijo de puta…! ¿Qué haces? ¡Vamos! sólo se fija en el cañón, se le echa encima, le agarra. Forcejean. ¡Serás… tu tampoco tienes cojones… cabrón! Se escucha un disparo. Las convulsiones del chico, ya boca arriba en el suelo, son cada vez menos aparatosas; hasta que queda inmóvil. Sólo conserva la mitad de la cara ¿Y el revolver? El adulto se mira la mano. ¿Pero cómo…? El hueco del cañón aún humea. Lo mira. ¿Cómo…? ¡No puede ser! ¿Cómo…? ¿He sido yo? Se agacha. Pone dos dedos de la mano libre en una de las muñecas del muchacho. Nada. Nada. Se fija, son pequeñas, los dedos suaves, sin callos. Pero si era un crío, un puto crío de diecisiete años, un puto… sin cojones, como... ¿Y yo; en qué estaría pensando yo para…? ¿Y ahora…? ¿Qué hago? Mira a su alrededor. Es tarde, no se ve a nadie. El cielo está raso, a pesar de las luces de la ciudad esta noche se aprecia lleno de estrellas. Lo mira. ¡Dios! ¿Qué hago? Ayúdame. ¡Dios! Mi mujer… ¡Qué lío! ¿Qué disgusto cuándo…? Mi hijo. Y sí… Nadie lo ha visto. Vuelve a mirar. Pero no. No ¿Cómo olvidar…? Mira lo que queda de la cara del muchacho. Mejor… La pistola. Se la acerca a la sien. ¡Vamos, vamos! ¡Cabrón, vamos! ¡Vamos! Pero nada.

— ¡Policía, quieto, deje el arma en el suelo, tranquilo, ponga sus manos en la nuca!

Él obedece y el cañón del revolver rebota contra los cantos del suelo.
Puta vida. Ahora a aguantar lo que caiga. Una última mirada al muchacho mientras un policía le sujeta los brazos atrás y le esposa. Y el recuerdo. Y mi esposa. Y mi hijo. Qué disgusto cuando… A unos pasos de él el revolver sigue tirado en el suelo. Nada. En este puto mundo sólo hay dos, los que son capaces de pegarse un tiro y los que no. Ahora a aguantar lo que caiga. Y con buena cara. Seguro que las cosas aún podrían ir peor.

sábado, 10 de enero de 2009

Desesperación


Apoyado en la barandilla de la azotea, deja vagar su mirada por la solitaria avenida por donde, de tarde en tarde, se deja ver algún automóvil a toda velocidad. Son las cuatro de la madrugada y no sabe muy bien por qué ha subido allí, quizá para sentirse más cerca del cielo. Mira hacia arriba, hacia esa oscura inmensidad en la que brillan algunas estrellas. Intenta imaginar al dios en el que le enseñaron a creer desde que era un niño. Y le ve, le ve reírse de él, una risa cruel y despiadada. ¿Por qué? Pregunta en silencio. Él siempre ha sido un buen hombre. Se ha pasado la vida trabajando como un esclavo desde que, con catorce años, murió su padre (es otra de las cosas que tiene pendientes con ese dios), y se convirtió de la noche a la mañana en el padre de todos: de sus cuatro hermanos y hasta de su madre. Él era un chico responsable. Malditos. Trabajó y trabajó sin descanso, por la mañana en un sitio, por la tarde en otro. Estaba ya casado cuando se propuso ir a la Universidad, y sin dejar ninguno de sus trabajos, logró sacar la carrera. Se paso años durmiendo sólo tres o cuatro horas diarias. Y nunca salió de su boca una queja. Mientras, seguía ocupándose de todos. Cuando alguien de su familia tiene un problema acuden a él. A sus cuarenta y siete años acaba de darse cuenta de que su vida ha estado llena de la vida de los otros. Nunca ha hecho nada que le llenase a él plenamente. Ahora tiene una casa, una buena posición social y profesional, un gran coche, y algo de dinero ahorrado. Tiene esposa y dos hijos. Tenía dos hijos. Esta mañana enterró a uno de ellos. Diecisiete años, un golpe tonto y sin sentido con la moto, dos semanas luchando entre la vida y la muerte, y luego… nada.

Tiene ganas de gritar mirando al cielo.

Y no entiende nada. Le han estado engañando siempre. Y él, como un pardillo, ha creído en ese dios justo y todopoderoso al que rezaba. Ahora está perdido porque no tiene ningún punto de apoyo, no sabe de dónde agarrarse. Y no puede pedir ayuda a nadie porque todos dependen de él. Tienes que ser fuerte, eso es lo que le han estado repitiendo todo el día. Pero él ya no es fuerte, está derrotado. Por primera vez se ha dado cuenta de la enorme piedra que lleva sobre las espaldas y lo está aplastando. Sabe que acabará pegado en el suelo como un chicle.

Mira al vacío. La tentación es fuerte. Y por un momento, una sensación de paz le invade. Sería bueno descansar, sentirse ligero… terminar. Pero toda una galería de rostros queridos pasa por delante de sus ojos. Manos que se agarran a su camisa y a sus pantalones, manos que le atrapan.

Malditos.

Lanza la colilla del cigarro que estaba fumando. Ha vuelto otra vez a caer en el vicio. Y vuelve a casa. Su mujer está arrodillada, rezando, llorando. Y él siente un odio salvaje, casi incontrolable. Tiene deseos de estrangularla con sus propias manos.

Coge las llaves del coche y sale sin apenas hacer ruido. Vomita mientras baja corriendo las escaleras, manchándose la camisa y dejando un reguero mal oliente a su paso. Cuando se sienta ante el volante, respira profundamente, arranca, y sale disparado a la avenida.

Está llorando y ya no siente esa opresión en su pecho, ese peso en los hombros. No sabe a dónde va, ni tampoco si volverá.

Quizá esta noche sea un mal hombre y cometa alguno de esos pecados que le lleven directamente al infierno. Quizá se haga merecedor de la ira divina. A ver si ese dios todopoderoso tiene cojones para mandarle un castigo mayor. A ver si puede.

Querido diario (Autores: Kluzkl, Después y Desordenada)

Hoy quiero colgar otro de los cuentos escritos a varias manos. En esta ocasión el pistoletazo de salida lo dio KLUZKL que tantas y tantas veces nos retó haciendo que despertásemos de esa especie de letargo en el que parecía encontrarse nuestra imaginación. Él mismo le puso título:




Querido diario



(Imagen: Ana Chavarri)
Kluzkl escribió:

¿Sabes? Ayer debió de llegar alguien a ocupar la parte de arriba del chalet. He visto ropa tendida. No sé, el mes pasado cuando vino el propietario a cobrar no me dijo nada. Pero es una sensación agradable: saber que hay alguien ahí arriba. Esta casa es tan vieja que cruje todo y parece que rondan fantasmas, y está tan apartada… Te tengo a ti pero... aún así ahora me siento menos rara.

Es una señora, una abuelita muy dulce, ayer cuando vi tendidas las enaguas no me lo podía creer ¿Todavía se usan esas cosas? Hoy hemos coincidido en la puerta. Hola joven, me dijo, es usted muy mona, bien, soy su nueva vecina, esto…no será usted de esas que se traen a sus amigos, o a sus novios, y están haciendo ruidos hasta las tantas, es que… ¿sabe, joven? yo me acuesto temprano, nunca más tarde de las ocho, y tengo el sueño ligero, y...La pobre hablaba con tanto desparpajo que no me dejó ni meter baza. Pero es muy simpática, me cae bien.

Problemas: como ya sabes trabajo en un club y mi turno es de diez de la noche a siete de la mañana. Y lo que no me dijo la ancianita es que ella se levanta al amanecer Dios, y lo primero que hace es poner sus vinilos de Antonio Machín, de Manzanero, de Los Panchos… a todo volumen. Y ahí los tiene todo el día, hasta que se va a dormir, que es cuando yo me preparo para salir de casa.

Hoy subí a hablar con ella antes de acostarme y me dijo ¡Ande usted, joven, no sea exagerada, cómo se va escuchar desde su piso mi tocadiscos! pero está bien, para que luego no diga lo pondré más bajito, y me voy para dentro, que se me están haciendo las lentejas, y tengo que vigilarlas, no sea que se me peguen. No pude pegar ojo.

Si la abuela ha bajado el volumen del tocadiscos, habrá sido tan poco que ni se nota.

Hoy volví a subir y le dije que por favor bajara un momento y vería. Me dirigí a ella llamándola abuela y se enfado mucho, me dijo que ella no era tan joven como yo, pero que no por eso tenía que perder el respeto, que muy al contrario. La pedí disculpas, varias veces, hasta que se calmó. Luego insistí que bajara y ella ¡Hala, hala, joven! Que ustedes los jóvenes lo tienen todo solucionado, pero yo tengo muchas cosas que hacer. Y me dio con la puerta en las narices.

Hoy volví a subir y no me abrió, pero la oí murmurar detrás de la puerta, y mirar por la mirilla. Luego la llamé por teléfono, varias veces, y no lo cogió. Y estaba: su tocadiscos.

Hoy la vieja si me descolgó y, sin esperar a que yo dijera nada, me dijo: joven, estoy en mi parte de la casa, y como siga molestándome voy a llamar al propietario, y luego a la policía. Y me colgó.

Como esto siga así, no tendré más remedio, la que ira al propietario seré yo.

El propietario nunca está en su despacho, o está ilocalizable.

La policía me dijo que ellos ahí no tenían nada que hacer, que siguiera insistiendo a la vieja, con buenas palabras, y a ver si la convencía
¿Convencer a ésa? ¿Cómo?

¿Cómo? ¿Cómo?

Tengo que dormir, si sigo así más tiempo mi salud se resentirá, irreversiblemente.

Voy por la calle, en El Metro, en los autobuses, como sonámbula.

Me empiezo a quedar dormida encima de la barra, menos mal a las otra que me tapan, si se enterará el dueño...

Hoy un cliente me invitó y me dormí alternado. Llamó al dueño. Se lo intenté explicar pero me dio un ultimátum: es tu problema, o lo solucionas, o te abres, tú verás.

A pesar de tomar estimulantes empiezo a no poder con los párpados.

Hoy hubo un momento que las luces de la barra me daban vueltas, tiré la bandeja encima de unos. No sabía dónde estaba.

Me cuesta escribir.

Me cuesta razonar.

El dueño me ha dado un par de semanas de vacaciones y me ha dicho que cuando vuelva si sigo igual a la calle.
Durante estas dos semanas voy a poner a las ocho todo lo que tengo y a todo lo que mi equipo de música de. Se va a enterar la puta vieja esa.
Después escribió:

Dejé todas las persianas bajadas y cerré todas las ventanas cuando llegué a casa hace dos horas. Sabía que no sería suficiente. Hace un momento empezó ha sonar otra vez. Como todos los días. Mi pesadilla se repite y no tengo dónde esconderme. Necesito dormir, voy a volverme loca.

Los pasos de unos zuecos con suela de madera recorren el techo entre acordes de guitarra a todo volumen. Dicen Los Panchos, atronadores, que lo dudan. Yo lo tengo muy claro, no puedo seguir así.

Tumbada en la cama miro al techo, es demasiado fino. Harían falta muchas capas de bovedillas rellenas de fibra para evitar que esa horrible música se colase en mi habitación.

¡Dios mío, necesito dormir! Tengo que volver a subir y pedirle a esa vieja que baje el volumen. Sé que hará como las otras veces, dirá que soy una quejica, que no es para tanto, como ella está sorda no se da cuenta de la que tiene liada. ¿Quién puede ayudarme? Aquel policía creía que yo estaba drogada al ver mis ojeras, que era de día y había más ruido por todas partes, dijo. Subieron a hablar con ella y bajaron comiendo sus galletas.

Tengo que acabar con esto. Pero antes va a saber lo que es bueno, voy a pagarle con la misma moneda. Voy a trepar por la celosía, en cuanto anochezca, seguramente la lejía no le gustará a sus geranios, eso, seguro que aparecerán mustios mañana. Y el periquito… ese puto periquito. Las jaulas se caen por accidente, puede soltarse la alcayata por el peso, incluso se abren cuando llegan al suelo y si hay supervivientes… si hay supervivientes, se escapan y no vuelven. Sí. Y la ropa. La ropa recién tendida se mancha de polvo si el viento sopla con fuerza. Quizá esta tarde empiece a soplar el viento. Quizá yo ayude un poco a ese polvo, si no hay viento, a pegarse en esas blancas sábanas. Tengo que concentrarme y pensar. Malditos Panchos y su bandurria y ese Si tú me dices ven. Tengo que acabar con ella.

...Tengo que pensar la manera de sacarla de aquí de una vez por todas.
Desordenada escribió:

Al fin he podido dormir, y pensar, sobre todo pensar en lo que voy a hacer con la puta vieja. Esta mañana recorrí la ciudad hasta que encontré lo que buscaba, me ha costado lo mío, ya lo creo. Me hice con unos cascos de esos que utilizan en las cabinas de tiro y nada más llegar a casa los probé, me los puse y me tumbe en el sofá. De pronto, desaparecieron los Pachos, Machín y su puta madre, el único problema es que tengo que dormir tendida de espaldas, pero no importa, es sólo temporal hasta que me deshaga de ella. Me he despertado mucho más despejada y así he podido razonar con calma.
Mi madre siempre me decía que para dominar a alguien lo mejor es obtener antes toda su confianza, conocer sus secretos, sus circunstancias, ese es el verdadero poder, la única forma posible de vencer al enemigo. Y ella era una experta… algún día te lo contaré, querido diario.
Anoche puse en marcha mi plan. Subí y llamé a su puerta, la muy puta no quería abrirme, pensaba que iba otra vez a montarle la bronca, pero le dije muy suavemente a través de la puerta que necesitaba un poco de sal, es un recurso muy socorrido. Abrió de mala gana. Señora, le dije, en realidad venía a pedirle disculpas, me he portado muy mal, estaba nerviosa y, compréndame, hace mucho tiempo que vivo sola… perdóneme, por favor, dos vecinas que somos no vamos a estar mátame y te mataré… Yo, mientras, lucía mi más dulce sonrisa, ésa que utilizo para camelar a los clientes del club, la vieja se ablandó y me hizo pasar mientras ella iba a buscar la sal. Estuve dando un vistazo al salón, está todo lleno de fotografías de cuando era joven, ataqué por ahí, me deshice en elogios a su belleza, y mostré una sana curiosidad por la cantidad de cachivaches que tenía desperdigados por todos los muebles. Le tiré bien de la lengua. A lo que se ve, fue vedette de una pequeña compañía, de las del montón porque no consiguió triunfar, pero debía ser algo ligera de cascos porque tuvo unos cuantos amantes a los que les sacó los cuartos, aunque no consiguió que ninguno de ellos la llevase al altar. Está sola. Me ofrecí para cualquier cosa que necesitase, son malos tiempos para las mujeres que vivimos solas, le dije, y siempre viene bien tener cerca de alguien de confianza.
Me he pasado todo el día vigilando sus movimientos, es muy importante conocer sus costumbres. A los viejos les gusta la rutina diaria. Se levanta muy temprano y abre todas las ventanas, la manía de airear la casa... y la música a toda caña. Estuve haciendo tiempo, como una hora, y subí a llevarle un trozo de bizcocho. Se quedó muy sorprendida. Estaba limpiando la jaula del pajarraco y poniéndole la comida, me dijo que después de limpiar un poco la casa, esa era su primera ocupación. Sobre las diez de la mañana salió a comprar, volvió a las doce. Come temprano y se pasa la tarde en casa.
Hoy, cuando la oí salir, la espié por la ventana hasta que desapareció al doblar la esquina, luego subí la escalera y abrí su puerta. Un cliente del club me enseñó a hacerlo con una tarjeta de crédito. Me fui directamente a la jaula del periquito. Ha venido a llamarme, estaba histérica, que si yo había oído algún ruido, que seguro había entrado alguien en casa, que su Fermín había desaparecido. Subí con ella mostrándome preocupada. La puerta de la jaula estaba abierta, encima de la mesa: el paquete de comida, el comedero y el bebedero. Le insinué muy suavemente que a lo mejor se le olvidó terminar de limpiar la jaula y el pobre animal se había escapado. Al principio se puso hecha un basilisco, pero conseguí que empezase a dudar. Es fácil que eso ocurra, le dije, tenemos tantas cosas en la cabeza…
Estoy ganando la batalla y tengo que confesarlo, cada vez me gusta más este juego. La vieja está empezando a parecer una loca o una enferma. Ayer le puse un puchero de agua al fuego y cuando llegó casi le da un ataque pensando en lo que podía haber pasado, le cambio las cosas de sitio, meto en su nevera carne o pescado podrido, tiro a la basura sus medicinas… Se ha puesto tan pesada llamando a la policía para denunciar que entran en su casa, que ya no se molestan en venir a ver qué ocurre. Ya me he encargado yo, cuando me preguntan, de insinuar que la pobre está perdiendo la cabeza.
Kluzkl escribió:

No puedo dormir. Tiene su gracia: ahora no duermo por no dejar de pensar en la vieja. Creo que se me fue la mano. Pobre vieja. Ahora siempre hablando sola, por el día. La oigo por la noche cuando me despierto ¡Eh! Llora. Y no para de llorar. Lleva varios días sin poner el tocadiscos, sin salir a la calle ¿Comerá algo? Mira que si por mi culpa... aunque si ella no hubiera sido tan cabezona... Pero es vieja. Y los viejos se vuelven raros. Muy raros. ¿Quién sabe lo que nos volveremos los demás? Lo mismo... ¡Eh! ¡Es la vieja! Cómo llora esta noche. Ahora preferiría Los Panchos y a Machín que a sus lloros. Sí. Se me ha ido la mano con la vieja ¡Pobre! Es vieja. Y con tan mala leche como mamá cuando joven. Qué carácter tenía mamá de joven. Lo mal que nos llevamos cuando yo era chica... nos pasábamos las temporadas muertas sin hablarnos. Cuántas veces deseé su muerte. Aunque no tantas como deseé la mía propia. Morir. ¿Cuándo empecé a verlo como una salida? No sé, pero sería muy chica. El sol salía, sí, digo yo que saldría, pero... ¿Y la lluvia, y los colores, y los trasluces, cuántos soles me perdí? ¿Cuántos años caminé como por dentro de un asqueroso desagüe? Pobre mamá. En cierto modo ella forjó mi carácter, mis... Ella me hizo así. Sé que sin darse cuenta. Pero me enseñó a desconfiar de todo y de todos. A odiar la vida a través del desprecio que me hizo sentir por mi misma. Sí, mamá, sin querer. Sé que lo hiciste sin querer, pero ahora a ver quién me arregla. Sí, mamá, nunca te lo dije pero sin querer fuiste una hija de puta. Sí. Una hija de puta. Hija de puta… la vida. La puta vida. Mamá ¿Por qué tuvo que venirte el parkinson, la artrosis, el relajo...? Tu risa floja. Al final te reías de todo y todo lo que yo te decía te parecía fantástico. Hijita. Hijita. Con qué cariño al final me decías hijita, y no dejabas de abrazarme, ni de besarme ¿Por qué no lo hiciste cuando yo era una niña? Te necesitaba. Entonces necesitaba tu cariño igual que una bocanada de aire ¿Por qué tuvo que venirte toda esa mierda de la vejez para que me enseñaras a amarte? A amar. A amar… cuando yo ya no podía amar. ¿O fue tu fuerza de voluntad, ver el amor con que cuidabas a papá: él ya casi no se movía, y tú le llevabas de la cama a su sillón y del sillón...? Con qué parsimonia le quitabas la caca, le lavabas, le curabas las pupas, le cubrías luego de agua de colonia. Y por la noche siempre pendiente de si él se despertaba, por si quería orinar, o se cagaba o algo. Siempre pendiente de que a papá no le faltara nada, ése era tu afán. Y no parar de moverte a pesar de tu artrosis, de la perdida de vista... Tú no te preocupes por nosotros, hijita, yo me ocuparé de papá, tu tranquila, tú vete por ahí, disfruta de tu mes de vacaciones, o vete con el novio — ¡Uy, yo novio, acabáramos!— Hijita, vete dónde te tengas que ir, que nosotros estamos bien, vete, yo me encargo de papá ¿Por qué tuvo que venir...? ¡Eh! Y la de arriba no para de llorar. Como siga así va a caer enferma de verdad. Hoy la subiré un caldito. Ayer volví a subir a su casa y aquello empieza a oler a cochiquera y, lo que más me asusta, a ataúd ¡Eh! No para de llorar. Vaya nochecita… la vieja empeora por momentos ¡Eh! Parece la puerta de su terraza. Sí, está en la terraza. Con el frío que hace ¿A dónde ira ahora? Va a coger un enfriamiento. Me voy a levantar. Calentaré un poco de leche y se lo subiré ahora mismo. A ver si la tranquilizo ¡Eh! Y ese golpe. Ha sonado como si algo hubiera caído a la calle, justo delante de la terraza ¡No! ¡Por favor! ¡Por favor, por...! Una maceta. Es sólo la maceta de sus geranios secos. Menos mal. Menos mal. La leche. La le... unas galletas. Sí, sí, unas galletas. Y... ¿Qué más, qué más? ¡Ah sí! ropita limpia para su cama. Jabón. Colonia. No para de llorar. Y sigue en la terraza. Tengo que subir, tengo... Llora. Llora. Perdón, perdón. Pobre vieja. A partir de hoy voy a cuidarla. La cuidaré cómo... va a ser como si aún viviera mi mamá.

jueves, 8 de enero de 2009

Ginés, yo y otras circunstancias (Final)

Preparé café bien cargado, no tenía el cuerpo como para ingerir más alcohol, y lo único que me apetecía de verdad era meterme en la cama y dormir. Después de un rato conversando sobre banalidades y cuando empezaba a pensar en echarles de mi casa con cajas destempladas, mamá vino en mi ayuda: deberíamos irnos, ya es muy tarde ¿querrás acercarme a casa, Gines?. Antes de que el interpelado o yo pudiesemos articular palabra, papá se brindó a acompañarla muy gustosamente: yo te acompañaré, querida, deja a los chicos que descansen. No, papá, no te preocupes, le dije intentando devolverle a mi madre el favor, a Ginés no le cuesta nada llevarla. Que no, hija, además quiero hablar con tu madre en privado, debo consultarle algunos asuntos de la casa, cuando quieras podemos irnos, y se levantó galante cogiendo el abrigo de mamá y ofreciéndose para ponérselo. No nos dejó otra opción, imposible inventar alguna excusa creíble, así que nos dimos los besos de rigor y se marcharon. En cuanto cerré la puerta, me encaré con Ginés y apuntándole con el dedo le advertí: Dales diez minutos y ya te estás largando. Vaya, respondió, parece que tengas miedo a quedarte a solas conmigo. No tenía ganas de contestarle, y por toda respuesta me metí en la habitación y cerré la puerta por dentro. Cuando salí con el pijama y el batín puesto, él había cogido uno de los albumes de fotos que llenan todo un estante de la librería. Parecía ensimismado ojeando aquellas fotos y cuando me acerqué vi que se trataba de uno de los que recogían las imágenes de los años del instituto.

Se nos pasó la noche recordando viejos tiempos, riendo ante los rostros adolescentes que nos miraban desde las páginas del álbum. Nunca antes me había dado cuenta, pero Ginés aparecía muy a menudo entre nosotros. ¿Por qué siempre andabas en el medio si no formabas parte de nuestra pandilla? Recuerdo que nos pasábamos la vida echándote de nuestro lado, no te admitíamos en nuestros juegos, ni en nuestros secretos, ni siquiera en nuestras travesuras… no me lo explico. Es muy fácil, me contestó, ¿te acuerdas de Martita? sí, claro que me acuerdo, era una de las más populares del grupo, Marta Cortés, creo que tonteó con medio equipo de futbol y parte del de baloncesto. Pues es mi prima, y además su padre trabajaba a las órdenes del mío, así que mi madre le hacía chantaje a la suya, o Martita me integraba en su grupo de amigos, o de lo contrario mi madre dejaba de invitar a mi tía a las reuniones que organizaban las damas de postín. Yo procuraba pasar desapercibido, prosiguió, sobre todo para no atraer vuestras burlas y ser el blanco de las bromas pesadas del guaperas de turno, pero siempre me las apañaba para merodear a vuestro alrededor.

No, esa noche no hubo sexo, hablando de aquellos años y casi sin darnos cuenta acabamos dormidos en el sofá, mi cabeza apoyada sobre su pecho y los dos en tan mala postura que a la mañana siguiente parecíamos dos viejecitos reumáticos y entumecidos.

Lo mío con Ginés estaba cantado.

Pero no por los enrevasados argumentos de mi psiconalista que sólo pretende sacarme los cuartos como yo muy bien imaginaba, si no por el complot urdido por mis amados progenitores, con el beneplácito de Ginés, y del que me enteré hace apenas unas horas. Sólo pensaban en mí, argumentaron, tenían que hacer algo para que me decidiese de una vez por todas a comprometerme en una relación, y Ginés era el candidato perfecto. Papá estaba convencido de que dándome la oportunidad de conocerle acabaría gustándome y se les ocurrió la brillante idea del falso romance entre él y mi madre. Tengo que admitir que me conocen bien y no se equivocaron, ese hombre ejerce sobre mi un poder de atraccion que hacía mucho tiempo que no sentía. Ellos siguen separados pero mantienen una buena relación, mejor que la que tenían cuando estaban casados, aseguran. Y yo, después de desahogar furiosa la rabia por sentirme engañada y cubrirles a los tres farsantes mentirosos de una nutrida y variada colección de improperios, decidí al fin aceptar que quizá lo mío con Ginés tenga futuro.

Y espero por el bien de papá y mamá que lo tenga, o tendrán que pasarse la vida escuchándome culparles de mi desgracia… malditos entrometidos.

(Hoy el sistema no me dejó subir imágenes, un error del sistema, dice, mañana lo subsano, hoy se queda como está... buenas noches)

viernes, 2 de enero de 2009

Ginés, yo y otras circunstancias (Siete)


(Imagen: Ané)

No, mi padre no se había enterado del romance entre la mujer que fue su esposa a lo largo de todos aquellos años, y uno de sus empleados más apreciados. Lo supe el día en que a mis queridos progenitores se les ocurrió la brillante idea de obsequiarme con una visita sorpresa, por separado, claro. Era la víspera de Reyes y fue mamá la que llegó primero, por supuesto acompañada de Ginés. Por pura casualidad esta vez no me sorprendieron con la bata puesta, yo acababa de llegar a casa después de la comida anual de Mujeres Abandonadas Viviendo Tan Ricamente, una asociación sin ánimo de lucro a la que me arrastraron aun en contra de mi voluntad, la traidora amante de mi ex marido y mi ex cuñada también recientemente abandonada. La dichosa comida me había producido un ligero dolor de cabeza, en parte por el vino que había ingerido, y en parte por aguantar durante tres horas las mismas quejas e historias de siempre. Realmente no entendía por qué se empeñaban en recordar una y otra vez la putada perpetrada por sus antiguas parejas en lugar de disfrutar de su nueva situación de independencia.

Llegué a casa dispuesta a relajarme y a pasar la tarde leyendo un interesante libro que tenía a medias, bien acomodada en el sofá, pero aùn no me había quitado los zapatos cuando llamaron a la puerta. No pude reprimir un gesto de fastidio cuando al abrirla me encontré con la pareja. Hija, últimamente parece que estás siempre de mal humor, me dijo mamá al percibirlo, te estás convirtiendo en una solitaria triste y aburrida. Mejor eso que una anciana patética enamorada de un jovencito, pensé con mala baba, y me mordí la lengua para que mis palabras no se escapasen como dardos envenados, era mi madre, al fin y al cabo. Ginés me besó ligeramente en las mejillas y me deseó un feliz año, y los dos tomaron asiento en el sofá sin esperar a que les invitase a hacerlo.

Está bien, me dije, no cuesta nada ser amable, aguántalos un rato e inventa luego cualquier excusa para que se larguen. ¿Os apetece tomar algo? Pregunté con mi mejor sonrisa, y una vez me dijeron lo que querían me marché a la cocina a prepararlo.¿Pensabas salir? Preguntó mamá desde el salón. Me lo puso a huevo, sí mamá, estaba terminando de arreglarme, he quedado con unos amigos para salir a dar una vuelta, luego cenaremos y seguramente iremos al teatro, inventé sobre la marcha.

No acababa de servir las bebidas y sentarme, cuando sonó de nuevo el timbre. ¿Esperas a alguien? Volvió mi madre a preguntar. No, no se quien puede ser, dije mientras me dirigía hacia la puerta. ¡Sorpresa! Gritó papá cuando le abrí. Pero el sorprendido fue él cuando al dirigir la mirada hacia el salón se encontró con mamá allí sentada. Noté como mi padre hinchaba el pecho y metía el estómago, antes de entrar en casa pavoneándose como un perfecto macho.

¡Hombre, Ginés! Esto sí que es una sorpresa, no esperaba encontrarte aquí, en casa de mi hija ¿puedo saber a qué se debe esta agradable coincidencia? Durante unos segundos que a mí me parecieron eternos todos nos quedamos en silencio. Barajé mientras algunas posibilidades: mi padre estaba haciéndose el inocente, o realmente estaba en la inopia. La respuesta de mamá me confirmó que se trataba de lo segundo: Está visto que sigues como siempre, sin enterarte de nada, Ginés es el NOVIO DE TU HIJA ¿no lo sabías? Casí me atragando otra vez con el vino. Instintivamente Ginés y yo nos miramos intentando disimular nuestra sorpresa. A punto estaba de intervenir y echar por tierra la mentira de mamá cuando reparé en la mirada alegre de papá que vino hacía mí y me abrazó con fuerza. Enhorabuena hija mía, decía mientras me estrechaba entre sus brazos, me alegro mucho por ti, te mereces un hombre como Ginés. Yo le aprecio mucho ¿sabes? Y estoy seguro de que sabrá hacerte feliz. Luego, dirigiéndose a mamá y contento como un niño propuso que para celebrarlo nos fuésemos los cuatro a cenar.

La madre que parió a mi madre, en menudo lío nos había metido a todos, pero sobre todo a ella misma que no sabía por dónde salir para rechazar la proposición de papá. Bien, me dije, a ver qué coño te inventas ahora, con lo fácil que hubiese sido decir la verdad. Me parece una idea genial, papá, hace mucho tiempo que no pasamos un rato los tres juntos ¿no te parece mamá? Ginés y yo no teníamos nada previsto para esta noche, dije de forma inocente, regocijándome interiormente al ver los apuros que estaba pasando. Ginés se debatía entre echarle un cable a mamá y la curiosidad por ver cómo terminaba aquello. No se hable más, dijo papá quitándose la chaqueta y sacando del bolsillo su teléfono móvil, voy a llamar al restaurante para reservar una mesa para cuatro ¿me sirves una copa, nena?

Me sorprendió oir a Ginés diciendo que venía a yudarme. No está bien hacerle esto a tu madre, me recriminó en cuanto nos encerramos en la cocina. Ya, respondí, y follar con su hija a sus espaldas, está que te cagas ¿no?. Eso es otra cosa, además eres tú quien me provocas. Serás mamón cabronazo, ya me he dado cuenta que para ti es todo un sacrificio… ¿qué haces ahora manoseándome el culo? Pero me hizo callar metiéndome la lengua hasta la campanilla. A pesar del temblor de piernas que empezaba a sentir, hice acopio de todas mis fuerzas y me lo quité de encima de un empujón, justo cuando mi madre parecía empezar a impacientarse ante nuestra tardanza ¿necesitáis ayuda? le oí preguntar desde el salón y hubiese jurado que su tono de voz estaba cargado de ironía.

La cena no estuvo mal después de todo, parecía que los cuatro nos habíamos identificado con el papel que nos tocaba representar y la pasamos conversando y riendo como cualquier familia en la víspera de Reyes. No era un mal regalo ver a mis padres otra vez juntos, hablando sosegadamente, recordando incluso otros días como aquél y mirándose de vez en cuando con los ojos de antes, de cuando estaban enamorados, de cuando eran un matrimonio feliz, o al menos a mí me lo parecían, a pesar de tía Margarita o de alguna otra conquista de papá. Al salir del restaurante volvimos a mi casa ante la insistencia de Ginés, metido de lleno en su papel de novio de la niña, para tomar la última copa.
(Ya se, ya se que no tengo remedio... las historias se alargan cuando me siento ante el teclado, pero ¿qué puedo hacer? los personajes mandan y juro que me asesinan si no cuento lo que ellos me ordenan... menuda mala leche se gastan)