Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

jueves, 26 de marzo de 2009

Pecado de juventud (Dos)


Gonzalo es el niño mimado del Instituto, es guapo, su cuerpo pasa casi sin notarlo la típica y casi siempre poco atractiva, etapa de la adolescencia. Es buen deportista y un más que admirable estudiante. Siempre va impecablemente vestido y su cabeza parece recién salida de la peluquería. Forma parte del consejo escolar en representación del alumnado, participa y promueve toda clase de actividades, tanto educativas como lúdicas. El profesorado le consulta y acata de buen grado sus opiniones y propuestas, le profesan gran estima y respeto, un respeto que en ocasiones parece rayar el temor.

Él es el epicentro de una sociedad clasificada por categorías, que van decreciendo en importancia de manera proporcional a la distancia que les separa de su persona. Pegados a sus talones andan siempre media docena de incondicionales que acatan sus órdenes, siempre disfrazadas de simples recomendaciones o encargos, con el orgullo de quien ha sido elegido para llevar a cabo un importante cometido y dispuestos a demostrar que son dignos de su confianza.

Inmediatamente después están los que trabajan duramente para entrar en el círculo de los elegidos, un buen puñado de chicos y chicas que se encargan del trabajo… obrero, podríamos decir. Son los que fotocopian y pegan carteles durante días anunciando una actividad, ya sea una charla, teatro, un campeonato deportivo. Sirven igual para un roto que para un descosido, siempre están disponibles. Luchan a brazo partido con sus contrincantes para ganarse una palmada en la espalda o una simple sonrisa del magnífico, maravilloso y admirable Gonzalo.

Por último, unos pocos apestados, entre los que me encuentro, cuyo nexo de unión es cierta aversión ante tanta perfección. El sentimiento es mutuo, Gonzalo evita cualquier contacto con nosotros, no vayamos a contagiarle alguno de nuestros defectos, por lo que se forma una frontera invisible entre su territorio y el nuestro, que ningún bando osa traspasar. A veces, acogemos a alguno de los suyos caído en desgracia, por pura compasión, y eso nos hace sentir un poco vencedores.

Escucho embobada al nuevo profesor de Literatura. Hace casi dos meses que no asisto a esta clase, a pesar de ser una de las pocas asignaturas que me interesan. La antigua profesora no enseñaba Literatura, la destrozaba. Jamás escuché a nadie leer un texto de la forma tan desastrosa en que ella lo hacía, hubiera podido recitarnos la guía telefónica y no habríamos notado la diferencia. Así que decidí no volver a entrar en su aula y aprovechar ese tiempo con el acompañante de turno, dándole gusto al cuerpo.

Hoy, alguien me ha dicho que la buena mujer estaba depresiva, cosa que no entiendo porque deberíamos ser nosotros los deprimidos, pero el caso es que estará ausente con toda probabilidad hasta final de curso, y deseé con toda mi alma que el sustituto fuese un poco mejor que ella, algo relativamente fácil dadas las circunstancias. Sólo verle entrar por la puerta, siento que me gusta, que este hombre barbudo que se presenta como Rafael es un buen profesor de Literatura. Y no me equivoco, pronto logra captar nuestra atención con su voz grave y cadenciosa que nos adentra en el mundo de las letras de forma sencilla.

Hablamos de una nueva novela cuya lectura nos recomienda, cuando interrumpe Gonzalo que acaba de abrir la puerta. Con su mejor sonrisa se dirige al profesor pidiéndole disculpas por el retraso, que se debe, al parecer, a un asunto urgente que estaba tratando con el jefe de estudios y que le ha retenido más tiempo del previsto. Rafael le mira fijamente, no parece escuchar su explicación, más bien da la impresión de estudiar su rostro como quien observa una fotografía intentando ubicar la imagen en algún lugar de su memoria. Asiente mecánicamente y le hace una seña con la mano para que ocupe su asiento, disponiéndose a continuar con la clase. Pero algo ha cambiado, el profesor parece ausente, se queda a veces pensativo y guarda silencio en mitad de una frase.

Suena el timbre y entre el ruido de sillas y pupitres, se alza la voz del profesor que en tono autoritario se dirige a Gonzalo citándole en su despacho. Se hace el silencio. No es extraño que cualquier docente le emplace al terminar una clase, para comentar con él algún asunto relacionado con los alumnos, pero la forma en que acaba de hacerlo Rafael no es la habitual. También Gonzalo se ha dado cuenta y por un momento parece a punto de responder airadamente, se hinchan las venas de su cuello y aprieta los puños con fuerza. Pero logra controlarse y asiente con sonrisa algo forzada. El resto de la clase suspira aliviada. Antes de salir por la puerta doy una última mirada a Rafael que alza los ojos y sonríe.

PD: Perdón por la tardanza.

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