





Después de comer unos dulces y beber las copas preparadas por Gonzalo, todo empezó a volverse borroso, parecía que estaba en una nube, sentía mi cuerpo liviano y sin embargo me costaba moverme. Sentí como Gonzalo me desnudaba, veía sus manos pasar como sombras ante mis ojos, intentaba fijarme en ellas pero aparecían y desaparecían casi sin darme cuenta. Escuchaba su voz en mi oído. Una voz que parecía querer tranquilizarme ¿por qué? No estoy nerviosa, pensaba, ni mareada, ni siquiera sabía como me sentía.
Me encontré de pronto acostada sobre algo blando, miré a mi alrededor y comprendí que estaba en la cama. Gonzalo me acariciaba y yo intenté hacer lo mismo, pero él continuaba con la ropa puesta. Sentí algo frío pegado a mi oreja, en la otra, Gonzalo me estaba diciendo algo que yo no comprendía: “Dile que venga, que estás esperándole, Gloria, habla, habla de una puta vez”. Balbuceé un “ven, ven, por favor”.
Debí quedarme dormida un momento. Escuchaba voces, no, seguro que estaba soñando, allí estábamos Gonzalo y yo solos. Me costaba abrir los ojos y permanecí inmóvil intentando aclarar mi cabeza. “¿Qué le has hecho? Cabrón, voy a …. contigo” Risas. “No le …. nada”… “esto… divertido”. Parecía que empezaba a despejarme un poco. Algo frío y metálico rozándome los pechos, los hombros, el cuello. “Quieta, no te muevas, esto te va a gustar” Una mano se mueve entre mis piernas, las separa, y llega hasta mi sexo. Me acaricia. “Gonzalo” digo en un susurro. “Estoy aquí, estoy aquí contigo” y busca con pasión mi boca. La siento luego lamiendo mis pezones y empiezo a notar la humedad entre mis piernas.
Se aparta de mí y abro los ojos. Los cierro de inmediato. No puede ser, debo seguir soñando, estoy segura. Poco a poco, vuelvo a separar los párpados, cuando quiero gritar, una mano me lo impide tapándome la boca, intento levantarme, pero compruebo que no tengo fuerzas para hacerlo y busco con los ojos a Gonzalo, no se qué espero. Delante de mí, de pie, está Rafael, custodiado por dos de los amigos de Gonzalo, éste sonríe mientras juega con una enorme navaja, otros dos de sus incondicionales están al lado de mi cama, uno de ellos es el que me mantiene con la boca cerrada, y un tercero sostiene una cámara de video.
“¿No te dije que nos íbamos a divertir, preciosa? Ten, tómate otra copa, y después harás todo lo que yo te diga” Intento mover la cabeza negando, pero se acerca a mí y me sujeta la cara con violencia. “Déjala en paz, hijo de puta, tenía que haber acabado contigo entonces, eres un cabrón mal nacido” “Con qué pruebas, imbécil, estate quieto o la mato aquí mismo, después de que todos estos se la follen. Me tienes harto y esta vez voy a quitarte las ganas de amenazarme para siempre. Entonces era un crío, pero ahora he aprendido mucho, tengo experiencia, cabrón, y tú y esa puta vais a hacer lo que a mi me salga de los cojones ¿estamos?”
Siento las lágrimas resbalar por mi cara ¿qué está pasando? No entiendo de qué hablan. Gonzalo se acerca a mí con una copa en la mano. Tengo miedo. Abro la boca y dejo que el líquido baje por mi garganta. “Ábrete de piernas, tu querido profesor, te va a hacer un trabajito” Se sienta en la cama, muy cerca de mi cabeza y veo relucir la hoja de acero brillante. La bebida empieza a hacer efecto y me siento otra vez transportada a un mundo extraño y ligero. Unas manos me cogen de las piernas y me arrastran hacia los pies de la cama, me incorporan ligeramente y colocan almohadones en mi espalda. “No me obligues a hacerle daño, empieza a comerle el coño o te arrepentirás, cabronazo, hazla gozar, quiero oírla gritar de placer”. Entreabro los ojos y veo a Rafael arrodillándose y al momento siento el ligero calor de su aliento. El frío de la navaja acaricia mi cuello. Alargo los brazos y cojo su cabeza con las manos atrayéndole hacia mí. No quiero que nos maten. Restriego mi sexo contra su boca, su nariz, su cara. Sólo se escuchan mis gemidos y alguna respiración entrecortada. Ya no me importa la navaja, ni todos los que están mirándome, sólo deseo correrme de placer en esa boca. “Ten cuidado o lo ahogarás entre las piernas, zorra” Carcajadas. Por fin llega el orgasmo. Grito y me retuerzo, luego nada.
Me sacuden. “Vamos, cariño, aún no has terminado”. Tardo en tomar conciencia de lo que pasa. Paso la mano por mis pechos, mi barriga, estoy mojada, pegajosa. “Es bueno para la piel, no seas remilgosa, los has puesto a todos bien calientes, guarra, y se han hecho un paja mientras tú te corrías de gusto. He dejado que te lo echasen encima, se lo merecían, los pobres” “Cerdo” Es todo cuanto consigo decir. “¿Prefieres que te follen? Puedo hacerlo, míralos, están deseando meterte sus pollas por el culo, así que no me jodas” “Arrodíllate” me grita mientras tira de mi brazo. “Arrodíllate y hazle una buena mamada, como tú sabes… empieza”.
Rafael está de pie con la cabeza caída hacia un lado. Me mira un momento, implorante, no lo hagas, parece querer decirme con sus ojos. Pero tengo que hacerlo, no quiero morir ni que le maten, estoy aterrorizada. “Abre esa boquita y empieza a trabajar”. Bajo la cremallera de la bragueta y saco su pene fláccido. Masajeo los testículos como Gonzalo me enseñó, los lamo suavemente, los introduzco en la boca, jugueteo con ellos, mientras con la mano empiezo a masturbarle. Me cuenta que aquello cobre vida, pero poco a poco va tomando consistencia. Paso la lengua una y otra vez por su contorno, con la punta golpeo la punta, se está poniendo dura. “Sigue, zorra, sigue así, lo estás consiguiendo… tú ¿estás grabándolo todo bien?” Levanto la vista y sorprendo a los demás masturbándose de nuevo. Están todo a mi alrededor, con la polla en la mano, sin apartar la vista de mi boca. Tengo que concentrarme. Rodeo el pene con los labios ejerciendo presión mientras empiezo a mover rítmicamente la cabeza. Percibo un ligero movimiento de Rafael intentando apartarse, me aferro a sus nalgas y le empujo hacia mi boca. Le pillo desprevenido y entra tan profundamente que me produce arcadas. Acelero el ritmo de mi movimiento, succiono, golpeo con la lengua el capullo inflamado y siento que ya llega el momento. “No te apartes, trágalo” Las manos de Gonzalo inmovilizan mi cabeza justo cuando un chorro de semen caliente inunda mi boca. “Mira a la cámara, así, con su leche chorreando”. Me quedo en el suelo arrodillada, escucho sollozar a Rafael. Luego, otro trago de aquél licor empalagoso y dulzón. Siento que me estiran de los brazos y me llevan hasta la cama. Una vez más, me duermo.
- ¡Qué cabrón, Díos mío, Gloria! ¿Cómo has podido guardar eso en secreto tanto tiempo? ¿Cómo pudiste soportarlo?
- No lo sé, Xuso. Durante mucho tiempo pasé por un infierno, hasta que un día, no se cómo, había logrado esconder todo aquello en algún sitio muy hondo de mi memoria. Pero, espera, déjame que acabe de contarte la historia.
Cuando desperté permanecí inmóvil un buen rato, no acababa de despejarme y tenía serias dudas sobre si todo aquello no había sido una terrible pesadilla. La habitación, toda la casa, estaba en silencio. Pensé que me habían dejado sola y con dificultad me incorporé en la cama. Desde allí pude ver a Gonzalo sentado en el sofá viendo la televisión tranquilamente. Quizá me emborraché y todo ha sido un mal sueño, me decía intentando convencerme, pero tenía la piel pegajosa y la boca me sabía a sexo. “¡Vaya! ¿ya te has despertado?, será mejor que te duches y te llevo a casa” Algo debió leer en mis ojos porque los suyos se llenaron de rabia en un momento. “¿Qué pasa? No te hagas ahora la remilgada, a mí no me engañas, has disfrutado como una zorra. ¡Levántate! Y, escúchame bien, ni una palabra de esto, o inundaré la ciudad con las copias de esa peli porno de la que eres protagonista”. Deseaba preguntarle qué pasaba con Rafael, qué le habían hecho, pero las palabras se negaban a ser pronunciadas. Obedecí y me metí bajo un chorro de agua hirviendo intentando que toda la pena, la vergüenza, el asco, el miedo… desapareciesen por el desagüe.
Gonzalo me acompañó a casa, con su tan ensayado encanto convenció a mi madre de que algo no me había sentado bien, que lo mejor era que me metiese en la cama y me dejase dormir. Yo deseaba dormir para siempre, no iba a poder vivir después de aquello, jamás podría mirar a la cara a Rafael, ni a todos aquellos hijos de puta que estuvieron presentes, ni a mis padres. Nunca podría recuperar a la antigua Gloria.
Pasé una semana metida en la cama, casi sin comer, sin hablar con nadie. Mi madre, asustada, hizo venir al médico. El hombre no encontró nada físico causante del estado en que me encontraba, me recetó unas vitaminas, y dijo algo de una depresión, me recomendó un tiempo de reposo, quizá alejarme unos días de mi entorno habitual, lo atribuyó quizá a un desengaño amoroso, en la adolescencia cualquier nimiedad puede desencadenar un problema serio. Gonzalo me visitó un par de veces, me negué a verle. Papá decidió que iría unos días al pueblo con la abuela.
Aquella tarde vino María. Quería despedirse de mí. Nada más entrar en mi habitación, me abrazó y rompió a llorar. Traía una mala noticia: Rafael había sufrido un terrible accidente de coche, murió en el acto. Nadie se explica como fue que su coche se despeñó por el barranco, ni que hacía allí, en la montaña, sólo, un domingo por la noche. Lloré todas las lágrimas que no había derramado en muchos días, lloré hasta quedarme vacía por dentro. Después me levanté y les dije a mis padres que no iría con mi abuela, la próxima semana volvería a las clases.
Nunca más le dirigí a Gonzalo una palabra, ni siquiera una mirada, había dejado de existir para mí. Terminé el curso a duras penas, con algunas pendientes para Septiembre, y el resto ya lo sabes, al año siguiente apareciste tú, y no te puedes imaginar cuánto me ayudaste con tu sola presencia.
- Siempre me sentí culpable de la muerte de Rafael, debía haber denunciado lo que ocurrió esa tarde.
- Gloria, eras una niña, no te martirices más con eso.
- ¿Sabes que Gonzalo tenía una hermana gemela?
- ¿En serio? Siempre creí que era hijo único.
- También yo. Cuando estudiaba periodismo antes de que tú volvieses a aparecer aquí en Barcelona, dediqué muchas horas a investigarle. Estaba obsesionada por averiguar que era lo que Rafael sabía, por qué le había amenazado, qué era aquello tan importante que Gonzalo guardaba en secreto. Si supieras las horas que dediqué a indagar quien era antes de llegar al instituto y convertirse en el chico encantador que todos imaginaban que era. Todas las horas, Xuso, todas las horas que me dejaba libre el estudio.
- ¿Qué descubriste?
- No demasiado, tenía una hermana gemela y ambos fueron alumnos de Rafael en un colegio privado de Madrid. Sí, Gonzalo era madrileño. Busqué todas las noticias de años anteriores intentando encontrar algo, y al fin di con ello. Una niña de ocho años había sido encontrada en una casa abandonada en un estado lamentable, la habían atado a una vieja cama, donde la golpearon y la violaron utilizando un palo. Como consecuencia de los golpes recibidos en la cabeza quedó condenada a un estado semi-vegetativo e ingresada en un centro especializado. La busqué y después de muchos meses, pude averiguar donde estaba. Un fin de semana me desplacé hasta el lugar, simulé que era una antigua amiga y me dejaron verla. Era igual que Gonzalo, una chica preciosa con la mirada perdida y la boca babeante. No hablaba, ni una palabra, ni un gesto, sólo me pareció notar un ligero temblor en su cuerpo cuando nombré a Gonzalo.
- ¿Sabes qué ha sido de ella?
- No, después de eso, decidí dedicarme de lleno a mi trabajo y olvidarme de todo.
- Estás espectacular, preciosa, vas a ser la envidia de la fiesta.
- Calla, adulador, tú tampoco estás nada mal.
- ¿Preparada?
- ¡Sí, señor!
- Pues vamos allá, a comernos el mundo.
Cuando llegamos al lugar donde se celebra la fiesta, ya han llegado muchos de los invitados. Es un chalet en las afueras, precioso, con piscina, dicen que lo alquilan para algunos actos como convenciones, cenas de empresa y cosas parecidas. En la entrada hay una mesa con tarjetas de identificación para prendernos en la ropa, con nuestro nombre escrito en cada una de ellas. Me fijo que la de Gonzalo aún está allí, él no ha llegado. Entramos en una gran sala llena de gente, distribuida en corrillos, hay cierto barullo, todos miran primero el nombre en la tarjeta para reconocerse. Cada vez que se abre la puerta cientos de ojos se vuelven a mirar al recién llegado. Ahora somos Xuso y yo, quienes llamamos su atención. Según nos vamos acercando, llegan los abrazos, besos en la mejilla, apretones de manos. Muchos lucen cuerpos metiditos en carne, otros un incipiente calvicie, pero si te fijas bien en sus rostros, en todos queda algo de aquellos adolescentes de hace veinticinco años.
Abrazo a María, está guapa, le sienta bien la madurez, ya no es aquella niña gordita y patosa. No puedo evitar cierta emoción. Se abre la puerta y todas las miradas se centran en el recién llegado. Es un hombre delgado, atractivo, luce una barba recortada, y se apoya en un bonito bastón. Es Gonzalo.
La cena ha terminado, alguien ha puesto música de aquellos años y los altavoces retumban por toda la casa. Salgo por la puerta de la cocina, en la parte de atrás de la casa, allí se encuentra la piscina. Entonces le veo, apoyado en su bastón, al lado mismo del agua, mirándome. Respiro hondo y me acerco.
- Estás preciosa, deslumbrante. No te veía desde que te trasladaste a Barcelona. Me he preguntado muchas veces como sería mi vida si hubiésemos seguido juntos, en serio. Por más mujeres con las que estuve, ninguna como tú, lo juro. La verdad, pensé que no vendrías, intenté indagar entre los compañeros pero nadie supo decirme nada seguro. ¿Por qué has venido? Quizá esperabas encontrarte con la noticia de que había muerto de un infarto, víctima de un cáncer o algo por el estilo… jajajajaja, pues no, lo siento, pero aquí me tienes vivito y coleando. Se te ha comido la lengua el gato, sería una pena, porque sabías hacer buen uso de ella.
- Vete a la mierda.
- Y ahora vives con un maricón, lo que faltaba.
- Ese maricón es mucho más hombre que tú.
- ¿Has visto a esos como bajaban la cabeza? Los muy imbéciles no se atrevían a mirarte ¿crees que no me he dado cuenta? La de veces que se han masturbado pensando en aquella tarde. Me costó frenarles, no creas, se morían de ganas de follarte. Ven, acércate, aquí no pueden vernos.
El barullo de la música llega hasta allí, Miro a mi alrededor, no hay nadie. Me acerco lentamente, “acabo de recordar algo” le digo en un susurro “que no sabes nadar”. Golpeó con el pie su bastón y pierde el equilibrio. Se tambalea durante unos segundos y cae al agua con un chapoteo. Durante un rato observo como bracea y mueve desesperadamente las piernas. Se hunde y vuelve a salir un momento, para volver a hundirse de nuevo. Esto por Rafael y por mí, también por mí.
Vuelvo a la puerta de la cocina y enciendo un cigarrillo.
- ¿Dónde estabas? – es Xuso que acaba de aparecer.
- Estoy aquí, en la cocina todo el tiempo, contigo, y acabo se salir a fumar un cigarrillo ¿no te acuerdas?
Me mira extrañado pero asiente.
- No lo olvidaré, te lo prometo.










La negra Azucena se lleva prendidas todas las miradas.
La siguen los hombres al ritmo que marcan sus pechos altivos, entreabren la boca casi babeante cuando les saluda camino de casa y ellos se imaginan entre aquellas tetas, lamiendo y mordiendo sus duros pezones. También las mujeres siguen sus andares, esas largas piernas, morenas, brillantes, y bajo la tela suave de su falda se entreveen sus nalgas de carne apretada. Les come la envidia.
Ella anda despacio, subiendo con calma la empinada cuesta que lleva a su calle. Sonríe y camina, camina y sonríe, con el alma rota y los pies cansados. Cuando abre la puerta del pequeño cuarto en el que malvive, el negro Basilio ya se ha levantado. Su nariz percibe un ligero aroma a café caliente entre los olores que inundan el cuarto. Se sirve un tazón mientras que Basilio prepara la manta. Hoy hacen mercado en el barrio nuevo, quizá venda algo. No hablan, se miran. Azucena, de pie ante la mesa, piensa que un día de estos trincan a su negro y no vuelve a casa. Basilio a su espalda le aprieta los pechos, restrega su sexo, le besa en el cuello, le empuja con ganas.
Espera mi negro, espera un momento, susurra Azucena, mientras se separa tapando su boca cuando ya Basilio intenta besarla. Aún nota el sabor que dejó en sus labios la última mamada. Se lava a conciencia con la poca agua que sale del grijo, y luego se deja montar por el negro que exhibe su verga dispuesta y ansiosa. La negra está ausente, hoy no siente nada, se le formó un nudo en medio del pecho, como una gran bola hecha de tristeza, de miseria, de asco. El negro se corre. Después se le queda mirando un momento, le busca la boca, y siente al besarla algo muy extraño, un intenso frío que cala los huesos.
Basilio se viste, se para en la puerta, intenta quitarse un presentimiento. Ella le sonríe y le tira un beso, entonces suspira y sale a la calle.
La negra Azucena rebusca en su bolso y con mucho cuidado saca un envoltorio. Ya va a hacer tres meses que el cuerpo no sangra, y antes de los dos, su amiga Felicia, que es un poco bruja, lo vaticinó: mi negra, no busques otra explicación, te preñaron hija, te jodieron bien. Aún de madrugada, cogidas del brazo, fueron a buscar a la seña Petra, una mulatona grande como un buey que dicen que tiene todos los remedios: ungüentos, pomadas, mejunges, hierbajos, bebedizos dulces… con mucho secreto le vendió a Azucena hierbas milagrosas que la harán sangrar.
En un viejo cazo se prepara el agua y cuando está hirviendo echa un puñadito, y otro, y otro más. Mientras que reposa se pone a rezar, hace tanto tiempo que ya ni se acuerda, pero poco a poco viene a su memoría una retahíla de cortas plegarias que cuando era chica, antes de acostarse, solía enunciar. Se toma el brebaje, se mete en la cama y cierra los ojos. La mata el cansancio de todas las noches pateando la calle y casi sin notarlo se queda dormida.
Un grito de angustia la hace despertarse, es noche cerrada, se encuentra muy mal: le duele la tripa, se agarra, se dobla. ¿Dónde está Basilio? Por entre las piernas empieza a notar algo que se escurre, un líquido tibio que fluye despacio mojando las sábanas. Siente las mordidas de un perro rabioso, allí, en las entrañas, la va a destrozar. Se muere de frío, tirita, está ardiendo, se acurruca aún más. El dolor la rinde, se vuelve a dormir.
El negro Basilio no ha tenido suerte, fallaron las cuerdas, se rompió la manta y él echó a correr, pero ya los polis le echaban el guante, no pudo escapar. Llora por su negra que estará esperando presa de la angustia porque no llegó.
Hombres y mujeres, todos cuchichean cuando en la ambulancia, meten la camilla llevando el cadáver que encontró una noche su amiga Felicia, cuando preocupada porque hacía unos días que no la veía, la vino a buscar. La Felicia llora, sentada en el suelo, luego un gran suspiro, se suena los mocos. Ya saca del bolso un pequeño espejo, retoca los labios, se pinta los ojos, se arregla el escote y estira con fuerza de su minifalda. No es tiempo de penas, hay que trabajar.
La negra Azucena se lleva prendidas todas las miradas.

Esta situación tiene que acabar- fue el primer pensamiento de Merche al despertar aquella mañana de principios de verano. Bueno, lo de despertar era un modo de hablar, porque realmente no había conseguido conciliar el sueño, como casi cada noche, desde hacía algún tiempo.
No llegaba a entender cómo podía mantenerse en pie y acudir al trabajo cada día. No dormía, y comía lo justo para no desmayarse, por lo que la ropa se le quedaba grande por momentos. No podía olvidarle, era del todo imposible. Durante el día, miles de detalles la llevaban a pensar en él, y por la noche, su mente no dejaba de imaginar situaciones en las que volvían a encontrarse.
Permanecía allí, postrada en la cama, sin fuerzas par levantarse y empezar un nuevo día. Evocaba, una y otra vez, aquella noche mágica en que hicieron el amor. Sólo una. Él había sido el amante más experto y el más cándido, al mismo tiempo. Pero no era esa la razón por la que su recuerdo no la abandonaba. No. Ya había tenido antes buenos amantes. Era algo inconcreto, que ella se negaba o no sabía nombrar. Era una especie de posesión, como si se le hubiera metido dentro y anduviera corriendo por la sangre, impregnando todas sus vísceras con una potente droga que la hacía padecer un terrible síndrome de abstinencia.
No hablaron de amor, ni de volverse a ver. No hablaron de seguir con esa extraña relación, ni tampoco de acabar con ella. Todo había quedado en el aire, sin promesas ni despedidas. ¿Y qué podía hacer ahora?.
Durante un tiempo, habían seguido hablando y escribiéndose de vez en cuando. Pero, sin ella conocer el motivo, él fue alejándose poco a poco. Sin explicaciones. No hubo ruptura, continuación, ni reinicio.
No podía echarle nada en cara porque, al fin y al cabo, nada se prometieron. Quizá, solo ella se había hecho ilusiones. Ilusiones sin consistencia, fruto de su deseo. Ilusiones que, como un castillo de naipes, cayeron desparramadas con una pequeña brisa que entró por su ventana.
Se mira en el espejo y casi se asusta de su propio aspecto. Sus ojos ya no tienen el brillo que los caracterizaba, ahora están hundidos y rodeados de negras ojeras. Están vacíos y muertos. En su desmejorado rostro, destaca la nariz afilada entre las hundidas mejillas. Se despoja de la bata que la cubre y continúa con su crítica mirada. Esta vez, está dispuesta a enfrentarse con su imagen. Siempre poseyó un bonito cuerpo, con curvas insinuantes, aunque no exageradas, que hacían la delicia de los hombres. Ahora, la delgadez había hecho mella en él: los pechos, que nunca fueron abundantes, aparecían colgantes y sin atractivo alguno; se le notaban las costillas; y sus piernas, que habían sido su orgullo, se veían delgadas en exceso.
Esta situación tiene que acabar- vuelve a pensar, y a falta de un consuelo mejor, se conforma con esta idea que parece fijarse en su mente por momentos...
Se mete bajo la ducha y deja que el agua se lleve por el desagüe las últimas huellas de sus caricias. Eso se imagina, eso es lo que quiere creer. Si pudiera desprenderse de su recuerdo tan fácilmente. Si pudiera abrir su corazón y rociarlo con gel de aroma de jazmín. Si pudiera, luego, apuntar en su centro el chorro de agua ardiente y acabar con cualquier sentimiento. Si pudiera...
Hoy quiere volver a estar guapa, tiene que recobrar su esencia, volver a vivir. Se maquilla despacio, intentando devolver a su rostro la alegría perdida por algún rincón olvidado, pinta de un rojo indecente sus labios carnosos. Abre el armario y elige un bonito vestido veraniego, lleno de grandes flores. Se sube en lo alto de sus sandalias preferidas, aún a costa de partirse la “crisma” en algún traspiés y sale a la calle.
La recibe una claridad cegadora, que hace que rebusque rápidamente en su bolso, las gafas de sol. Y echa a andar, tranquila y serena, respirando el aire ocioso de la ciudad en una mañana de sábado.
Mira, descarada, a la gente con la que se cruza, amparada tras sus gafas oscuras. Hace tiempo que no practica su juego preferido: observar las caras de los viandantes y adivinar su estado de ánimo. Últimamente siempre iba enfrascada en sus pensamientos, caminando como una autómata sin fijarse en nada. Ve una bonita terraza frente a la Alameda y se dirige hacia allí. Se sienta en una mesa dispuesta a disfrutar de un café bien frío.
Se entretiene observando a un anciano con buena planta que ojea el periódico, una joven mamá con dos niños pequeños que se pelean por su batido de chocolate, un grupo de jovencitas que ríen y charlan en voz alta, y cuya conversación le llega entrecortada por el ruido del tráfico de la ciudad, una pareja de enamorados que se come la boca como si sólo ellos habitasen el planeta. Instintivamente desvía su mirada, no quiere recordar.
Sus ojos se posan en un hombre que toma una cerveza en una mesa cercana. Su rostro le parece conocido y empieza a mirarle insistentemente. ¿De qué le conozco?- piensa. Sabe que jamás se equivoca tiene muy buena memoria para las fisonomías, el problema es que muchas veces no logra asociarlas a las personas que pertenecen. Se da cuenta, que él también la está mirando y empieza a esbozar una sonrisa. Él se está levantando de su asiento y se dirige hacia ella decidido. Entonces le reconoce.
- ¡Merche! ¡cuánto tiempo sin verte! ¿cómo estás?.
- ¡Álvaro! No te había reconocido. Lo siento, habrás pensado qué hacía mirándote con tanta insistencia.
Se besan en las mejillas. Álvaro es un antiguo amigo y amante. Tuvieron una relación no demasiado larga: él se enamoró, ella no. Así que, cuando las cosas empezaron a tomar visos de relación más estable, Merche salió corriendo. Durante algún tiempo, él insistió: la llamaba, quería verla; pero ella se negó de forma tajante.
Empiezan a hablar de viejos tiempos, de cómo les ha ido a cada uno la vida, de que estás muy delgada pero guapísima, de que tú también estás muy bien, de que ninguno de los dos se casó. Y mientras, Merche se pregunta ¿por qué se enamora siempre de quien no debe? ¿por qué no quiso a este hombre o a cualquier otro?. Y hace un repaso mental de su vida amorosa, mientras asiente y contesta a Álvaro, casi de forma automática. Piensa que ha tenido suerte con los hombres que la amaron, y ella se dejó querer, pero no se entregó, jamás se dio plenamente. Y la única vez que se enamora es de la persona equivocada. También tenía que tocarle a ella, y la vida se estaba cobrando ahora su precio. Sólo él, el que no puede olvidar, en una noche, borró de su mente todas las noches pasadas y futuras. Se hizo el dueño de su cuerpo y de su alma, y se siente impotente para echarlo de allí.
Álvaro está feliz por haberla encontrado, y ella decide que quizá es otra oportunidad que le brinda esta puta vida. En su interior, sabe que no es esa la solución, pero quiere sentirse amada, quiere saberse importante para alguien.
Deciden comer juntos y seguir recordando...
Y recuerdan. En el apartamento de Álvaro, ella vuelve a sentir sus suaves caricias, expertas y certeras, vuelve a percibir esos labios, esa boca ya olvidada, recorriendo su cuerpo, adueñándose de nuevo de sus recovecos, de su olor y sus jugos. Se siente recorrida por las corrientes de deseo, que como ríos desbocados confluyen en su centro vital, en el punto en que estalla el placer. La traspasa el amor que ese hombre siente por ella y le embarga la tristeza. No puede, no puede amarle.
Y está tendido a su lado, feliz, ignorante de los pensamientos que cruzan por la mente de Merche, que no ha podido dejar un momento de pensar en él, en el que no la abandona ni por un momento. Sintió miedo de pronunciar su nombre en el momento del orgasmo. Y calló. Se obligó a permanecer muda, jadeando, pero sin pronunciar palabra alguna. Se pregunta si es tanto lo que ella pide. No quiere promesas ni palabras de amor, sólo que le diga lo que siente, que le hable de sus miedos y de sus sueños. ¿Por qué le resulta tan difícil? Es, como cuando le haces a alguien un regalo, ilusionada, y el obsequiado lo abre, lo mira... y calla. Y el obsequiante se queda esperando expectante. Entonces, llegan las cavilaciones y como un detective analiza las pistas: un gesto, una sonrisa, una mueca. A veces, cuando se siente optimista, piensa que sí, que algo sentía por ella, que volverá a dar señales de vida, que la llamará. Otras, en los días grises, pierde toda esperanza y se maldice por capulla y gilipolla, y se pierde por negros túneles donde no luce el sol, mientras deja que la apatía se apodere de su alma.
Merche ha vuelto a casa, después de despedirse de Álvaro y quedar en llamarse. Enciende el ordenador y mira el correo: nada. Tampoco está conectado. Como una tonta vuelve a ojear el teléfono, con la liviana esperanza de no haberlo oído sonar. Se engaña, claro, y ella lo sabe.
Se queda sentada en la silla, con la vista fija en la pantalla, esperando quizá un milagro. Se acabó, piensa, voy a apagar este trasto y olvidarme de él. Le tiembla el pulso, pero está dispuesta a hacer. Y el corazón le da un vuelco cuando el cartelito le anuncia que acaba de conectarse. Al momento la ventana de conversación aparece con un “Hola”. Merche se queda mirando la palabra mágica y sabe que todo empezará de nuevo, mientras por centésima vez escucha una de sus canciones preferidas:
Ya estoy curado, anestesiado,ya me he olvidado de ti...Hoy me despido de tu ausencia, ya estoy en paz...Ya no te espero, ya no te llamo, ya no me engaño.Hoy te he borrado de mi paciencia,hoy fui capaz...Desde aquel día en que te fuiste,yo no sabía que hacer de ti.Ya están domados mis sentimientos.mejor así...Hoy me he burlado de la tristeza,hoy me he librado de tu recuerdo,ya no te extraño, ya me he arrancado,ya estoy en paz...Ya estoy curado, anestesiado,ya me he olvidado.
Te espero siempre, mi amor,cada hora, cada día, cada minuto que yo viva...
Te espero siempre, mi amor...Te quiero... siempre, mi amor...Se que un día... volverás...No me olvido y te quiero...
Te quiero siempre, mi amor
“Hola”, responde. Y sabe que su vida, como la canción, es una total contradicción.