Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

jueves, 21 de mayo de 2009

Teatro: MANS QUIETES!

Hacía tiempo que no colgaba ningún post sobre alguna obra de teatro, y no porque no haya asistido siempre que la ocasión me lo permite, si no porque andaba liada con la historia anterior y no quería cortarla a medias. 
Mi pueblo se está convirtiendo desde hace unos años en el lugar elegido por compañías valencianas para estrenar sus obras, hecho con el que estoy encantada. Entre Abril y Mayo, dos de ellas vinieron a hacer su representación: Albena Teatre y La Dependent.








Título: Mans quietes!
Compañía: Albena Teatre
Dirección: Carles Alberola, sobre un guión de Piti Español.
Actores: Verònica Andrés, Inés Díaz, Sergio Caballero, Inma Sancho y Juanfran Aznar.

No nos han enseñado a educar a nuestros hijos y cada uno hace lo que puede. En un mundo donde la hipocresía es moneda de cambio, ¿hasta que punto estamos dispuestos a prostituirnos con tal de recuperar el trabajo, la familia, la pareja? ¿Qué clase de monstruo  podemos llegar a esconder detrás de nuestro comportamiento diario? ¿Con cuantas heridas de la infancia o de la adolescencia, mal curadas, podemos vivir como si no pasara nada? El texto de Piti Español creo que genera más preguntas que respuestas y ese es uno de sus valores para mí. Si además lo hace con valentía y humor, nos encontramos delante de un regalo, de una comedia negra sobre las relaciones entre hombres y mujeres, donde no hay buenos ni malos. Carles Alberola.

Una tarde de verano, en la fiesta de fin de curso de mi hijo, me encontré en una situación similar a la que se encontraba Manel, el protagonista de Mans Quietes! en la fiesta de su hijo. Aquella noche, cuando volví a casa, pensé que allí estaba el germen de una comedia muy potente. Al día siguiente me puse a escribirla y, enseguida, aquel pequeño incidente se fue convirtiendo en la comedia gamberra sobre la corrección política, sobre cómo se ha de educar a los niños y sobre las diferencias ancestrales entre hombres y mujeres que ha acabado siendo Mans Quietes! ¡Apa! me decía yo mismo, mientras escribía, sorprendido y muriéndome de risa viendo las barbaridades que llegaban a hacer los personajes. Piti Español.

La obra, en valenciano, es exactamente como la describen su director y su autor. Una interpretación ágil y divertida, con situaciones desternillantes, que hacen que el tiempo sentado en la butaca parezca escaso. Es al final, cuando se acaban las risas, que llegan las preguntas de las que nos hablaba Carles Alberola.
Recomendada.

(Mañana el siguiente post sobre teatro con La Dependent.




 

Pecado de juventud (final)


Después de comer unos dulces y beber las copas preparadas por Gonzalo, todo empezó a volverse borroso, parecía que estaba en una nube, sentía mi cuerpo liviano y sin embargo me costaba moverme. Sentí como Gonzalo me desnudaba, veía sus manos pasar como sombras ante mis ojos, intentaba fijarme en ellas pero aparecían y desaparecían casi sin darme cuenta. Escuchaba su voz en mi oído. Una voz que parecía querer tranquilizarme ¿por qué? No estoy nerviosa, pensaba, ni mareada, ni siquiera sabía como me sentía.


Me encontré de pronto acostada sobre algo blando, miré a mi alrededor y comprendí que estaba en la cama. Gonzalo me acariciaba y yo intenté hacer lo mismo, pero él continuaba con la ropa puesta. Sentí algo frío pegado a mi oreja, en la otra, Gonzalo me estaba diciendo algo que yo no comprendía: “Dile que venga, que estás esperándole, Gloria, habla, habla de una puta vez”. Balbuceé un “ven, ven, por favor”.


Debí quedarme dormida un momento. Escuchaba voces, no, seguro que estaba soñando, allí estábamos Gonzalo y yo solos. Me costaba abrir los ojos y permanecí inmóvil intentando aclarar mi cabeza. “¿Qué le has hecho? Cabrón, voy a …. contigo” Risas. “No le …. nada”… “esto… divertido”. Parecía que empezaba a despejarme un poco. Algo frío y metálico rozándome los pechos, los hombros, el cuello. “Quieta, no te muevas, esto te va a gustar” Una mano se mueve entre mis piernas, las separa, y llega hasta mi sexo. Me acaricia. “Gonzalo” digo en un susurro. “Estoy aquí, estoy aquí contigo” y busca con pasión mi boca. La siento luego lamiendo mis pezones y empiezo a notar la humedad entre mis piernas.


Se aparta de mí y abro los ojos. Los cierro de inmediato. No puede ser, debo seguir soñando, estoy segura. Poco a poco, vuelvo a separar los párpados, cuando quiero gritar, una mano me lo impide tapándome la boca, intento levantarme, pero compruebo que no tengo fuerzas para hacerlo y busco con los ojos a Gonzalo, no se qué espero. Delante de mí, de pie, está Rafael, custodiado por dos de los amigos de Gonzalo, éste sonríe mientras juega con una enorme navaja, otros dos de sus incondicionales están al lado de mi cama, uno de ellos es el que me mantiene con la boca cerrada, y un tercero sostiene una cámara de video.

“¿No te dije que nos íbamos a divertir, preciosa? Ten, tómate otra copa, y después harás todo lo que yo te diga” Intento mover la cabeza negando, pero se acerca a mí y me sujeta la cara con violencia. “Déjala en paz, hijo de puta, tenía que haber acabado contigo entonces, eres un cabrón mal nacido” “Con qué pruebas, imbécil, estate quieto o la mato aquí mismo, después de que todos estos se la follen. Me tienes harto y esta vez voy a quitarte las ganas de amenazarme para siempre. Entonces era un crío, pero ahora he aprendido mucho, tengo experiencia, cabrón, y tú y esa puta vais a hacer lo que a mi me salga de los cojones ¿estamos?”


Siento las lágrimas resbalar por mi cara ¿qué está pasando? No entiendo de qué hablan. Gonzalo se acerca a mí con una copa en la mano. Tengo miedo. Abro la boca y dejo que el líquido baje por mi garganta. “Ábrete de piernas, tu querido profesor, te va a hacer un trabajito” Se sienta en la cama, muy cerca de mi cabeza y veo relucir la hoja de acero brillante. La bebida empieza a hacer efecto y me siento otra vez transportada a un mundo extraño y ligero. Unas manos me cogen de las piernas y me arrastran hacia los pies de la cama, me incorporan ligeramente y colocan almohadones en mi espalda. “No me obligues a hacerle daño, empieza a comerle el coño o te arrepentirás, cabronazo, hazla gozar, quiero oírla gritar de placer”. Entreabro los ojos y veo a Rafael arrodillándose y al momento siento el ligero calor de su aliento. El frío de la navaja acaricia mi cuello. Alargo los brazos y cojo su cabeza con las manos atrayéndole hacia mí. No quiero que nos maten. Restriego mi sexo contra su boca, su nariz, su cara. Sólo se escuchan mis gemidos y alguna respiración entrecortada. Ya no me importa la navaja, ni todos los que están mirándome, sólo deseo correrme de placer en esa boca. “Ten cuidado o lo ahogarás entre las piernas, zorra” Carcajadas. Por fin llega el orgasmo. Grito y me retuerzo, luego nada.


Me sacuden. “Vamos, cariño, aún no has terminado”. Tardo en tomar conciencia de lo que pasa. Paso la mano por mis pechos, mi barriga, estoy mojada, pegajosa. “Es bueno para la piel, no seas remilgosa, los has puesto a todos bien calientes, guarra, y se han hecho un paja mientras tú te corrías de gusto. He dejado que te lo echasen encima, se lo merecían, los pobres” “Cerdo” Es todo cuanto consigo decir. “¿Prefieres que te follen? Puedo hacerlo, míralos, están deseando meterte sus pollas por el culo, así que no me jodas” “Arrodíllate” me grita mientras tira de mi brazo. “Arrodíllate y hazle una buena mamada, como tú sabes… empieza”.


Rafael está de pie con la cabeza caída hacia un lado. Me mira un momento, implorante, no lo hagas, parece querer decirme con sus ojos. Pero tengo que hacerlo, no quiero morir ni que le maten, estoy aterrorizada. “Abre esa boquita y empieza a trabajar”. Bajo la cremallera de la bragueta y saco su pene fláccido. Masajeo los testículos como Gonzalo me enseñó, los lamo suavemente, los introduzco en la boca, jugueteo con ellos, mientras con la mano empiezo a masturbarle. Me cuenta que aquello cobre vida, pero poco a poco va tomando consistencia. Paso la lengua una y otra vez por su contorno, con la punta golpeo la punta, se está poniendo dura. “Sigue, zorra, sigue así, lo estás consiguiendo… tú ¿estás grabándolo todo bien?” Levanto la vista y sorprendo a los demás masturbándose de nuevo. Están todo a mi alrededor, con la polla en la mano, sin apartar la vista de mi boca. Tengo que concentrarme. Rodeo el pene con los labios ejerciendo presión mientras empiezo a mover rítmicamente la cabeza. Percibo un ligero movimiento de Rafael intentando apartarse, me aferro a sus nalgas y le empujo hacia mi boca. Le pillo desprevenido y entra tan profundamente que me produce arcadas. Acelero el ritmo de mi movimiento, succiono, golpeo con la lengua el capullo inflamado y siento que ya llega el momento. “No te apartes, trágalo” Las manos de Gonzalo inmovilizan mi cabeza justo cuando un chorro de semen caliente inunda mi boca. “Mira a la cámara, así, con su leche chorreando”. Me quedo en el suelo arrodillada, escucho sollozar a Rafael. Luego, otro trago de aquél licor empalagoso y dulzón. Siento que me estiran de los brazos y me llevan hasta la cama. Una vez más, me duermo.


- ¡Qué cabrón, Díos mío, Gloria! ¿Cómo has podido guardar eso en secreto tanto tiempo? ¿Cómo pudiste soportarlo?

- No lo sé, Xuso. Durante mucho tiempo pasé por un infierno, hasta que un día, no se cómo, había logrado esconder todo aquello en algún sitio muy hondo de mi memoria. Pero, espera, déjame que acabe de contarte la historia.


Cuando desperté permanecí inmóvil un buen rato, no acababa de despejarme y tenía serias dudas sobre si todo aquello no había sido una terrible pesadilla. La habitación, toda la casa, estaba en silencio. Pensé que me habían dejado sola y con dificultad me incorporé en la cama. Desde allí pude ver a Gonzalo sentado en el sofá viendo la televisión tranquilamente. Quizá me emborraché y todo ha sido un mal sueño, me decía intentando convencerme, pero tenía la piel pegajosa y la boca me sabía a sexo. “¡Vaya! ¿ya te has despertado?, será mejor que te duches y te llevo a casa” Algo debió leer en mis ojos porque los suyos se llenaron de rabia en un momento. “¿Qué pasa? No te hagas ahora la remilgada, a mí no me engañas, has disfrutado como una zorra. ¡Levántate! Y, escúchame bien, ni una palabra de esto, o inundaré la ciudad con las copias de esa peli porno de la que eres protagonista”. Deseaba preguntarle qué pasaba con Rafael, qué le habían hecho, pero las palabras se negaban a ser pronunciadas. Obedecí y me metí bajo un chorro de agua hirviendo intentando que toda la pena, la vergüenza, el asco, el miedo… desapareciesen por el desagüe.


Gonzalo me acompañó a casa, con su tan ensayado encanto convenció a mi madre de que algo no me había sentado bien, que lo mejor era que me metiese en la cama y me dejase dormir. Yo deseaba dormir para siempre, no iba a poder vivir después de aquello, jamás podría mirar a la cara a Rafael, ni a todos aquellos hijos de puta que estuvieron presentes, ni a mis padres. Nunca podría recuperar a la antigua Gloria.


Pasé una semana metida en la cama, casi sin comer, sin hablar con nadie. Mi madre, asustada, hizo venir al médico. El hombre no encontró nada físico causante del estado en que me encontraba, me recetó unas vitaminas, y dijo algo de una depresión, me recomendó un tiempo de reposo, quizá alejarme unos días de mi entorno habitual, lo atribuyó quizá a un desengaño amoroso, en la adolescencia cualquier nimiedad puede desencadenar un problema serio. Gonzalo me visitó un par de veces, me negué a verle. Papá decidió que iría unos días al pueblo con la abuela.


Aquella tarde vino María. Quería despedirse de mí. Nada más entrar en mi habitación, me abrazó y rompió a llorar. Traía una mala noticia: Rafael había sufrido un terrible accidente de coche, murió en el acto. Nadie se explica como fue que su coche se despeñó por el barranco, ni que hacía allí, en la montaña, sólo, un domingo por la noche. Lloré todas las lágrimas que no había derramado en muchos días, lloré hasta quedarme vacía por dentro. Después me levanté y les dije a mis padres que no iría con mi abuela, la próxima semana volvería a las clases.


Nunca más le dirigí a Gonzalo una palabra, ni siquiera una mirada, había dejado de existir para mí. Terminé el curso a duras penas, con algunas pendientes para Septiembre, y el resto ya lo sabes, al año siguiente apareciste tú, y no te puedes imaginar cuánto me ayudaste con tu sola presencia.

- Siempre me sentí culpable de la muerte de Rafael, debía haber denunciado lo que ocurrió esa tarde.

- Gloria, eras una niña, no te martirices más con eso.

- ¿Sabes que Gonzalo tenía una hermana gemela?

- ¿En serio? Siempre creí que era hijo único.

- También yo. Cuando estudiaba periodismo antes de que tú volvieses a aparecer aquí en Barcelona, dediqué muchas horas a investigarle. Estaba obsesionada por averiguar que era lo que Rafael sabía, por qué le había amenazado, qué era aquello tan importante que Gonzalo guardaba en secreto. Si supieras las horas que dediqué a indagar quien era antes de llegar al instituto y convertirse en el chico encantador que todos imaginaban que era. Todas las horas, Xuso, todas las horas que me dejaba libre el estudio.

- ¿Qué descubriste?

- No demasiado, tenía una hermana gemela y ambos fueron alumnos de Rafael en un colegio privado de Madrid. Sí, Gonzalo era madrileño. Busqué todas las noticias de años anteriores intentando encontrar algo, y al fin di con ello. Una niña de ocho años había sido encontrada en una casa abandonada en un estado lamentable, la habían atado a una vieja cama, donde la golpearon y la violaron utilizando un palo. Como consecuencia de los golpes recibidos en la cabeza quedó condenada a un estado semi-vegetativo e ingresada en un centro especializado. La busqué y después de muchos meses, pude averiguar donde estaba. Un fin de semana me desplacé hasta el lugar, simulé que era una antigua amiga y me dejaron verla. Era igual que Gonzalo, una chica preciosa con la mirada perdida y la boca babeante. No hablaba, ni una palabra, ni un gesto, sólo me pareció notar un ligero temblor en su cuerpo cuando nombré a Gonzalo.

- ¿Sabes qué ha sido de ella?

- No, después de eso, decidí dedicarme de lleno a mi trabajo y olvidarme de todo.


- Estás espectacular, preciosa, vas a ser la envidia de la fiesta.

- Calla, adulador, tú tampoco estás nada mal.

- ¿Preparada?

- ¡Sí, señor!

- Pues vamos allá, a comernos el mundo.

Cuando llegamos al lugar donde se celebra la fiesta, ya han llegado muchos de los invitados. Es un chalet en las afueras, precioso, con piscina, dicen que lo alquilan para algunos actos como convenciones, cenas de empresa y cosas parecidas. En la entrada hay una mesa con tarjetas de identificación para prendernos en la ropa, con nuestro nombre escrito en cada una de ellas. Me fijo que la de Gonzalo aún está allí, él no ha llegado. Entramos en una gran sala llena de gente, distribuida en corrillos, hay cierto barullo, todos miran primero el nombre en la tarjeta para reconocerse. Cada vez que se abre la puerta cientos de ojos se vuelven a mirar al recién llegado. Ahora somos Xuso y yo, quienes llamamos su atención. Según nos vamos acercando, llegan los abrazos, besos en la mejilla, apretones de manos. Muchos lucen cuerpos metiditos en carne, otros un incipiente calvicie, pero si te fijas bien en sus rostros, en todos queda algo de aquellos adolescentes de hace veinticinco años.


Abrazo a María, está guapa, le sienta bien la madurez, ya no es aquella niña gordita y patosa. No puedo evitar cierta emoción. Se abre la puerta y todas las miradas se centran en el recién llegado. Es un hombre delgado, atractivo, luce una barba recortada, y se apoya en un bonito bastón. Es Gonzalo.

La cena ha terminado, alguien ha puesto música de aquellos años y los altavoces retumban por toda la casa. Salgo por la puerta de la cocina, en la parte de atrás de la casa, allí se encuentra la piscina. Entonces le veo, apoyado en su bastón, al lado mismo del agua, mirándome. Respiro hondo y me acerco.

- Estás preciosa, deslumbrante. No te veía desde que te trasladaste a Barcelona. Me he preguntado muchas veces como sería mi vida si hubiésemos seguido juntos, en serio. Por más mujeres con las que estuve, ninguna como tú, lo juro. La verdad, pensé que no vendrías, intenté indagar entre los compañeros pero nadie supo decirme nada seguro. ¿Por qué has venido? Quizá esperabas encontrarte con la noticia de que había muerto de un infarto, víctima de un cáncer o algo por el estilo… jajajajaja, pues no, lo siento, pero aquí me tienes vivito y coleando. Se te ha comido la lengua el gato, sería una pena, porque sabías hacer buen uso de ella.

- Vete a la mierda.

- Y ahora vives con un maricón, lo que faltaba.

- Ese maricón es mucho más hombre que tú.

- ¿Has visto a esos como bajaban la cabeza? Los muy imbéciles no se atrevían a mirarte ¿crees que no me he dado cuenta? La de veces que se han masturbado pensando en aquella tarde. Me costó frenarles, no creas, se morían de ganas de follarte. Ven, acércate, aquí no pueden vernos.


El barullo de la música llega hasta allí, Miro a mi alrededor, no hay nadie. Me acerco lentamente, “acabo de recordar algo” le digo en un susurro “que no sabes nadar”. Golpeó con el pie su bastón y pierde el equilibrio. Se tambalea durante unos segundos y cae al agua con un chapoteo. Durante un rato observo como bracea y mueve desesperadamente las piernas. Se hunde y vuelve a salir un momento, para volver a hundirse de nuevo. Esto por Rafael y por mí, también por mí.

Vuelvo a la puerta de la cocina y enciendo un cigarrillo.

- ¿Dónde estabas? – es Xuso que acaba de aparecer.

- Estoy aquí, en la cocina todo el tiempo, contigo, y acabo se salir a fumar un cigarrillo ¿no te acuerdas?


Me mira extrañado pero asiente.

- No lo olvidaré, te lo prometo.

lunes, 11 de mayo de 2009

Pecado de juventud (Siete)


(Imagen de la película: La teta asustada)
Aquél viernes Gonzalo estuvo pendiente de mí todo el día…

- ¿De qué hablas, gloria?
- De lo que pasó con Gonzalo, Xuso, de eso hablo.
- Oye, no tienes que contármelo, y si en algún momento ha dado la impresión de que quería que lo hicieras… olvídalo.
- Siéntate y escucha. Tengo que hablar de ello y sólo puedo hacerlo contigo. No me interrumpas, porque ni yo misma tengo una idea clara de todo lo que pasó, los recuerdos aparecen como en ráfagas, imágenes fijas, detalles, no se si podré contarlo de forma coherente… ¿me entiendes?

Mueve la cabeza con un gesto afirmativo.

Aquel viernes Gonzalo estuvo pendiente de mí todo el día. No dejó de dedicarme sonrisas, caricias furtivas, suaves besos entre clase y clase… al día siguiente, sábado, me daría su gran sorpresa. Yo me sentía la heroína de aquella película, la chica de la que se enamora perdidamente el protagonista, no podía darme cuenta de las risitas disimuladas de los cinco o seis de sus vasallos principales, que andaban algo nerviosos y pendientes en todo momento de los deseos de su jefe.

Al terminar la clase de literatura, la voz de Rafael se alzó por encima del barullo que formábamos mientras recogíamos los libros y libretas esparcidos por los pupitres: “Chicos, no os olvidéis de hacer el trabajo que os encargué el martes pasado. Gloria… ¿puedes esperar un momento? me gustaría hablar contigo”. Al instante se me hace un nudo en el estómago y un ligero temblor sube por mis piernas. Instintivamente miro a Gonzalo, su rostro ha sufrido una transformación, mantiene las mandíbulas apretadas y mira fijamente al profesor. “Sí, claro”, respondo con un hilo de voz al tiempo que me acerco hacia su mesa. Él se ha puesto en pie esperando que los demás salgan por la puerta, Gonzalo es el último en hacerlo o eso es al menos lo que imagino, porque por alguna razón no me atrevo a mirarle.

- Gloria, quizá no sea asunto mío, pero… estás saliendo con Gonzalo ¿no?
- Sí, bueno, últimamente nos vemos a menudo ¿por qué me lo preguntas? ¿pasa algo?
- No puedo decirte con quien debes relacionarte, sólo quiero advertirte sobre él, ten cuidado, Gloria, algunas personas no son lo que aparentan, y Gonzalo es una de ellas.
- ¿Qué pasa con él? ¿hay algo que debería saber?
- Sólo ten cuidado, no puedo decirte nada más.
- Está bien, lo tendré.

Gonzalo estaba esperándome en la puerta.

- ¿Qué quería ese? – me pregunta.
- Nada importante – le respondo, mientras echo a andar hacía la salida.

Me coge del brazo para detenerme.

- Me haces daño, suelta.
- ¿Qué te ha dicho?
- Que si necesito documentarme para el trabajo, en la biblioteca hay un libro que puede servirme de ayuda – invento sobre la marcha.
- Pues eso debería haberlo dicho para toda la clase, parece que tiene cierta preferencia por ti ¿no crees? A lo mejor espera alguna clase de favor. Le gustas.
- Vete a la mierda.
- No te enfades, perdona, por favor, no quiero que ese gilipollas estropee nuestra cita de mañana.
- Está bien, pero deja de decir tonterías, a ver ¿me vas a contar algo? ¿qué te traes entre manos?
- Es una sorpresa, ya te lo he dicho. Te acompaño a casa y le pido permiso a tu madre para que te deje venir mañana a pasar el día con mis padres.
- ¿Vamos con tus padres?
- ¡Qué ingenua eres! Es una pequeña mentira para poder estar juntos todo el día sin que nadie nos moleste. Te recogeré sobre las doce… ponte guapa.

Por fin llegó el sábado. Estaba arreglada una hora antes de la convenida, con el corazón brincando y el estómago revuelto. A las doce en punto apareció Gonzalo, se deshizo en halagos hacia mi madre, prometió devolverme sana y salva, y nos fuimos subidos en su moto. Nos dirigimos a las afueras de la ciudad, hacia una zona de chalets y pequeñas casitas desperdigadas. Delante de una de ellas, Gonzalo paró la moto y nos apeamos.

- Este es mi escondite secreto – me dijo, mientras metía la llave en la cerradura y la hacía girar.

Me sujetó del codo y me hizo pasar.

Me encontré en una sala bastante grande que parecía un decorado de cine. En la parte derecha, una sofá esquinero y una mesa pequeña delante adornada con un pequeño jarrón de flores. A la izquierda, arrimada también a la esquina, una gran cama cubierta con un dosel en color melocotón subido de tono. Una puerta comunicaba con la pequeña cocina, y otra permanecía cerrada.

- ¿Es tuya?
- Creo que era de mi abuela, o de algún pariente lejano. Mis padres no la utilizan y yo la decoré a mi manera.
- ¿Un picadero? ¿Aquí es donde traes a tus amigas?
- Hum…. Tú estás celosa.
- Eso quisieras.
- Sólo traigo aquí a quien de verdad lo merece.
- Y ¿se puede saber qué he hecho yo para merecer tanto honor?
- Tranquila, cada cosa a su tiempo, ya lo descubrirás por ti misma. Siéntate y ponte cómoda. Voy a preparar algo para picar y tomamos una copa. Tienes que comer y coger fuerzas, vamos a pasarlo muy bien, te lo aseguro.

Se ha ido acercando a mí, me besa el cuello, las orejas, mientras sus manos acarician mis pechos por encima de la blusa y me aprietan contra su cuerpo. No puedo evitar sentirme excitada ante la perspectiva de imaginados placeres.
(Mañana por la noche, si nada lo impide, intentaré colgar el último capítulo. Tengo un mes bastante ocupado, pero eso es otra historia que ya contaré en próximos post. A los que seguís ésta, gracias por vuestra paciencia).

miércoles, 29 de abril de 2009

Pecado de juventud (Seis)


Siento cierto malestar cuando acerca su pene a mi boca. Algo desconcertada sólo acierto a abrir la boca para engullirlo, pero Gonzalo que posa suavemente su mano en mi cabeza, me detiene. Empieza con la lengua, no tengas prisa – susurra dulcemente. Obedezco y rozo, no sin cierta aprensión, la piel tersa y brillante con la punta de la lengua. Poco a poco, me voy acostumbrando a su sabor, al tiempo que noto como mi excitación va en aumento. Él guía mis movimientos ejerciendo una suave presión en mi cabeza, en ocasiones acompañadas por frases cortas que me indican lo que debo hacer: rodéala con los labios, ejerce más presión, lame al mismo tiempo, así, un poco más rápido…Pienso todo el tiempo en que de un momento a otro me llenará la boca, tendré arcadas estoy segura, quizá se sienta molesto ¿si se enfada?. Tira hacia atrás de mi cabeza y siento como el semen caliente choca contra mi pecho y se desliza en grandes goterones.

Lo hacemos siempre que tenemos ocasión, y siento que estoy enganchada a Gonzalo. Cada vez que cierro los ojos revivo las sensaciones que experimento cuando me toca. En clase se queda mirándome fijamente y puedo adivinar lo que está pensando. Su mirada recorre mis pechos y noto como mis pezones se endurecen. A veces acabo con las bragas empapadas, muerta de ganas porque me toque. Hoy, al salir, me ha dicho que está preparando una cita muy especial, no he podido sacarle nada más, es una sorpresa, me ha dicho. Quizá piensa que ya estoy preparada para hacerlo de verdad. Y lo estoy, últimamente no deseo otra cosa, sueño con tenerle dentro. Sentir como su polla se hunde con cada embestida, arañarle la espalda, morderle la boca… no se lo que me pasa. Será el próximo fin de semana.
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- ¿Qué haces, reina? Estás muy pensativa.
- ¡Ah! Hola Xuso, estaba ojeando esta revista, en la tele no hacen nada que valga la pena.
- La revista la tienes delante, pero me parece que tu cabeza estaba en otra parte.
- No digas tonterías, anda, he tenido un día agotador.

Se sienta a mi lado y por la expresión seria de su rostro, intuyo que quiere hablar de algo importante.

- Mira, Gloria, se que me he puesto muy pesado con lo de la cena del Instituto, pero lo he estado pensando y… tienes razón, no se nos ha perdido nada allí, así que nos olvidamos del tema ¿vale?.
- No se por qué has cambiado de idea, Xuso.
- Pues porque no tengo ganas de verte así. Me hacía ilusión, no puedo negarlo, pero la verdad es que pensaba que a ti te iba a apetecer encontrarte con algunos buenos amigos a los que hace muchos años que no has visto.
- María, Esther, Luis… ¿te acuerdas del buenazo de Luis? Todos se aprovechaban de él. Sí, Xuso, desde que me marché sólo volví a ver a María. Creo que fue cuando estaba en el segundo año de carrera, aún no me había encontrado contigo aquí en Barcelona. Era verano y la invité a pasar unos días conmigo, estuvimos en la casa que mi padre acababa de comprar en la playa. Al principio mi madre me contaba alguna cosa sobre ellos cuando venía a verme, luego también con ella me fui distanciando, ya sabes que no me cae muy bien Alfonso, su pareja.
- Sí, no se qué te ha hecho el pobre hombre. A mí me pareció amable y simpático la última vez que vinieron a visitarte, pero tu estuviste todo el tiempo con cara de perro.
- Será de perra.
- ¡Qué graciosa!
- Igual tienes razón, pero no se me olvida que fue el tercero en discordia, no le importó meterse por el medio y acabar con un matrimonio.
- No seas infantil, anda, monina, ese matrimonio ya estaba más que roto. Y a ti no te vino mal que tu padre pidiese el traslado a Barcelona, para largarte con él a toda prisa.
- Hubiese venido de todos modos, quería estudiar periodismo y quería hacerlo aquí. Y sí, necesitaba imperiosamente salir de allí, me asfixiaba, y te aseguro que estaba deseando perder de vista a la gran mayoría nuestros queridos compañeros, salvo alguna que otra excepción.
- Pues no se hable más, voy a romper la invitación y nos olvidamos del tema.
- No, espera.

Me mira extrañado.

- No la rompas, aún falta una semana, déjame que aclare un poco mis ideas. Últimamente estoy como aturdida, no consigo pensar con claridad y no se muy bien que es lo que quiero hacer realmente. No me mires así, no estoy loca… o casi.
- Está bien, reina, tu mandas.
- ¿Si?... pues mira, ya que estás tan obediente ¿podrías darme un masajito en las piernas? Se bueno, por favor, me pesan como si fuesen de plomo.
- Está bien – suspira- tienes un amigo que no te lo mereces.
- Lo se, Xuso, lo se, aunque no lo demuestre muy a menudo. Anda, dame un abrazo.
- No eres zalamera tú ni nada, cuando te lo propones.

Su abrazo es cálido y prolongado. Parece que ahí, en el hueco de su pecho, nada puede afectarme. Cuando me suelta tienes los ojos brillantes. Se sienta a mi lado y coloca mis piernas sobre las suyas. Sus manos son como pájaros revoloteando ligeras por mis tobillos.

viernes, 17 de abril de 2009

Pecado de juventud (Cinco)


No es como los otros chicos con los que he estado, ellos se conformaban con manosearme un poco las tetas, meter la mano bajo la falda o acariciarme el sexo por encima de los pantalones. Cuatro restregones y se corren solos. Gonzalo me besa el cuello y con dedos hábiles me desabrocha el sujetador. Cuando acerca los labios a mis pezones, éstos parecen que se estiran deseando el contacto con su boca.

Mi cuerpo se deja llevar por el deseo que él me provoca, sin embargo, no logro hacer que desaparezca una idea que permanece fija en mi cabeza: no quiero follar con él. Ni yo misma entiendo el por qué, pero se que no voy a hacerlo. Por un momento me paraliza el miedo de que vaya a obligarme, mi cuerpo se tensa y Gonzalo se da cuenta.

- ¿Qué te pasa? – me dice apartándose un poco para poder mirarme.
- Yo…yo… -tartamudeo- no, no quiero hacerlo.
- No quieres hacer ¿qué?... ¿no quieres que te la meta?
- No.
- Bueno, pues no te preocupes, no lo haré… hay formas de pasarlo bien. Dime ¿te gusta esto? – y desliza un dedo por debajo de mis bragas que hace que me retuerza de placer. Relájate, Gloria, te voy a enseñar a disfrutar, tonta, confía en mi, me vuelves loco mi vida, me vuelve loco este coñito caliente, hazme caso, haz lo que yo te diga y lo pasaremos bien… lo pasaremos muy bien.

Sus dedos penetran mi sexo rítmicamente y yo sólo deseo que lo hagan más y más dentro. Ahora podría follarme si quisiera y no encontraría ninguna resistencia por mi parte, pero no lo hace. Confío en él. De pronto me siento vacía y detengo el vaivén de mis caderas. ¿Qué hace? Me pregunto cuando se mueve bajando hacia mis pies, al tiempo que desliza mis bragas por las piernas. Una ligera presión de sus manos entre los muslos y las abro. Nerviosa. No acabo de creer lo que imagino que se dispone a hacer.

Pero allí está, el contacto de su lengua en mi sexo, la punzada de placer, mi clítoris latiendo. Abro las piernas todo lo que puedo. Nadie había metido ahí la boca, nadie. ¿A quién le gusta hacer eso? Pienso. Si al menos acabase de ducharme. Estoy mojada y mi sexo desprende un fuerte olor a excitación que hasta yo puedo percibir, pero a él parece no importarle. Juguetea con su lengua en busca de caminos escondidos, hendiduras, rendijas, recovecos. Con los labios chupetea el clítoris, succiona… se detiene. Me incorporo aturdida y le encuentro sonriente mirándome.

- ¿Te gusta? – me pregunta, con sonrisa maliciosa.
- ¡Ufff! – no tengo fuerza para contestar nada más coherente.
- Pues pídeme que siga.
- ¿Qué?
- Que me lo pidas, pídemelo. Pídeme que te coma el coño, hazlo… ahora.
- Cómeme el coño – digo con un hilo de voz.
- Más fuerte, dilo más fuerte.
- ¡Cómeme el coño!
- Más fuerte.
- ¡Cómeme el coño! ¡Cabrón!

Se mete con furia entre mis piernas. Unos ligeros toques son suficientes para hacerme estallar. Me estiro. Me doblo. Grito. Y poco a poco mis músculos se relajan, tiemblan ligeramente, me siento fláccida, sin fuerzas. Es la primera vez que otra persona me provoca un orgasmo y no es lo mismo que hacértelo tu misma, no, no es lo mismo.

Me besa. Sabe a sexo, mi sexo.

- Es tu turno – dice mientras empieza a desabrocharse la bragueta.

Imagino lo que quiere, y siento una mezcla de deseo, repulsión y miedo. También cierta vergüenza, no se cómo hacerlo. Parece adivinar mis pensamientos.

- Yo te enseño, sólo tienes que hacer lo que te diga.

Asiento ligeramente y no acabo de entender tanta experiencia en un chico de su edad.
...

jueves, 9 de abril de 2009

ATMÓSFERAS (100 relatos para el mundo)

Disculpad que haga un inciso en la historia que estoy contando para presentar un libro que muy pronto estará a disposición de todo aquél que quiera comprarlo.

Hace unos meses recibí una invitación de mi amiga Tania Alegría para participar en un proyecto puesto en marcha por Javier Ribas de Escritores en Red. Se trataba de aportar un relato para poder editar un libro (en principio se pensó que fuese de 50 relatos) solidario, cuyos beneficios se destinan a la Fundación Vicente Ferrer

Hoy ese proyecto se ha hecho realidad: ATMÓSFERAS (100 relatos para el mundo) está en la imprenta.

PRIMERA IMPRESIÓN 200 EJEMPLARES NUMERADOS EN IMPRENTA
EDICIÓN COLECCIONISTA
(VENDIDOS)







SEGUNDA IMPRESIÓN 100 EJEMPLARES 
(VENDIDOS)




TERCERA IMPRESIÓN 100 EJEMPLARES 
(A LA VENTA MUY PRONTO))



Los derechos de autor y beneficios de la venta,  se destinan a la creación de becas para el acceso a la Universidad de chicas y chicos de Anantapur, los dálits o intocables, quizá sea una buena razón (además de disfrutar con la lectura de 100 relatos) para comprar un ejemplar. 

A la derecha del blog está el enlace a la página de Escritores en red (y aquí mismo) donde encontraréis cumplida información para reservar el libro, o comprarlo a partir del próximo 1 de Mayo.

También podéis hacer publicidad en vuestros respectivos blogs. Yo, os agradezco de antemano que os hayáis parado un momentito a leerme. Gracias.


martes, 7 de abril de 2009

Pecado de juventud (Cuatro)


Desde que Rafael llamó a Gonzalo a su despacho, la tensión que existe entre ellos se hace presente en cada clase. No se qué jodido problema tienen estos dos. La gente no se atreve a hablar de ello, de ese ambiente extraño, de esos silencios que se producen cuando las miradas de ambos se entrecruzan. La mayoría tiene miedo de Gonzalo, de su reacción si se entera que se habla de él a sus espaldas.

Tengo la impresión de ser observada mientras sigo con interés la explicación de Rafael, en realidad estoy embobada mirando el movimiento de sus labios cuando habla, dejando entrever los dientes y esbozando una ligera sonrisa de tanto en tanto. Giro la cabeza buscando la causa de esa extraña sensación y sorprendo a Gonzalo mirándome fijamente. Me siento rara, creo que es la primera vez que sus ojos no me atraviesan como si de un ente invisible se tratase. Como en un reto me obligo a aguantar su mirada estoicamente ¿qué coño mirará este gilipollas? – pienso. Él, inexplicablemente, me sonríe.

Mi cabeza es un torbellino de ideas disparatadas y no consigo concentrarme en nada. No entiendo a qué ha venido esa sonrisa y me siento desbordada por una extraña mezcla de sensaciones. Gonzalo no es la clase de chico que me gusta, pero al mismo tiempo no puedo dejar de sentir un revoloteo en el estómago. Cuando suena el timbre que da la clase por finalizada, recojo mis cosas a toda prisa y salgo corriendo hacia el lavabo.

- ¡Qué coño te pasaba en clase! – es María que entra como un torbellino en el baño.
- ¿De qué estás hablando?
- No te hagas la despistada, he visto como te miraba.
- Yo qué se, tía. Le habrá dado por ahí, anda, vamos a casa, tengo que acabar el trabajo de música o me caerá también este trimestre.

Esperando en la puerta está Gonzalo.

- Gloria, te estaba esperando.

No contesto, sólo le dirijo una mirada interrogante.

- Si quieres te llevo en la moto hasta tu casa.
- No, gracias, voy con María.
- Por mí no te preocupes – dice Maria, que da un respingo al notar el pellizco que acabo de darle en el brazo.
- ¿De verdad no quieres que te lleve? Me apetecía charlar contigo un rato.

Mientras habla pone su mejor expresión de chico bueno, baja la mirada fingiendo timidez e imprime a su voz un tono cariñoso y suplicante.

- Tengo cosas que hacer, Gonzalo, quizá otro día.
- ¿Hablamos mañana? Es viernes. Al salir de clase podríamos ir a algún sitio a tomar algo ¿qué te parece?
- Esta bien, mañana hablamos.

Hace dos semanas que Gonzalo y yo somos poco menos que inseparables. Tengo que reconocer que sabe como conquistar a una chica, y a la madre de la chica, la mía está encantada. El primer día que me vio bajarme de su moto pensé que iba a echarme una buena bronca, todo lo contrario, no podía creer que el chico perfecto estuviese saliendo con su hija, y al parecer iba en serio ¿no?, ya le habían ido con el cuento algunas madres. Quizá no le gustaría tanto si entrase ahora en casa y nos pillase.

Mis padres se han ido a pasar fuera el fin de semana en un último intento por salvar su matrimonio. No se pueden aguantar las dos o tres horas que se ven al cabo del día ¿cómo van a soportarse mutuamente durante un largo fin de semana? Temo que regresen en cualquier momento, aunque sería un desperdicio no aprovechar la habitación del hotelito que ya han pagado.

Aún no acabo de cerrar la puerta y Gonzalo ya ha empezado a besarme. Su lengua en hunde en mi boca, recorre mis dientes y busca enredarse con la mía, mientras las manos se cuelan bajo la blusa y acarician mi espalda. Se me eriza la piel y empiezo a humedecerme…

domingo, 29 de marzo de 2009

Pecado de juventud (Tres)


Estoy agotada. Mientras conduzco camino a casa entre un río interminable de coches sólo pienso en tirarme en el sofá. Entraré por la puerta lanzando a puntapiés estos insufribles tacones y me prepararé un buen baño, sí, hoy paso de ahorrar agua dándome una ducha, que una también tiene derecho a ciertos caprichos. Quiero un baño relajante con bolitas de aceite, velas olorosas y escuchar a todo volumen mi mantra preferido…hum, ya lo estoy disfrutando. Ha sido un día estresante a la par que aburrido, lo de cubrir las campañas de los políticos no es para mí, el lunes sin falta hablo con el jefe, quedamos en que sólo serían cuatro o cinco días y llevo así dos semanas, me importa una mierda que no tenga periodistas disponibles, un trato es un trato, ya no aguanto más.

- ¿Qué te parece este conjunto para la cena?

Lo dice sonriendo, parado en la puerta del baño, mientras sujeta una percha con un pantalón y una bonita camisa de seda, justo en el momento en que había conseguido relajarme. Le tiro una chancla que él esquiva con gracia.

- Pero Xuso, otra vez no ¿de verdad estás decidido a ir a esa estúpida reunión?

Está en la cocina preparando una ensalada para los dos y una tabla de delicioso queso.

- Pues claro que estoy decidido, pero sólo si tú me acompañas.
- No me hagas esto, por favor.
- Gloria, no se qué pasó realmente entre Gonzalo y tú, escuché comentarios cuando llegué al Instituto…
- ¿Qué comentarios?
- Chismes de adolescentes, ya sabes.
- ¿Qué comentarios?
- Que parecía que Gonzalo iba en serio contigo, que a pesar de la cantidad de chicas que revoloteaban a su alrededor nunca había salido en pareja con ninguna, esas cosas…Luego a todos les extrañó que después de aquel percance del que todos hablaban en secreto, ya me entiendes, lo del profesor y eso, os convirtierais en dos extraños.
- Y tú ¿qué pensabas?
- Nada ¿qué querías que pensara? No estaba allí, y una vez que quise preguntarte sobre ello ¿recuerdas? me respondiste que si quería seguir siendo tu amigo, me olvidase de ese tema para siempre. Me sorprendió tu reacción y me asustó lo que percibí en tu mirada.
- Recuerdo aquella noche de San Juan, en la playa, nos quedamos solos junto a las brasas de la hoguera que habíamos encendido, recuerdo las confidencias que nos hicimos, pero olvidé que me hablaste de eso, te lo juro.
- Lo hice, pero seguramente, consciente o inconscientemente, lo borraste de tu memoria.

Hablamos sin mirarnos. Yo sentada en un taburete, fumando un cigarro, y él entretenido en trocear los ingredientes de la ensalada en pequeños pedacitos casi idénticos. Deja el cuchillo sobre la mesa y se queda mirándome fijamente.

- Gloria, tienes que enfrentarte a ese miedo de una vez por todas, no puedes seguir arrastrando el recuerdo de lo que quiera que fuese que ocurrió durante toda tu vida ¿no crees que es un buen momento? Mírate, eres una mujer inteligente, una buena profesional del periodismo, independiente, madura… has pasado por momentos difíciles y siempre saliste de ellos victoriosa, con algunas heridas de guerra sí, pero victoriosa. Me duele verte así, de veras.
- No me hace falta enfrentar nada, Xuso, estoy muy bien así ¿por qué coño tengo que volver a ver la puta cara de Gonzalo? ¿qué necesidad tengo? Dime ¿qué gano con eso?
- Nada, Gloría, no voy a insistir más, olvídalo… la cena está lista, anda, vamos a la mesa.

Cenamos en silencio aparentando estar interesados en una película que Xuso puso en el video. Al terminar el café, él se levanta, musita un “buenas noches” y se dirige a la puerta. Se detiene, parece dudar si se va o se queda, finalmente se acerca y me besa.

- Te quiero, Gloria, eres mi mejor amiga, no lo olvides.

Se aleja.
(Abajo podéis escuchar el mantra)


jueves, 26 de marzo de 2009

Pecado de juventud (Dos)


Gonzalo es el niño mimado del Instituto, es guapo, su cuerpo pasa casi sin notarlo la típica y casi siempre poco atractiva, etapa de la adolescencia. Es buen deportista y un más que admirable estudiante. Siempre va impecablemente vestido y su cabeza parece recién salida de la peluquería. Forma parte del consejo escolar en representación del alumnado, participa y promueve toda clase de actividades, tanto educativas como lúdicas. El profesorado le consulta y acata de buen grado sus opiniones y propuestas, le profesan gran estima y respeto, un respeto que en ocasiones parece rayar el temor.

Él es el epicentro de una sociedad clasificada por categorías, que van decreciendo en importancia de manera proporcional a la distancia que les separa de su persona. Pegados a sus talones andan siempre media docena de incondicionales que acatan sus órdenes, siempre disfrazadas de simples recomendaciones o encargos, con el orgullo de quien ha sido elegido para llevar a cabo un importante cometido y dispuestos a demostrar que son dignos de su confianza.

Inmediatamente después están los que trabajan duramente para entrar en el círculo de los elegidos, un buen puñado de chicos y chicas que se encargan del trabajo… obrero, podríamos decir. Son los que fotocopian y pegan carteles durante días anunciando una actividad, ya sea una charla, teatro, un campeonato deportivo. Sirven igual para un roto que para un descosido, siempre están disponibles. Luchan a brazo partido con sus contrincantes para ganarse una palmada en la espalda o una simple sonrisa del magnífico, maravilloso y admirable Gonzalo.

Por último, unos pocos apestados, entre los que me encuentro, cuyo nexo de unión es cierta aversión ante tanta perfección. El sentimiento es mutuo, Gonzalo evita cualquier contacto con nosotros, no vayamos a contagiarle alguno de nuestros defectos, por lo que se forma una frontera invisible entre su territorio y el nuestro, que ningún bando osa traspasar. A veces, acogemos a alguno de los suyos caído en desgracia, por pura compasión, y eso nos hace sentir un poco vencedores.

Escucho embobada al nuevo profesor de Literatura. Hace casi dos meses que no asisto a esta clase, a pesar de ser una de las pocas asignaturas que me interesan. La antigua profesora no enseñaba Literatura, la destrozaba. Jamás escuché a nadie leer un texto de la forma tan desastrosa en que ella lo hacía, hubiera podido recitarnos la guía telefónica y no habríamos notado la diferencia. Así que decidí no volver a entrar en su aula y aprovechar ese tiempo con el acompañante de turno, dándole gusto al cuerpo.

Hoy, alguien me ha dicho que la buena mujer estaba depresiva, cosa que no entiendo porque deberíamos ser nosotros los deprimidos, pero el caso es que estará ausente con toda probabilidad hasta final de curso, y deseé con toda mi alma que el sustituto fuese un poco mejor que ella, algo relativamente fácil dadas las circunstancias. Sólo verle entrar por la puerta, siento que me gusta, que este hombre barbudo que se presenta como Rafael es un buen profesor de Literatura. Y no me equivoco, pronto logra captar nuestra atención con su voz grave y cadenciosa que nos adentra en el mundo de las letras de forma sencilla.

Hablamos de una nueva novela cuya lectura nos recomienda, cuando interrumpe Gonzalo que acaba de abrir la puerta. Con su mejor sonrisa se dirige al profesor pidiéndole disculpas por el retraso, que se debe, al parecer, a un asunto urgente que estaba tratando con el jefe de estudios y que le ha retenido más tiempo del previsto. Rafael le mira fijamente, no parece escuchar su explicación, más bien da la impresión de estudiar su rostro como quien observa una fotografía intentando ubicar la imagen en algún lugar de su memoria. Asiente mecánicamente y le hace una seña con la mano para que ocupe su asiento, disponiéndose a continuar con la clase. Pero algo ha cambiado, el profesor parece ausente, se queda a veces pensativo y guarda silencio en mitad de una frase.

Suena el timbre y entre el ruido de sillas y pupitres, se alza la voz del profesor que en tono autoritario se dirige a Gonzalo citándole en su despacho. Se hace el silencio. No es extraño que cualquier docente le emplace al terminar una clase, para comentar con él algún asunto relacionado con los alumnos, pero la forma en que acaba de hacerlo Rafael no es la habitual. También Gonzalo se ha dado cuenta y por un momento parece a punto de responder airadamente, se hinchan las venas de su cuello y aprieta los puños con fuerza. Pero logra controlarse y asiente con sonrisa algo forzada. El resto de la clase suspira aliviada. Antes de salir por la puerta doy una última mirada a Rafael que alza los ojos y sonríe.

PD: Perdón por la tardanza.

lunes, 2 de marzo de 2009

Pecado de juventud (Uno)


- ¿No pensarás dejarme ir sólo?

Estoy a punto de decirle que sí, que es exactamente eso lo que estoy pensando, pero al percatarme de su mirada perruna opto por callar. Lleva así desde que recibimos hace quince días la dichosa invitación para la puta cena de antiguos alumnos del instituto. Cuando se lo propone puede llegar a resultar cargante.

- No se por qué no quieres ir ¿de qué tienes miedo? Si es por los años que han pasado, veinticinco exactamente, seguro que a ellos también les pesan. Además, tú estás monísima.

Y al decir “monísima” saca su mejor voz afeminada y se acompaña de gestos que acaban haciéndome sonreír.

- Yo lo que no entiendo es qué se te ha perdido a ti en esa reunión, si sólo estuviste en el último curso.

Ahora soy yo quien contraataca.

- Pues mira, tengo ganas de volver a verles el careto a todos aquellos que se mofaban de mi homosexualidad, quiero comprobar lo mal que les ha tratado la vida, regocijarme con la visión de sus barrigas y sus calvas, porque seguro que todos esos que se las daban de machotes están hechos una birria ¿tú sabes lo que nos podemos divertir?... anda, dime que sí, dime que iremos…

Suspiro, sabiendo que no voy a tener más remedio que claudicar y armarme de valor para ir a esa maldita cena. Xuso es mi mejor amigo, mi compañero de piso desde hace un montón de años, pero no puedo contarle que no quiero encontrarme con Gonzalo, que no se si soportaré verle de nuevo.

- Xuso, no me apetece recordar viejos tiempos, no fueron felices para mí, por eso no quiero ir, fueron años difíciles, de verdad ¿no podríamos olvidarnos de esa invitación?
- Pues que yo recuerde, cuando yo llegué eras una chica preciosa, con carácter, buena estudiante e integrada en un nutrido grupo de buenos amigos. Si no hubiese sido porque me tomaste bajo tu protección, no lo habría soportado.
- Conociste mi mejor versión, la Gloria que se propuso convertirse en una mujer independiente y preparada para afrontar su futuro, después de haber pasado por alguna que otra mala experiencia. Mira, en los primeros años de instituto fui una preadolescente horrorosa, sí, no te rías…
- Pues como todos ¿crees que yo fui siempre así de guapo?

Y sonríe enseñando su magnífica dentadura.

- No. Yo era horrorosa de verdad. Imagínate una chica más bien bajita, con un cuerpo amorcillado, el pelo liso de un rubio ceniza apagado y grasiento, y la cara plagada de granos, granos rojos y grandes. Casi siempre llevaba una coleta porque a las pocas horas de lavarme la cabeza volvía a aparecer la grasa. Se me subía el pavo en cualquier momento, y mira que yo intentaba concentrarme para que no ocurriese, pero bastaba que alguien me dirigiese la palabra, incluso que me mirase, para convertirme en un semáforo… en rojo, claro.
- Sigue, sigue, no conocía esa faceta tuya.
- Si sigues descojonándote, no te cuento nada más.
- Vale, no me río, te lo prometo.
- Así pasé dos o tres años. Contaba con una o dos amigas, parecidas a mí, porque las guays siempre estaban en el otro bando. Luego la naturaleza decidió por fin concederme un respiro, crecí unos cuantos centímetros y dejé de parecer una morcilla. No es que me convirtiese en una modelo de pasarela, pasé a ser una chica normal, delgada sin resultar esquelética, y eso sí, con pocas tetas, pero no se puede tener todo, ya estaba bastante satisfecha con el reflejo que me regalaba el espejo cada mañana. Faltaba arreglar el asunto de los granos.
- Bueno, eso se cura con la edad.
- Sí, pero no estaba dispuesta a sentarme a esperar a que los años cumpliesen su cometido, estaba harta de que mi cara pareciese una paella. Entonces mi madre tomó cartas en el asunto y me llevó a un dermatólogo famoso en la ciudad por un método revolucionario que decían era muy efectivo. Pasé seis meses acudiendo a su consulta para someterme a aquel extraño tratamiento. Me ponían una especie de máscara de metal sobre la cara, y me exponía así a los rayos que lanzaba una enorme máquina que debía costar una fortuna por los cuidados que le prodigaba la enfermera. No se si aquello sería muy recomendable pero el caso es que hizo efecto y los granos y marcas que tenía en el rostro fueron disminuyendo hasta desaparecer por completo.
- Y apareció la nueva Gloria.
- Apareció otra Gloria, pero no precisamente la que tu conociste. Aquella Gloria intentó comerse de un bocado todo lo que había tenido que mirar de reojo sin atreverse siquiera a pensar en probarlo. Empecé a ser popular, los nuevos amigos crecían y se reproducían como las setas, los chicos me andaban detrás constantemente y yo me prodigué con un buen número de ellos, me gustaba sentirme deseada, me dejaba magrear sin demasiada resistencia, era lo que se llama una chica fácil, los pretendientes no me duraban mucho, pero no me importaba, había muchos para elegir. Luego llegó Gonzalo.
- ¿Te enrollaste con Gonzalo? Me parecía que había entre vosotros cierta hostilidad pero no pensé que hubiese por el medio ningún rollo sentimental. Nunca me cayó bien, lo sabes. No me fiaba de él.
- Gonzalo es un mal bicho. Sí, me enrollé con él, más de lo que lo había hecho con cualquier otro. Por eso no quiero ir a esa estúpida cena, no me apetece verle el careto, ni a él, ni a ninguno de los otros con los que tuve aquellos escarceos.
- Pero eso es una tontería de adolescentes, Gloria. Cuando te vean sabrán lo que se han perdido, déjalos que rabien.
- ¡Qué cabezota eres, Xuso! Vamos a dormir, anda, déjame que lo piense.

Le doy un beso de buenas noches y le dejo en el sofá terminando su cola-cao. Con eso del rollo con Gonzalo no tengo esperanzas de acabar convenciéndole, pero no puedo contarle la verdad de lo que ocurrió, aquello aún me sigue atormentando, soy tan culpable como él, me manipuló, me engañó, me utilizó para llevar a cabo su venganza, pero quizá podría haber hecho algo para impedirlo, y no lo hice… no lo hice…

miércoles, 18 de febrero de 2009

La negra Azucena



La negra Azucena se lleva prendidas todas las miradas.

La siguen los hombres al ritmo que marcan sus pechos altivos, entreabren la boca casi babeante cuando les saluda camino de casa y ellos se imaginan entre aquellas tetas, lamiendo y mordiendo sus duros pezones. También las mujeres siguen sus andares, esas largas piernas, morenas, brillantes, y bajo la tela suave de su falda se entreveen sus nalgas de carne apretada. Les come la envidia.

Ella anda despacio, subiendo con calma la empinada cuesta que lleva a su calle. Sonríe y camina, camina y sonríe, con el alma rota y los pies cansados. Cuando abre la puerta del pequeño cuarto en el que malvive, el negro Basilio ya se ha levantado. Su nariz percibe un ligero aroma a café caliente entre los olores que inundan el cuarto. Se sirve un tazón mientras que Basilio prepara la manta. Hoy hacen mercado en el barrio nuevo, quizá venda algo. No hablan, se miran. Azucena, de pie ante la mesa, piensa que un día de estos trincan a su negro y no vuelve a casa. Basilio a su espalda le aprieta los pechos, restrega su sexo, le besa en el cuello, le empuja con ganas.

Espera mi negro, espera un momento, susurra Azucena, mientras se separa tapando su boca cuando ya Basilio intenta besarla. Aún nota el sabor que dejó en sus labios la última mamada. Se lava a conciencia con la poca agua que sale del grijo, y luego se deja montar por el negro que exhibe su verga dispuesta y ansiosa. La negra está ausente, hoy no siente nada, se le formó un nudo en medio del pecho, como una gran bola hecha de tristeza, de miseria, de asco. El negro se corre. Después se le queda mirando un momento, le busca la boca, y siente al besarla algo muy extraño, un intenso frío que cala los huesos.

Basilio se viste, se para en la puerta, intenta quitarse un presentimiento. Ella le sonríe y le tira un beso, entonces suspira y sale a la calle.

La negra Azucena rebusca en su bolso y con mucho cuidado saca un envoltorio. Ya va a hacer tres meses que el cuerpo no sangra, y antes de los dos, su amiga Felicia, que es un poco bruja, lo vaticinó: mi negra, no busques otra explicación, te preñaron hija, te jodieron bien. Aún de madrugada, cogidas del brazo, fueron a buscar a la seña Petra, una mulatona grande como un buey que dicen que tiene todos los remedios: ungüentos, pomadas, mejunges, hierbajos, bebedizos dulces… con mucho secreto le vendió a Azucena hierbas milagrosas que la harán sangrar.

En un viejo cazo se prepara el agua y cuando está hirviendo echa un puñadito, y otro, y otro más. Mientras que reposa se pone a rezar, hace tanto tiempo que ya ni se acuerda, pero poco a poco viene a su memoría una retahíla de cortas plegarias que cuando era chica, antes de acostarse, solía enunciar. Se toma el brebaje, se mete en la cama y cierra los ojos. La mata el cansancio de todas las noches pateando la calle y casi sin notarlo se queda dormida.

Un grito de angustia la hace despertarse, es noche cerrada, se encuentra muy mal: le duele la tripa, se agarra, se dobla. ¿Dónde está Basilio? Por entre las piernas empieza a notar algo que se escurre, un líquido tibio que fluye despacio mojando las sábanas. Siente las mordidas de un perro rabioso, allí, en las entrañas, la va a destrozar. Se muere de frío, tirita, está ardiendo, se acurruca aún más. El dolor la rinde, se vuelve a dormir.

El negro Basilio no ha tenido suerte, fallaron las cuerdas, se rompió la manta y él echó a correr, pero ya los polis le echaban el guante, no pudo escapar. Llora por su negra que estará esperando presa de la angustia porque no llegó.

Hombres y mujeres, todos cuchichean cuando en la ambulancia, meten la camilla llevando el cadáver que encontró una noche su amiga Felicia, cuando preocupada porque hacía unos días que no la veía, la vino a buscar. La Felicia llora, sentada en el suelo, luego un gran suspiro, se suena los mocos. Ya saca del bolso un pequeño espejo, retoca los labios, se pinta los ojos, se arregla el escote y estira con fuerza de su minifalda. No es tiempo de penas, hay que trabajar.

La negra Azucena se lleva prendidas todas las miradas.

jueves, 12 de febrero de 2009

De principios y finales

Dicen que todo tiene solución menos la muerte, y debe ser verdad porque armándose de un poco de paciencia y con la ayuda del paso inexorable del tiempo, los problemas empiezan a parecer menos graves. A veces porque se encuentra la solución adecuada para ellos, y otras porque acabamos adaptándonos a esas situaciones, sobre todo si contamos con el apoyo y la ayuda de los que nos quieren. Y en eso yo tengo mucha suerte.


Y bien, si alguien estaba frotandose las manos pensando que por fin se había librado de mi, ya puede ir quitándose esa idea de la cabeza, porque será dificil hacerme abandonar este patio y ese vicio de torturar con mis historias a los ingenuos lectores que pasan por aquí.


Para corroborar mi afirmación, os dejo un viejo relato que escribí allá por el 2005 (señor, cómo pasa el tiempo) mientras acabo de escribir el último cuento que mi cabecita anda imaginando.


Sed bienvenidos, de nuevo a mi Patio.




De principio y finales

Esta situación tiene que acabar- fue el primer pensamiento de Merche al despertar aquella mañana de principios de verano. Bueno, lo de despertar era un modo de hablar, porque realmente no había conseguido conciliar el sueño, como casi cada noche, desde hacía algún tiempo.

No llegaba a entender cómo podía mantenerse en pie y acudir al trabajo cada día. No dormía, y comía lo justo para no desmayarse, por lo que la ropa se le quedaba grande por momentos. No podía olvidarle, era del todo imposible. Durante el día, miles de detalles la llevaban a pensar en él, y por la noche, su mente no dejaba de imaginar situaciones en las que volvían a encontrarse.
Permanecía allí, postrada en la cama, sin fuerzas par levantarse y empezar un nuevo día. Evocaba, una y otra vez, aquella noche mágica en que hicieron el amor. Sólo una. Él había sido el amante más experto y el más cándido, al mismo tiempo. Pero no era esa la razón por la que su recuerdo no la abandonaba. No. Ya había tenido antes buenos amantes. Era algo inconcreto, que ella se negaba o no sabía nombrar. Era una especie de posesión, como si se le hubiera metido dentro y anduviera corriendo por la sangre, impregnando todas sus vísceras con una potente droga que la hacía padecer un terrible síndrome de abstinencia.

No hablaron de amor, ni de volverse a ver. No hablaron de seguir con esa extraña relación, ni tampoco de acabar con ella. Todo había quedado en el aire, sin promesas ni despedidas. ¿Y qué podía hacer ahora?.

Durante un tiempo, habían seguido hablando y escribiéndose de vez en cuando. Pero, sin ella conocer el motivo, él fue alejándose poco a poco. Sin explicaciones. No hubo ruptura, continuación, ni reinicio.

No podía echarle nada en cara porque, al fin y al cabo, nada se prometieron. Quizá, solo ella se había hecho ilusiones. Ilusiones sin consistencia, fruto de su deseo. Ilusiones que, como un castillo de naipes, cayeron desparramadas con una pequeña brisa que entró por su ventana.

Se mira en el espejo y casi se asusta de su propio aspecto. Sus ojos ya no tienen el brillo que los caracterizaba, ahora están hundidos y rodeados de negras ojeras. Están vacíos y muertos. En su desmejorado rostro, destaca la nariz afilada entre las hundidas mejillas. Se despoja de la bata que la cubre y continúa con su crítica mirada. Esta vez, está dispuesta a enfrentarse con su imagen. Siempre poseyó un bonito cuerpo, con curvas insinuantes, aunque no exageradas, que hacían la delicia de los hombres. Ahora, la delgadez había hecho mella en él: los pechos, que nunca fueron abundantes, aparecían colgantes y sin atractivo alguno; se le notaban las costillas; y sus piernas, que habían sido su orgullo, se veían delgadas en exceso.

Esta situación tiene que acabar- vuelve a pensar, y a falta de un consuelo mejor, se conforma con esta idea que parece fijarse en su mente por momentos...

Se mete bajo la ducha y deja que el agua se lleve por el desagüe las últimas huellas de sus caricias. Eso se imagina, eso es lo que quiere creer. Si pudiera desprenderse de su recuerdo tan fácilmente. Si pudiera abrir su corazón y rociarlo con gel de aroma de jazmín. Si pudiera, luego, apuntar en su centro el chorro de agua ardiente y acabar con cualquier sentimiento. Si pudiera...
Hoy quiere volver a estar guapa, tiene que recobrar su esencia, volver a vivir. Se maquilla despacio, intentando devolver a su rostro la alegría perdida por algún rincón olvidado, pinta de un rojo indecente sus labios carnosos. Abre el armario y elige un bonito vestido veraniego, lleno de grandes flores. Se sube en lo alto de sus sandalias preferidas, aún a costa de partirse la “crisma” en algún traspiés y sale a la calle.

La recibe una claridad cegadora, que hace que rebusque rápidamente en su bolso, las gafas de sol. Y echa a andar, tranquila y serena, respirando el aire ocioso de la ciudad en una mañana de sábado.

Mira, descarada, a la gente con la que se cruza, amparada tras sus gafas oscuras. Hace tiempo que no practica su juego preferido: observar las caras de los viandantes y adivinar su estado de ánimo. Últimamente siempre iba enfrascada en sus pensamientos, caminando como una autómata sin fijarse en nada. Ve una bonita terraza frente a la Alameda y se dirige hacia allí. Se sienta en una mesa dispuesta a disfrutar de un café bien frío.

Se entretiene observando a un anciano con buena planta que ojea el periódico, una joven mamá con dos niños pequeños que se pelean por su batido de chocolate, un grupo de jovencitas que ríen y charlan en voz alta, y cuya conversación le llega entrecortada por el ruido del tráfico de la ciudad, una pareja de enamorados que se come la boca como si sólo ellos habitasen el planeta. Instintivamente desvía su mirada, no quiere recordar.

Sus ojos se posan en un hombre que toma una cerveza en una mesa cercana. Su rostro le parece conocido y empieza a mirarle insistentemente. ¿De qué le conozco?- piensa. Sabe que jamás se equivoca tiene muy buena memoria para las fisonomías, el problema es que muchas veces no logra asociarlas a las personas que pertenecen. Se da cuenta, que él también la está mirando y empieza a esbozar una sonrisa. Él se está levantando de su asiento y se dirige hacia ella decidido. Entonces le reconoce.

- ¡Merche! ¡cuánto tiempo sin verte! ¿cómo estás?.
- ¡Álvaro! No te había reconocido. Lo siento, habrás pensado qué hacía mirándote con tanta insistencia.

Se besan en las mejillas. Álvaro es un antiguo amigo y amante. Tuvieron una relación no demasiado larga: él se enamoró, ella no. Así que, cuando las cosas empezaron a tomar visos de relación más estable, Merche salió corriendo. Durante algún tiempo, él insistió: la llamaba, quería verla; pero ella se negó de forma tajante.

Empiezan a hablar de viejos tiempos, de cómo les ha ido a cada uno la vida, de que estás muy delgada pero guapísima, de que tú también estás muy bien, de que ninguno de los dos se casó. Y mientras, Merche se pregunta ¿por qué se enamora siempre de quien no debe? ¿por qué no quiso a este hombre o a cualquier otro?. Y hace un repaso mental de su vida amorosa, mientras asiente y contesta a Álvaro, casi de forma automática. Piensa que ha tenido suerte con los hombres que la amaron, y ella se dejó querer, pero no se entregó, jamás se dio plenamente. Y la única vez que se enamora es de la persona equivocada. También tenía que tocarle a ella, y la vida se estaba cobrando ahora su precio. Sólo él, el que no puede olvidar, en una noche, borró de su mente todas las noches pasadas y futuras. Se hizo el dueño de su cuerpo y de su alma, y se siente impotente para echarlo de allí.

Álvaro está feliz por haberla encontrado, y ella decide que quizá es otra oportunidad que le brinda esta puta vida. En su interior, sabe que no es esa la solución, pero quiere sentirse amada, quiere saberse importante para alguien.
Deciden comer juntos y seguir recordando...

Y recuerdan. En el apartamento de Álvaro, ella vuelve a sentir sus suaves caricias, expertas y certeras, vuelve a percibir esos labios, esa boca ya olvidada, recorriendo su cuerpo, adueñándose de nuevo de sus recovecos, de su olor y sus jugos. Se siente recorrida por las corrientes de deseo, que como ríos desbocados confluyen en su centro vital, en el punto en que estalla el placer. La traspasa el amor que ese hombre siente por ella y le embarga la tristeza. No puede, no puede amarle.

Y está tendido a su lado, feliz, ignorante de los pensamientos que cruzan por la mente de Merche, que no ha podido dejar un momento de pensar en él, en el que no la abandona ni por un momento. Sintió miedo de pronunciar su nombre en el momento del orgasmo. Y calló. Se obligó a permanecer muda, jadeando, pero sin pronunciar palabra alguna. Se pregunta si es tanto lo que ella pide. No quiere promesas ni palabras de amor, sólo que le diga lo que siente, que le hable de sus miedos y de sus sueños. ¿Por qué le resulta tan difícil? Es, como cuando le haces a alguien un regalo, ilusionada, y el obsequiado lo abre, lo mira... y calla. Y el obsequiante se queda esperando expectante. Entonces, llegan las cavilaciones y como un detective analiza las pistas: un gesto, una sonrisa, una mueca. A veces, cuando se siente optimista, piensa que sí, que algo sentía por ella, que volverá a dar señales de vida, que la llamará. Otras, en los días grises, pierde toda esperanza y se maldice por capulla y gilipolla, y se pierde por negros túneles donde no luce el sol, mientras deja que la apatía se apodere de su alma.

Merche ha vuelto a casa, después de despedirse de Álvaro y quedar en llamarse. Enciende el ordenador y mira el correo: nada. Tampoco está conectado. Como una tonta vuelve a ojear el teléfono, con la liviana esperanza de no haberlo oído sonar. Se engaña, claro, y ella lo sabe.
Se queda sentada en la silla, con la vista fija en la pantalla, esperando quizá un milagro. Se acabó, piensa, voy a apagar este trasto y olvidarme de él. Le tiembla el pulso, pero está dispuesta a hacer. Y el corazón le da un vuelco cuando el cartelito le anuncia que acaba de conectarse. Al momento la ventana de conversación aparece con un “Hola”. Merche se queda mirando la palabra mágica y sabe que todo empezará de nuevo, mientras por centésima vez escucha una de sus canciones preferidas:

Ya estoy curado, anestesiado,ya me he olvidado de ti...Hoy me despido de tu ausencia, ya estoy en paz...Ya no te espero, ya no te llamo, ya no me engaño.Hoy te he borrado de mi paciencia,hoy fui capaz...Desde aquel día en que te fuiste,yo no sabía que hacer de ti.Ya están domados mis sentimientos.mejor así...Hoy me he burlado de la tristeza,hoy me he librado de tu recuerdo,ya no te extraño, ya me he arrancado,ya estoy en paz...Ya estoy curado, anestesiado,ya me he olvidado.
Te espero siempre, mi amor,cada hora, cada día, cada minuto que yo viva...
Te espero siempre, mi amor...Te quiero... siempre, mi amor...Se que un día... volverás...No me olvido y te quiero...
Te quiero siempre, mi amor

“Hola”, responde. Y sabe que su vida, como la canción, es una total contradicción.