Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

viernes, 4 de diciembre de 2009

Vidafaro - Final (AUTOR: ICONOCLASTA)


Yo cazador

Encontré una actividad para integrarme en la sociedad bolcariana; aunque fue Roniqueus quien la propuso: cazador.

Había una gran demanda de carne para consumo bolcariano en aquella región. A veces pasaban semanas sin ver a una de aquellas gigantescas naves aterrizando en lo que en principio creí que era una desmesurada autopista. A veces habían averías o bien, no se había dado bien la temporada de caza, no había granjas.

Para los bolcarianos el dramor era ternera de 1ª.

Para ellos, los bolcarianos y su sensibilidad, resulta casi imposible matar a un dramor, un extraño animal de carne muy apreciada. Cuadrúpedos, pelaje blanco y negro, de entre 80 y 90 kg de peso. Son semejantes a los jabalís en forma, y mortíferos.

Ante un ataque sus garras se convierten en cuatro cuchillas afiladas y largas, sus labios casi insertados a la fuerza en una cara chata y rosada son idénticos a los humanos, como sus malditos ojos; sus incisivos son enormes, como los de los rumiantes pero; cuando sus labios se encogen para mostrar agresividad dejan al descubierto unos colmillos de babuíno que dan pavor. Premolares y molares afilados y en forma de sierra. Son capaces de triturar madera.

Se alimentan principalmente de gorsna, aunque si pueden matar a un bolcariano y devorarlo, también lo harán. Son astutos y hay tantos que no es popular entre los bolcarianos salir al bosque si no van armados y preparados.

La cuestión es que si un dramor cae mal herido, los bolcarianos serían casi incapaces de matarlo si no se encuentran bien entrenados para tal fin.

Incluso para mí, un ser sin capacidades emotivas en ausencia de un bolcariano, se me hace difícil rematar a un dramor agonizante.

Cuando un dramor agoniza, da comienzo a una letanía que es igual sea cual sea el individuo, la pieza:

-No me mates, cúrame; estoy sufriendo. No quiero acabar así. Tengo compañera e hijos.- decían con una voz gutural y ronca moviendo aquellos obscenos labios humanos, babeando.

Si uno mira sus ojos, no sabría distinguirlos de un humano o bolcariano por su intensidad. Por su inteligencia.

Esto no lo puede soportar un bolcariano, así de repente. Los cazadores bolcarianos precisan de más de un año de entrenamiento para dominar sus emociones ante estos animales.

Si uno se acerca a un dramor llevado por la piedad, éste lo degollará de un zarpazo o le abrirá el paquete intestinal. Y morirá oyendo la risa del dramor, una risa jadeante y nasal, sarcástica. E intentará devorarlo hasta que las fuerzas se lo impidan.

En su vida normal y en libertad, los dramor sólo emiten una especie de bramido, como el de los ciervos en celo y jamás pronuncian una sola palabra bolcariana.

Casi nunca llego a oír sus ruegos de agonía, soy muy bueno apuntando con el fusil LSB1, dispara cápsulas de mercurio indeformables impulsadas por una pequeña explosión de hidrógeno que se crea en la cámara del fusil. Si las encuentro las puedo usar indefinidamente.

El Serpiente Verde me sirve de transporte.

Durante 3 días a la semana cazo y despiezo estos animales. Euni, después de su actividad de maestra me ayuda a dispensar la carne a quien lo desea. Le encanta hacerlo, a mí también, el saludo bolcariano me llena de calma y paz. A veces me encuentro sólo en el bosque deseando encontrar a un bolcariano al que saludar, al que apreciar.

He comenzado a entrenar a Jormen, el cual ha sido cautivado por la admiración que sienten los habitantes de la colonia por mi trabajo.

Le disparé a un dramor justo en un pulmón para que su muerte fuera lenta y Jormen conociera su letanía de muerte.

Y huyó llorando, llamando a Euni. Me llamó malvado.

Con el tiempo, aprenderá a obviar aquella letanía. Y será un cazador como yo en pocos años.

Y amo a Euni.

Y no pienso apenas ya en los terráqueos, tan sólo de forma anecdótica y despistada.

En Bolcar hay asesinatos y ofensas que se resuelven con simples peleas o con venganzas. El robo no es habitual y cuando se realiza alguno, al ladrón se le puede despojar de todo lo que tiene; aquí las leyes son sólo costumbres y lo único regulado es el censo de individuos y el control ambiental.

Las violaciones, que las hay, se pagan con la muerte, hay una jaula transparente en casa de Jadis, un bolcariano grande y afable, que se dedica a resolver este tipo de ofensas.

Al bolcariano violador se le clavan las manos a un poste y se le corta de un hachazo la punta de los pies. Se abrirá una puerta y dos dramor hambrientos lo devorarán empezando por los pies. No es habitual que estos animales usen sus mortíferas garras si no es para defenderse, así que al violador le espera un tormento de varias horas antes de entrar en shock.

Pero todos estos episodios de violencia y robo son muy raros, la gente muere sin saber cuando ni cómo y no se molestan demasiado en envidiar a otros. Viven su vida intensamente.

Es toda una filosofía adaptada, una vida extraña y sin vistas de futuro. Tan apasionada como cruel en su final.

Y es algo a lo que jamás conseguiré acostumbrarme. No me acostumbraré a ver morir a un amigo en su propia casa, en plena conversación. No puedo mantener una cara seria y grave ante la muerte de un bolcariano. A veces grito tanto que alguien avisa a Euni para que me venga a consolar. Y ella me obliga a mirar sus ojos, a besar sus labios y olvidar aquel cuerpo que se ha enfriado tan rápidamente.

Algo me corroe las entrañas cuando una madre bolcariana grita por su pequeño muerto. Me tengo que sujetar el vientre arrodillado.

Y todo ese sentimiento, a pesar del dolor, me llena, me hace sentir vivo y más hombre.

Pero ese dolor se acumula...

Soy feliz aquí, a pesar de que mis dientes se han teñido de verde y mis lágrimas son ahora más oscuras como la orina pero sin olor. Nunca serán negras como las bolcarianas.

Lidris, un médico, me dijo que es algo normal debido a la alimentación. Me han implantado una membrana artificial para poder disfrutar de la música. Incluso puedo entender los sonidos de los receptores de televisión.

Todo ha adquirido una deliciosa cotidianeidad.

No quiero que nada cambie.

A veces observo a Euni leer o realizar cualquier actividad y mi mundo interior se vuelve líquido y tranquilo. Suave. Jormen mi hijo me llena de un estúpido orgullo; sólo cuando Jormen muera cumpliré mi palabra y fecundaré a Euni, nuestro hijo nacerá bolcariano. De alguna forma mi mensaje genético quedará anulado en el vientre de ella.

Ha sido todo tan extraño y tan rápido que este diario me servirá para recordar todos y cada uno de los momentos vividos, hasta este mismo instante en lo que todo ha adquirido una tranquila uniformidad. Donde todo fluye tranquilo y mis sentimientos se desarrollan libres con mis amados y amigos bolcarianos.

Ya no siento necesidad de escribir en el diario. Ya no es necesario. Lo tengo todo ya.

La vida en Bolcar

De alguna forma, a pesar de los cinco años que llevaba Néstor viviendo en Bolcar, no ha sentido el paso de los años, no ha envejecido, ni arruga alguna se dibuja en su rostro.

Néstor sentía cierta inquietud por ello.

Néstor temía a veces vivir demasiado tiempo.

Jormen ya había alcanzado su desarrollo de adulto y sobrepasaba en altura a Néstor en unos cuantos centímetros.

Salían a cazar juntos y se separaban para cada uno acechar a una presa distinta. Sólo lamentaron la pérdida del dedo meñique de Jormen, que fue dolorosamente arrancado y devorado por un dramor agonizante.

A veces Euni y Néstor se burlan de Jormen llamándole el sinmeñique tontín.

Jormen los llama “cabrones mamones sin corazón” y los invita a que se vayan a “follar” y lo dejen tranquilo; se ríen todos a mandíbula batiente.

A pesar de saber que en cualquier momento morirán.

Euni y Néstor, como otros muchos días salieron a pasear por la Plaza Cósmica, a pedir unos bloques de música Jinga que estaban de moda. Y cuando comenzaron los astros a moverse, Néstor apretó la mano de Euni y se sentaron en uno de los bancos. En silencio. Mirando al cielo, sobrecogidos por el decorado estelar.

Néstor sentía una especie de angustia que lo elevaba a un nivel de conciencia superior cuando los planetas cambiaban la faz de Bolcar. Le encogía el estómago y parte de él parecía subir a las dos lunas que ocuparon el cénit en breves minutos.

Ella murió allí, a su lado. Sentada. Néstor pensó en un principio que ella usaba su hombro de apoyo, como tantas otras veces. Pero Néstor percibió la mano de Euni por el rabillo del ojo, una mano que intentó decirle algo durante un microsegundo.

Néstor lanzaba alaridos como un animal, mirando las lunas bolcarianas. Con Euni fría entre sus brazos, pidiéndole a los astros que le devolvieran la vida. Néstor parecía proferir los sonidos de los dramor agonizantes.

Lágrimas de una amarillo ambarino se deslizaban por sus mejillas.

Jormen se acercó a su padre y le abrazó, lloró con él unos minutos. Se separó de su padre y caminó por entre la silenciosa gente, la gente que aguantaba incluso la respiración ante aquella desgarradora desolación de Néstor. Los funerarios, tristes, esperaban pacientes a que Néstor dejara el cadáver en el suelo.

Jormen encontró a una joven entre la gente, se abrazaron ambos y el joven dejó de llorar. La mano de la bolcariana sujetaba la de Jormen con fuerza, dándole coraje y consuelo.

Algunos bolcarianos comenzarón a recoger las negras lágrimas de sus rostros con el dorso de las manos.

Jormen se acercó a su padre.

- Déjala Néstor. No la llores más, no aquí. Ve a casa y ámala, añórala tranquilo; sin llorar.

La joven pasó su mano por encima de la de Néstor, acariciándola con su peculiar saludo y por unos segundos una especie de consuelo se apoderó de él.

Y volvió a gritar desconsolado:

-¡Euni ha muerto! ¡Ha muerto mi vida!

Y las lágrimas de Jormen brotaron de nuevo, negras como la muerte. Y Néstor comprendió el dolor que le estaba produciendo.

Se abrazó a él dejando a Euni en el suelo y lloró por unos segundos en su hombro, apretando en él la boca para frenar los lamentos que salían de su interior.

Los funerarios realizaron su trabajo y Néstor marchó solo a casa; sin mirar la recogida del cadáver.

La gente retomó su ritmo y algunos rozaban la mano de Néstor al pasar junto a él. Algunos niños se abrazaban a sus largas piernas y él se sintió mejor. Les sonreía agradecido a pesar de que su corazón estaba dolorosamente desgarrado. Y agradeció en su interior todo aquel cariño que estaba recibiendo.

Cuando llegó a casa, todo olía a Euni y recordó sus palabras al conocerla. Recordó que debía encontrar otra mujer a la que amar.

Pero no podía, ahora no. Había tanto dolor y amor en su interior que se encontraba colapsado.

Y él se meció en el amor tranquilo que sentía por Euni, en sus besos, en sus orgasmos, en su sonrisa, en sus bromas...

En sus enfados por pequeñas cosas que al final los hacía reír.

Y su alma pareció relajarse, toda aquella agua que se deshacía por dentro, que convertía sus entrañas en algo viscoso, se fue diluyendo tranquilamente.

Y en poco tiempo volvió a la plaza. Se sentó en el banco y dirigió los ojos a las lunas. Las sensaciones de amor empezaron a desvanecerse para dar paso a una indiferencia que se apoderaba de su cerebro ausente de emociones cariñosas. La pena y el dolor se fueron convirtiendo en simples recuerdos. Y aquella transformación, el retorno a una mente fría y cínica lo asustó. No quería volver a ser aquel humano cínico sin interés por nadie.

El poderoso deseo de sentir amor le hizo levantar y aproximarse a una mujer bolcariana que lo observaba atentamente.

Cuando Néstor se acercó a ella la abrazó. Ella se separó y asintió con la cabeza.

- Soy Néstor, compañero de la muerta Euni. Tengo un hijo que ya tiene compañera. ¿Quieres amarme?

- Soy Zira y necesito amarte.- le dijo la bolcariana de ojos rojos.

Y se fundieron en un abrazo y un beso profundo, el amor corrió por el cuerpo de Néstor como una descarga eléctrica y a pesar de renacer otra vez todo aquel dolor por la muerte de Euni, amó a Zira con idéntica devoción. Ayudándose de ese amor para combatir la cancerígena pena de haber perdido a Euni.

Zira quiso vivir en el hogar de Néstor y dejar su vivienda a Jormen y su compañera.

Así no era necesario que les acomodara otra vivienda Roniqueus.

Néstor no sabía si sería capaz de aguantar otra desaparición. Le pesaba día a día en la mente, como un tumor. Tenía un miedo atroz a que Zira muriera. Le costaba un sacrificio enorme pensar sólo en la vida, vivir sin tener en cuenta la muerte, aquellas muertes. Cuando salía a cazar su mente se encontraba partida y deseaba estar con Zira, la echaba de menos. Temía su muerte.

Jormen decidió no separarse de su padre en las cacerías; comprendía que el amor de Néstor hacia Zira no apagaba el dolor de la muerte de Euni. Eso no ocurría con los bolcarianos.

- No es bueno que estés solo ahora Néstor.

Pero Néstor temía que un día Jormen se tornara frío de repente.

Néstor temía la sobrecogedora y fría muerte de los bolcarianos.

E intentó vivir con esa desazón, se esforzó por acostumbrarse al miedo. A veces leía el diario de su llegada a Bolcar, y de su adaptación al nuevo medio.

Y a pesar de toda esa carga de dolor que ahora arrastraba, jamás volvería a La Tierra, jamás abandonaría a Zira ni a Jormen. Jamás se arrepintió de los muertos en La Tierra.

Su cerebro no era bolcariano, no podía obviar aquella vida de ruletas rusas. Su mente era increíblemente sensible ante aquellos seres.

Tan sensible que sería incapaz de matar a uno de ellos si de ello dependiera la vida del resto de la colonia. Aunque ese ser llorara años enteros, no podría convertir su pena en ira.

Había un exceso de dolor en la mente de Néstor que no encontraba sitio hacia donde expandirse y comenzó a tener dolores de cabeza fuertes y continuos.

Sólo los abrazos de Zira calmaban esa presión, sólo la calidez de un roce bolcariano podían aliviar esa tensión interior.

En uno de esos espantosos dolores de cabeza, acudió al domicilio del doctor Lidris. Éste le aseguró que no era grave, que su mente se acostumbraría y le recetó una especie de hierba llamada chala, aquello le proporcionaría un alivio instantáneo.

- Néstor, según los análisis de ADN que te he realizado, no sufrirás enfermedad alguna. Tu esperanza de vida se sitúa en los 150 años. Posiblemente nos verás morir a todos, condenado hombre con suerte.

- No podré aguantar esto tanto tiempo, Lidris. Será excesivo, amigo mío.- le respondió Néstor abatido.

Lidris tragó saliva y le acarició la mano.

Néstor marchó tremendamente cansado a cazar. Solo.

Un tiro no suficientemente certero dejó malherido a un dramor.

- No me mates. Cúrame. Estoy sufriendo. Tengo familia.- el dramor vocalizaba con voz gutural y agónica cada palabra. Sus ojos verdes estaban inyectados en sangre y no se correspondía ese brillo cruel con las palabras de piedad que vocalizaba. Las membranosas orejas del dramor se movían espasmódicamente, como las alas rotas de un pájaro que intenta volar.

Néstor apuntó a su cabeza.

- No me mates...

Néstor no pudo disparar porque unas lágrimas emborronaban su visión. Las oscuras lágrimas...

Y bajó el fusil.

Y el dramor saltó hacia él, sus garras mortales hicieron cuatro grandes cortes paralelos en su cuello, seccionando la carótida. Un pequeño surtidor enviaba su propia sangre al rostro y de ahí entraba en sus labios, dulzona y acre.

Y mientras se ahogaba con su propia sangre, el dramor moría triturando su pie derecho. Néstor no lo sentía. No movía el pie.

- Zira, mi vida, muero amándote. Jormen hijo mío, me alegro de haber muerto antes que tú.

Me muero amandoos.

- 150 años... ¡Ja!.- deliraba mirando los ojos ya muertos del dramor muerto que se hallaba entre los restos de su pie. Muriendo.

Jormen encontró a su padre a las 5 horas de su muerte.

Y allí en el bosque, sin que nadie le viera lloró durante más de una hora.

Cuando su llanto se asemejó al canto de las ballenas, oyó las voces de agonía de al menos 8 dramor que se encontraban por las cercanías. Y prosiguió su llanto hasta que su frecuencia deshizo los cerebros de los animales.

Cargó el cadáver de Néstor en el Serpiente Verde y lo entregó él mismo a la funeraria.

Acudió a la casa de su madre y aguantó con entereza el llanto de Zira, la consoló hasta que sus brazos le dolieron de abrazarla.

Hasta que ella rozó su mano en señal de agradecimiento.

Cuando aún pesaroso llegó a su casa su compañera Tiris le recibió con el cadáver de su hijo de 3 meses frío entre los brazos.

Y abrazó el frío cadáver intentando darle su calor. Cambiar su vida por la de su pequeño hijo.

Lo dejó en el suelo y secó las negras lágrimas de Tiris. Y la abrazó con fuerza, amándola, hasta que ella comprendió que no debía morir de pena. Y Jormen tragó durante todo el proceso el dolor de la muerte de su hijo, la de su padre. Como una píldora amarga y dolorosa; como cristal molido.

Tiris vio súplicas de vida para ella en los ojos de su amado Jormen, le suplicaba que no muriera. Los grises ojos de Jormen, la confortaron. Y la fecundó de nuevo. Allí, olvidando todo aquella pena y convirtiéndola en amor. Como tristes alquimistas transmutadores de plomo en oro.

Es la vida en Bolcar.

Fin.

Espero que hayáis disfrutado de esta historia. Una vez más, gracias querido Ico por prestármela.





2 comentarios:

pau dijo...

Fantástica.

Des dijo...

Me alegra que te haya gustado, Pau. Y como dice mi buen amigo Ico: "Buen sexo".