
Lo inevitable jamás sucedió, pienso mientras su aliento cosquillea en mi nuca. No siento pena por ello, o quizá sí, ahora es difícil saberlo. Quizá me hubiese gustado sentirle dentro de mí, escucharle gemir, mirarle a los ojos mientras se vaciaba en mi interior… pero eso no son más que elucubraciones sobre algo que ya no tiene remedio. Lo que más me apena es el tiempo perdido, todos estos años que pasé muriendo mientras intentaba sobrevivir, al lado de alguien a quien no quiero, participando de una vida que me asquea, que me hizo sentir sucia y despreciable. Pero eso, seguramente, también fue inevitable, y sucedió.
Cuando me despierto, él ya se ha levantado. Remoloneo un poco y me parece escuchar el murmullo de una conversación. Al fin me hago el ánimo y me levanto. Ya vestida salgo de la habitación y me guío por las voces que parecen venir del exterior. Al acercarme a la puerta les veo: Mario y Antón están en el patio charlando.
- Vaya, parece que la bella durmiente ha salido por fin de su letargo.
Es Mario que me mira con ojos risueños.
- ¡Ja! Estaba esperando al príncipe que viniese a despertarme, pero por lo que veo por aquí no hay ninguno. Sólo distingo a un par de ranas croando.
- Quizá con un beso de la princesa, se obre el milagro.
Decidida, me acerco a él y le beso en la boca. Le pillo desprevenido, no esperaba el beso ni la pasión con que se lo doy.
- A ver si así te callas y dejas de decir tonterías- le espeto con aires de suficiencia dándole la espalda y guiñándole un ojo a Antón que ríe divertido.
- No deberías provocarla, Mario, no sabes de lo que es capaz.
Los dos nos reímos abiertamente con la cara de sorpresa que se le ha quedado a Mario.
- Bueno ¿se puede saber a qué se debe tu grata visita?, si puedes articular alguna palabra coherente.
- Ejem… venía a decirte que Ignacio ya me ha contestado, dice que pasará por aquí mañana por la mañana y se quedará a comer, tendremos tiempo para hablar tranquilos. Ya me ha dicho Antón que al parecer contamos con algunos días para idear un plan viable.
- Eso espero, aunque tengo miedo que Ernesto se presente de repente si la situación se vuelve insostenible.
- Ignacio me ha comentado que aún queda bastante trabajo por hacer, y piensa que lo peor aún está por llegar. El gobierno apurará al máximo sus recursos, teme que la represión se endurezca en un último intento por sofocar las protestas y las huelgas masivas. Parte del ejercito está al lado de la oposición, pero aún quedan facciones adictas al régimen, los más duros y sanguinarios, que espera acaben por convencerse de lo que puede ocurrir en el caso de continuar en su postura, y de la situación difícil en que se verían, en el caso más que probable, de que el gobierno sea derrocado y sus máximos representantes juzgados y condenados por sus crímenes.
- Mañana habrá tiempo para hablar de todo eso – dice Antón- Mario, ¿te quedas a cenar?
- No quisiera ser una molestia.
- Tu hermano no dice más que tonterías, Antón ¿tendré que hacerle callar nuevamente?
- No seas mala, rapacina ¿no ves que le cohíbes?
- Está bien, señorita, cenaré con vosotros con mucho gusto.
- ¿Por qué no os vais a dar un paseo?- sugiere Antón.
- Mejor cojo tu silla y vamos los tres, así podemos seguir charlando.
- No, tengo algunas cosas que hacer. Id vosotros, le diré a Carmina que prepare cena para tres.
- Está bien… ¿vamos? – digo dirigiéndome a Mario.
Y echamos a andar por el camino en dirección al río.