Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

jueves, 26 de agosto de 2010

La Azotea (Del libro: Humedad Relativa)


(Imagen: Delacroix & Delfina)


No había otro momento para subir a tender la ropa que un domingo a las nueve de la mañana. Llego a casa después de una noche de juerga y ahí está mi madre, esperándome. Que le duele la espalda, dice, y no puede con el cacharro de la ropa. Vale, vale, no tengo ganas de oír el sermón, mejor cojo la dichosa ropa y me largo dejándola con la palabra en la boca. Al abrir la puerta de la azotea se me pasa el malhumor, hace un día espléndido. Hay un tipo asomado a la azotea contigua, con los codos apoyados en la pared y mirando en dirección al mar. Me pongo a la faena, en cuanto termine voy a meterme en la cama y no me levanto hasta las siete de la tarde… por lo menos. El hombre se ha dado la vuelta y me está mirando. No sé cuánto tiempo lleva haciéndolo pero caigo en la cuenta que al agacharme dejo a la vista la mitad del culo con el tirachinas del tanga verde pistacho que llevo puesto. Sigo tendiendo la ropa, pero no puedo evitar mirarle de vez en cuando. Está empalmado el cabrón, menudo bulto tiene entre las piernas. Debe tener alrededor de cincuenta años pero no está mal. Será uno de esos polacos o rumanos que tienen alquilado un piso en el edificio de al lado. Le miro un rato y él se acaricia la entrepierna como en un descuido. Le saco la lengua y me voy.

He pasado toda la semana pensando en el hombre de la azotea. Mi madre se ha quedado parada cuando he subido a tender la ropa sin que ella me dijese nada. Me doy cuenta que estoy ansiosa por encontrarle. Está ahí otra vez, pero hoy no me da la espalda, creo que me esperaba. Empiezo a colgar la ropa en las cuerdas echándole una ojeada de vez en cuando. Llevo falda, una falda bien corta. Tardo más de la cuenta en colocar todas las prendas, creo que nunca lo hice con tanto cuidado. Y no quiero irme todavía. Me siento en el pequeño escalón que sobresale de la pared que rodea la azotea, a unos centímetros del suelo. Él no quita ojo de mis piernas. Dejo resbalar por los hombros los tirantes de la camiseta. Sé hacerlo como si pareciese algo casual. El derecho va cayendo hasta dejar media teta a la vista. Meto la mano y la acaricio hasta sacarla fuera. El tipo se ha acercado hasta la pared que está justo enfrente de donde estoy sentada. Se está sacando la polla, lo sé, aunque no pueda verla. Mis pezones se han puesto duros y mi coño está más que mojado. Me amaso las tetas ya sin disimulo y pellizco los pezones mientras él se pajea. Me voy sin esperar a que se corra.

Anoche, follando en el coche con Jaime, pensé en el polaco. Me enteré de que es polaco en el bar de Poli, ayer, mientras tomaba una coca-cola. Los hombres todo lo cotorrean y luego hablan de las mujeres. Pensé que era él quien me follaba en el suelo de la azotea. Jaime alucinaba viendo lo cachonda que estaba, y es que el pobrecito no da para mucho, si no me doy prisa con él me quedo a dos velas, debe padecer eyaculación precoz o algo así. Mucho “madelman” pero poco aguante. Subo las escaleras de dos en dos. No llevo bragas. Ya está apoyado en la pared mirando hacia mí. Me obligo a ir despacio, muy despacio, agachándome con cuidado para que sólo pueda ver mis muslos. Nada más. Cuando termino vuelvo a sentarme en el mismo sitio. Le miro un rato y abro las piernas. Abre los ojos y la boca al ver mi coño abierto en todo su esplendor. Subo la falda un poco más y empiezo a acariciarme, metiéndome los dedos bien adentro. Puedo escuchar los ronquidos de su garganta mientras su mano se mueve rápida. Saco los dedos de mi coño empapado y los lamo. Me los meto en la boca. Ha dejado de pajearse y mira por encima de la pequeña pared hacia abajo, por el hueco que separa su azotea de la mía. En un momento se ha encaramado a la cornisa. Tiene la polla tiesa fuera de los pantalones. Hace un movimiento de vaivén con el cuerpo y salta. En esos pocos segundos me he corrido. Está delante de mí, mirándome. Abro las piernas y él se lanza a comerme el coño. Me excita pensar que puede entrar alguien en cualquier momento. Y vuelvo a correrme en su boca. Echo su cabeza hacia atrás cogiéndole del pelo, y él se pone de pie. Antes de meterme la polla en la boca le digo: “llámame puta” “¿puta?” “sí, puta, puta, llámeme puta” Puta, puta, puta… repite sin parar mientras me llena la boca. “Si mañana vuelves a saltar… me follas” le digo ayudándome con señas. Y le dejo goteando semen.

No sé cuántas veces me he masturbado pensando en el jodido polaco. En el momento en que saltó para venir a comerme el coño. Quiero que salte otra vez, dejaré que me folle sólo por eso, que me la meta por el culo, que me haga lo que quiera. Mi madre no está en casa, creo que hoy le tocaba la abuela. No sé si debería tender hoy, ha estado llovisqueando un poco y el hombre del tiempo dijo que iba a llover. Qué sabrá el hombre del tiempo, si está saliendo el sol otra vez. Cojo el cesto con la ropa y las pinzas. Es verdad, el suelo de la azotea aun está un poco mojado, pero en cuanto el sol empiece a calentar… Está esperándome. Dejo el montón de ropa en el suelo y voy hacia él. Hace intención de subir la pierna para pasar, pero le digo que no, que espere. Quiero que se le ponga dura y se la saque. Me apoyo en la pared frente a él, separados tan sólo por la distancia que hay entre los dos edificios y dejo al aire las tetas. Se las enseño para que las vea de cerca. “¿Te gustan?” Afirma con la cabeza. “Me las vas a chupar y a morder… mira, mira” Y las estrujo, las amaso, mientras los pezones crecen y se empinan. Me toco el coño empapado y él se saca la polla. “Ven, salta, déjame que mire como saltas. Y dime puta, dime puta mientras lo haces”. “Puta, puta…” y se balancea. “Mas fuerte, dilo más fuerte” Me ha mirado un segundo y eso ha debido distraerle. “Puta…” y sus ojos se abren sorprendidos al darse cuenta que no hace pie. “Putaaaaaa….” O quizá estaba mojada la cornisa. Paf.

“Menudo lío se ha armado ahí abajo” dice mi madre entrando en casa. “¿Qué ha pasado?” “Seguro que estabas durmiendo, hija, nunca te enteras de nada. Uno de esos polacos que al parecer se ha caído de la azotea. O se ha tirado, vete tú a saber. Aunque dicen sus amigos que andaba muy contento últimamente. Los vecinos dicen que a lo mejor quería cruzar a nuestra azotea para entrar luego a robar a cualquier casa. Y tampoco me extraña, de esta gente no te puedes fiar. ¿No habrás subido a tender la ropa?” “¿No has oído que va a llover, mamá? Y hoy que no estabas para darme la tabarra…” Se me cierran los ojos, estoy rendida. Me he corrido tres veces recordando los ojos asombrados del polaco… menuda sorpresa se llevarían al verle con la polla fuera.

martes, 24 de agosto de 2010

En busca del hombre perdido (Final)



– Bueno, Mari Puri, de vuelta a casa. Si te soy sincera ya tenía ganas.

– Y yo, Pepi, no es para tanto el Caribe, igual hubiésemos ligado más en Benidorm, está claro que nuestra media naranja no está en la otra parte del mundo.

– Y si está no nos hemos tropezado con ella. Pero, chica, lo hemos pasado bien ¿o no?

– Sí, tomamos el sol como lagartas, nos bañamos en aguas cristalinas y hemos disfrutado de un hotel de lujo, no, no ha estado mal.

El avión que nos lleva de regreso está a punto de despegar y no puedo evitar cierto cosquilleo en el estómago, esto de volar no es para mi. Ciertamente, tiene razón Mari Puri, lo del ligoteo no es para tanto. Sí, había guapos mulatos dispuestos a hacerte compañía y nosotras la aceptamos gustosamente uno o dos días, pero la verdad, acostarse con un tío, así en frío, no acaba de gustarme. Y no es que le haga ascos a un buen polvo a bote pronto, pero no es lo mismo. Tiene que haber ese chispazo, esa atracción que no te explicas y que es imposible contener. Estos chicos eran cariñoso y amables, pero se les veía el plumero. Era todo muy forzado y me dejaba con una sensación de vacío y lástima de mi misma.

Los clientes del hotel eran en su mayoría parejas de recién casados en su luna de miel, y algún que otro grupillo de hombres que se veía a la legua a lo que iban y aparecían cada noche acompañados de una mujer distinta. Pedazos de mujeres. Hubo un francés que nos hacía tilín a Mari Puri y a mi. Se acercó una noche a nosotras cuando estábamos en la terraza del hotel tomando una copa. Mostraba por las dos la misma admiración y a ambas nos obsequiaba con su sonrisa. Mari Puri y yo hicimos un pacto de no agresión, a las dos nos gustaba, así que veríamos por cuál se decidía el hombre. Pero pasaban los días y no notabas ninguna diferencia en el trato, hasta que saltó la liebre. Una noche que había bebido un poco más de la cuenta confesó que se moría por hacer un “ménage a trois”, el muy cabrito. Y no, eso no entraba en nuestros cálculos, así que lo mandamos a tomar por el saco y decidimos que ya estaba bien, en los días siguientes nos dedicaríamos a disfrutar del fabuloso paisaje y la tranquilidad de sus playas.

– ¿Sabes una cosa, Pepi?

– ¿Qué?

– Que estos últimos días lo pasé genial y no eché de menos la compañía masculina. No se porqué estamos emperradas en buscar pareja. No es ningún drama vivir sola ¿no?

– No, Mari Puri, no es ningún drama. Prometo, de hoy en adelante, no perder ni un solo minuto de mi tiempo buscando a mi hombre perdido.

– Y yo, prometido.

El viaje se me ha hecho largo y pesado, seguramente por las ganas que tengo de estar de nuevo en casa. No aparecen mis maletas y por tercera vez nos avisan de que el autobús que ha puesto la agencia de viajes para trasladarnos desde el aeropuerto hasta el centro de Madrid está a punto de salir, sólo faltamos nosotras. Estoy de los nervios. Pregunto por mi equipaje y nadie parece saber lo que ocurre. Pasan quince largos minutos y por fin veo aparecer mi maleta azul. Por fin.

Salimos a todo correr rogando que no nos hayan dejado tiradas, aunque en el peor de los casos siempre podemos coger un taxi. Son las cuatro de la mañana, estoy agotada y de muy mala leche. Malditos tacones, no se porqué no me puse unas deportivas. Claro que no sabía que iba a tener que correr la maratón. El autobús sigue allí, esperándonos. Llegamos sin aliento y tengo la impresión de que el hígado y alguna que otra víscera me van a salir por la boca de un momento a otro. Mari Puri ya metió su maleta en el portaequipajes y cuando voy a hacer lo propio con la mía ¡boom! la cerradura sale disparada y todo el contenido se desparrama por el suelo.

¡Me cago en la puta maleta! ¿Qué coño han hecho esos inútiles? Cabronazos de mierda. Si no tratasen el equipaje a golpes, voy a poner ahora mismo una reclamación que se van a cagar. Blasfemo como un carretero a voz en grito.

– Tranquilícese, señorita, no pasa nada. Déjeme que la ayude.

– Cálmate Pepita, que cuando te sale el genio asustas a cualquiera.

– ¿Qué me calme? ¿Qué no pasa nada? ¿Quién coño es usted?

– El conductor del autobús. Si es capaz de relajarse un poco, meteremos sus cosas en la maleta y podremos salir de una vez.

Creo que me he ruborizado. Me estoy comportando como una cría y con el cabreo se me había olvidado que hay más pasajeros esperando para llegar a casa. Me he quedado inmóvil sin saber qué hacer, mientras Mari Puri y el conductor se afanan por volver a embutir mi ropa en la maleta. Ahora sí que estoy jodida, pienso, al darme cuenta de que el hombre lleva en la mano un par de tangas diminutos, al tiempo que mi rostro se tiñe de escarlata. Él parece darse cuenta y los guarda rápidamente en un rincón, pero no puede evitar sonreír ligeramente con una pizca de travesura colgándole en los labios. Luego se acerca a la parte delantera del autobús y vuelve con un rollo de cinta aislante con la que da unas cuentas vueltas a la maleta evitando que vuelva a abrirse.

– Bien, creo que de momento resistirá. Ahora ¿podemos irnos ya?.

– Lo siento, perdone, digo en un susurro al pasar junto a él.

– No tiene importancia, los nervios del viaje juegan a veces malas pasadas.

Mari Puri y yo nos sentamos justo detrás del conductor y durante el trayecto puedo ver a través del retrovisor las miradas que de vez en cuando me dirige. Me ponen nerviosa, a veces nuestros ojos coinciden y ambos nos apresuramos a desviarlos. Me doy cuenta de que el cansancio y la mala leche que se me ha puesto por el incidente han desaparecido como por arte de magia, y me sorprendo pensando que no me importaría que este viaje durase un poco más, pero para mi desgracia hemos llegado al punto de destino.

No hago caso de las prisas de Mari Puri para que nos apeemos del autobús y consigo que lo hagamos las últimas. Él está al lado del portaequipajes abierto ayudando a los pasajeros a sacar sus maletas. Espero que la mía resista hasta casa sin abrirse, afortunadamente estamos a sólo una manzana. Saca limpiamente la de Mari Puri y luego extrae la mía con mucho cuidado. Nuestras manos se rozan cuando me la entrega y ahora sí que el cosquilleo del estómago me deja casi sin respiración.

– Me llamo Enrique – me dice alargando su mano – y ha sido un verdadero placer conoceros.

– Yo soy Pepita y ella Mari Puri. Siento mucho lo de antes, me avergüenzo de mi comportamiento.

– No tiene importancia, esto de volar tiene sus riesgos, sobre todo en lo que se refiere al equipaje, el trato que recibe no es suave precisamente.

Nos quedamos un momento en un silencio incómodo.

– Bueno, gracias por todo – consigo decir – tenemos que irnos.

– Espera, espera un momento por favor. Me gustaría, me gustaría – tartamudea – me gustaría invitarte alguna tarde a tomar algo si no te molesta.

– Ehhhh – no se qué decir – no, no es molestia, estaré encantada.

– ¿Me das tu teléfono?

Y se lo doy. Mientras nos alejamos noto cómo tiemblan mis piernas, pero eso no me impide darle un codazo a Mari Puri para que deje ya esa risita tonta.

– Pepita, no seas bruta, que casi me tiras.

– Ya está bien ¿no? ¿se puede saber qué te hace tanta gracia?

– ¡Ay! Pepita, que nos hemos ido al Caribe en busca del amor, y mira por donde parece que lo tenías a la vuelta de la esquina.

– ¡Eh! No corras tanto, sólo vamos a quedar para tomar algo, nada más. Luego… ya veremos.

– Si se te nota en la cara, boba, parece que te hayas tragado una bombilla encendida que te ilumina toda.

– Calla, payasa. No quiero ilusionarme, ya ves cómo salieron las citas de tu agencia.

– No es lo mismo, Pepi, ni comparación. Ha habido química, lo se, eso se nota, y ya es un buen comienzo.

– Está bien, me gusta ese hombre, pero… ya veremos, que como tu dices me he vuelto muy exigente y no va a ser llegar y besar el santo.

– Qué razón tienen los que dicen que el amor no se busca, el amor te encuentra.

– Pues podía haberse dado un poquito más de prisa en encontrarme.

– No te quejes, hay gente que no lo encuentra nunca.

– Es un consuelo. Te quedas esta noche a dormir en mi casa ¿no?

– Sí, no tengo ganas de ir hasta la mía, estoy rendida. Oye, Pepita…

– ¿Qué?

– Prométeme una cosa.

– ¿Qué?

– Que cuando te cases me harás dama de honor.

Lo dice atragantándose mientras intenta no reírse. Me ha pillado por sorpresa, con la mano en la puerta abierta cediéndole el paso, cosa que aprovecha para pasar corriendo por mi lado, riendo a carcajadas.

– Hoy duermes en el sofá – grito mientras la persigo – por listilla.


PD: Gracias por vuestra paciencia.

viernes, 13 de agosto de 2010

En busca del hombre perdido (Cinco)


– ¡Joder! Mari Puri – consigo decir entre hipidos. Yo no se cómo se te ocurre poner “Los puentes de Madison”. No he llorado tanto desde… desde que murió mi pobre abuela. ¡Maldita sea! ¿Tu crees que fuera de las películas se pueden encontrar hombres así?

– Y yo que sé, Pepita. Si de verdad existen, yo no he visto ninguno. Bueno, a decir verdad quizá me he encontrado con individuos que a simple vista podían parecer así de…especiales, pero casi siempre estaban pillados. Y claro, vete tu a saber cómo son en la intimidad, que esa es otra, que no son pocas las veces que te dan gato por liebre.

– Dímelo a mi. Cuatro amigas tengo divorciadas que ponen a sus ex a parir en cuanto ven la oportunidad, y si no la ven, también ¡anda que no les gusta largar! Cuando me acuerdo de lo pagadas que estaban con ellos cuando eran novios, no me puedo creer que estén hablando de la misma persona. ¡Qué mala es la confianza, Mari Puri!

– Me atiborré de palomitas, y mañana cuando me mire en el espejo voy a tener un sentimiento de culpa que no me dejará levantar cabeza en todo el día. ¡Me cago en la pena negra! Mira que no poder siquiera desahogarse comiendo palomitas.

– Olvídate de las palomitas. Ya quisiera para mi ese cuerpazo de infarto que te gastas. Mari Puri, sinceramente ¿alguna vez habéis emparejado a alguien en la agencia? Porque yo creo que ya perdí las esperanzas.

– Que sí, mujer, claro que sí. Igual es que no eran tan exigentes como tu. Mira, en realidad la gente lo que busca es compañía, cuando van pasando los años les entra el pánico de encontrarse solos en la vejez y se tiran de cabeza a la piscina, aunque esté vacía ¿A ti no te da un poco de pena quedarte sola?

– Pues mira, no. Alguna vez lo he pensado, no te lo voy a negar, pero no es eso lo que más me preocupa. Lo que más me jode, Mari Puri, es no haberme enamorado nunca, no saber lo que es eso. Me ha gustado algún tío, sí, pero no hasta el punto de perder la cabeza por él, de no pensar en nadie más. Igual es que eso de la mariposas en el estómago no es para mí. Y luego dicen que todos tenemos nuestra media naranja…

– Sí, eso dicen, pero ¿cuántas posibilidades hay de que se encuentren las dos mitades? Pueden estar a miles de kilómetros de distancia, igual la tuya es un australiano, o un mulatazo africano, o un chino mandarín… ¡vete tú a saber!

En esas estamos cuando oigo tintinear unas llaves, como si alguien estuviese abriendo la puerta. Y antes de que pueda preguntarle a Mari Puri si comparte el piso con alguien, hace su aparición en el salón un hombre guapísimo. Me quedo muda de la impresión. El hombre andará rondando los cincuenta, es alto, de cabello moreno salpicado estratégicamente de finas canas plateadas, sus ojos, de un castaño casi negro, me miran con cierta sorpresa mientras se acerca hasta el sofá.

– ¡Hola! No sabía que tuvieses compañía – dice dirigiéndose a Mari Puri.

– Pensaba que no vendrías esta noche. Mi amiga Pepita – dice señalándome – mi hermano, Carlitos.

– ¿Tu hermano? Pensaba que vivías sola. Disculpa, encantada de conocerte – le digo mientras me levanto para darle dos besos – ha sido una sorpresa.

– Es un placer. Mi hermanita es algo despistada, pero la verdad es que no vivo aquí, sólo estoy de paso en la ciudad por unos días. Si me disculpáis voy a darme una ducha y a dormir, estoy agotado.

– ¿Cómo no me has dicho que tenías ese bombón en casa? – le digo a Mari Puri en cuanto Carlos desaparece de nuestra vista.

– No te hagas ilusiones, Pepita, frena el carro.

– ¿Qué pasa? ¿está casado?

– No.

– ¿Es homosexual?

– No.

– Ya, es un soltero empedernido… un casanova.

– No.

– ¿Qué problema hay entonces?

– Es sacerdote – dice Mari Puri soltando un suspiro.

– ¡Joder! ¡qué desperdicio!

– ¡Pepita! ¡Por el amor de Díos!

Por eso, por eso precisamente es un desperdicio. Si es que no hay más que verlo, ese hombre está hecho para amar y ser amado. O para follar y ser follado, que lo de amar tampoco es imprescindible. ¿No hay ni la más remota posibilidad?

– No, Pepita, no. Y no digas tonterías, no vayas a recibir un castigo divino. ¿Tan desesperada estás?

– Si no es cuestión de estar desesperada, es que tu hermano está para mojar pan, Mari Puri, que tu no te das cuenta porque sois de la misma sangre pero ese hombre tiene que levantar pasiones a su paso, me apuesto lo que quieras.

– Olvídate de él, además sólo estará aquí unos días. Ha venido a una convención de misioneros, se pasa la vida por ahí, en África, en la India, en Sudamérica, en cualquier sitio del mundo donde pueda echar una mano. Es un santo, hija, cualquier día veré levitar sobre su cabeza una de esas coronitas brillantes de las estampas.

– ¡Ay! ¿Y si me apunto a una ONG de esas y me voy con él?

– Yo creo que del shock se te ha ido la olla. Hablemos de otra cosa, anda, y déjate de decir gilipolleces. No te habrás enamorado ¿verdad? Sólo faltaba que después de toda una vida sin conocer el amor, viniese Cupido a joder ahora la marrana.

– No, enamorarme no, sólo he perdido un poco la chaveta. Es sexo, sólo sexo, Mari Puri, que tu hermanito levanta pasiones, te lo digo yo. ¡Señor! ¿tú para qué lo quieres? – digo mirando al cielo con cara de mártir.

– Cuando yo digo que estás como una cabra. Oye, quería preguntarte una cosa ¿tu tienes vacaciones?

– Claro, el mes que viene empiezo a disfrutarlas, aunque no se si “disfrutarlas” es la palabra. Mi madre está emperrada en que vaya al pueblo con ellos, que necesito reposo y tranquilidad, dice. Y el plan no acaba de convencerme.

– ¿Por qué no hacemos un viajecito tu y yo? Hace tiempo que no salgo de la ciudad y después de dos años sin vacaciones, me apetece tirar la casa por la ventana y largarme al Caribe o a cualquier lado donde haya hombres guapos y disponibles. Nada de compromisos ni tonterías, aventuras, aventuras y más aventuras ¿qué me dices?

– Hummmmmm… me tienta la idea, igual me estoy obsesionando con esto de encontrar pareja, y donde esté un buen polvo y si te he visto no me acuerdo, que se quite todo lo demás. Si de todas formas, cuando seamos viejas iremos a parar a una residencia, como todo el mundo, sólo que nosotras iremos solas y otras en pareja, que no se yo que es peor. Los hijos ya no quieren cuidar de sus padres ancianos, no son más que una carga. Después de pasar toda una vida ocupándote de ellos, cuando más falta te hacen, te abandonan y se quedan tan panchos, sin pizca de remordimientos.

– ¡Qué razón tienes! Oye, cuando te conocí no pensé que nos íbamos a entender tan bien, eres tan pejiguera, y mandona, nunca nos pegó nadie broncas tan descomunales. La señorita Rotenmeyer te llama mi jefe.

– ¡Será cabrón! Incompetente, eso es lo que es ese enano que tienes por jefe, un incompetente.

– No te enfades, Pepita, es que hay que ver cómo te las gastas.

– Tengo que confesarte una cosa, yo también te había puesto un mote…

– ¿Qué? Encima de aguantar tus gritos y tener más paciencia que santo Job, vas tu y me colocas un mote… lo que hay que oír.

– ¿Ves como a ti tampoco te sienta bien?

– Y ¿se puede saber como me llamabas?

– Barbie… Barbie pechugona.

Los ojos de Mari Puri echan chispas y a punto estoy de salir corriendo. Esta mujer da miedo cuando se enfada. Hasta que de pronto explota en carcajadas. Ríe y ríe sin parar, y acaba contagiándome. Entre risas no paramos de repetir “señorita Rotenmeyer” “Barbie pechugona” mientras nos señalamos una a otra con el dedo.

Poco a poco, cesan nuestras risas. Estamos las dos enroscadas en el sofá cogiéndonos la barriga que nos duele de tanta carcajada.

– ¡Ay! ¡Díos mío! hacía tiempo que no me reía tanto – dice Mari Puri cuando recobra el aliento. Entonces ¿nos vamos juntas de vacaciones?

– Nos vamos juntas de vacaciones.

– Mañana mismo le digo a mi jefe que el mes que viene me largo de viaje y no admito réplica. Ve pensando qué destino elegir.

– Bien, haremos una cosa. Yo presento mis opciones y tu las tuyas, y mañana… no, mañana no, que tengo dentista, pasado mañana nos vemos en el Café San Antonio y decidimos ¿qué te parece?

– Que está muy bien pensado. ¿Quedamos a las seis? Luego podemos ir a la agencia a mirar fechas y precios.

– A las seis en el San Antonio, y ahora me voy a mi casa a meterme en la cama. Entre el llanto, las risas y el colapso que estuve a punto de sufrir al ver al buenorro de tu hermano, estoy rendida.

– Anda, anda, que ya se yo con quien vas a soñar esta noche, depravada, que eres una depravada. Qué descanses, Pepi – dice mientras me acompaña hasta la puerta.

– Buenas noches, Mari Puri, que sueñes con los angelitos, si puede ser que midan metro ochenta y estén bien dotados, mejor.

Oigo sus risas mientras cierra la puerta. Se acabaron las citas, me voy al Caribe a echar una cana al aire, o dos, o tres…


(Continuará)


lunes, 9 de agosto de 2010

En busca del hombre perdido (Cuatro)



Pues sí, a la pobre Barbie la puse como hoja de perejil. Tanto, que me dio hasta un poco de pena, porque la pobre no abría la boca mientras yo no paraba de “despotricar” sobre la poca eficacia de las mal llamadas “agencias matrimoniales” y sobre todo de ésta en la que ella era la cabeza visible. Si al final tendré que ir a parar a las nuevas tecnologías, a meterme en un chat de esos, o a un buscador de parejas, que te mandan los avisos a tu correo electrónico y eliges desde casa. En fin, que la vi tan apenada que decidí darle alguna oportunidad más.

La última fue con un “yogurin” que podía ser mi hijo. Dale tiempo, Pepita, me dije, hay jovencitos que son muy maduros, y además ahora muchas famosas se enrollan con hombres más jóvenes que ellas y no pasa nada. La verdad es que a mí no me ponía nada, porque aparte de verle como a un niño, no era mi tipo. El chaval era así como muy “pijo”, arregladito, repeinado. No, definitivamente, no me gustaba nada, pero decidí pasar un rato con él de charla, pensando que igual es que le daba morbo eso de tener una cita con una mujer madura. He oído decir que eso pasa, aunque si soy sincera, a mí no me ha pasado nunca.

El chico tenía una conversación fluida, eso es cierto, y parecía muy interesado en mí, en mis sentimientos, en mis motivos para buscar pareja. Preguntaba y preguntaba, y a mí eso, empezaba a mosquearme. Y me mosqueé del todo cuando sacó una pequeña libretita y empezó a tomar notas. En definitiva, resultó que estaba haciendo un estudio sobre las mujeres solteras y maduras, que van camino de la menopausia. Lo mandé a hacerle el estudio a su señora madre.

Y no sé por qué hoy acudo a otra cita. Dudo entre si me he vuelto idiota, tengo más moral que el alcoyano, o mi desesperación es mayor de lo que imaginaba. Mira, como he salido con tiempo voy a entrar a tomarme un copa de algo fuerte, a ver si así veo las cosas de otra color. ¡Coño! Pues ¿no es aquella la Barbie? ¡madre mía! que mala cara tiene. Voy a sentarme con ella, a ver si me entero de lo que le pasa.

- Caray, hija, no te asustes que no voy a pegarte.

- Perdona, Pepita, pero es que últimamente con el genio ese que te gastas, no me fío mucho, y ... hoy tenías otra cita ¿verdad? ¿ya has ido?.

- Pues no, monina, iba de camino, pero he decido entrar a darme ánimos con un lingotazo.

- Menos mal, iba a llamarte ahora por teléfono. El tipo con el que has quedado, que nos ha tomado el pelo. Es un médico, guapísimo, educado, inteligente, deportista...

- ¿Y? ¿qué problema hay? Ese es el hombre que me interesa.

- Que es gay, Pepita, homosexual. Que le ha entrado el remordimiento y me ha llamado para contármelo. Quería encontrar una novia para hacer feliz a su querida mamá, pero en el último momento ha decidido salir del armario.

- O sea, que me quería para hacer el paripé delante de la familia ¿no?.

- Si, hija, sí, y con ese hasta yo me había hecho ilusiones.

- ¿Tu?... por cierto, ¿cómo te llamas?

- Mari Puri.

- ¡Jajajajajajaja! ¡ay! perdona, perdona, Mari Puri, pero es que no te va nada el nombre. Con esas tetas, ese culo, esos morros... nadie se imagina que te llames Mari Puri.

- Pues imagínate si digo Purificación.

- Que decía yo... que tu no puedes tener esos problemas con los hombres, con el cuerpazo que tienes.

- Si yo te contara, Pepita. Si es que ya no quedan hombres de los de verdad, hija, ahora solo quieren un buen polvo, una aventurilla de vez en cuando, y nada de compromisos, ni pareja estables, ni ná de ná. Ya ves con la de hombres que pasan por la agencia, y no hay manera de encontrar algo que valga la pena.

- Pues sí que me estás dando ánimos. Casi va a tener razón mi madre y mejor me quedo como estoy, y me dejo de tonterías. ¡Vaya par de dos que nos hemos juntado!

- Oye... ¿tienes algo que hacer?

- Pues no, Pepita, después del recadito que me has dado, estoy intentando decidirme si me tiro al río, me emborracho, o me voy a Cuenca a visitar las casas colgantes... yo que sé.

- Te invito a mi casa a cenar y ver una película ¿hace?

- Hummmmmm... es otra opción, a esta copa te invito yo.

Después de todo, parece que la Mari Puri me está empezando a caer bien. Yo que pensaba que era de plástico o algo así, y resulta que no, mira por donde, si es que no se puede juzgar por las apariencias, pero siempre caemos en el mismo error. Menos mal que se me ha ocurrido entrar aquí, porque el móvil me lo había dejado en casa y Mari Puri no hubiese podido darme el recado. Y lo que me faltaba era que me hubiesen dado plantón, entonces sí que mi moral andaría arrastrándose por el suelo como los gusanos. ¡Ay, Mari Puri! Es que no puedo evitar reírme cada vez que me acuerdo del nombrecito. Que no, que no es que piense que es un nombre feo, pues como Pepita más o menos, pero es que a esta mujer no le pega ni con cola. Esto de los nombres también es complicado, se hacen verdaderos crímenes con los chiquillos, porque claro cuando nacemos todos somos iguales o muy parecidos al menos, pero luego crecemos y ahí es cuando deberíamos poder elegir como queremos que nos llamen. Ya, ya sé que ahora se puede cambiar, pero cuando todo el mundo te conoce por Pepita, vas tú y dices que quieres que te llamen... Salomé, pongamos por caso. Y no te hace nadie ni puto caso. Ya se me ha ido otra vez la olla.

(Continuará)

lunes, 2 de agosto de 2010

En busca del hombre perdido (Tres)



(Fuente de la imagen: aquí)


Un hombre “normal”, Pepita, de los de antes – eso me dijo Barbie, lo que no me dijo es que posiblemente era de los de antes de la guerra. No, eso lo descubrí yo solita cuando acudí a mi tercera cita. En aquella ocasión yo no había querido ninguna foto, iría a ciegas, porque una vez que había pedido ir algo informada el candidato me había salido hermano siamés de un Nokia 6690. La secretaría de la, hasta ahora, poco efectiva agencia casamentera, le enseñó una foto mía al caballero y al parecer, el hombre se quedó prendado. Bueno, me dije, probaremos suerte, aunque fuese algo mayor ¿qué importaba? Clint Eastwood es mayor y está como un tren. Me conformaba con algo menos.

Esta vez me vestí en plan elegante que suponía era como a él más le gustaría. Y me presenté en la cafetería que habíamos elegido como lugar de encuentro. Llegue allí puntual, como es mi costumbre, y al momento vi que un caballero se levantaba de su asiento y se dirigía hacia mi, con un sonrisa en los labios. Era más mayor de lo que yo había imaginado o de lo que la Barbie me había querido confesar, y no, no se parecía al Eastwood, más bien se daba un cierto aire a Paco Martínez Soria, muy respetable el hombre, pero con menos atractivo que un palo de fregona. Cuando vuelva a la agencia, me cargo a esa mujer –pensé para mis adentros, mientras intentaba dibujar una sonrisa. Al fin y al cabo el Paco, como había empezado a llamarle en mi imaginación no tenía ninguna culpa, así que no me costaba nada ser amable. Bueno, sí, me costaba un poco, porque el cabreo y la mala leche que se me había puesto eran descomunales, pero haría un esfuerzo.

Nos dimos dos besos, uno en cada mejilla, y nos sentamos a la mesa. Era educado, eso sí, de los de antes, me apartó la silla para que tomase asiento y luego lo hizo él. Y no es que los hombres modernos no sean educados, es que esas cosas ya están pasadas de moda, y además es que los pobres a veces al hacerlo han salido trasquilados: hay mujeres a las que no les gustan esas cosas. A mí, la verdad, es que me da un poco lo mismo, quiero decir que no me paro a pensarlo, pero si un hombre me cede el paso o me abre la puerta, se lo agradezco con una sonrisa y no creo que por eso me esté haciendo de menos o se crea superior.

Bueno, a lo que iba, que muchas veces, se me va el santo al cielo. Pedimos una bebida y nos dispusimos a conversar agradablemente, empezando por hablar del tiempo como en casi todas las charlas que se precien. Después, el hombre empezó a hablarme de su vida. Se había jubilado hacía unos años, imaginaos cuántos me llevaba. A la Barbie, la mato, la mato – pensé por enésima vez en esa tarde. Estaba viudo por tercera vez y pretendía encontrar a su cuarta esposa. Me dio un poco de yuyu, caray, cualquiera diría que este hombre se las cargaba. Otra cosa no tendría, pero conversación... hablaba por los codos. Yo le escuchaba asintiendo o negando de vez en cuando con algún monosílabo que conseguía intercalar en su cháchara.

Pero no sólo hablaba, no. Resulta que cuando nos sentamos a la mesa, yo me coloqué frente a él, pero no sé cómo, ni de qué forma tan imperceptible, al rato de estar allí, lo tenía casi pegadito a mi lado. Estaba yo escuchándole atenta, cuando advertí una mano que acariciaba mi muslo suavemente. Este hombre se ve que podía hacer dos cosas a la vez, y las dos con absoluta tranquilidad y maestría. Durante un rato, yo me hice como que no había notado su mano, o que si lo había hecho no me importaba demasiado. Fue cuando él se hizo fuerte y se atrevió a seguir su camino ascendente. De repente, se quedó callado, pues su mano había llegado al final de mi media, rematado por una liga de encaje que ceñía el muslo.

Empezó a atascarse con las palabras. Parece mentira –pensé- con la conversación tan fluida que había ostentado hasta entonces. Decidí ser un poco “mala y atrevida” y abrí despacio mis piernas, dejando que su mano se deslizase entre ellas. Un poco más, y la tenía rozando mi sexo, por encima de las bragas. Al mismo tiempo, decidí desabrochar un botón más de mi blusa y al momento lo tenía babeando ante mis tetas. Y yo me estaba mojando toda, el viejecito movía sus dedos con maestría bajo mi falda. Y me dije: Pepita, aprovecha la ocasión, déjate hacer, que conforme están las cosas no hay que desperdiciar una buena corrida. Y así lo hice. Abrí las piernas para facilitarle la tarea a aquella mano atrevida y disimulé como pude la cara de tonta que se le queda a una después de un buen orgasmo.

Me porté mal, lo sé, muy mal. Sobre todo porque después de eso me levanté, le di un beso de despedida al Paco y salí de allí a toda prisa dejándole con su pequeño problema entre las piernas.

Y luego me fui a por la Barbie, dispuesta a asesinarla con premeditación y alevosía....

jueves, 29 de julio de 2010

En busca del hombre perdido (Dos)


Y allá que voy yo a la segunda cita, pero esta vez nada de libros y rosas, ya estaba bien de tonterías. Les dije a los de la agencia que me enseñasen una foto y que él viese también la mía, así si a primera vista el físico no nos agradaba, no teníamos que perder el tiempo. El tipo no estaba mal, era delgado y de buena estatura. En la foto vestía unos jeans y una camiseta de manga corta. Su rostro también era agradable, no es que fuera guapísimo, pero a simple vista, no destacaba ningún rasgo extraño. Era algo miope, por lo que llevaba gafas graduadas, también elegidas con buen gusto acorde con sus facciones. Sus ojos se veían de un color castaño, así como el pelo, que lo llevaba corto y bien arreglado. No era la idea que yo tenía de un informático, y no sé por qué, la verdad, pero la mayoría de los que he conocido eran un poco bohemios. Decidí vestirme yo también en plan informal, nada de vestido, ni medias, ni tacones altos. Me puse también unos jeans con camiseta de tirantes y una cazadora de entretiempo.


Cuando llegué a la cafetería donde nos habíamos citado y después de dar una mirada a dos o tres hombres solos que había por allí, me di cuenta de que no había llegado. ¡Vaya! ya empezamos, con lo que odio esperar ¿por qué la gente no podrá ser puntual?. Armada de paciencia, me senté a esperar mientras saboreaba una copa de vino blanco. Había pasado como media hora cuando un golpe en la silla donde estaba sentada, me hizo saltar asustada. Me di la vuelta dispuesta a “merendarme” al bruto que casi me tira al suelo, que no era otro que el sujeto al que esperaba. Iba hablando con el móvil y gesticulando sin parar. Me hizo una especie de saludo y se sentó enfrente mío, sin dejar ni un momento su conversación. Bueno, Pepita, será alguna cosa de trabajo, ten paciencia- me dije. Pero pasaban los minutos y el tío no parecía que tuviese intención de colgar. Yo, mientras, no sabía qué hacer. Resulta muy embarazoso estar escuchando la conversación de alguien que no conoces de nada, y me estaban entrando unas ganas terribles de largarme. Después de un buen rato, oí que por fin se despedía. ¡Menos mal! Porque entre el retraso y el dichoso teléfono, me parece que poco tiempo tendremos para hablar- pensaba yo entre tanto. Depositó el teléfono sobre la mesa y nos presentamos. Yo esperaba alguna disculpa, pero no, que va, aquel tipo debía pensar que lo que hacía era algo normal. Y a continuación empezó a hacerme preguntas dándome la impresión que estaba respondiendo a un test o algo así. Y volvió a sonar el teléfono. En ese momento el camarero se acercaba a nuestra mesa con intención de servirnos. Él pidió una cerveza sin dejar de hablar por el dichoso móvil que ya pensaba yo que debía ser una parte inseparable de su persona. Entonces hice una pequeña maldad, me acerqué al oído del camarero y le pedí la botella de vino más cara que tuviese en el bar. El chaval, muy simpático él, me guiñó un ojo. Aquel cretino seguía charlando, y por lo que yo podía entender era con un amigo, pues planeaban la salida para el fin de semana. Llegó el camarero con las bebidas, abrió la botella de vino y me sirvió una copa, al tiempo que dejaba el ticket de caja debajo de la cerveza de mi acompañante. Bebí unos sorbos de aquel caldo delicioso y cuando me di cuenta que él estaba terminando la conversación, me levanté, y me colgué el bolso al hombro dispuesta a marcharme. En ese momento él miró la cuenta y los ojos casi se le salen de las órbitas. En el preciso instante en que su mirada se dirigía hacia mí, le lancé un beso con la mano y me largué.


“No, vosotros no me habéis citado con un hombre, eso era un móvil con algún raro espécimen pegado, además de impuntual y maleducado”- yo estaba furiosa. Y la Barbie me miraba con cara de boba: “Pepita, es que tu eres muy exigente, el chico además estaba de muy buen ver”. “Sí, claro, si eso no lo niego, pero para pegar un polvo no vengo yo a una agencia matrimonial, monina, que hay por ahí muchos garitos para el ligoteo. Pero, vamos a ver, ¿es que aquí no hay hombres normalitos?, de esos a los que le gusta charlar, que empiezan hablando del tiempo mientras poco a poco la conversación va pasando a otros terrenos. Me imagino yo a éste si en la primera cita no me hace ni puto caso, ¿qué será después?”.


Después de desahogarme, me convencieron para que tuviese un poco de paciencia, que no siempre se acierta a la primera, me decía la Barbie, que al final siempre aparece la pareja que estamos buscando. Vale, accedí, aguantaré un poco más.


Y llegó el tercer candidato.


domingo, 25 de julio de 2010

En busca del hombre perdido (Uno)


Retomo una historia que dejé inconclusa allá por el año 2005 (cómo pasa el tiempo) a ver si la termino, espero que la disfrutéis.



Hoy tengo una cita. No sé si es la quinta o la sexta en este mes, ya me he perdido. Asustadita estoy, esta gente de la Agencia matrimonial no da una, oye. Si ya me lo decía mi madre “¿Para qué quieres tú ahora encontrar novio?, con lo bien que estás así” Y no me extraña que me diga eso, porque está de mi padre hasta los mismísimos. “Divórciate” le digo yo. Una tontería, se lo digo por decir algo, porque a su edad ¿para qué? Y eso me contesta ella. Dice, la muy golfa, que si ella tuviese mis años y soltera, se comía el mundo. Pero es que cuando una pasa la cuarentena y todas sus amigas y conocidas están casadas, o divorciadas, estar soltera es como si fueras un bicho raro. No, no es lo mismo estar soltera que divorciada, porque ni siquiera puedo poner verde a mi ex, que es lo que suelen hacer mis amigas. Que yo me pregunto si no están más ligadas ahora a sus exmaridos que cuando estaban casadas, porque no se lo quitan de la cabeza. Y es que siempre deseamos lo que no tenemos, joder. Y una necesita tener un apoyo, alguien con quien compartir tus cosas, tus gustos. Si es que hablo con el gato, con las plantas –las pocas que quedan vivas, porque debo aburrirlas con mi cháchara- con la televisión, con el ordenador. No, por sexo no es. O sí, un poco. Porque dicen que hoy en día se liga como nada, pero no lo encuentro yo tan fácil. Y eso de Internet, no me fío mucho, que a saber con quien chateas, la mitad se lo inventan todo. No, yo para eso prefiero lo de siempre.


Alguna que otra aventurilla he tenido, no voy a decir que no, porque a mis cuarenta y cinco años aun estoy de muy buen ver. Y eso lo hace el estar soltera, ya lo sé, que tengo tiempo para mí, para ir a la peluquería, a la esteticien... y el cuerpo, sin haber parido, se mantiene muy bien. Tampoco tengo que quitarme los caprichos para comprarles zapatos a los churumbeles. Sí, si casi todo son ventajas, pero no sé, tengo una espinita, necesito sufrir en mis carnes eso de emparejarse. O es que no puedo dejar de pensar que igual anda por ahí el “hombre de mi vida” solico el pobre, triste y desesperado esperando encontrarme. Y si mucho me encanto será la historia de amor de dos ancianitos con ciática o artrosis y con pocas ganas de fiestas erótico-sexuales. El caso es que no lo pensé más y decidí probar suerte. Me dije, oye, ¿por qué no intentarlo? Quién sabe, a lo mejor encuentro a mi media naranja, o un cuarto por lo menos... que sé yo.


Pero, anda que hasta ahora sí que me lo han acertado estos “profesionales” según ellos mismos se autodenominan. Menos mal que cobran según los resultados, porque este mes ya me veía a base de patatas fritas y huevos para poder pagarles.


El primer candidato era poeta, eso decía él, pero jamás escuché poemas tan nefastos... jamás. Ni recitar los clásicos, sabía. Mira... peinado con raya en medio, el pelo grasiento que parecía que acababa de salir de una freidora, y aquella perillita que él pensaba que lo hacía parecer romántico, ja, un chivo es lo que parecía. Quedamos en una cafetería del centro, él llevaría un libro y yo una rosa... agh... muy cutre todo, pero yo era una pardilla en esto y no le iba a poner pegas a la primera. Se pasó toda la tarde hablándome en verso, que yo ya no sabía si había acudido a una cita o estábamos representando una zarzuela. Y nada de hablar de nosotros, qué va, nuestro único tema de conversación fue la poesía y la literatura. Mira que a mí me gusta leer, pero digo yo que en una primera cita que se supone vamos a intentar conocernos, qué mejor que hablar de nuestras vidas respectivas, nuestros gustos. Encima era de esos que jamás te miran a los ojos, más de una vez pensé que hablaba con los de la mesa contigua, o con la pared... yo que sé. Nunca me han dado buena espina las personas que evitan la mirada, será una manía mía, pero seguro que algo esconden. Y mientras él recitaba y recitaba, yo me perdía en divagaciones sobre el terrible secreto que aquel personajillo guardaba. Aguanté dos horas que a mí se me antojaron el triple, y me inventé una excusa como pude, antes de que las cabezadas y los bostezos me delatasen.


No, ni pensarlo, les dije a los de la agencia, ni se les ocurra citarme con otro poeta. Pepita, es que dijiste que te gustaba la literatura- me contesta la secretaria, que es talmente una barbie metidita en carnes. Casi les doy con la guía telefónica en la cabeza que tiene más de literatura que los poemas de ese pollino.


A los dos o tres días me llaman otra vez: “Pepita, éste sí, este te va a gustar, es informático”. Bueno, pensé yo, seguro que no me recita poesía y los informáticos suelen ser muy interesantes e inteligentes, o eso es lo que dicen.

(Continuará)


Nota: No tengo nada personal en contra de los poetas, informáticos o cualquier otra actividad profesional que pueda aparecer en esta historia, así que no se me den por aludidos.

sábado, 24 de julio de 2010

Secretos



Apenas una sombra, un reflejo fugaz en un espejo. Aun así reconocí al instante su silueta, esa especial forma de caminar, erguido, ausente, como si siempre estuviese dos centímetros por encima del resto de mortales.


Se aceleró mi pulso, juro que yo no quise. Se aceleró mi pulso e instintivamente posé mi mano derecha sobre el pecho, en in intento vano por detener el golpeteo que sentía allá dentro. Y me escondí, sí, eso hice, aunque me avergüence admitirlo. Me metí en un zaguán y esperé inmóvil, un minuto, dos, tres… que se hicieron eternos.


Ya está, pensé, pasó el peligro, y salí de mi escondite para unirme de nuevo a la riada de peatones que llenaba la acera. Calculé mal el tiempo o él lo perdió con cualquier tontería, y cuando me di cuenta ya era tarde. Allí estaba mirándome, apenas unos pasos y me daba de bruces con su cuerpo.


¡Ah! Cómo odié aquellos ojos que miraban igual, igual que siempre, azorándome, poniéndome nerviosa, excitando todo lo susceptible de excitarse. A la mirada felina, la acompañaba una boca jugosa, jugosa y sonriente, maliciosa e inocente al mismo tiempo, una boca que besé tantas veces que podía distinguir su sabor entre mil bocas.


Mis ojos se quedan allí, parados en su boca. Percibo el movimiento de sus labios. No quiero escuchar su voz, no quiero oír lo que me dice mientras alarga sus manos hacia mi y me mira de esa forma. ¿Qué puedo hacer? ¡Ah! Sí, puedo tararear, puedo tararear cualquier canción. Y tarareo. Y mi voz va aumentando el volumen. Por un momento parece que da resultado, ya no le escucho, aunque de pronto se hace el silencio a mi alrededor y vuelvo a oírle ronroneando como un gato. Puedo taparme los ojos como cuando era chica y no quería que me viesen. Pero sus manos se acercan cada vez un poco más, mientras yo retrocedo. Debo hacerlo despacio para que él no se de cuenta. Y luego, cuando se confíe me escaparé corriendo. Despacio, despacio, un paso más. ¡Ahora! Ahora es el momento.


¿Quién me sujeta los brazos atrás? Suéltame, hijo de puta, suéltame. ¡Socorro! ¡Socorro! Ayúdenme, por el amor de Dios, que alguien me ayude. Todos se apartan de nosotros y me miran con recelo. Puedo leer en sus ojos lo que piensan. Algunos sienten miedo, otros se compadecen, y los más parecen sorprendidos. Y es eso, eso es lo que les aterra, por eso me tienen encerrada, porque saben que puedo leer en su mirada, no tienen secretos para mi, nadie puede esconder su alma de mis ojos.


¡Cabrones!


Vamos, Marga, me susurra al oído, no nos lo pongas más difícil, se buena chica. Escupo a sus pies, y mi saliva se escurre por su zapato de fina piel marrón. Su mirada es ahora cruel, se lo que piensa, pagaré caro ese escupitajo. Con la cabeza erguida me dirijo hacía el vehículo que me espera con la puerta trasera abierta.


¡Vamos, vamos! Circulen, circulen, no pasa nada, oigo decir a un policía dispersando a la muchedumbre que se agolpa en la acera.


No pasa nada, es sólo una pobre loca que se escapó del psiquiátrico.


Eso es lo que piensan.


La próxima vez no podrán atraparme. Desvelaré cada uno de vuestros secretos hasta que deseéis sacaros los ojos para que no pueda leer en vuestro interior, pero antes os mataréis unos a otros, odiaréis a vuestros padres, hijos, hermanos, amigos, vecinos, compañeros y amantes, porque conoceréis la verdad sobre lo que pensáis los unos de los otros.


Pero antes, antes acabaré con ese cabrón que viene a follarme cada noche… conozco su secreto.


jueves, 22 de julio de 2010

Una mañana de un día cualquiera (Escrito en Diciembre 2005)



Sentada a la mesa de la cocina apura su café de la mañana, de otra mañana más. Los platos sucios se amontonan en el fregadero, mientras por la ventana un día gris y lluvioso comenzó hace unas horas. Los chicos que aun le quedan solteros y el marido han salido hace un rato a unos trabajos miserables y mal pagados. Hace unos años, él, el hombre de la casa tenía un trabajo medio decente, hasta que llegó la temida reducción de personal y lo largaron a la calle. Desde entonces, anda de acá para allá, siempre malcarado con la frustración pintada en la cara y el cigarro colgando de la boca. Y ella sin un puto duro, siempre contando cada peseta. No es que antes le sobrase porque él le daba lo justo para pasar casa, pero ella se apañaba limpiando alguna escalera y contaba, al menos, con algo fijo todos los meses. Menos mal que tenían aquel piso, que parecía una caja de cerillas, ya pagado porque si no estarían en la calle.


Llena su vaso con coñac y se toma un trago. Le calienta por dentro. Hace tanto frío. La estufa sólo la enciende un rato por la noche cuando cenan en el destartalado comedor, en silencio, absortos en la televisión. Ahora, para ella sola, es un gasto inútil que no puede permitirse. La vieja gata se restriega por sus piernas, curvando su cuerpo para pasar entre ellas, como queriendo decirle que está allí a su lado buscando una caricia. Le habla, a veces, es la única que parece escucharla desde que, hace ya años, la encontró sucia y abandonada en la calle... la vieja gata.


Si toma dos o tres vasitos más conseguirá quitarse esta congoja y esta pena, como cada día, y una niebla blanda y espesa la hará ver las cosas más suaves y tenues, sin esas aristas afiladas que se le clavan en el alma. Y en un momento, empezará a oír esa vocecita que le habla bajito, desde dentro, y que no puede dejar de escuchar aunque se tape los oídos o encienda la radio. Tendrá que pensar en comprar otra botella en el súper o acabarán notando que es ella quien la termina. No sabe cómo podrá pagarla con el poco dinero que le queda. Antes, hace unos años, iba a la pequeña tienda del tío Miguel y le fiaba hasta que ella podía pagarle, pero ahora, con esos grandes supermercados... imposible. Bueno, ya pensará en eso más tarde, ahora necesita otro trago.


- Sigue, sigue, dándole a la botella, como si eso solucionase tus problemas. Lo que tienes que hacer es marcharte, marcharte antes de que sea tarde. Déjalos, a ver si así se dan cuenta que estás aquí, preocupándote por ellos.

- ¿Tú crees que se darían cuenta?. Tal vez cuando no hubiese nada que comer en la nevera, que sería mañana, porque está medio vacía. ¡Ay! ¿dónde voy a ir yo?, dime ¿dónde?.

- Pues a cualquier parte, a empezar de nuevo, trabajando en cualquier cosa... yo que sé.

- Siempre igual de soñadora ¿te has mirado en el espejo? ¿eh? ¿te has mirado? Porque yo sí lo he hecho. Y soy vieja, gorda, fea. Mira ¿has visto la ropa que tengo en el armario? Y aun puedo dar gracias a que Doña Encarna, la del tercero, me regala alguna cosita de vez en cuando. Y el pelo... ¿sabes cuando fue la última vez que me vio la peluquera? Mira, parece un estropajo y las canas se han hecho dueñas de la cabeza.

- Eso no importa, lo importante es lo que uno lleva dentro. Y tu eres valiente, has sacado adelante a tus hijos, a pesar del marido que elegiste, hija mía, que hasta para eso eres tonta. Con Evaristo te tenías que haber casado. Míralo, vino del pueblo, montó su pequeña ferretería y ahora es dueño de unas cuantas más.

- ¡Ay! Evaristo... era tan bueno y tan tímido. Pero llegó Tomás, con ese porte y esa labia, escribiéndome aquellos poemas... claro que yo no sabía, entonces, que los copiaba de un libro. Y a padre también le gustó, recuérdalo, que tenía carácter decía.

- Sí, ya lo creo que tenía carácter... para soltarte alguna hostia de vez en cuando y follarte como un bestia cuando viene borracho del bar, acuérdate del otro día cuando, sin más ni más, te la metió por el culo, el muy cerdo. Anda que se paró porque gritases de dolor y sangrases sin parar. No, al muy cabrón le gustaba. Y luego media vuelta y a roncar como un marrano. Cuando te casaste con él más te hubiera valido meterte a puta, como la Concha, al menos cobrarías.

- Calla, anda, calla. Me han dolido más otras cosas. Dos hijos tuve que deshacer, dos, porque nunca tuvo cuidado por no dejarme preñada. Si por él hubiera sido tendría una docena. Y eso duele ¿sabes?. Me daba terror que me faltase el periodo y tener que ir a aquella vieja maloliente a remediarlo. A veces tengo pesadillas y oigo niños que lloran y gritan. Déjame, déjame que tome otro trago.

- Por eso tienes que marcharte antes de que sea demasiado tarde. ¿Por qué no vas a ver a Evaristo? Puedes hablar con él, a lo mejor te echa una mano, por los viejos tiempos, porque estuvo enamorado de ti.

- Eres como una cría, siempre soñando. Como aquella vez que la tía de Francia te regaló aquellas zapatillas de ballet ¿recuerdas? Te pasabas las horas dando vueltas y vueltas por la habitación imaginando que bailabas en un gran escenario, y luego saludabas a los espectadores que se ponían en pie para aplaudirte. Hasta que se te ocurrió decir aquella tontería de que querías ser bailarina de ballet. ¿Qué cojones dice esta idiota? – soltó padre con la cara congestionada – aprende a fregar y a cocinar. Eso es lo único que te hace falta saber.

- Y guardé las zapatillas en una caja para no sacarlas nunca más... no sé qué sería de ellas.

- Luego soñaste con ser maestra, y peluquera, y enfermera, y... ¿dónde quedaron esos sueños? En la misma caja que aquellas zapatillas, olvidados para siempre. No, no me metas tus cuentos en la cabeza. Déjame en paz, tengo suficiente con dos o tres tragos de coñac por las mañanas. Me adormecen y ya nada me duele ¿sabes lo único que de verdad me apetece?... morirme, morirme un rato...


Se levanta despacio de la silla, se ha quedado helada allí sentada. Y ahora tendrá que meter las manos en el agua congelada para lavar todos aquellos platos. Ya ha tenido su pequeña charla con la otra, esa que anda siempre incordiándola un poco y hasta, de vez en cuando, la hace reír con sus ocurrencias.


Que me largue, dice... y ¿a dónde iba a ir yo?. Ven aquí, gatita, anda, sube un poco aquí, a mi regazo. ¿Dónde iríamos tu y yo? Para recibir patadas de otros pies, más vale que sean de los que conocemos, así igual tenemos suerte y podemos esquivarlas. Tú por lo menos tienes tus tejados para asomarte a mirar la luna. Tengo miedo que un día te pierdas y no vuelvas más. O que decidas correr mundo. Pero no, estás vieja y cansada, como yo. Y como yo, perdiste la ilusión, las ganas de vivir y la esperanza.

sábado, 17 de julio de 2010

El jinete


Aparecía justo al final de una curva, una de tantas en aquella carretera estrecha y sinuosa. Era una casa sencilla con un pequeño patio delantero, rodeado de un muro bajo y rematado por una cancela que casi siempre permanecía abierta. El primer día que pasé por allí, iba sentada en el asiento del copiloto y llevaba bajado el cristal de la ventanilla del coche, pero apenas me fijé en él. Fue cuando casi le sobrepasamos que escuché su voz y alcancé a ver su mano levantada en señal de saludo.


Al día siguiente salí un rato a caminar y casi sin darme cuenta me acerqué hasta la casa. Allí estaba él, sonriente, esperando a tenerme delante para saludarme. Era un hombre bajito, muy bajito, de no ser por su rostro cualquiera diría que se trataba de un niño. Por su boca abierta asomaban unos dientes trocados, superpuestos unos encima de los otros. En la mano sostenía un cordel que sujetaba las riendas de un caballito de juguete con un carro enganchado. Sobre el carro, un sombrero de vaquero.


Ahí seguí viéndole día tras día, siempre agarrado a las riendas de su caballo, soñando quizá en montar sobre su lomo y galopar por las montañas verdes que formaban el único paisaje que conocía, adentrarse por los senderos en sombra bajo los eucaliptos gigantes que apenas dejaban ver el cielo. O quizá no le hacía falta soñar, y su felicidad consistía en tener cerca a su caballo y saludar a los que pasábamos por delante de su puerta, compadeciéndonos de él, aún cuando la alegría de su saludo no invitase a la compasión.


A lo mejor la felicidad consiste en aferrar con fuerza aquello que queremos, aunque sólo sea un viejo caballo de juguete tirando de un carro cargado con un sombrero vaquero.


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Bien, no hace falta que os diga que estoy de vuelta en casa, con la mirada impregnada de verdes, de aguas cristalinas, de senderos, de paisajes inmensos y montañas impresionantes, de mar embravecido golpeando las rocas. Con olor de sidra, de nieblas matinales, de orbayu, de chorizo de casa, de fabes, de boroña. Y tampoco hace falta que diga que eché de menos este pequeño rincón en el que habito y a los que se asoman cada día a mi ventana. Qué bien estoy en casa.

Os dejo una de las canciones favoritas de mi hijo adolescente, no es mi estilo pero tiene su "aquél"

sábado, 3 de julio de 2010

Parecía que no iban a llegar nunca...


... pero ya están aquí.



Antes de dejaros tranquilos por unos días, me gustaría compartir con vosotros una buena noticia, que para eso están los amigos. Y es que de momento (cruzo los dedos) aún mantengo mi magnífica cabellera, corta sí, pero ahí está aguantando como una jabata.

En mi última visita al dermatólogo parece ser que el tratamiento con cortisona ha dado resultado, y no sólo el cabello ha dejado de caer, si no que incluso han empezado a nacer otros nuevos. Es una jodienda volver a depilarse, pero no se puede tener todo. Tan bueno ha sido el resultado que me ha disminuido la dosis progresivamente, dentro de dos semanas ya no tendré que tomar ninguna pastilla. Y esa será la prueba de fuego.

No me engaño, se que este proceso es complicado y que cabe la posibilidad de que mi organismo vuelva a las andadas. Y también que una vez la Alopecia Areata Universal se manifiesta, puede volver a hacerlo en el momento en que se de una situación parecida a la que lo desencadenó. Pero de momento, parece que he ganado una batalla: Des:1 /Alopecia: 0. Y estoy dispuesta a ganar la guerra.

Dicho esto, os dejo tranquilos, pero no os equivoquéis, pienso volver... que lo sepáis.
Sed felices.

¡Asturiassssss! no te muevas de ahí que ya llego.

viernes, 2 de julio de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Final)


No se cuánto tiempo llevaba dormida, ni desde cuando estaba él allí mirándome, pero fue lo primero que vi cuando abrí los ojos. Estaba sentado en el suelo, frente a mi, con la espalda apoyada en un sillón. Una brisa fresca entra por la ventana del salón haciendo tintinear la cortina de abalorios que cuelga del techo. Durante unos interminables minutos no hacemos otra cosa más que mirarnos, sin pestañear apenas. Temo que si le pierdo de vista un instante, desaparecerá para siempre. Soy yo quien hace el primer movimiento. Sin apartar mis ojos de los suyos, me levanto del sofá para acercarme gateando hasta él y sentarme a horcajadas sobre sus piernas.



Intento adivinar que hay tras su mirada. Quisiera atravesar su retina hasta llegar al lugar donde esconde los pensamientos. Me parece ver asomar el miedo, un miedo irracional que compite con el deseo en una lucha feroz por hacerse con el control. Acaricio su pelo y muy despacio, acerco mis labios a los suyos. Intenta rechazarme, sin moverse, pero siento la rigidez en sus labios. Insisto. Acaricio su boca con la mía, besos ligeros, suaves, que son un roce apenas. Consigo controlar el deseo de violar su boca con mi lengua, de beber su saliva, de morder sus labios tibios hasta probar el sabor de su sangre caliente. Me contengo, asustada de pronto de mi misma. Su resistencia cede poco a poco. Sus manos, hasta ahora inmóviles empiezan a acariciar mi espalda, atrayéndome hacia él. Me besa. Y los dos damos rienda suelta al caudal de deseo acumulado. Nuestras bocas se buscan, se muerden, se succionan, las lenguas juguetean sin un instante de respiro.


– Quiero que toques para mi ese raro instrumento – le susurro al oído en un momento en que mi boca se libra de la suya. Me mira con gesto sorprendido. – Quiero que toques para mí, desnudo.


Y sin darle tiempo a reaccionar, empiezo a desabrocharle la camisa. Me demoro en su pecho sólo un momento, si le acaricio no podré contenerme. Nos levantamos los dos a un tiempo, y le quito el pantalón. No lleva ropa interior. Por el olor que desprende su piel debió darse una ducha al llegar a casa. No puedo evitar rozar con la punta de los dedos su pene casi erecto, rojo y brillante que parece querer llamar mi atención. Cojo esa calabaza con la que hace música y se la tiendo. Él se sienta en el suelo en la misma posición que el día que le espié por la ventana. Con la yema de los dedos empieza a desgranar una suave melodía.


Me aparto un poco de él y con los ojos cerrados empiezo a moverme al lento ritmo de la música. Imagino sus manos acariciándome y mis movimientos se vuelven más sensuales, me acaricio al tiempo que me voy desprendiendo de la ropa. Mis manos dibujan las curvas de mi cuerpo, se deslizan suavemente por las redondas lunas de mis pechos, deteniéndose un momento en los pezones que se yerguen altivos. Bajan las palmas por el centro hasta el ombligo y se abren en abanico para abarcar la amplitud de las caderas. Pasan por el pubis y los dedos juguetean con el pelo ensortijado que lo cubre.


Tomás ha dejado de tocar y me mira extasiado. Entre sus piernas, destaca su sexo, ahora sí, totalmente erecto. Deja a un lado la pequeña calabaza y se arrastra por el suelo hasta alcanzar mis pies. Sus manos reptan como serpientes por mis piernas, seguidas de su boca y de su lengua. Cuando sus dedos rozan mi sexo, abro las piernas adoptando una posición desafiante, en la que apenas aguanto unos minutos. Su lengua culebreando entre mis muslos, entrando y saliendo entre los labios, me hace temblar y desfallezco. Al darse cuenta, Tomás me sujeta mientras voy bajando al suelo hasta tumbarme. Hunde la cabeza entre mis piernas y me viene a la cabeza el pensamiento de que aquella vieja se salió con la suya y moriré en el preciso instante en que me corra.


Mientras mis piernas se abren en un ángulo casi imposible deseando que su boca acceda a los rincones más recónditos de mi sexo, lo que empezó como una suave brisa amenaza convertirse en viento huracanado que ha comenzado a soplar con fuerza.


Con una pirueta digna del mejor contorsionista me deshago de Tomás, le insto a que se tumbe de espaldas en el suelo y le monto, dejando que su sexo penetre totalmente en mi interior. Y el viento sigue silbando entre los árboles.


– Dime que me amas – he alzado la voz casi sin darme cuenta.



El miedo aflora a su ojos nuevamente. Cabalgo sobre él con ímpetu, me retuerzo para que sienta la carne caliente que envuelve su sexo.


– Dilo, dime que me amas. Confía en mi. Vamos, dime que me amas, fóllame y dime que me amas.

– Te amo – y su voz es un susurro ronco.

– Más fuerte, dilo más fuerte. Grita. Dime que me amas mientras te corres dentro de mi. ¡Grita! ¡Grita!

– Te amo, te amo, te amo…


Su voz va subiendo de tono, y el viento le acompaña. Silba sin parar, mientras nuestros cuerpo se mueven al unísono, intentando fundirse en uno solo.


Estamos a punto, en tan sólo unos segundos nos embargará el placer y caeremos exhaustos uno en brazos del otro, y como si nos hubiésemos puestos de acuerdo los dos gritamos a un tiempo.


– Te amo, te amo, te amo…


Es en ese momento cuando todas las ventanas de la casa se abren de par y en par y un remolino de tierra y hojas nos envuelve. Siento como un chorro de semen caliente se precipita en mi interior mezclándose con los juego que segrega mi sexo. El rugido del viento se asemeja al grito desgarrado de un amante celoso y despechado en el que nadie repara. Y vuelve a salir por las ventanas llevándose tras él lo que encuentra a su paso.


El aullido salvaje de Rufus precede al silencio.


Tomás y yo yacemos abrazados en el suelo.