Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

jueves, 19 de noviembre de 2009

Algo más que un adulterio


– Ese maldito golpeteo otra vez, así no hay quien duerma.

– ¿Qué te pasa, Antonia?

– ¿Que qué me pasa? ¿que qué me pasa? ¿no lo oyes? Lleva tres noches paseando arriba y abajo dándole al bastón, el viejo de las narices.

– Déjalo ya, mujer, y duérmete.

– Claro, como a ti no hay nada que te quite el sueño. Si no tenía bastante con tu sinfonía de ronquidos, me faltaba el toc, toc, del vecino de arriba.

– Oye, que yo no tengo la culpa de que tengas un sueño tan ligero, cuenta ovejitas, o tócame el pito un rato así no me duermo yo tampoco.

– ¡Los cojones!

– ¡Ah! Si te empeñas, por mi encantado.

– Vete a la mierda, Ramón.


Lo hace a propósito, lo se. Se está vengando porque hace cinco días que no subo. Si es que no se puede hacer una buena obra, no se cómo pude enredarme de esa forma. Aquél día cuando oí el golpetazo, tenía que haberme quedado quietecita en casa, pero me asusté, pensé que igual se había caído el pobre hombre y estaba tirado en el suelo sin que nadie acudiese en su ayuda. Y no me equivoqué mucho porque cuando me abrió la puerta iba cojeando el infeliz. No se había roto nada pero llevaba un buen moratón en la rodilla. No pensaba que pasara lo que pasó. Pero cuando empecé a curarle y no apartaba los ojos de la regata de mi escote, no se, me sentí atractiva otra vez, aunque fuese un viejo. Pero es que el viejo se conserva bien. Militar retirado, esos no trabajan mucho que se diga y luego bien jóvenes ya están jubilados. Sin hijos, sin problemas, así ya se puede vivir bien.


Y la gracia que tiene para camelar, el jodío. Que si estás muy guapa Antonia, que si seguro que aún te piropean por la calle, que si ya quisieran algunas con tetas de silicona tener una delantera como la tuya. Una no es de piedra y ya casi tenía olvidados esos requiebros. Me quitó años de encima, y kilos, y me subió el orgullo y las ganas de coquetear. Calle, calle, Don Matías, le decía sonrojándome, que una ya no está para esas cosas. Y él, erre que erre. Y una cosa trajo la otra, que si un roce, una caricia. Dale una alegría a este viejo, sácate una teta Antonia, que me gusta mirártelas. Y me subía el jersey, me bajaba el sostén y se la enseñaba. Me entraban ganas, sí, me entraban ganas de que me las tocara. Poquito a poco iba pidiéndome un poco más. Yo me bajaba a casa toda mojada y sofocada antes de que llegase Ramón del trabajo, y al día siguiente subía corriendo escaleras arriba.


Tiene autoridad el viejo, pero sin que se note. Después de las tetas, vino lo otro. Deja que te huela un poco, Antonia, que me gusta ese olor a hembra que desprendes. ¡Ay! cómo me ponía yo entonces, él me pasaba los dedos por la cosa y se los arrimaba a la nariz. Y yo no quería que quitase los dedos de allí, lo que quería es que los metiese dentro, él se daba cuenta, ya lo creo, y me dejaba con las ganas muchas veces ¡qué cabrón! Me fijaba en sus pantalones y dura, dura, no se le ponía, pero gorda, sí.


El día que me sacó el abrigo de pieles de su difunta mujer para que me lo probase ¡uf! tenía que haberle dicho que ni hablar cuando me pidió que me lo pusiera sin nada debajo y me dejó sola en la habitación. No se, yo creo que me volví loca. Me había dejado bien a la vista una medias de seda, de esas que ya no se encuentran por ahí, unos zapatos de tacón, un collar de perlas y el abrigo. De piel de zorro, nada más y nada menos… el muy canalla. ¡Qué suave! Cuando me miré en el espejo parecía la Marlen Dietrich. Me sentía tan sexy como esas de la tele. Me descontrolé. Ese día me comporté como una verdadera zorra, me moría de ganas por follar ¡qué vergüenza, Señor! El viejo se portó como un jabato, es un diablo con las manos y la lengua. Y tranquilo ¿eh? Sin prisas, casi me deja sin aliento, venga dale que te pego con la cabeza entre mis piernas. No como Ramón que pim, pam, pum, y a roncar, que ya no es lo que era, yo creo que lo hacemos por costumbre o porque de vez en cuando hay que dar salida al instinto, que si no… de qué. Y yo me empleé a fondo para ponérsela a tono, para luego cabalgarlo como un yegua salvaje. El viejo… ¡qué cabrón! que antes de morirse me regala las pieles, antes de que se las lleve alguna sobrina, mejor que las tenga yo. ¿Qué le iba a decir yo a Ramón si vengo a casa con eso? Ese día casi me pilla, en la ducha estaba cuando entré con el corazón en un puño. Que estaba de charla con la vecina, me inventé.


Se está vengando porque al día siguiente le dije que no podía subir más, si se entera Ramón me mata y últimamente lo encuentro muy raro, parece que anda siempre cavilando. No tengo ganas de líos, no estamos ya para estas cosas, Matías, le dije. Se enfurruñó un poco pero parecía que lo había tomado bien. Qué cándida eres, Antonia, me respondió, ándate con ojo con tu Ramón, que no es oro todo lo que reluce. ¡Anda! ¿y ahora? ¿qué quieres decir con eso? ¿no estarás celoso? No te enfades, mujer, no me hagas caso, manías de viejo. Si cambias de opinión ya sabes que te estaré esperando.


– ¡La madre que lo parió! Ya está otra vez… toc, toc, toc, toc.

– ¡Joder! Antonia, no me des esos sustos.

– Me voy a volver loca, así no hay forma de descansar. Yo le mato, le mato y le meto el bastón por el culo.

– ¡Qué bruta eres! No digas tonterías. En el botiquín puse unas pastillas para dormir, tómate una, o dos mejor.

– ¿Pastillas? ¿Desde cuándo tomas pastillas para dormir?

– No son mías, se las dejó Arturo en mi coche hace unos días, el compañero del curro que tenía depresión, y las subí a casa por si hacían falta.

– ¿Me harán efecto?

– Siiiiiiií, anda tómate dos y verás cómo te duermes.


– Antonia, el asunto es complicado. Confía en mí y cuéntame lo que pasó, soy tu abogado y tengo que saber la verdad.

Ya te lo he dicho, yo no maté a D. Matías ¿por qué iba a hacerlo? Esa noche me tomé dos pastillas para dormir y por la mañana me tuvo que llamar mi marido porque ni siquiera oí el despertador.

– En la casa hay huellas tuyas por todas partes, hasta algún que otro vello púbico han encontrado, y el ADN no miente.

– Sí, estuve allí otros días, te lo confesé, fue una locura, pero no le maté, dormí toda la noche.

– Tu marido dice que sobre las cuatro de la mañana se despertó y no estabas en la cama, pero pensó que te habías levantado al baño.

– ¡Díos mío! ¿ha dicho eso? no recuerdo haberme levantado.

– Y luego está lo de que ibas a matarle y meterle el bastón por el culo.

– ¿También te lo ha contado? Pero… pero… son cosas que se dicen pero nunca se hacen. Estaba nerviosa, no me dejaba dormir con sus paseos.

– Sí, Antonia, pero es que el viejo tenía el bastón metido por el culo.

– ¿Crees que soy capaz de matar a alguien porque no me deja dormir? ¿Eh? ¿Qué motivos tenía yo para matar a ese pobre viejo?

– Tranquilízate, quizá tuviste miedo de que se lo contase a Ramón, no se, igual lo hiciste bajo los efectos de esas pastillas.

– Esas pastillas me dejaron grogui.

– Mira, te voy a ser sincero, creo que deberíamos estudiar el declararte culpable y conseguir algún trato con el fiscal. Dentro de unos días te traigo la propuesta y hablamos.


– ¿Cómo estás Ramón? Lo siento, lo siento mucho, se me cae la cara de vergüenza, no se lo que me pasó, perdóname por favor. Insúltame, dime lo que quieras, pero perdóname.

– No hablemos ahora de eso, mujer, lo importante es que te pongas bien.

– ¿Qué me ponga bien? ¿Qué quieres decir?

– Pues no se, yo creo que quizá perdiste la cabeza, llevabas tres días sin dormir, los nervios por… bueno… por tus visitas a su casa, igual las pastillas te hicieron alguna reacción.

– ¿También tú crees que yo le maté? ¿Me ves capaz de hacer daño a alguien?

– Tampoco te creía capaz de comportarte como una puta, que disfruta follando con un viejo baboso… y mira. Deberías haber sido más cuidadosa, ni siquiera cambiaste las sábanas de la cama, aún olían al perfume ese que usas.

– ¿Cómo lo sabes?... cabrón. Eres un asesino, hijo de puta, te voy a matar, cabrón.

– Guardías, guardías por favor, no se lo que le pasa a mi mujer, se ha vuelto loca, llamen a un médico… ¡rápido! Necesita un tranquilizante.


Ahí va, cogido del brazo de su amante. Ha venido a verme sólo para joderme, se ha asegurado bien de que me encierren por una larga temporada. No es oro todo lo que reluce, qué razón tenías Matías. Y lo que más me jode es ver a esa zorra con tu abrigo.





El reloj (AUTOR: EDU)


Sabía que aquello sería mi perdición, y sin embargo… acepté el trato que me proponía el viejo anticuario, dueño de una pequeña tienda , al final de la calle Misterio, repleta de los objetos más antiguos y extraños que jamás se hayan visto. A mí me gustaba husmear, de vez en cuando, entre los trastos llenos de polvo y los viejos libros de páginas amarillentas, por eso acudí allí a ver si podía convencerle para que me comprase mi reluciente y apreciada armónica.


Tenía que haberme negado a cambiársela por este antiguo reloj y eso es lo que pensaba hacer siguiendo los consejos de una voz interior que parecía avisarme del peligro, pero mi cuerpo no me obedecía y mis ojos seguían el vaivén del reloj que se balanceaba ante ellos. Pero será mejor que empiece a contar mi historia por el principio, como debe ser.


Se acercaba el día de mi cumpleaños y esta vez mi madre se había negado a celebrarlo invitando a mis amigos, como castigo por mi mal comportamiento. Estaba enfadada conmigo por lo que todas las madres se enfadan: no estudiaba lo suficiente, no me esforzaba demasiado en hacer los trabajos del instituto, sólo pensaba en salir con mis amigos, y para acabarlo de arreglar me había metido en una pelea con un compañero de clase, a pesar de que ella me repetía constantemente que a golpes no es como se arreglan las diferencias.


Aprovechando que no iba a tener fiesta con los amigos, pensé en invitar a una chica que me gustaba, a cenar en un burguer o en una pizzería, ya veríamos qué me inventaba para poder salir una noche. Pero el mayor problema lo tenía con el dinero, si me ponían boca abajo no caía ni un céntimo, y en la hucha sólo había un par de telarañas. De pronto tuve una idea brillante: vendería mi armónica. Seguro que por ella me daban algo de “pasta”, era de nácar rojo y a pesar de que hacía varios años que me la habían regalado, parecía nueva.


Me acordé del viejo anticuario y una tarde entré en la tienda a ofrecérsela. Él con una sonrisa maliciosa me dijo que iba a enseñarme algo que me gustaría, y apareció con aquel reloj danzando ante mis ojos. No pude resistirme y lo cogí a cambio de mi preciosa y querida armónica.


Ahí empezó mi desgracia. Cuando llegué a casa, subí a mi habitación maldiciéndome por la tontería que acababa de hacer. Me senté en mi cama y saqué el reloj de su caja. Era de esos antiguos con cadena y una tapa que se abre al apretar un pequeño botón. Cuando lo abrí noté que le ocurría algo extraño y entonces me di cuenta de que las agujas se movían al revés, iban hacia atrás en lugar de ir adelante y corrían demasiado rápido. Maldije al viejo que me había engañado obligándome a coger aquel trasto que además no funcionaba bien. Enfadado lo tiré en un cajón del escritorio.


En los días siguientes empecé a notar en mí extraños cambios: la ropa comenzaba a quedarme demasiado grande, se me caían los pantalones y los que antes me llegaban por la rodilla empezaron a taparla por completo, la mochila del colegio me pesaba cada día más y me parecía que estaba creciendo, me costaba subirme a la bicicleta y tuve que mover el sillín para poder llegar a los pedales, cuando me sentaba a comer notaba que cada día me quedaba más bajito y me costaba llegar al plato…


Así se fueron sucediendo estos extraños cambios día tras día. Ya se me han caído algunos dientes y creo que he empezado a pensar y actuar como un niño pequeño. Estoy muerto de miedo porque se que es ese maldito reloj el que ha dado marcha atrás a mi vida y no se lo que pasará cuando sea un bebé y vuelva a la barriga de mi madre, y después me convierta en un óvulo y… dejaré de existir.


Por las noches no puedo dormir pensando en cómo me levantaré al día siguiente y me ha dado por rezar para que todo esto sea sólo una pesadilla. Ayer fui hasta la calle Misterio dispuesto a rogarle a aquel hombre que me ayudase, le devolvería el reloj y ya nunca más volveré a hacer nada a escondidas de mi madre, pero la tienda de antigüedades había desaparecido, parecía que se la había tragado la tierra. Pregunté por ella a una mujer que venía de hacer la compra y me miró extrañada: “Esa tienda hace muchos años que se cerró, estaba ahí, donde está el videoclub”.


Y lo más extraño de todo es que nadie parece darse cuenta de lo que me pasa y me tratan como siempre, incluso mi madre hace unos días cuando salí de mi habitación con una camiseta que me llegaba a los pies me miró un momento y me dijo “Vaya estirón que has dado, tendré que comprarte ropa nueva, esa camiseta se te ha quedado pequeña”.


Quizá todo sea fruto de mi imaginación. O no.


(Este es un cuento que escribió mi "cachorro" para un trabajo del instituto, con algunas corrección de mamá)




martes, 17 de noviembre de 2009

Chica lista



ENCONTRAD UNA CURA...
ANTES DE QUE ME CREZCAN LAS TETAS

(En algún lugar de la red)

lunes, 9 de noviembre de 2009

Y si amanece por fin (Joaquin Sabina)

Siempre, siempre amanece... aunque a veces duela.







Feliz semana.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Hasta el fin del amor



Estaba navegando por youtube, sólo por pasar el tiempo antes de irme a dormir, y me encontré con un vídeo de Leonard Cohen, la canción es la archiconocida "Dance me to the end of love", pero no había visto antes esas imágenes. De hecho, no puedo insertarlo porque está desactivada esa opción, pero sí puedo poner el enlace. Esas parejas ancianas bailando con su foto de juventud al fondo me han recordado a mi padre, sobre todo aquellas en las que uno de ellos ya no está. Tenía que ser hoy.
Algún día seguirán bailando los pasodobles que tanto le gustaban, porque para ellos el amor no tiene fin.
Buenas noches, papá.

sábado, 31 de octubre de 2009

PERFECTA

Hasta ayer formaba parte de esa gran mayoría que piensa que la perfección no existe. Afortunadamente soy capaz de rectificar ante los errores y hoy, por fin, he descubierto que estaba equivocada: SOY PERFECTA.

No, si la modestia se encontrase entre mis ¿virtudes? dejaría de ser perfecta.








Buen fin de semana.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Hombres al natural (AUTORA: MARÍA SANZ)



HOMBRES AL NATURAL

(Poema de MARÍA SANZ)


Son seres grises,
inequívocamente masculinos,
que lo mismo me envían
algún ramo de rosas
con cuatro plenilunios de retraso,
que intentan sorprenderme
al llegar en su lata
(léase coche) último modelo
donde se sienten mágicos.

Seres brillantes,
portadores de un agua de colonia
que anuncia su presencia
con cuatro primaveras de adelanto;
hombres al natural, de calle y riesgo,
que buscan evadirse
llevándome a cenar. Puedo ingerirlos
antes de que caduquen,
pero se me indigestan
media hora después, y no merece
la pena estropear esa velada.

Madre Naturaleza,
los pones a mi alcance, y agradezco
tus sabias intenciones.
Pero yo siempre he sido
inequívocamente femenina,
y declaro ante ti que cada vez
es mayor la distancia que nos une.


viernes, 23 de octubre de 2009

Bricolaje



Si hay algo que me provoque una cochina y malsana envidia hacia mis congéneres femeninas, es que tengan en casa a un manitas. Sí, un manitas, ese tipo de hombre que igual te arregla un roto que un descosido: el grifo que gotea, la lámpara que no funciona, la cortina que se cae, una puerta que chirría, y una serie indeterminada de pequeñas averías que van surgiendo en el hogar, debido sobre todo al uso y al paso del tiempo, ese tiempo que, como en las personas, hace verdaderos estragos en las casas.

Ya se que muchas mujeres defenderán el que somos tan autosuficientes que no necesitamos de nadie que venga a arreglarnos los estropicios, que podemos hacerlo igual de bien que ellos. Lo se, entre otras cosas porque no me queda otro remedio. Pero digo yo, que para una cosa que histórica y tradicionalmente les corresponde hacer a los varones ¿también vamos a cargar nosotras con esa responsabilidad? Me niego. O al menos tengo derecho al pataleo. El caso es que si estuviese en el trance de decidir el comenzar a convivir con alguien, en mi caso alguien del sexo opuesto, le haría antes pasar un prueba de aptitud al bricolaje.

Ante la aptitud de negación del hombre de la casa a efectuar los trabajos de reparación necesarios, no nos queda otra alternativa que hacerlo nosotras o encargar la faena a un profesional del ramo, a cambio, claro está, de que te cueste un riñón y parte del otro. Y eso ahora que estamos en crisis, que hace unos años te ponían en lista de espera como si tuviesen que operarte de una hernia. Me jode pagar por estas cosas, sobre todo si pienso que esa pasta me iría al pelo para: ir a la peluquería (nunca mejor dicho), comprarme unos zapatos, darme un homenaje en un spa, o surtir al enano de pantalones, que no para de crecer el muy cabrito.

También podemos hacer como la del chiste.

– Cariño, tienes que cambiar el grifo de la cocina que gotea.

El hombre, que acaba de llegar del trabajo y va directo al sofá con su bote de cerveza en la mano, le dice muy serio:

– ¿Tengo yo cara de fontanero?

A los pocos días, cuando llega a casa se cruza en la puerta con un hombre ataviado con un mono azul.

– ¿Quién era ese? – le pregunta a la mujer.

– El vecino de arriba que ha venido a cambiar el grifo.

– ¿Si? ¿Cuánto te ha cobrado?

– Me ha dicho que podía hacerle un pastel o acostarme con él.

– ¿De qué le has hecho el pastel?

– ¿Tengo yo cara de pastelera?

Donde las dan las toman. Desgraciadamente también tengo un grifo que gotea y lo que es peor, no tengo un vecino de buen ver para que venga a arreglarlo.

Ante tan desesperada situación, ni corta ni perezosa, decidí ir a Leroy Merlín, en busca del dichoso grifo, y de paso a por unas bisagras para cambiar las de los armarios de la cocina, que se caen a trozos, y algo para arreglar los cajones que también se caen.

Esos sitios me hacen sentir una ignorante. ¿Cómo pueden existir tantas clases de clavos? ¿Y tornillos, tuercas, llaves, perfiles, ruedas, bisagras? ¡Qué se yo! Para un amante del bricolaje aquello debe ser el mismísimo paraíso, pero para una neófita como yo, es un laberinto. Y para más INRI, ves a todo el mundo con su libreta de notas, su bolígrafo, y el metro. ¡Claro, estúpida! Me dije dándome una palmada en plena frente ¿cómo puedes olvidarte de traer el metro? Y ahora ¿cómo se yo el diámetro que tiene que tener el agujero donde pongo la bisagra? y si la puerta tiene que abrir 90º, y si va sobre el armario o al lado o dentro... para volverse loca.

Al final, pillé el primer grifo que me pareció que podía servir, las bisagras que más se parecían a las viejas, para puertas que van sobre el armario y abren 90º, menos mal que recordaba eso. Me hice con un maletín precioso con más de 40 clases de clavos, tornillas, tuercas, arandelas, enganches, alcayatas, de todos los tamaños y formas… una gozada. Y una masilla para tapar los agujeros.

Ahora me falta ponerme manos a la obra: ligar a un manitas que me ponga, aunque sea un poquito.

jueves, 22 de octubre de 2009

¿Diga?


Todos los días lo mismo. A las doce y diecisiete minutos suena el teléfono. Ya lleva un mes así sin faltar una sola noche. Ella ya no sabe si se siente molesta, irritada, acosada o ha empezado a gustarle. A las doce en punto se sienta en el sillón y mira fijamente el aparato. Cada minuto que pasa se le va acelerando el corazón y le palpita el sexo. Al principio pensó en denunciarle, ahora ni se le pasa por la cabeza. Su vida ha empezado a girar alrededor de esas llamadas, la aterroriza pensar que alguien pueda llamarla un minuto antes y él se encuentre el teléfono ocupado, ya no sale de noche, y si lo hace siempre está de vuelta antes de las doce, como la cenicienta. Ni se te ocurra irte de vacaciones, le dijo hace dos días, si una noche no contestas al teléfono, jamás te volveré a llamar. Y esa es la peor amenaza, la más terrible. Porque está enganchada a su voz, a la forma en que la obliga a tocarse, a la autoridad con que le ordena meterse cosas o pellizcarse, al tono aterciopelado con que la insta a decirle lo que siente, a que gima y grite cuando llega al orgasmo. Si la insultase o le dijese que iba a matarla o a hacerle mil porquerías, le mandaría a tomar por el culo, además de ir a la policía y no volver a coger el teléfono. Pero él sabe cómo excitarla, está atrapada. ¿Qué haré si algún día se cansa de mí, si ya no le divierto? No quiere ni pensar en ello. Intenta convencerse de que él también necesita esas llamadas. No, no quiere conocerle, sólo que siga llamando cada noche. Las doce y diecisiete. Suena el teléfono. Descuelga y conecta el manos libres. Le cosquillea el sexo ¿Diga?.

lunes, 19 de octubre de 2009

Ufffffffff!!!!!




Y este...


Y éste también...



¡Ay! (suspiro)

domingo, 18 de octubre de 2009

Difícil decisión

Que voy a hacerme otro tatuaje lo tengo claro. La duda está en el qué y el dónde. Me muevo entre la nuca y el pie. Después de horas de búsqueda he encontrado algunos que no me disgustan, pero no es cuestión de precipitarse, esto de tatuarse es más duradero que un matrimonio, así que lo tomaré con calma. Del que llevo, va a hacer lo menos siete años, aún no me he cansado, todo lo contrario, estoy encantada. A ver si acierto de nuevo.







Creo que por hoy ya tengo bastante, segura estoy que soñaré con dragones, calaveras, flores, mariposas, hadas, duendes, perros, leones, caballos, lagartos, dragones, indios, plumas, cristos, corazones, estrellas, letras chinas... me da vueltas la cabeza.




Felices sueños y buen fin de semana.

lunes, 12 de octubre de 2009

Sorolla: Visión de España.


Estoy segura de que habrá muy pocos lectores que a estas alturas no hayan oído hablar de la exposición de esos lienzos gigantescos que componen "Visión de España", y que están nuevamente en Valencia, hasta el próximo mes de Enero.


Anteriormente, por distintas razones, no pude ir a verla. Pero esta vez me dije que no podía perdérmerla, era la última oportunidad. Así que el domingo pasado me levanté temprano y me acerqué a la ciudad. Me acompañaban mi hija y una amiga. Había hecho la reserva por internet pensando en las largas colas de las que oía hablar por televisión. Y haberlas, hailas, pero no a esas horas tan tempranas. Eran las nueve y media de la mañana cuando dejé el coche en un parking cercano y me fui andando hasta el edificio de la Obra Social de Bancaja. Me gustan las ciudades en esas horas en que parecen desiertas, y sobre todo en mañanas de domingo soleadas, las grandes avenidas casi vacías de tráfico rodado. A esas horas el sonido es distinto, se respira tranquilidad.


Entramos nada más llegar, sin esperas. Nos armamos de las correspondientes PDA's y sus auriculares, un nuevo método en sustitución de la visita guiada, y nos adentramos en las salas en penumbra.


No entiendo nada de pintura, ni es el cometido de este post hacer una crítica de los cuadros expuestos, pretendo tan sólo transmitir la sensación que me produjo esta obra. Espectaculares, pienso que es el adjetivo que mejor describe los cuadros que forman esta colección, y como no, dotados de ese colorido y esa luz en la que Sorolla era especialista y cuya diversidad queda muy bien reflejada en los distintos paneles dependiendo de la región que se trate.


Me quedé admirada, pero ninguno de ellos me emocionó, seguramente porque no están pintados para emocionar, si no para representar las características, tópicos en su mayoría, de las distintas regiones que quiso plasmar en sus lienzos. No acabé de entender por qué faltan algunas, es el caso de Asturias, Baleares o Canarias, y otras están representadas varias veces, como Andalucia.


Aunque el motivo principal de la exposición son los lienzos de "Visión de España", también se incluyen otros, tanto de la colección de Bancaja como de los fondos de la Hispanic Society of America. Entre ellos, uno me gustó especialmente: Triste Herencia. Y digo me gustó porque sentí al mirarlo que me transmitía un sentimiento. Los cuerpos de los niños enfermos, delgados y blanquísimos, con ese color de piel de aquellos que viven recluidos sin posibilidad de gozar de la luz y el aire, la oscuridad del mar, tan distinto a como Sorolla suele pintarlo. El espectador percibe al contemplarlo la tristeza que emana el conjunto.





En resumen, que vale la pena acercarse para verlo. Por mi parte, volveré el próximo domingo en compañía de mi hijo que parece que, en contra de lo que pensé en un principio por la poca predisposición de los "catorceañeros" a los eventos de este tipo, le "molaría" verla. Por una vez me alegra haberme equivocado en mi prematuro juicio sobre el gusto del "enano".




Apariencias



– Me marcho.


Miraba al techo o a las volutas de humo que despedían los cigarrillos post-coito que fumábamos, tumbados sobre la cama de su habitación juvenil, apurando el poco tiempo de que disponíamos antes de que llegasen sus padres.


– Me marcho.


Recordé la cantinela de mi madre: “si quieres conquistar a un hombre nunca demuestres que te interesa, aparenta indiferencia, que no piense que te tiene en el bote, no se lo pongas fácil”. Y ahogué en saliva las palabras que tenía prendidas en la punta de la lengua, una tras otra, en fila india.


Cuando quise arrepentirme ya era tarde. Nos vestimos con prisa antes de que nos pillasen infragantis. Pensé que no lo haría, que lo pensaría mejor, y si persistía en esa idea no tomaría una decisión sin decírmelo otra vez. Me equivoqué. Partió sin darme otra oportunidad. Y no le culpo, aunque entonces cayeron sobre él mil maldiciones.


Y luego, se me fue la vida en apariencias. Aparenté indiferencia, y algo más tarde: amor, felicidad, orgasmos, aparenté normalidad, ignorancia, inocencia… y lo hice de forma tan perfecta que hasta yo misma llegué a creer que no eran apariencias.


Ha vuelto.


Hoy, de camino a casa, le vi en el parque. Llevaba de la mano a una pequeña que le llamaba abuelo. Apenas me miró pendiente como iba de la niña. En un momento me volvieron a subir por la garganta las palabras que yo creía ahogadas: y yo contigo, no importa donde vayas.


Nos cruzamos por el estrecho sendero que pasa junto al árbol, donde aún permanecen grabados nuestros nombres, dentro de un corazón con un flecha torcida traspasándolo. Viéndole venir pensé en pararme, que me alegro de verte, ¿no te acuerdas de mi? ¿y cómo estamos?, qué sorpresa, no esperaba encontrarte, y esta niña tan guapa ¿es tu nieta?...


Y al pasar por su lado aparenté tan sólo una fría indiferencia.

viernes, 9 de octubre de 2009

De nuevo, la vida (Final)


Esta mañana, mientras nos dirigíamos a la casa, no dejaba de pensar en el extraño sueño de anoche, en el que Dolores y yo manteníamos una lucha intensa y silenciosa, intercambiando sentimientos. A ratos conseguía anteponer mis razonamientos a las sensaciones que me azotaban provocadas probablemente por ella, sin embargo fueron muchos los momentos en que consiguió meterse en mi piel y hacer míos sus pensamientos. Me desperté agotada y sudorosa, como si hubiese pasado la noche en una dura batalla, pero me pareció que mi lucha no había sido en vano y que había empezado a liberarme de su influencia. Al menos esa era mi esperanza.

Después de un baño reparador y un buen desayuno disfrutando del frescor matinal en el jardín del hotel, salimos en dirección a la casa de Paul, no sin antes dejar preparadas las maletas, ya que nuestra intención era marcharnos esa misma tarde.

Él nos estaba esperando sentado en el cenador en el que nos vimos por primera vez. Parecía tranquilo y relajado mientras observaba a Igor que estaba de pie pintando. Al vernos, Paul se levantó y se acercó a saludarnos.

– Buenos días, por su aspecto parece que se encuentra mejor, Eugenia.

– Sí, gracias, estaba un poco cansada, eso es todo.

– ¿Nos quedamos aquí sentados o prefieren que pasemos dentro?

– Aquí está bien – dice Mari Cruz mientras toma asiento en el cenador.

Igor se acerca a nosotros quitándose una vieja camiseta manchada de pintura que lleva encima de otra limpia, nos da tres besos y toma asiento al lado de Paul. Por un momento todos guardamos silencio. Siento la mirada de los dos hombres pendiente de mí, y me decido por fin a hablar.

– Paul, ¿cree que es conveniente que Igor oiga lo que tengo que decirle?

– Puede estar tranquila, ayer estuvimos hablando, ya sabe que Dolores murió en el accidente. La escucho.

– Esta bien. Tengo que confesarle que no fue el reportaje lo que me trajo hasta usted, vamos a publicarlo, por supuesto, pero eso era tan sólo una tapadera para conocerle…

– Estaba seguro de que me ocultaba algo, llamé a su revista y efectivamente me confirmaron lo del reportaje, pero no acababa de convencerme.

– Verá, vine aquí por Dolores. Se que le parecerá extraño pero fue ella la que me trajo hasta aquí.

La expresión de su rostro era de sorpresa e incredulidad.

– Paul, te dije que conocía a Dolores, me lo contó cuando vino a verme.

– No, Igor, te mentí, lo siento, no quería hacerlo. No conocí a Dolores, en realidad no sabía nada de ella hasta que…

– ¿Qué? Hable de una vez.

– Hasta que me pusieron su corazón.

– ¿Cómo? ¿qué está diciendo?

– Soy la persona que recibió el corazón de Dolores. La operación se realizó a la mañana siguiente de su muerte.

– ¿Cómo puede estar tan segura? ¿Quién se lo ha dicho? La identidad del donante es secreta, jamás se desvela la procedencia de los órganos trasplantados.

– Nadie me lo dijo, Paul. Me resulta muy difícil contarle esto, y posiblemente no pueda convencerle de que lo que digo es cierto, pero a raíz de esa operación empezaron a ocurrirme cosas muy extrañas.

– ¿Qué cosas? ¿qué le ocurrió?

– Tenía sueños en los que aparecían usted e Igor. Empecé a cantar en francés, cambió mi forma de hablar, usted mismo se dio cuenta de que lo hago como ella. Viví aquella noche de viento y lluvia, conduje su coche y sentí como caía por ese horrible precipicio. Viví una verdadera pesadilla hasta que empecé a investigar y decidí venir a verle. Tenía que descubrir que ocurrió realmente aquella noche o no podría vivir en paz. Ahora se que eso era lo que Dolores quería que hiciese y que no pararía hasta conseguirlo.

– No se qué decir, nunca he creído en esas cosas sobrenaturales y no acabo de comprender los motivos que podría tener Dolores para hacerla venir aquí.

– ¿Está seguro? ¿No tuvo nada que ver con su muerte? No quiero decir que usted mismo la despeñase, pero quizá fue el detonante de la tragedia de aquella noche.

– ¿Qué está intentando decirme? Claro que no tuve nada que ver, amaba a mi mujer, pero en los últimos años había perdido totalmente la razón, tomaba tranquilizantes y bebía, se imaginaba cosas, estaba empezando a volverme loco… usted no sabe de eso, no sabe del infierno que viví, y se atreve a venir a mi casa a acusarme de su muerte. Está loca.

– Créame que tengo motivos para dudar de usted. Encontré notas de Dolores, de su puño y letra, en las que cuenta cosas terribles sobre usted. Sabía de su… relación con Igor, y eso le hizo mucho daño. Se que se apropió de las obras de Igor haciéndolas pasar por suyas, y le confieso que ver ayer sus cuadros me sorprendió y tiró por tierra muchas de mis conclusiones. Pero esos papeles de Dolores son tajantes, en ellos cuenta como apareció aquí con Igor, lo oscuro de su procedencia, la tarde que les sorprendió en la habitación… no se si es conveniente que él siga aquí, no quisiera hacerle daño, es el único inocente de esta historia.

– Espere, espere, Eugenia ¿de qué relación habla? ¿a qué tarde se refiere?

– ¿Tengo que explicárselo?

– Sí, se lo exijo, no puedo responderle a algo que no entiendo.

– Dolores le sorprendió manteniendo relaciones sexuales con… Igor.

– ¿Qué? ¿se ha vuelto loca? ¿qué clase de persona cree que soy? Igor es mi hijo.

Ahora soy yo quien se sorprende. No estoy segura de haberle entendido bien ¿su hijo? ¿cómo que su hijo? Una inmensa rabia empieza a crecerme por dentro. Algo me empuja a gritarle que miente, que es un maldito cabrón mentiroso, que no va a convencerme. Hago un tremendo esfuerzo para controlar lo que sea que intenta manipularme. Basta, grito interiormente, basta. La voz de Paul me saca de golpe de esa especie de ensueño.

– Eugenia ¿me oye?

Mari Cruz me dirige una mirada inquieta, coge mi mano con fuerza mientras susurra a mi oído: Eugenia, estoy aquí contigo, no me asustes por Díos.

– Perdone, Paul, lo siento ¿qué decía?

– Escúcheme atentamente, por favor, le juro que no miento. Igor es mi hijo, aunque yo no lo supe hasta hace unos años. Verá, cuando empecé a estudiar Bellas Artes en contra de los deseos de mi padre, tuve que irme de casa, y me refugié en la de una hermana de mi madre, soltera, que vivía en una vieja casona cerca de Paris. En el último año de carrera conocí a Estela, era una chica preciosa, de padre español y madre rusa, que vino a París tras serle concedida una beca por un año. Nos enamoramos, y pronto se vino a vivir conmigo y con mi tía. Fueron unos meses maravillosos en los que por primera vez en mi vida me sentía completamente feliz. Cuando terminó el curso ella volvió a Rusia, no sin antes prometernos que nos escribiríamos y que volvería tan pronto lograse convencer a sus padres y ahorrar algo de dinero. Entonces yo tampoco estaba en posición de ayudarla económicamente pues tenía que desempeñar trabajos de todo tipo para costear mis estudios. Durante unos meses la correspondencia entre nosotros fue fluida, hasta que un buen día dejé de recibir sus cartas. Yo seguí todavía escribiéndole pero sin obtener respuesta. Pasó el tiempo y pronto empezó a despuntar mi carrera. Trabajé mucho y muy duro dedicándome de lleno a mi trabajo. Después llegó Dolores. No niego que de vez en cuando me acordaba de Estela y de aquellos años en París, pero amaba a mi esposa y era muy feliz con ella.

Una noche en que Dolores y yo acudíamos a una cena de etiqueta, estábamos ya en el coche cuando ella me pidió que subiese a su habitación en busca de un abrigo pues parecía que iba a hacer algo de frío. En un rincón del armario, en el suelo, encontré un sobre doblado, que seguramente habría caído del bolsillo de alguno de sus abrigos. Me pudo la curiosidad y decidí mirar a quien iba dirigido. El corazón me dio un vuelco cuando descubrí la letra de Estela. El matasellos estaba fechado un año antes, aproximadamente y la dirección a la que se había remitido era la de la vieja casona de mi tía, que recibí en herencia al morir ella y a la que hacía años que no iba. Recordé entonces que la última que había pasado por allí había sido Dolores para recoger un antiguo jarrón que ahora adornaba su habitación. Del interior del sobre extraje una carta.

En ella, Estela me pedía perdón por no haber cumplido su promesa, obligada por circunstancias adversas tanto familiares como políticas. Me hacía saber de la existencia de Igor, fruto de nuestra relación, y después de informarme sobre la enfermedad que padecía y cuyo fatal desenlace no se iba a hacer esperar, me imploraba fervientemente que me hiciese cargo de nuestro hijo, aquejado de una enfermedad mental que no le impedía sin embargo el que pudiera destacar como pintor. Era una carta extensa llena de intimidades, de alusiones, recuerdos. Una carta que revelaba un intenso amor por su hijo y la enorme preocupación que sentía por su futuro, una vez ella no estuviese para ocuparse de él.

Observé a Igor, cuyos ojos estaban anegados en lágrimas. Y otra vez parecía despertarse la fiera que me revolvía las tripas y cuya voz, llena de rabia, resonaba en mi cabeza: “¡Mentiroso! No tienes derecho, no puedes hacerme eso. No puedes tener un hijo. No quiero. ¡Cerdo! Querías follar con él. Me prefirió a mí, a mí, a mí…” ¡Basta!

– Continúe, Paul, por favor.

– Aquella noche, cuando volvimos a casa, le pregunté a Dolores por la carta. Fue la primera gran pelea que tuvimos en todos los años que llevábamos casados. Parecía que se había vuelto loca. Intenté tranquilizarla, ella sabía de mi relación con Estela, yo mismo se lo había contado, era un amor de juventud, mi primer amor, pero ahora era a ella a quien amaba. Pero no era lo de Estela lo que la exaltaba de esa forma, era el hecho de que yo tuviese un hijo. Ese siempre había sido su sueño, nuestro sueño, y no habíamos podido conseguirlo. Creo que en su interior pensaba que era yo el culpable de esa imposibilidad para engendrar un hijo, a pesar de que las pruebas a las que nos habíamos sometido no encontraban anomalías en ninguno de los dos. Quizá todo se debía a que no éramos compatibles. Durante un tiempo insistí para que adoptásemos, si tanto necesitaba un hijo, pero se negó, quería que fuese nuestro. Y como eso parecía que no podía realizarse, prefería no tenerlo. Cuando le dije que iba a Rusia para intentar averiguar lo que había sido de ella y de mi hijo, intentó suicidarse. Afortunadamente llegué a tiempo de impedirlo y la llevé al hospital donde le hicieron un lavado de estómago. Se había tomado un frasco entero de tranquilizantes. Pero no desistí de mi decisión, la dejé al cuidado de Eloïse que no se movió de su lado mientras estuve fuera, y regresé trayendo a Igor conmigo. Por desgracia, Estela había fallecido unos meses antes, y el muchacho deambulaba por las calles vendiendo sus cuadros a cambio de comida. Vivía aún en un pequeño piso que su madre tenía alquilado, y que había dejado pagado durante un año.

– ¿Qué pasó a su regreso?

– Al principio volvió a sufrir una fuerte crisis, pero luego pareció que por fin lo aceptaba y pasamos un tiempo tranquilos. Es muy difícil, casi imposible, no querer a Igor, es como un niño, un niño necesitado de cariño. Aquí se siente protegido.

– ¿Por qué firmó sus cuadros?

– ¿Por qué? Eso es de lo único que me arrepiento. Fue idea de Dolores, jamás debí aceptar, no se cómo me convenció. Cuando me di cuenta de que Igor tenía mucho talento, me sentí dichoso y muy orgulloso de él, quería darle a conocer al mundo, que todos supieran que era mi hijo. Ella no quiso ni oír hablar de eso, me amenazó con marcharse para siempre o matarse, le daba lo mismo, me recordó de una forma cruel la mala etapa profesional por la que estaba pasando. No, no se cómo lo hizo, era muy persuasiva cuando se lo proponía. No intento disculparme, debí negarme tajantemente, pero una vez firmé el primer cuadro ya no había marcha atrás.

– ¿Qué me dice del internamiento de Igor? ¿Por qué le llevó a esa clínica?

– Lo hice para protegerle.

– ¿A Igor? ¿de quién?

– De ella, intentó matarle.

– No puedo creerle, no haría algo así. Le quería, lo pone en sus notas.

– No se lo que cuenta en esas notas, ni se por qué las escribió. Sólo se me ocurre pensar que lo hizo pensando en culpabilizarme de lo que planeaba, o que su misma locura le hacía creer lo que ella misma inventaba.

– Cuénteme qué pasó.

– Espere, será mejor que vea lo que tengo que enseñarle. Pasemos a mi despacho, por favor. Igor ¿te importa esperarnos aquí?

El muchacho hizo un gesto de asentimiento, se levantó y se acercó al lienzo en el que estaba trabajando cuando llegamos. Mari Cruz y yo seguimos a Paul al interior de la casa. Una vez en su despacho y después de acomodarnos en sendas butacas, abrió un pequeño cajón de su escritorio cerrado con llave, extrajo una cinta de video y la insertó en el reproductor. Encendió la televisión que ocupaba un hueco de la estantería y se sentó en el sillón. En la película se veía a Dolores sentada en una silla posando para el cuadro que Igor estaba pintando. Al cabo de unos diez minutos ella se levantaba y se acercaba lentamente a él con una clara actitud provocadora. Sin mediar palabra dejaba caer al suelo el sencillo vestido marrón que la cubría, quedándose completamente desnuda. A Igor se le veía visiblemente nervioso y asustado.

– ¿Te gustó? ¿Has estado con una mujer alguna vez?

Él reculaba y bajaba la mirada.

– Ven aquí, mírame. Deja de comportarte como un estúpido, quieres follarme ¿a qué sí? Si haces lo que te digo, nadie se va a enterar, nadie, nadie, te lo prometo. Pero si no me obedeces, si no lo haces – y su voz iba adquiriendo un tono amenazante – le contaré a Paul que has intentado violarme, y te echará de aquí a patadas… hum…. Pobrecito ¿qué harías tú solo y abandonado? ¿eh? ¿dime? Acabarías con tus huesos en un manicomio y eres tan guapo que todos los locos babosos acabarían dándote por el culo. ¡Deja de llorar! Me pones enferma. Vamos, vamos, no llores, yo te quiero, te quiero mucho y esto te va a gustar, ya lo verás tontín.

Mientras hablaba había empezado a desnudarle. La mirada de Igor dolía, era la de un niño implorante y temeroso, la hermosura de su cuerpo dejaba sin respiración.

Dolores se había agachado para bajarle los pantalones y miraba con lascivia el bulto que se marcaba bajo su ropa interior. Cuando acabó de desnudarle se arrodilló ante él y empezó a manosearle.

– Seguro que te tocas cuando estás solo. ¿Has follado alguna vez? ¡contesta!

Igor asintió en silencio.

– Yo te enseñaré a gozar con una mujer de verdad. Te gustará, sí, me desearás, me querrás con todo tu alma, más que a él, me querrás sólo a mí, sólo a mí.

Durante más de media hora la película mostraba a Dolores en plena lujuria sexual. Igor obedecía sus instrucciones sin rechistar, pero saltaba a la vista que aunque físicamente respondía a la excitación, no disfrutaba de aquella situación que para él resultaba perturbadora.

Después Dolores desaparecía de la escena y volvía al poco tiempo portando dos copas de vino, una de las cuales se la ofreció a Igor que la bebió bajo su atenta mirada. La película se cortaba en ese instante. Al momento se reanudaba con Igor dormido sobre la cama. Luego el rostro de Dolores ocupaba la pantalla. Su sonrisa me heló la sangre. Se acercaba hasta el cuerpo del muchacho, volviéndose de vez en cuando hacía la cámara en un gesto que parecía decir “no te pierdas esto”. Entendí lo que pretendía cuando vi el cuchillo que portaba en la mano derecha. Creo que grité y me tapé la cara con las manos, cuando miré de nuevo, dos manchas rojas empezaban a extenderse a ambos lados de las muñecas de Igor.

– ¿Le cortó las venas?

Paul se había quedado callado y esperé su respuesta durante unos minutos que se me hicieron eternos.

– Cuando volví a casa, me estaba esperando. Aparecía radiante, bellísima, hacía tiempo que no la encontraba tan guapa. Pregunté por Igor y me contestó que dormía. Sentémonos a cenar, me dijo, te he preparado tu plato favorito. Tengo que darme una ducha, me disculpé, vuelvo enseguida. No se qué fue lo que me hizo entreabrir la puerta de su habitación, pero de no ser así ahora estaría muerto. Llamé a una ambulancia y me fui con él al hospital. Pensé que había intentado suicidarse y no podía entender qué motivos tenía para hacerlo. Cuando recobró el conocimiento se negó a contestar a mis preguntas, no pude sacarle ni una sola palabra. No hacía falta, al volver a casa pasados dos o tres días, Dolores me enseñó la película, tranquilamente, con una frialdad que daba miedo. ¿Se imagina, Eugenia, lo que sentí viendo a mi mujer, a la mujer que amaba, obligando a mi hijo, un retrasado mental, a mantener relaciones sexuales con ella? ¿Se lo imagina? Aún siento el dolor que me produjo la visión del cuchillo penetrando en la carne. Afortunadamente los cortes no fueron demasiado profundos, eso quizá le hubiese impedido volver a pintar. Fue entonces cuando decidí llevarme a Igor a la clínica, en secreto. Lo más importante era ponerle a salvo, luego me encargaría de llevar a Dolores a algún sitio donde, tal vez, pudiesen curarla.

Se levantó del sillón y salió del despacho. Mari Cruz y yo le seguimos en silencio. Igor volvió a sentarse con nosotros en el cenador y no pude evitar mirar sus muñecas. Allí estaban las cicatrices, era cierto.

– Lo supo, de algún modo se enteró. Iba a ir a buscarle y no pararía hasta acabar con él. Aquella noche salió en su busca, cegada por la rabia, borracha. Fui corriendo tras ella, quería que volviese a casa, quería que se curase, que volviésemos a ser felices como antes. Cogí el coche y la seguí, me coloqué a su lado gritándole que parase, ella se acercaba peligrosamente intentando empujarme y volvía a su sitio bordeando el precipicio. Una de las veces perdió el control del coche y… ya conoce el resto.

No se qué fue más rápido, si sentir en mi interior que lo que me había contado Paul era cierto, o el rugido ensordecedor que me hizo llevar las manos a los oídos. De pronto todo se oscureció, nubes amenazadoras cubrieron el cielo y del centro del jardín emergió una especie de torbellino que empezó a arrancar las rosas a su paso. En un momento cientos de pétalos volaban alocados. Me dolía el corazón como si me estuviesen clavando agujas, notaba tal presión que parecía que me iba a explotar en el pecho. Iba a morir, a morir sin remedio. Las rosas destrozadas apestaban y me envolvían impidiéndome respirar. Grité, grité con todas mis fuerzas ¡Vete! ¡márchate! No te creo, no te creo, mentirosa ¡vete! ¡te odio! ¡odio tu asqueroso corazón! ¡vete al infierno y llévatelo contigo!

Mari Cruz me abrazaba cuando recuperé la conciencia, tenía el rostro pálido bañado en lágrimas. El cielo presentaba el mismo aspecto azulado y las rosas seguían luciendo espléndidas en el jardín. Pero yo no era la misma, o sí, en realidad ahora empezaba a ser yo, y aquél corazón que sentía latir en mi pecho, al fin me pertenecía por completo.


A quienes hayáis seguido esta historia... gracias por vuestra paciencia.

Buen fin de semana.


miércoles, 23 de septiembre de 2009

De nuevo, la vida (Dieciocho y penúltimo)


Lunes, 17 de Abril de 2006


Hago la maleta de forma automática, sin apenas darme cuenta de lo que voy metiendo en ella, amontono la ropa, no puedo cerrarla, la deshago y vuelvo a empezar. No puedo dejar de pensar en lo que pasó ayer en la exposición y en mi conversación de esta mañana con Paul. No se si creerle.


Ayer, Mari Cruz y yo pasamos la mañana paseando por París, hacía mucho tiempo que no visitaba esta hermosa ciudad. Durante esas horas, ambas nos olvidamos del motivo principal de nuestro viaje y nos dedicamos a disfrutar como un par de viejas amigas que han decidido hacer un paréntesis en su rutina diaria para gozar de unos días de nuestra mutua compañía. Saboreamos una deliciosa comida en el Ritz y después nos acercamos caminando hasta la sala en la que tenía lugar la exposición.


Cuando llegamos había ya cierta afluencia de público. Presentamos nuestra invitación a la persona situada en la puerta y pasamos a un pequeña sala en la que se concentraban algunos invitados charlando alrededor de cinco o seis mesas que se alzaban casi hasta su altura y sobre las que se habían dispuestos bandejas con dulces variados y copas llenas de champagne.


Pasamos de largo sorteando personas y mesas, y nos encontramos en un gran estancia en cuyas paredes colgaban un buen número de lienzos, iluminados por focos estratégicamente colocados. Antes de acercarme para observarlos con más detenimiento, me di cuenta de que aquellas pinturas no eran de Igor. Me había equivocado. Mari Cruz estaba tan sorprendida como yo, a juzgar por la mirada que cruzó conmigo. Estaban firmados por Paul, aunque realmente eran de un estilo muy distinto a lo que había pintado hasta la fecha. Recorrí la sala con la mirada esperando encontrarle, pero no se le veía por ninguna parte.


Durante un buen rato, fuimos recorriendo las paredes observando cada uno de los cuadros y aunque no soy entendida en arte, me parecía que eran buenos. Miré a Mari Cruz, cuyo rostro reflejaba la admiración que las pinturas le producían. Toqué su brazo para indicarle que fuésemos a la sala contigua. Cuando entramos en ella volví a sorprenderme. Allí se encontraban expuestos una veintena de cuadros que nada tenían que ver con los que acabábamos de ver. Eran las pinturas de Igor en la clínica, y así lo corroboraba la firma que aparecía en todo ellos Igor Montcour.


Creo que palidecí, sentí un vacío en el estómago que amenazaba con provocarme un desmayo. Respiré hondo intentando que mi corazón recobrase su ritmo regular mientras me apoyaba en el hombro de Mari Cruz que me miraba asustada. Escuché su voz a mis espaldas mientras sus manos firmes sujetaban mi cintura.


– ¿Se encuentra bien, Eugenia?

– Sí, estoy bien, gracias. Ha sido un ligero mareo, seguramente he estado trabajando mucho estos días.

– Debería tener cuidado, la salud es lo más importante que tenemos. Y bien ¿qué les parece la exposición?

Por un momento, me quedé paralizada sin saber qué responder, y fue Mari Cruz quien tomó la palabra.

– ¿Cuál de las dos? No esperábamos encontrarnos con la obra de otro pintor.

– Nadie lo esperaba, era una sorpresa… Eugenia, si se encuentra mejor me gustaría acompañarlas mientras acabamos de ver todas las obras de esta sala.


Me cogió suavemente del brazo y fuimos parándonos ante cada una de las pinturas expuestas. La última de ellas, reproducía el lago en el que había encontrado a Igor, y justo en medio de los árboles que vi aquella mañana aparecía la figura de una mujer de cabellera rizada y rojiza que sonreía al pintor. No había duda, esa mujer era yo, el parecido no admitía réplica y la ropa era la misma con la que iba vestida esa mañana.


Mientras observaba la escena, sentía sobre mí la mirada escrutadora de Paul, sin recato ni disimulo. Mi rostro pasaba de la palidez al rubor alternativamente, mientras que en mi cabeza daban vueltas, sin orden ni concierto, las palabras escritas de Dolores, mis conversaciones con el pintor, los sueños y todas las extrañas cosas que me habían estado ocurriendo desde la operación.


– Igor, te estábamos esperando. Ven, creo que ya conoces a Madame Eugenia, acércate a saludarla – la voz de Paul me devolvió a la realidad – Igor, tiene memoria fotográfica, literalmente – me susurró.


Casi sin darme cuenta, me encontré ante el muchacho que me regalaba su hermosa sonrisa antes de tomar mi mano y besarla como haría un caballero de antaño.


– Tengo que atender a mis invitados ¿me disculpan? Eugenia, creo que deberíamos hablar antes de que regresen a España ¿no cree?

– Sí, por supuesto – acerté a decir– tenemos pendiente una conversación.

– Una larga conversación que espero que a ambos nos satisfaga ¿Les parece que nos veamos mañana por la mañana? ¿A las diez le vendría bien? Les espero en mi casa.

– A las diez, allí estaremos.


Igor continuaba con mi mano entre las suyas, sin apartar de mi rostro esa mirada suya tan especial, encantadora e inocente.


– Cuánto me alegra que hayas venido ¿te gustan los cuadros?

– Son muy buenos, Igor, me gustan mucho ¿cómo has podido reflejar tan fielmente mi imagen? Sólo estuvimos juntos un rato.

– No se, se me queda todo grabado aquí, en la cabeza. Cuando te marchaste pensé que estabas muy guapa mirándome entre los árboles. No te molesta ¿verdad?

– En absoluto, es todo un honor para mí. Y ahora será mejor que vayas con Paul, Mari Cruz y yo tenemos que marcharnos, estoy un poco cansada.

– ¿Volveremos a vernos? ¿regresas pronto a España? Me prometiste que me contarías cosas de Dolores ¿lo has olvidado?

– ¿Cómo voy a olvidarlo? Intentaré verte antes de marcharme… siempre cumplo mis promesas.


El viaje de vuelta a casa lo hicimos en silencio, Mari Cruz parecía concentrada en la carretera y yo no dejaba de hacerme preguntas para las que no hallaba respuesta. Tenía que dejar de pensar en ello. Me daría un buen baño y tomaría algo para poder conciliar el sueño. Y eso hice, me dormí con una sensación de incertidumbre ante lo que me depararía el próximo amanecer.

viernes, 4 de septiembre de 2009

De nuevo, la vida (Diecisiete)


El paseo es reparador, en este lugar se respira serenidad, es como estar en paz con uno mismo. No se si es eso lo que hace que haya desaparecido la intranquilidad que tenía antes de venir, pero el caso es que no puedo evitar sentirme confundida. Desde que llegué, esa… llamémosle posesión de Dolores sobre mis actos, apenas se ha manifestado, salvo en circunstancias especiales, como la primera vez que me entrevisté con Paul, o cuando pasé por el lugar del accidente, o en nuestra visita a Igor. Y tampoco las sentí de forma tan intensa como cuando estaba convaleciente: aquellos sueños tan reales, el olor de las rosas, las imágenes que me asaltaban continuamente… no se qué explicación darle a todo esto.

Cualquiera en su sano juicio me diría que me obsesioné, que todo ha sido fruto de mi imaginación, que es imposible que alguien que ha muerto sea capaz de transmitir todas esas sensaciones por el simple hecho de donar uno de sus órganos vitales, que el corazón no es más que un músculo, que no tiene sentimientos. Nada que yo no sepa. Y sin embargo no pude inventarme la historia de su muerte, no pude adivinar por mi misma que era Dolores la dueña del corazón que colocaron en lugar del mío, no hubiese podido hacerlo sin su ayuda. Y ahora me encuentro perdida, sin saber qué espera de mi.

Transcribo al disco duro de mi ordenador una de las últimas notas de Dolores. Ella también estaba desorientada y en cierto modo asustada por lo que había pasado.

“No se si podré mirarle a los ojos cuando vuelva, pero tampoco puedo arrepentirme por lo que sucedió. Si no me hubiese mirado como lo hizo, si yo no me hubiese sentido tan especial al ver plasmada mi imagen en el lienzo, a través de sus ojos, si no fuese tan bello e inocente. Ahora me doy cuenta de que él entrega todo su cariño y gratitud a través del sexo, es su forma de demostrar el amor que siente hacia la otra persona. Claro que se excita y disfruta del placer, tiene el cuerpo de un hombre, con sus necesidades biológicas, pero su pensamiento es puro como el de un niño. Me recuerda a Christine, el bebé de Rose que con apenas tres años se masturbaba con aquél peluche que le regalé. Su madre no sabía cómo reaccionar al ver a su niña con las piernas aferrando el muñeco y aquella expresión de gozo en su carita sonrosada. El médico le explicó que la pequeña no era consciente de que aquello fuese nada censurable, ella sólo sabía que le gustaba lo que sentía y lo hacía con total naturalidad, es bastante frecuente en los bebés.

Quizá por eso, por la serenidad que transmitían sus ojos, no me moví cuando empezó a acariciarme la cara, dibujándola palmo a palmo con sus dedos suaves, rozando mis mejillas y mi frente, rodeando mis ojos, mi nariz, dibujando mis labios entreabiertos. Luego siguió bajando hacia el cuello, acarició mis hombros deslizando lentamente los finos tirantes del vestido, el vestido que él mismo eligió para pintarme. Después fue un torbellino de deseo y placer que me envolvió por completo y ya no pude parar, no quise hacerlo. Quizá pensé en algún momento que también yo podía ser su amante, quizá durante un instante, sólo un instante, volvieron a mi mente las imágenes de él y Paul gozando con sus cuerpos, quizá, no lo recuerdo. Su boca por mis pechos, su lengua explorándome el ombligo, sus dedos en mi sexo, me impidieron pensar en nada que no fueran besos, caricias, pieles, sudores y saliva.

Cuando su lengua explorando los senderos sinuosos y húmedos, abajo entre mis piernas, encontró el lugar exacto dónde debía posarse deseé que se parase el tiempo, que aquello no acabase nunca, o sí, porque la urgencia se hizo dueña y señora de todos mis sentidos haciendo que olvidase todo lo que no fuesen nuestros cuerpos. Sujeté su cabeza con mis manos haciendo deslizar su boca por mi sexo, que palpitaba preso de incontrolables espasmos de placer.

Su cuerpo vigoroso bajo el mío, moviéndose a la par, en sintonía. Mi sexo, como una boca húmeda y hambrienta, envolviendo su falo endurecido. Y otra vez la locura, que se tornó en ternura al mirar su sonrisa, y le besé la boca, mientras sentía como me llenaba, me vaciaba, y me volvía a llenar, como su sexo palpitaba allí dentro, desbordándose al fin entre gemidos.

No quería que me viese nerviosa, no quería que pensase que es malo lo que hicimos. Él no debe ensuciar sus pensamientos, no puedo permitir que nadie perturbe su inocencia. Estuve a punto de decirle que no le contase a nadie lo ocurrido, que era nuestro secreto, pero me arrepentí en el último momento, por si entendía que era algo que debía ocultarse. Sólo le dije cuánto le quería. Y sonrió feliz”.

También yo sonrío cuando termino de escribir. No deja de sorprenderme lo ocurrido, aún más si cabe que la relación entre Igor y Paul. Todo se desbordó cuando éste se enteró de lo que había ocurrido, o eso es al menos lo que transmiten las escuetas notas de Dolores: “No le he dicho que les vi aquella tarde, he aguantado en silencio sus gritos. No se si le duele por mí o por François” “Me pregunto ¿cómo es capaz de reprocharme con toda naturalidad mi infidelidad? ¿cómo se puede ser tan cínico?” “Pretende alejarle de mi para siempre, no voy a consentirlo. Intenta convencerme de que estará mejor en esa clínica donde piensa internarle. Si lo hace el secreto de su éxito verá la luz, se lo he prometido”.

Y nada más. A partir de ahí tendrá que ser Paul el que me cuente que ocurrió. De otra forma, como escribe Dolores, el secreto de su éxito se hará público.