Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

martes, 6 de mayo de 2008

Señora mía (Primera parte)


La conocí hace tres años cuando una tarde, recién entrada la primavera, apareció en mi zapatería. Había estado largo rato observándola parada ante el escaparate hasta que por fin se decidió a entrar. Me pidió un modelo antiguo de mocasines casi idénticos a los que llevaba puestos. Sólo me quedaban unos pares sueltos que conservaba para algunas clientes ancianas a las que resultaba difícil calzar otra cosa que no fuese aquellos amplios zapatos planos.

Se sentó a esperar mientras yo bajaba al almacén a buscar su número, y aproveché para observarla con la puerta entreabierta. Era una mujer cercana a la cuarentena, aunque si no te fijabas bien en su rostro podría haber pasado por una de sesenta, debido a la manera en que iba vestida. Llevaba una falda amplia de un tono amarronado que no dejaba adivinar forma alguna en su cuerpo, y una rebeca totalmente abrochada de un color crema que más bien parecía un blanco sucio. Una media melena sin gracia, de un castaño descolorido, con el cabello aplastado sobre el cráneo remataba el conjunto. Parecía que quisiera aparentar más edad de la que tenía o pasar totalmente desapercibida.

Cuando me arrodillé para probarle el calzado, antigua costumbre que no he querido perder, se sorprendió y sus mejillas se tiñeron con un ligero rubor. Descalzó su pie derecho y me lo tendió con timidez. El sorprendido entonces fui yo. Tenía unos pies suaves y delicados, de piel blanquísima y uñas impecables. Era un pecado esconderlos en aquellos horribles zapatos. Calzada con ellos se puso en pie y dio algunos pasos comprobando su flexibilidad. ¿No quiere probarse otro modelo?, le dije albergando cierta esperanza. No, me respondió, me llevaré éstos.

Está bien ¿querrá disculparme un momento? Vuelvo enseguida. Y salí a toda prisa hacia el almacén sin esperar respuesta. Cuando volví ella estaba esperando cerca de la caja para pagar su compra. Perdone, le dije, quería hacerle un pequeño obsequio ya que es la primera vez que entra a mi tienda. Esta vez el rubor subió de tono mientras me miraba sin saber muy bien qué responder. Tome, le alargué otra caja además de la suya, es para usted. Ella la destapó despacio y sus ojos, color caramelo, se abrieron con estupor. Contenía un par de zapatos en piel de un precioso azul eléctrico y un finísimo tacón de aguja en metal brillante. No, me dijo al tiempo que me la alargaba, no puedo aceptarlo, es un regalo demasiado caro. Claro que sí, insistí, lléveselos, por favor, están hecho para sus pies. Pero si no voy a usarlos, de verdad, no voy a usarlos, repetía. No importa, mírelos, sólo mírelos de vez en cuando. Son suyos, no puede usted rechazarlos, me sentiría muy ofendido.

Al fin pareció resignarse ante mi insistencia, momento que aproveché para meter el par de cajas en un bolsa, cobrar el importe de su compra y despedirla con una reverencia.

Adiós, me dijo con un hilo de voz, y muchas gracias.

Espero volver a verla, dije a modo de despedida ya en la puerta.

Durante los días siguientes alimenté la esperanza de verla aparecer cada vez que sonaba la campanilla de la puerta y me decepcionaba al comprobar que no era ella, cuando de pronto, casi tres semanas después… apareció.

En un primer momento no la reconocí, sólo al mirar sus zapatos me di cuenta…

(continuará)

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