Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Seis)


Me metí en el baño y en contra de mi costumbre, cerré la puerta por dentro. No acababa de fiarme de él, ni tampoco de mí, así que mejor evitaba tentaciones. Me di una ducha rápida, deleitarme bajo el chorro del agua caliente pensando que Ginés estaba al otro lado de la puerta abría de par en par las puertas de mi imaginación y me colocaba en un estado de excitación continua. Para expulsar de una vez mis lujuriosos pensamientos me puse a canturrear los últimos éxitos de los cuarenta. Luego me enfundé en el albornoz procurando taparme hasta el cuello y en rápida carrera salvé la distancia entre el baño y mi habitación cerrando tras de mí la puerta. Respiré aliviada, había conseguido superar con éxito la primera prueba de fuego.

Tardé casi una hora en arreglarme, inundé la cama con montones de prendas de vestir sin decidirme por ninguna, para acabar vistiéndome precisamente con lo que no debía: un ajustado vestido que marcaba ostensiblemente mis caderas y botas con tacón de vértigo. No pude quejarme cuando al salir, Ginés me obsequió con una mirada de admiración, que recorrió centímetro a centímetro mi cuerpo. Yo me lo había buscado y lo peor es que en mi fuero interno sabía que lo había hecho a propósito con el ánimo de provocarle. La mala conciencia por desear al novio de mi madre empezó a remorderme, pero me la quité de encima con cajas destempladas, una no puede estar siempre reprimiendo sus instintos y al fin y al cabo ¿qué daño le hacía a mamá que me divirtiese un rato con su novio? no iba a desgastárselo.

¿Vamos? Y él se levantó obediente dispuesto a seguirme mientras observaba goloso mi trasero. Pateamos durante horas el centro de la ciudad mirando escaparates sin decidirnos por nada en concreto, barajamos unas cuantas opciones: un bolso, un pañuelo de seda, alguna joya, un perfume, lencería fina, zapatos… pero no acabábamos de convencernos. Estaba cansada y me apetecía tomar algo freso, estábamos ante la puerta de unos grandes almacenes, así que pensé que podíamos entrar a dar un vistazo y de paso tomar alguna cosa en la cafetería de la última planta. Ginés aceptó mi propuesta.

Mientras caminábamos entre el gentío, mirando las estanterías por si en algún momento dábamos con el objeto de nuestro deseo, yo sentía la respiración de Ginés cerca de mi cuello, y la cercanía de su pecho rozando apenas mi espalda. La atraccíón volvía a hacerse dueña de la situación y un cálido cosquilleo subía por mis piernas hasta alcanzar el centro de mi sexo.

Cogí al vuelo un par de pantalones y una blusa de seda, agarré la mano de Ginés, que me miraba sorprendido, y me dirigí decidida hasta los probadores arrastrándole conmigo. Una vez dentro del pequeño cubículo me senté en un estrecho banco adosado a la pared al tiempo que, a estirones, me subía la falda hasta la cintura. Abrí las piernas y le ordené con la mirada la posición que debía adoptar, él, obediente se arrodilló ante mí. Luego dibujé con el dedo la dirección que debía seguir su lengua, desde la punta de mi bota hasta el centro del diminuto tanga que cubría mi sexo. Sus ojos y los míos no dejaron de mirarse un instante mientras la lengua recorría despacio la fina y lustrosa piel de mis botas, continuando después sobre la negra seda de las medias. Cuando su húmeda caricia hizo contacto con la carne desnuda de mis muslos, mi sexo palpitaba de deseo. Él se demoraba dibujando círculos que erizaban mi piel y yo deseaba coger su cabeza entre mis manos y empujarle con fuerza entre mis piernas. Pero me esforcé por controlar aquel impulso pues la espera me mantenía en ese punto de total excitación que hacía que la más ligera caricia me encendiese. Por fín sentí su lengua sobre mi clítoris a través del fino tejido del tanga que estaba ya empapado. El maldito la manejaba bien, tan pronto la aplanaba de forma que de un solo lametazo me cubría por completo el sexo, como la enrollaba de manera que se tornaba puntiaguda y se colaba bajo la tela con un rápido movimiento que golpeaba mi clítoris inflamado dejándolo temblando de puro placer.

Ya no iba a esperar más, aparté a Ginés con la punta de la bota, me desprendí del tanga y volví a abrirme de piernas, invitándole a que terminase lo que había empezado. Sin pensarlo dos veces, hundió la cara entre mis piernas y se dedicó a lamer, chupar, morder y penetrarme con aquella lengua que hacía que mi cuerpo se retorciese como si estuviese poseido por el demonio. Me corrí en su boca entre jadeos que intenté silenciar tapándome la boca. Cuando sentí las piernas en condiciones de sostenerme me puse de pie y le ofrecí mis redondeadas nalgas. No tardo más que unos segundos en buscar con su endurecido pene la entrada de mi sexo. Sus manos sujetaban fuertemente mis caderas mientras empujaba con fuerza. Fue entonces cuando la imagen de papá con tía Margarita me vino a la cabeza ¿qué pensaría mi padre si supiera que estaba follando con el novio de mamá? Igual hasta lo encontraba divertido. Estaba preguntándome si estaría enterado de la nueva relación de su ex esposa, pues aún no habíamos tenido ocasión de vernos y hablar de ello, cuando Ginés aceleró sus embestidas y sentí su semen caliente chocando contra las paredes de mi vagina. Luego, satisfecho y desmadejado apoyó la cabeza suavemente sobre mi espalda.

Estaba visto que lo nuestro eran los lugares públicos y de dimensiones estrechas, era el segundo calentón y si seguíamos así aquello tenía visos de convertirse en una costumbre. Mi parte malvada añadió: “una buena costumbre”.

Al final acabamos comprándole a mamá unas gafas de sol, lo primero que vimos cuando salimos a la calle, sofocados después de aquello…

(Y mañana... el desenlace)




lunes, 29 de diciembre de 2008

¡¡Feliz Navidad!!! ... aunque sea con retraso


Ciertos asuntos me han mantenido alejada estos días, pero dicen que "nunca es tarde si la dicha es buena" así que vengo a desearos que hayáis pasado unas muy felices fiestas. Y yo sin más dilación me pongo a la tarea de terminar la historia de Ginés antes de que termine el año para hacer bueno aquello de "Año nuevo... historia nueva".
Recibid mi más cálido abrazo.
Des.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Cinco)

(Imagen: Alexander Bok)
Me arreglé lo mejor que pude y regresé al comedor donde mi madre esperaba impaciente. Aunque el polvo no había durado más de diez minutos, nuestra ausencia se había alargado un poco, por lo que la mujer llevaba más de veinte minutos de espera, suficiente para acabar con la paciencia de cualquiera. Me saqué de la manga una repentina indisposición y me disculpé con mamá, al tiempo que cogía el bolso y salía a toda prisa. No esperé el regreso de Ginés.

En los días siguientes no dejé de castigarme sin piedad, sobre todo por faltar a algunos de mis más arraigados principios: no ceder a la tentación de un polvo rápido aún cuando el cuerpo me lo pidiese a gritos, y lo más importante, no hacerlo jamás con un hombre ligado sentimentalmente a alguien, lo que incluía por supuesto al novio de mi madre.

Por otro lado, me abstuve de contestar las insistentes llamadas de Ginés que se repetían tres o cuatro veces al día, dejándome grabados en el buzón de voz largos mensajes cargados de insinuaciones que tenían la virtud de hacerme revivir una y otra vez nuestro encuentro.

Habían pasado dos semanas y cuatro sesiones de psicoanálisis, cuando una tarde Ginés se presentó en mi casa. Sin mucho que hacer y desalentada por las bajas temperaturas que sufríamos desde hacía unos días, decidí pasar la tarde del sábado tirada en el sofá, viendo alguna película para pasar el rato y con un enorme bol de palomitas entre las piernas. En ésas estaba cuando sonó el timbre, solté una maldición y fui a ver quién osaba enturbiar la placidez de aquella aburrida tarde. Abrí la puerta y allí estaba él. Parecía que este hombre tenía el don de la oportunidad: siempre me pillaba en bata y zapatillas… maldita sea.

Tengo que hablar contigo, me dijo, y no contestas mis llamadas. Es que yo no tengo nada que decirte, le contesté yo, parapetada tras la puerta, sin dejarle pasar. Por favor ¿qué te cuesta escucharme un momento? insistió con su voz más tierna y lastimera, sólo quiero disculparme y pedirte un favor, necesito que me ayudes. Está bien, me dije, no pasa nada si le escuchas, eres lo suficientemente adulta y responsable para echarle de tu casa si intenta propasarse… ¿lo era? No estaba yo tan segura, el tipo tenía algo que revolucionaba mis hormonas hasta volverlas del todo incontrolables.

Me hice a un lado y dejé la puerta libre. Luego le dí la espalda y volví a ocupar mi sitio en el sofá. Instantes después él me siguió y tomó asiento en uno de los sillones. Está bien, soy toda oídos, a ver qué era eso tan importante que tenías que decirme. Empezó disculpándose por su forma de actuar que desembocó en el incidente de los servicios. ¡Vaya! A cualquier cosa llama incidente, pensé. No quería decir que se arrepentía de lo que había ocurrido, o sí se arrepentía pero le había gustado, lo que pasaba es que se sentía culpable por mi madre. Él la quería, quizá no de la misma forma en que ella le quería a él, pero sentía por ella un gran cariño y no estaba bien lo que habíamos hecho. ¡Vaya! Gracias por recordármelo, volví a pensar. ¿Has venido a proponerme alguna clase de penitencia? Ya me siento culpable por mí misma, no hacía ninguna falta que vinieses tú a hurgar en la herida, le repliqué con bastante mala leche. No, no he venido a eso, contestó haciéndose el afligido, quería que fuésemos los dos a comprarle un regalo para estas navidades. Tú la conoces mejor que yo y seguro que a ella le haría mucha ilusión ver que nos hemos puesto de acuerdo para darle una sorpresa. Ultimamente la encuentro un poco triste.

Le miré intentando adivinar si me estaba mintiendo o realmente le preocupaba la situación anímica de mamá. No se si me alegraba por ella o me sentía decepcionada al darme cuenta de que estaba equivocaba pensando que lo que Ginés se proponía viniendo a mi casa era volver a tener sexo conmigo. Este chico es una caja de sorpresas.

Está bien, accedí, si me esperas me doy una ducha y nos vamos de compras, si es eso lo que quieres. ¿Qué otra cosa iba a querer? Fue su respuesta, pero la sonrisa que se dibujó en su rostro agitó mi respiración...


jueves, 18 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Cuatro)


Me quedé inmóvil, petrificada más bien. Mamá observándome en espera de una respuesta, y el otro acariciándome suavemente el muslo, las yemas de sus dedos rozando la línea que marcaba el final, o el principio, del encaje siliconado de la liga. Esa mañana, precisamente esa mañana, se me había ocurrido ponerme falda y medias. Podía haber mascullado alguna clase de disculpa y poner tierra de por medio, o asestarle un buen puñetazo en la nariz al jodido Ginés y contarle a mi madre lo que estaba pasando, pero aún en contra de mi voluntad, me estaba excitando el muy canalla.

Está bien, mamá, respondí con mi mejor sonrisa, lo intentaré, perdona si he sido grosera. Y me acomodé en la silla dejando que los dedos invasores se deslizasen suavemente un poco más arriba, un poco, un poco más. Ginés y yo permanecimos en silencio, fingiendo escuchar el soliloquio de mi madre. Me dije, como disculpa, que de haber sido sincera con ella, probablemente no me habría creído. El amor es ciego, y casi siempre duro de mollera, así que hubiese pensado que lo hacía por despecho, por herirla y tratar de romper su relación. O quizá no le importase, como no le importó la infidelidad de papá con tía Margarita. Entonces puede que fuese por comodidad, por no poner en peligro su forma de vida, y ahora porque quizá ésta fuese su última oportunidad de sentirse joven y enamorada.

Mientras hacía conjeturas, los dedos de Ginés se aventuraban entre mis piernas y se colaban bajo el tanga, rozando mi sexo que notaba completamente húmedo. Tenía que pararle. Haciendo como que me colocaba bien la falda, aparté su mano y crucé las piernas. Noté en su rostro un atisbo de frustración, al tiempo que con el mayor disimulo acercó sus dedos a la nariz para olerlos. Ese gesto contribuyó a aumentar peligrosamente mi excitación. Seguro que Ginés no te ha contado lo popular que era entre las chicas del instituto, dije intentanto atraer la atención de mamá. Él me dirigió una mirada asesina. Cuentáselo, anda, me encanta recordar aquellos tiempos. No sabía cómo empezar, carraspeó, y con gesto compungido empezó a relatar su infeliz vida de estudiante. Pensaba que iba a mentirle, pero el muy cabrón había optado por inspirar lástima. Ahora verás, pensé, y puse mi mano justo encima de su bragueta… ¡díos! menuda erección tenía el cabrito, así que mientras me manoseaba se le había puesto dura, vaya con Ginés.

No pude evitar que por un instante, una idea se colase en mi cabeza: mira por donde mi madre iba a gozar de un buen polvo esa tarde, después de que su novio se empalmase conmigo. Una carcajada involuntaria mientras bebía un poco de vino hizo que me atragantase y acabase escupiendo el trago sobre la camisa de Ginés. No podía parar de reír, mientras mamá intentaba limpiarle y él disimulaba como podía el bulto de sus pantalones. Permítame que le ayude, dijo el camarero, que en un santiamén se había plantado a nuestro lado, y me miraba pensando quizá que me había vuelto loca. Tosía y reía al mismo tiempo, y sentía la mirada de Ginés taladrándome. Él se deshizo como pudo del camarero y se levantó por fin para ir al baño, con la chaqueta colocada de modo estratégico para ocultar su evidencia.

Cuando conseguí calmarme, reparé en mi madre que me miraba enfurruñada. Lo siento mamá, intenté disculparme, no lo hice a propósito, te lo prometo, recordé algo divertido del instituto y me entró la risa, no te enfades, es sólo una camisa manchada de vino. Ella pareció ablandarse. Voy a arreglarme un poco, dije levantándome, dejo tener la cara hecha un estropicio.

Las puertas de los lavabos de hombres y mujeres estaban frente a frente, y Ginés aguardaba ante la suya. Espera aquí, le susurré al oído. En el de las féminas había una señora que estaba retocándose los labios, abrí el grifo para lavarme las manos mientras hacía tiempo hasta que se marchase. En cuanto salió por la puerta, me asomé y le hice una seña a Ginés para que entrase.

Nos metimos a empujones en uno de los aseos y cerramos la puerta. Sentía la urgencia del deseo entre las piernas y en mi mano, bajo la tela de sus pantalones, la dureza de su sexo. Ese polvo me pertenecía, no iba a regalárselo a mi madre. Nos mordimos los labios y la boca, con una mezcla de pasión y rabia, nos desvestimos apenas, lo justo para que él dejase su pene al descubierto, lo justo para dejar libre la entrada de mi sexo. Me senté a horcajadas sobre él, le cabalgué furiosa, mirándole a los ojos, retadora. Su mano tapó mi boca en el momento exacto en que un gemido de placer subía veloz por mi garganta. Le dejé marcada la huella de mis dientes.

...

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Tres)



Claro que en un primer momento no supe que se trataba de Ginés, de aquél Ginés compañero de instituto, retraído, tímido, solitario, poco agraciado fisicamente, y que parecía vestir con la ropa heredada de su padre, las camisas abrochadas hasta el último botón del cuello, aquellas horribles chaquetas de punto confeccionadas en casa… Ginés era el compañero que todo elegíamos cuando se trataba de hacer un trabajo en grupo, y al que jamás invitábamos a nuestras fiestas. No fue nunca el blanco de nuestras burlas, quizá porque admirábamos su inteligencia y también porque su aspecto era tan lastimoso que hubiese resultado demasiado fácil y cruel herirle. Le ignorábamos, sencillamente.

Pero el Ginés que mamá lucía orgullosa a su lado era un hombre atractivo, delgado y bien vestido, con un perfecto corte de pelo y una encantadora sonrisa.

“Hija, estás horrible” fue el saludo de esa nueva madre de aspecto espectacular mientras me estampaba dos besos, uno por mejilla como la canción de Sabina. Te dije que no estaba para visitas, fue mi agria respuesta. Ella ni me escuchó, en realidad se moría de ganas de presentarme a su novio. Y lo hizo, sin dejar de mirarle con ojos almibarados: “Te presento a Ginés, un amigo muy especial”. Encantada Ginés, le dije mientras le tendía la mano, y ahora mamá, si no te importa quisiera estar sola, si quieres quedamos cualquier otro día para comer. Fue entonces cuando él habló por primera vez: ¿no te acuerdas de mí? Creo que se me puso cara de idiota, que era lo que le faltaba a mi maravilloso aspecto. Y empezó a explicarme quien era mientras yo iba quedándome más y más alucinada.

Al fín me deshice de ellos casi a empujones, aunque no pude quitarme la sensación de que de alguna manera seguían allí, en mi cabeza que no dejaba de dar vueltas y más vueltas a aquella insólita relación. Nunca hubiese imaginado a mi madre con otro hombre, y menos aún con alguien de mi edad, alguien que podía ser su hijo. No es que tuviese nada en contra de las parejas entre las que existía una gran diferencia de años, pero claro, esta vez se trataba de mi madre con un antiguo compañero de clase. Y más tarde me enteré que él individuo trabajaba en el despacho de abogados de papá, y que fue allí precisamente donde se conocieron.

Mamá tuvo que llamarme insistentemente hasta que de puro aburrimiento y con ganas de acabar de una vez con esa situación, acepté su invitación para comer con ellos. Era un viernes y nos citamos en su restaurante favorito, aquél al que iba cada aniversario a cenar con papá, o a comer con toda la familia, incluida tía Margarita, en días especiales. No se si se había vuelto loca, pero desde luego había perdido cualquier atisbo de sensatez y buen gusto.

Cuando llegué ya estaban sentados a la mesa, mientras los camareros se deshacían en halagos y sonrisas no exentas de cierta ironía. Me senté de mala gana saludando con un frío y seco “hola ¿qué tal?” y fingí no reparar en el gesto de mamá que iba a levantarse para darme un beso.

Durante toda la comida me dediqué a picotear un poco mientras el murmullo de la voz de mamá era como música de fondo que se repetía una y otra vez, los tópicos que rodean las nuevas relaciones, estaba feliz e ilusionada, hablaba de lo bien que se sentía con Ginés, que la había hecho rejuvenecer, que estaban hechos el uno para el otro, que ojalá se hubiesen conocido antes… enumeraba la cantidad de proyectos de futuro, ese concepto tan de moda, que tenían juntos.

Nena, me gustaría que os lleváseis bien, que fuéseis amigos, me dijo con su voz más dulce. Y mientras Ginés me miraba con gesto bondadoso, sentí su mano posarse en mi rodilla y escalar hacia arriba, segura del camino que debía seguir...

lunes, 15 de diciembre de 2008

Ginés, yo y otras circunstancias (Dos)


Ilustración: Ainara G.M. Santurtzi
Llegaron entonces las amigas de toda la vida a consolarme, y a aconsejarme, que si tenía que dejarle más tieso que a una mojama, que si la otra era una guarra, que si debería hacerles pagar por su traición, y un largo etcétera de opiniones que rezumaban odio y venganza por todas partes, menos mal que no eran ellas las engañadas. Yo me limité a cobrar mi mitad de los bienes comunes, coger mis objetos personales y largarme, tan ricamente, a un coqueto apartamento que alquilé lo más lejos posible de mi antiguo domicilio. Pensé en cambiar de ciudad, empezar de nuevo en otra parte, pero me gustaba mi trabajo regentando una pequeña, pero importante, galería de arte y no entraba en mis planes el abandonar esa parte esencial de mi vida.

Claro que no pude menos que alegrarme cuando al cabo de unos meses mi antiguo ex se largó con una jovencita veinteañera, dejando tirada a la traidora. No valió de nada que aquellas que antes me regalaban tan sabios consejos, abogasen ahora por la compasión hacia la que antes tildaban de guarra, me reí bien a gusto el primer día que apareció en la reunión de los jueves toda compungida. Luego me dio un poco de lástima y la consolé contándole todos los defectos, reales e inventados, que adornaban al cabrón que acababa de abandonarla, no en vano yo había pasado diez años soportándole. No sabía bien la suerte que había tenido librándose de él. No le duraría mucho su nueva amante, pero esta vez sería ella quien le abandonase como a una colilla, después de dejarle la cuenta corriente en número rojos... si es que en el fondo no era más que un pobre infeliz y un fantasma.

Me gustaba mi nueva forma de vida. Tenía un bonito apartamento, un trabajo agradable e interesante que me proporcionaba una situación económica holgada, lo suficiente para vivir bien y concederme algún capricho de vez en cuando. En el plano sentimental no tenía ningún compromiso serio, sólo unas cuantas relaciones que iba alternando según mis apetencias. No eran hombres con los que me acostaba, eran ante todo amigos con los que además de compartir gustos y aficiones, practicaba sexo. Me distancié un poco de mi antiguo círculo de amistades y también de mis padres, a los que veía de vez en cuando en las obligadas celebraciones familiares. Fue en una de ellas, precisamente en el cumpleaños de mi madre, cuando apartándome de los demás invitados me confesó que pensaba separarse. Pensé que se había cansado ya de los tejemanejes de papá, pero por qué esperar tanto tiempo, precisamente ahora que el hombre parecía haberse reformado, sobre todo porque ya no estaba en edad de merecer.

Pero no, la buena mujer quería empezar una nueva vida. Yo no supe muy bien a qué se refería, ni como se podía hacer eso a los sesenta años. No se si esperaba mi apoyo, mis objeciones o sólo me anunciaba una decisión ya tomada, así que opté por levantar los hombros y hacer mutis por el foro. Al fin y al cabo, tenían edad suficiente (qué digo suficiente, les sobraban años) para tomar sus propias decisiones.

A mamá no pareció costarle mucho eso que yo consideraba complicado a sus años: una nueva vida. Claro que, si lo analizaba objetivamente, no encontraba ningún cambio significativo en ella, salvo que no tenía que atender y cuidar a su ya añoso marido. Fue ella quien siguió ocupando la casa familiar, mientras que papá se buscó un piso más céntrico cerca del despacho de abogados que dirigía. Recibía una suculenta pensión con la que hubiese podido subsistir una familia numerosa al completo. Continuaba frecuentando las mismas amistades que no se por qué regla de tres, se decantaron por arroparla y consolarla como si hubiese sido ella la abandonada.

Papá tuvo que buscar una asistenta que se ocupase de él y de su nuevo hogar, mamá se buscó un novio.

Y tuvo que presentármelo precisamente el día en que yo empezaba a recuperarme de una horrible gripe que me mantuvo metida en la cama casi una semana entera, entre sudores, toses y fuertes calenturas. Mi coqueto apartamento parecía una leonera, había ropa tirada por todas partes, platos sucios, vasos con restos de leche, frascos de jarabe, dos dedos de polvo, y un olor a sudor que tiraba de espaldas.

Esa mañana en que me disponía a poner en orden todo aquel desbarajuste, hacer una buena limpieza y darme luego un baño relajante, se le ocurrió a mamá llamarme por teléfono anuncíandome su visita. Me disculpé diciéndole que no estaba para nada, aún seguía convaleciente y no me apetecía ver a nadie, ni siquiera a ella. Tenía que haber inventado otro motivo porque al saber que había estado enferma, afloró su sentimiento materno y no hubo manera de convencerla para que nos viésemos al día siguiente. Antes de colgar me anunció una sorpresa.

No había transcurrido ni meda hora desde nuestra conversación cuando sonó el timbre de la puerta. Acudí a abrir arrastrando los pies, ataviada con un viejo pijama, una horrible bata que saqué del arcón de la ropa-basura en los días en que tiritaba de frío metida en la cama, y el pelo revuelto y aplastado en la parte de atrás de la cabeza, como esas ancianas que sólo se peínan la parte que ven en el espejo.

Y allí estaba ella, rejuvenecida gracias a la última intervención quirúrgica a la que se había sometido, enfundada en un espectácular traje de firma, y cogida del brazo de Ginés.
(No, no voy a hacerlo largo, el desenlace en la próxima entrega... aún me dura la resaca)


domingo, 14 de diciembre de 2008

¡Ayyyyyyy!

Me pregunto por qué coño voy a la puta cena de navidad....

jueves, 11 de diciembre de 2008

Ginés, yo, y otras circunstancias



Lo mío con Ginés estaba cantado.

Al menos eso es lo que dice mi psicoanalista, pero la verdad, no se si creerle. Estoy convencida de que sólo pretende sacarme los cuartos, pero es divertido escuchar sus conclusiones y eso de poder confesar tranquilamente aquello que jamás me atreví a contar a nadie.

El hombre sostiene la teoría de que esa relación es el fruto de una serie de circunstancias cuyo principal desencadenante fue el hecho de, siendo yo aún adolescente, sorprender a mi padre follando con la tía Margarita. ¡Hombre de díos! Si de eso hace ya más de treinta años. Que no importa, dice, que fue ahí donde mi vida sexual empezó a descontrolarse. La verdad, no se a qué vida sexual se refiere porque yo, por aquel entonces, aún no había conocido varón y a lo más que había llegado era a algún toqueteo con el ligón de turno del instituto.

La escena de la que fui testigo involuntario no resultó traumática, bochornosa en todo caso, sobre todo porque mi padre, con los pantalones en los tobillos, golpeando rítmicamente las hermosas nalgas de la tía Margarita, se veía patético y un tanto ridículo. Y no porque fuese una posición extraña, si no porque el acto sexual raramente se realiza de ese forma romántica y sensual que la literatura y el cine se empeñan en enseñarnos. Ni hablar. Esas escenas de besos interminables, ligerísimas caricias, pieles tersas y brillantes, con las que nos deleitan en las películas, nada tienen que ver con la realidad. Las más de las veces te medio desnudan deprisa y corriendo, eso si no tienes que hacerlo tú misma, cuatro besos, dos toqueteos y un “mete y saca” rapidito. Como novedad, quizá el cambio de orificio… y poco más.

Aquello, eso sí, precipitó la caída de la venda de la inocencia que tapaba mi mirada todavía infantiloide, y se llevó de pasada la admiración que sentía por las dos personas que, hasta ese momento, habían sido mis mejores modelos en la vida.

Mi padre era admirable, en algunos aspecto sigue siéndolo, pero menos. Llegó a ser un renombrado abogado que, según él mismo proclamaba, se había hecho a sí mismo a fuerza de sacrificio, tesón, honestidad y sinceridad. Y no digo yo que no fuese honesto y sincero en ciertas parcelas de su vida, pero en otras, desde luego que no, que se lo pregunten a mi madre.

La tía Margarita era la hermana pequeña de mamá, y yo quería ser como ella. La pobre no hace mucho que falleció, víctima de un cáncer galopante que en cuatro días la dejó hecha un guiñapo. Era inteligente, divertida, independiente, practicaba deporte, pintaba… siempre aparecía deslumbrante y glamourosa, y en consecuencia tenía revoloteando a su alrededor un variado número de pretendientes. Cuando le instaban a casarse, ella respondía con su divertida sonrisa: para qué tener un solo hombre para el que tienes que cocinar, lavar, planchar… al que tienes que cuidar, aguantar sus momentos malos y un largo etcétera de inconvenientes ¿para qué? Pudiendo tener todos los que quieras, y sólo para pasar buenos ratos. Así que, en realidad, a ella no tenía nada que reprocharle, pero ¡coño! es que el hombre con el que estaba follando era el marido de su hermana.

Ni que decir tiene que guarde el secreto como una tumba, y durante días me dediqué a observarlos disimuladamente. Pero ningún cambio notable en su comportamiento hacía sospechar lo que se traía entre manos aquella pareja. Mi padre seguía ejerciciendo de marido cariñoso, fiel y amantísimo con mi madre. Y mi tía seguía coqueteando con cualquier hombre que le hiciese tilín y cuchicheando y riendo divertida con su hermana, sentadas en el jardín mientras tomaban café al caer la tarde.

Me sentí en la obligación de solidarizarme con mi madre que, al fin y al cabo, era la víctima de aquél engaño y empecé a pasar más tiempo con ella, haciéndole participe de alguna de mis intimidades, quizá inconscientemente buscaba que a su vez compartiese las suyas. Fue así que debido a pequeños indicios que iba recopilando poco a poco, llegué al convencimiento de que mi madre estaba enterada de lo que ocurría entre su marido y su hermana. No puedo explicar exactamente cómo llegué a esa conclusión, pero al cabo de los años pude constatar que no estaba equivocada.

Empecé a preguntarme cómo una mujer como ella podía quedarse tan tranquila ante aquella traición. Cavilé que quizá estaba cansada de sexo, a mi edad creía a pie juntillas que a los treinta y tantos la actividad sexual debía ser casi inexistente. En cierto modo no iba muy errada, salvo en un pequeño detalle: mi madre no estaba cansada del sexo en general, sólo del sexo con mi padre en particular. Así que los escarceos de su marido con mi tía Margarita le proporcionaban cierto grado de libertad y limpiaban su conciencia de culpa. No digo que ella disfrutase de los favores sexuales de otro hombre, de hecho no tuve ninguna constancia de que así fuese, pero por si acaso, se cubría las espaldas.

Quizá por todo lo acontecido en el seno familiar, no me afectó demasiado sorprender a mi exmarido, cuando aún era sólo marido, retozando en pelota picada con una de mis amigas… y en mi cama. No le monté ninguna escena, no, me limité a cerrar la puerta con suavidad (estaban tan ocupados que ni se percataron de mi presencia) y esperar a que terminasen, sentada en el sofá del salón, mientras pensaba en qué abogado tramitaría mi divorcio.
... (mañana sigue)

lunes, 8 de diciembre de 2008

Jhonny

(Imagen: Río Caudal, Mieres)

Jhonny se desperezó y bostezó ruidosamente cuando despertó de la siesta que acababa de echar, acostado a la sombra de un viejo castaño.
Eran las tres y media de una calurosa tarde de verano y todo a su alrededor permanecía en silencio. Su familia y los demás componentes del circo dormían todavía y los animales descansaban también en sus respectivas jaulas.
Hacía tres días que el circo había llegado a la Villa de Mieres con motivo de las fiestas de San Juan y como cada año habían levantado las carpas en el descampado a la orilla del Río Caudal, aquél río de aguas negras que tanto gustaba a Jhonny.
El chico se lavó un poco y entró en el camión en el que vivía para cambiarse de ropa. Tenía que dar buena impresión, pensó, tenía ante sí una especie de reto que a su edad podía convertirse en toda una aventura.
Siempre que el circo llegaba a una nueva ciudad, Jhonny aprovechaba los ratos libres para darse una vuelta y conocer a los chavales de su edad. Le gustaba convertirse en un momento en el centro de atención de la chiquillería, que admiraba y envidiaba su vida circense, y que él procuraba mantener contando historias y aventuras adornadas con algunas fantasías inventadas por su desarrollada imaginación.
Eso mismo había hecho la tarde anterior. Pasó un rato por el parque Jovellanos, donde dejó boaquiabiertos a los grupos de niños y niñas que olvidaron sus juegos para admirar las piruetas que aquél muchacho realizaba subido en sus patines. Cuando se sintió aburrido, se los colgó de forma displicente sobre el hombro y se fue caminando orgulloso.
Iba de vuelta al descampado cuando la vió. Estaba sentada comiendo pipas en un banco del pequeño parque que había junto al cuartel, mientras escuchaba atentamente a una niña algo más pequeña que estaba a su lado. Jhonny se quedó de pie apoyado en el tobogán observándola con disimulo. Le pareció que ellas no conocían a los niños que jugaban en el parque, reunidos en pequeños grupos y que les lanzaban furtivas miradas de curiosidad de vez en cuando. La niña debía tener algún año menos que Jhonny, diez le echó él a ojo, aunque su rostro reflejaba la seriedad de una persona adulta, tenía el cabello muy rubio que contrastaba con su piel morena bronceada por el sol, y en algún momento en que dirigió su mirada hacía donde él se encontraba, la percibió inquisitiva y fría. La pequeña charlaba sin cesar con expresión risueña y miraba a todas partes con los ojos muy abiertos, como si estuviese contando algo excepcional. No, definitivamente, no eran de allí, no tenían ese acento cantarín de los asturianos, seguramente estarían pasando las vacaciones.
En un momento en que dos columpios quedaron vacíos, ellas se levantaron y fueron a ocuparlos. La mayor ayudó a la pequeña a sentarse en el suyo y empezó a empujarla mientras no le quitaba ojo al otro, preparada para ocuparlo si a alguien se le ocurría venir a quitárselo. Cuando le pareció que había impulsado lo suficiente para que el columpio adquiriese la altura adecuada, le llegó a ella el turno de sentarse. Una idea se abrió paso en la cabeza de Jhonny: se ofrecería a empujarla, como todo un caballero, pero quizá esperaría a que ella le dirigiese una mirada suplicante. Nada de eso sucedió, cuando se dio cuenta, la niña, que había echado hacia atrás el columpio todo lo que podía, con un rápido brinco se colocó en el asiento y empezó a darse impulso estirando y doblando las piernas con fuerza, para alcanzar en un momento una altura considerable. Bien, ahora vería de lo que él era capaz.
Una sóla mirada bastó para desalojar al chaval que ocupaba el tercer columpio, al lado de la muchacha, que se balanceaba sin prestarle apenas atención. Jhonny se impulsó con fuerza una y otra vez hasta que la alcanzó y aún siguió subiendo cada vez más alto, tanto que por un momento creyó que acabaría dando una vuelta de campana. Sintió como se ponía pálido y en un intento por disimular el susto se puso a silbar mientras dirigía una mirada de suficiencia hacía su vecina. Esa vez ella le devolvió la mirada y a Jhonnny le pareció percibir un matiz burlón lleno de malicia.
Luego la niña dio un salto que la apeó del columpio aún en marcha y fue a ayudar a bajar a la pequeña. Se marcharon cogidas de la mano. Él permaneció allí sentado un rato mientras las veía alejarse hasta desaparecer en un portal de una finca cercana.
Hoy iba a ser su revancha, le enseñaría a esa niña quien era Jhonny.
Se miró por última vez al espejo y le gustó la imagen que le devolvía. Se había puesto una camiseta blanca que marcaba sus incipientes músculos, un pantalón vaquero y sus botines de piel bien lustrados con grasa de caballo. Para rematar su atuendo, se puso su cinturón de la suerte hecho con un puñado de monedas de dos reales cosidas en el cuero.
Cuando llegó al parque la frustración se apoderó de él: no había rastro de la muchacha. Quizá era un poco pronto, pensó, y se sentó en un banco sin perder de vista el portal por el que había desaparecido la otra tarde. No había pasado media hora, que a él se le hizo eterna, cuando la vió salir acompañada de la pequeña. Ella también llevaba vaqueros y una camiseta corta que dejaba al aire un trozo de piel morena. Le gustaban las niñas con pantalones, aunque eso le imposibilitase vislumbrar sus braguitas entre los vuelos de la falda cuando aceptaban que las empujase en el columpio.
Al pasar por su lado, la pequeña le dirigió una tímida sonrisa, pero ella ni le miró siquiera, como si fuese invisible. Esta vez se dirigieron a uno de los columpios dobles con forma de barca, y después de acomodar a su hermana, ella se colocó en el medio con las piernas abiertas, un pie apoyado en cada lado y cogiéndose a las cadenas empezó a balancearlo para tomar altura. Jhonny no lo pensó más y de un salto se plantó frente a ella sincronizando sus movimientos para entre los dos impulsar la barca de hierro. Los ojos de la niña echaban chispas cuando se clavaron en los suyos, y él pensó que era capaz de pegarle, pero la pequeña empezó a palmotear alegremente y a reír agarrada con las dos manos para no caerse y la furia que reflejaba su rostro desapareció al instante.
Luego ella se sentó frente a su hermana y Jhonny siguió durante un rato de pie entre las dos, haciendo ostentación de su fuerza, pavoneándose como había visto hacer a los protagonistas de las películas.
¿Te gusta el circo? – le dijo cuando se sentó a su lado. Ella no dijo ni sí, ni no, hizo un gesto que podía significar algo así como “bueno”. Yo trabajo allí – dijo Jhonny orgulloso, seguro de impresionarla. ¿De payaso?- contestó ella, otra vez con aquella sonrisa burlona llena de malicia. Eso era una puñalada trapera, pero él no se amedrantó. No, listilla, mañana por la noche debuto como trapecista con mi familia. ¡Ah!- dijo por toda respuesta, pero a Jhonny le pareció notar un deje de admiración en ese escueto ¡ah!.
Si queréis podéis venir a verme – insistió el muchacho. Y fue la pequeña quien vino en su ayuda. ¡Sí!¡sí! yo quiero ir, anda, di que sí ¿de verdad podemos ir al circo?. El muchacho se mostró ahora orgulloso. Podéis venir mañana por la mañana y os lo enseño, tenemos tigres, leones, elefantes… seguro que os gusta, y os lleváis las entradas para la función de la noche ¿vendréis?. Y se le escapó sin querer cierta urgencia por conocer su respuesta. Iremos, dijo ella. Bien – respiró tranquilo – preguntad por Jhonny, ese es mi nombre.
Si esperaba que ella le dijese el suyo, se equivocó. Se levantó con un “tenemos que irnos, hasta mañana” y cuando llevaba un buen trecho andado, se volvió como quien olvida algo y le gritó: “gracias”. Bueno, no todo había salido mal, pensó el chaval, aunque hubiese preferido algo más de ilusión, o que mostrase un poco de interés o sorpresa ante su nombre: Jhonny... a él le parecía que sonaba a heroe americano. No iba a decirle que en realidad se llamaba Juan Felipe, después de lo que le había costado que su familia aceptase llamarle Jhonny, su nombre artístico. Ahora todos le llamaban así, todos menos su abuela, claro, que era muy cabezota.
Jhonny se acostó temprano deseando que la noche pasase pronto y aunque estaba nervioso tanto por su próximo debut como por la esperada visita de la niña, no tardó en quedarse dormido como un tronco. A la mañana siguiente se levantó temprano y ayudó en lo que pudo para poner a punto todo lo necesario para la sesión de la tarde, luego fue a ensayar por última vez su número. En ésas estaba cuando,desde lo alto del trapecio, las vio entrar en la carpa. Iban acompañadas de su hermana mayor que a sus espaldas ponía los ojos en blanco y se burlaba de él con gestos que Jhonny interpretó como de “tonto enamorado”. ¡Hola!- les gritó- enseguida termino. Y se dispuso a ejecutar el salto mortal que le lanzaría hasta las manos de su padre, colgado boca abajo y balanceándose enganchado con los pies en otro de los trapecios.
Mientras volaba por los aires imaginó a la muchacha con la boca abierta por la admiración y el corazón latiendo con el redoble de los tambores que acompañaban su pirueta.

... Podría terminar así. O no.




sábado, 6 de diciembre de 2008

Otro posible final para KATIE (Autor: Anónimo)

Tenía que hacerlo. No podía dejar que tu final de la historia quedase sólo como un comentario. Gracias. A veces (muchas) echo de menos esos cuentos escritos a dos, tres o cuatro manos. Es interesante ver lo que da de sí la imaginación de cada uno, y enriquecedor.


Y mientras la perrita se aleja, una ola de pensamientos:
se acuerda de todas las tumbas que llenó.
—“¿Por qué? ¿Por qué?”
Y desde el charco rojo,
donde queda el cadáver de su dueño,
algo de ella pugna por salir
a la superficie
y seguirla.
La perra sigue adelante, siempre adelante.
—“¡Pero sí una sola gota de sangre le hacía caer redonda al suelo!”
Eso era antes.
Ahora las tripas le vuelven
a crujir:
es la sed y el ansia,
le atraviesan,
chisporroteando como cables eléctricos,
desde la base del rabo hasta el alma.
Entorna los ojos. Sonríe.
Su cuerpo sucio.
La perra se siente la novia
del lodo.
Aunque su alma burbujee
como el alma de un gato hundido.
—“¡No, no, ella ya no rendirá la voz a sentimentalismos! ¡Matar! ¡Tiene que matar! Seguir matando por el resto de sus días amén”
Desde que aquel hombre
de aspecto tan agradable
e inocente,
(era ella ya una perra,
pero aún cachorra)
la violara.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Katie

(Imagen: Chica, mi perra)


Alfred apagó la cocina y colocó, en un plato, el bistec que se había preparado para la cena. Antes de sentarse a la mesa, cogió un recipiente y lo llenó de croquetas para perro de una conocida marca que, según se aseguraba en el paquete, proporcionaban una gran vitalidad al animal.
Salió al garaje. No encendió la luz ya que por la puerta de la cocina se filtraba la claridad suficiente para darle la cena a Katie, su perra desde hacía dos meses.
- Katie –llamó suavemente- ven, bonita, aquí te traigo la cena.
Desde un rincón la vio acercarse, moviendo la cola. Cada vez se la veía más fuerte y recuperada. ¡Pobrecita! Cuando la encontró andaba perdida por el bosque, malherida y muerta de hambre. Desde entonces, él, que nunca antes había tenido perro, le había ido tomando cariño y ahora ya no se encontraba tan solo.
- Ven, toma, aquí tienes tus croquetas – le decía suavemente, mientras acariciaba su lomo, ahora fino y lustroso.
Cuando se levantó para volver a la cocina, percibió, durante una milésima de segundo, un brillo malicioso en los ojos de Katie. En ese momento, unos afilados colmillos se clavaron en su cuello. Quiso gritar, pero su voz se tornó un gorgoteo de sangre caliente que se escapaba por su garganta. Se quedó sentado en el cobertizo, al lado de las croquetas, con una mirada de estupor y sorpresa fija en sus pupilas.
Katie, con la boca ensangrentada, entró en la cocina y devoró el bistec todavía caliente. Aulló levantando su cabeza hacia la luna. Después, con paso cansado y expresión desvalida, se dirigió al bosque. Quien sabe, quizá encontrase a otro humano que se apiadase de una indefensa perra abandonada.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Carmen


Carmen, es una mujer cansada: a sus setenta años se da cuenta que se le escapó la vida, y ninguno de sus sueños se hizo realidad. Yace en una cama de hospital y sabe que se muere. Aunque sus hijos y nietos se esfuercen en mentirle, ella lo siente en lo más hondo de su ser. Las lágrimas surcan sus mejillas, empezaron solas a brotar, sin darse apenas cuenta, suavemente. No está triste por dejar este mundo, puede contar con los dedos de la mano los momentos de felicidad que ha vivido, así que supone que, si su alma va a parar a algún otro sitio, no puede ser mucho peor. Sus lágrimas son de impotencia, desilusión y rabia por las circunstancias que marcaron su destino. Llora porque fue cobarde y no luchó por la vida que ella quería vivir, por no ser dueña de sus decisiones, porque ahora ya es demasiado tarde.

Cuando era niña su sueño más inmediato era estudiar, aprender, conocer. Era la más aplicada de clase, pero no por obligación, no. Su mente y su espíritu necesitaban el alimento diario del aprendizaje, y siempre estaba preguntando, quería saber todas las respuestas. Esos fueron años felices, a pesar de las penurias que pasaban en casa, de los vestidos remendados, del hambre. Era la menor de seis hermanos, todos varones. Antes de ir a la escuela tenía que ayudar a madre y preparar los almuerzos de los hombres que salían muy temprano a trabajar en las minas y echar la comida a los animales, pues en casa había gallinas, una o dos vacas, y algún cerdo para la matanza, además de la yegua del padre. Luego, cuando volvía, hacía a toda prisa todo lo que la madre mandaba, para poder sentarse y empezar con las tareas de la escuela. Después de cenar, cuando todos se acostaban, ella, a la luz del candil, leía los libros que la maestra le prestaba. Los miraba como un tesoro, con veneración. Se preguntaba si algún día podría comprar alguno, como los que había en la librería de la ciudad. Cuando bajaba con su madre, tres o cuatro veces al año, se quedaba hipnotizada delante del escaparate, hasta que recibía algún cachete que la espabilaba y la sacaba de su ensoñación.

Pero esos años felices pronto terminaron; ahora que los recordaba, le parecía que habían sido como cuando comía una manzana de caramelo en las fiestas del pueblo: quería hacerla durar y la lamía despacito pero, inevitablemente, se acababa, como su tiempo en la escuela. Cuando cumplió doce años, su madre la puso a "servir" de criada en una de las casa ricas del pueblo. Trabajaba doce horas diarias, sin descanso. Y cuando llegaba a casa todavía quedaban cosas por hacer, así que por la noche no tenía fuerzas para leer, y caía rendida por el cansancio. Y -como su madre decía- a una mujer para casarse y parir a los hijos no le hacía falta tanta lectura. Ya tenía bastante con saber leer y escribir, y las "cuatro reglas" para defenderse con las cuentas. Todas esas fantasías de los libros no servían para nada, más que para llenar la cabeza de pájaros, y de estos ya tenía demasiados.

En el silencio de la habitación oye la respiración de su hija, sentada al lado de la cama, y nota cómo, con sumo cuidado, le enjuga las lágrimas que siguen fluyendo mansamente, mientras a su mente acuden los recuerdos.

Trabajando de criada en el pueblo pasó unos años... Mientras, algunos de sus hermanos mayores se casaron y otros emigraron a la ciudad en busca de un futuro mejor. Pero para ella la vida seguía igual, como siempre, trabajando de sol a sol, sin posibilidad de cambio, y ya ni siquiera se atrevía a soñar: ¿para qué?

Acababa de cumplir los dieciséis años cuando se casó la hija de la señora, a la que habían buscado un buen marido: un abogado de Madrid, buen partido. Un día, cuando llegó a casa, su madre le dijo que cuando se celebrase la boda, se iba a Madrid con la nueva señora que necesitaba una criada. A Carmen se le abrió una luz de esperanza: allí había oportunidades, y quién sabe si quizás podría seguir estudiando por las noches; había oído decir que existían academias nocturnas. Pero también sintió que no era nadie: no le habían preguntado, ni habían pensado en ella, y parecía que para todos era como un animal que traían y llevaban a su antojo. Los hombres tomaban sus propias decisiones, pero ella no podía hacerlo pues su destino era callar y obedecer, ya que así se lo habían enseñado desde pequeña.

Cuando llegó a la gran ciudad se encontró sola y perdida, y a pesar de las penurias del pueblo, echaba de menos a sus padres. Su vida transcurría en casa de la señora, trabajando sin parar, con solo unas horas libres a la semana. Al principio, aprovechaba ese tiempo para salir y deambular por Madrid: paseaba, miraba las gentes en las calles e iba conociendo poco a poco el carácter de las personas con las que convivía. Su ilusión por poder seguir estudiando se fue debilitando, no tenía tiempo y no podía pedir permiso para salir unas horas diarias y acudir a una academia, además su sueldo tampoco se lo permitía. Cobraba una miseria y aún mandaba dinero a su casa. Pero, por lo menos, encontró una biblioteca donde empezó a acudir en su tiempo libre. Los primeros días se quedaba extasiada mirando tantos y tantos libros, y no sabía por dónde empezar, hasta que le pidió ayuda al bibliotecario que le aconsejó algunas novelas de lectura sencilla y entretenida. Ese era el sitio donde mejor se encontraba, donde se le pasaban las horas sin sentir hasta que tenía que volver a casa; luego se llevaba algún libro y lo devolvía la semana siguiente.

Un día al salir de la biblioteca, en el autobús que la llevaba de regreso a casa, conoció a Damián, que con los años, se convertiría en su marido. Él era un chico sencillo, no demasiado agraciado, pero con una mirada llena de bondad. Se quedó tan extasiado mirándola que pasó de largo su parada de autobús y ella, al darse cuenta, a duras penas contuvo la risa. Desde ese día Damián esperaba el autobús a la misma hora, hasta que supo con exactitud cuándo encontrarla. Al principio sólo la miraba, pero luego empezó a saludarla, y así, poco a poco, se fueron haciendo amigos. Ella no sentía esa fuerte pasión que siempre había soñado que sería el amor, pero se encontraba bien en su compañía y sabía que él la quería, así que, una vez más, olvidó sus sueños y se acopló a las circunstancias.

Durante unos años fueron novios. Damián trabajaba como mecánico en un taller, había empezado como aprendiz y le gustaba su oficio, así que entre los dos comenzaron a ahorrar y en cuanto pudieron alquilaron un piso diminuto en una de las zonas obreras de Madrid y decidieron casarse. Fue una boda sencilla, a la que tan sólo acudió la familia más allegada. No disponían de dinero para celebrar un gran banquete, y se tuvieron que contentar con celebrar una pequeña comida familiar en el bar de un conocido de Damián. No pudieron ir de viaje de bodas, el presupuesto no daba más de sí, pero se fueron contentos a su pequeño piso para disfrutar de su intimidad.

Carmen, muy a su pesar, dejó su trabajo de criada. Ella hubiera preferido seguir trabajando, pero en aquellos tiempos, todo hombre que se preciara de serlo debía ser capaz de mantener una familia, y ella no quería herir los sentimientos de su marido. Se dedicó de lleno a su hogar, arregló lo mejor que pudo aquel sencillo piso, en el que solo disponía de los cuatro muebles más esenciales, pero que ella mantenía limpio y perfectamente ordenado.

Al poco tiempo tuvieron a su primer hijo, Damián, como su padre, y ella, no tardó nada en volver a quedar preñada de su hija, Lucia. Se encontró con dos niños pequeños que ocupaban todo su tiempo, además de atender a su marido y cuidar de la casa. Lo peor era hacer "malabares" con el sueldo para poder llegar a final de mes; había que ser una perfecta economista, pero Carmen se las apañaba bien, y gracias a Dios, a Damián le iba bien en su trabajo.

Fueron pasando los años, y las cosas no les iban mal, pudieron dar la entrada para un piso un poco mayor, que empezaron a pagar con grandes sacrificios. Y entonces nació su hijo pequeño, Enrique. Fue un despiste ya que entonces el único método que utilizaban era la "marcha atrás", así que en un descuido les vino una boca más para alimentar. Bueno, ya se apañarían no era cuestión de ahogarse por algo que ya no tenía remedio; ni que decir tiene, que no pasó por su imaginación la idea de un aborto, algo impensable en aquella época.

Para entonces, Carmen se había olvidado de todos sus sueños, ya ni siquiera podía ir a la biblioteca, aunque había disfrutado mucho enseñando a sus hijos a leer y ayudándoles con las tareas escolares mientras fueron pequeños. Le hacían recordar su infancia: ¡cómo le hubiera gustado ser maestra! Se podía decir que era relativamente feliz, su marido era un buen hombre, trabajador, buen padre. Aunque no era demasiado cariñoso, tampoco la había tratado nunca mal, también es verdad que ella no le había dado motivos, pero a algunos maridos no les hacía falta nada para descargar la frustración y la rabia con sus mujeres.

Sus dos hijos mayores no le daban problemas. Damián no había querido estudiar, pero empezó a trabajar con su padre en el taller, que había prosperado mucho, y no lo hacía mal, sentía pasión por los coches. Lucía seguía estudiando, Carmen estaba orgullosa de ella, era muy buena estudiante y se juraba que su hija tendría las oportunidades que nunca tuvo ella. El problema era Enrique, un adolescente rebelde al que no le gustaba estudiar, ni trabajar; y por si eso fuera poco empezó a frecuentar unas amistades nada recomendables. Carmen sabía que muchas veces no acudía al Instituto, continuamente la llamaban los profesores, pero se encontraba perdida y no sabía qué hacer. Sospechaba que había empezado a fumar "porros"; ella no entendía de eso, pero se lo notaba en los ojos enrojecidos. Y las pocas veces que podía hablar con él, lo negaba todo descaradamente, para luego largarse de casa dando un portazo.

Carmen callaba, y no le contaba nada a su marido. Bastante tenía el pobre con trabajar y últimamente lo notaba preocupado y de muy mal humor. Se hablaba que en el taller querían hacer un recorte en el personal, y se temía lo peor. Y lo peor llegó: un día Damián se presentó en casa con la carta de despido, estaba desmoralizado. ¿Qué iba a hacer ahora a sus cincuenta años?, ¿qué iba a ser de su familia?

Tiene la boca reseca, sin saliva. Entreabre los ojos y distingue la silueta de Lucía dormitando en el sillón, al lado de su cama. No quiere despertarla, debe estar muy cansada después de tantos días allí, sin moverse apenas de su lado. Se remueve en la cama y su hija acude al instante. La mira sin hablar, y se ve que lee en su mirada, porque le acerca un vaso con agua en la que apenas moja los labios. Vuelve a cerrar los ojos, está a punto de dejarse llevar por el cansancio y dormir para no despertarse, pero quiere seguir hurgando en su memoria. Necesita encontrar en su vida un solo momento en que haya sentido la felicidad plena, esa que percibe en las telenovelas, o en las películas, en la soledad de su pequeña sala.

Sí, Damián había perdido su trabajo y con ello su dignidad y su autoestima. Al principio salía todas las mañanas dispuesto a buscar otro empleo, y con el periódico debajo del brazo recorría la ciudad. Iba ilusionado, confiaba en su experiencia pues sabía de coches y de motores casi más que de su familia. Pero cada día venía un poco más decaído: en todas partes era lo mismo, buscaban gente más joven. Al poco tiempo, dejó de patear las calles, bajaba al bar de la esquina y allí olvidaba sus penas entre vasos de vino.

Carmen había empezado a fregar escaleras y oficinas, y miraba en silencio cómo su marido se iba transformando, cómo iba cayendo poco a poco en un pozo de amargura. Intentaba darle ánimos, pero para un hombre que no había hecho en su vida otra cosa nada más que trabajar, se habían acabado las esperanzas y las ilusiones. Estaba taciturno, triste y no hablaba, sólo miraba con ojos como de pez muerto que a ella le partían el alma.

Por si no tenía bastante, Enrique, su hijo pequeño, estaba cada vez más alejado de casa. Ella sabía que andaba por mal camino. Aparecía, de cuando en cuando, para pedirle dinero, había adelgazado mucho, y siempre iba sucio y con ropa vieja y rota. Unas veces parecía adormilado, y otras estaba inquieto y tartamudeaba como si no le salieran las palabras. Carmen había empezado a esconder el dinero y las pocas cosas que tenía de valor, porque en más de una ocasión, después de que él hubiera estado en casa, echaba en falta lo poco que llevaba en la cartera.

Recuerda aquel día en que volvía cansada y rota, las rodillas destrozadas por las muchas horas que se pasaba fregando. Había llegado a casa pensando en que todavía tenía tiempo de sentarse un momento en el sofá y tomarse un café con leche caliente -¡hacía tanto frío!-. El teléfono estaba sonando y a ella, sin querer, se le encogió el corazón. Pensaba en su hijo. ¿En que lío se habría metido esta vez? Se equivocaba, una voz de mujer le decía algo que ella se negaba a creer: habían encontrado a Damián colgado de un árbol en un parque cercano.

Su marido no aguantó la desgracia, y la había dejado sola. Se sentía cansada de luchar: toda la vida igual, no le quedaban sueños ni esperanzas, ya no le quedaba nada. Se preguntaba qué sentido tenía una existencia como la suya; no sabía por qué seguía aguantando día tras día, pero lo hacía.

No había pasado mucho tiempo desde que enviudó, cuando murió su hijo Enrique. Lo encontraron en el mismo parque que a su padre, pero a él con una jeringuilla clavada en el brazo. Ella, a pesar del dolor inmenso que sentía, recuerda que tenía una sensación de alivio, de paz, y se avergonzaba por eso.

Gracias a Dios sus otros hijos habían resuelto bien su vida. Cuando Damián se casó, ¡qué orgullosa se había sentido! Era un hombre trabajador, como su padre, y gracias a su esfuerzo había conseguido salir de aquel barrio, cada vez más degradado. Tenía un taller de su propiedad y se había enamorado de una buena chica con la que formó una familia.

Lucía, Lucía, Lucía. Ella siempre había sido su niña, trabajó durante años con todas sus fuerzas para que su hija pudiera cumplir sus sueños, para darle todas las oportunidades que la vida le ofrecía. Y había valido la pena, ¡vaya que sí!: era una mujer independiente, y ejercía como pediatra, lo que siempre había deseado desde chiquitina. No se había casado todavía, pero Carmen sabía que estaba enamorada, se lo había visto en los ojos brillantes, la sonrisa en los labios y la alegría reflejada en su rostro. Lo intuyó la última vez que Lucía había ido a comer a casa. Ella ya empezaba a encontrarse enferma, pero no le había dicho nada, no quería preocuparla y estropear aquellos instantes de complicidad entre ambas.

La habitación está en penumbra y ella se esfuerza en abrir los ojos, quiere mirar a su hija por última vez. Quiere decirle tantas cosas, contarle de su vida y sus sueños, pedirle que luche por la felicidad, que no la dominen las circunstancias, que no se deje llevar de acá para allá. Pero está tan cansada que no le quedan fuerzas ya. Lucía se ha sentado en la cama y le coge la mano entre las suyas. Nota como, con un suave pañuelo, alguien le limpia el sudor frío que baña su frente: es Damián que está al otro lado de la cama. Abre los ojos y les sonríe ; y piensa que, después de todo, su vida tuvo algún sentido.

Deja caer los párpados despacio, queriendo guardar en su memoria esa última imagen. Ya no siente ningún dolor, nota su cuerpo liviano y una paz que la inunda por completo. En la boca, una sensación de frescura como cuando acercaba sus labios a las aguas puras y cristalinas que manaban de la fuente del pueblo. Y respira, respira por última vez el aire que entra por la ventana de su habitación en la vieja casa donde nació.

lunes, 1 de diciembre de 2008

La conoció en un bar

En los enlaces que figuran en la parte derecha del blog figura "El desorden de tu nombre". Se trata de un grupo de msn que cree hace algún tiempo y en el que compartí ratos y letras con buenos amigos y mejores escritores. Como ya sabréis, porque en la red las noticias vuelan, msn ha decidido cerrar esos grupos gratuitos, vete a saber por qué. El caso es que en El Desorden existe un panel que dimos en llamar "Retos" en el que cada mes se proponía precisamente eso: un reto. Alguna vez fueron historias que se escribieron conjuntamente entre varios participantes. Una de ellas es ésta que traigo aquí, un poco para que no se pierda en el olvido pues creo sinceramente que fue un buen trabajo. Es un poco larga y cada fragmento aparece precedido del "nick" de quien lo escribió. Espero que os guste y aprovecho para agradecer una vez más a ese puñado de amigos los felices ratos que pasé junto a ellos. Gracias, de corazón.

Como no le pusimos título, me pareció buena la frase con la que comienza la historia:


La conoció en un bar



Cari-Sum

La conoció en un bar. Era una mujer de las que quitan el hipo, rotunda y explosiva. De curvas peligrosas y aire de misterio. Se hacía llamar Feroz, un nombre que a él le resultaba excitante. Le hacía imaginar escenas de pasión, momentos lúbricos, sexo, mucho sexo. Cada noche se acercaba al local para verla actuar. La observaba desde la barra, la veía moverse sobre el escenario, sensual, desgarrando canciones con su voz rota, entre el humo de los cigarrillos y el olor a alcohol. Al final de cada actuación ella se acercaba a la barra con su caminar cadencioso, ese bamboleo de caderas que da una vida sobre unos tacones afilados. En el instante en que un cigarrillo quedaba apresado entre los labios rojos, una docena de encendedores iluminaban el local. Entornaba los ojos para encenderlo, y daba unas gracias escuetas antes de exhalar el humo, coger su copa y desaparecer por unas cortinas de terciopelo ajado y descolorido. Noche tras noche el mismo ritual. Noche tras noche el deseo latiendo en cada mirada, en cada hombre, en cada rincón del bar. Él intentaba sonsacar al camarero, le ofrecía billetes arrugados para que le hablase de ella. Billetes que el camarero le devolvía con mirada triste, repitiéndole cada noche la misma frase…-Olvídela, no es para usted. Ella es Feroz y… está maldita. Pero esas palabras no hacían mella en él, volvía cada noche para desearla, para que ella le mirase siquiera un instante y hablarle con los ojos, elevar su copa en dirección al escenario y beber a su salud. Fueron semanas de sueños inquietos entre la nebulosa del alcohol, de deseos insatisfechos. Semanas en las que dejó de pensar en nada que no fuese ella. Maldita… Dicen que está maldita. ¿Acaso no lo estamos todos? Volvió, una vez más, dispuesto a perder el tiempo a sabiendas que ella no se dignaría a intercambiar dos palabras con él. Al entrar la vio en la barra, ella le miró fijamente mientras el camarero cuchicheaba algo junto a su oído...

Después

…Joseph se acercó a la Juke Box y seleccionó un disco. En seguida Joss Stone empezó a cantar su Dirty Man quejumbrosamente mientras Feroz se acercaba a aquel desconocido que se estaba convirtiendo en el habitual de sus noches, en el lejano hombre de ojos tristes que la miraba a través de las volutas de humo del local mientras ella entonaba esta canción y muchas otras.
Se acercó a él, lenta, pisando esa línea recta que hace a una mujer caminar como un felino y le tendió una mano. Sonrió al mirar su cara de asombro y le dijo -¿Bailas?.
Él la siguió hasta un hueco entre las mesas y la tomó de la cintura. Aquello era mucho más de lo esperado y se dejó llevar por la música aspirando el aroma de su cabello contra su mejilla. Se balancearon lentos, en silencio, dueños de esas manos con miedo de invadir lo desconocido que se van afianzando poco a poco, rozando un trocito de cuello, un hombro, el filo de la cadera.
La melodía terminó y se detuvieron reparando en un sujeto parado junto a ellos.
- Harry ¿qué haces aquí?

Desordenada

Joseph estuvo a punto de echarse a reír al mirar al individuo al que se dirigía Feroz. Y no era para menos. Ante ellos se erguía un enorme cuerpo de pollo de plumas amarillas, por encima del cual asomaba una gran cabeza de hombre con gesto compungido y ojos brillantes. Bajo el brazo sujetaba una cabeza de pico naranja.
- Harry ¿qué haces aqui? - insistió Feroz.
El hombretón hizo pucheros.
- Tenía que marcharme de allí, sabía que pasaba algo, lo sabía. El encargado quería que caminase hasta la tienda de flores. Y eso no está en mi ruta, no está en mi ruta - le dije, pero él insistía. Y yo estaba muy nervioso, ya sabes que las flores me ponen nervioso. No podía ir hasta allí... ¿qué...? ¿qué haces bailando?... tú, tú nunca bailas con nadie.
- Deja eso ahora, Harry, escúchame ¿qué le has hecho al encargado? ¿le has hecho algo?.
Joseph, un poco apartado, observaba al hombre. Sí, le había visto alguna vez, unas calles más abajo, ante la tienda de pollos asados. Se había fijado en su rostro, siempre mostrando una expresión ausente, con aquella enorme nariz aplastada que le daban aspecto de boxeador.
Y no se equivocaba, Harry fue un gran campeón de los pesos pesados hasta que su cabeza no pudo resistir más golpes.
- No, le he hecho nada... me gritaba, me gritaba mucho y yo estaba nervioso, yo... sabía que debía venir aqui. No, no le he hecho nada, te lo prometo, le empujé, le empujé sólo un poco. No quería que me gritase más, quería decirle que la tienda de flores no era mi ruta, que no podía ir allí. Me llamó estúpido retrasado, así "estúpido retrasado" muy cerca de mi cara, me salpicó de saliva. Y yo le empujé... sólo un poco.
- Tranquilízate, Harry...
- Y este tipo... ¿te gusta este tipo? estábais bailando, os he visto... muy juntos. No me gustan los tipos que aprietan a las chicas cuando bailan...
Un borracho se acercaba tambaleándose hacia ellos, la sonrisa torcida con gesto burlón, el dedo estirado señalando al pollo gigante...

Después

- ¡Eeeehhh! ¡tú!! ¡pollo!!! ¡¡¡Eeehhh, míiirame!! .- Hablaba con la lengua pegada al paladar y arrastrando un poco las vocales, inequívoca señal de que estaba bebido.- Quierrro que te poongasss la cabeza de gallina y que nos cacareess un poco. Quierro que cruuces la sala, talmente clueca y nos poongash el huefo.
Y brúscamente le dió un empujón a la mole amarilla, lanzándolo contra una de las mesas que se encontraban vacías.
Harry se levantó ágilmente, muy rápido para un hombre de su tamaño y avanzó hacia el borracho.

Kluzkl

Joseph observaba a Harry y se preguntaba ¿Qué es lo que debía de hacer Harry? Él, Joseph, se las daba de conocerse bien: podía ser apasionado, a la vez que reflexivo y frío, nada visceral si al contexto le interesaba. ¿Qué hubiera hecho él? No todos los momentos son iguales, ni tan siquiera el cuerpo ni los ánimos dan para comportarse de igual forma. Y luego estaba lo del libre albedrío. ¿Existía de verdad eso que llaman el libre albedrío, la libertad de, realmente, poder comportarse uno como le viniera la gana? ¿O los momentos se subordinan a los contextos, mandan? ¿Qué hubiera hecho él? ¿Cómo se hubiera comportado? Pero no, no era de él, sino de Harry, de sus comportamientos, de lo que a Joseph le apetecía ahora reflexionar. Harry era, al menos se lo parecía a Joseph, vehemente y visceral, y ahora le acababan de tirar al suelo de un empujón, con burla, quizá, se podría considerar, de manera insultante.
A Harry le asistía el derecho de no dejarse intimidar por el otro tipo, pero el otro estaba borracho, era evidente.Hablaríamos entonces —seguía Joseph con sus deliberaciones, mientras Harry ya estaba muy cerca del tipo ebrio— de la incidencia real del alcohol en los reflejos, sobre la incidencia, especial y determinante, del alcohol en los comportamientos. El alcohol podía definir, y de qué forma decidir, optimizar, el agravamiento de los conflictos.¿Harry se debería abandonar a los instintos y golpear al borracho hasta pelarse los nudillos? O, por el contrario, Harry se debería permitir la oportunidad de una evaluación sistemática y compleja de forma que así evitara el enorme despilfarro de energía que supondría la desconformación entre las ideas, su ego y su autoestima. Cómo parecían indicar diferentes corrientes científicas y psicológicas que habían estudiado el problema —Joseph recordó un artículo periodístico que aún estaba fresco en su memoria— la formación amplia y flexible, inspirada y en consonancia con las inquietudes e intereses de las personas, suele derivar de una estrategia global en el marco de una planificación de las actuaciones, y de la concepción integral que siempre o, al menos, la mayoría de las veces, les es preciso desarrollar teórica y prácticamente…Pero ¿para qué seguir divagando? —interrumpió Joseph sus reflexiones— ahora interesaba ser prácticos: lo que tenga que suceder sucederá, por más vueltas que le demos, antes de no más de un par de segundos.Harry ya estaba a menos de un paso del borracho.

Desordenada

- No soy un gallina - dijo Harry cogiendo al borracho por las solapas y alzándolo dos palmos del suelo - no soy un gallina, soy un pollo ¿verdad Feroz que soy un pollo?, díselo, dile que soy un pollo.
- Está bien, Harry, está bien, suéltale, suéltale por favor, sólo es un pobre borracho. Y tú, desgraciado - gritó dirigiéndose al beodo que pataleaba buscando un punto de apoyo para los pies - te aconsejo que te largues por donde has venido, si no quieres ver tus putos dientes esparcidos por el suelo.
Mientras, Joseph parecía haberse quedado traspuesto. No dejaba de mirar a aquella mole humana que hablaba como un niño. Pensó que el hombre, si no se le enfurecía, era incapaz de matar una mosca, pero... cuidado con molestarle, porque podría matar a cualquiera de un golpe. No sabía muy bien cual era su papel en todo ese lío, así que optó por quedarse quieto contemplando cómo se desarrollaba la situación. Parecía que Feroz era capaz de manejar al hombre y desde luego, más capaz aún de asustar al imbécil borracho y hacerle salir por pies.
Harry miró durante un rato al pelele que tenía entre las manos como si se tratase de un insecto al que estuviese estudiando, decidiendo si le rompía una patita o le dejaba marchar sano y salvo. Volvió a mirar a Feroz y lentamente le depositó en el suelo.
-Uh! - le gritó como si jugase a asustarle, y el tipo salió trastabilleando hacia la puerta sin atreverse a mirar atrás...

Peonpalante

Todas esas escenas bailoteaban en la mente de Joseph, como si de un guión cinematográfico se tratara, mientras se embebía contemplando absorto el fondo del vaso que contenía el whisky de dudosa procedencia que servían en aquel antro, y se quemaba los dedos, apurando hasta la brasa cada uno de los cigarrillos que le arruinaban los pulmones.Por supuesto que no existía Harry, cualquiera sabe que los boxeadores sonados, peligrosos pero cándidos, son una leyenda urbana; por supuesto que no existen los pollos parlantes. Imposible que Feroz lo invitase a bailar. De todas sus elucubraciones tan sólo eran ciertas la presencia insidiosa del borracho (tal vez él mismo) y… Feroz.Feroz existía, era tan real que le dolía su presencia. Tan destructora que ya había perdido la voluntad por ella. Acodado en la barra, noche tras noche, las canciones de Feroz le atormentaban. Por lo que decían y por cómo las cantaba.No era ingenuo. Sabía que Feroz no era tan glamorosa, que tras el maquillaje y las engañosas luces del tugurio se escondía una mujer torturada, renacida del mil cenizas, y eso era lo que la hacía irresistible para él.Si tuviera el valor de hablarle…

Kluzkl

Alguien apretó un botón y empezaron a caer burbujas del techo, Harry primero se asustó, e hizo ademán como de quitárselas de encima, luego se quedó quieto, mirándolas, con una sonrisa leve, de boxeador sonado. Joseph se decidió, se acercó a Feroz y se pegó a su espalda, la rodeó con los brazos, entrelazo las manos a la altura de su vientre, la presionó hacia así. Feroz dio un respingo, parecía que iba a resistirse pero se abandonó al juego. Joseph la embestía, muy sutilmente.Ella movía sus caderas, presionaba con las nalgas, levantaba los brazos, desnudos, y jugaba con su melena, se acariciaba los pechos; sus pezones cantaban ya a voces su ánimo.
Concupiscente pistola frágil, translúcida, erotismo ungido de balas, grandeza, esplendor, ceremonia o entierro solemne que hace honor al difunto, forma rellena de aire sometida por un líquido, frenéticamente, milagrosa piel de agua y jabón con gotas de esencias compradas en Egipto, arena, alcohol y cien noches, a partes iguales, frasco tan pequeño, o tan mayúsculo, como el cariño por los perros, prueba de acíbar, de derrota, sobrecillo de azúcar imposible para el mozo, Par naso o Helicón presidido por el Eros amable de palabras llenas de sicalipsis, pornografía, gran capacidad de deslizamiento, lujuria pordiosera pidiendo limosna en la calle de aromas y sonidos exóticos, mojadas fuertes, infinita saliva, besos, tiros de sílice palatizados contra el paladar.
Joseph, la bisbiseaba a la oreja.

Peonpalante

¡Qué no, qué no! Que si se dejaba arrastrar por el delirium tremens estaba perdido. Después de Harry el Pollo, difuminado entre burbujas, ¿qué sería lo siguiente?¿Un conejo blanco de tres metros de alto, con una pajarita roja, bailando claqué? ¿O alguna aberración de la naturaleza, como un ciempiés de cuatro patas?Debía zafarse de sus alucinaciones y centrarse en Feroz, aunque ella fuese la mayor alucinación de todas.Soñaba con olerla, con enterrar la cara entre sus muslos y asfixiarse voluntariamente con su acre aroma de mujer fatal.Soñaba con decirle que le había desgarrado el alma, que le había robado el corazón, que no podía dormir por su culpa. Y todo sin ni siquiera haber cruzado una palabra. Vivía con carne y sangre las letras de las canciones que ella esculpía desde el escenario.Y ahora lo estaba mirando, seguro que el camarero le había contado su interés por ella.El caso es que de cerca no parecía tan impresionante...

Desordenada

Santos arrugó la hoja que estaba escribiendo. No había manera: la inspiración le había abandonado. La historia que intentaba escribir era una mierda, giraba, daba vueltas sobre sí misma sin llegar a ningún lado. Y eso de ponerles nombres ingleses a los protagonistas era de un cutre que echaba para atrás.
Se recostó en la silla desperezándose mientras daba un vistazo a su alrededor. Toda la habitación estaba en completo desorden, la mesa desaparecía bajo un número incontable de aviones, pajaritas, barcos... de papel. Todo el papel que había desperdiciado intentado escribir esa estúpida historia: primero había pensado en algo un tanto erótico con una pizca de suspense, luego intentó darle un giro detectivesco, intercalando algunos pasajes casi surrealistas, de nuevo volvió al eje central de la historia, pero no, no le gustaba.
Suspiró hondo. En momentos así echaba de menos un cigarrillo, pero no iba a caer en esa tentación. Se levantó para acercarse a la ventana a ver si se despejaba un poco. Tenía las piernas entumecidas de las horas que había pasado sentado. Iría a mear.
El baño también necesitaba una buena limpieza, pensó mientras miccionaba sin fijarse mucho en las salpicaduras que iba dejando en el inodoro. Luego, se dirigió a la ventana.
Era una noche fría, pero no demasiado. Las calles aparecían desiertas de viandantes, sólo algunos coches, pocos, circulaban por la avenida. Frente a su ventana un parque inaugurado por el ayuntamiento hacía unos meses mostraba unos raquíticos árboles demasiado jóvenes para dar un poco de sombra en las calurosas tardes de verano. Fue entonces cuando la vió. Estaba sentada, de forma indolente, en uno de los bancos, mostrándole su mejor perfil. Parecía que no tenía otra cosa que hacer que permanecer allí sentada precisamente en Nochebuena, cuando lo lógico era hallarse ante una gran mesa rodeada de la familia.
Aunque precisamente a él no debíera parecerle extraño. Estaba sólo, intentando empezar una novela. Su familia... mejor ni pensar en ello, eso sí que daría para contar una novela. Pero no, jamás, nunca en los cuatro libros publicados había hecho una sóla mención a su vida íntima, nada autobiográfico, ni siquiera de sus pocos grandes amores.
Sus amores... Susi, ella había sido el último. Y cuando se marchó se llevó con ella su inspiración. No había podido escribir nada coherente desde entonces.
Volvió a fijarse en la desconocida del banco. Tenía ganas de bajar a la calle, cruzar la avenida y sentarse a su lado. No, mejor, sacaría su vieja bicicleta y se iría al parque, era una buena excusa para pasar por allí. Y era una noche estupenda para eso, al menos hasta que las cenas terminasen y las gentes volviesen a asaltar la calle.
Al coger la bicicleta de la habitación del trastero volvió a acordarse de Susi, de los largos paseos que solían dar juntos. Vamos, Santos, deja de pensar en ella - se dijo en voz alta - y se dirigió a la puerta con paso firme...

Desordenada

Cuando salió a la calle se sentía invadido por una extraña urgencia, deseaba pasar lo antes posible por delante de aquella mujer que seguía sentada en el banco, impasible, parecía talmente una estatua o uno de esos mimos que a veces se paraba a observar con curiosidad. Se obligó a serenarse un poco y a adoptar una aptitud sosegada, como el que va sencillamente a dar un paseo en bicicleta. Mientras esperaba a que el semáforo cambiase a verde para poder atravesar la avenida, disfrutó del silencio de la noche, de la ausencia casi total de vehículos, observó las ventanas iluminadas de los edificios e imaginó que detrás de una gran mayoría de ellas, habría familias enteras sentadas a la mesa. No sentía envidia, él ya había tenido de eso y no lo echaba de menos.Santos pasó al otro lado de la calzada y pedaleó despacio al enfilar el pequeño sendero donde se hallaba el banco ocupado por la desconocida. La observó atentamente mientras se iba acercando a ella, ya que no podría hacerlo justo cuando pasase por delante. Iba enfundada en un largo abrigo gris y permanecía sentada con las piernas cruzadas, una encima de la otra, que asomaban por la abertura del abrigo. A pesar del frío, ella llevaba medias negras y unos zapatos de tacones afilados, parecía que se hubiese escapado de una fiesta. El pelo, de un bonito color caoba, brillaba a la luz de una farola situada al lado del banco. Lo llevaba en una corta melena, que tapaba justo las orejas, peinado con raya en medio y la nuca más corta que la parte de delante. A Santos le resultó familiar.El hombre se disponía a pasar por delante y ya iba a agachar la cabeza cuando percibió un ligero movimiento, la miró y en ese mismo instante ella alzó los ojos. La impresión que le causó aquella mirada fue tan fuerte que tartamudeó al decir un casi inaudible: “buenas noches” y aceleró el pedaleo.¡Qué idiota soy! Parezco un estúpido niñato, me he puesto a temblar como un flan cuando ella me ha mirado. Tengo que dar la vuelta, ahora mismo, sí, ahora mismo voy a ir allí y sentarme a su lado, da igual si tengo excusa o no, siempre puedo hablar del tiempo. Santos no lo pensó más y empezó a desandar el camino. Tenía que mirarla de nuevo, porque no era posible, había sido una alucinación, seguro, pues no le había parecido que esa mujer que estaba allí sentada era exactamente igual que el boceto que él había hecho de la protagonista de su novela. Feroz, esa mujer era idéntica a Feroz. Él tenía la tonta costumbre de imaginar físicamente a cada uno de los personajes de sus novelas y como el dibujo no se le daba mal, se entretenía haciéndoles una especie de retratos. Siempre había sido así y tenía una buena colección de ellos.Ahí seguía ella sentada y parecía dispuesta a pasar toda la noche…

Desordenada

Visto y no visto, antes de tener tiempo de arrepentirse Santos estaba frente a la mujer del banco. Ella le miró con cierto reproche al tiempo que le preguntaba: "¿por qué te has ido como si hubieras visto un fantasma? la primera persona conocida que encuentro y te largas, así, tan tranquilo". Él se había quedado con la boca abierta por la sorpresa. Su mente era un torbellino de pensamientos contradictorios y no lograba salir del estado de estupefacción en que se hallaba. "¿Me conoces" - acertó a balbucear. Ahora era ella la sorprendida. Estás de broma. Pues mira, yo no tengo ganas de bromear, estoy asustada, muy asustada. Hace un rato bailaba contigo en el "Asfalto ardiente", bajo una lluvia de burbujas, tú bisbiseándome la oreja y Harry queriendo matar a un puto borracho y aparecí de pronto aqui sentada en este banco solitario, en un parque que no conozco de una ciudad extraña. Dime ¿te parece que tengo ganas de bromear?.
Santos la miraba extasiado. Feroz, o quien quiera que fuese aquella desconocida, se ponía más y más guapa conforme crecía su enfado. Le brillaban los ojos que parecían lanzar chispas de fuego. No sabía lo que hacer, así que optó por dejarse llevar y seguir con aquel juego. Pronto la calle se llenaría de gente con ganas de fiesta, así que decidió llevarla a algún sitio para intentar calmarla y entender, de paso, aquella extraña situación.
Vamos, tranquilizate, será mejor que vayamos a mi casa y tomes algo caliente, hace mucho frío esta noche - le dijo en tono conciliador - está aqui al lado. Cuando alzó sus ojos hacia él, Santos se encontró con la mirada más suplicante que jamás había visto. Tengo que buscar a Harry, tienes que ayudarme a buscarle, él se encuentra perdido sin mí, es como un niño, un niño pequeño, puede cometer una locura, por favor, por favor, tienes que ayudarme - y rompió a llorar.
El hombre la rodeó con sus brazos, consolándola, mientras le hablaba suavemente al oído. No temas, iremos a buscarle, le encontraremos, te lo prometo, pero antes debes sosegarte y descansar un poco. Algo le contestó ella en voz baja, pero él no llegó a escucharla porque en ese momento la sirena de una ambulancia rompía el silencio de la noche...
Santos dió un respingo cuando una ambulancia pasó por delante de su ventana haciendo ulular la sirena. Estaba aturdido y durante un momento no acertaba a darse cuenta de donde se encontraba. ¡Uf! le dolía enormemente la espalda y los brazos. Se había quedado dormido sobre la mesa en la que estaba escribiendo. ¡Joder, joder, joder! menudo sueño he tenido, mierda, eso me pasa por comer esas porquerías precocinadas, bueno, y la botella de vodka también habrá tenido algo que ver. Se desperezó, al tiempo que meneaba la cabeza en un intento de desterrar aquellas estúpidas imágenes que aun rondaban allá dentro.
Tenía las piernas entumecidas cuando se dirigió al baño a mear, rascándose la entrepierna. ¡Coño! un día tengo que limpiar todo esto, pensó. Volvió sobre sus pasos y se dirigió a la ventana. Enfrente, en un banco solitario del parque se sentaba una mujer con gesto indolente... esperando. La lacia melena le tapaba el rostro.
Santos cogió su bicicleta y salió de casa.

Cari-sum

-Baila conmigo una vez más, Feroz...
Enmedio del parque, Santos asió de nuevo la cintura de aquella misteriosa mujer. Ella, flexible como un junco, se dejaba llevar al ritmo de unos músicos invisibles.Giraban sobre sí mismos bajo la luz de la luna, abrazados, cuando de entre las sombras de la noche un movimiento llamó la atención de Santos. Fijó la vista en aquel punto y, sorprendido, vio aparecer un numeroso grupo de enormes pollos amarillos que avanzaban, hacia ellos, caminando de forma ridícula y piando bajo las estrellas.
-¡¡¡Dios mío... Feroz... El pollo!!!Pi... Pi... Pi...-¡¡¡Son pollos, cientos de pollos!!!Pi... Pi... Pi...
Feroz le miraba divertida mientras iba transformándose en otro enorme pollo saltarín.
-Mira Santos, soy un pollo, jajaja, soy el pollo ferozzzzzz y tu eres san pollo, jajaja... Pi... Pi...

Santos...Santos...

¡Santos!¡¡¡Santos... Joder... Apaga el despertador!!!
Santos abrió los ojos sin entender nada, y una punzada de dolor se le clavó entre los ojos al recibir la bocanada de luz intensa que entraba por la ventana.
-Te juro que es la última nochebuena que cenamos en casa de tu hermano. Cada año lo mismo, te pones ciego de anís del mono y me das la noche. Santos no hacía más que mirar a su alrededor, bajo las sábanas, dentro de su pijama.
-¿Y el pollo, Mari?
Mari resopló mientras buscaba las zapatillas bajo la cama.
-El pollo... Menuda perra te ha dado esta noche con el pollito de las narices. Si Santos, sí, tu cuñada te dio pollo para cenar, el mismo pollo reseco e infumable de cada nochebuena, pero como eres un ansioso te pusiste hasta las trancas. Y claro, entre el empacho, la borrachera y el concurso anual de "a ver quién hace más el ridículo con el karaoke", te has pasado la noche dando saltos en la cama y sin callar.
Santos se pasó la mano por la frente cubierta de sudor frío y volvió a arrebujarse bajo las mantas. Mari, mientras tanto, rezongaba de camino a la cocina.
-El pollo feroz... Si es que no se puede ser más tonto. Que harta estoy, madre mía...
-Jo Mari...

Y este cuento se acabó.

Gracias a los escritores por orden de aparición:

Cari-sum, Después, Desordenada, Kluzkl y Peonpalante.