Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

domingo, 25 de julio de 2010

En busca del hombre perdido (Uno)


Retomo una historia que dejé inconclusa allá por el año 2005 (cómo pasa el tiempo) a ver si la termino, espero que la disfrutéis.



Hoy tengo una cita. No sé si es la quinta o la sexta en este mes, ya me he perdido. Asustadita estoy, esta gente de la Agencia matrimonial no da una, oye. Si ya me lo decía mi madre “¿Para qué quieres tú ahora encontrar novio?, con lo bien que estás así” Y no me extraña que me diga eso, porque está de mi padre hasta los mismísimos. “Divórciate” le digo yo. Una tontería, se lo digo por decir algo, porque a su edad ¿para qué? Y eso me contesta ella. Dice, la muy golfa, que si ella tuviese mis años y soltera, se comía el mundo. Pero es que cuando una pasa la cuarentena y todas sus amigas y conocidas están casadas, o divorciadas, estar soltera es como si fueras un bicho raro. No, no es lo mismo estar soltera que divorciada, porque ni siquiera puedo poner verde a mi ex, que es lo que suelen hacer mis amigas. Que yo me pregunto si no están más ligadas ahora a sus exmaridos que cuando estaban casadas, porque no se lo quitan de la cabeza. Y es que siempre deseamos lo que no tenemos, joder. Y una necesita tener un apoyo, alguien con quien compartir tus cosas, tus gustos. Si es que hablo con el gato, con las plantas –las pocas que quedan vivas, porque debo aburrirlas con mi cháchara- con la televisión, con el ordenador. No, por sexo no es. O sí, un poco. Porque dicen que hoy en día se liga como nada, pero no lo encuentro yo tan fácil. Y eso de Internet, no me fío mucho, que a saber con quien chateas, la mitad se lo inventan todo. No, yo para eso prefiero lo de siempre.


Alguna que otra aventurilla he tenido, no voy a decir que no, porque a mis cuarenta y cinco años aun estoy de muy buen ver. Y eso lo hace el estar soltera, ya lo sé, que tengo tiempo para mí, para ir a la peluquería, a la esteticien... y el cuerpo, sin haber parido, se mantiene muy bien. Tampoco tengo que quitarme los caprichos para comprarles zapatos a los churumbeles. Sí, si casi todo son ventajas, pero no sé, tengo una espinita, necesito sufrir en mis carnes eso de emparejarse. O es que no puedo dejar de pensar que igual anda por ahí el “hombre de mi vida” solico el pobre, triste y desesperado esperando encontrarme. Y si mucho me encanto será la historia de amor de dos ancianitos con ciática o artrosis y con pocas ganas de fiestas erótico-sexuales. El caso es que no lo pensé más y decidí probar suerte. Me dije, oye, ¿por qué no intentarlo? Quién sabe, a lo mejor encuentro a mi media naranja, o un cuarto por lo menos... que sé yo.


Pero, anda que hasta ahora sí que me lo han acertado estos “profesionales” según ellos mismos se autodenominan. Menos mal que cobran según los resultados, porque este mes ya me veía a base de patatas fritas y huevos para poder pagarles.


El primer candidato era poeta, eso decía él, pero jamás escuché poemas tan nefastos... jamás. Ni recitar los clásicos, sabía. Mira... peinado con raya en medio, el pelo grasiento que parecía que acababa de salir de una freidora, y aquella perillita que él pensaba que lo hacía parecer romántico, ja, un chivo es lo que parecía. Quedamos en una cafetería del centro, él llevaría un libro y yo una rosa... agh... muy cutre todo, pero yo era una pardilla en esto y no le iba a poner pegas a la primera. Se pasó toda la tarde hablándome en verso, que yo ya no sabía si había acudido a una cita o estábamos representando una zarzuela. Y nada de hablar de nosotros, qué va, nuestro único tema de conversación fue la poesía y la literatura. Mira que a mí me gusta leer, pero digo yo que en una primera cita que se supone vamos a intentar conocernos, qué mejor que hablar de nuestras vidas respectivas, nuestros gustos. Encima era de esos que jamás te miran a los ojos, más de una vez pensé que hablaba con los de la mesa contigua, o con la pared... yo que sé. Nunca me han dado buena espina las personas que evitan la mirada, será una manía mía, pero seguro que algo esconden. Y mientras él recitaba y recitaba, yo me perdía en divagaciones sobre el terrible secreto que aquel personajillo guardaba. Aguanté dos horas que a mí se me antojaron el triple, y me inventé una excusa como pude, antes de que las cabezadas y los bostezos me delatasen.


No, ni pensarlo, les dije a los de la agencia, ni se les ocurra citarme con otro poeta. Pepita, es que dijiste que te gustaba la literatura- me contesta la secretaria, que es talmente una barbie metidita en carnes. Casi les doy con la guía telefónica en la cabeza que tiene más de literatura que los poemas de ese pollino.


A los dos o tres días me llaman otra vez: “Pepita, éste sí, este te va a gustar, es informático”. Bueno, pensé yo, seguro que no me recita poesía y los informáticos suelen ser muy interesantes e inteligentes, o eso es lo que dicen.

(Continuará)


Nota: No tengo nada personal en contra de los poetas, informáticos o cualquier otra actividad profesional que pueda aparecer en esta historia, así que no se me den por aludidos.

2 comentarios:

Tesa dijo...

Está fatal el material de segunda mano.

Besos.

Des dijo...

Y el de primera, Tesa, y el de primera jejejeje.

Besos.