Patio Casa Lobato
miércoles, 15 de junio de 2011
Estreno mundial
domingo, 24 de abril de 2011
Domingo de Resurrección
Primero y por cortesía de mi querido amigo D. Alfredo García Francés este vídeo de música colombiana:
La sencillez hecha canción, me encanta este hombre:
Feliz domingo.
lunes, 18 de abril de 2011
Para negar tu amor (AUTOR: LINA ZERÓN)
pudrirme dulcemente por el sexo…
jueves, 14 de abril de 2011
¡Por fin!
miércoles, 6 de abril de 2011
Impotencia versus incompetencia
lunes, 4 de abril de 2011
Política y más
domingo, 3 de abril de 2011
En plena faena
lunes, 28 de marzo de 2011
No quisiera que lloviera AUTOR: CRISTINA PERI ROSSI
que lloviera en esta ciudad
sin ti
y escuchar los ruidos del agua
al bajar
y pensar que allí donde estás viviendo
sin mí
llueve sobre la misma ciudad
Quizá tengas el cabello mojado
el teléfono a mano
que no usas
para llamarme
para decirme
esta noche te amo
me inundan los recuerdos de ti
discúlpame,
la literatura me mató
pero te le parecías tanto.
miércoles, 23 de marzo de 2011
martes, 22 de marzo de 2011
Cualquier parecido con la realidad...
domingo, 6 de marzo de 2011
Teatro: Tibidabo

sábado, 5 de marzo de 2011
Sucedió que el amor (Final)

Apenas hablamos durante nuestro encuentro, así que no sabía cuáles eran sus planes. Lo más probable es que volviese con su pueblo en cuanto se recuperase del largo viaje. Me dije a mi misma que era lo mejor que podría ocurrir, haríamos el amor mientras permaneciese con nosotros y para cuando decidiese marcharse ya me habría cansado de él.
Pasé la mañana en la cabaña poniendo un poco de orden, preparé una buena olla de verduras, que mi esposo acababa de recolectar, y añadí gruesos trozos de carne, encendí el fuego y lo dejé haciéndose lentamente mientras me acercaba al río para darme un baño. Quería estar sola y quitarme el salitre del mar que llevaba pegado a la piel. Nos bañábamos en un meandro ancho y profundo de aguas tranquilas que se arremolinaban un poco más abajo adquiriendo velocidad hasta un poco antes de llegar a su desembocadura donde volvían a apaciguarse para buscar el contacto con el mar. El agua estaba helada, y los peces me rozaban las piernas al pasar junto a mí. Me froté el cuerpo y el pelo con un trozo de jabón de los que mi madre me enseñó a fabricar, y me sumergí luego en las aguas serenas y transparentes. Cuando emergí a la superficie vi a mi esposo sentado en la orilla mirándome.
- Estás preciosa – volvió a decir.
Le besé suavemente los labios.
- Creo que Kadir quiere establecerse aquí – dijo de pronto – no con nosotros, en nuestro pueblo, pretende construirse una cabaña en el bosque y empezar una nueva vida. No va a volver con su pueblo. Ha solicitado nuestra ayuda para enseñarle a trabajar la madera, a cambio contribuirá a aprovisionarnos de carne, parece que es un buen cazador.
Yo permanecía en silencio, escuchándole. Acercó su mano a mi rostro y lo alzó hasta que consiguió que le mirase a los ojos.
- ¿Te has enamorado o sólo le deseas? A mi puedes contármelo, aceptaré tu decisión, pero temo por ti, no quiero que sufras, no deseo que te alejes de mí.
- Efrén, esposo mío, no se lo qué me pasa, no puedo darle nombre a esto que siento, pero se que no lo sentí jamás. He sido feliz a tu lado, muy feliz, pero no quiero engañarte, solo pienso en él, mi corazón, mi piel, mi sexo le añoran cada segundo que no le tengo cerca. Ayúdame, no quiero tener que marcharme lejos, no podría abandonar a mis hijos, me moriría. Moriré de igual modo si tengo que renunciar a él. Pero eso es lo que yo siento, no se lo que siente él.
Nuestro pueblo se equivoca, Efrén, no pueden prohibir un sentimiento. Nuestra felicidad no será plena jamás. Sí, el amor es sufrimiento a veces, como la vida ¿no sufres cuando se nos va un ser querido? ¿no sufres cuando alguien enferma? Pero también es alegría, una alegría que no se puede comparar con ninguna otra, sólo se puede entender cuando se siente. Somos los hombres los que ensuciamos el amor, con celos, rencores, venganzas… Debemos enseñar a nuestros hijos que amar no es un castigo de los dioses, pero que tampoco se puede obligar a alguien a amarnos sólo porque nosotros lo deseemos, debemos enseñarles que es un sentimiento libre, que si algún día tienen la suerte de encontrar el amor, quizá sea para siempre, o quizá no. Y que si eso ocurre, deben aprender a aceptarlo y dejar que la persona amada encuentre el amor de nuevo, y darse ellos la oportunidad de hacer lo mismo.
- Espera aquí – dice mientras me acerca una piel que ha traído con él y se levanta para marcharse.
Permanezco sentada esperando a Efrén, preguntándome dónde ha ido tan de repente cuando escucho pisadas a mi espalda. Es Kadir que se acerca sonriente. Se sienta frente a mí y toma mis manos.
- Te amo – dice mirándome a los ojos – pensé que no podía ocurrirme algo así, pero ha ocurrido. No voy a separarme de ti, no ahora que te he encontrado. Deseo con toda mi alma empezar una nueva vida a tu lado. No te voy a pedir que nos marchemos lejos de aquí, no voy a obligarte a abandonar a tus hijos. Podemos formar nuestro propio pueblo, muchos seguirán nuestro ejemplo, estoy seguro. No habrá prohibiciones, nuestros hijos serán libres para amar, podemos hacerlo.
Las lágrimas han ido resbalando por mis mejillas, y él acerca su boca para beberlas. Le abrazo con fuerza y se que mientras nos amemos estaremos juntos venciendo todas las dificultades, se que es ahora cuando empieza mi vida.
Los ancianos de la tribu hablaban del amor, alertaban a los jóvenes imberbes y a las niñas a punto de menstruar sobre los peligros de ese sentimiento maldito, fruto de una imaginación demoníaca que destruiría para siempre su libertad.
Les observo sonriente, escondida tras el tronco de un árbol. Cada vez son menos jóvenes los que acuden a escucharles. Nuestro pueblo del bosque se va nutriendo con nuevas parejas de enamorados, Efrén y Merine viven también con nosotros, por fin ella se atrevió a confesarle su amor. Al atardecer nuestros niños se sientan alrededor de la hoguera a escuchar los cuentos que narramos los adultos, sin miedos ni tabúes.
Nuestros niños aprenden, poco a poco, a vivir y a amar en libertad.
martes, 15 de febrero de 2011
Sucedió que el amor (Cuatro y penúltimo)

Dormitaba arrebujada entre las pieles, sentía sobre los párpados cerrados la claridad que empezaba a sustituir las tinieblas con las primeras luces del alba. Un soplo cálido en el cuello y las orejas me produjo un escalofrío que recorrió mi cuerpo desde los pies hasta la raíz del cabello. Apreté los ojos con fuerza, fuera lo que fuera aquello que tenía tan cerca, no quería verlo. Seguro que había sido cosa de mi imaginación. Se volvió a repetir. Cuando por fin abrí los ojos, se perdieron en un par de pupilas como dos grandes aguamarinas que me atraparon sin remedio.
Kadir… algo en mi corazón, o más adentro, me decía que era él el dueño de esos ojos que me envolvían con su mirada dulce y ardiente. No le había visto antes, pero era él, estaba segura. Y de pronto sus dedos se dedicaron a dibujar mi rostro, recorriendo despacio los párpados, la frente, la nariz, los labios, las orejas… bajaban por el cuello y desandaban el camino recorrido hasta empezar de nuevo. Y yo temblando, temblando como una hoja mientras un fuego abrasador empezaba a quemarme por dentro.
No dejé de mirarme en sus ojos cuando acercó sus labios a los míos, Eran suaves, suaves y dulces. Y besaban despacio rozándome apenas, hasta que se entreabrieron los míos y su lengua sinuosa exploró cada rincón de mi boca. Después la abandonó para perderse cuello abajo. Pensé, quizá durante un segundo, que aquello era una locura a la que debía poner fin ahora que todavía estaba a tiempo ¿lo estaba? No pude responder, su lengua se perdía ya entre mis pechos, buscando mis pezones erectos, duros como rocas. No, no lo estaba, era a él sin duda a quien esperaba cada mañana. Mis pensamientos se desvanecían al tiempo que su boca recorría mi cuerpo, demorándose en el hueco de mi ombligo, bajando hacia el monte de venus, abriendo suavemente mis piernas para perderse en las profundidades de mi sexo, que dotado de vida propia se alzaba en busca de la calidez de su lengua. Me deshice en agua en su boca, violentas oleadas de placer me estremecían. Él seguía lamiendo, bebiendo los jugos que intentaban escurrirse por mis piernas antes de ser atrapadas por sus labios.
Sin darme un respiro, sentí su sexo abriéndose paso con urgencia. Sus embestidas competían con las olas que habían empezado a romper contra las rocas. El rugido del mar se fundía con nuestros gemidos, intentando acallarlos, enmudecerlos. Era inútil, nuestras voces se unieron en un grito de placer, casi agónico, que se extendió sobre el mar, hacia el horizonte.
No se cuánto tiempo permanecimos abrazados, acariciándonos suavemente, pero cuando miré hacia fuera, el sol ya estaba alto en el cielo. Le cogí de la mano y juntos nos tiramos al agua. Estaba fría y nuestras pieles ardientes parecían desprender vapor, igual que las piedras del hogar cuando las mojamos para apagar el fuego. Algunos pescadores ya se habían echado a la mar, buscando los mejores bancos de peces. Veíamos sus diminutas canoas planeando sobre el horizonte, mientras nuestras bocas saladas no querían separarse. Me escapé de su abrazo y volví a la gruta. Me enrollé en la piel y salí de allí sin darle tiempo a empezar de nuevo.
Le ayudé a alzar la canoa y nos dirigimos al poblado. Nadie preguntaría dónde le había encontrado ni por qué volvía tan tarde de la playa. Mi pueblo amaba y respetaba la libertad de cada uno de sus miembros, nunca se cuestionaban sus acciones, siempre que con ellas no se perjudicase a nadie. Mi pueblo era libre de hacer su voluntad, de seguir sus impulsos, de hacer cualquier cosa que apeteciese a su cuerpo o a su espíritu, cualquier cosa… menos amar. Esa era la única prohibición, el único pecado. Mi esposo habría desayunado con los niños, en nuestra casa o en cualquiera de las otras. Se nos educaba para compartir todo lo que teníamos. Siempre disponíamos de un plato de comida para cualquiera que llamase a nuestra puerta. Algunas mañanas preparaba el desayuno para media docena de niños o tres o cuatro hombres. No preguntaba dónde estaba su esposa, quizá yacía con uno de sus amantes, o se había ido a buscar bayas antes del alba, o simplemente estaba todavía acostada.
Todos se acercaron a recibirnos, los niños corrían gritando, queriendo ser los primeros en acercarse al extranjero. Ya está aquí, ha vuelto – gritaban – mientras se empujaban unos a otros. Le dejé allí entre el gentío y me acerqué a casa. Mi esposo venía hacia mi sonriente, su mano en mi mejilla y sus ojos desprendiendo amor, me hicieron ruborizar. Estás preciosa – me dijo – hacía tiempo que no te veía así, no vuelvas a estar triste, te lo ruego, o moriré de pena. Le di un beso rápido en los labios y me alejé deprisa antes de que las lágrimas corrieran sin control rostro abajo.
Pensé que ya había pasado lo peor, que lo único que deseaba era yacer con Kadir y ya había cumplido mi deseo. Ya está, era eso. Por alguna extraña razón me había sentido atraída hacía él de un modo absurdo. Deseaba con toda mi alma que mi vida volviese a ser como antes, quería vivir tranquila al lado de los míos, borrarle de mi mente y arrancarle de mi corazón. Haría el amor con él hasta que me sintiese hastiada de sus caricias, hasta que se convirtiese en rutina, pura monotonía cuando el deseo se desvanece.
Pero no era más que una mentira en la que quería creer con todas mis fuerzas.
lunes, 17 de enero de 2011
Sucedió que el amor (Tres)

Dormí durante todo el día y toda la noche, de forma intermitente. Extraños sueños poblaron esas horas, en las que de repente me despertaba sudorosa para después de un momento empezar a temblar como una hoja agitada por el viento.
Por la mañana me sentía agotada como si hubiese estado librando una dura batalla. Definitivamente, pensé, aquello no podía haber sido a causa del extranjero, ni de su voz, no, seguramente me encontraba realmente enferma. Y respiré aliviada. ¡Qué tontería lo de suponer que me había enamorado! Nadie se enamora así tan de repente. Me levanté dispuesta a seguir con mi vida de siempre. Mi esposo y mi hijo aún dormían así que aproveché para prepararles un exquisito desayuno.
Durante una semana todo pareció volver a la normalidad, hasta que empecé a inquietarme. Fue algo gradual, me despertaba antes del amanecer y permanecía en vela hasta que la actividad comenzaba a apoderarse del poblado. Al principio me quedaba acostada y quieta, con los ojos cerrados, queriendo evocar los más hermosos recuerdos: la sonrisa de mi hijo, el beso suave de mi esposo al darme las buenas noches, el sol en primavera… pero inevitablemente siempre acababa escuchando la voz de Kadir, abriéndose paso entre mis pensamientos, como el rayo de luz que se cuela entre las tinieblas.
Un día no pude aguantar más y me levanté sigilosamente. Me enrollé en una de las pieles de mi cama y descalza salí de la casa. Sin apenas darme cuenta dirigí mis pasos hacia la playa y me senté allí, frente al mar, mientras el sol empezaba a asomar en el horizonte. Y así continué día tras día. Cada noche, al acostarme, me proponía no volver a hacerlo pero algo demasiado fuerte me empujaba hacia allí.
Pasaba las horas ocupada en las más diversas tareas, a menudo absurdas, intentando mantenerme ocupada. Sabía que mi esposo estaba preocupado por mí, que sentía que yo no era la misma de hace apenas unos meses. Cuando en el lecho, buscaba el calor de mi cuerpo, yo me echaba a temblar… se me hacía tan difícil entregarme a sus caricias. Tenía la sensación de que le estaba engañando. A veces inventaba alguna disculpa que ni yo misma creía, otras consentía y le dejaba hacer. Conocía tan bien mi cuerpo que no le costaba demasiado hacerme gozar, pero nada era como antes. A menudo le sugería que fuese a pasar la noche con Merine, o con alguna de las otras mujeres de la tribu, o que trajese a cualquiera de ellas a nuestro lecho, quería verle feliz, aunque sabía que entre todas ellas siempre me había preferido a mí
Una mañana, al llegar a la playa, decidí pasear por al alrededores. Y así fue como di con una pequeña gruta entre las rocas a la que iba siendo una niña. Casi me había olvidado de su existencia. Allí estaría tranquila, sin peligro de que alguien me descubriese sentada en la playa, día tras día. Decidí que desde ese momento la gruta sería mi refugio. A la mañana siguiente trasladé allí un par de viejas pieles que apenas utilizaba en la cabaña y me senté en un pequeño rincón apoyada en la roca.
A veces me dormía arrullada por el rumor del agua y al despertar, el brillo del sol me cegaba mis ojos. Cuando el mar orgulloso se mostraba en toda su bravura, yo temblaba sin remedio, escudriñando la negrura de sus aguas, con olas inmensas que parecían querer tragarse todo lo que encontraban a su paso. Rogaba a los dioses que Kadir no hubiese salido esa noche a navegar, rezaba y rezaba sin parar, prometiendo cientos de sacrificios si volvía sano y salvo. Luego, cuando volvía la calma, me arrepentía de todas las tonterías que había estado murmurando en la soledad de la gruta.
Por fin, una mañana…
PD. Siento el retraso. Estreno ordenador portátil, espero poder tener un poco más de tiempo, y menos pereza, todo hay que decirlo.
jueves, 23 de diciembre de 2010
martes, 14 de diciembre de 2010
Peña Lotera "Blog REVISTA de García Francés" (inciso)
Yo, DES, acepto participar en la Peña Lotera del Blog Revista de García Francés, para lo cual hago público el número del décimo que aporto. Todos los premios obtenidos entre el total de los números jugados se repartirán a partes iguales entre quienes hayan aceptado estas normas. La relación actualizada de participantes se irá haciendo pública en el Blog Revista de García Francés según ustedes vayan cumpliendo los requisitos.
Lex prima, secunda et tertia de la Tabula Tertia de las Leges Duodecim Tabularum
Ley primera, segunda y tercera, de la Tabla Tercera de las Leyes de las Doce Tablas, que estuvieron vigentes en Roma desde el 450 aC. hasta Justiniano (Siglo VI dC.).
[1] Aeris confessi rebusque iure iudicatis XXX dies iusti sunto.
(Gellius 15, 13, 11; 20, 1, 42-45)
Para el cobro de una deuda que ya ha sido reconocida, y en la cuantía que se haya determinado judicialmente, se concederá un plazo legal de treinta días.
[2] Post deinde manus iniectio esto. In ius ducito.
(Gellius 15, 13, 11; 20, 1, 42-45)
Inmediatamente después de dicho plazo se procederá a la aprensión: se le conducirá (al deudor) ante el magistrado.
[3] Ni iudicatum facit aut quis endo eo in iure uindicit, secum ducito, uincito aut neruo aut compedibus XV pondo, ne maiore aut si uolet minore uincito.
Si el reo no cumple la sentencia y allí mismo nadie sale fiador de su deuda, se lo podrá llevar consigo el demandante, atado con una correa o con cadenas de quince libras de peso; no con menos, e incluso, si así lo quisiere, podrá cargarlo de cadenas más pesadas aún.
Y ahora, a esperar que la Diosa Fortuna nos visite.
viernes, 10 de diciembre de 2010
Sucedió que el amor (Dos)

Aquella mañana amaneció radiante. El sol se abría pasado tímidamente intentando con sus rayos caldear la tierra. Apenas había comenzado la época de las nieves, pero parecía que estuviésemos en primavera, aún cuando el viento venido de las montañas era frío a esas horas tempranas.
En el interior de la cabaña, al calor del hogar, el ambiente era muy agradable. Estaba aireando y colocando las pieles que habíamos utilizado durante la noche, mientras escuchaba las voces de los hombres que cuchicheaban alrededor de las hogueras preparándose para salir de caza y calentando su cuerpo con ricos caldos o infusiones. Los niños, ya despiertos, correteaban gritando y peleando llenos de energía.
Canturreaba quedamente cuando noté el silencio repentino del exterior, roto al instante por el saludo de algún extranjero. Me quedé inmóvil, los brazos aún estirados sosteniendo la piel que me disponía a colocar bien estirada sobre el lecho. Era la voz grave de un hombre, grave e intensa, vocalizaba despacio en nuestro idioma, aunque se notaba que tenía que esforzarse por encontrar las palabras que quería pronunciar. Pronto volvieron a escucharse a los hombres saludando al recién llegado.
Inexplicablemente mi corazón había empezado a latir de forma descontrolada. Sentía el rostro ardiendo y el calor empezaba a sofocarme. Quería concentrarme de nuevo en mi tarea pero algo me lo impedía, era aquella voz que llegaba hasta mí como si su dueño estuviese allí mismo, hablándome al oído.
Una bocanada de aire fresco se coló por la puerta cuando entró mi pequeño como un torbellino:
– Mamá, mamá, sal a ver al extranjero. Anda ven – y estiraba de mi mano queriendo arrastrarme con él.
– Suelta, suelta, acabarás tirándome. Tengo cosas que hacer, ve a jugar con los otros niños y no molestes a los hombres.
– Ven, por favor, tienes que verle. Lleva ropas extrañas, y el cabello… es largo y negro, lleva una trenza larguísima.
– Fuera, fuera, fuera – le dí suavemente en el culo empujándole – déjame terminar y ya saldré luego.
Por fin se convence y me quedo mirándole marchar, por la puerta entreabierta. Si me moviese sólo un poco hacia la izquierda vería al grupo de hombres hablando junto a la hoguera, pero no quiero hacerlo. No debo mirar, con escuchar esa voz ya he tenido suficiente. Quiero tranquilizarme pero no puedo, le oigo hablando despacio para hacerse entender. Tiemblo descontroladamente, como si de pronto fuese presa de extrañas fiebres.
– Mujer ¿no piensas salir a saludar al extranjero?
– Me has asustado – respondo a mi esposo que acaba de asomar por la puerta – me siento indispuesta, creo que voy a tomar algo caliente y acostarme, no se qué me pasa.
– ¿Estarás otra vez…? – pregunta mientras se acerca a acariciar mi vientre.
– No, no creo que sea eso. Quizá cogí algo de frío, estoy mareada. ¿Podrías disculparme ante él?
– Sí, esposa mía, no te preocupes, cuando vuelva podrás hacerle los honores.
– ¿Cuándo vuelva?
– Sí… claro, no sabes quien es. ¿Te acuerdas de una niña a la que desterraron con su familia a las tierras del Norte porque la encontraron escondida en el hueco del árbol sagrado con un amigo?
– Vagamente.
– Claro, tu eras aún muy niña. Bueno, él es su hermano. Pertenece a nuestro pueblo por eso conoce nuestra lengua, su madre les enseñó a hablarla y no quiso que la olvidasen. Finalmente su hermana se desposó con un hombre de las islas del otro lado del mar. Hace años que no la ve y ha emprendido el viaje para reencontrarse con ella, y llevarle algunos presentes que le dejó su madre antes de morir. Se llama Kadir. Le prestaremos una de nuestras canoas para el viaje por mar y nos la devolverá a su vuelta. Acuéstate y descansa, llamaré a Merine para que te prepare uno de sus remedios.
– No, antes pídele por favor que disponga comida y agua para nuestro visitante, necesitará provisiones para el viaje, yo puedo esperar, no te inquietes.
Arropada por las suaves pieles intentaba apartar de mi cabeza aquella voz, su nombre, Kadir, Kadir, mientras mi cuerpo se estremecía sin remedio. Las palabras de los sabios de la tribu me aterraban: “El amor es engañoso y recorre caminos sinuosos hasta conseguir su propósito. Se disfraza, se esconde tras un bello rostro, o unos ojos brillantes, quizás una sonrisa tímida o una voz cálida y armoniosa… o una voz… o una voz”
Me desperté asustada entre gemidos. La dulce sonrisa de Merine apenas consiguió tranquilizarme. Sus ojos me miraban interrogantes. Para que no leyera en los míos la respuesta, los cerré fingiendo que dormía.
(Continuará)
viernes, 12 de noviembre de 2010
Sucedió que el amor (Uno)

Los ancianos de la tribu hablaban del amor, alertaban a los jóvenes imberbes y a las niñas a punto de menstruar sobre los peligros de ese sentimiento maldito, fruto de una imaginación demoníaca que destruiría para siempre su libertad. Si dejáis que el amor anide en vuestro corazón, decían, seréis sus esclavos, os convertirá en seres egoístas, capaces de cometer las mayores locuras por la persona amada, ablandará vuestro cerebro hasta hacer de vosotros estúpidos y desgraciados peleles. Los dioses os abandonarán a vuestra suerte y la desgracia caerá sobre vuestras familias. El amor es una cárcel en la que seréis presos y carceleros a un tiempo. Los jóvenes escuchaban atentamente la diatriba de los sabios, atemorizados ante los terribles auspicios que relataban.
Escondida tras los árboles recordaba al escucharles, cuando hace años yo misma estaba sentada en el suelo, alrededor del fuego, temblando de miedo. Ahora vivía feliz, desposada con el hombre que habían elegido para mí y yaciendo cuando me apetecía con otros hombres de la tribu. Estaba bien visto gozar de otros hombres o mujeres, tanto el esposo como la esposa debían tener amantes esporádicos con el fin de no acaparar a su pareja. Si pasado un tiempo razonable desde la ceremonia matrimonial no copulaban con otros, los miembros de la tribu empezaban a sospechar. Se vigilaba a los niños por si sentían alguna predilección en especial, y ante la más mínima sospecha, los padres de la parejita eran obligados a emigrar a tribus distintas, de las varias que habitaban en las montañas, con el fin de que no volvieran a encontrarse.
Hacía unos años, estando recién desposada, llegó hasta nuestro poblado una mujer perteneciente a las tribus del desierto. Caminó durante treinta y cinco lunas, sin comida ni agua, siguiendo a uno de nuestros jóvenes que formaba parte de un grupo que partió hacia aquellas tierras de arena y fuego en visita de buena hermandad, como era costumbre cada cierto tiempo para mantener la paz y la concordia con nuestros vecinos. La joven se había enamorado, eso es lo que dijo, y cuando supo que su amado volvía con los suyos, salió tras él del poblado. La cuidamos y curamos sus heridas, mientras que enviamos un emisario dándoles noticias de ella para tranquilizarles. Parecía imposible que ese cuerpo enflaquecido hubiese podido soportar los rigores del desierto, era como si una fuerza interior la mantuviese con vida. Decidió quedarse con nosotros porque según decía no soportaba la idea de vivir alejada de aquél a quien amaba con toda su alma, pero tampoco pudo soportar que él tuviese otra esposa y varias amantes con las que debía compartirle. Enloqueció de celos hasta el punto de herir con un puñal a una de las jóvenes mientras yacía con el que ella creía sólo suyo.
Recuerdo sus gritos cuando cuatro hombres de su tribu vinieron a llevársela alertados por nuestros mensajes, lloraba desesperadamente mirando a su amado, suplicándole le dejase seguir a su lado, pero todos sabíamos que el amor era su único dueño y que sería incapaz de volver a pensar con sensatez. Yo sentía lástima por ella, y al mismo tiempo una punzada de envidia o quizá curiosidad por saber qué era aquello tan fuerte que le hacía sufrir de ese modo.
Y un día sucedió.
jueves, 11 de noviembre de 2010
¿Dije jueves?
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Me gustan...

Próximo jueves: nueva historia.










