Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

lunes, 2 de marzo de 2009

Pecado de juventud (Uno)


- ¿No pensarás dejarme ir sólo?

Estoy a punto de decirle que sí, que es exactamente eso lo que estoy pensando, pero al percatarme de su mirada perruna opto por callar. Lleva así desde que recibimos hace quince días la dichosa invitación para la puta cena de antiguos alumnos del instituto. Cuando se lo propone puede llegar a resultar cargante.

- No se por qué no quieres ir ¿de qué tienes miedo? Si es por los años que han pasado, veinticinco exactamente, seguro que a ellos también les pesan. Además, tú estás monísima.

Y al decir “monísima” saca su mejor voz afeminada y se acompaña de gestos que acaban haciéndome sonreír.

- Yo lo que no entiendo es qué se te ha perdido a ti en esa reunión, si sólo estuviste en el último curso.

Ahora soy yo quien contraataca.

- Pues mira, tengo ganas de volver a verles el careto a todos aquellos que se mofaban de mi homosexualidad, quiero comprobar lo mal que les ha tratado la vida, regocijarme con la visión de sus barrigas y sus calvas, porque seguro que todos esos que se las daban de machotes están hechos una birria ¿tú sabes lo que nos podemos divertir?... anda, dime que sí, dime que iremos…

Suspiro, sabiendo que no voy a tener más remedio que claudicar y armarme de valor para ir a esa maldita cena. Xuso es mi mejor amigo, mi compañero de piso desde hace un montón de años, pero no puedo contarle que no quiero encontrarme con Gonzalo, que no se si soportaré verle de nuevo.

- Xuso, no me apetece recordar viejos tiempos, no fueron felices para mí, por eso no quiero ir, fueron años difíciles, de verdad ¿no podríamos olvidarnos de esa invitación?
- Pues que yo recuerde, cuando yo llegué eras una chica preciosa, con carácter, buena estudiante e integrada en un nutrido grupo de buenos amigos. Si no hubiese sido porque me tomaste bajo tu protección, no lo habría soportado.
- Conociste mi mejor versión, la Gloria que se propuso convertirse en una mujer independiente y preparada para afrontar su futuro, después de haber pasado por alguna que otra mala experiencia. Mira, en los primeros años de instituto fui una preadolescente horrorosa, sí, no te rías…
- Pues como todos ¿crees que yo fui siempre así de guapo?

Y sonríe enseñando su magnífica dentadura.

- No. Yo era horrorosa de verdad. Imagínate una chica más bien bajita, con un cuerpo amorcillado, el pelo liso de un rubio ceniza apagado y grasiento, y la cara plagada de granos, granos rojos y grandes. Casi siempre llevaba una coleta porque a las pocas horas de lavarme la cabeza volvía a aparecer la grasa. Se me subía el pavo en cualquier momento, y mira que yo intentaba concentrarme para que no ocurriese, pero bastaba que alguien me dirigiese la palabra, incluso que me mirase, para convertirme en un semáforo… en rojo, claro.
- Sigue, sigue, no conocía esa faceta tuya.
- Si sigues descojonándote, no te cuento nada más.
- Vale, no me río, te lo prometo.
- Así pasé dos o tres años. Contaba con una o dos amigas, parecidas a mí, porque las guays siempre estaban en el otro bando. Luego la naturaleza decidió por fin concederme un respiro, crecí unos cuantos centímetros y dejé de parecer una morcilla. No es que me convirtiese en una modelo de pasarela, pasé a ser una chica normal, delgada sin resultar esquelética, y eso sí, con pocas tetas, pero no se puede tener todo, ya estaba bastante satisfecha con el reflejo que me regalaba el espejo cada mañana. Faltaba arreglar el asunto de los granos.
- Bueno, eso se cura con la edad.
- Sí, pero no estaba dispuesta a sentarme a esperar a que los años cumpliesen su cometido, estaba harta de que mi cara pareciese una paella. Entonces mi madre tomó cartas en el asunto y me llevó a un dermatólogo famoso en la ciudad por un método revolucionario que decían era muy efectivo. Pasé seis meses acudiendo a su consulta para someterme a aquel extraño tratamiento. Me ponían una especie de máscara de metal sobre la cara, y me exponía así a los rayos que lanzaba una enorme máquina que debía costar una fortuna por los cuidados que le prodigaba la enfermera. No se si aquello sería muy recomendable pero el caso es que hizo efecto y los granos y marcas que tenía en el rostro fueron disminuyendo hasta desaparecer por completo.
- Y apareció la nueva Gloria.
- Apareció otra Gloria, pero no precisamente la que tu conociste. Aquella Gloria intentó comerse de un bocado todo lo que había tenido que mirar de reojo sin atreverse siquiera a pensar en probarlo. Empecé a ser popular, los nuevos amigos crecían y se reproducían como las setas, los chicos me andaban detrás constantemente y yo me prodigué con un buen número de ellos, me gustaba sentirme deseada, me dejaba magrear sin demasiada resistencia, era lo que se llama una chica fácil, los pretendientes no me duraban mucho, pero no me importaba, había muchos para elegir. Luego llegó Gonzalo.
- ¿Te enrollaste con Gonzalo? Me parecía que había entre vosotros cierta hostilidad pero no pensé que hubiese por el medio ningún rollo sentimental. Nunca me cayó bien, lo sabes. No me fiaba de él.
- Gonzalo es un mal bicho. Sí, me enrollé con él, más de lo que lo había hecho con cualquier otro. Por eso no quiero ir a esa estúpida cena, no me apetece verle el careto, ni a él, ni a ninguno de los otros con los que tuve aquellos escarceos.
- Pero eso es una tontería de adolescentes, Gloria. Cuando te vean sabrán lo que se han perdido, déjalos que rabien.
- ¡Qué cabezota eres, Xuso! Vamos a dormir, anda, déjame que lo piense.

Le doy un beso de buenas noches y le dejo en el sofá terminando su cola-cao. Con eso del rollo con Gonzalo no tengo esperanzas de acabar convenciéndole, pero no puedo contarle la verdad de lo que ocurrió, aquello aún me sigue atormentando, soy tan culpable como él, me manipuló, me engañó, me utilizó para llevar a cabo su venganza, pero quizá podría haber hecho algo para impedirlo, y no lo hice… no lo hice…

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