Patio Casa Lobato

Imagen: Manuel García

viernes, 26 de marzo de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Siete)


Les observo alejarse con paso lento. Estos dos parece que todo lo hacen despacio, con toda la calma del mundo, como si el tiempo no contase para ellos. Cuando era jovencita, me regalaron un perro, uno de esos callejeros que vino al mundo después de que su madre se dejó montar por el primer macho que se cruzó en su camino. Todas las tardes le sacaba a pasear por un descampado que había cerca de casa, se pasaba todo el rato yendo y viniendo, correteando, se adelantaba un buen trecho y volvía a la carrera. Sin embargo, Rufus, camina tranquilo al lado de su amo, no se si es que está cansado, viejo, o se contagiaron mutuamente esa parsimonia.


Cuando termino de colocar las pocas pertenencias que traje, me dedico a limpiar la cabaña. En un pequeño armario en la terraza, encuentro lo necesario. No es que esté sucia pero me gusta el olor a limpio que impregna el aire cuando por fin termino. Me meto en la ducha y estoy un buen rato bajo el chorro de agua templada, en el punto exacto de temperatura que me gusta. El agua sale con fuerza golpeando mi cuerpo como finas agujas, sobre los pechos llega a hacerme daño. Luego, cojo una manzana y me siento en una de las viejas mecedoras del porche.


Me sorprendo al mirar el reloj y darme cuenta de que ya son las cinco de la tarde, con razón mi estómago empezaba a reclamar algo sólido. Desde aquí la vista es magnífica; a los pies de la colina aparecen pequeños pueblos desperdigados aquí y allá, todos cerca del sinuoso curso de un río que parece nacer en una montaña cercana. A lo lejos el mar, uniéndose con el cielo, con el horizonte como única separación entre ellos. A la derecha de la cabaña distintos trozos de tierra de cultivo, rodeando un pozo de agua con la cuerda colgando y el cubo apoyado en el brocal, como los de antaño.


Me quedo dormida acunada por el vaivén de la mecedora. Cuando abro los ojos está oscureciendo y una fresca brisa hace que me estremezca. Entro en la casa y busco algo para echarme por encima, todo está en silencio. Me preparo un café y salgo otra vez al porche. Enciendo un cigarro. Llevaba algún tiempo sin fumar, pero desde que se marchó Juan Luis volví a hacerlo. Y ahora me apetece. Seguramente es una tontería pero esa pequeña luz que se ilumina cuando aspiro el humo, hace que me sienta menos sola. Y es que la soledad empieza a aplastarme como una losa.


Podría acercarme hasta la casa con cualquier excusa, Tomás está a cuatro pasos de aquí, pero no quiero hacerlo, no puedo dejarme vencer por esta sensación. He dejado, a propósito, olvidadas las pastillas que desde hace meses tomo para poder dormir. Me sentía tan perdida en aquella cama, tan insignificante, tan poca cosa. Quería descansar, dejar de pensar, parar de una vez de darle vueltas a lo mismo, pero era imposible, y las noches se me hacían eternas, con los ojos abiertos de par en par, mirando fijamente el techo o las paredes. Paredes vacías desde aquel día en que decidí tirar a la basura todo lo que me recordaba a Juan Luis. En el último momento me arrepentí, y lo metí todo en un caja en el rincón más oscuro del armario de la habitación pequeña, en la que se guardaban los “por si acaso”.


Antes de acostarme, me asomo a la galería, desde donde puedo ver una parte de la casa de Tomás. A través de una de sus ventanas se distingue una luz azulada. Acurrucada en la cama escucho el silencio, apenas interrumpido por sonidos leves que atraviesan las paredes. Me levanto al amanecer sin haber pegado ojo y cuando salgo al porche el espectáculo es sobrecogedor. El sol empieza a aparecer en el horizonte, emerge del mar, radiante, tiñendo de naranja y rojo el azul de sus aguas, elevándose al cielo con la majestad de un dios. Hacía tiempo que no disfrutaba de algo tan hermoso y natural a un tiempo. Todos los días amanece, pero hacía mucho que yo no me daba cuenta. Me meto de nuevo en la cama con la imagen del sol aún en mis pupilas. Por fin, duermo.

(Continuará)


jueves, 18 de marzo de 2010

Y en todas las esquinas...

... se oye cantar


Despertant els nostres cors,
Valencia riu.
Per la senda de les flors
ya ve l'estiu.
Creua el carrer la xicalla
replegant els trastos pa la falla;
i manté la tradició
d'esta cançó...
¿Hi ha una estoreta velleta
per a la falla de Sant Josep,
del tio Pep...?
I van juntant lo que els veins els van donant
per a buidar el porxe.
¿Hi ha una estoreta velleta
per a la falla de Sant Josep?,
I amb una estella del muntó
se du el compas de esta cançó.
En les cares de la gent
tot es content.
Xiqueta meua
que del carrer eres l'ama
per culpa teua
tinc el cor encés en flama.
No te separes
del caliu del meu voler,
reineta fallera,
que si me deixes
un ninot tindré que ser,
¿Hi ha una estoreta velleta
per a la falla de Sant Josep?,
per a la falla del teu carrer.

Despertando nuestros corazones,
Valencia rie...
Por la senda de las flores,
ya viene el verano...
Cruza la calle la chiquillería
recogiendo los trastos para la falla
y mantiene la tradición
de esta canción.
¿Hay una esterilla viejecita
para la falla de San José,
del tío Pepe?
Y van juntando lo que los vecinos les van dando para vaciar el porche...
¿Hay una esterilla viejecita
para la falla de San José?
Y con una astilla del montón
se lleva el compás de esta canción...
En las caras de la gente
todo es alegría...
Chiquilla mía
que de la calle eres el ama
por culpa tuya
tengo el corazón encendido en llama.
No te separes
del calor de mi querer
Reinecita Fallera
Que si me dejas
un muñeco tendré que ser...
¿Hay una esterilla viejecita
para la falla de San José?
Para la falla de mi calle.


Hum... yo diría que huele a pólvora...


...estamos en FALLASSSSSSS !!!!!!!!!

Perdonen las molestias






domingo, 14 de marzo de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Seis)


Estuve pensando si cogía el coche para ir hasta Arriete o lo hacía en el tren de cercanías, finalmente me decidí por éste último, lo que aumenta la sensación de alejamiento que empieza a embargarme. Vuelvo a hacer parada, ya casi obligada, en el pequeño bar de la plaza. El camarero me recibe con una gran sonrisa y me aconseja probar su especialidad, unas brochetas de verdura asadas a la brasa. No tenía pensado comer nada pero ante su insistencia, me decido a probar una. ¿Siempre te muestras tan contento trabajando en domingo? Le pregunto cuando se acerca a la mesa con el plato y la bebida. No, es que me alegra verla de nuevo, responde mostrando su perfecta y blanca dentadura. ¿Puedo saber por qué? Sí, claro. Va a la casa de la colina ¿me equivoco? No, no te equivocas, pero no entiendo qué tiene que ver una cosa con la otra, a no ser que percibas alguna comisión por visita. Suelta una carcajada. Tenia una expresión muy triste cuando paro aquí ayer por la mañana, estaba como perdida y abandonada. Hoy ya parece otra persona. ¡Vaya! Sí que debe ser milagrosa esa casa, aún no he llegado y ya está ejerciendo sobre mi su beneficioso efecto… estás de broma. No lo estoy, me responde muy serio, y usted ya se ha dado cuenta así que no disimule conmigo, no me tome por tonto. Está bien, disculpa, no pretendía ofenderte. Anda, dame la cuenta, por favor, o me darán las tantas aquí charlando.


Camino tan ensimismada con la mochila a cuestas que me sorprendo de pronto tarareando una canción. No se cuánto tiempo hace que no cantaba. Antes siempre lo hacía, en los primeros años con Juan Luis, mientras limpiaba la casa, cocinando, en la ducha. Él decía que parecía un jilguero. No se cómo fue que dejé de hacerlo, quizá porque le impedía escuchar la televisión o le desconcentraba, quizá porque en lugar de jilguero empecé a convertirme en loro. Y bailar. También me gustaba bailar. Lo bailaba todo: tangos, pasodobles, boleros, bachatas… los pies se me iban solos en cuanto la música empezaba a sonar. La última vez que lo hice fue aquella noche que me fui con Cata.


Juan Luis estaba en Londres, en su viaje de fin de carrera. Era sábado y a media mañana se presentó Catalina en casa. Esta noche nos vamos de juerga, tú y yo. No, Cata, le dije, no me apetece salir ¿dónde voy a ir sin Juan Luis? Te recuerdo, me respondió, que el señorito está en Londres, que has sido tu quien le ha pagado el viaje y que ni siquiera ha tenido la decencia de llevarte con él. Y además, que me apetece salir, hace un montón de tiempo que no nos divertimos juntas. Vamos, Cris, no me hagas suplicar, por favor. Está bien ¿Y Santi? Por Santi no te preocupes, está encantado de perderme de vista una noche y quedarse tranquilo en casa viendo el fútbol.


Fuimos a cenar y luego a bailar. Bailamos y nos divertimos como un par de adolescentes. No paramos de reír en toda la noche, a lo que contribuyo el vino que tomamos con la cena. Llegué a casa de madrugada, agotada y dichosa. Durante mucho tiempo recordé esa noche cuando sentía que me podía la tristeza. Y siempre se dibujaba en mi cara una sonrisa, que rápidamente intentaba disimular si a Juan Luis se le ocurría mirarme. No le dije nada sobre esa escapada, cuando me preguntó dónde estaba que no contesté a su llamada. Qué inoportuno, pensé, lleva una semana fuera sin noticias de él, y se le ocurre llamarme justo la noche en que decido salir. Quizá fue su tomo de reproche lo que me hizo tomar la decisión de no contarle nada. Cené con mi madre, inventé sobre la marcha, y como se hizo tarde me quedé a dormir en mi antigua habitación. ¡Cuántas veces temí que se le ocurriese preguntarle! Pero, ahora me doy cuenta, no entraba en sus cálculos que le mintiese, pensaba que yo era incapaz de hacer nada sin él, y no se equivocaba.


Cuando por fin llego a la colina, no hay rastro de Tomás y Rufus. Sólo el canto de los pájaros posados sobre las copas de los árboles rompen el silencio. Me acerco hasta la puerta de la casa grande, que efectivamente no está cerrada con llave. Giro la manivela y se abre, pero me arrepiento y vuelvo a cerrarla de inmediato. Tengo la impresión de estar husmeando en su intimidad. Voy hasta la cabaña de la que me habló ayer y me sorprendo al verla en su totalidad. Ayer apenas le di un vistazo y me pareció mucho más pequeña. Es un edificio de madera, de forma rectangular. Delante tiene un pequeño porche en el que están colocadas una mesa redonda y dos mecedoras antiguas, como las que tenía mi abuela en la casa del pueblo. Nada más entrar hay una sala con mesa y cuatro sillas, separada de la cocina por una especie de arco de madera con una media puerta como las de los salones de las películas del oeste. Dejo en el suelo la mochila y me dirijo al interior, hacia un corto pasillo con dos puertas. La de la izquierda es el baño y la de la derecha el dormitorio. Armario, una cómoda, otra mecedora y una cama grande componen su mobiliario. Al final del pasillo, otra puerta acristalada se abre hacia una especie de galería con una pila para lavar la ropa y cuerdas para tenderla.


Empiezo a sacar las cosas de la mochila y ordenarlas en el armario. Coloco los comestibles en las alacenas de la cocina y en la nevera, y las cosas de aseo en un pequeño armario del cuarto de baño. En ello estoy cuando una silueta se dibuja en el dintel de la puerta. Una no, dos.


¿Todo bien? Me dice Tomás cuando salgo al porche a saludarles. Bien, muchas gracias, estaba colocando las cosas y acomodándome ¿dónde estábais? Recogiendo plantas, me dice señalando el capazo que estaba trenzando ayer, lleno a rebosar, y del que se desprende una gran variedad de olores. Si necesitas alguna cosa, ya sabes donde encontrarme. Gracias, y a ti también, Rufus, por la visita. El enorme perrazo se ha acostado en el porche mientras su amo y yo conversamos. Se levanta con parsimonia al ver que Tomás recoge del suelo el capazo y ambos echan a andar en dirección a la casa.

(Continuará)


viernes, 12 de marzo de 2010

De la que escribe, el santón y otras historias.



Me apetece contar hoy la manera en que voy plasmando en letras las historias que cuento en este Patio, un poco para que aquellos que las seguís podáis entender el porqué en ocasiones los capítulos se dan con cierta asiduidad y otras, por el contrario, parece que los cuelgue con cuentagotas. Y no lo cuento porque piense que "deba" (entre comillas) dar explicaciones, si no porque de vez en cuando está bien hablar un poco de mi y mis circunstancias, mis manías o costumbres a la hora de escribir. Algo así como un pequeña charla entre amigos. Esto es un blog personal y un poco Cajón Desastre, en el que cabe casi todo.


Empecemos por mis circunstancias. Aquellos que me conocen, tanto en la red como a nivel personal, saben que tengo una familia y un trabajo. Esto último espero conservarlo a pesar de la famosa crisis, a no ser que tenga la tremenda suerte de que me toque la primitiva, cosa bastante improbable. Y tanto la una (la familia) como el otro (el trabajo) hay días en que no me dan un respiro. No se yo si como Cristina, mi protagonista, no necesitaría largarme de vez en cuando una temporadita a una casa en la colina, con santón o sin él. O al Camino de Santiago como hice el año pasado, perdida e ilocalizable para todo bicho viviente, pero eso no es lo habitual. Lo habitual es no tener suficientes horas en el día para hacer todo lo que quisiera, porque además de las obligaciones están las devociones: ir al gimnasio tres o cuatro días a la semana, pasear, leer, ir al teatro, charlar con los amigos, y alguna cosa más que no voy a contar (algo tengo que guardar para mi sola).

Y seguimos con la forma en que surgen las historias. A veces cuando empiezo a escribirla aquí ya está terminada, como quien dice. Mentalmente tengo pensado el inicio, la trama y el desenlace, así como los personajes protagonistas. La cosa está hecha en un plis-plas. Bien es verdad que a veces pienso en una historia corta y luego, poco a poco, van apareciendo detalles, que dicho sea de paso, no se de dónde salen, y se alarga un poco más, pero el eje principal está ya escrito. Otras, y es el caso del Santón de la colina y alguna más que he colgado anteriormente, la historia se va escribiendo capítulo a capítulo, por lo que ahora mismo no tengo ni idea de lo que va a hacer Cristina en la casa de la colina, de si puede pasar algo entre ella y Tomás, o de como acabará la historia. Ni idea. ¿Qué no me creéis? Lo prometo. En estos casos casi siempre son los mismos personajes los que con su reacciones van configurando la historia. No se si llegan a tener vida propia, pero si no es eso, se le parece mucho.

Es por eso que igual puedo colgar dos o tres capítulos casi seguidos, como puedo tardar más tiempo del que quisiera entre uno y otro. Y es en esos largos intervalos en los que la dichosa historia no se me va de la cabeza, le doy vueltas y más vueltas esperando que sus protagonistas me indiquen cuál es el camino que debo seguir. A veces tardan los muy cabrones, hasta que me ven tan desesperada que se apiadan de mi y me lo muestran con un gesto de conmiseración que me dan ganas de ponerles en ridículo en el próximo capítulo o matarlos, directamente.

¿Qué estoy loca? Bien, eso ya deberíais saberlo.

Y para ponérmelo más difícil, soy incapaz de escribir si no es en el teclado de mi ordenador. Será una tontería, no digo que no, pero algo debe tener que es rozar sus teclas y los dedos cobran vida propia. Lo del papel y boli no es lo mío. Y mira que lo he intentado, porque podría muy bien aprovechar ese tiempo muerto de esperas en el dentista, en los trayectos en tren, en la cola del supermercado, e incluso en ese descansito en el trabajo para tomar un café. Nada. La mente en blanco, el boli que no se mueve, y los personajes de turno durmiendo la siesta y dejándome sola ante el peligro... ¡desagradecidos!.

Ya veis lo que tiene que sufrir una para contar esas tonterías que se me ocurren. Pero estos días Cristina y compañía se están portando y el próximo capítulo está a punto de caramelo. Espero que lo disfrutéis.

No me enrollo más y me pongo a la faena.
Feliz viernes... ¡uy! si ya casi es sábado... si cuando yo digo que las horas pasan volando




jueves, 11 de marzo de 2010

Imán de ti (AUTORA: Amalia Iglesias)


(Imagen: Renacer del mar de Juan Hierro)

Imán de ti

Tengo una atmósfera propia en tu aliento
La fabulosa seguridad de tu mirada con sus constelaciones íntimas".
Vicente Huidobro


Cuando te pienso se desatan atractores extraños,
mi cuerpo se desplaza,
se hace trizas en todas direcciones para encontrarte.
Y así vuelvo a nacer cuando te abrazo.
En el microclima de tu piel
mis briznas se conjugan con verbos desconocidos,
se recomponen
lejos de las palabras párvulas y huérfanas.

Así vuelvo a nacer
con los poros imantados de ti.
Tu piel tira de ellos en la distancia.
Hundo mis pies en tu océano,
me abandono a la química de las pasiones,
y a un solo movimiento tuyo
se ordenan mis hormonas, mis células, mis glándulas,
en el concierto del deseo sin ataduras
ni sintaxis.

Y creo más en ti
que en el silencio sobrecogido de las catedrales.
Contigo sobrepaso el umbral de todas las incertidumbres,
en ti el cobijo, el dintel,
mi bóveda, mi ménsula, mi arquitrabe gozoso,
me edificas, me construyes, me sostienes.

El metropolitano ruge debajo de mi casa
como un dragón de horario estremecido
y yo me protejo en la fortaleza de tus extremidades,
vadeo un río toda la noche para buscar el refugio de tu origen.

Tú mi atmósfera, mi espacio abierto
para entrar y salir sin centinela.
Traes un aire nuevo entre tus labios
y ya no sé respirar fuera de ti.
Cuando tú no estás
el cielo detiene sus hélices de plomo,
se enrarecen las palabras
y no saben decirte.

De "La sed del río"

Autora: Amalia Iglesias

martes, 9 de marzo de 2010

Esa especie de santón que vive en la colina (Cinco)


En el trayecto de vuelta no dejo de pensar en lo que voy a hacer, y sobre todo, en que es la primera vez que tomo una decisión pensando sólo en mi. Siento que toda mi vida he estado preocupándome por actuar como los demás esperaban que lo hiciese, poniéndome en el lugar de los otros para entender su punto de vista, eludiendo las discusiones, tratando que las personas que me rodeaban no encontrasen en mi un motivo para entristecerse o enfadarse. Siempre, desde que tengo uso de razón. Cuando era niña y me tentaba hacer pellas con las amigas, automáticamente pensaba en mis padres, en lo mal que les iba a hacer sentir. Si alguna vez, durante la adolescencia, respondía bruscamente, me arrepentía de inmediato y corría a pedir perdón. Y no es que fuese una santa, no… si alguien hubiese podido escuchar mis pensamientos…más bien debía tratarse de algún gen defectuoso que me hacía anteponer siempre el bienestar de los demás al mío propio.


Y lo mismo con Juan Luis. Me plegaba a sus deseos, y lo más gracioso es que no lo hacía forzada, no, lo hacía con gusto. Ahora pienso que en realidad estaba reprimiendo mis propios deseos. Le convertí en el centro de mi vida. Poco a poco dejé de frecuentar a los amigos, sólo porque a él parecía que ninguno de ellos le caía bien. En realidad ni siquiera lo suyos le resultaban agradables, aunque nos veíamos de vez en cuando. Siempre decía que los amigos le quieren a uno para beneficiarse de alguna forma y que mantener las distancias era la mejor forma de evitar que te pidiesen favores. ¿Qué favores iban a pedirle a él? Dinero, seguro que no, pobre desgraciado. Me daría de hostias por estúpida y cretina.


Catalina fue la única que peleó por nuestra amistad con uñas y dientes, sin importarle los desprecios que recibía no pocas veces de Juan Luis. En esas ocasiones, ella le miraba de una forma especial y luego siempre hacía el mismo gesto, ese que hacemos cuando nos quitamos un pelo o una mota de polvo que se nos ha posado en el hombro. Luego me guiñaba un ojo y siempre me hacía sonreír. A pesar de su mutua antipatía, se que siente lo que ha pasado, ni siquiera ella lo esperaba. Sabía que era un cabronazo, me dijo cuando se enteró, pero no creí que llegase a tanto.


Casi sin darme cuenta estoy de nuevo en la plaza de Arriete. Antes de volver a casa entro en el bar a comer algo, la caminata me ha abierto el apetito. Me siento en una mesa del fondo y pido un pincho de tortilla y un poco de queso. Aprovecho para llamar a mi jefe, prefiero hablarlo por teléfono, no sea que se le ocurra ponerme alguna pega y acabe por convencerme para que retrase el disfrute de las vacaciones. No quiero echarme atrás. Cuando responde a mi llamada, le digo que me gustaría tomarme unas vacaciones, quiero irme unos días, desconectar. Le parece bien, muy bien, me dice, ha estado a punto de sugerirlo él mismo, entiende que necesito alejarme una temporada. Tómate los días que necesites y disfrútalos, me dice al despedirse. Ha sido más fácil de lo que yo pensaba. Doy buena cuenta del refrigerio, pago al camarero y al salir, el chaval se despide con un “hasta mañana” y una bonita sonrisa.


Antes de arrancar el coche llamo a mi madre y quedo con ella para cenar. Se sorprende ante mi invitación que acepta complacida. De camino a casa paro en el centro comercial a comprar algunas cosas , entre ellas una mochila, no me imagino subiendo por el camino que lleva a la casa de la colina cargada con la maleta. Y de paso me doy el capricho de meter en el carro unos pantalones estampados anchísimos de suave algodón y un par de camisetas sin tirantes muy ajustadas. Siempre me he vestido de una forma, llamémosle convencional, mojigata en opinión de Cata, que jamás le ha importado llamar la atención con sus vestidos ceñidos, sus provocadores escotes, o sus blusas transparentes. Siempre me gustó lo orgulloso que se muestra Santi cuando la lleva agarrada por la cintura ante las miradas un tanto lujuriosas de los hombres.


Doy un último vistazo al desparrame de ropa que tengo sobre la cama, preparada para embutirla en la mochila y me voy a la ducha. Me acicalo con esmero y me siento satisfecha del resultado cuando veo mi imagen reflejada en el espejo. No hay nada como verse guapa para elevar la autoestima. Debe ser eso lo que me hace sentir un leve cosquilleo en el estómago, una sensación que tenía olvidada hace tiempo. Recojo a mi madre y nos vamos a cenar a un restaurante muy acogedor que se que le encanta.


Sentadas a la mesa, siento su mirada expectante mientras ojeo la carta. Y bien, me dice cuando no puede disimular más su impaciencia ¿me vas a contar lo que te pasa? Y no me digas que nada, porque no pareces la misma desde la última vez que nos vimos ¿cuánto hace de eso? ¿dos días? Verás, no es nada importante, he decidido irme unos días de vacaciones. En el último momento decidí no decirle dónde voy, no se cuál sería su reacción y la verdad, tampoco tengo ganas de tener que convencerla en el caso de que pusiera inconvenientes a mi decisión. ¿En serio? No me lo puedo creer, responde con los ojos muy abiertos, me alegro mucho hija, es lo mejor que podías hacer. ¿Cuándo te marchas? Mañana por la mañana. Muy bien, cariño, pues disfruta y diviértete mucho, te lo mereces. No, no me digas donde vas, no quiero saberlo. Cuando llegues, me llamas si te apetece. No podré hacerlo, mamá, no voy a llevarme el móvil. Si ocurriese algo grave, habla con Cata. Está bien, mejor así, ya es hora de que te olvides de todos y de todo, ya es hora.


Se nos hacen las tantas charlando, hacía tiempo que no hablaba con ella así, tan relajada, tan… libre. No mencionamos el tema de Juan Luis, no merece la pena. Hablamos de mi, de ella, y por primera vez me doy cuenta de lo sola que ha estado todos estos años desde la muerte de papá, y de lo poco que me ocupé de ella, absorta por completo con el trabajo y pendiente en todo momento de ese cabrón que ocupaba todo mi tiempo. Y la echaba de menos, claro que la echaba de menos, pero ni de eso me daba cuenta. Cada vez entiendo menos como me pude dejar comer la cabeza de ese modo. No, ya no sirve la excusa del amor. El amor no puede ser eso, estoy segura.


El día amanece espléndido. Me levanto temprano y me preparo un buen desayuno. Le mando un mensaje a Catalina diciéndole que me voy donde ella sabe, y antes de que le de tiempo a responder, apago el móvil y lo meto en un cajón. Ahora no me apetece hablar con nadie. Hasta la vuelta, le digo sonriendo al mono de peluche que cuelga del techo del pasillo, no te muevas de ahí. Cierro la puerta.


(Continuará)